Si la vida sigue su curso natural (con permiso de esos golpes o sorpresas que nadie puede prever) llega un momento en el que empiezas a darte cuenta de que alrededor de la mesa quedan cada vez menos abuelos. Y casi sin darnos cuenta, aquellos padres que durante años nos parecieron invencibles, empiezan a hacerse mayores, a necesitar que estemos pendientes de ellos, y de alguna manera a ocupar esas sillas que fueron quedando libres poco a poco. La vida tiene esas cosas: las sillas son las mismas, también la mesa, pero quienes se sientan alrededor van cambiando. Quizá sea simplemente una de las formas que tiene el tiempo de recordarnos sigue haciendo su trabajo. Sigue su curso. Y mientras algunos (como mi madre), se van demasiado pronto y sin darnos tiempo casi a entenderlo, otros llegan a edades muy avanzadas y (a veces), aparecen cosas que nunca quisimos imaginar: dependencia, Alzheimer, demencia, caídas, médicos, medicinas, cuidadores… y a veces una residencia.
De repente aparece delante de nosotros una realidad que
durante mucho tiempo habíamos preferido ni pensar ni mirar: “nuestros padres
envejecen”.
Y cuando esto ocurre, creo que hacemos algo muy humano: Pensar
en nosotros.
Vemos a una persona mayor que ya no puede hacer muchas de
las cosas que hacía y nos preguntamos: ¿querría yo vivir así? ¿Querría yo que
me cuidaran así? ¿Querría yo acabar dependiendo de los demás?… yo, yo, yo… Quizá ahí estamos cometiendo el error. Porque
estamos pensando en ellos desde nosotros mismos. Desde la persona que somos hoy.
Desde nuestra salud, nuestras piernas, nuestros proyectos, nuestras ganas de
viajar, de correr, de subir montañas, de salir y de decidir. Y no somos
nosotros… Quizá la pregunta no es “¿qué querría yo si estuviera así?”, sino
algo más sencillo: “¿Qué quieren ellos ahora?”
Porque quizá cuidar no consiste solamente en decidir qué
creemos que es mejor para ellos, y consiste también en escucharles y respetar
sus deseos. En intentar comprender que, aunque su cuerpo vaya más despacio y su
cabeza les juegue a veces malas pasadas, siguen siendo la misma persona que ha
vivido, amado, trabajado, sufrido y cuidado de los suyos durante toda su vida. Y
sí, hay algo que vi en mi madre y que ahora también observo en los padres de
algunos amigos y que, si lo pienso bien, quizá algún día también nos pasará a
nosotros: lo difícil que es aceptar después de haber cuidado de los demás
durante casi toda la vida, que llegue un momento en que seas tú quien necesite
que te cuiden. Y no debe de ser sentirse inútil, sino sentir que ya no eres tan
necesario como antes. Sentir y aceptar que has pasado de ser quien protege,
ayuda y está pendiente de todos, a ser quien necesita esa ayuda. En mi madre lo
vi claramente cuando estuvo grave y durante su recuperación… Le costaba aceptar
que fuéramos nosotros quienes estuviéramos pendientes de ella, y todavía más
mostrarse vulnerable delante de nosotros sus hijos. Durante toda nuestra vida
nos había transmitido una imagen de enorme fortaleza e independencia, y de
repente, éramos nosotros quienes teníamos que estar ahí. Se le notaba esa
resistencia a perder su independencia, a necesitar de los demás, y a mostrarse
vulnerable ante quienes durante tantos años había protegido. Y sin embargo,
para mí fue algo profundamente bonito poder cuidar de ella, aunque fuera solo
un poco. Porque mientras ella sentía seguramente que estaba perdiendo algo de
sí misma, yo sentía que estaba teniendo la oportunidad de devolverle una
pequeña parte de todo lo que ella había hecho por nosotros. Quizá esa también sea
una de las vueltas más bonitas que da la vida: quien un día nos sostuvo cuando
nosotros no podíamos hacerlo solos, algún día necesitará que seamos nosotros
quienes les sostengamos. Y en algunos casos, incluso llegará un momento en que
quizá ya no puedan decidir, y nos tocará hacerlo a nosotros. Y no será fácil.
Pero mientras puedan, quizá nuestro papel no sea sustituirles, sino
acompañarles. La vida tiene ese extraño sentido del humor. Durante muchos años ellos
son quienes nos dicen que nos abriguemos, comamos, que tengamos cuidado, que no
lleguemos tarde o miremos antes de cruzar, y un buen día, sin darnos ni cuenta,
somos nosotros quienes les preguntamos: ¿Has comido? ¿Te has tomado la
pastilla? ¿Llevas la chaqueta? o ¿Has cerrado con llave?... La rueda gira.
Quizá cuidarles sea una de las formas más bonitas que tenemos
de devolverles todo aquello que hicieron por nosotros. No sabemos cuánto durará
esta etapa, o si llegará, o cómo será la nuestra cuando llegue. Quizá no tenga
mucho sentido vivir ahora imaginando qué querremos entonces nosotros. Porque
hoy están ellos. Y quizá lo más importante no es decidir por ellos, ni mirar su
vejez desde nuestros propios miedos, sino intentar ponernos en su lugar. Preguntarnos
qué necesitan, desean, les hace sentir bien, y sobre todo, qué les hace sentir
queridos. Porque cuando alguien empieza a perder autonomía, quizá haya muchas
cosas que podamos hacer por él o ella, pero hay una que nunca deberíamos dejar
de hacer: hacerles sentir que estamos o seguimos ahí. Como ellos siempre estuvieron
para nosotros. Es mi opinión.









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