domingo, 12 de abril de 2026

LA VARIANTE ALTO ARAGONESA DEL ACONCAGUA

 


Diciembre de 1994.

Hay viajes que empiezan mucho antes de dar el primer paso, y el nuestro empezó en la imaginación: En las conversaciones, guiando franceses por los barrancos de Guara, en mapas desplegados sobre la mesa, o en las paredes del Pirineo y los Alpes donde soñábamos ya con montañas más altas. Nuestro destino tenía nombre propio: el Aconcagua.

Éramos cuatro amigos, unidos por aquel entonces más por la ilusión que por la experiencia. Javier (Binaced), José y Josan (Monzón) y el que escribe (Barbastro). Meses de preparación, de acopio de material, de una logística, que vista con el tiempo, era casi exagerada. Pero aquel exceso no era más que entusiasmo en estado puro; los nervios de novato que siente que está a punto de hacer algo importante.

La despedida, el 25 de diciembre de 1994, tuvo un sabor agridulce que, años después, por repetidas, supe que acompaña a todas las partidas. Para nosotros, euforia; para quienes se quedaban, una preocupación apenas disimulada.

Nunca me acostumbré a esa sensación: la de que una pasión propia pudiera convertirse en angustia ajena. Como si marcháramos a algo mucho más peligroso que una simple montaña. Quizá, en el fondo, toda despedida encierra un anticipado y pequeño duelo…

Al día siguiente partimos hacia Argentina. El Aconcagua, con sus 6.962 metros, no era solo una cima: era una idea y un mito personal. Elegimos la ruta del glaciar de los Polacos, más exigente que la normal. Ahora, con la perspectiva del tiempo, reconozco que había algo de orgullo juvenil en esa decisión, pero también el deseo de abrir camino donde nadie de los nuestros lo había hecho antes.

Los días de aproximación fueron en sí mismos una aventura. Tuvimos que cruzar varias veces un rio muy caudaloso por el deshielo, cambiando continuamente de punto en busca del lugar más favorable para vadearlo. Aprendimos pronto que había que hacerlo muy temprano, cuando el caudal aún no había crecido con el calor del día. Aun así, cada cruce era una pequeña cruzada: alguien tenía que pasar primero para fijar una cuerda desde la otra orilla que ayudara a cruzar al resto con seguridad. Hubo resbalones, algún inevitable revolcón y momentos en los que el agua te arrastraba hasta que conseguías salir como podías. Quizá nuestra experiencia en barranquismo nos ayudó a manejarnos, pero nada evitaba la sensación brutal de frío al alcanzar la otra orilla, empapados y tiritando. Eran instantes duros, pero también extrañamente vivos; como si la montaña nos exigiera, desde el principio, demostrar que de verdad queríamos y merecíamos estar allí.

Incluso esos días, caminando hacia la montaña, celebramos el cambio de año. Luego llegaron las semanas de aprendizaje: montar campamentos, subir y bajar, aclimatar, escuchar al cuerpo en altura. Poco a poco fuimos ganando terreno, hasta instalar el campo dos a casi 6.000 metros. Nos sentíamos fuertes, preparados, y ya cerca.

Entonces la montaña habló.

Un feroz temporal nos obligó a detenernos en el campo base. Durante dos días, el viento y la nieve impusieron su ley. Otras expediciones, atrapadas más arriba, bajaban con historias duras: congelaciones, ceguera y miedo.

Aquel temporal no solo nos detuvo, también nos enseñó. La nevada fue tan intensa que, durante una noche, la nieve comenzó a cubrir las tiendas hasta sepultarlas por completo. Recuerdo despertarme con una extraña sensación, como si el aire faltara, como si respirar exigiera un esfuerzo que no entendía. Un silencio denso, absoluto, y por un instante tuve la angustiosa sacudida de estar bajo tierra. Al incorporarme, comprendí la realidad: estábamos literalmente enterrados bajo la nieve. Salir de la tienda y abrirse paso se convirtió en una necesidad urgente e instintiva. Aquella noche aprendimos una lección que no olvidé jamás: en la montaña, una tormenta de nieve no te permite dormir. Entendí desde entonces que, cuando nieva con fuerza, hay que mantenerse alerta, patear el techo, levantarse, limpiar la tienda una y otra vez, y vigilar.

Cuando el cielo abrió de nuevo, otras expediciones decidieron abandonar. La montaña se había vuelto peligrosa e imprevisible.

Nosotros no.

Quizá por terquedad, quizá por fe, juventud, inexperiencia, o por esa mezcla difícil de explicar que empuja a seguir cuando lo sensato es detenerse. Subimos hasta el campo dos para ver con nuestros propios ojos lo que nos decían. Y lo vimos: el glaciar estaba cargado, inestable.

Entonces surgió la idea. No atacar directamente el glaciar, sino buscar una línea alternativa por la roca que lo bordeaba. Desde abajo, aunque incierto, parecía posible. Y a veces lo incierto es lo único que queda.

La ascensión fue larga, fría y exigente. Corredores de nieve inclinados, pasos de roca, cuerdas, constantes decisiones. No había camino, lo íbamos inventando. Cada paso era una pregunta sin garantía de respuesta. Finalmente alcanzamos el cuello de botella, a 6.500 metros. La cima estaba cerca, casi al alcance.

Pero también lo estaba el peligro.

Habíamos visto avalanchas caer durante toda la mañana. La hora avanzaba. Y allí, a menos de 400 metros del objetivo, tomamos la decisión más difícil: renunciar. No fue una derrota, aunque lo parecía. Fue un acto de lucidez. Y visto más de treinta años después me reafirmo.

Descendimos por el glaciar, en línea recta, rápido, en silencio, agotados. Al llegar al campamento, unos americanos que estaban allí nos felicitaron. No entendíamos por qué. Luego nos explicaron: lo que habíamos hecho no era un simple intento fallido, sino la apertura de una nueva variante hacia la cumbre. Nadie había subido por donde nosotros lo hicimos.

Así, casi sin buscarlo, sin pretenderlo, dejamos una pequeña huella en aquella montaña: “la Variante Altoaragonesa” en su cara este, que ya reza desde entonces en las reseñas de ascensión a esa montaña.

Y entonces comprendí algo.

Que la vida rara vez te premia exactamente por aquello que persigues. Nosotros queríamos una cima, y obtuvimos otra cosa: un nuevo camino. Queríamos llegar arriba, y terminamos descubriendo hasta dónde sabíamos parar.

Las casualidades, dicen, no existen, y yo añado que son caprichosas. Pero quizá no lo sean tanto. Tal vez la casualidad no sea más que el nombre que damos a un resultado que no habíamos imaginado, pero que, pensado tantos años después, encajaba mejor con quienes estábamos destinados a ser, y con quien somos.

Porque, al final, no siempre se trata de conquistar una montaña, sino de entender cuándo es la montaña la que te define a ti.

 Proyección








 

sábado, 11 de abril de 2026

NUEVOS RECUERDOS EN VIEJAS FOTOGRAFIAS:

 


Esta semana, revisando viejas fotografías, me topé con una en particular. Es, desde hace años, una de mis favoritas. La tomé durante la expedición al Manaslu en el 1999, y cada vez que me encuentro con ella, siento que no es solo una imagen, sino una pequeña historia detenida en el tiempo.

Quizá por eso he decidido escribir y rescatar también el recuerdo que la acompaña. Creo que hace años ya lo había escrito, pero hay vivencias que piden ser contadas, como si al hacerlo volvieran a respirar de nuevo.

Aquella mañana salimos de Katmandú en un viejo helicóptero ruso, un MI-17 que parecía haber vivido tantas aventuras como nosotros estábamos a punto de comenzar.

Tras una hora de vuelo, aterrizamos en un claro a 3.000 metros, a las afueras de Sama Gaon: Una aldea formada por un puñado de casas suspendidas entre Nepal y Tíbet, a siete días caminando de la carretera más cercana.

Montamos el campamento y nos quedamos un par de días allí aclimatando. También aprovechamos para contratar los sherpas que nos ayudarían a cargar el material hasta el campo base de la montaña, mil metros más arriba.

Aquella tarde, cámara en mano, salí a caminar sin rumbo fijo. El paisaje siempre me invitaba a perderme en el: bosques cerrados, lenguas de hielo que descendían desde lo alto como si las montañas vomitaran nubes solidas por sus laderas. Todo tenía algo de irreal y de escenario detenido en el tiempo.

No llevaba mucho andando cuando, en una curva del sendero, escuché unos pasos. De frente aparecieron dos niños. Venían cargando dos enormes cestas de mimbre llenas de leña. Iban desgreñados, y las mejillas encendidas de frío y esfuerzo.

Nos miramos con esa mezcla de curiosidad y desconcierto que surge cuando dos mundos diferentes se cruzan sin previo aviso. Para ellos, yo era claramente el extraño. Lo vi en sus ojos, abiertos de par en par, recorriéndome de arriba abajo.

Sonreí.
—Hola… Namaste.

Ellos respondieron al unísono:
—Namaste.

Y, de pronto, algo cambió. Se deshizo la tensión. Supongo que comprobaron que, pese a todo, yo era “normal”. O algo parecido…

Aunque también lo fuimos, a veces olvidamos lo atentos que son los niños. Lo observan todo. No se les escapa nada. Son capaces de asombrarse por lo grande… y por lo mínimo. Quizá porque aún no han aprendido a dejar de mirar.

Les hice un gesto señalando mi cámara de fotos. Lo entendieron al instante. Uno dejó su cesta a un lado del camino, y el otro la apoyó en la vertiente del sendero aliviando el peso, y posaron con naturalidad. Sin artificios, sin poses aprendidas. Solo ellos, tal como eran.

Disparé la foto.

Después, sin más, se colocaron de nuevo la carga y siguieron su camino hacia la aldea. Se alejaban sonriendo, cuchicheando entre ellos, riendo por algo que nunca sabré.

Y ahí terminó todo. Un encuentro breve, casi insignificante.

Pero no lo fue.

Porque a veces ocurre justo eso: lo que parece enorme se diluye con el tiempo, y en cambio un pequeño instante, fugaz, se queda para siempre contigo. Como un guiño. Como esta fotografía. Como dos rostros, una cesta de leña… y la certeza de que la sencillez también puede ser inolvidable.

Han pasado ya 27 años desde aquel instante detenido en esta fotografía, y cada vez que vuelvo a mirarla no puedo evitar preguntarme qué habrá sido de aquellos dos niños. Qué caminos habrán seguido, qué vidas habrán construido, si seguirán caminando por esos mismos senderos o si, como todos, también fueron alejándose poco a poco de aquella sencillez. Hay algo profundamente misterioso en los fugaces cruces de la vida. Como compartes un instante con alguien y, sin saberlo, lo almacenas para siempre, mientras sus vidas continúan ajenas a tu recuerdo. Quizá nunca sepan que forman parte de la memoria de un desconocido occidental, que siguen existiendo en un rincón del tiempo a tantos kilómetros de distancia. Y, sin embargo, ahí están, eternamente niños, sosteniendo esa cesta de leña, recordándome que la vida no solo se mide por lo que vivimos, sino también por lo que apenas rozamos y nos deja huella.

sábado, 4 de abril de 2026

Flores para Antonio y más…

 


Hay historias que no sé si se repiten, pero riman de una manera inquietante. Como si la vida tuviera patrones invisibles para recordarnos que el dolor tiene una memoria colectiva.

Esta semana he visto el documental ganador de Goya “Flores para Antonio”.

Flores para Antonio es un documental en el que Alba Flores, su hija, reconstruye la figura de su padre, Antonio Flores, a través de recuerdos personales, archivos familiares y testimonios de quienes lo conocieron, en un intento íntimo y muy honesto de comprender no solo quién fue como artista, sino como padre y como un hombre marcado por el impacto que tuvo en él la muerte de su madre, Lola Flores, dejando en ella, su hija, preguntas abiertas, amor persistente y la necesidad de mirar hacia atrás para reconciliarse con su propia historia, que yo ahora le plagio en forma de escritura.

Al ver su documental, no he podido evitar sentir que no estaba solo ante la historia de otra persona, sino frente a un inesperado reflejo de la mía: mi padre también murió en circunstancias “similares”, con la misma edad, 33 años, y yo tenía casi la misma edad que Alba cuando todo ocurrió. Además, en aquel momento, mi abuela (su madre), aunque aún no había fallecido, estaba ya gravemente enferma de cáncer, con poca esperanza de vida, y esa situación (por lo que ahora sé gracias a mi tía) sumió igualmente a mi padre en una pena profunda que lo atravesaba todo.

Esas coincidencias se convirtieron mientras lo visionaba en una extraña forma de reconocimiento, como si al mirar su historia pudiera, por un instante, comprender un poco más la mía.

Por eso, para mí no ha sido solamente asistir al relato íntimo de Alba buscando a su padre entre recuerdos fragmentados. Para mí ha sido, en cierto modo, asomarme a un espejo que no sabía que seguía ahí tantos años después.

Y es que hay edades que aunque lejanas no se olvidan. Y los ocho años son una extraña frontera, porque no eres completamente ajeno al mundo, pero tampoco tienes las herramientas para comprenderlo. Una edad en la que uno empieza a intuir que los adultos no lo saben todo, y que también se rompen. Y cuando eso ocurre, cuando la figura de tu padre se resquebraja (ya sea por la muerte, por la tristeza o por un silencio que nunca llegan a explicarte), algo se disloca dentro de ti para siempre.

No importa si fue suicidio o pena, porque los dolores no necesitan nombre para ser verdaderos. La pena también mata, aunque no siempre deje una causa por escrito. Y lo que queda para quienes miramos desde abajo, desde la infancia, es una pregunta suspendida en el aire: ¿por qué? Aunque esa pregunta no busque una respuesta concreta. Creo que simplemente buscas, en realidad, un lugar donde depositar ese amor que ya no tienes a quién dirigir. Por mi parte, curiosamente, durante todas mis aventuras y expediciones, en los momentos más solitarios o inciertos, siempre sentía la presencia de mi padre de una forma difícil de explicar, como si caminara a mi lado en silencio. No era una imagen nítida ni un recuerdo concreto, sino una especie de compañía invisible, una intuición de que, de algún modo, seguía ahí, mirando a través de mis ojos, acompañándome a cada paso.

Quizás en ese constante avanzar, encontraba una forma de mantenerlo vivo, de seguir compartiendo con él una vida que no pudimos tener juntos.

Luego está la otra figura: la madre que permanece. La madre que no cae, o que cae pero se levanta antes de que tú lo notes. La madre que sostiene, organiza, alimenta y protege. La madre coraje. Pero también la madre que, quizá por miedo a hacerte daño, convierte su amor en silencio. Un amor que está, que es profundo, que es indiscutible, pero que no siempre encuentra salida en sus palabras, en gestos, o en abrazos que digan lo que sienten.

Y entonces creces con esa doble herencia: la intensidad del amor y la dificultad para expresarlo. Como si amar fuera algo que se sabe, pero no algo que se dice. Como si el dolor enseñara a contenerse, y a no abrir ciertas puertas.

Tal vez por eso, tantos años después, un documental como este puede removerme tanto y hacerme llorar. Porque no habla solo de otros; habla de uno mismo. De todo lo que quedó por decir. De todo lo que se entendió demasiado tarde. De una infancia que, sin saberlo, estaba aprendiendo a convivir con la ausencia.

Y sin embargo, como soy una persona más bien optimista, que le da siempre la vuelta a las vicisitudes amargas, encuentro algo luminoso en todo esto. Que si estuvo el amor, sigue estando. No desaparece. Solo cambia de forma. En ocasiones se convierte en memoria, otras en sensibilidad, otras en una forma distinta de mirar a los demás, con más cuidado, o con más conciencia de lo frágiles que somos.

Por eso, como Alba, escribir sobre esto, pensar sobre esto, es una forma de romper ese silencio heredado. De sacar hacia fuera el amor por mi padre. De decir, aunque sea tarde, aunque sea en voz baja: estaba ahí, lo sentí, y también mi padre sigue vivo en mí. ¡Gracias Alba!.



sábado, 28 de marzo de 2026

Tocando techo

 

Buuff!! Esta reflexión escrita, me nace tras un par de semanas especialmente intensas, en las que han fallecido las madres de dos amigos muy cercanos. Y ese tema inevitablemente me remueve… Cada vez tengo más la sensación de como si algo se fuera apartando sigilosamente bajo nuestros pies. Y veo claramente que llegar a los cincuenta y tantos no es solo sumar años, es también comenzar a notar cómo el mundo a tu alrededor  se reorganiza. Por lo general, vivimos durante décadas bajo una especie de techo invisible, sostenido por las generaciones que estaban aquí antes que nosotros: Padres, tíos, vecinos, “los padres de nuestros amigos”… Unas figuras que nos parecen inmutables y permanentes en el paisaje de nuestra vida. Pero un día, sin darnos ni cuenta, ese paisaje empieza a vaciarse.

Primero se va uno, luego otro. Al principio es excepcional y casi incomprensible (como mi madre). Pero después se vuelve frecuente. Y finalmente, inevitable. Y nuestras conversaciones se modifican: Dejamos de hablar únicamente de proyectos e ilusiones, y comenzamos también a hacerlo de ausencias. De nombres que ya se pronuncian en pasado. Y lo que más me desconcierta, al menos a mí, no es solo la pérdida, sino la sensación de que, mientras nosotros empezamos a habitar esa especie de nuevo territorio de los que recuerdan, el mundo sigue como si nada. Hay algo profundamente punzante en ese entender que ya no hay tantas personas “por encima” de nosotros. Y que todos aquellos a quienes mirábamos buscando guía, aprobación e incluso referencia, ya no están o les queda poco para irse. Y como poco a poco, sin que nadie nos lo notifique, nos convertimos en el techo. En la generación que sostiene.

Y ese techo no nos parece tan firme como parecía el de nuestros padres. Yo lo siento más consciente, más frágil. Sabemos lo que hay debajo porque lo estamos viviendo, y sabemos lo que hay delante porque empezamos a intuirlo. Habitamos en una especie de frontera en la que somos a la vez, presente y memoria. Y siento que aparece una nueva forma de responsabilidad. La de cuidar a los que vienen detrás, y además, la de conservar en la memoria todo lo que se va perdiendo. Historias, gestos, y maneras de entender la vida que ya no se presentan así, pero que de alguna manera siguen latiendo en nosotros. Nos convertimos poco a poco en ese archivo viviente de un tiempo que ya no existe. Y, sin embargo, también siento cierta belleza en todo esto. Porque al desaparecer ese “techo” anterior, el cielo se abre más amplio, y más incierto, sí, pero también más propio. Ya no vivimos a la sombra de otros, sino a la intemperie de nosotros mismos. Cumplir muchos años es, en el fondo, aceptar que la vida ya no es solo promesas, es también legado. Que lo importante no es cuánto nos queda, sino lo qué hacemos con lo que hemos visto y vivido, con lo que hemos heredado y con lo que inevitablemente tendremos que dejar cuando partamos.

Y en ese tránsito silencioso entre la pérdida y la continuidad, pienso que no somos el final de nada, sino un puente entre lo que fue y lo que será. Y aunque a veces duela, que duele; aunque a veces pese, que pesa… también es, de alguna forma, un privilegio.

Hoy, mientras despedíamos a la madre de uno de mis mejores amigos, todo esto se me ha hecho más evidente. Era como si, por un momento, el tiempo se plegara sobre sí mismo. En ese adiós no solo estaba ella, sino también todos los que ya no están. Asomaba mi pasado entero en silencio, en rostros, en recuerdos, en gestos que creía olvidados. Sentía ese vacío que deja lo que se va con claridad… pero también algo más. Que al mismo tiempo, allí estábamos nosotros. Los que quedamos. Los que seguimos caminando. Y de alguna manera, he entendido que no estamos aquí solo por nosotros, sino gracias a todos ellos. A cada historia compartida, a cada cuidado recibido, o a cada huella invisible que nos ha ido construyendo.

Y entonces he pensado que quizá “alcanzar el techo” no es solo asumir peso o responsabilidad… sino también reconocer eso, que somos continuidad. Que sostenemos, sí, pero porque antes nos sostuvieron ellos y ellas. Y en ese extraño equilibrio entre la despedida y la vida que sigue, he comprendido que no estamos más solos… estamos más llenos.



sábado, 21 de marzo de 2026

El día del Padre



Para mí ser padre es una forma de reconciliar mi pasado con mi presente. En cierto modo, una silenciosa conversación entre el niño que fui y el hombre que intento llegar a ser.

Crecí con la sombra de una ausencia demasiado temprana. A los ocho años, la figura de mi padre ya se convirtió en recuerdo, una pregunta silenciada y sin respuesta, en un hueco imposible de llenar. Y su partida dejó silencio y la implícita responsabilidad de aprender a ser sin modelo, y construir mi identidad sin espejo. Y si, en medio de todo eso, estuvo ella. Mi madre que no fue solo madre; fue resistencia, refugio y dirección. Una mujer que para nada eligió la dureza de su destino, pero sí la forma de plantarse y enfrentarlo.

De ella aprendí que el amor no siempre es dulce, lleno de besos y abrazos, y que a veces se muestra como esfuerzo, sacrificio, o una firmeza que resiste cuando todo lo demás se derrumba. Su coraje no era heroico ni grandilocuente; era diario, reiterado, y silencioso. Y precisamente por eso era inmenso.
Así que para mí, ser padre hoy es mirarme en ese pasado y preguntarme qué heredo de él y en qué lo transformo. No tengo el recuerdo de un padre que me enseñara cómo serlo, pero sí tengo la memoria viva de lo que significó no tenerlo.

Y curiosamente, esa ausencia me ha enseñado presencia. Me ha enseñado que estar no es solo ocupar un espacio físico, sino dar tiempo, escucha, y tener paciencia. Y que estar es elegir cada día.
También soporto el miedo: el miedo a no saber, a equivocarme, o a repetir vacíos. Aunque en ese miedo hay algo muy fuerte: la voluntad de construir. Porque ser padre, para mí, no es reproducir lo que yo viví, sino darle un significado. Tomar la herida y convertirla en cuidado, tomar la falta y convertirla en unión.
A veces pienso que mi forma de amar a mi hija está hecha de dos grandes fuerzas: Una ausencia que me marcó, y la presencia que me salvó. Y entre ambos, construyo mi manera.
Y así, en cada gesto diario, en cada palabra que  digo o callo, en cada abrazo, voy respondiendo a una pregunta que me acompaña desde que era niño: Lo qué significa ser padre cuando uno tuvo que aprender primero a ser hijo en medio de una pérdida.
Quizá la respuesta no está en hacerlo perfecto, sino en ser consecuente. En entender que ser padre no es llenar todos los vacíos, sino evitar, en la medida de lo posible, dejar nuevos. 

Hoy para mí, el día del padre no es solo una fecha en el calendario. Es el recuerdo de aquel padre que nos dejó pronto, la vivencia de ser yo (junto a su madre) quien ahora sostiene la mano de mi hija, y el aniversario de la partida de mi madre, quien decidió marcharse precisamente un día del padre. Siempre he sentido que aquel último gesto suyo no fue casual, sino su acto final de cuidado: ella, que conocía mis olvidos y despistes, eligió marcar su ausencia el mismo día que se celebra la paternidad para asegurarse de que nunca, ni en el mayor de mis despistes, me faltara su recuerdo. De esta manera, mi pasado y mi presente se abrazan ese día en una perfecta contradicción: mientras celebro el padre que intento ser para mi hija, honro a la madre que fue todo para mí. La vida, en su extraña sabiduría, ha convertido esta fecha del día del padre en una eterna cita donde la ausencia de uno y el sacrificio de la otra me recuerda, año tras año, la urgencia de estar presente.




sábado, 14 de marzo de 2026

Seamos unos Simples

 


Ayer leí unas declaraciones de Ethan Hawke (El club de los poetas muertos) que me dejaron pensando. Decía algo así como que unas vacaciones carísimas con sus hijos no son necesariamente mejores que unas vacaciones normales con ellos. Y que el amor funciona un poco igual: puedes gastarte una fortuna en un fin de semana romántico, pero quizá no sea tan especial como quedarte atrapado durante una tormenta de nieve en el coche, escuchando un buen disco, mirar a tu pareja a los ojos y pensar mientras la abrazas lo preciosa que está en ese momento. Y que eso, en el fondo, no se puede comparar.

Claro, lo primero que pensé, es que para alguien que probablemente es millonario resulta bastante fácil hacer este tipo de reflexiones.

Cuando sabes que puedes permitirte casi cualquier cosa, es más sencillo relativizar el valor de lo caro o lo espectacular. Pero aun así, creo que no le faltaba razón. Si repaso mi propia vida y rescato los instantes que más feliz me han hecho, casi ninguno tiene que ver con grandes lujos ni planes enormes. Más bien al contrario: suelen ser momentos sencillos, improvisados, y casi accidentales.

Y es que muchas veces confundimos lo extraordinario con lo caro, o lo espectacular con lo importante. Como si la intensidad de los momentos dependiera del presupuesto. La mayoría de las veces lo que realmente se queda en nuestra memoria es aquello que ocurre en situaciones simples e inesperadas. Momentos que no estaban diseñados para ser especiales y sin embargo lo son.

Vivimos en un mundo en el que todos mostramos en las redes sociales lo felices que somos, los lugares increíbles a los que viajamos, o los restaurantes espectaculares en los que comemos. Todo parece diseñado para ser fotografiado y compartido inmediatamente. Pero creo, bueno sé, que los momentos de verdad más felices no caben en una foto. Son demasiado pequeños, demasiado íntimos, demasiado inesperados, y ocurren cuando nadie está pensando en sacar el móvil. Y precisamente por eso son tan valiosos.

Durante la pandemia nos repetíamos: “de esto vamos a salir mejores”. Lo gritábamos como una promesa colectiva. Íbamos a valorar más el tiempo, a las personas, lo corriente. Íbamos a valorar lo que importaba de verdad… Con el tiempo, se nos ha ido olvidando un poco.

Yo, cuando pienso en esos días, recuerdo como con mi hija viví algunos de los momentos más íntimos y bonitos que hemos tenido juntos. Y no tenían nada de extraordinario en el sentido clásico. No eran viajes lejanos ni planes caros. Eran en casa grabando vídeos de “actividades deportivas” en el salón. Aventuras improvisadas y juegos absurdos que acababan en interminables risas.

Cuando vuelves a ese tipo de recuerdos, te das cuenta de que estaban llenos de algo que no se puede comprar con dinero.

Muchos de esos momentos fueron más intensos, y más reales, que algunos planes supuestamente increíbles que cuestan mucho dinero y dejan mejores fotos pero menos huella. Quizá porque lo que hace especiales las cosas no es el escenario, sino la conexión, la atención y el tiempo compartido de verdad.

Al final, lo extraordinario, cuando lo miras con los ojos adecuados, se parece mucho a lo ordinario…. Me viene a la cabeza un recuerdo de cuando yo era niño. Si hacía alguna tontería que le hacía gracia a mi abuela, se reía y decía: “Qué simple eres… eres un simple”. Y lo decía con una mezcla de ternura y risa, celebrando la ingenuidad de un niño. Ahora me dan ganas de reivindicarlo. Ojalá fuéramos como decía mi abuela un poco más simples. No en el sentido de superficiales, sino en el de no complicar tanto todo. De saber disfrutar más de lo que tenemos delante, sin tantos barnices, sin tantas expectativas, y sin tanto ruido.

Y sí, también es verdad que resulta más fácil decir todo esto si eres millonario y sabes que puedes permitirte cualquier opción. Pero quizá precisamente por eso tiene algo interesante: Que incluso alguien que ha tenido acceso a todo, termina recordando lo mismo que recordamos los demás. Vivamos con trascendencia lo simple. 

Es mi opinión.