Y antes incluso de
empezar a verla me llevé una gran alegría: ver el cine de Barbastro lleno. Me
gusta pensar que, a pesar de todo, seguimos necesitando una pantalla grande,
una historia que nos una y un par de horas para dejarnos llevar…
Reconozco que iba
con las expectativas muy altas. Y ya sabemos el peligro que tiene eso. Cuando
todo el mundo habla maravillas de una película, empiezas a tener miedo de que
no esté a la altura de lo que esperas. Pero poco a poco, la película me fue
atrapando y cuando terminó, me di cuenta de que no había terminado del todo…
buena señal.
Soy muy cinéfilo,
veo mucho cine, y con los años he aprendido que hay películas que me gustan
mucho en el momento pero que después se van diluyendo, y otras que como un buen
vino, necesitan reposar. Para mí, una de las mejores maneras de saber lo que
realmente me ha dejado una película es despertarme al día siguiente y comprobar
que sigue ahí. Si ha desaparecido, probablemente solo me gustó. Si sigue
rondándome en la cabeza, si me hace pensar, si me lleva de un tema a otro y me
despierta preguntas, entonces sé que me ha dejado algo dentro. Y con La bola
negra me ha pasado. Ayer por la noche no dejé de pensar en ella y esta mañana
nada más despertar, seguía dándole vueltas. Tanto, que no he podido evitar sentarme
a escribir estas líneas:
Y no soy
precisamente el espectador que podría sentirse reflejado en muchas de las
historias que cuenta. Soy una persona ya madurita, heterosexual y hay
experiencias que allí se narran que me quedan lejos. Pero quizá precisamente
ahí está una de las grandezas de una buena película: que no necesitas haber
vivido lo que cuenta para reconocer en ella algo profundamente humano. En este
caso la homosexualidad sí, pero principalmente el amor, el silencio, el miedo,
la amistad, la conexión entre las personas, la necesidad de esconder una parte
de uno mismo durante una época marcada por unas normas que dejaban muy poco
espacio para ser diferente. Y todo contado sin morbo, sin necesidad de
subrayarlo, dejando que sean las vidas de los personajes las que hablen…
Pero incluso la película
me llevó mucho más lejos, y también me hizo sentir identificado en algo que en
realidad creo que nos une a todos. Que todos en algún momento de nuestra vida
hemos sentido el rechazo. Todos hemos tenido alguna vez la sensación de no
encajar, de no ser elegidos, de que alguien nos apartaba por ser como somos,
por lo que pensamos, por lo que sentimos o simplemente por no responder a lo
que los demás esperan de nosotros. Todos, de una manera u otra, hemos sacado
alguna vez esa bola negra o nos la han sacado a nosotros. Y quizá por eso la
película, aunque cuente historias que no son las mías, también habla de algo
que sí conozco: lo que se siente cuando alguien te hace creer que eres
diferente, que no encajas o que hay algo en ti que debería esconderse.
Me hizo pensar en
la Guerra Civil, en mis abuelos, en aquellas generaciones que vivieron una vida
que vista desde hoy me parece increíblemente dura y sin embargo para ellos era
simplemente la vida que les había tocado. Me hizo pensar en todo lo que no
sabemos de quienes vivieron antes que nosotros. En las cosas que sintieron,
desearon, soñaron o sufrieron… y que nunca contaron. Generaciones de silencio.
Personas que aprendieron a callar no porque no tuvieran nada que decir, sino
porque muchas veces decirlo podía tener un muy alto precio. Y solo ellos
supieron realmente cuánto tuvieron que guardar dentro hasta el final.
Y quizá ahí está
una de las cosas que más me ha hecho pensar esta película: en lo contradictoria
que puede llegar a ser la naturaleza humana. Somos capaces de crear vínculos,
querer, cuidar, encontrar a alguien y sentir que, entre millones de personas,
precisamente esa persona es importante para nosotros, y al mismo tiempo somos
capaces de la crueldad, el rechazo, la violencia y de convertir en enemigo a
alguien que, en el fondo, simplemente busca lo mismo que nosotros: vivir en
paz.
Quizá porque también
he pensado en el tiempo que me ha tocado vivir. Nosotros tenemos la suerte de
vivir hoy, al menos en esta parte del mundo, con una comodidad y unas
libertades que muchas generaciones anteriores ni siquiera pudieron imaginar. Y
desde esta tranquilidad es fácil olvidar lo cerca que están las guerras, las
luchas fratricidas, el miedo y el sinsentido cuando dejamos de mirarnos como
personas.
Me ha hecho pensar en cómo
tantas veces los seres humanos terminamos enfrentándonos entre nosotros,
incluso entre hermanos, vecinos o personas que podrían entenderse, mientras
otros deciden por nosotros qué debemos temer, a quién debemos odiar o contra
quién debemos luchar. Y quizá lo más triste es que, muchas veces, resulta más
fácil enfrentarnos a los demás que enfrentarnos a nosotros mismos, reconocer lo
que sentimos y simplemente atrevernos a vivirlo. Por eso creo que sí, La bola
negra habla de la homosexualidad, de una época, de unos personajes y de unas
historias concretas, pero también habla de personas, de amor y del miedo. De la
amistad, la soledad, la sensibilidad y la crueldad. De lo que somos capaces de
hacer por amor y también de lo que somos capaces de hacer cuando dejamos de
entender al que tenemos enfrente.
Me ha hecho pensar
en la sensibilidad, en el arte y en esa capacidad que tiene el cine para
llevarme a lugares que no esperaba visitar. Y quizá por eso desde ayer no dejo
de pensar en mis abuelos y en todas aquellas personas de su generación que se
fueron sin que nosotros llegáramos a conocer una parte de todo lo que vivieron
y todo lo que callaron.
Por eso creo que
merece la pena ir a verla. No hace falta pertenecer a una determinada
generación, ni tener una determinada orientación sexual. Basta con ir con la
cabeza y el corazón abiertos. Porque hay películas que entretienen, otras que
gustan, y hay algunas que cuando sales del cine, siguen contigo. La bola negra
es de esas. La recomiendo.
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