Hay
barrancos que uno recuerda porque fueron los primeros. Otros por difíciles, bellos
o salvajes. Y luego en el río Alcanadre, está la Peonera, que en mi memoria
ocupa un lugar diferente. No fue mi primer barranco. Tampoco me pareció el más
espectacular. Sin embargo, después de más de cuarenta años recorriendo estos
cañones, pozas y estrechos, probablemente sea junto con el Vero el que más
veces he descendido.
A
estas alturas creo, que la verdadera importancia de un lugar no la determina la
intensidad de la primera vez, sino la fidelidad con la que volvemos a él.
Y la
Peonera ha sido testigo de mi propia evolución. Cuando comencé a realizar este
barranco guiando grupos, salíamos desde Morrano y descendíamos únicamente el tramo
de los Fornazos. Y un día, a nuestro compañero Alfredo Vives un pastor de
Bierge le mostró la senda que hoy todos conocen como la senda de los Caracoles
por donde bajaba a pescar, y comenzamos a utilizar ese acceso mucho más directo
y lógico para hacer el recorrido completo hasta la presa, que con los años
terminó convirtiéndose en el itinerario habitual. Son pequeños detalles que
forman parte de la historia no escrita de los barrancos y que quienes llevamos
décadas recorriéndolos conservamos con especial cariño.
He
regresado a la Peonera verano tras verano, solo, acompañando a amigos,
familiares o personas cercanas. Tal vez porque posee esa excepcional condición de
ser un barranco profundamente acuático, donde el agua no es un mero elemento
del paisaje, sino la esencia del recorrido. O quizá porque es un barranco
generoso, capaz de adaptarse a quienes lo visitan. Cada salto ofrece la
elección de hacerlo o no; cada obstáculo admite formas distintas de ser vivido.
Se puede buscar la adrenalina o solamente contemplación. Saltar desde lo más
alto o dejarse simplemente llevar por la corriente. Cada persona encuentra su
propia medida en él.
Y,
cada vez, mientras avanzo por sus aguas no puedo evitar recordar aquellos
tiempos en los que comenzábamos a guiar grupos por la Sierra de Guara junto a
Pepe, Alfredo y Jan Marc. Han pasado décadas, pero algunos recuerdos permanecen
suspendidos en mi memoria igual que esas gotas que brillan un instante antes de
caer al río. Para mi los barrancos tienen una extraña capacidad de conservar
fragmentos de mi vida. Cada recodo, cada poza y cada pared guardan
conversaciones, risas, esfuerzos y silencios que ya pertenecen a mi pasado, y
vuelven a mi cuando regreso.
Como
anécdota, una que siempre recuerdo: Cuando con Pepe Chaverri viví una de las
jornadas más intensas que recuerdo en este barranco. Fue la vez que más caudal
he encontrado en toda mi vida descendiendo cañones. Y llevábamos un grupo de
clientes franceses. Éramos jóvenes, quizá demasiado confiados o temerarios, y
decidimos afrontar el descenso pese a que el río bajaba enorme. Recuerdo como
por desconocimiento, los franceses disfrutaban como niños; para ellos, como era
la primera vez, aquello era simplemente una experiencia normal en un barranco.
Mientras tanto, Pepe y yo, que sabíamos perfectamente (una vez metidos y sin
vuelta atrás) lo que significaba aquel caudal, pasamos la jornada amedrantados (sin
que se nos notara) trabajando con toda nuestra atención y fuerzas para
conseguir llevar al grupo hasta el final sin incidentes. Hoy lo recuerdo con
una mezcla de lección y sonrisa. Eran otros tiempos y nosotros éramos
diferentes también…
Ahora
sigo volviendo varias veces cada verano. Y procuro madrugar. Y no es solo por
una cuestión práctica. Es una forma de proteger mi experiencia y mi memoria. Porque
llegar temprano me permite seguir encontrando esos momentos de soledad en un
lugar que se ha vuelto cada vez más concurrido. Y con los años he aprendido que
el verdadero lujo no es descubrir un rincón remoto, sino poder contemplar esos
lugares ya conocidos y que amo sin ruido, sin prisas y sin multitudes.
La
masificación ha transformado los paisajes, sí, pero sobre todo ha transformado
nuestra manera de vivirlos. Y aunque entiendo perfectamente que la belleza (y
su divulgación en las redes sociales) atrae a las personas, confieso que cada
vez me cuesta más compartir ciertos espacios con demasiada gente. Hay lugares
que me invitan a la abstracción, a la conversación tranquila entre el agua y la
roca…
La
Peonera también ha sido el barranco de iniciación de mi hija. Fue su primer
barranco completo a los 7 años. Y hay algo especialmente emocionante en
comprobar cómo pasa el tiempo, cuando un día me encontré guiando al nieto de uno
de mis primeros clientes, tras haber hecho lo mismo con sus hijos. Son
situaciones que difícilmente podía imaginar cuando lo bajé por primera vez, y
que convierten un simple barranco en una especie de hilo conductor que une
distintas etapas de mi vida y varias generaciones.
Y
eso que me produce cierta tristeza que durante los meses de verano no pueda
culminarse como antes con su salto mítico a la presa de Bierge. Era un final
que tenía algo de rito, y una despedida (saltaras o no) que cerraba la jornada
con una mezcla de emoción y satisfacción. Bueno… las circunstancias cambian y
los lugares también... Es una de las lecciones más constantes de la montaña y
de los ríos: nada permanece igual.
Sin
embargo, el barranco ahí sigue y yo también. Y quizá eso sea lo más importante.
Porque
después de más de cuarenta años descendiendo cañones, he comprendido que la
felicidad a menudo vive en los lugares a los que regresamos una y otra vez.
Lugares que conocemos de memoria y que, aun así, siguen teniendo algo nuevo que
decirnos cada vez. Cada verano, cuando vuelvo a entrar en las aguas del
Alcanadre, siento que recorro también parte de mi propia vida. Y mientras el
agua continúa su camino, yo durante un rato, encuentro la extraña sensación de
caminar junto a mi pasado. La Peonera me trae muchos recuerdos. Demasiados para
contarlos todos. Recuerdos de juventud, de amistad, de aprendizaje, de oficio y
de familia. Recuerdos de quienes estuvieron allí cuando todo empezaba, de
quienes ya no están, y de quienes hoy continúan. Por eso sigo regresando. Y
mientras pueda hacerlo, seguiré madrugando para encontrarme en silencio con un
viejo amigo.


























