martes, 23 de junio de 2026

La víspera del destino (Capitulo 4)

 


Miércoles, 10 de marzo 2010: La víspera del destino

Ya sabemos que algunas personas miran al mundo y dicen: “¿Por qué?” y otras miran al mundo y dicen: “¿Por qué no?”. Pues eso mismo fue lo que nos preguntamos nosotros hace unos meses mientras preparábamos esta expedición... ¿Por qué no?

La noche en la litera fue espantosa. Al dormir en la parte más alta, arrimado al techo de la cabaña, casi no podía respirar debido al aire caliente, el dióxido de carbono y el humo acumulado en la parte más alta. O esa era, al menos, mi incómoda percepción. Tanto me agobié que, en mitad de la noche, me levanté completamente desnudo (vaya estampa) a abrir un poco las puertas para que entrara el aire fresco. Mi cabeza no había dejado de dar vueltas, previendo y ajustando kilómetros y horarios. En un constante duermevela, especulaba tácticamente con las horas que nos costaría llegar si acelerábamos el paso: “¿Y si pudiéramos plantarnos hoy mismo a pie de la vía del rompehielos de Röyttä?”. Nos encontrábamos bien y la pierna de Kike parecía aguantar. Suponiendo que nos quedaran unos cuarenta kilómetros hasta allí, si lográramos mantener una media de cinco kilómetros por hora sin contratiempos, partiendo a las cinco de la madrugada podríamos coronar el objetivo en unas nueve horas, deteniéndonos lo justo para avituallarnos e hidratarnos; o diez, si la media resultaba más baja. Era una jugada decidida por la que había que apostar sí o sí.

A las cuatro toqué diana. Soñolientos, Arcadi y Kike se fueron desperezándose un día más. Hoy nos costaría mucho menos ponernos en marcha gracias al acierto de habernos alojado en esta sencilla pero eficaz cabaña de pescadores. Bastaba con prepararnos, desayunar y disponer las pulkas, sin las apreturas, hielos y embarazos que siempre exige recoger una tienda de campaña. El plan era poner rumbo este hacia Seskaro, cuyo litoral ya vislumbrábamos desde aquí, laureado por unos modernos molinos de viento que, vistos en la distancia, parecían minúsculos sobre un estirado bosque. Desayunamos, nos equipamos cumpliendo un ritual que ya dominábamos y, prácticamente a las cinco de la madrugada, dejábamos la puerta de la cabaña bien sujeta con la gran piedra, tal y como la habíamos encontrado.

Comencé a avanzar ascendiendo por la sutil depresión de nieve que nos dirigía, casi de inmediato, por una pendiente entre árboles hacia el mar abierto. En ese instante, la punzada que sentí en mi tobillo izquierdo a cada paso fue como un mordisco rabioso, un dolor agudo casi insoportable, consecuencia de haber machacado la zona ayer durante tantas horas con el pliegue de la bota congelada. El dolor era tan insufrible que me obligaba a cojear aparatosamente. Si la molestia no menguaba con la marcha, el avance de hoy iba a ser un auténtico calvario. Por ello, preferí quedarme atrás y me fui rezagando mientras Arcadi y Kike se colocaban en vanguardia, perfilando en la nieve y el hielo ese surco recto hacia el horizonte.

El día, igual que mis ojos, amaneció nublado, aunque de momento no nevaba. La temperatura, tal y como nos habían pronosticado, estaba empezando a descender notablemente. El cielo, de un gris plomizo, arrastraba la resaca de la nieve y condensaba el frío ambiente. Un mosaico de tonos blancos, salpicado de ligeros declives de hielo fracturado y marcado por la absoluta ausencia de civilización, procuraba un silencio entre tenso y agradable, solo quebrado por el punzante dolor de mi bota que, paso a paso, parecía aplacarse o, simplemente, amansarse conforme el cuerpo entraba en calor.

Tras casi tres horas de marcha continua sin darnos apenas cuenta, cautivados por el espectáculo del entorno y nuestra propia abstracción, advertimos que estábamos cerca de las costas de Seskaro, hendidas por los formidables molinos de viento. Hicimos un giro en dirección sur para rodear la isla, pasando entre dos islotes repujados con unas humildes cabañas que tenían aspecto de estar habitadas, o al menos mucho más visitadas que el refugio que habíamos dejado atrás de madrugada. La propia curvatura de la isla nos impedía divisar nuestro siguiente propósito al otro lado, lo que nos mantenía en una constante incertidumbre sobre la ubicación real de nuestro destino, obligándonos a consultar el GPS y despertando cada vez más nuestra curiosidad por descifrar la posición exacta en el mapa de este rebaño de islas menudas. La nieve en este tramo se volvió inestable, variable y profunda; el camino se hacía largo y desalentador. ¿Cuándo íbamos a salir a mar abierto de nuevo? El avance era agónico; si la superficie no mejoraba, seríamos incapaces de superar los tres kilómetros por hora.

Arcadi marchaba en silencio abriendo huella. Cuando me tocaba a mí dar el relevo, me notaba muy agotado y gastado por la mala noche que arrastraba, mientras Kike aguantaba como podía un dolor tibial que tangiblemente lo esclavizaba. Paramos a descansar y tomar aliento brevemente. Sin pensarlo mucho, decidí sacar mi perfil de héroe protector, subyugar la inercia que me recordaba que cada paso hacia adelante es un paso menos, e insistí de nuevo a Kike para distribuir parte de su carga. Esta vez, finalmente, accedió. Nos partimos el peso y, en cuanto arranqué de nuevo, me retraje en silencio, avasallado por la pulka, que ahora sentía oronda y pesadísima sobre un ingrato sembrado de nieve rigurosa y profunda. “Intentaré aguantar como sea, a ver si el terreno mejora”, pensé para mis adentros. Mi dolorido estado físico, la fatiga y quizás un punto de ego y fanfarronería me hicieron reciclar los pensamientos: me di cuenta de que tal vez no era el mejor día para hacer favores ni para jugar a ser superhombre cargándome con ese exceso, pues mis propias energías andaban más bien dudosas. Siempre he concebido que la generosidad se recompensa a sí misma casi al instante y que un gesto solidario, de alguna manera moral, te aviva y te hace crecer... ¡pero la pulka pesaba una barbaridad! Menos mal que Arcadi se encontraba pletórico; con un gesto disciplinado, pétreo en su manejo y con la tez encendida por el esfuerzo y el frío, iba rompiendo la nieve por delante.

Tras un par de curvas, por fin advertimos el hielo azul del mar abierto. El espesor de la nieve disminuyó y empezamos a avanzar mucho mejor. La nieve aquí acumulada mostraba un color triste, oscuro, casi negro, igual que las pocas rocas que asomaban entre el hielo cerca del litoral. A la izquierda, el paso se cerraba con un puente lejano que acunaba la singular cala que acabábamos de atravesar. Torcimos más a la derecha, bordeando la orilla; al frente se extendían varias islas bajo un cielo mortecino que se desplomaba sobre el mar.

Las horas seguían pasando y las fuerzas se tambaleaban cada vez más. De pronto, un grito de Kike nos sobresaltó desde atrás: “¡Se ha roto mi pulka!”. Se había partido por completo uno de los brazos o varas de anclaje de su trineo; una de esas perchas rígidas que ensamblan y articulan desde el arnés de la cintura hasta el frontal de la pulka. Kike la venía remolcando sujetándola difícilmente con el brazo para mantenerla vertical y evitar que se ladeara. Al ver la barra partida en dos, pensé en silencio en la tremenda dificultad de ensamblar dos barras de plástico recto y liso (como el palo de una escoba moderna) en mitad de la nada y sin fisuras, pero inmediatamente y sin dar demasiadas explicaciones, pasé a la acción.

La experiencia del pasado me ha enseñado a llevar siempre encima, en cualquier situación, dos elementos básicos de reparación que me han sacado de más de un apuro: cinta americana y una bolsa de bridas. Efectué a cada lado de la fractura, a unos cuatro centímetros de los extremos rotos, dos bolas bien ceñidas dando vueltas con la cinta americana; el objetivo era que hicieran de tope u obstáculo para que las bridas no se deslizaran al tirar de nuevo de la barra y evitar que se volviera a partir. Conecté dos bridas en forma de argolla alrededor de la vara, justo al otro lado de los topes de cinta, y estos dos anillos, aún flojos, los fui enhebrando con bridas horizontales paralelas a la percha, rodeándola por completo. Una vez hecho esto, apreté fuertemente los dos anillos principales, apresando en su interior todo el manojo de bridas horizontales, y una por una las fui cerrando y tensando con los alicates alrededor de la estructura. Cuando quedó bien prieta toda esa artesanal madeja de plástico, la cubrí por completo con abundante cinta americana. “¡Creo que funcionará!”, exclamé. Mientras realizaba la reparación, Arcadi me filmaba en vídeo y Kike, con su cándido interés y su voraz apetito por instruirse, me daba bombo con tanta gracia que convirtió el contratiempo en un rato de relajación y descanso. Me encantan este tipo de recursos de fortuna improvisados.

Aprovechamos esta breve y accidental parada para comer algo, recalcular la ruta y recuperar un poco las fuerzas. Llevábamos casi siete horas y media de marcha continuada y sabíamos que, si hoy echábamos el resto, podríamos llegar a pie de la refinería de Röyttä; justo el lugar hasta donde llegaron las expediciones clásicas que cruzaron con esquís, pero nosotros lo haríamos a pie. Después del breve descanso reiniciamos la marcha. Algo del peso que esta mañana le había quitado a Kike se lo devolví para que lo cargara de nuevo en su pulka. Lo agradecí en el alma; él se encontraba algo mejor y yo hoy no estaba para tirar cohetes ni para correr ningún encierro.

Comenzó el ocaso y nos adentramos por una especie de bahía repleta de depresiones de nieve y hielo, donde un manto grisáceo cubría la superficie de las cosas, tiñendo el ambiente de una sutil tristeza por la ausencia total de sol. Al poco, en una islita que dejamos a nuestra derecha, divisamos una pequeña acumulación de casas de tablones corroídos y descoloridos que mostraban sus decadentes entrañas entre maderos desnudos. Era la viva estampa de un pueblo fantasma, tal y como uno se lo imagina en las historias más remotas. Se mostraba desierto, sin un alma, como si sus habitantes hubiesen huido precipitadamente presos del pánico; o esa fue, al menos, la sensación que a mí me produjo al mirarlo de reojo al pasar. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido por completo en ese rincón escondido del Báltico. Resultaba entre turbador y fascinante. Movidos por el instinto y por lo misterioso de ese escenario digno de una película de terror, dejamos poco a poco atrás el decrépito poblado y asomamos el cuerpo entero, arrastrando los trineos, de nuevo a mar abierto, volviendo a escuchar el frío eco de nuestra propia respiración. El paraje era cautivador. Estábamos en un recóndito lugar en mitad del mar y, si te parabas a pensar, resultaba verdaderamente inspirador: “Quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro realmente despierta”.

Tras unas dos horas más de marcha, meditaba en silencio sobre este condenado y bello momento que nos guiaba hoy. Me sentía muy, muy cansado, y el frío no parecía dejar de aumentar conforme acontecían las horas. Al fondo, por fin, se distinguió nuestro objetivo: se veían claramente los humos de la refinería de petróleo y la silueta de la isla de Torne-Furö (declarada Parque Natural), justo en la frontera con Finlandia, donde pretendíamos acampar. Y entonces... ¡mierda! Un enorme barco iba desgarrando el paisaje desde la refinería en dirección sur hacia el mar abierto y, con el paisaje, seguro que estaba mutilando el pavimento congelado del mar... ¡El rompehielos! Bueno, en el fondo era lo que esperábamos, ¿no? Ahora tocaba invocar a la suerte para que esa fuera su última travesía hasta mañana por la mañana y rezar para que esta noche hiciera un frío atroz, de modo que se congelara la ruta y nos permitiera atravesar su estela en nuestro camino definitivo hacia Kemi.

Cerca de la isla tuvimos que salvar zonas de auténtico caos de hielo, con bordes rotos por la fuerte presión y grandes acumulaciones de nieve; superficies en las que se hace sumamente trabajoso avanzar arrastrando las pulkas. Tras un día durísimo en lo físico, alcanzamos el destino previsto para la mejor de las opciones de la etapa, plantándonos en la costa de la isla de Torne-Furö tras haber avanzado unos cuarenta kilómetros en la jornada; sumábamos ya unos cien o ciento diez kilómetros desde que partimos de Brandön hacía cuatro días. El viento comenzó a soplar desde el sur con algo más de fuerza, por lo que la sensación térmica empezó a desplomarse. Me gustan estas sensaciones de supervivencia y soledad; crean un vínculo necesario con mi propia alma y, si estás en verdadera consonancia (como era el caso), también un vínculo indestructible con tus compañeros.

Dispusimos montar el campamento y levantar la tienda directamente sobre unas placas de hielo, en la superficie misma del mar. Para fijarla en un suelo tan duro, yo traía en el equipo unos tornillos de hielo. Mientras íbamos preparando el material, de repente, por detrás de la isla asomaron dos motos de nieve que se dirigían rápidas hacia nosotros. Eran dos policías con vehículos oficiales perfectamente rotulados, luces de emergencia y todo el equipo. Se detuvieron a nuestro lado, pararon los motores y se retiraron los cascos, dejándonos ver sus robustas y sonrosadas caras. ¡Esto sí que era nuevo! Primero nos entró la lógica inquietud de que no nos permitieran acampar en ese punto, que nos llamaran la atención por tratarse de una frontera o, como imaginas inmediatamente en plan de broma, que nos dijeran: “¡A ver! ¡Carné de conducir pulkas, seguro obligatorio y el certificado de la ITV!”. Además, tras el palizón que llevábamos encima, estábamos como para que nos hicieran movernos...

Muy al contrario, tras ese erróneo sobresalto inicial, resultaron ser extremadamente cordiales. Estaban completamente impresionados al hallar en su trillada y despoblada ronda fronteriza (la refinería es un objetivo militar), en medio del mar helado, a tres desequilibrados intentando acampar sobre el hielo a veinte grados bajo cero. Nos interrogaron amigablemente para saber de dónde veníamos y sus rostros reflejaron una absoluta incredulidad tras escuchar nuestras explicaciones. Les relatamos la aventura con nuestro abreviado pero suficiente inglés y les expusimos nuestro propósito de alcanzar Kemi mañana mismo. Los interrogamos de inmediato sobre la posibilidad real de cruzar la vía del rompehielos y su dictamen no fue precisamente tranquilizador: primero nos confirmaron lo que ya habíamos visto (el barco acababa de pasar) y nos puntualizaron que mañana, muy temprano, teniendo muchísimo cuidado y comprobando bien el piso golpeando con fuerza con los bastones, podíamos intentarlo; pero que si no hacía mucho frío durante la noche, lo veían francamente difícil. Nos hicimos una foto con ellos (o ellos con nosotros) y, despidiéndose simpáticamente, se ajustaron los cascos y los guantes, arrancaron los motores y aceleraron casi derrapando sobre la nieve, de la misma manera que cuando de joven querías impresionar a la chica que te gustaba con tu ciclomotor.

Mientras los miraba partir, escuché gritar a Kike: «¡Eeeeeeeeeyyyyyyyyy!». Con su ostentosa maniobra de arranque y el envite de la nieve, a uno de los agentes se le había caído una señal indicadora de STOP de mano, de esas que tienen forma de pala de ping-pong. Se distanciaron dándonos la espalda tan rápidamente y con el bullicio de los motores que no se percataron de los gritos ni de los aspavientos de Kike. Así fue como Kike adquirió una señal de STOP oficial, gentileza del mar Báltico y de unos amables pero despistados policías suecos.

Tras esta inesperada y sorprendente visita, continuamos con el montaje de la tienda y la anclamos en un santiamén al suelo utilizando los tornillos de hielo. Coloqué primero uno para que tanto Arcadi como Kike, que desconocían esta herramienta cilíndrica que normalmente utilizamos para la escalada en hielo, vieran su funcionamiento, su colocación y su elemental modo de anclaje por medio de un mosquetón a los vientos de la tienda. Enseguida se pusieron a practicar y colocaron ellos el resto en los demás vértices. Después se acomodaron dentro y empezaron a recoger nieve en bolsas de plástico para fundir, mientras yo me quedaba fuera cubriendo los faldones de la tienda con las propias pulkas; había empezado a nevar y a moverse algo de viento, y si el aire se introducía por debajo de la estructura, podría desgarrarla y dejarnos literalmente con el culo al aire.

Una vez acomodados, hidratados y cenados, nos permitimos el lujo de comer más de lo habitual. Sabíamos que mañana, de una u otra manera, llegaríamos a destino y no teníamos por qué reservar raciones; ya fuera alcanzando Kemi o, como les ocurrió a las otras expediciones si no podían atravesar el canal abierto, terminando en algún punto cercano de la refinería en este mismo margen de la costa. Embutidos en nuestros sacos de plumas y tratando de sacudirnos el frío, encendimos el teléfono satélite y conectamos con Santi en Brandön. Nos felicitaron por la etapa, pero nos manifestaron el mismo temor: “No va a ser posible atravesar la ruta del rompehielos”. Santi, Iván, Rafa y Rosa (nuestro equipo de apoyo) habían pasado el día en Kemi y, mientras fotografiaban un gran rompehielos en el puerto, casualmente, al observar que los filmaban, les había abordado el dueño del propio buque. Ellos le habían relatado nuestra aventura y el propósito de preparar un documental, y el hombre, entusiasmado, los había invitado a visitar el barco y filmarlo desde dentro. Habían disfrutado de una visita guiada exclusiva por el mismísimo capitán, quien incluso les había mostrado las cartas de navegación de las rutas de la zona. Tras ver los mapas, las previsiones de cruzar a pie eran muy pesimistas: según el capitán, las posibilidades eran “ninguna”, nos confesó Santi.

Aun así, proyectamos con Santi las diferentes alternativas para el día siguiente: el plan principal seguía siendo intentar llegar a Kemi atravesando la gran ruta abierta que circula desde la península de Röyttä hacia el sur, siguiendo la línea imaginaria de la frontera entre Suecia y Finlandia. Para ello debíamos madrugar muchísimo y cruzarla si se mantenía helada, antes de que transitara ningún otro buque. Si esto no fuese posible, Santi me explicó que tendríamos que dar por concluida la aventura en Röyttä, un pueblo situado al noroeste de la refinería. Yo le aclaré (porque así lo habíamos previsto y discutido entre los tres) que si encontrábamos el mar roto, subiríamos por esta orilla en dirección norte para intentar bordear la refinería; y que si era necesario pasar por tierra, lo haríamos aunque fuera cruzando el muelle del propio puerto comercial para regresar de nuevo al mar al otro lado, ya en territorio de Finlandia, y poder llegar a Kemi a primeras horas de la tarde. Santi, tras escucharme, abiertamente y con voz afectuosa me manifestó: “Eso era lo que quería escuchar; tened mucho cuidado y ya me informaréis. Nos vemos en Kemi”. Le precisé que madrugaríamos una barbaridad y que, si lo lográbamos, podrían seguir nuestro rastro en el ordenador por medio del dispositivo satélite SPOT; le aseguré que, de todos modos, les mandaría una señal de "OK" para que lo supieran con total seguridad.

Teníamos que descansar. El futuro no es un regalo, es una conquista. Mañana debíamos conquistarlo.









sábado, 20 de junio de 2026

El arte de la adaptación (Capitulo 3)

Martes, 9 de marzo 2010: 

Volvemos a la vida cada día de modo diferente. Y nunca se vuelve a ser el mismo cuando la existencia nos pone ante situaciones que nos sacian por completo. Por más que queramos y lo intentemos, jamás podremos regresar idénticos después de ciertas experiencias. Llevamos ya dos noches sobre el hielo del mar Báltico. Son las cuatro y cuarto de la mañana; la noche ha pasado perezosa, el viento ha cesado y hemos logrado dormir bastante bien. A las cuatro y media decido tocar diana; he observado que a las cinco ya despunta la luz, así que el plan es partir lo antes posible para ganar horas de marcha. El desayuno y la equipación se resuelven hoy con mucha más soltura que el primer día: se nota que empezamos a tener práctica. Vamos bien.

De repente, el silencio se rompe con los reniegos de Kike: no le entra una de sus botas. Se le ha congelado con la caña algo arqueada y le resulta imposible calzarse. Salgo de la tienda a mirar y... ¡mierda!, mis botas están exactamente igual, rígidas como piedras, y no hay forma humana de hacer pasar el pie. Cada noche guardamos el botín interior en lo más profundo del saco junto a nosotros para mantenerlo caliente y secarlo, pero las carcasas exteriores (estas de cuero) las dejamos ordenadas a un lado, entre la puerta y el doble techo de la tienda (tal y como he hecho siempre en otras expediciones), ya que dentro estamos bastante apretados. Para evitar que entrara nieve en el interior, cometí el error de dejar colocadas las polainas de estas dobladas hacia un costado; al congelarse el cuero en esa posición, la caña se curvó por completo. Una auténtica novatada. Siempre he utilizado botas de carcasa plástica, un material donde, evidentemente, este problema no existe. Forcejeo maldiciendo mi suerte, recordando lo muchísimo que cuesta a veces calzarse una bota de esquí de travesía, mientras Kike lucha con lo suyo y Arcadi, que ya está plegando la tienda, nos mira de reojo. Dentro del aprieto del instante, asumo que merezco el escarmiento de esta lección inédita. No me volverá a pasar.

Después de un buen rato y un descomunal esfuerzo, conseguimos embutir los pies y emprender la marcha. En mi bota izquierda noto un pliegue interno que ha quedado tieso, se me clava con saña en el exterior del tobillo. Confío en que, conforme los pasos templen el cuero, este vaya cediendo y deje de atormentarme el resto de la jornada. Durante la primera hora de camino vigilo de reojo mi antigua lesión de psoas, la misma que ayer parecía refunfuñar, pero por fortuna hoy no molesta en absoluto. ¡Bien!

Tomamos rumbo este, hacia una isla llamada Haru que deberemos sobrepasar dejándola a nuestra derecha (al sur), manteniendo a nuestra izquierda (al norte) la gran isla de Seskaro, aunque dudo mucho que hoy logremos llegar hasta allí, pues debe de estar a unos 45 kilómetros. Hace un día increíble, pero nos toca atravesar la zona más extensa de mar abierto y sin islas intermedias de toda la travesía, con el riesgo que eso conlleva. Al noreste divisamos, todavía muy a lo lejos, las fumarolas de las fundiciones, papeleras y serrerías de la región de Ranön. Hay que recordar que la explotación forestal es uno de los mayores recursos de Suecia; la mayor parte de su territorio está cubierta de bosques que proveen de madera a esta potente industria. Además, su subsuelo es riquísimo en mineral de hierro, siendo uno de los máximos productores mundiales, lo que explica la concentración de factorías metalúrgicas y fábricas de pasta de papel en todo este sector del norte.

Durante estas primeras horas es asombroso observar cómo la luz del sol ilumina el hielo de tal forma que, hasta donde alcanza la vista, realmente parece que estás mirando la superficie del mar abierto. Un mar inanimado e inmovilizado. Arcadi, en uno de los relevos para abrir huella, me lo señala deslumbrado: “¡Es increíble!”. El mar y el cielo se funden en uno solo. Se divisan islas lejanas hacia el este y, más al sur, un descarriado faro. En los primeros esbozos de la ruta, Arcadi quería pasar por ese faro, pero Lowe, con el parte de hielo en la mano, nos advirtió que en estos momentos se encontraba en mitad de aguas abiertas y que era totalmente inaccesible.

Vamos escudriñando el horizonte con el anhelo de ver aparecer los globos de nuestros compañeros, conscientes de que paso a paso nos acercamos a la confluencia de nuestra trayectoria con el rumbo marítimo de los barcos rompehielos que dan servicio a las fábricas del norte. Allí es donde, si la fortuna nos da la espalda, nos toparemos con alguna vía de mar abierto abierta por estos imponentes buques. Precisamente nos hemos enterado de que medio centenar de barcos, entre ellos seis grandes transbordadores con miles de personas a bordo, el pasado jueves encallaron a causa del hielo en la zona de Estocolmo, al sur del Báltico, y muchos rompehielos de la zona han tenido que acudir a su rescate. Confiamos en tener suerte y que estas rutas comerciales del norte, al estar menos transitadas estos días por ese imprevisto, se hallen congeladas y cerradas.

De repente, Arcadi nos grita: “¡Por allí van los globos!”. Al principio miro hacia atrás pero no veo nada. “¡Allí!”, insiste señalando. Se ven muy al sur, muy distantes hacia el mar abierto; unos pequeños puntos lejanos. Y no son dos, sino cuatro. ¿Cuatro globos? Más tarde sabríamos que a nuestros compañeros se les habían unido dos pilotos finlandeses conocidos suyos con sus respectivos aparatos. Al enterarse de que los españoles iban a intentar esta travesía inédita, debieron de sentir cierto rubor patrio ante la idea de que los primeros en lograrlo fueran dos globos forasteros, así que se acoplaron a la retaguardia del intento. Qué gozada, lo van a conseguir. ¡Cuánto tienen que estar disfrutando allá arriba!

Nosotros hoy caminamos casi con calor gracias al buen día, a unos cinco o seis grados bajo cero pero sin una pizca de viento. Con rostros silenciosos y expresivos, no sé si tristes o felices, avanzamos en este tercer día aferrados ya al mar; está claro que ya no queremos encontrarnos con el mundo de los hombres. A eso se le llama adaptación y armonía. Kike, sin embargo, arrastra un fuerte dolor en la parte tibial de su pierna derecha; camina con un paso visiblemente desigual y complicado por la dureza del terreno, y se nota que está sufriendo. Como hoy me encuentro muy bien y sobrado de fuerzas, me detengo para proponerle repartir su carga entre Arcadi y yo, pero se niega en redondo. Intento censurarle un poco esa actitud testaruda pero no hay manera... Al fin y al cabo es aragonés. Me da la impresión de que está muy habituado a la competición y lo entiendo, pero aquí las cosas no funcionan así. “Si mañana soy yo el que tiene un problema, espero que tú te ofrezcas para compartir mi carga; hoy por ti, mañana por mí”, le explico. Creo que lo pilla, pero de momento prefiere seguir arrastrando su peso. Intentaremos turnarnos con Arcadi para abrir huella, buscando las zonas aparentemente más benignas, ya que si las raquetas no se hunden tanto en la nieve, parece que la pierna le duele un poco menos.

Sobrepasamos no una, sino dos evidentes rutas de los rompehielos. Son franjas perfectamente indicadas con grandes boyas atrapadas en el hielo a cada orilla, como si fueran los malecones de una carretera cuyo pavimento estuviera armado con vastos bloques congelados. Está claro que si nos topamos con una ruta abierta, sería imposible cruzarla sin esperar a que se congele de nuevo; resultaría una insensatez intentarlo y arriesgarse a caer al agua entre los enormes y pesados pedazos flotantes de hielo grumoso apelotonado: literalmente te aplastarían. El reguero de bloques refundidos por el frío tiene unos sesenta metros de anchura y se pierde en la lejanía rumbo al sur. Sería imposible rodearlo a menos que regresáramos a la costa. En un lugar así recobras de golpe la noción de dónde te encuentras. Es increíble pensar de nuevo que un mar lleno de vida yazca oculto bajo una capa de hielo sobre la que se ha acumulado este manto blanco de ondulaciones suaves. Hasta donde alcanza mi vista, la blancura es total, a excepción de las líneas oscuras que serpentean a lo lejos moldeando el litoral.

Tranquilizados por haber atravesado uno de los puntos críticos de la expedición sin ningún contratiempo, hacemos una breve parada para comer un poco y rehidratarnos. Al poco nos introducimos en una amplia zona de nieve más profunda que ralentiza notablemente nuestra marcha. El sendero no existe, tan solo se dibuja en la mente del que abre huella, pero no hay pérdida. Caminamos unas horas más en silencio, bajo la indecisa luz del atardecer, donde las impetuosas prominencias que forma la nieve en el suelo (como si fueran olas de mar interrumpidas y salpicadas por un sinfín de relucientes losas heladas) moldean un paisaje fiel a lo que esperábamos: ¡alucinante! Me sorprende cómo se incrementa rápidamente la intensidad del frío en cuanto baja el sol un poquito; ya debemos de estar a diez bajo cero. Mientras avanzas en mitad de ese silencio, vas asimilando todo lo visto y vivido, convencido de que estas experiencias contribuirán en buena parte a crear una mejor versión de nosotros mismos.

Más tarde, ya extenuados, divisamos claramente nuestro objetivo de hoy a unos seis kilómetros según el GPS. Nos hacemos alguna foto y Arcadi y Kike se filman recíprocamente con la cámara de vídeo que llevamos. A pesar del cansancio, y Kike con su maltrecha pierna, los dos sacan buena cara; se les ve felices y ya totalmente adaptados. En cabeza, abriendo huella en una nieve algo más profunda por la cercanía de la costa, voy incrementando el ritmo todo lo que puedo con la intención de llegar a buena hora. Hoy completamos aproximadamente unos treinta kilómetros. Nos había comentado Lowe que la mayor distancia que había conseguido cubrir una expedición en un solo día intentando cruzar este mar había sido de treinta kilómetros, y eso utilizando esquís y tirados por unas cometas; por lo tanto, podemos estar muy satisfechos, pues nuestra media en tres días es prácticamente de veinticinco kilómetros diarios, a pie y sin ningún medio de arrastre mecánico.

Mis fuerzas parecen no tener fin. No es por amor propio; es por fuerza, por pura libertad. Todo ha salido rodado hoy y los tres somos puro entusiasmo y sueños. El alma se agita cuando las cosas salen como deseas, pero hay que intentar mantener la serenidad. Yendo todo bien, nos faltan dos o tres días más. El suelo serpentea entre sucesiones de ligeras elevaciones blancas hasta esa pequeña y vaporosa isla. Un poco más al norte, en la lejanía, se distinguen las difusas hileras de pequeños bosques de la costa, que parecen la guirnalda del horizonte.

Llevo muy a mano comida y líquido. Mantengo una pequeña botella de plástico encajada bajo el forro polar, junto a mi tripa para que no se congele, y poder así acceder cómodamente a ella sin detenerme e hidratarme con un sorbo cada poco tiempo; en los bolsillos guardo algunas barritas que voy consumiendo cada quince o veinte minutos. Sigo con un ritmo frenético, apoyándome en los bastones dinámica y técnicamente, como si estuviera haciendo esquí de montaña. ¡Qué espectáculo! Hoy el sol se ha aliado con nosotros disipando todas las nubes, y eso que la previsión nos daba nevadas a partir del mediodía. No puedo evitar sentir escalofríos recurrentes que me nacen de las entrañas; cada vez que me viene a la mente alguna persona querida, me estremezco y abro huella con más y más fuerza, conmoviéndome una y otra vez al descubrirme así. Son imágenes del pasado y, de nuevo, sueños de futuro; fragmentos de mi vida. Hoy viaja en mi pensamiento una nueva armadura que me da alas: en el móvil traje una foto reciente en blanco y negro con aspecto de alubia que contemplo cada noche, y que me hace conmoverme por dentro y regocijarme por fuera. La ecografía de mi hija Nayra. Es una nueva motivación que estreno aquí y que presiento me servirá de estímulo y aliento el resto de mi vida. Si existe la felicidad, debe de ser algo muy parecido a esto... ¿Me estoy volviendo un blando otra vez? Ojalá pudieran percibir y comprender lo que se siente en momentos así. Aquí el paisaje se convierte en un personaje en sí mismo, lleno de espíritu de principio a fin; imágenes desbordantes de poesía en medio de la nada y, en realidad, en medio de todo, donde te fundes con la naturaleza para aprender a escucharte en el silencio.

Conforme me acerco a la diminuta isla, diviso oculta entre los árboles una pequeña cabaña. Alcanzo la orilla y aguardo a que en breve lleguen Arcadi y Kike siguiendo mi trazo. Cuando se reúnen conmigo, les indico lo que he visto y decidimos ir a explorar. ¿Y si está abierta y podemos quedarnos allí a descansar hoy? Nos ahorraríamos la incomodidad de la tienda y esa hora de trabajo extra que exige montar el campamento. Al superar un pequeño declive nevado entre los árboles, la pequeña cabaña encarnada surge ante nuestros ojos justo en el límite con el mar. Llegamos enseguida al refugio, comprensiblemente añejo y algo desvencijada por fuera, con unos ceñidos peldaños de madera ante la puerta. Al empujar un poco la madera, nos damos cuenta de inmediato de que está abierta y nos entusiasmamos. Tan solo está atrancada por la nieve que ha caído delante y una gran piedra sepultada debajo. Sacamos la pala y, al poco de retirar la nieve y la enorme roca, la entrada queda libre. ¿Qué secretos guardará dentro?

Tras el soportal de entrada nos topamos de frente con una ventana que ilumina un pequeñísimo pasillo con una puerta a cada lado. Tras la puerta de la izquierda hay una especie de cuarto trastero o leñera sin ventanas, con leña y algún sobrio aparejo colgado de las paredes: “Nos vendrá de perlas para guarecer las pulkas”, comentamos. En la puerta de la derecha se abre una pequeña habitación con dos ventanas. El interior se encuentra casi vacío: tan solo una achacosa y mugrienta chimenea, una mesa y dos sillas en un estado decadente por el aislamiento, y el bastidor metálico y desdibujado de una litera de dos alturas con dos somieres de espirales. No hay luces, pero el interior se ilumina con la poca claridad del exterior que se filtra a través de los cristales. Para nosotros, hoy, esto es un verdadero lujazo.

Colocamos las pulkas en la leñera y con varios troncos prendemos fuego en la chimenea. Cruzamos una cuerda a modo de tendedero para secar la ropa frente a la llama y nos asignamos los sitios para dormir: Arcadi elige una esquina en el suelo, así que Kike y yo colocamos nuestras esterillas en los somieres de la litera; Kike abajo y yo arriba. El frío ya penetra por las rendijas de las ventanas y se hace notar mientras el fuego templa lentamente la habitación. Empleando un cubo de plástico que hemos descubierto en esta obvia cabaña de pescadores y que hemos llenado de nieve, Arcadi se sienta cómodamente en una silla ante la mesa y, con los hornillos operativos, empieza a derretir nieve, rellenar las cantimploras y preparar la cena.

Mientras tanto, aprovechamos para contactar con el equipo de apoyo para conocer las previsiones y hacerles saber nuestra situación y progresos. Los globeros, nuestros amigos de Kon-Tiki, lo han conseguido: han aterrizado en Finlandia, unos sesenta kilómetros más al sur de lo previsto, y Lowe se encuentra en estos momentos en su busca y rescate. Santi y Rosa nos comentan que se habían acercado en coche hasta la isla de Seskaro con el anhelo de vernos pasar desde la costa, pero ya les explicamos que, aunque ya la tenemos a la vista, no hemos podido llegar tan lejos. Está a unos diez kilómetros hacia el este. Mañana, si todo va bien, la superaremos.

La previsión del tiempo anuncia para mañana nevadas débiles y una bajada de las temperaturas. Mañana será un día clave para las posibilidades de esta travesía, uno de esos días en los que habrá que poner toda la carne en el asador. Deberíamos intentar llegar hasta la isla de Torne-Furö, situada ya muy cerca de la insalvable ruta del rompehielos de la refinería de petróleo de Röyttä, en la frontera con Finlandia; hay una distancia de casi cuarenta kilómetros hasta allí, lo que se traduce en un auténtico palizón. Hasta ese punto llegaron en nueve días las dos únicas expediciones que con esquís lograron cruzar este mar; si lo alcanzamos mañana, lo habríamos conseguido en tan solo cuatro. Si queremos tener alguna posibilidad de sobrepasar ese obstáculo, conviene dormir lo más cerca posible de la refinería e intentar cruzar la ruta hacia Kemi muy temprano. Todo queda supeditado a que no pase ningún barco nocturno y a que haga mucho frío durante la noche para que la ruta se congele en las horas que median entre el previsible barco de la tarde y el que circule por la mañana.

Todos estos planes preñados de voluntad los hacemos al calor del fuego, profetizando y pronosticando con optimismo, pero sin saber realmente si el tiempo, nuestras fuerzas o el terreno nos permitirán progresar tanto mañana. No tenemos derecho a conocer el futuro... pero nada nos impide adelantarnos a él, ¿no? Aun así, gracias a lo bien que ha ido nuestro avance estos tres días, hemos conseguido casi una jornada suplementaria (apurando dos) para intentar llegar hasta Kemi. Estamos a martes y podríamos estirar el plazo hasta el viernes. A mí me gusta pensar que si no intentas grandes cosas, jamás las lograrás.

Al quitarme las botas, descubro que mi pie izquierdo presenta una gran ampolla y está abultado con un amoratado e inflamado bolo en el tobillo, consecuencia directa del roce de la curvatura que hizo el cuero al congelarse. Kike sigue con una gran molestia en su tibia, mientras que Arcadi se encuentra perfectamente. Oscurece por completo y nos metemos dentro del saco, disfrutando del calor como si fuera lo más precioso que existe en el mundo, mostrando una sonrisa satisfecha en nuestros rostros traspuestos. Como decía Machado: “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”. Mañana será otro día.















viernes, 19 de junio de 2026

Cuando en el trabajo las personas dejaron de ser personas:

 


No sé cuándo ocurrió. Pero durante los últimos años se ha instalado un discurso (muy cómodo para algunos) señalando a los trabajadores como los principales responsables de la desmotivación en las empresas. “Porque ha cambiado la sociedad”… Hablan de falta de implicación o poca “actitud”. Se repiten estas ideas, y se evita mirar hacia el otro lado de la ecuación. ¿Quizá la pregunta es también qué les ha pasado a las empresas?

Porque en demasiados casos, poco a poco, el mundo laboral ha ido perdiendo algo que era fundamental: la mirada humana. Las empresas han dejado de ver personas para ver recursos, indicadores, estructuras, u objetivos.

Las personas con nombre y apellidos hemos pasado a ser “plantillas” o “costes de personal”. Y detrás de toda esa transformación está la paulatina pérdida de empatía. Y un trabajador no es solo un puesto de trabajo. Es alguien que tiene vida fuera de su horario laboral. Tiene familia, hijos, problemas, pérdidas, ilusiones, días buenos y malos, y una historia que no cabe en una hoja de cálculo. Sin embargo, actualmente, en muchos entornos laborales, todo eso parece haberse vuelto irrelevante. Lo más importante es el rendimiento, la disponibilidad, la productividad, y claro, todo ello sin absentismo. Como si las personas fuéramos máquinas. Y en ese proceso a lo largo de los años,  algo se ha ido perdiendo o rompiendo… Porque, cuando una persona no se siente vista, cuando su esfuerzo se da por sentado y se ignora su realidad, cuando su presencia solo importa en la medida que produzca un resultado, la motivación no desaparece, se erosiona. Lentamente. Hasta que su trabajo deja de ser (como antaño) un lugar de pertenencia o de equipo, y pasa a ser solo un sitio de paso para ganarse la vida.

Y claro, aparecen los juicios rápidos: “La gente ya no quiere esforzarse”, “Actualmente no hay compromiso”, “Las nuevas generaciones no aguantan nada”… No sé yo… Quizá lo que no se quiere ver ni reconocer es que el compromiso no se exige, se construye. Y se construye con y desde el respeto, la humildad, la escucha, y el reconocimiento de que detrás de cada faena hay una persona.

Todo esto se traduce en un deterioro del compañerismo, frialdad, o falta de conexión entre las personas que comparten horas y objetivos, y no es por casualidad. Es el resultado de años en los que se ha priorizado las cifras sobre las relaciones, la rentabilidad sobre el familiaridad, y la eficiencia sobre la razón. Y entonces claro, la gente se desmotiva y en muchos casos incluso se marcha. Y la gente se va cuando pesa más su entorno que su trabajo. Cuando el esfuerzo deja de tener relación con el reconocimiento. Cuando el futuro se vuelve indeterminado o inexistente. O cuando poco a poco, por la suma constante de pequeñas decepciones se erosiona su confianza.

Y no hay excusas. Se ve venir. Y creo firmemente, que cuando el esfuerzo deja de traducirse en buen ambiente laboral, en una vida más digna o en unas expectativas razonables de mejora, mucho antes que la renuncia empieza eso, la desmotivación y la desvinculación…Y eso si es un grave problema. Si claro, también esa ruptura nace de salarios que pierden poder adquisitivo, de costes de vida que crecen más rápido que los sueldos, o de mercados laborales cada vez más competitivos y empresas que, por necesidad o por estrategia, trasladan su presión económica a los trabajadores…

Aun así, siempre he sido una persona optimista, y quiero creer que todavía hay margen para otra forma de entender el trabajo. Una en la que la productividad no esté reñida con la empatía. Una en la que liderar no sea controlar, sino cuidar. Una en la que se  vuelva a mirar a las personas como lo que siempre fueron: personas. Porque quizá el verdadero problema no es la desmotivación de los trabajadores, sino la deshumanización de los entornos de trabajo. Es mi opinión.



jueves, 18 de junio de 2026

El ritual del alba (Capitulo 2)

 



El ritual del alba: Domingo, 7 de marzo

La noche en la cabaña transcurrió despacio, atrapado en un espeso duermevela. En la quietud. A las seis de la mañana, antes de que el despertador rompiera el silencio, yo ya estaba en pie. Al asomarme y ver la nevada, el estómago se me encogió un poco, pero el entusiasmo de un día tan largamente esperado terminó por barrer cualquiera de mis  dudas: teníamos que partir sí o sí. Afuera aguardaba la tormenta perfecta de mis pasiones por aquel entonces: exploración, supervivencia, montañismo invernal y naturaleza salvaje; un escenario hostil pero generoso, donde el tiempo transcurre en paisajes que te conmueven hasta la médula. El viento del sur soplaba ya a unos 40 km/h, endureciendo el ambiente, pero las ganas de los tres eran descomunales.

Nos preparamos en silencio bajo la atenta mirada de Rosa, cumpliendo un ritual casi litúrgico. Me enfundé la armadura: ropa interior térmica recia, Gore-Tex completo, doble calcetín, polainas, pasamontañas, gafas de ventisca y unas botas árticas que le habíamos alquilado a Lowe, mucho más invulnerables que las nuestras. Antes de lanzarnos, Santi nos arrastró a su cabaña para almorzar. Santi, además de alcalde de Alquézar, es un amigo en mayúsculas que se había tomado sus vacaciones para darnos apoyo. Carismático, solidario y con una cola de mapache en la cabeza al más puro estilo Daniel Boone, nos agasajó con unos espectaculares huevos fritos con jamón. Y con ese regusto de lujo aún en la boca y entre sutiles bromas, salimos al frío.

Enganchamos las pulkas, nos ajustamos las raquetas (sin las cuales era imposible dar un paso en semejante espesor de nieve) y nos dirigimos en peregrinación hacia la vereda del mar Báltico por una blanca y lechosa rampa. Allí, junto a la canasta de un globo, nos esperaba todo el equipo para la despedida. Éramos un completo parchís: Arcadi de azul, Kike de verde y yo de rojo. La respiración se volvió profunda, los sentidos se afilaban y el frío empezó a morder la piel. Santi pronunció un breve y cariñoso alegato y, bajando el brazo como un conmutador, nos dio la salida. Arrancamos entre los aplausos de Rosa, Ángel y Miquel, los fogonazos de la cámara de Rafa y el objetivo de Iván. 150 kilómetros por delante arrastrando treinta kilos de material sobre un mar helado y agrietado; una complicadísima empresa donde necesitaríamos, además de preparación, una inmensa dosis de buena suerte.

Pusimos rumbo sureste hacia una isla diez kilómetros mar adentro, usándola como referencia en un turbio horizonte donde seguía nevando. Durante la primera hora, Lowe y el equipo nos escoltaron en moto de nieve, filmando y jaleándonos, hasta que el hielo dejó de ser seguro para el peso de la máquina. Se despidieron, dieron media vuelta y nos quedamos completamente solos. El frío se volvió atroz, congelando nuestro aliento en las máscaras de neopreno en forma de escarcha. Caminaba enclaustrado en mis pensamientos, siguiendo la huella de Arcadi y con Kike cerrando el grupo. Para arañar tiempo al tiempo, miraba al suelo y dedicaba cada paso a las personas que quiero.

A las cuatro horas de continua marcha, relevándonos para abrir huella con la nieve por las rodillas, entramos en una zona postrada entre dos islas con nieve virgen y con agua oculta bajo la superficie. Avanzar allí era un suplicio. Siguiendo el consejo de Lowe, nos pegamos a la orilla de la isla para evitar el centro del canal, donde las corrientes afinan el hielo, aunque el viento acumulaba allí enormes taludes. Agotados, paramos junto a unas rocas a la una del mediodía para beber y chequear el GPS. Nos quedaban diez kilómetros para llegar a la isla de pernocta y apenas tres o cuatro horas de luz. Sabíamos que, si el terreno no mejoraba, nuestras fuerzas no darían para mucho más.

A pesar del cansancio, me sentía feliz con mis compañeros, con los que conecté de inmediato un año atrás en Barbastro. Arcadi, el analista y gentleman, impecable hasta con su pelo, que cuando el peligro acecha se transforma en el "Hombre de Acero". Kike, el dinámico reverso, un "niño grande" con alma pura que ve el mundo como un territorio inexplorado donde el valor y la imaginación siempre vencen a los villanos. Dos tipos en los que me veo reflejado y que me habían invitado a liderar esta inédita expedición gracias o por mi experiencia en la Yukon Arctic Ultra, donde recorri 250 km en la frontera entre Canadá y Alaska el pasado año arrastrando igualmente una pulka.

Volvimos a encasquetarnos en la nieve marchando hacia mar abierto, donde el avance era más limpio. Divisábamos al fondo la isla, pero tras hora y media en línea recta no había rastro de las huellas de pescadores que Lowe nos había dicho. A las tres y veinte de la tarde, la luz empezó a morir y un desagradable e incisivo frío nos golpeó con violencia. Estábamos exhaustos. Para no arriesgar la marcha bordeando la isla de noche, decidimos ser prudentes y poner rumbo directo a su costa oeste para acampar entre protectores sotos. Bebimos mecánicamente, devorados por la fatiga de más de siete horas y media de arrastre para cubrir los primeros veinte kilómetros. El bosque parecía no llegar nunca bajo aquella gran bóveda sombría.

Propuse a Arcadi y Kike un cambio de planes: acamparíamos allí mismo y mañana, ya descansados, nos arriesgaríamos cruzando la isla en diagonal por su extremo norte, aunque el hielo fuera más inseguro. El que no arriesga, no gana; y los tres estuvimos de acuerdo. Al acercarnos a la orilla, el hielo se convirtió en una trampa: placas rotas y hundidas bajo la nieve en forma de invertidos platos de sopa que filtraban agua de mar. Metimos el pie varias veces en aquellas charcas invisibles hasta que logramos ganar un pequeño claro entre los árboles.

Ese primer día, Arcadi y Kike dependían por completo de mis instrucciones. Con las raquetas, aplanamos y compactamos la nieve para crear una sólida plataforma, un ejercicio que me devolvió de golpe a los campos de alta montaña de mis expediciones a grandes montañas. Mis compañeros lo examinaban todo, mi talante y mis maniobras, y en cuanto entendían la lógica, se ponían a trabajar sin necesidad de órdenes; una perfecta armonía entre experiencia e inteligencia colectiva. Usando las pulkas y las raquetas clavadas como anclajes, levantamos la tienda. Nos embutimos los tres con todo el equipo en un espacio de 1,45 por 2 metros; un espacio ridículo, pero es el peaje de viajar ligeros. Nos cambiamos la ropa sudada a velocidad de vértigo y nos sepultamos en los sacos tiritando, guardando en el fondo los botines interiores de las botas y la ropa húmeda para que se secaran con nuestro propio calor corporal.

Kike se ofreció voluntario para como él decía : "freír nieve". Colocó los hornillos en el avance de la puerta con vistas al mar y comenzó la paciente tarea de derretir bloques para rellenar las cantimploras y preparar una sopa que nos templó el espíritu. Con el estómago caliente, llamamos a Santi por el teléfono satélite para confirmar nuestra posición. Las previsiones para mañana anunciaban vientos duros; los globeros no podrían despegar. Con Arcadi ya roncando a mi lado, me tomé una valeriana y me dormí con las manos apretadas entre los muslos, preparándome para renacer al día siguiente.

Lunes, 8 de marzo: El rugido del Báltico

El psoas de mi pierna izquierda (el mismo que me lesioné el año pasado en la Yukon Arctic y me costó cinco meses de rehabilitación) empezó a acongojarme con un leve achaque. Si lo pensaba bien, tenía una lógica explicación: muchísimas horas andando, una hidratación más bien escasa, alimentación regular y nada de descanso. En una situación extrema, el peor enemigo son los nervios y uno mismo; hay que pararse a pensar y analizar las cosas antes de actuar mal o precipitadamente. Como se dice: si la cosa tiene solución, ¿por qué te preocupas?, y si no la tiene, ¿por qué te preocupas? En un sitio así, la precipitación o los nervios te pueden arrastrar a situaciones muy peligrosas. Sabiendo que en un par de horas acamparíamos, decidí no gravar excesivamente la cadera ayudándome lo más posible con los brazos y los bastones, para luego relajarla y hacer estiramientos en la tienda. Kike también caminaba arrastrando un fuerte dolor en la zona tibial de su pierna derecha desde hacía un buen rato.

A un nivel menos físico y más agudo y reflexivo, los tres manteníamos un estado de ánimo sosegado y optimista. Personalmente me sentía completo, en paz; muy agotado, pero radiante con la embriaguez del momento, mientras caminaba de nuevo por este excepcional mundo glaciar. Mi única inquietud era ese tenue balbuceo de mi cadera, aunque ya soy consciente de que, en este tipo de imponentes aventuras físicas con frecuentes palizas de varios días encadenados, el segundo día es el peor (por lo menos para mí). Es la jornada en la que se te acumula el cansancio del debut y comienzas la adaptación tanto física como mental. A partir del tercer día, todo va mejor; y si no es así, algo no marcha bien.

Todos poseemos el instinto de supervivencia. Todos en algún instante experimentamos ese vago y amenazador temor que te avasalla, te bloquea y te induce a objetar por todo, incluso a ti mismo; a querer huir, gritar o desaparecer de allí. ¿Quién no se ha sentido así en algún momento de su vida, ya sea física o emocionalmente? La pauta es descubrirte en esos instantes, mirarlos a la cara, serenarse y subyugarlos, con todo lo que ello supone de lección, lucidez y vivencia. Mar helado por todas partes. Mar quieto. Soledad y compañerismo; todo asociado.

Tras dos horas más de esfuerzo, la nieve cercana a la isla comenzó de nuevo a hacerse ingrata y desigual, y el viento más insufrible. Me iba exhortando e incitando a mí mismo mientras caminábamos ya como tres almas errantes. Queríamos localizar cuanto antes algún escenario resguardado del flagelo del aire entre los árboles en la parte este de la pequeña costa, para así cobijarnos y poder descansar por la noche. Tras tantas horas de paliza, no se tiene ningunas ganas de palear nieve para montar el campamento, pero es algo que tienes que hacer sí o sí, de modo que lo mejor era buscar el sitio más adecuado y ventajoso posible. Por fin, en un recodo que parecía una pequeña caleta, encontramos un recoveco con un buen espacio entre algunos arbolitos donde el viento rompía contra la islita y no nos alcanzaba.

Aplanamos y comprimimos el suelo con las raquetas, montamos la tienda y nos fuimos acomodando en ella. Mientras Arcadi y yo nos íbamos asentando, Kike, llevado por el ímpetu de la situación y con la pala en la mano, obró un pequeño caminito muy bien trazado y profundo de unos tres metros de largo desde la puerta misma de la tienda que terminaba en un hondo agujero. Entonces nos gritó riendo: “¡Ya está hecho el cagadero!”. Por si su grito no hubiera sido suficiente, y por si no lo hubiéramos entendido, gesticulando en cuclillas nos hizo la explícita indicación de la postura que se emplea durante su uso. La verdad es que ya que se lo había currado tanto, yo iba a hacerle aprecio.

Nos ajustamos bien y cómodos dentro de la tienda. Kike y yo nos colocamos en ambas puertas con los dos hornillos operativos para deshacer nieve y avanzar más rápido, mientras Arcadi nos preparaba algo de comida sólida con embutido enrollado en "Rolls Bimbo" (tortitas de harina) y nos lo iba pasando. Este tipo de pan es similar a los chapatis que nos preparan los cocineros en las expediciones al Himalaya; los descubrí así preparados y comercializados en la maratón de Sables, cuando mis compañeros de jaima, Jorge, Luis y Joaquín, que los traían, repartieron conmigo. En este tipo de sitios donde echas de menos tanto el pan, es un excelente sustituto. Como las lecciones de ayer ya las tenían tan aprendidas como si lo hubieran hecho toda la vida, les enseñé algún truco extra, como colocar el cartucho de gas del hornillo sumergido dentro de un recipiente con la primera agua caliente que derretíamos de la nieve; al caldear el cartucho, se agiliza la combustión del gas y se activa más la llama, aligerando el proceso de deshielo.

Eran las cinco de la tarde y comenzaba a atardecer. Con la luz rojiza del ocaso, daba la sensación de que cada uno de los árboles que nos arrullaban a los lados de la tienda había sido modelado por algún espíritu celeste. No se me ocurre otra manera de describir tanto esplendor en este paisaje cristalizado que ilumina los corazones, los alegra y los llena de vida. Entre bromas y risas que denotaban la buena consonancia y el ambiente que se estaba creando, admirábamos el increíble paisaje desde la tienda cuando de repente nos quedamos aturdidos ante un auténtico "espejismo": Kike había salido por detrás de la tienda dispuesto a hacer acopio de nieve en una bolsa grande para tener suficiente hasta mañana. Había salido bien equipado con su chaqueta de plumas, pero... ¡no podía creerlo!, y por las risas de Arcadi, él tampoco: de cintura para abajo, tan solo llevaba las botas. Vaya estampa navideña; por lo de la nieve y "las bolas colgando". Debíamos de estar a unos diez grados bajo cero y el tío ahí, medio en pelotas (Nunca mejor dicho).

Eso denotaba el buen ambiente y la relajación tras un día tan duro en el que todo había salido bien; no parábamos de bromear y reír. La risa sólo puede florecer cuando el ser está bien por dentro y no tiene temor fuera. Cuando ves reír a alguien o tú te ríes de verdad, tu cuerpo entero dice: “estamos bien, estamos tranquilos, no hay peligro”. Básicamente se abre la armonía y, sobre todo, se abre el corazón al de enfrente; por eso en estas ocasiones es tan bueno echar unas risas.

Conectamos con Santi a través del teléfono satélite (con el normal no había cobertura en esta zona) y dimos y recibimos todas las crónicas y detalles. Nos confirmó una meteo algo más indulgente para mañana, lo que haría que los "globeros" pudieran por fin embarcarse en su travesía; nos explicó que, si no podían hacerlo mañana, ya no podrían en toda la semana porque el tiempo volvería a empeorar.

Terminamos todas las tareas. Había oscurecido ya y nos fuimos apagando y aplacando de cansancio. Habían sido más de ocho horas ininterrumpidas de marcha y esfuerzo en las que, al verificar el GPS, comprobamos que habíamos cubierto algo más de veinticinco kilómetros. Mañana ansiábamos por lo menos lograr lo mismo, pero sabíamos que debíamos atravesar dos o tres previsibles rutas de rompehielos, aparte de las probables zancadillas que pudieran aparecer sobre la marcha. Cerré los ojos con esa visión recurrente de esos rostros que siempre me velan, y que siempre se me antojan indescifrables pero muy cálidos. Mi padre, mi abuela… Sólo en este minuto tan efímero puedo hallar, con la naturalidad con la que el viento barre las copas de los árboles que nos cobijan, serenidad y sosiego para resolver cualquier cosa.

Silencio. No hay ni almas con las que conversar. La pureza de este mar helado permanece inalterable pese al frío y la nieve. Al final del día, cuando ya no podemos más pero es necesario el reposo de todo (de deseos, de búsquedas), un descanso profundo, buscado y querido es un arte que no consume nada ni se vende en ningún sitio. Soltar y desapegarse tiene mucho que ver también con el buen humor; soltar, callar, descansar y recuperar.



















martes, 16 de junio de 2026

Memoria de un mar helado (Capitulo 1)


Prologo: Desde hace años hay personas que me repiten que debería escribir un libro. Y lo cierto es que, al menos de momento, nunca me ha atraído especialmente la idea de un libro como tal (Físico).Sin embargo, sí me gusta escribir (mucho) y compartir algo de lo que escribo. De hecho escribir forma parte de mi vida desde hace más de veinte años y lo hago casi a diario. Comencé casi por necesidad, en una época especialmente dolorosa y complicada. Recuerdo que acudí a una psicóloga a Huesca y, cuando llegó el momento de explicarle lo que me estaba ocurriendo, descubrí que no era capaz de expresarlo con palabras. Así que se lo escribí. Después de leer mi texto, fue ella quien me animó a que, en las siguientes sesiones, le narrara por escrito todo aquello que necesitara decirle. Yo sin saberlo, estaba abriendo una puerta que ya nunca volvería a cerrar. Y a partir de entonces comencé a escribir con regularidad, primero para entenderme mejor a mí mismo, y después para compartir mis experiencias, reflexiones y a través de mi blog las aventuras que iba viviendo. Con el tiempo me di cuenta de que era capaz de expresar escribiendo cosas que me cuesta transmitir de otras formas. Así que desde entonces, la escritura siempre me ha acompañado: en mis relatos, en los guiones de los audiovisuales y en tantos otros proyectos personales. Sé que es algo que seguiré haciendo, y parte de ello lo seguiré compartiendo (de momento) a través de las redes sociales.
Y con ese espíritu llevo tiempo pensando en recuperar algunas de las aventuras que he tenido la suerte de vivir a lo largo de los años. Muchas de ellas permanecen guardadas en cuadernos, fotografías y recuerdos compartidos con compañeros de viaje. Y aunque en su día ya las relaté, siento que ha llegado el momento de volver sobre ellas, darles nueva forma y narrarlas nuevamente. Quizá porque hay historias que merecen ser recordadas más de una vez. Quizá porque el paso del tiempo me permite observarlas desde otra perspectiva y descubrir detalles que entonces me pasaron desapercibidos. Quizá porque puedan servir a alguien de inspiración. O quizá porque ahora tengo una hija y me gustaría que algún día pudiera releerlas y conocer mejor las andanzas de su padre: los caminos que recorrió, los retos que asumió, las locuras que emprendió y las experiencias que contribuyeron a convertirlo en la persona que ella conoce. Sea cual sea la razón, he decidido abrir de nuevo aquellos cuadernos e ir rescatando aquellas historias para compartirlas una vez más. Y quiero empezar, quizá porque tuvo lugar el año que nació mi hija, por una de las experiencias más singulares: el cruce a pie de un mar Báltico helado entre Suecia y Finlandia. Una travesía que, seguramente más por casualidad que por intención, nos convirtió en las primeras personas de las que (existe constancia fechada) lograron unir ambos países desplazándose caminando sobre la superficie helada de este mar.
Fue una aventura exigente, fascinante y, en muchos momentos, imprevisible. Hubo preparación, incertidumbre, frío extremo y también una buena dosis de improvisación. Con los años, esta historia ha adquirido para mí un significado especial y creo que merece ser contada de nuevo. Espero y deseo que quienes decidáis acompañarme y leerla, disfrutéis de este viaje tanto como nosotros disfrutamos de aquella inolvidable travesía sobre el hielo del mar Báltico.

Memoria de un mar helado

El objetivo de esta expedición era tan simple de exponer como extraordinario en su planteamiento: cruzar a pie la superficie helada del mar Báltico uniendo Suecia y Finlandia, una distancia entre una orilla y la otra de aproximadamente 150 kilómetros de mar congelado. Una travesía sobre un mar convertido en invierno en una extensión sólida, que lejos de ser estable, se convertía en un territorio cambiante, frágil y extremo.

A ello se sumaba una dificultad añadida que hacía del intento algo más incierto. Aquella era una ruta utilizada habitualmente por rompehielos que, en su avance, abrían enormes e infranqueables surcos y fracturas en la capa congelada, transformando el recorrido en un paisaje interrumpido, inestable y a menudo impracticable. Esa circunstancia había provocado que todos los intentos previos de realizar este cruce a pie hubieran terminado en fracaso.

Al mismo tiempo, y de forma paralela, se desarrollaba otro intento igualmente singular: atravesar ese mismo espacio en globo aerostático, una forma de desplazamiento que, hasta donde sabíamos, tampoco contaba con precedentes sobre aquel helado escenario. Dos maneras distintas de enfrentarse a un mismo territorio, una sobre su superficie y otra suspendida sobre ella, ambas guiadas por una misma idea: explorar los límites de lo posible en uno de los paisajes más hostiles y fascinantes del norte de Europa.

 

“Uno siempre sabe, pero se olvida de que sabe”.
Esa, y "Uno es lo que cree que es" son algunas de mis máximas para vivir con sencillez las aventuras y mi propia vida.

Viernes, 5 de marzo de 2010: La llegada a Lulea

Tras una agotadora jornada de vuelos desde Barcelona, tocamos tierra en Lulea, Suecia, a las nueve y media de la noche. En la cinta de equipajes del aeropuerto, el pánico nos erizó la piel: el petate de Arcadi no aparecía, y un desagradable déjà vu me asaltó al recordar cuando el año pasado, en Canadá, Salva (mi compañero) y yo nos quedamos igualmente con lo puesto a -20ºC antes de nuestra participación en la Yukon Arctic Ultra…

Mientras Santi y Arcadi reclamaban en el mostrador, apareció Lowe, nuestro contacto y asesor sueco, dueño de una empresa de aventura local que gracias a su esposa ecuatoriana, hablaba el castellano muy bien. Al verlo llegar, todos murmuramos lo mismo: “¡Vaya pedazo de armario ropero!”. Medía más de un metro noventa, y bajo su abrigo Grifone, parecía tener unas descomunales espaldas; aparentaba ser un rudo y joven John Wayne, pero de rostro amable.

Nos aseguraron que el equipaje llegaría al día siguiente (crucial, pues Arcadi llevaba allí toda su equipación) y subimos a un flamante minibús de dos pisos rumbo a Brändön, 30 kilómetros al norte. Nuestro plan original era marchar desde Lulea (Suecia) a Oulu (Finlandia), pero Lowe nos advirtió que semanas antes se había abierto en el hielo un agujero infranqueable de 50 kilómetros de ancho, que nos obligaba a cambiar la ruta: saldríamos desde Brändön (Suecia) hacia Kemi en Finlandia. En el autobús, exhausto, observaba a mis compañeros mientras bromeábamos para aliviar la procesión interna de Arcadi. A través de los cristales helados se veían pasar espectrales casitas entre el oscuro arbolado. Y sentí ese primer revoloteo interior cuando aparece el choque entre lo imaginado y lo real: estábamos cerca del Círculo Polar Ártico y hacía un frío tremendo.

Al llegar a Brändön, el autobús paró ante una rampa helada e iluminada por farolillos de aceite. No eran para nosotros; en una gran kota (tienda lapona) sobre el mar helado, unos turistas disfrutaban de una tradicional cena Sami entre animadas risas, creo que motivadas por algo más que buen humor y agua... Nosotros nos alojamos en unas rústicas pero lujosas cabañas de madera pegadas a la costa, que costaban 90€ la noche para cuatro personas, con calefacción, cocina y baño. Nos distribuimos en cuatro cabañas contiguas: dos para el equipo de tierra (Arcadi, Kike, Rosa, Santi, Iván, Rafa y yo) y dos para los “globeros” de Kon-Tiki (Ángel, Miquel, Carles, Albert y otros cuyos nombres mi frágil memoria olvidó), quienes planeaban cruzar en dos globos aerostáticos. Me instalé en la habitación junto con Arcadi, dejando la otra a Kike y su esposa Rosa. Acurrucado en la cama, en la oscuridad de ese hermoso paraje “tosco-chic”, sentí algo parecido a nostalgia. Pasado mañana partiríamos mar adentro.

Sábado, 6 de marzo de 2010: Preparativos y el misterio del mar

Tras un sueño reparador, me desperté a las cinco y media de la mañana. La noche anterior, pese al cansancio, habíamos organizado un improvisado festín en la cabaña de Santi, Iván y Rafa con productos de nuestra tierra: jamón, chorizo y longaniza, regados con vino del Somontano que trajo Santi para celebrar el éxito del viaje. Desde la cama, tras los ventanales, veía el horizonte blanco y enormes pinos. Me vestí con discreción y salí a caminar frente al mar helado bajo un sol pajizo de invierno; hacía -10ºC y soplaba un ligero viento. Conecté el localizador GPS Spot y comprobé que emitía correctamente la señal. Era el mismo dispositivo que había utilizado ya el año anterior en la Yukon Arctic; un pequeño equipo que, más allá de su aparente simplicidad, nos ofrecía una seguridad fundamental en entornos tan extremos como aquel. Su función era tan sencilla como valiosa: transmitir nuestra posición de forma puntual para que cualquier persona pudiera seguir en tiempo real nuestra posición y avance a través de internet, viendo en el mapa nuestro recorrido sobre el hielo.

En un territorio tan vasto, aislado y cambiante como el del mar Báltico helado, aquella señal se convertía en un hilo invisible de conexión con el exterior, una forma de no desaparecer del todo en el absoluto blanco del paisaje.

Al contemplar el mar desde el viejo embarcadero de madera, me sobrecogió su energía salvaje. El mar Báltico, en este Golfo de Botnia, es un gigante mar interior de baja salinidad debido al enorme aporte de agua dulce de los ríos, lo que facilita que se congele, alcanzando profundidades de hasta 500 metros y guardando en sus entrañas el mayor depósito de ámbar del mundo. Es bueno vivir, mejor imaginar, pero lo máximo es despertar y actuar.

La primera alegría del día fue ver el semblante aliviado de Arcadi: su petate había llegado. Dedicamos toda la jornada a practicar con las raquetas, los encordamientos y con las pulkas (los trineos), y a ensayar técnicas para sortear grietas, mientras nuestros apoyos Rafa e Iván nos filmaban y fotografiaban para realizar un audiovisual de la travesía. Lowe nos instruyó sobre cómo sobrevivir a una caída al agua. Llevamos a mano una bolsa con un cordino de rescate y ropa seca aislada en la pulka para cambiarnos a toda velocidad antes de que aparezca la hipotermia, mientras los demás montan la tienda y el saco de plumas. También aprendí a usar los «cuchillos esquimales»: dos punzones que colgados al cuello sirven para que si caes al agua, al salir a flote puedas clavarlos en el hielo y salir. Además, contábamos con trajes secos trilaminados que, aunque no aíslan del frío, impiden que el agua entre, permitiéndonos cruzar canales flotando o usando la pulka como una barca. Los globeros, por su parte, volarían enfundados en ellos y con balizas de salvamento marítimo.

Tras organizar las raciones de comida y el gas en las tres pulkas, nos reunimos con Lowe para analizar el “parte de hielo”. Es un mapa cromático, donde blanco es mar abierto, azul es hielo fino (2 a 20 cm), rojo representa bloques rotos acumulados de hasta diez metros de altura, y negro es el hielo firme que debíamos buscar. Lowe nos advirtió que había una gran grieta (blanca) en el centro del golfo y se había ensanchado por los vientos, obligándonos a variar la ruta hacia el sur, trazando una línea entre islas para pernoctar la primera noche, antes de acometer la peligrosa zona roja hacia Kemi. Nos avisó que, en el peor de los casos, cruzaríamos hasta cuatro vías de barcos rompehielos. Cenamos unos macarrones al horno y chuletas a la brasa preparados por Rafa. Rafa es puro entusiasmo, el hermano menor parlanchín que, tras un aparente caos, retrata la realidad con precisión junto a su álter ego Iván, un tipo tímido y entrañable. Verlos discutir con humor parecía una comedia matrimonial. Mañana a las siete saldremos nosotros; los globeros retrasan su viaje al lunes esperando mejor tiempo.

Este relato continuará...