domingo, 6 de septiembre de 2026

Devolver lo que un día te regalaron:

 


Hoy he vuelto al Forcos. Pero no simplemente a hacer el barranco, he ido a cerrar un círculo.

Hace más de cuarenta años, un monitor de los Scouts llamado Juan Jaime Leache me llevó por primera vez a un barranco (Junto a Carlos Jurado): El Vero. También fueron ellos quienes me llevaron a mi primer Aneto, y quienes sin entonces saberlo, abrieron una puerta que nunca volvería a cerrarse. Y es que hay personas que pasan por nuestra vida y dejan recuerdos, y hay otras que sin darle importancia nos cambian el rumbo. Juan Jaime fue de esas.

Con los años las cosas dieron la vuelta. Y aquel niño al que él había llevado a bajar barrancos, terminó siendo quien le acompañaba por ellos. Pero jamás he sentido que yo le llevara a ningún sitio. Siempre he tenido la sensación de que simplemente seguíamos caminando juntos. Quizá la amistad verdadera consista precisamente en eso: dejar de saber quién acompaña a quién.

Hoy le llevaba a un lugar que forma parte ya de mi biblioteca particular de lugares favoritos, ligado a mis raíces y mi historia, y quizá por eso me gusta tanto poco a poco compartirlo con las personas que quiero. Hoy le tocaba a Juan Jaime. Le debía este rincón tan especial que voy regalando a las personas que me importan.

Mientras bajábamos, no podía evitar recordar que hace años él era el monitor que me abría las puertas a este fascinante mundo de montañas, cuerdas y aventuras. Después el tiempo pasa y los caminos se separan... hasta que la vida vuelve a cruzarlos.

Tras aquellos primeros años de aprendizaje, vinieron mis propios viajes. Y después, cuando me lancé a organizar expediciones de aventura, para mi sorpresa y alegría Juan Jaime se reenganchó a mi vida y yo a la suya incorporándose al viaje que organicé a Perú y Machu Picchu. A partir de ahí volvimos a compartir camino, pero esta vez de igual a igual. Allí Juan Jaime empezó a convertirse en alguien imprescindible para mí. No solo por su experiencia montañera que ya era mucha, sino porque además tenía una ventaja que reconozcámoslo, en determinados lugares del planeta resulta bastante tranquilizadora: “es médico”. Concretamente otorrino. Aunque en nuestros viajes su especialidad terminó siendo una especie de concepto filosófico: daba igual que doliera un oído, una rodilla, el alma o el orgullo; Juan Jaime siempre tiene algo en su botiquín para eso. Después vino Bolivia, Marruecos, otros viajes, y hace justo un año, el Kilimanjaro.

Y en todos ellos ocurrió algo parecido: mientras algunos nos preocupábamos por intentar gestionar y vivir una aventura maravillosa, él se preocupaba de que todos termináramos enteros. Preparaba el botiquín, cuidaba de los demás, y estaba pendiente de cada pequeño problema. Y lo hacía con esa discreción que tienen las personas que ayudan sin necesitar que nadie se lo agradezca… quizá eso es lo que significa ser una buena persona. No sé explicar muy bien qué es una buena persona. No es simplemente alguien amable, ni alguien que nunca se equivoca, ni alguien que vive intentando demostrar que lo es. Creo que una buena persona es alguien que cuando aparece en tu vida, hace que el mundo (tu mundo) parezca un lugar mejor. Y Juan Jaime para mí es una de esas personas. Hoy en el Forcos, pensaba en todo esto. En aquel chaval de los Scouts, en aquel primer Vero, en todos los años que han pasado, en las montañas, barrancos y países que después hemos compartido. Y también pensaba en esa curiosa manera que tiene la vida de devolvernos las cosas. Porque a veces pasan décadas hasta que comprendemos que aquello que alguien nos dio cuando éramos jóvenes era en realidad un regalo. Juan Jaime sin el saberlo, me regaló una parte importante de mi vida: los barrancos, las montañas, los viajes, las aventuras… Y quizá también una forma de mirar el mundo. Hoy, más de cuarenta años después me ha tocado a mí llevarle a un barranco que él no conocía. A uno que forma parte de mis propios paisajes queridos, y que ahora de alguna manera también ha pasado a formar parte de los suyos. Supongo que eso es lo bonito de compartir la vida: ir ampliando juntos el mapa de lugares que queremos y de las personas con las que queremos recorrerlos. Aunque si soy sincero, sigo sin tener muy claro quién lleva a quién. Y quizá sea mejor que siga siendo siempre así. Porque hay personas que no se llevan, se comparten.


















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