jueves, 8 de octubre de 2026

El día después.

 

El día después.

Y hoy, cuando ya ha pasado el ruido de las felicitaciones, los mensajes, las llamadas y los buenos deseos, me quedo con una sensación difícil de explicar: la de sentirme profundamente afortunado. Quizá cumplir años consiste precisamente en eso. En mirar un poco hacia atrás y darte cuenta de que el tiempo no se mide en años solamente, sino en personas, en instantes, lugares, abrazos, risas, pérdidas, aprendizajes y en esas pequeñas cosas que sin darnos cuenta han ido construyendo nuestra vida. Con los años cambia la manera de mirar. Ya no tienes la necesidad de llegar a ninguna parte, y aprendes a disfrutar un poco más del camino, a valorar una conversación, un amanecer, una montaña, una carrera, un barranco, una comida con amigos o el hecho simplemente de estar aquí. Y quizá una de las cosas más bonitas de cumplir años sea descubrir que aunque el tiempo vaya dejando atrás muchas cosas, también te regala la capacidad de saber qué merece la pena realmente.

Ayer recibí muchísimas felicitaciones. Algunas de personas con las que comparto la vida todos los días y otras a las que conozco menos o quizá hace mucho que no veo. Algunas con pocas palabras, otras con recuerdos, fotografías, bromas o un simple “felicidades”, pero todas con algo en común: me hicieron sentir querido y acompañado. Por eso hoy quiero dar las gracias. Gracias a todos los que os acordasteis de mí. A los que escribisteis, llamasteis, mandasteis un mensaje o simplemente tuvisteis un instante para pensar en mí. Porque quizá eso sea al final lo verdaderamente importante; No cuántos años cumplimos, sino cuántas personas hacen que esos años hayan merecido la pena. Ayer cumplí 59 y hoy, un día después, tengo ganas de vivirlos intensamente. De seguir corriendo mientras las piernas quieran correr, de subir montañas, de bajar barrancos, de descubrir lugares, de reírme mucho, de querer, de aprender y sobre todo de seguir compartiendo el camino con la gente que quiero. Porque quizá, aún,  todavía me queda mucho por vivir. O no. Me da igual. Pero mientras haya camino, habrá aventura. Gracias por formar parte de la mía. ❤








miércoles, 7 de octubre de 2026

CINCUENTA Y TODOS...



Hoy cumplo 59 años… o cincuenta y todos…

Y mirándolo bien, tampoco está tan mal: Sigo teniendo ganas de correr, esquiar, de subir montañas, de meterme por los barrancos, y sobre todo, de seguir descubriendo qué demonios es esto de vivir. Y quizá lo más importante, es que aún sigo reconociendo en mí a aquel niño que fui. No especialmente travieso, aunque sí muy movido y un poco pillo. Ese niño al que se le nota enseguida cuándo es feliz por cómo y cuánto bromea, cómo se relaciona con los demás y esa particular, sencilla y sincera manera de querer a la gente que tiene cerca.

Quizá una de las cosas que noto que más cambia cuando llegas a estas edades, es la forma de mirar hacia atrás. Como ya nos advertían nuestros mayores, y ahora advertimos nosotros, el tiempo ha pasado mucho más rápido de lo que imaginabas y empiezas a recordar con especial cariño tu infancia, mis padres, mis abuelos o mis hermanos cuando éramos pequeños y nos pasábamos el día correteando por Burceat. Y después vienen tantos recuerdos de una vida que casi sin darme cuenta, ha estado llena de caminos, viajes, carreras, travesías, montañas, barrancos y expediciones. Aventuras compartidas, lugares lejanos, amaneceres, cimas, kilómetros y también momentos sencillos que quizá entonces no sabía que algún día recordaría con tanta emoción. Recuerdo cada vez más a mi madre, sin duda la persona que más ha influido en mi vida. A amigos que ya no están, y a mi hermano que también nos dejó demasiado pronto. Al final, mirar atrás quizá no es tanto hacer balance de lo que he vivido sino darme cuenta de la cantidad de personas, lugares y momentos que poco a poco han ido construyendo la persona que soy hoy. Recuerdos que lejos de desaparecer, con los años parecen hacerse más presentes. Quizá porque nuestra vida está armada de todas esas personas que un día caminaron a nuestro lado y que de alguna manera siguen formando parte.

He aprendido con los años que la vida no consiste en correr siempre hacia delante. Que también hay que parar, respirar, mirar alrededor y aceptar que no todas las montañas se pueden subir. Que algunas simplemente se contemplan desde abajo.

He pasado buena parte de mi vida buscando caminos, cimas, aventuras y lugares donde ponerme a prueba, y ahora por fin empiezo a entender que las verdaderas expediciones eran otras: aprender a perder a quienes quería, aceptar que el tiempo no me devuelve a nadie, saber perdonar, soltar sin dejar de querer, decir que no cuando hace falta, o aprender a estar sin exigir. También he aprendido mucho viendo crecer a mi hija. Quizá ha sido una de las lecciones más difíciles: entender que protegerla no significa evitarle el camino ni los tropiezos, sino darle las herramientas para que pueda recorrerlo sola y sobre todo aprender a confiar.

La vida me ha enseñado que la familia no son solamente los que están. Que también son los que estuvieron y dejaron algo de ellos en mí. Siguen apareciendo en nuestras palabras, en nuestros gestos y en esas pequeñas cosas que hacemos sin saber muy bien de dónde vienen.

A estas alturas de mi vida creo que ya no necesito demostrar demasiado. Me interesa más vivir de acuerdo con lo que pienso, que conseguir que los demás piensen que estoy viviendo bien.

Quiero querer bien y que me quieran bien. Con claridad, respeto y reciprocidad. Quiero seguir aprendiendo, riéndome, escribiendo, corriendo al amanecer, compartiendo montañas, barrancos, mesas, cervezas, abrazos y conversaciones con la gente que quiero y con la que querré. Quiero seguir teniendo curiosidad y también seguir equivocándome, porque eso significará que estoy todavía intentando cosas nuevas.

Ya no busco una vida perfecta. Quiero una vida que sea mía. Con sus alegrías y sus pérdidas, sus errores y sus amaneceres, sus personas imprescindibles y sus despedidas. Y sobre todo, ya no quiero contar solamente los años que llevo. Esos los he gastado ya. Quiero contar los que todavía me quedan por estrenar. Porque a los 59 sigo sin saber exactamente dónde está la cima, pero curiosamente ya no me preocupa. Mientras pueda seguir caminando, seguiré. A mi ritmo. Chino-chano. Mirando alrededor, dando gracias por lo vivido y cuidando lo que tengo. Cada vez tengo más claro que la vida no es solamente lo que me pasa, sino lo que hago con aquello que me pasa. Y todavía tengo muchas ganas de ver qué hago con todo esto. Así que… feliz cumpleaños para mí. Nos vemos en el camino. Y si hay algún barranco o alguna montaña cerca, ya sabéis dónde encontrarme. 😉 59 años o cincuenta y todos y con ganas de muchos más.









domingo, 27 de septiembre de 2026

La bola negra



Ayer fui a ver La bola negra. La película de Los Javis que ahora está en boca de todos.

Y antes incluso de empezar a verla me llevé una gran alegría: ver el cine de Barbastro lleno. Me gusta pensar que, a pesar de todo, seguimos necesitando una pantalla grande, una historia que nos una y un par de horas para dejarnos llevar…

Reconozco que iba con las expectativas muy altas. Y ya sabemos el peligro que tiene eso. Cuando todo el mundo habla maravillas de una película, empiezas a tener miedo de que no esté a la altura de lo que esperas. Pero poco a poco, la película me fue atrapando y cuando terminó, me di cuenta de que no había terminado del todo… buena señal.

Soy muy cinéfilo, veo mucho cine, y con los años he aprendido que hay películas que me gustan mucho en el momento pero que después se van diluyendo, y otras que como un buen vino, necesitan reposar. Para mí, una de las mejores maneras de saber lo que realmente me ha dejado una película es despertarme al día siguiente y comprobar que sigue ahí. Si ha desaparecido, probablemente solo me gustó. Si sigue rondándome en la cabeza, si me hace pensar, si me lleva de un tema a otro y me despierta preguntas, entonces sé que me ha dejado algo dentro. Y con La bola negra me ha pasado. Ayer por la noche no dejé de pensar en ella y esta mañana nada más despertar, seguía dándole vueltas. Tanto, que no he podido evitar sentarme a escribir estas líneas:

Y no soy precisamente el espectador que podría sentirse reflejado en muchas de las historias que cuenta. Soy una persona ya madurita, heterosexual y hay experiencias que allí se narran que me quedan lejos. Pero quizá precisamente ahí está una de las grandezas de una buena película: que no necesitas haber vivido lo que cuenta para reconocer en ella algo profundamente humano. En este caso la homosexualidad sí, pero principalmente el amor, el silencio, el miedo, la amistad, la conexión entre las personas, la necesidad de esconder una parte de uno mismo durante una época marcada por unas normas que dejaban muy poco espacio para ser diferente. Y todo contado sin morbo, sin necesidad de subrayarlo, dejando que sean las vidas de los personajes las que hablen…

Pero incluso la película me llevó mucho más lejos, y también me hizo sentir identificado en algo que en realidad creo que nos une a todos. Que todos en algún momento de nuestra vida hemos sentido el rechazo. Todos hemos tenido alguna vez la sensación de no encajar, de no ser elegidos, de que alguien nos apartaba por ser como somos, por lo que pensamos, por lo que sentimos o simplemente por no responder a lo que los demás esperan de nosotros. Todos, de una manera u otra, hemos sacado alguna vez esa bola negra o nos la han sacado a nosotros. Y quizá por eso la película, aunque cuente historias que no son las mías, también habla de algo que sí conozco: lo que se siente cuando alguien te hace creer que eres diferente, que no encajas o que hay algo en ti que debería esconderse.

Me hizo pensar en la Guerra Civil, en mis abuelos, en aquellas generaciones que vivieron una vida que vista desde hoy me parece increíblemente dura y sin embargo para ellos era simplemente la vida que les había tocado. Me hizo pensar en todo lo que no sabemos de quienes vivieron antes que nosotros. En las cosas que sintieron, desearon, soñaron o sufrieron… y que nunca contaron. Generaciones de silencio. Personas que aprendieron a callar no porque no tuvieran nada que decir, sino porque muchas veces decirlo podía tener un muy alto precio. Y solo ellos supieron realmente cuánto tuvieron que guardar dentro hasta el final.

Y quizá ahí está una de las cosas que más me ha hecho pensar esta película: en lo contradictoria que puede llegar a ser la naturaleza humana. Somos capaces de crear vínculos, querer, cuidar, encontrar a alguien y sentir que, entre millones de personas, precisamente esa persona es importante para nosotros, y al mismo tiempo somos capaces de la crueldad, el rechazo, la violencia y de convertir en enemigo a alguien que, en el fondo, simplemente busca lo mismo que nosotros: vivir en paz.

Quizá porque también he pensado en el tiempo que me ha tocado vivir. Nosotros tenemos la suerte de vivir hoy, al menos en esta parte del mundo, con una comodidad y unas libertades que muchas generaciones anteriores ni siquiera pudieron imaginar. Y desde esta tranquilidad es fácil olvidar lo cerca que están las guerras, las luchas fratricidas, el miedo y el sinsentido cuando dejamos de mirarnos como personas.

Me ha hecho pensar en cómo tantas veces los seres humanos terminamos enfrentándonos entre nosotros, incluso entre hermanos, vecinos o personas que podrían entenderse, mientras otros deciden por nosotros qué debemos temer, a quién debemos odiar o contra quién debemos luchar. Y quizá lo más triste es que, muchas veces, resulta más fácil enfrentarnos a los demás que enfrentarnos a nosotros mismos, reconocer lo que sentimos y simplemente atrevernos a vivirlo. Por eso creo que sí, La bola negra habla de la homosexualidad, de una época, de unos personajes y de unas historias concretas, pero también habla de personas, de amor y del miedo. De la amistad, la soledad, la sensibilidad y la crueldad. De lo que somos capaces de hacer por amor y también de lo que somos capaces de hacer cuando dejamos de entender al que tenemos enfrente.

Me ha hecho pensar en la sensibilidad, en el arte y en esa capacidad que tiene el cine para llevarme a lugares que no esperaba visitar. Y quizá por eso desde ayer no dejo de pensar en mis abuelos y en todas aquellas personas de su generación que se fueron sin que nosotros llegáramos a conocer una parte de todo lo que vivieron y todo lo que callaron.

Por eso creo que merece la pena ir a verla. No hace falta pertenecer a una determinada generación, ni tener una determinada orientación sexual. Basta con ir con la cabeza y el corazón abiertos. Porque hay películas que entretienen, otras que gustan, y hay algunas que cuando sales del cine, siguen contigo. La bola negra es de esas. La recomiendo.


viernes, 25 de septiembre de 2026

Cuando nos toca cuidar a quienes nos cuidaron:

Si la vida sigue su curso natural (con permiso de esos golpes o sorpresas que nadie puede prever) llega un momento en el que empiezas a darte cuenta de que alrededor de la mesa quedan cada vez menos abuelos. Y casi sin darnos cuenta, aquellos padres que durante años nos parecieron invencibles, empiezan a hacerse mayores, a necesitar que estemos pendientes de ellos, y de alguna manera a ocupar esas sillas que fueron quedando libres poco a poco. La vida tiene esas cosas: las sillas son las mismas, también la mesa, pero quienes se sientan alrededor van cambiando. Quizá sea simplemente una de las formas que tiene el tiempo de recordarnos sigue haciendo su trabajo. Sigue su curso. Y mientras algunos (como mi madre), se van demasiado pronto y sin darnos tiempo casi a entenderlo, otros llegan a edades muy avanzadas y (a veces), aparecen cosas que nunca quisimos imaginar: dependencia, Alzheimer, demencia, caídas, médicos, medicinas, cuidadores… y a veces una residencia.

De repente aparece delante de nosotros una realidad que durante mucho tiempo habíamos preferido ni pensar ni mirar: “nuestros padres envejecen”.

Y cuando esto ocurre, creo que hacemos algo muy humano: Pensar en nosotros.

Vemos a una persona mayor que ya no puede hacer muchas de las cosas que hacía y nos preguntamos: ¿querría yo vivir así? ¿Querría yo que me cuidaran así? ¿Querría yo acabar dependiendo de los demás?… yo, yo, yo…  Quizá ahí estamos cometiendo el error. Porque estamos pensando en ellos desde nosotros mismos. Desde la persona que somos hoy. Desde nuestra salud, nuestras piernas, nuestros proyectos, nuestras ganas de viajar, de correr, de subir montañas, de salir y de decidir. Y no somos nosotros… Quizá la pregunta no es “¿qué querría yo si estuviera así?”, sino algo más sencillo: “¿Qué quieren ellos ahora?”

Porque quizá cuidar no consiste solamente en decidir qué creemos que es mejor para ellos, y consiste también en escucharles y respetar sus deseos. En intentar comprender que, aunque su cuerpo vaya más despacio y su cabeza les juegue a veces malas pasadas, siguen siendo la misma persona que ha vivido, amado, trabajado, sufrido y cuidado de los suyos durante toda su vida. Y sí, hay algo que vi en mi madre y que ahora también observo en los padres de algunos amigos y que, si lo pienso bien, quizá algún día también nos pasará a nosotros: lo difícil que es aceptar después de haber cuidado de los demás durante casi toda la vida, que llegue un momento en que seas tú quien necesite que te cuiden. Y no debe de ser sentirse inútil, sino sentir que ya no eres tan necesario como antes. Sentir y aceptar que has pasado de ser quien protege, ayuda y está pendiente de todos, a ser quien necesita esa ayuda. En mi madre lo vi claramente cuando estuvo grave y durante su recuperación… Le costaba aceptar que fuéramos nosotros quienes estuviéramos pendientes de ella, y todavía más mostrarse vulnerable delante de nosotros sus hijos. Durante toda nuestra vida nos había transmitido una imagen de enorme fortaleza e independencia, y de repente, éramos nosotros quienes teníamos que estar ahí. Se le notaba esa resistencia a perder su independencia, a necesitar de los demás, y a mostrarse vulnerable ante quienes durante tantos años había protegido. Y sin embargo, para mí fue algo profundamente bonito poder cuidar de ella, aunque fuera solo un poco. Porque mientras ella sentía seguramente que estaba perdiendo algo de sí misma, yo sentía que estaba teniendo la oportunidad de devolverle una pequeña parte de todo lo que ella había hecho por nosotros. Quizá esa también sea una de las vueltas más bonitas que da la vida: quien un día nos sostuvo cuando nosotros no podíamos hacerlo solos, algún día necesitará que seamos nosotros quienes les sostengamos. Y en algunos casos, incluso llegará un momento en que quizá ya no puedan decidir, y nos tocará hacerlo a nosotros. Y no será fácil. Pero mientras puedan, quizá nuestro papel no sea sustituirles, sino acompañarles. La vida tiene ese extraño sentido del humor. Durante muchos años ellos son quienes nos dicen que nos abriguemos, comamos, que tengamos cuidado, que no lleguemos tarde o miremos antes de cruzar, y un buen día, sin darnos ni cuenta, somos nosotros quienes les preguntamos: ¿Has comido? ¿Te has tomado la pastilla? ¿Llevas la chaqueta? o ¿Has cerrado con llave?... La rueda gira.

Quizá cuidarles sea una de las formas más bonitas que tenemos de devolverles todo aquello que hicieron por nosotros. No sabemos cuánto durará esta etapa, o si llegará, o cómo será la nuestra cuando llegue. Quizá no tenga mucho sentido vivir ahora imaginando qué querremos entonces nosotros. Porque hoy están ellos. Y quizá lo más importante no es decidir por ellos, ni mirar su vejez desde nuestros propios miedos, sino intentar ponernos en su lugar. Preguntarnos qué necesitan, desean, les hace sentir bien, y sobre todo, qué les hace sentir queridos. Porque cuando alguien empieza a perder autonomía, quizá haya muchas cosas que podamos hacer por él o ella, pero hay una que nunca deberíamos dejar de hacer: hacerles sentir que estamos o seguimos ahí. Como ellos siempre estuvieron para nosotros. Es mi opinión.









miércoles, 16 de septiembre de 2026

El valor de mirar a los ojos

El otro día haciendo zapping sin buscar nada en concreto, me topé de repente con un programa de televisión que aquella noche me acompañó hasta la cama, y al día siguiente mientras caminaba por el monte siguió rumiando en mi cabeza: Salvados de laSexta. En concreto un capítulo titulado “El encuentro”, en el que Fernando Garrido se sentaba frente a frente con José Miguel Latasa, uno de los miembros de ETA que participó en el atentado en el que fueron asesinados sus padres y su hermano en San Sebastián en 1986…

Y claro, lo que más me impactó no fue solamente el testimonio que se contaba, que ya de por sí era estremecedor, sino la persona que estaba sentada a uno de los lados de esa historia: Fernando Garrido. Fernando es un amigo, y quizá precisamente por eso lo que vi me llegó al alma de manera diferente.

Hace muchos años tuve la suerte de compartir con él una expedición al Cho Oyu. Y allí conocí a un montañero acostumbrado a convivir con la dificultad, el frío, el miedo, la incertidumbre y esos instantes en los que uno descubre de qué está hecho realmente, pero sobre todo conocí a la persona… Antes de conocerlo, como aspirante a montañero, admiraba ya a Fernando por sus ascensiones, sus récords, y  toda esa historia que había detrás de aquel, para mí mítico alpinista. Pero después de compartir con él aquella experiencia, descubrí que había mucho más detrás de sus montañas. Y todo aquello que hasta entonces me había parecido tan extraordinario, curiosamente quedó en segundo plano y lo que realmente comencé a admirar fue su manera de estar en la vida, de afrontar aquello que le había tocado vivir, y sobre todo a la persona que había decidido ser.

Desde entonces, como la vida va poniendo por medio kilómetros, obligaciones y años, hemos coincidido menos de lo que seguramente nos habría gustado a los dos… pero hay personas que aunque no formen parte de tu día a día, de alguna manera permanecen siempre en ella, y Fernando es una de ellas. Y la admiración sigue estando ahí, pero además el cariño y esa sensación de que cuando nos encontramos parece que el tiempo no ha pasado. Cada vez que muy de vez en cuando paso por Jaca, Fernando es una de las primeras personas a las que escribo, y si está, intentamos vernos y tomar al menos una cerveza juntos, y si no está, siempre me recuerda lo mismo: ´-“Te recuerdo que tienes una habitación en mi casa para cuando quieras subir”... Sé que algún día aceptaré esa invitación. En algún momento lo haré, Fernando.

Por todo esto me impactó tanto verle allí sentado frente al hombre que participó en el atentado que acabó con la vida de sus padres y de su hermano.

Aquel día de 1986 Fernando estuvo a punto de subir a aquel coche. Se despidió de ellos en la puerta, y por una de esas casualidades que cambian tu vida para siempre, decidió no hacerlo. Pocos minutos después el coche estalló y sus padres y su hermano murieron…

Y mientras seguía viendo el programa cada vez más ensimismado, la historia fue llevando la conversación hacia algo que, para mí resulta mucho más difícil de comprender que cualquier cima: “el perdón”. El valor de pedir perdón, que posiblemente exige el remordimiento y la enorme humildad de reconocer el daño causado, y la generosidad de quien decide perdonar aun sabiendo que nada puede borrar lo sucedido. Porque perdonar no significa olvidar, ni mucho menos justificar. El pasado no se puede cambiar y heridas que posiblemente nunca dejen de doler, pero tal vez exista un perdón que no busca liberar al otro de su culpa, sino liberarse uno mismo del peso de aquello que ocurrió.

Hace unos cuantos años, Latasa había escrito una carta a Fernando para pedirle ese perdón. Y lo hizo sin exigir que Fernando se lo concediera. Sencillamente necesitaba asumir lo que había hecho y decírselo. Fernando le respondió entonces con una sencillez que conociéndolo, me pareció muy suya: agradeció su valentía, consideró sincero su arrepentimiento, y dejó abierta la posibilidad de conocerse algún día. Quince años después, llegó ese día.

Y Salvados fue construyendo un programa entrevistando inicialmente a cada uno por separado. Escuchando sus historias, sus recuerdos y la manera en la que afrontaron todo aquello, hasta que llegó el momento de encontrarse. Ambos decidieron que querían hacerlo en un refugio de montaña sin cámaras ni testigos y el programa respetó su decisión. No hubo preguntas, ni micrófonos, ni una cámara buscando un primer plano del perdón o una reacción que pudiera convertirse en un gran momento televisivo. Tan solo desde lejos, a través de una ventana, una imagen en la que se ve llegar a Fernando, darle la mano y sentarse frente a él a hablar. Nada más.

Y para mí fue suficiente. Quizá incluso mucho más que suficiente.

Porque aquel momento no le pertenecía a Salvados, ni a su presentador, ni siquiera a nosotros. Pertenecía a ellos dos únicamente.

Después el programa vuelve a mostrarnos a cada uno al salir por separado. Primero a Latasa con un caminar turbado, visiblemente emocionado, y como si de repente se hubiera quitado un peso de encima que había llevado durante años. Y después también a Fernando visiblemente emocionado. Y lo que más me impresionó no fue el abrazo que Latasa contó que le dio Fernando al finalizar aquel encuentro, sino todo lo que creo que había detrás de ese abrazo: Y esto que ahora escribo es lo que yo interpreté de esa lección de perdón y valentía; Que Fernando pudiendo haber elegido rencor, o haber decidido que aquella persona no merecía ni siquiera ser escuchada, (y nadie habría podido cuestionarle ni ese dolor ni esa decisión), eligió escuchar. Y sobre todo, me quedó muy dentro una frase suya cuando le preguntaron si le había dicho que lo perdonaba; Fernando primero respondió: “¿Quién soy yo?”… y después, tras una pausa, añadió que si directamente lo que le preguntaba es si lo perdonaba, “Sí, claro que le perdono”… Qué difícil es algo tan sencillo.

Porque perdonar no significa olvidar, ni justificar, ni decir que no importó lo que ocurrió. Y tampoco significa borrar el dolor o hacer como si hubiera pasado nada. Simplemente significa dejar de alimentar algo que ya pertenece al pasado. Y todo esto me hizo pensar que en cierto modo, todos llevamos alguna mochila. Claro… algunos con muchas más piedras que otros. Pero que llega un momento en la vida, en el que uno ha de decidir qué quiere seguir cargando y qué quiere dejar atrás. Creo (y esto es solo una suposición mía) que Fernando ha cargado durante cuarenta años con una historia que no eligió, y que aun así, cuando tuvo delante a la persona que forma parte de ese siniestro e incontrolado pasado, decidió mirarla a los ojos. Y para mí eso es una forma de libertad enorme.

Siempre he pensado y he escrito que la montaña te enseña muchas cosas: Te enseña a sufrir, a esperar, a tener paciencia, a convivir con el miedo, o a aceptar que no todo depende de ti…

Pero también te enseña algo mucho más importante: Que después de hacer una cima siempre hay que seguir caminando. Y quizá la vida sea eso un poco: No podemos volver a bajar por donde subimos, ni recuperar a quienes se fueron, ni cambiar determinadas decisiones, ni determinadas tragedias, pero sí podemos decidir qué hacemos con todo ello; Quedarnos permanentemente mirando atrás hacia el pasado, o levantar la cabeza y mirar hacia delante. Al futuro. Por eso, después de ver el programa, volví a pensar y reconocer a ese Fernando que conocí aquella expedición. Un montañero que sabía que para llegar arriba había que dar un paso detrás de otro. Sin ruido. Sin grandes gestos. Sin rendirse cuando se ponían las cosas difíciles. Y pensé que quizá la montaña más difícil que ha tenido que subir Fernando no estuvo en los Andes o el Himalaya. Que quizá fue esta. La de enfrentarse a su propia historia, y mirar a los ojos a quien formó parte de ella. La de escucharle. La de perdonarle. Y sobre todo la de tener la grandeza de seguir caminando después. No sé si el perdón cambia el pasado. Seguramente no. Pero sí creo que puede cambiar el lugar desde el que uno decide vivir su futuro. Y viendo y escuchando a Fernando en ese programa, una vez más tuve la sensación (esta vez sin crampones, sin cuerda y sin montaña) de que me estaba enseñando algo. Simplemente mirando a los ojos.

Gracias de nuevo Fernando.







sábado, 12 de septiembre de 2026

Cuidarse: una inversión de futuro

 


Hay una edad… (Pronto cumpliré cincuenta y todos) en la que uno empieza a mirar hacia atrás y a darse cuenta de que algunas cosas que parecían simplemente una costumbre eran en realidad una forma de construirte.

Llevar más de cuarenta años haciendo deporte de manera continua y sin interrupciones, no es solo una cuestión de genética, de suerte o de haber nacido con una buena condición física. Durante mucho tiempo pensamos que vernos bien, quizá, era algo que simplemente nos había tocado en suerte. Pero llega un momento, cuando la edad empieza ya a pesar, en que hay que reconocer que una parte importante del mérito también es tuyo.

Aunque tampoco conviene engañarse: la suerte cuenta. Y mucho. Hay enfermedades, lesiones y circunstancias que aparecen sin pedir permiso y que pueden cambiar una vida en un instante. Nadie está completamente a salvo y nadie puede atribuirse todo el mérito de cómo ha llegado hasta aquí. Cuidarse no garantiza nada, pero sí puede ser una de las mejores inversiones que hacemos pensando en el futuro.

Porque detrás de un cuerpo que todavía responde, de unas piernas que siguen subiendo montañas, de unos pulmones que todavía encuentran aire y de unas ganas que no han desaparecido, hay miles de días. Días de frío, de calor, de cansancio o de pereza. Días en los que no te apetecía salir y, aun así saliste. No ha sido una enorme decisión tomada una sola vez, sino miles de decisiones pequeñas repetidas durante décadas.

Quizá la juventud nos regaló mucho, pero mantener algo cuando la juventud ya se va marchando tiene otro valor. Para mí, a estas alturas, el deporte ya no es solo una manera de estar en forma. Es también una forma de invertir en mí mismo, en mi futuro y en la posibilidad de seguir haciendo durante muchos años más algunas de las cosas que me hacen sentir vivo.

Y por eso, cuando uno se mira al espejo con una edad madura y todavía se reconoce fuerte, ágil y vivo, quizá debe dejar de pensar que simplemente ha tenido suerte. Suerte, sí. Porque siempre hay una parte que no depende de nosotros, pero después de más de cuarenta años insistiendo, algo de ese mérito también te pertenece.

Porque inevitablemente el tiempo nos va quitando cosas: La juventud, la velocidad, algunas capacidades, personas e incluso sueños, pero hay otras que, si las cuidamos durante toda una vida, podemos conseguir que sigan siendo nuestras.

Y quizá eso también sea envejecer bien: aceptar lo que el tiempo nos quita, agradecer lo que nos permite conservar y entender que cuidarse hoy en cierta manera es regalarle algo al hombre o mujer que seremos mañana. Es mi opinión.