martes, 16 de junio de 2026

Memoria de un mar helado (Capitulo 1)


Prologo: Desde hace años hay personas que me repiten que debería escribir un libro. Y lo cierto es que, al menos de momento, nunca me ha atraído especialmente la idea de un libro como tal (Físico).Sin embargo, sí me gusta escribir (mucho) y compartir algo de lo que escribo. De hecho escribir forma parte de mi vida desde hace más de veinte años y lo hago casi a diario. Comencé casi por necesidad, en una época especialmente dolorosa y complicada. Recuerdo que acudí a una psicóloga a Huesca y, cuando llegó el momento de explicarle lo que me estaba ocurriendo, descubrí que no era capaz de expresarlo con palabras. Así que se lo escribí. Después de leer mi texto, fue ella quien me animó a que, en las siguientes sesiones, le narrara por escrito todo aquello que necesitara decirle. Yo sin saberlo, estaba abriendo una puerta que ya nunca volvería a cerrar. Y a partir de entonces comencé a escribir con regularidad, primero para entenderme mejor a mí mismo, y después para compartir mis experiencias, reflexiones y a través de mi blog las aventuras que iba viviendo. Con el tiempo me di cuenta de que era capaz de expresar escribiendo cosas que me cuesta transmitir de otras formas. Así que desde entonces, la escritura siempre me ha acompañado: en mis relatos, en los guiones de los audiovisuales y en tantos otros proyectos personales. Sé que es algo que seguiré haciendo, y parte de ello lo seguiré compartiendo (de momento) a través de las redes sociales.
Y con ese espíritu llevo tiempo pensando en recuperar algunas de las aventuras que he tenido la suerte de vivir a lo largo de los años. Muchas de ellas permanecen guardadas en cuadernos, fotografías y recuerdos compartidos con compañeros de viaje. Y aunque en su día ya las relaté, siento que ha llegado el momento de volver sobre ellas, darles nueva forma y narrarlas nuevamente. Quizá porque hay historias que merecen ser recordadas más de una vez. Quizá porque el paso del tiempo me permite observarlas desde otra perspectiva y descubrir detalles que entonces me pasaron desapercibidos. Quizá porque puedan servir a alguien de inspiración. O quizá porque ahora tengo una hija y me gustaría que algún día pudiera releerlas y conocer mejor las andanzas de su padre: los caminos que recorrió, los retos que asumió, las locuras que emprendió y las experiencias que contribuyeron a convertirlo en la persona que ella conoce. Sea cual sea la razón, he decidido abrir de nuevo aquellos cuadernos e ir rescatando aquellas historias para compartirlas una vez más. Y quiero empezar, quizá porque tuvo lugar el año que nació mi hija, por una de las experiencias más singulares: el cruce a pie de un mar Báltico helado entre Suecia y Finlandia. Una travesía que, seguramente más por casualidad que por intención, nos convirtió en las primeras personas de las que (existe constancia fechada) lograron unir ambos países desplazándose caminando sobre la superficie helada de este mar.
Fue una aventura exigente, fascinante y, en muchos momentos, imprevisible. Hubo preparación, incertidumbre, frío extremo y también una buena dosis de improvisación. Con los años, esta historia ha adquirido para mí un significado especial y creo que merece ser contada de nuevo. Espero y deseo que quienes decidáis acompañarme y leerla, disfrutéis de este viaje tanto como nosotros disfrutamos de aquella inolvidable travesía sobre el hielo del mar Báltico.

Memoria de un mar helado

El objetivo de esta expedición era tan simple de exponer como extraordinario en su planteamiento: cruzar a pie la superficie helada del mar Báltico uniendo Suecia y Finlandia, una distancia entre una orilla y la otra de aproximadamente 150 kilómetros de mar congelado. Una travesía sobre un mar convertido en invierno en una extensión sólida, que lejos de ser estable, se convertía en un territorio cambiante, frágil y extremo.

A ello se sumaba una dificultad añadida que hacía del intento algo más incierto. Aquella era una ruta utilizada habitualmente por rompehielos que, en su avance, abrían enormes e infranqueables surcos y fracturas en la capa congelada, transformando el recorrido en un paisaje interrumpido, inestable y a menudo impracticable. Esa circunstancia había provocado que todos los intentos previos de realizar este cruce a pie hubieran terminado en fracaso.

Al mismo tiempo, y de forma paralela, se desarrollaba otro intento igualmente singular: atravesar ese mismo espacio en globo aerostático, una forma de desplazamiento que, hasta donde sabíamos, tampoco contaba con precedentes sobre aquel helado escenario. Dos maneras distintas de enfrentarse a un mismo territorio, una sobre su superficie y otra suspendida sobre ella, ambas guiadas por una misma idea: explorar los límites de lo posible en uno de los paisajes más hostiles y fascinantes del norte de Europa.

 

“Uno siempre sabe, pero se olvida de que sabe”.
Esa, y "Uno es lo que cree que es" son algunas de mis máximas para vivir con sencillez las aventuras y mi propia vida.

Viernes, 5 de marzo de 2010: La llegada a Lulea

Tras una agotadora jornada de vuelos desde Barcelona, tocamos tierra en Lulea, Suecia, a las nueve y media de la noche. En la cinta de equipajes del aeropuerto, el pánico nos erizó la piel: el petate de Arcadi no aparecía, y un desagradable déjà vu me asaltó al recordar cuando el año pasado, en Canadá, Salva (mi compañero) y yo nos quedamos igualmente con lo puesto a -20ºC antes de nuestra participación en la Yukon Arctic Ultra…

Mientras Santi y Arcadi reclamaban en el mostrador, apareció Lowe, nuestro contacto y asesor sueco, dueño de una empresa de aventura local que gracias a su esposa ecuatoriana, hablaba el castellano muy bien. Al verlo llegar, todos murmuramos lo mismo: “¡Vaya pedazo de armario ropero!”. Medía más de un metro noventa, y bajo su abrigo Grifone, parecía tener unas descomunales espaldas; aparentaba ser un rudo y joven John Wayne, pero de rostro amable.

Nos aseguraron que el equipaje llegaría al día siguiente (crucial, pues Arcadi llevaba allí toda su equipación) y subimos a un flamante minibús de dos pisos rumbo a Brändön, 30 kilómetros al norte. Nuestro plan original era marchar desde Lulea (Suecia) a Oulu (Finlandia), pero Lowe nos advirtió que semanas antes se había abierto en el hielo un agujero infranqueable de 50 kilómetros de ancho, que nos obligaba a cambiar la ruta: saldríamos desde Brändön (Suecia) hacia Kemi en Finlandia. En el autobús, exhausto, observaba a mis compañeros mientras bromeábamos para aliviar la procesión interna de Arcadi. A través de los cristales helados se veían pasar espectrales casitas entre el oscuro arbolado. Y sentí ese primer revoloteo interior cuando aparece el choque entre lo imaginado y lo real: estábamos cerca del Círculo Polar Ártico y hacía un frío tremendo.

Al llegar a Brändön, el autobús paró ante una rampa helada e iluminada por farolillos de aceite. No eran para nosotros; en una gran kota (tienda lapona) sobre el mar helado, unos turistas disfrutaban de una tradicional cena Sami entre animadas risas, creo que motivadas por algo más que buen humor y agua... Nosotros nos alojamos en unas rústicas pero lujosas cabañas de madera pegadas a la costa, que costaban 90€ la noche para cuatro personas, con calefacción, cocina y baño. Nos distribuimos en cuatro cabañas contiguas: dos para el equipo de tierra (Arcadi, Kike, Rosa, Santi, Iván, Rafa y yo) y dos para los “globeros” de Kon-Tiki (Ángel, Miquel, Carles, Albert y otros cuyos nombres mi frágil memoria olvidó), quienes planeaban cruzar en dos globos aerostáticos. Me instalé en la habitación junto con Arcadi, dejando la otra a Kike y su esposa Rosa. Acurrucado en la cama, en la oscuridad de ese hermoso paraje “tosco-chic”, sentí algo parecido a nostalgia. Pasado mañana partiríamos mar adentro.

Sábado, 6 de marzo de 2010: Preparativos y el misterio del mar

Tras un sueño reparador, me desperté a las cinco y media de la mañana. La noche anterior, pese al cansancio, habíamos organizado un improvisado festín en la cabaña de Santi, Iván y Rafa con productos de nuestra tierra: jamón, chorizo y longaniza, regados con vino del Somontano que trajo Santi para celebrar el éxito del viaje. Desde la cama, tras los ventanales, veía el horizonte blanco y enormes pinos. Me vestí con discreción y salí a caminar frente al mar helado bajo un sol pajizo de invierno; hacía -10ºC y soplaba un ligero viento. Conecté el localizador GPS Spot y comprobé que emitía correctamente la señal. Era el mismo dispositivo que había utilizado ya el año anterior en la Yukon Arctic; un pequeño equipo que, más allá de su aparente simplicidad, nos ofrecía una seguridad fundamental en entornos tan extremos como aquel. Su función era tan sencilla como valiosa: transmitir nuestra posición de forma puntual para que cualquier persona pudiera seguir en tiempo real nuestra posición y avance a través de internet, viendo en el mapa nuestro recorrido sobre el hielo.

En un territorio tan vasto, aislado y cambiante como el del mar Báltico helado, aquella señal se convertía en un hilo invisible de conexión con el exterior, una forma de no desaparecer del todo en el absoluto blanco del paisaje.

Al contemplar el mar desde el viejo embarcadero de madera, me sobrecogió su energía salvaje. El mar Báltico, en este Golfo de Botnia, es un gigante mar interior de baja salinidad debido al enorme aporte de agua dulce de los ríos, lo que facilita que se congele, alcanzando profundidades de hasta 500 metros y guardando en sus entrañas el mayor depósito de ámbar del mundo. Es bueno vivir, mejor imaginar, pero lo máximo es despertar y actuar.

La primera alegría del día fue ver el semblante aliviado de Arcadi: su petate había llegado. Dedicamos toda la jornada a practicar con las raquetas, los encordamientos y con las pulkas (los trineos), y a ensayar técnicas para sortear grietas, mientras nuestros apoyos Rafa e Iván nos filmaban y fotografiaban para realizar un audiovisual de la travesía. Lowe nos instruyó sobre cómo sobrevivir a una caída al agua. Llevamos a mano una bolsa con un cordino de rescate y ropa seca aislada en la pulka para cambiarnos a toda velocidad antes de que aparezca la hipotermia, mientras los demás montan la tienda y el saco de plumas. También aprendí a usar los «cuchillos esquimales»: dos punzones que colgados al cuello sirven para que si caes al agua, al salir a flote puedas clavarlos en el hielo y salir. Además, contábamos con trajes secos trilaminados que, aunque no aíslan del frío, impiden que el agua entre, permitiéndonos cruzar canales flotando o usando la pulka como una barca. Los globeros, por su parte, volarían enfundados en ellos y con balizas de salvamento marítimo.

Tras organizar las raciones de comida y el gas en las tres pulkas, nos reunimos con Lowe para analizar el “parte de hielo”. Es un mapa cromático, donde blanco es mar abierto, azul es hielo fino (2 a 20 cm), rojo representa bloques rotos acumulados de hasta diez metros de altura, y negro es el hielo firme que debíamos buscar. Lowe nos advirtió que había una gran grieta (blanca) en el centro del golfo y se había ensanchado por los vientos, obligándonos a variar la ruta hacia el sur, trazando una línea entre islas para pernoctar la primera noche, antes de acometer la peligrosa zona roja hacia Kemi. Nos avisó que, en el peor de los casos, cruzaríamos hasta cuatro vías de barcos rompehielos. Cenamos unos macarrones al horno y chuletas a la brasa preparados por Rafa. Rafa es puro entusiasmo, el hermano menor parlanchín que, tras un aparente caos, retrata la realidad con precisión junto a su álter ego Iván, un tipo tímido y entrañable. Verlos discutir con humor parecía una comedia matrimonial. Mañana a las siete saldremos nosotros; los globeros retrasan su viaje al lunes esperando mejor tiempo.

Este relato continuará...










domingo, 14 de junio de 2026

La Peonera (Primera de 2026)

 


Hay barrancos que uno recuerda porque fueron los primeros. Otros por difíciles, bellos o salvajes. Y luego en el río Alcanadre, está la Peonera, que en mi memoria ocupa un lugar diferente. No fue mi primer barranco. Tampoco me pareció el más espectacular. Sin embargo, después de más de cuarenta años recorriendo estos cañones, pozas y estrechos, probablemente sea junto con el Vero el que más veces he descendido.

A estas alturas creo, que la verdadera importancia de un lugar no la determina la intensidad de la primera vez, sino la fidelidad con la que volvemos a él.

Y la Peonera ha sido testigo de mi propia evolución. Cuando comencé a realizar este barranco guiando grupos, salíamos desde Morrano y descendíamos únicamente el tramo de los Fornazos. Y un día, a nuestro compañero Alfredo Vives un pastor de Bierge le mostró la senda que hoy todos conocen como la senda de los Caracoles por donde bajaba a pescar, y comenzamos a utilizar ese acceso mucho más directo y lógico para hacer el recorrido completo hasta la presa, que con los años terminó convirtiéndose en el itinerario habitual. Son pequeños detalles que forman parte de la historia no escrita de los barrancos y que quienes llevamos décadas recorriéndolos conservamos con especial cariño.

He regresado a la Peonera verano tras verano, solo, acompañando a amigos, familiares o personas cercanas. Tal vez porque posee esa excepcional condición de ser un barranco profundamente acuático, donde el agua no es un mero elemento del paisaje, sino la esencia del recorrido. O quizá porque es un barranco generoso, capaz de adaptarse a quienes lo visitan. Cada salto ofrece la elección de hacerlo o no; cada obstáculo admite formas distintas de ser vivido. Se puede buscar la adrenalina o solamente contemplación. Saltar desde lo más alto o dejarse simplemente llevar por la corriente. Cada persona encuentra su propia medida en él.

Y, cada vez, mientras avanzo por sus aguas no puedo evitar recordar aquellos tiempos en los que comenzábamos a guiar grupos por la Sierra de Guara junto a Pepe, Alfredo y Jan Marc. Han pasado décadas, pero algunos recuerdos permanecen suspendidos en mi memoria igual que esas gotas que brillan un instante antes de caer al río. Para mi los barrancos tienen una extraña capacidad de conservar fragmentos de mi vida. Cada recodo, cada poza y cada pared guardan conversaciones, risas, esfuerzos y silencios que ya pertenecen a mi pasado, y vuelven a mi cuando regreso.

Como anécdota, una que siempre recuerdo: Cuando con Pepe Chaverri viví una de las jornadas más intensas que recuerdo en este barranco. Fue la vez que más caudal he encontrado en toda mi vida descendiendo cañones. Y llevábamos un grupo de clientes franceses. Éramos jóvenes, quizá demasiado confiados o temerarios, y decidimos afrontar el descenso pese a que el río bajaba enorme. Recuerdo como por desconocimiento, los franceses disfrutaban como niños; para ellos, como era la primera vez, aquello era simplemente una experiencia normal en un barranco. Mientras tanto, Pepe y yo, que sabíamos perfectamente (una vez metidos y sin vuelta atrás) lo que significaba aquel caudal, pasamos la jornada amedrantados (sin que se nos notara) trabajando con toda nuestra atención y fuerzas para conseguir llevar al grupo hasta el final sin incidentes. Hoy lo recuerdo con una mezcla de lección y sonrisa. Eran otros tiempos y nosotros éramos diferentes también…

Ahora sigo volviendo varias veces cada verano. Y procuro madrugar. Y no es solo por una cuestión práctica. Es una forma de proteger mi experiencia y mi memoria. Porque llegar temprano me permite seguir encontrando esos momentos de soledad en un lugar que se ha vuelto cada vez más concurrido. Y con los años he aprendido que el verdadero lujo no es descubrir un rincón remoto, sino poder contemplar esos lugares ya conocidos y que amo sin ruido, sin prisas y sin multitudes.

La masificación ha transformado los paisajes, sí, pero sobre todo ha transformado nuestra manera de vivirlos. Y aunque entiendo perfectamente que la belleza (y su divulgación en las redes sociales) atrae a las personas, confieso que cada vez me cuesta más compartir ciertos espacios con demasiada gente. Hay lugares que me invitan a la abstracción, a la conversación tranquila entre el agua y la roca…

La Peonera también ha sido el barranco de iniciación de mi hija. Fue su primer barranco completo a los 7 años. Y hay algo especialmente emocionante en comprobar cómo pasa el tiempo, cuando un día me encontré guiando al nieto de uno de mis primeros clientes, tras haber hecho lo mismo con sus hijos. Son situaciones que difícilmente podía imaginar cuando lo bajé por primera vez, y que convierten un simple barranco en una especie de hilo conductor que une distintas etapas de mi vida y varias generaciones.

Y eso que me produce cierta tristeza que durante los meses de verano no pueda culminarse como antes con su salto mítico a la presa de Bierge. Era un final que tenía algo de rito, y una despedida (saltaras o no) que cerraba la jornada con una mezcla de emoción y satisfacción. Bueno… las circunstancias cambian y los lugares también... Es una de las lecciones más constantes de la montaña y de los ríos: nada permanece igual.

Sin embargo, el barranco ahí sigue y yo también. Y quizá eso sea lo más importante.

Porque después de más de cuarenta años descendiendo cañones, he comprendido que la felicidad a menudo vive en los lugares a los que regresamos una y otra vez. Lugares que conocemos de memoria y que, aun así, siguen teniendo algo nuevo que decirnos cada vez. Cada verano, cuando vuelvo a entrar en las aguas del Alcanadre, siento que recorro también parte de mi propia vida. Y mientras el agua continúa su camino, yo durante un rato, encuentro la extraña sensación de caminar junto a mi pasado. La Peonera me trae muchos recuerdos. Demasiados para contarlos todos. Recuerdos de juventud, de amistad, de aprendizaje, de oficio y de familia. Recuerdos de quienes estuvieron allí cuando todo empezaba, de quienes ya no están, y de quienes hoy continúan. Por eso sigo regresando. Y mientras pueda hacerlo, seguiré madrugando para encontrarme en silencio con un viejo amigo.













miércoles, 10 de junio de 2026

Ante la tumba de Vicente Oliván Sanpietro



Durante muchos años ignoré que en aquel pequeño cementerio de Bergua descansaban mis bisabuelos. No lo sabía. Tampoco los buscaba. Y, sin embargo, la vida terminó llevándome hasta allí de una forma que aún hoy me cuesta admitir que fuera casualidad…

En realidad, Bergua no era un lugar completamente ajeno para mí. De niño había estado allí alguna vez, cuando mi madre se juntaba con sus hermanos y nos llevaban por aquellos montes a buscar setas. Recuerdo que por entonces el pueblo tenía solo un habitante permanente durante los meses de verano: Elías, tío de mi madre, que subía con sus vacas y vivía prácticamente solo entre aquellas casas de piedra medio abandonadas. También recuerdo esos primeros años en los que comenzaron a llegar los llamados hippies (años 80), que acabaron instalándose en el pueblo en tipis (Tiendas de piel con forma cónica, sostenida por un armazón de palos de madera como las de los indios norteamericanos) y conviviendo con aquel paisaje detenido en el tiempo. Para mí eran despegados recuerdos de un lugar que entonces ni asociaba a mi historia familiar. Vagas imágenes de mi infancia.

Hace escasamente cuatro años, una serie de planes fallidos y circunstancias imprevistas me dejó durante unas vacaciones y entre semana sin rumbo ni planes. Y en ese vacío de planes decidí ir a descender el barranco de Forcos, en este pueblo del que mi madre era originaria. Era una excursión más, una actividad de barranquismo, sin imaginar que aquel día iba a abrir una puerta completamente diferente. Cuando terminé el barranco, con el silencio del valle alrededor, me acerqué al pequeño cementerio de Bergua. Salté la tapia con la intuición, casi irracional, de que quizá allí encontraría alguna huella de mis antepasados. No sabía qué buscaba exactamente, pero sentí la necesidad de mirar. Y allí estaba. La tumba de Vicente Oliván Sampietro. Mi bisabuelo. Lo supe al instante (Mi abuelo era Vicente Olivan), y más tarde lo confirmé con mis tíos, los hermanos de mi madre. Pero lo verdaderamente impactante llegó cuando ante su tumba, leí rotulado en la cruz que Vicente había fallecido el 3 de agosto de 1948. Y ese día en que yo me hallaba por primera vez en mi vida ante su tumba, era exactamente un “3 de agosto” de 2023... “75 aniversario de su muerte”. Aquel detalle convirtió el instante en algo difícil de explicar con palabras. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No sé si fue azar, coincidencia o simplemente una paja mental. Pero sí sé que, en ese instante, sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo de una forma extraña, como si esas dos fechas separadas setenta y cinco años exactos por un instante se hubieran tocado.

Desde entonces, con la excusa de descender el barranco subo cada año, y cada vez me acerco a su tumba y siento que el silencio de este lugar tiene algo que decirme. Ya no veo únicamente una tumba con una cruz. Veo una vida entera resumida entre dos fechas, y entre ellas sesenta y siete años de trabajo, sacrificios, alegrías, amores, desamores, bodas, celebraciones, tristezas, incertidumbres y esperanzas que hoy apenas puedo imaginar. Murió en 1948 a los 67 años, luego nació en 1881.

Cuando él vino al mundo, España todavía era un país esencialmente rural. Reinaba Alfonso XII y la mayor parte de la población, como habían hecho sus antepasados durante generaciones, vivían en el campo. E imagino, porque me gusta imaginar, que mientras en Madrid se decidía el rumbo político del país y en algunas ciudades comenzaban a llegar la electricidad, el tren y los primeros signos de la modernidad, en lugares como Bergua la vida seguía sometida a las eternas leyes de la montaña. Imagino esa aldea de finales del siglo XIX. Los rigurosos y prolongados inviernos. Los arduos senderos. Las casas de piedra agrupadas para resistir el frío y el aislamiento. Las noches iluminadas por candiles. El sonido de los animales en las cuadras bajo las casas. Cada jornada ocupada por los trabajos del campo y del ganado. Un mundo donde todo se hacía con las manos y donde una condición natural de la existencia era el esfuerzo.

Cuando murió Alfonso XII en 1885, Vicente apenas tenía cuatro años. Y durante su infancia y juventud gobernó la reina regente María Cristina en nombre de su hijo Alfonso XIII. Pero es probable que aquellas cuestiones llegaran a Bergua sólo como lejanos ecos. Seguramente la preocupación diaria de una familia en una aldea de la montaña no era la política nacional, sino la cosecha, la salud de los hijos, el ganado y la llegada del invierno y las nieves. Mientras mi bisabuelo Vicente se hacía un hombre, el siglo XIX llegaba a su fin. Cuando tenía diecisiete años, en 1898, España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas. A lo largo de sus sesenta y siete años de vida, Vicente fue testigo de enormes transformaciones: Vio cómo el siglo XX sustituía lentamente muchas ancestrales costumbres, y conoció la llegada de nuevas formas de comunicación y transporte. Cuando todavía era joven, el automóvil comenzaba a extenderse por Europa y los hermanos Wright realizaron esos primeros vuelos que inauguraron la era de la aviación. Vivió el nacimiento del cine, la expansión del teléfono, y fue contemporáneo de algunos de los acontecimientos más decisivos de la historia del siglo XX. Vivió la Primera Guerra Mundial. Fue testigo de la Revolución Rusa de 1917. Vivió la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República, la Guerra Civil y los difíciles años de la posguerra. Y en sus últimos años contempló las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más devastador que había conocido hasta entonces la humanidad… Seguramente vio cómo muchos familiares, vecinos, amigos o conocidos emigraban buscando oportunidades.

Sin embargo, al detenerme frente a su tumba, comprendo que la verdadera importancia de una vida no siempre coincide con la importancia que le atribuye la Historia. Los libros recuerdan reyes, generales o políticos. Pero las familias recordamos a quienes hicieron posible nuestra existencia. Y es precisamente eso lo que siempre me viene a la mente cuando estoy allí.

Porque si Vicente no hubiera nacido en aquel lejano año del señor de 1881, mi abuelo Vicente nunca habría existido. Si mi abuelo no hubiera existido, tampoco habría nacido mi madre, Angelita. Sin ella, yo no estaría aquí. Y sin mí, tampoco existiría mi hija Nayra.

A veces pensamos en la historia como una sucesión de grandes acontecimientos, pero ante esta tumba descubro otra forma de entenderla. La historia es también una cadena de vidas anónimas que se transmiten de unas a otras el milagro de existir. Cada generación recibe una herencia invisible y se la entrega a la siguiente.

Y me resulta asombroso pensar que un niño nacido en una pequeña aldea pirenaica durante el reinado de Alfonso XII esté unido por un hilo invisible a una niña del siglo XXI llamada Nayra. Más de ciento cuarenta años separan ambos momentos, y sin embargo forman parte de la misma historia.

Vicente jamás pudo imaginar el mundo en el que vivimos hoy: Internet, teléfonos móviles, lo vehículos modernos o a la velocidad a la que circula la información. Como tampoco pudo imaginar que uno de sus bisnietos acudiría un día a visitarlo pensando no sólo en él, sino también en su tataranieta que lleva consigo una parte de aquella vida iniciada en las montañas del Sobrarbe.

Por eso, cuando contemplo su nombre grabado en esa cruz, siento gratitud. Gratitud hacia un hombre que no conocí, pero sin el cual nada de lo que amo existiría. Gratitud hacia esa generación de hombres y mujeres de la montaña que soportaron esas vidas tan duras para que las generaciones futuras pudiéramos seguir adelante.

Y entonces es cuando he comprendido que una tumba no habla únicamente de muerte. Que también habla de la continuidad de la vida.

Porque el tiempo se lleva a todos (Nadie queda para simiente), pero deja tras de sí una huella que continúa en quienes vienen después. Vicente está unido a mi abuelo Vicente. Mi abuelo está unido a mi madre Angelita. Mi madre está unida a mí. Y yo estoy unido a mi hija Nayra.

Quizá ahí resida una de las grandes paradojas de la existencia. El ser conscientes de nuestra fragilidad y de la brevedad de nuestro paso por el mundo, y al mismo tiempo darnos cuenta que formamos parte de algo que nos trasciende. Ninguna vida individual permanece para siempre, y sin embargo todas contribuyen a una continuidad que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento y continuará tras nuestra muerte. Ante esta tumba tengo la impresión de que el pasado nunca desaparece del todo; que permanece transformado en memoria, relatos, en silencios familiares, y en las personas que existen gracias a quienes las precedieron.

Ninguno de nosotros surge de la nada. Somos el resultado de innumerables decisiones, esfuerzos, sacrificios, encuentros y casualidades ocurridas a lo largo de generaciones. Y cuando uno toma conciencia de ello, tu propia vida deja de parecer un episodio aislado para convertirse en un eslabón más de una historia mucho más amplia. Un hilo invisible que atraviesa generaciones. Así que cada vez que regreso a esta tumba, en la quietud de Bergua, por un instante siento que no estoy sólo recordando a un antepasado. Estoy contemplando una parte fundamental de mí mismo y el origen remoto de quienes continuarán la historia cuando yo ya no esté aquí.

PD: Y, por suerte, en mi caso todo ese territorio disperso de recuerdos familiares se extiende mucho más allá de Bergua: igual que me remueve esta tumba, tengo la fortuna de conocer el paradero de mis bisabuelos paternos en Burceat y en el cementerio de Arresa, cerca de allí de Bergua, porque mi abuela paterna procedía de Berroy, también allí en la zona del Sobrarbe. Burceat, Bergua, Arresa y Berroy se convierten así en pequeñas coordenadas de mi geografía íntima, dispersa en el mapa pero unida en mi memoria familiar.




martes, 9 de junio de 2026

VIDEO BARRANCO FORCOS EN UN MINUTO

 El barranco de Forcos, junto a Bergua, es para mí mucho más que un hermoso rincón del Sobrepuerto. Entre sus estrechos de roca, sus pozas cristalinas y el agua que ha modelado este paisaje durante siglos, encuentro también una conexión profunda con mi historia familiar. En Bergua vivieron mis antepasados, allí descansan mis bisabuelos y allí crecieron mis abuelos y mi madre. Por eso, cada vez que regreso, siento que recorro no solo un barranco, sino parte de mis propias raíces.

Este año, como en otras ocasiones, he compartido el descenso con mi hija, transmitiéndole ese vínculo con una tierra que forma parte de nuestra memoria familiar. Porque, al final, los lugares que amamos terminan convirtiéndose en legado.

Y aunque en el vídeo pueda parecer un barranco exigente y lleno de adrenalina, la realidad es que Forcos permite disfrutarlo de una forma muy tranquila. No hay ningún salto ni paso técnico obligatorio; todo es opcional. Quien lo desee puede limitarse a seguir el curso del río, nadar en sus pozas y disfrutar de la belleza del entorno sin necesidad de realizar ninguna maniobra adrenalítica. Quizá por eso es un lugar tan especial: cada uno puede vivirlo a su manera. A medida.




domingo, 7 de junio de 2026

BARRANCO FORCOS (BERGUA) MEMORIA DE AGUA

 


Hoy hemos vuelto a descender el barranco de Forcos, junto a Bergua. Un rincón escondido del Sobrepuerto donde el agua ha ido esculpiendo durante siglos una profunda garganta de flysch, entre pozas cristalinas, sombríos estrechos y pasillos de roca que guardan en su interior la memoria del tiempo. Es un lugar de una belleza salvaje y serena, de esos que impresionan no solo por sus saltos y toboganes, sino por la sensación de estar caminando por un paisaje que existía mucho antes que nosotros y que seguirá aquí cuando ya no estemos.

Pero para mí, este rincón tiene además un significado mucho más íntimo. En Bergua se encuentra el cementerio donde descansan los restos de mis dos bisabuelos maternos, mi bisabuelo y mi bisabuela. Quizá por eso, cada vez que regreso a Forcos, desde hace ya unos cuantos años, siento que no estoy recorriendo únicamente un barranco. Estoy atravesando parte de mi propia historia.

Bergua no es para mí un nombre en un mapa. Es el lugar donde vivieron mis bisabuelos, donde se criaron mis abuelos y donde mi madre pasó su infancia junto a sus hermanos. Mientras camino por estos senderos, no puedo evitar imaginarla de niña, correteando por estos mismos barrancos, explorando cada rincón de estas montañas que entonces eran su mundo. Me gusta pensar que, de alguna manera, sus pasos quedaron grabados entre estas piedras, junto a los de quienes la precedieron.

Es un lugar que, aunque yo no haya nacido allí, forma parte de mí. Porque pienso que hay lugares que se heredan de una manera más profunda que una vieja casa o una antigua fotografía: se heredan a través de los recuerdos, de las historias contadas en familia y de la seguridad de que una parte de quienes somos nació mucho antes que nosotros.

Mientras marcho por el barranco, pienso en esa extraña continuidad que une a las generaciones. Que el agua que hoy corre entre estas piedras es diferente a la que vieron mis abuelos o mi madre de pequeña, pero el cauce es el mismo. Que nosotros también cambiamos, generación tras generación, y sin embargo algo permanece. Quizá sea precisamente eso la identidad: un río que nunca contiene la misma agua y, aun así, sigue siendo el mismo río. Hay algo emocionante en caminar por una tierra donde vivieron quienes te precedieron. Porque cada sendero parece guardar una huella invisible. Cada muro de piedra seca, cada bosque, cada rincón recuerda que antes hubo allí vidas enteras: trabajos, juegos de infantiles, miedos, amores o despedidas. Aquí comprendo que la memoria no vive solo en las personas; también habita en los lugares. Este año, como los anteriores, he compartido el descenso con mi hija. Quizá ahí es donde todo adquiere su verdadero significado.

Porque mientras avanzo con ella por el barranco, veo cómo las historias siguen su curso. Yo recibí un vínculo con esta tierra de quienes vinieron antes. Y ahora, sin apenas darme cuenta, se lo estoy entregando a ella. No a través de grandes discursos ni de solemnes lecciones, sino mediante algo mucho más sencillo: caminar juntos, saltar juntos, reírnos en las pozas, ayudarnos en los pasos difíciles y contemplar el mismo paisaje.

A veces pensamos que el legado consiste en transmitir conocimientos o bienes materiales. Sin embargo, quizá lo más valioso que podemos entregar a nuestros hijos sean los lugares que amamos y las emociones que esos lugares despiertan en nosotros. Porque cuando compartimos un paisaje con quienes queremos, ese paisaje deja de ser algo geografico y se convierte en memoria. Por eso Forcos, aunque esté fuera de mi amada sierra de Guara significa tanto para mí. No es solo un precioso barranco, ni una actividad que disfruto mucho desde hace más de cuarenta años. Ahora un punto de encuentro entre mi pasado, mi presente y mi futuro. Allí están algunos de mis antepasados, aunque ya no puedan caminar por sus senderos. Allí estoy yo, viviendo el instante. Y allí está mi hija, construyendo recuerdos que algún día también serán parte de su propia historia. El agua sigue descendiendo hacia el Ara, indiferente al paso de los años. Nosotros, en cambio, somos transitorios. Quizá por eso estos lugares me emocionan tanto: porque me recuerdan que la vida es pasajera, pero también que pertenezco a algo más grande que yo. A una familia, a una tierra, o a una memoria que continúa fluyendo, igual que el Forcos, de generación en generación.















sábado, 30 de mayo de 2026

LOS OSCUROS DEL BALCES 2026

 

Soy consciente de que, cuando escribo sobre los cañones de la Sierra de Guara, a menudo me repito. Vuelvo una y otra vez a lo mismo: las mismas emociones y a las mismas palabras. Hablo del silencio, la roca, el agua, el paso del tiempo y la pequeña dimensión del ser humano frente a la naturaleza. Posiblemente alguien podría pensar: “Este siempre con la misma historia”. Y probablemente tenga razón. Pero es que hay experiencias tan profundas que nunca terminan de expresarse del todo. Cada barranco, cada vez, me devuelven la misma sensación de asombro. Así que, sí, me repito un poco. Pero después de tantos años descendiendo estos cañones, he aprendido que algunas realidades merecen ser contadas una y otra vez, porque siguen siendo tan ciertas y tan hermosas como la primera vez que las sentí.

Hoy los Oscuros del Balces. Llevo más de cuarenta años descendiendo los oscuros. Cuatro décadas entrando una y otra vez en ese universo de piedra, agua y sombra que, sin embargo, nunca ha deja de sorprenderme. Hay lugares que se visitan y lugares que terminan habitándonos a nosotros...

Todavía recuerdo la primera vez que crucé el umbral de los oscuros. Era joven y creía que la montaña se conquistaba. Al entrar entre aquellas paredes verticales, tan altas que parecían cerrar el cielo, sentí algo que no supe calificar. No era miedo, había respeto. No era solamente admiración, aunque me dejó sin palabras. Era la sensación de estar entrando en un espacio primitivo, indiferente al tiempo humano, donde cada roca parecía tener un secreto y cada salto de agua hablaba un lenguaje que yo aún no comprendía.

Aquellas paredes me impresionaron profundamente. La luz descendía en franjas finas desde arriba y se confundía sobre el agua oscura. El silencio tenía un peso, roto únicamente por el rumor de la corriente. Con los años llegaron las temporadas de guía. Fueron cientos de personas, las que acompañé por aquel laberinto mineral. Vi el asombro en los ojos de quienes entraban por vez primera. Escuché risas, nervios, y exclamaciones de sorpresa. Cada grupo recorría el mismo cañón, pero cada experiencia era diferente. Mientras les mostraba el camino, comprendí que guiar consiste en compartir tu mirada. Yo les enseñaba el Balcés, pero ellos también me enseñaban a verlo cada vez de nuevo, a través de esa intacta emoción de quien descubre algo por primera vez.

Hoy ya no busco la intensidad de la juventud ni la responsabilidad de aquellos años de guía. Ahora, vuelvo a los oscuros solo o acompañado únicamente por algunos amigos. No voy a conquistarlos ni a explicarlos. Voy a encontrarme con ellos.

Y cada descenso me parece a una conversación con un viejo amigo. Con alguien a quien no me hace falta decirle nada porque conoce todos mis silencios. Las paredes siguen ahí. El agua sigue recorriendo el su camino y seguirá recorriendo cuando yo ya no esté. Sin embargo, quien cambia soy yo. Y quizá por eso el encuentro nunca es igual.

He aprendido que volver a un lugar durante cuarenta años no significa repetir la experiencia, sino contemplar el paso de la vida en un punto fijo. El cañón se ha convertido en una medida de mi tiempo. En sus aguas veo reflejadas mis distintas edades: el joven que se asombraba, el guía que enseñaba, el padre que educaba y el hombre que ahora camina más despacio y escucha más de lo que habla.

A veces pienso que los barrancos son una metáfora de la propia existencia. Entramos en ellos sin conocer realmente lo que nos espera. Avanzamos entre luces y sombras, entre estrechos pasajes y espacios abiertos, creyendo a menudo que somos nosotros quienes elegimos el camino. Pero la que sabe es el agua. Ella no lucha contra la roca; la acaricia durante siglos hasta transformarla. Nos enseña que la verdadera fuerza no siempre reside en la dureza, sino en la constancia.

Por eso sigo volviendo. Porque allí encuentro algo que el mundo moderno parece olvidar: la paciencia de lo eterno. Allí no me importan las prisas, los calendarios ni las preocupaciones cotidianas. Solo me importa el instante presente, el contacto de mis manos con la piedra, el sonido del agua y la luz filtrándose desde lo alto como una bendición. Que lección.

Cada año, cuando realizo ese descenso que para mí se ha convertido en un ritual, siento la misma gratitud. Estoy envejeciendo junto a estas paredes. He aprendido junto a esas aguas. Y mientras pueda seguir entrando en sus luminosas sombras, seguiré regresando.

Porque hay lugares que terminan formando parte de nuestra alma.