Ayer leí unas
declaraciones de Ethan Hawke (El club de los poetas muertos) que me dejaron
pensando. Decía algo así como que unas vacaciones carísimas con sus hijos no
son necesariamente mejores que unas vacaciones normales con ellos. Y que el
amor funciona un poco igual: puedes gastarte una fortuna en un fin de semana
romántico, pero quizá no sea tan especial como quedarte atrapado durante una
tormenta de nieve en el coche, escuchando un buen disco, mirar a tu pareja a
los ojos y pensar mientras la abrazas lo preciosa que está en ese momento. Y
que eso, en el fondo, no se puede comparar.
Claro, lo primero
que pensé, es que para alguien que probablemente es millonario resulta bastante
fácil hacer este tipo de reflexiones.
Cuando sabes que
puedes permitirte casi cualquier cosa, es más sencillo relativizar el valor de
lo caro o lo espectacular. Pero aun así, creo que no le faltaba razón. Si
repaso mi propia vida y rescato los instantes que más feliz me han hecho, casi
ninguno tiene que ver con grandes lujos ni planes enormes. Más bien al
contrario: suelen ser momentos sencillos, improvisados, y casi accidentales.
Y es que muchas
veces confundimos lo extraordinario con lo caro, o lo espectacular con lo
importante. Como si la intensidad de los momentos dependiera del presupuesto. La
mayoría de las veces lo que realmente se queda en nuestra memoria es aquello
que ocurre en situaciones simples e inesperadas. Momentos que no estaban
diseñados para ser especiales y sin embargo lo son.
Vivimos en un mundo en el que todos mostramos en las
redes sociales lo felices que somos, los lugares increíbles a los que viajamos,
o los restaurantes espectaculares en los que comemos. Todo parece diseñado para
ser fotografiado y compartido inmediatamente. Pero creo, bueno sé, que los
momentos de verdad más felices no caben en una foto. Son demasiado pequeños,
demasiado íntimos, demasiado inesperados, y ocurren cuando nadie está pensando
en sacar el móvil. Y precisamente por eso son tan valiosos.
Durante la pandemia
nos repetíamos: “de esto vamos a salir mejores”. Lo gritábamos como una promesa
colectiva. Íbamos a valorar más el tiempo, a las personas, lo corriente. Íbamos
a valorar lo que importaba de verdad… Con el tiempo, se nos ha ido olvidando un
poco.
Yo, cuando pienso
en esos días, recuerdo como con mi hija viví algunos de los momentos más
íntimos y bonitos que hemos tenido juntos. Y no tenían nada de extraordinario
en el sentido clásico. No eran viajes lejanos ni planes caros. Eran en casa
grabando vídeos de “actividades deportivas” en el salón. Aventuras improvisadas
y juegos absurdos que acababan en interminables risas.
Cuando vuelves a ese
tipo de recuerdos, te das cuenta de que estaban llenos de algo que no se puede
comprar con dinero.
Muchos de esos
momentos fueron más intensos, y más reales, que algunos planes supuestamente
increíbles que cuestan mucho dinero y dejan mejores fotos pero menos huella. Quizá
porque lo que hace especiales las cosas no es el escenario, sino la conexión,
la atención y el tiempo compartido de verdad.
Al final, lo
extraordinario, cuando lo miras con los ojos adecuados, se parece mucho a lo
ordinario…. Me viene a la cabeza un recuerdo de cuando yo era niño. Si
hacía alguna tontería que le hacía gracia a mi abuela, se reía y decía: “Qué
simple eres… eres un simple”. Y lo decía con una mezcla de ternura y risa, celebrando
la ingenuidad de un niño. Ahora me dan ganas de reivindicarlo. Ojalá fuéramos
como decía mi abuela un poco más simples. No en el sentido de superficiales,
sino en el de no complicar tanto todo. De saber disfrutar más de lo que tenemos
delante, sin tantos barnices, sin tantas expectativas, y sin tanto ruido.
Y sí, también es verdad que resulta más fácil decir todo esto si eres millonario y sabes que puedes permitirte cualquier opción. Pero quizá precisamente por eso tiene algo interesante: Que incluso alguien que ha tenido acceso a todo, termina recordando lo mismo que recordamos los demás. Vivamos con trascendencia lo simple.
Es mi opinión.








