sábado, 7 de febrero de 2026

ABSENTISMO DISPARADO


Tras escuchar hablar al abogado de recursos humanos de una empresa, mi cabeza no ha dejado de dar vueltas a sus argumentos. Fue una conversación cordial, casi académica, pero me dejó un poso tan incómodo, como una pregunta mal cerrada.

Él hablaba del absentismo laboral como el síntoma moral de una sociedad que ya no sabe comprometerse. De individuos (o una juventud) que ha perdido el sentido del deber, del esfuerzo sostenido, y de la lealtad al trabajo.

Yo lo escuchaba y en su diagnóstico, veía una lógica pulcra, jurídica, y ordenada. Demasiado ordenada, pensaba.

Sé por experiencia y años que nunca se debe generalizar, y si, que quizá mi mirada esté inevitablemente condicionada por casi cuarenta años de vida laboral. Que vengo de una forma de trabajar en la que te educaban (a veces sin palabras) en la idea de que tu vida era el trabajo. De una cultura donde el compromiso no se cuestionaba, se asumía. Donde se confundía dignidad con sacrificio y vocación con renuncia. He vivido ese mundo y he sido parte de él, con sus luces, pero también con sus trampas. Tal vez por eso me cuesta tanto aceptar estos diagnósticos tan simples sobre un problema tan complejo.

Entonces pensé que quizá estábamos mirando el mismo fenómeno pero desde extremos opuestos.

Para él, el compromiso de los trabajadores se ha evaporado. Para mí, se ha ido secando lentamente, como se seca una planta que se deja de regar. Porque el compromiso no nace del aire, ni de discursos motivacionales, ni de cláusulas contractuales. Nace de ese viejo y sobrentendido pacto de: te doy mi tiempo, mi energía y una parte de mi vida, y a cambio recibo algo más que un salario que apenas alcanza, o algo más que un “gracias” automático en un correo genérico.

Hablamos de ausencias, pero no de las presencias vacías. De cuerpos que fichan pero no están. De miradas apagadas frente a pantallas brillantes. De ambientes laborales cada vez más fríos, más medidos y asépticos, donde todo se cuantifica excepto lo humano. Donde se penaliza el error, se oculta la fragilidad y la lealtad es unilateral.

Él veía (creo) una crisis de valores. Yo veo una economía emocional en números rojos.

Porque… ¿Cómo pedir compromiso cuando el trabajo se vive como una precaria transacción, cuando el salario no dignifica o el futuro es una promesa indefinidamente aplazada? ¿Cómo exigir pertenencia a espacios que ya no quieren pertenecer a nadie, porque tratan a las personas como recursos intercambiables y no como historias humanas en movimiento?

Y aun así (o quizá precisamente por eso) yo sigo siendo de los que creen que esto podría darse la vuelta. Que del mismo modo que hay inversiones que presumen de pensar a largo plazo, también puede apostarse de verdad por el personal humano. Invertir en tiempo, en confianza, en condiciones dignas. Volver a regar esa planta seca. Estoy convencido de que, si se hiciera, los resultados llegarían. No de forma inmediata ni espectacular, pero sí sólida y sostenida. Llamarme iluso, idealista o romántico, pero creo que cuidar lo humano sigue siendo la inversión más rentable de cualquier negocio. Quizá el absentismo no sea una huida del trabajo, sino una huida de la deshumanización del trabajo. Quizá no sea pereza, sino una forma (muy torpe) de resistencia. Un cuerpo que no va porque su alma ya hace tiempo que se fue. Salí de aquella conversación con la sensación de que ambos teníamos razón, pero no desde el mismo plano. Él defendía el edificio. Yo miraba las grietas en los cimientos. Y mientras no se hable de salarios que permitan vivir, de ambientes que permitan respirar y de trabajos que no exijan dejar la piel a cambio de nada, seguiremos confundiendo la causa con el efecto.

Yo no creo que falte compromiso. Si creo que se ha erosionado el sentido de comprometerse. Y eso, pienso, no se arregla con más control, sino con más humanidad.
Es mi opinión.



sábado, 31 de enero de 2026

La Paradoja de la política de hoy:

No sigo mucho la política ni a los políticos, pero aun así, es inevitable escuchar a mi alrededor noticias, u oír argumentos, debates (incluso discusiones) de compañeros de trabajo o amigos que van desde la política internacional, nacional o local… Y  cada vez tengo más acentuada la sensación de hallarme en un momento de la historia donde la política ha dejado de ser una arquitectura de consenso y unión, para convertirse en la coreografía de un despeñadero. Y que en general produce una profunda vergüenza observar cómo quienes ocupan los estrados han renunciado a ser largos de miras (esas que busca las costuras que nos unen) para agrandar las grietas que nos separan. ¿Es por falta de altura o por una irreversible mutación de las ideologías?... Yo todavía quiero creer que la política nació de la vocación de servicio, y de ese impulso de entender que el bienestar propio es imposible sin el bienestar de todos. Y sin embargo, cada vez más, (por lo que veo y por lo que escucho), tengo la sensación de que esa llama se está extinguiendo bajo el peso de la supervivencia profesional. Lo que antes era un trabajo transitorio de servicio y entrega, se va transformando en un nicho de mercado; Se va transformando en un refugio para la mediocridad que, incapaz de brillar en la exigencia de la vida civil, encuentra en la estructura de algún partido político un sustento fácil y una artificiosa relevancia. Solo hay que mirar para darse cuenta que esta baja calidad humana y técnica se manifiesta en el desprecio por encontrar puntos de encuentro. Muy por el contrario, tengo la ingrata sensación de que a los políticos actuales les horrorizan las coincidencias, porque en las coincidencias se termina el espectáculo y comienza el trabajo de verdad. Y que por eso prefieren vivir en la diferencia y el desacuerdo, alimentarlos e incluso ampliarlos, porque es el combustible más barato y más inflamable para movilizar las pasiones más bajas. Tengo la sensación de que ya no se gobierna para la posteridad, sino para el próximo titular. De que ya no se busca la verdad, sino derrotar al otro por los medios que sea y a cualquier precio. Todo vale y siento vergüenza. Y siento vergüenza no como un acto de desapego, sino de resistencia ética. Avergonzarse de nuestros políticos (sean del partido que sea, y sean internacionales, nacionales o locales) es un grito mudo de quien cree que la política debería ser el lugar donde las manos se encuentren y se estrechen para sostener el mundo, y no un ring donde se sueltan esas mismas manos a bofetada limpia para que el mundo se caiga, mientras ellos, desde su pequeña atalaya de privilegios, solo calculan cómo perpetuarse un día más en ese poder. Es mi opinión.



sábado, 24 de enero de 2026

El paisaje como consumo: elegía por el Alto Aragón

Desde hace unos años, la Sierra de Guara y el Pirineo aragonés han dejado de ser un horizonte simbólico para convertirse en meros escenarios. Y no escenarios en el sentido teatral del mismo, sino en el sentido mercantil: superficies aprovechables, optimizadas y muy fotografiables. Y creo que no es una transformación inocente e inevitable. Marca el paso de una naturaleza que, cuando yo era niño, se nos imponía desde su exceso y su misterio, a una naturaleza que hoy se nos ofrece dócilmente desde su utilidad. Ya no nos llama, nos sirve.

Y bajo la lógica del turismo de masas, el Pirineo o la Sierra de Guara, dejan de ser unos espacios de descubrimiento para convertirse en “recursos naturales”. Y creo que a esta evolución se le suma una forma de ver el mundo profundamente empobrecida; La de que nada vale por sí mismo, o nada merece existir sin justificar su rentabilidad. La de que todo debe poder ponerse “a disposición”. Así, los cañones de Guara o las montañas del Pirineo, pacientemente esculpidos por milenios de erosión, dejan de ser acontecimientos geológicos para catalogarse como eso, “productos de turismo activo”. Y no se contemplan, se consumen.

Es evidente que tras la pandemia esta pulsión se ha intensificado. Y acudimos a lugares como el Pirineo o la Sierra buscando lo que la ciudad nos ha quitado: silencio, lentitud, o esa ilusión por lo salvaje. Pero… absurdamente, transportamos con nosotros la misma estructura urbana, las mismas prisas, o esa misma lógica que fingimos querer dejar atrás. Y así la pradera de Ordesa, el Aneto o los cañones de Guara se convierten en embudos humanos, y se degeneran hasta convertirse en un “hacer cola”. Perseguimos la virginidad del paisaje, pero nuestra presencia multiplicada, organizada, y sobre todo rentabilizada, la neutraliza. Y evidentemente no la violamos por maldad, sino por costumbre. Y aquí es necesario asumir la culpa. No solo señalar a promotores, administraciones o empresas, aunque su responsabilidad sea evidente, sino entonar un “mea culpa” y reconocer que también nosotros participamos de esta economía del deseo. Porque aceptamos sin demasiadas preguntas la idea de que hacer accesible la naturaleza es un bien común, incluso cuando esa accesibilidad no busca compartirla, sino explotarla. Cuando ese acceso se convierte en infraestructuras, y las infraestructuras en un negocio, la montaña deja de ser un límite y pasa a ser una promesa de rendimiento. Y el paisaje muere en el instante exacto en que alguien decide que las montañas nos deben algo: ocio, experiencias, fotografías, o crecimiento económico para los territorios. Estamos equivocados. La montaña no nos debe nada. Y la montaña es frágil. Y su desgaste, creo que no es solo un síntoma del cambio climático, sino también la huella material de un sistema que desconoce la noción de “límite”, confunde habitar con explotar, y derecho con apropiación.

La verdadera libertad en la Sierra de Guara o en el Pirineo no debería medirse por la capacidad de llegar a cada rincón mediante carreteras, remontes o pasarelas, sino por la madurez colectiva de aceptar que no todo nos pertenece, que no todo debe ser recorrido, ni visto, y sobre todo no todo debe ser monetizado. Que todo esto ya estaba aquí cuando llegamos y nos sobrevivirá. Que hay espacios cuya dignidad reside precisamente en permanecer inaccesibles.

Tal vez lo que necesitamos no es una nueva gestión del paisaje, sino una nueva filosofía del respeto a él. Una mirada donde la montaña deje de ser un gimnasio, un parque temático o un fondo de pantalla, y vuelva a ser un recordatorio de nuestra vulnerabilidad. Solo cuando aprendamos a habitar un paisaje sin poseerlo, la Sierra de Guara y el Pirineo podrán dejar de ser recursos explotados para recuperar su condición más antigua y necesaria: el sagrado silencio de una tierra que, sin pedirnos permiso, nos sostiene y nos sustenta. Es mi opinión.




domingo, 18 de enero de 2026

PREOCUPACIÓN SIN PELOS EN LA LENGUA

 


A veces no sé morderme la lengua ante lo que veo a mi alrededor, y me desahogo escribiendo. Y no por rebeldía, sino por responsabilidad. Porque creo que hay silencios que no son prudencia, sino complicidad, y uno ha de aprender a distinguirlos. Quizá porque ser padre se ha convertido en vivir con el tiempo partido en dos, el presente que vivo y el futuro que heredará mi hija. Y cuando ese futuro se dibuja tan incierto, achacoso e injusto, callar se vuelve una forma de traición. Y no porque crea tener la razón en nada, sino porque morderme la lengua puede ser un acto de cortesía, pero también de miedo. Y cuando el miedo se normaliza, va construyendo mundos donde se acepta lo absurdo, o lo injusto se disfraza de inevitable. ¿Qué ejemplo dejamos entonces a quienes aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos?

Tal vez no podamos cambiar el mundo que heredarán nuestros hijos, pero sí la manera de aprender a habitarlo. Y a veces, no morderse la lengua es la primera lección de valentía que les podemos dar.

La cuestión estamos rodeados por un tipo de poder que no nace de la grandeza sino de la carencia. Un poder inflado, ruidoso, y siempre a la defensiva, que reacciona con furia infantil ante la mínima contradicción. Y si, pienso que figuras como Donald Trump, que no son tanto anomalías históricas como síntomas de lo que estamos haciendo mal: niños mal criados que crecieron sin aprender los límites, la frustración, la empatía, o el saber escuchar, y que un día descubrieron que el dinero o la fama podían sustituir a la madurez. Y es que el niño consentido no tolera que nadie le replique. Así, cuando alcanzan posiciones de autoridad, confunden obediencia con admiración y la crítica con la traición. No gobiernan, exigen. No persuaden, imponen. No dialogan, gritan más fuerte. A veces observo su forma de actuar, y me recuerdan a la historia de Calígula; ese emperador romano que según “nos contaron”, nombró senador a su caballo como gesto filosófico involuntario del poder absoluto convertido en burla de sí mismo. Será que cuando el poder se separa de la razón, cualquier absurdo se vuelve posible. En estas figuras hay un desprecio profundo por lo común y lo compartido. Todo debe girar alrededor suyo, y no conciben la comunidad como pacto, sino como escenario. Para ellos el mundo solo existe para aplaudirlos, y si no lo aplauden, merecen ser castigados. Lo que me parece más inquietante no es que existan estos personajes, sino que prosperen. Que sociedades enteras confundan la arrogancia con la fuerza, el cinismo con autenticidad, o el capricho con el liderazgo. Quizás porque el niño mal criado que gobierna surge del reflejo de una cultura que desde hace unos años premia el ego y ridiculiza la formalidad. Al final, esa lección de Calígula sigue vigente. Cuando el poder cae en manos de quien nunca aprendió a escuchar un “no”, el problema no es que nombren Senador a su caballo, sino el silencio cómplice de quienes lo permiten. He dicho.



miércoles, 31 de diciembre de 2025

ADIOS 2025.

Termina 2025. Este año, en esencia, ha sido para mí un profundo ejercicio de reafirmación. Comenzó
como suelen hacerlo las grandes epopeyas; bajo la apariencia de un simple juego del destino. Irrumpieron en mi presente reencuentros improbables con figuras del pasado, y no como gesto de nostalgia, sino como un reflejo externo de algo que ya estaba ocurriendo en mí. No regresaron para anclarme a lo que un día fui, sino para recordarme el propósito del camino recorrido hasta aquí. Y desde ese umbral, el año se desplegó ante mí como una activa y exigente forma de ese antiguo mandato que indica: “conócete a ti mismo”. Algo que nunca he resuelto con la contemplación, sino con la acción. Y como resultado natural de mi ética y disciplina diaria apareció el empoderamiento: el deporte, el dibujo, la escritura; la suma de pequeñas decisiones conscientes y honestas, y el intento humilde, pero constante, de superar la versión de mí mismo del día anterior.

Entonces, en el núcleo de todo este proceso se afirmó la verdad más esencial de mi vida: el vínculo con mi hija. A su lado he comprendido que acompañar y educar es, al mismo tiempo, aprender. Que crecer juntos es una de las formas más puras, profundas y existenciales del amor. En su mirada encuentro no solo responsabilidad, sino sentido a todo.

Y en medio de todo esto, tuvo lugar la reconciliación más importante: el perdón al pasado. Hace muchos años, un cura escolapio le dijo a mi madre que yo tenía “muchos pájaros en la cabeza”. Y tenía razón. Este año, por fin, he hecho las paces con ese niño interior lleno de pájaros. Lo he abrazado como la fuente de mi creatividad, de mi impulso aventurero y de mi mirada rebelde sobre el mundo. He comprendido que aquello no era un defecto, sino mi principal atributo.

Septiembre trajo consigo un nuevo hito: el Kilimanjaro. Volví doce años después, y la montaña (inmutable) me reveló una sencilla y definitiva verdad: ella era la misma, pero yo no. No era mejor ni peor. Era distinto. Libre de la necesidad de demostrar nada, más consciente de mis límites y profundamente agradecido. La ascensión además adquirió una dimensión aún más trascendente: la de la fraternidad. Acompañar a más de veinte amigos, entre ellos mi hermano, transformó la experiencia en un acto colectivo y muy especial.

La mayor satisfacción, ser testigo del instante exacto en que cada uno descubrió que era capaz de algo que su propia mente le había negado. Compartir ese esfuerzo y esa afirmación de voluntad con mi círculo más íntimo, no solo fortaleció nuestros lazos, sino que elevó mi vivencia a la categoría de legado emocional. Confirmé entonces que los grandes desafíos no cambian: somos nosotros quienes regresamos a ellos con una mirada transformada, y con una conciencia más amplia.

Este año también me enseñó a reafirmar lo que me gusta y lo que deseo, a sostenerlo con claridad y sin pedir disculpas. Pero, aún más importante, aprendí a decir no: a reconocer con honestidad lo que o quien no quiero, no me pertenece o no resuena conmigo. Que poner límites no es un rechazo, sino un profundo acto de fidelidad hacia mí mismo.

No ha sido un año perfecto (la perfección es una quimera), pero sí un año pleno. Un ciclo de reencuentros, crecimiento, vínculos inquebrantables y profundas certezas. Un año que no necesito idealizar, porque su valor reside precisamente en su realidad y su verdad.

Feliz año 2026.



















domingo, 14 de diciembre de 2025

Kilimanjaro 2025 El audiovisual

 Lo que vais a ver a continuación no es sólo la historia de la ascensión al Kilimanjaro. Es la historia de un grupo de personas que sin saberlo, subieron mucho más que una montaña. Porque allí, entre rocas, frío y cansancio, descubrimos que la verdadera altura no se mide en metros, sino en corazón. Acompañé, o ellos me compararon a mi,  a 25 personas, de las cuales, algunas llegaron convencidas de que una cima de casi seis mil metros no era para ellas. Personas normales, con dudas, con miedos… y con una fuerza que quizá nunca habían mirado de cerca. Y fue el grupo (esa red invisible que formamos cuando caminamos juntos) lo que les permitió avanzar, paso a paso, incluso cuando cada paso parecía demasiado.

Este audiovisual es un homenaje a ese milagro silencioso que ocurre cuando alguien cree en ti, cuando una mano te sujeta, cuando una palabra te levanta. A esa certeza de que, con otros a tu lado, lo imposible se vuelve posible.