Hoy he vuelto al Forcos. Pero no simplemente a hacer el
barranco, he ido a cerrar un círculo.
Hace más de cuarenta años, un monitor de los Scouts llamado Juan
Jaime Leache me llevó por primera vez a un barranco (Junto a Carlos Jurado): El
Vero. También fueron ellos quienes me llevaron a mi primer Aneto, y quienes sin
entonces saberlo, abrieron una puerta que nunca volvería a cerrarse. Y es que hay
personas que pasan por nuestra vida y dejan recuerdos, y hay otras que sin
darle importancia nos cambian el rumbo. Juan Jaime fue de esas.
Con los años las cosas dieron la vuelta. Y aquel niño al que
él había llevado a bajar barrancos, terminó siendo quien le acompañaba por
ellos. Pero jamás he sentido que yo le llevara a ningún sitio. Siempre he
tenido la sensación de que simplemente seguíamos caminando juntos. Quizá la
amistad verdadera consista precisamente en eso: dejar de saber quién acompaña a
quién.
Hoy le llevaba a un lugar que forma parte ya de mi biblioteca
particular de lugares favoritos, ligado a mis raíces y mi historia, y quizá por
eso me gusta tanto poco a poco compartirlo con las personas que quiero. Hoy le
tocaba a Juan Jaime. Le debía este rincón tan especial que voy regalando a las
personas que me importan.
Mientras bajábamos, no podía evitar recordar que hace años él
era el monitor que me abría las puertas a este fascinante mundo de montañas,
cuerdas y aventuras. Después el tiempo pasa y los caminos se separan... hasta
que la vida vuelve a cruzarlos.
Tras aquellos primeros años de aprendizaje, vinieron mis
propios viajes. Y después, cuando me lancé a organizar expediciones de aventura,
para mi sorpresa y alegría Juan Jaime se reenganchó a mi vida y yo a la suya incorporándose
al viaje que organicé a Perú y Machu Picchu. A partir de ahí volvimos a
compartir camino, pero esta vez de igual a igual. Allí Juan Jaime empezó a
convertirse en alguien imprescindible para mí. No solo por su experiencia
montañera que ya era mucha, sino porque además tenía una ventaja que
reconozcámoslo, en determinados lugares del planeta resulta bastante tranquilizadora:
“es médico”. Concretamente otorrino. Aunque en nuestros viajes su especialidad
terminó siendo una especie de concepto filosófico: daba igual que doliera un
oído, una rodilla, el alma o el orgullo; Juan Jaime siempre tiene algo en su
botiquín para eso. Después vino Bolivia, Marruecos, otros viajes, y hace justo
un año, el Kilimanjaro.
Y en todos ellos ocurrió algo parecido: mientras algunos nos
preocupábamos por intentar gestionar y vivir una aventura maravillosa, él se
preocupaba de que todos termináramos enteros. Preparaba el botiquín, cuidaba de
los demás, y estaba pendiente de cada pequeño problema. Y lo hacía con esa
discreción que tienen las personas que ayudan sin necesitar que nadie se lo
agradezca… quizá eso es lo que significa ser una buena persona. No sé explicar
muy bien qué es una buena persona. No es simplemente alguien amable, ni alguien
que nunca se equivoca, ni alguien que vive intentando demostrar que lo es. Creo
que una buena persona es alguien que cuando aparece en tu vida, hace que el
mundo (tu mundo) parezca un lugar mejor. Y Juan Jaime para mí es una de esas
personas. Hoy en el Forcos, pensaba en todo esto. En aquel chaval de los Scouts,
en aquel primer Vero, en todos los años que han pasado, en las montañas, barrancos
y países que después hemos compartido. Y también pensaba en esa curiosa manera
que tiene la vida de devolvernos las cosas. Porque a veces pasan décadas hasta
que comprendemos que aquello que alguien nos dio cuando éramos jóvenes era en
realidad un regalo. Juan Jaime sin el saberlo, me regaló una parte importante
de mi vida: los barrancos, las montañas, los viajes, las aventuras… Y quizá
también una forma de mirar el mundo. Hoy, más de cuarenta años después me ha
tocado a mí llevarle a un barranco que él no conocía. A uno que forma parte de
mis propios paisajes queridos, y que ahora de alguna manera también ha pasado a
formar parte de los suyos. Supongo que eso es lo bonito de compartir la vida: ir
ampliando juntos el mapa de lugares que queremos y de las personas con las que
queremos recorrerlos. Aunque si soy sincero, sigo sin tener muy claro quién
lleva a quién. Y quizá sea mejor que siga siendo siempre así. Porque hay
personas que no se llevan, se comparten.














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