Jueves, 11 de
marzo:
Existen muchas creencias sobrenaturales sobre la suerte y,
aunque a menudo somos recelosos ante cuestiones de dioses, doctrinas o
fetiches, casi todos creemos en ella, aunque sea de manera callada o algo
clandestina.
El viento golpeó vivamente la tienda durante las primeras
horas de la noche; después, sobrevino la calma. Pasé la noche pegando
cabezadas, preso de esa especie de instinto u olfato de protección que me
impide dormir del todo cuando estoy prevenido por algo (siempre me pasa). En
ese duermevela, no sé bien si por el ambiente, el frío o alguna excéntrica
percepción, sospeché que estaba nevando fuera. Y en una acción instintiva y
adiestrada, golpeé de vez en cuando y con energía el techo de la tienda con el
puño desde dentro, notando claramente cómo al hacerlo la nieve acumulada se
deslizaba por la lona exterior. Estaba nevando en serio. Sabía perfectamente
que no podía dormirme ni descuidarme en una circunstancia así.
Aprendí esa lección en mi primera expedición al
Aconcagua, allá por el año 95 (ya ha llovido). Una noche en el campo base me
desperté medio atontado, confundido y con una gran dificultad para respirar.
Tras recapacitar en el saco, medio desmayado, buscando por qué me sentía tan
anormalmente exhausto, se me encendió la bombilla: “¿No estaremos enterrados?”.
Abrí impetuosamente la cremallera de la tienda y me topé de frente con un compacto
tabique de nieve que tuve que cuartear de una patada para dejar entrar aire
fresco. La mejoría y el alivio fueron inmediatos, y enseguida alarmé a mi
compañero, que se encontraba ya medio grogui. Estábamos enterrados y a punto de
perder el conocimiento por efecto del anhídrido carbónico acumulado de nuestra
propia respiración. No me volvió a suceder jamás. Aprendí bien la lección y,
ante una noche de nevada, sé que hay que mantener la tienda limpia para poder respirar
bien y evitar sustos. Lo he hecho muchísimas veces desde entonces, así que no
me resultaba nada nuevo. Seguramente Arcadi y Kike, despertados por mis puñetazos
contra la lona, pensarían: “¿Qué hace este loco?”. Mañana se lo explicaría.
A las cuatro menos cuarto desperté a mis compañeros. Ayer
decidimos dejarlo todo preparado: las cantimploras listas y, de desayuno,
únicamente chocolate y alimentos fríos para no encender los hornillos y ganar
tiempo. Debíamos plantarnos lo antes posible en la vía del rompehielos. No
perdimos ni un segundo. Mientras nos equipábamos en silencio y masticábamos
algo, me pidieron explicaciones para entender por qué demonios había estado
aporreando la tienda a intervalos durante la noche... jajaja.
Aunque mi pie izquierdo, en la zona donde me rozó la
bota, estaba claramente inflamado, me calcé sin dificultad. Esta vez sí aprendí
la lección: como sabía que iba a hacer mucho frío, metí en el interior de la
caña de la carcasa de las botas las manoplas de plumas hechas una bola para que
conservaran el contorno abierto y no formaran pliegues al congelarse durante la
noche. Cuando te sientes a gusto dentro de una frágil tienda de campaña en un
lugar inhóspito y difícil, tanto como para figurarte guarecido dentro de un fortín,
está claro que tu cabeza está fuerte. Porque si lo piensas, ¿de qué puede
protegerte la delgada membrana de una minúscula tienda de campaña, más allá del
viento o algo del frío? Posiblemente de ti mismo, y de tu propio miedo.
Está nevando un poco y hay poca visibilidad. Son las
cuatro y medio de la mañana. Nos abrigamos bien el cuerpo y nos cubrimos el
rostro con un tupido buff y las gafas de ventisca, porque hace un frío atroz. A
las cinco menos veinte enganchamos las pulkas de nuevo y arrancamos con un paso
anómalo, un poco punzante y ya patológico. En un instante, este paisaje de
auténtica soledad y nevada oscuridad entre el hielo y el mar se vio perturbado
levemente por el rítmico y familiar ruido de los trineos arrastrando su gravada
carga. Somos tres siluetas con rumbo fijo, guiadas hoy por una gigantesca motivación.
Arcadi abre huella. La nieve es muy profunda. Tengo muy
claro, aunque de momento me lo callo, que probaré a cruzar yo en primer lugar
la ruta del rompehielos. Es una especie de discernimiento furtivo o sentido de
la responsabilidad, nutrido por qué sé yo... será mi forma de ser. Al poco de
marchar, con esa idea ya incrustada en mi terca cabezota, tomo el relevo en
vanguardia. Ya no lo dejaré hasta que hayamos cruzado, o no.
Atravesamos poco a poco y no sin esfuerzo la helada
planicie hacia un alcor nevado entre pequeñas islas, y nos encontramos ya en el
manifiesto pasaje hacia la vaporosa refinería de Röyttä, que se torna
fantasmagórica y sin vida, desfigurada por la enfadada niebla. Está sumamente
brumoso y no puedo ver mucho más allá, así que durante un buen rato prefiero
perderme en esos efímeros estudios mentales de filosofía humana, paciencia y
apoyo íntegro, con la mente fija en el cruce y la incertidumbre de si podremos hacerlo.
De reojo voy estudiando la costa, la refinería, el muelle y por dónde cruzarlo
si fuera estrictamente necesario hacerlo por tierra. Conociendo a Arcadi,
seguro que está pensando exactamente lo mismo. Se ven unas apartadas vallas que
aparentan cercar todo el recinto; incluso una serie de torretas donde te
figuras guardias armados apuntándote si te aproximas... No será fácil. Como nos
indicó Lowe, todos los días hemos constatado que esta región del golfo de
Botnia está vigilada, ya que es objetivo militar; no en vano, cada jornada nos
han sobrevolado estridentes aviones del ejército haciendo varias pasadas.
Hoy la paciencia será nuestra mayor arma. Auto estimulación,
recursos y reflexiones para evitar la ansiedad por querer llegar, algo por otra
parte inevitable a estas alturas. Nos habría gustado, sin duda, pasar muchos
más días atravesando el hielo, pero sabiéndonos tan cercanos a la meta, es
inevitable querer cruzar la línea, y más cuando hace cinco días nos parecía un
objetivo inalcanzable y casi quimérico.
Abordo con fuerza una planicie con la nieve mucho más
profunda donde, por fin, a unos quinientos metros, ya pueden verse las boyas o
balizas verdes y rojas que delimitan esta autopista marítima. La zona es un
esforzado trayecto entre grandes mazacotes de nieve y hielo. Es increíble, pero
parece que caminamos cuesta arriba. Aunque esto no es físicamente posible, ya
que estamos sobre la lisa superficie del mar... quizás el pasar continuo de los
barcos desplace la masa de hielo, y este relieve amontonado y cubierto por la
nieve haga real esta extraña sensación. Acelero con pasos firmes y decididos,
pues no quiero que me releven en un tramo en el que cuesta horrores abrir
huella y que castiga con saña las articulaciones, obligadas a esforzarse para
defender el peso del trineo. Debo tener capacidad de perseverancia. La he
tenido estos últimos meses para soportar largas, duras e intensas sesiones de
entrenamiento y madrugones, todo para estar aquí, ahora, en las mejores
condiciones posibles. Ahora, ante la sola incertidumbre de cruzar este
obstáculo, sé que si lo logramos nadie podrá detenernos ya. Una alta capacidad
de perseverancia es fundamental. Nunca hay que dar nada por perdido... ni
tampoco por ganado.
Voy previendo en mi cabeza cómo asegurar la cuerda con tornillos,
cómo ir pasando las pulkas una a una, cómo asegurarme yo con mis compañeros y
después a ellos. Llevo estacas, llevo tornillos, cuerda; a nada que haya una
mínima posibilidad y solución para poder pasar, intentaremos hacer algo. Qué
ansiedad por llegar y verlo con mis propios ojos. Faltan cien metros. Miro
atrás y les grito: “¡Según cómo esté, pasaremos primero sin peso y después
arrastraremos las pulkas con la cuerda!”.
Inquietud. Los carrillos se entumecen y la nariz se me
queda insensible si no expiro mi aliento caliente por el buff hacia ella. Hace
muchísimo frío, lo ha hecho toda la noche, y eso es una magnífica señal. Me
froto las mejillas, las cejas, las pestañas y la nariz con el dorso de la mano
para quitarme el hielo que forman la humedad y la niebla, pero me encuentro
cómodo y adaptado. Este universo azulado y blanco de hielo y nieve me resulta
ya casi familiar.
Ya estoy en el borde: una carretera de inmensos bolos de
hielo superficialmente ensamblados en su base unos con otros por la acción del
frío. Parece una materia compacta, densa y apretada. Tan irregular como un
yacimiento de pedruscos, pero compacta. Me mentalizo: “Posees recursos, y te
vienen dados por la forma en que afrontas todas las cosas”; “vence los impulsos
y las prisas”. La serenidad permite actuar con más eficacia en los momentos
delicados y ayuda. A, A, A: Autoconfianza, Autocontrol y Autoestima. Es una
triturada y gigante masa homogénea de piedras blancas y, debajo de ellas, el
mar.
La perspectiva parece buena, así que no me lo pienso
demasiado. Estoy en una orilla, junto a un gran pivote de color rojo que cuando
haya agua debe ser flotante, y justo al otro lado tenemos otro de color verde,
a unos sesenta metros en línea recta. Si llego allí, habré cruzado. Miro a mi
espalda y ya está Kike. Le señalo, como si yo fuera el autonombrado jefe de la
maniobra: “¡Pasaremos de uno en uno!”. La verdad es que no me replica nada y
asiente.
Comienzo a pisar con tiento, bien reclinado con los
bastones en el irregular terreno. Mi pulka va bandeando entre los bolos de
hielo mientras yo, de vez en cuando, golpeo fuertemente entre ellos con la
punta afilada de mis palos para cerciorarme de que están bien sólidos y
soldados. Son pisadas inciertas de unos pies agigantados por las raquetas. Pisadas
inseguras y grávidas, como si caminara sobre un espejo esperando que en
cualquier momento este se chasque sin remedio. Los bloques figuran estar
completamente helados y consolidados, pero aun así no quiero fiarme y acabar
naufragando; doy cada paso con miramiento y prudencia porque apenas trece o
catorce horas atrás vimos triturar este canal a un barco rompehielos. Paso a
paso me acerco. Me hallo a una distancia casi segura de la otra orilla y me
aventuro a comprobar la solidez del terreno pateando fuertemente sobre él: ni
se inmuta, no hay problema.
¡Ya está!, ¡lo conseguí! Estoy al otro lado, en
Finlandia. Donde nadie había cruzado aún a pie. “¡Está bien helado!”, les
grito. “¡El terreno está estable!”. Cruza Kike normalmente y, después de él,
también lo hace Arcadi. Cuando llegan, los tres nos hermanamos en un abrazo tan
espontáneo y emocionado como si hubiéramos conseguido categóricamente realizar
la travesía completa. Un abrazo de triunfo en la letra, pero un abrazo de
amigos y compañeros en la música; todo ello sin tener en cuenta que aún nos
queda una buena pateada hasta Kemi... pero hemos pasado por donde nadie lo
había hecho y, salvo desastre, lo conseguiremos. Es difícil no sentir agitación
por dentro cuando por primera vez se evidencia la consecución de un proyecto
que parecía imposible de realizar.
Envío un "OK" a Santi con el dispositivo SPOT,
tal y como acordamos. Esta señal está configurada para que varias personas (en
Brandön y en Barbastro) reciban un mensaje corto en su móvil con un escueto:
“equipo Báltico todo OK”. Pero, no contento con ello y llevado por la euforia,
saco el teléfono satélite y lo llamo para decirle de viva voz que hemos logrado
cruzar y que nos dirigimos a Kemi a su encuentro. Se alegran muchísimo. Aunque
todavía están en Brandön, ya han fijado un punto de encuentro en Kemi y Santi
me indica que marchemos derechos hacia allí; me dice que tenemos que alcanzar a
ver la costa y la ciudad en la lejanía hacia el este. Le indico que eso es
imposible: “¡No vemos una mierda! Está un día muy desapacible, cerrado, y
estamos completamente rodeados de niebla. Facilítanos el punto GPS y nos
orientaremos con él”. Así lo hacen. Determinan el punto exacto de encuentro en
Kemi y nos lo mandan por medio de un mensaje al móvil mientras comemos un poco
para recuperar fuerzas. No en vano, nos había costado algo más de dos horas
llegar hasta aquí.
El punto que nos señalan se encuentra a 17 kilómetros al
este de nuestra posición actual. ¿Tanto? Esperábamos que fueran seis o siete...
Si el terreno, como aparenta, va previsiblemente a peor a causa de la
profundidad de la nieve arrastrada por el viento del oeste, puede llevarnos
cinco o seis horas de caminata sin parar; o quizás más. Pero si todo va bien,
aunque sea exhaustos, llegaremos hoy. Allí nos estarán esperando para el
reencuentro tras 5 días de larga y dura travesía Santi, Rosa, Rafa, Iván y
quizás algún miembro del equipo globero (no creo que muchos, pues no cabremos
en la furgoneta que hemos alquilado). Rosa es la mujer de Kike y ha sido nuestra
madre y apoyo logístico durante estos días. También, sin ella saberlo, ha sido
nuestro pasatiempo (el de Arcadi y el mío) en las empalagosas horas de refugio
nocturno, haciéndola presa de nuestras bromas hacia el sufrido Kike: “¿Qué hará
Rosa durante tantos días en una cabaña con Santi...? ¿Cenarán a la luz de las
velas?... jajaja». Nos disponemos en fila y Arcadi abre huella rumbo a Kemi.
Kemi es una ciudad y municipio de la Laponia finlandesa que cuenta con una
población aproximada de 23.500 habitantes. Fue fundada en 1869 por Decreto Real
y, gracias a la profundidad de su costa, posibilitó la construcción de un gran
puerto marítimo. Su principal actividad económica se centra en dos grandes
fábricas de papel y en la única mina de cromo que existe en Europa. También
cuenta con una universidad politécnica y es mundialmente famosa por albergar el
castillo de nieve más grande del mundo, construido cada año con un diseño
totalmente distinto.
El ruido de nuestros pies al plantarlos en el suelo, el
rumor de las pulkas, la estridencia de los bastones y nuestra respiración se
funden en un solo compás. La nieve, como temíamos, es cada vez más profunda y
nos cuesta muchísimo avanzar. Kike se hunde demasiado para abrir huella debido
a que sus raquetas tienen algo menos de superficie de apoyo que las nuestras, y
a Arcadi se le empieza a percibir hoy cierta fatiga en el ritmo. Ayer se
encontraba fortísimo y realizó un esfuerzo colosal cuando yo me encontré
debilitado, al igual que Kike, y hoy se encuentra más atenuado, posiblemente
como consecuencia de ese desgaste. Por suerte, me voy dando cuenta de que hoy
me encuentro tremendamente fuerte y recuperado, así que decidido a no dejarla, tomo
la cabeza y abro huella con toda la fuerza de la que soy capaz. “Hoy por ti, mañana
por mí”. Somos un equipo y es en estas cosas donde debe notarse. Estas
actuaciones de equipo, si se hacen bien y con naturalidad, sin egoísmo, son
lazos que se van uniendo en nudos imposibles de desatar, pues están hechos con
el afecto, el cariño, las noches gélidas, la resignada extenuación y, sobre
todo, la amistad. Me siento muy feliz. Lo estamos consiguiendo y esto hace que
las sensaciones morales sean más que sobresalientes. Es un año tremendamente
señalado para mí, con dos proyectos muy especiales: este en lo deportivo, y otro
en lo personal (ser padre) que harán de este año uno de los mejores, si no el
mejor, de mi vida. Así que el conseguir esto, que a priori parecía imposible,
lo concibo como un vistoso indicio de que el resto irá bien; de que este es mi
año. La confianza que se tenga en uno mismo es determinante en el desempeño de
lo que te propongas en esta vida.
Voy revisando de reojo que parpadeen las dos lucecitas
del SPOT. Seguramente el equipo estará vigilando nuestro avance para calcular
la llegada, y desde casa ya estarán viendo que hemos salvado la zona crítica
del rompehielos hace unas horas. Durante más o menos dos horas caminamos en
silencio en la dirección indicada por el GPS, en medio de un huerto de pequeñas
islitas con árboles descoloridos por la niebla, intentando adivinar el camino
más favorable en un terreno cada vez más riguroso y penoso. Observamos el
vagabundeo de un cielo oscuro y tupido que no termina de despejar, manteniendo
unas opacas nubes cargadas de copos de nieve. La sensación de caminar sobre un
mar helado no es precisamente común; si lo piensas bien, es excepcional y muy,
muy emocionante. La luz del sol parece querer salir apocadamente y atizar los
ligeros y boscosos alcores, salpicados de pequeñas, deslucidas y arcaicas
cabañas que nos indican, tras cinco días, nuestro indudable retorno a la
civilización. Me encuentro bien; muy bien, diría yo. Suele ser normal en mí,
por lo que he ido percibiendo estos últimos años, este rendimiento de menos a
más en aventuras severas de varios días de duración. Es como si mi cuerpo, tras
unas jornadas de ajuste y acomodo, se habilitara por completo para la
actividad.
Al poco, a nuestra izquierda y a lo lejos, vemos una moto
de nieve abandonada en medio de la nada. ¿Se habrá tragado el mar a su dueño?
¿Se habrá averiado o quedado sin gasolina?... Bromeamos con la posibilidad de
acercarnos hasta ella para comprobar si funciona e irnos hasta Kemi montados en
ella, pero, es tan severa la marcha por este terreno y nos hundimos tanto, que
la sola perspectiva de alterar la ruta rectilínea en tan solo quinientos metros
de esfuerzo suplementario hacia el norte no se contempla ni en broma en nuestra
ajustada iniciativa de hoy.
Ya cerca del final de esta especie de laguna acotada por
islillas, vemos claramente un paso diagonal hacia otro campo abierto camuflado
en el paisaje. Son las once y media de la mañana. Quizás hayamos recorrido diez
kilómetros y, visto lo visto, nos quedan mínimo dos horas más para cubrir los
siete u ocho restantes. En algunos instantes me siento impetuosamente
arrebatado, metido en mi mundo interior, marchando todo lo fuerte que puedo.
Reconocemos sobre el mapa y dejamos al sur la enorme y alargada isla de
Selkäsaari, plagada de enormes molinos eólicos. Una vez sobrepasado este punto,
el camino ya es directo hacia la costa de Kemi. Somos afortunados por estar
aquí, donde nos gusta, donde queríamos estar.
El día va clareando un poco y alcanzamos a ver al frente
una isla pequeña claramente habitada y, tras ella, lo que debe de ser ya la
línea de costa de Kemi con innumerables y, desde aquí, minúsculas cabañas.
Mientras el esperanzado Kike cree que el punto de llegada está en esta cercana
isla, Arcadi y yo, más cautos y menos optimistas, pensamos que será en la
lejana costa que vemos al fondo. Una vez alcanzada la isla no sin gran
esfuerzo, el GPS nos señala que Kike estaba equivocado: deberemos esforzarnos
un rato más. Hace unos quince grados bajo cero, pero no hace viento, lo que
permite que se esté bien. Observo el suelo, mis raquetas y, de vez en cuando,
miro la estela que voy dejando lo más recta posible para facilitar el paso de
mis compañeros.
A lo lejos, en una inflexión del terreno, justo en la
orilla donde el mar se reúne con el bosque, distingo lo que me parecen unas
personas. ¿Serán ellos? ¿Nuestro equipo de apoyo? ¡Qué subidón! Apresuro aún
más el paso y poco a poco voy reconociéndolo todo. No, no son ellos; distingo
tan solo a dos personas, lo que parece un niño y un perro. Definitivamente no
son ellos... Entreabro los ojos para observar la tierra que se hunde por el
este en las curvadas colinas al fondo y sigo acelerando, aunque empiezo a estar
muy cansado ya. Me adentro de nuevo en enérgicas planicies de nieve profunda
que me obligan a agarrarme bien a los bastones para lograr impulsar mi carga
hacia delante. Cada vez aparecen más surcos quebrados de motos de nieve, señal
evidente de una desarrollada civilización, que intento seguir mendigando alguna
traza buena que relaje el paso. “¡Vamos, tú puedes! ¡Queda poco!”. El cansancio
es normal. Llevamos andando más de ocho horas sin parar, sumadas a los cuatro
días anteriores desde que salimos de la costa sueca. Estos parajes no son
paraísos hechos a escala; son momentos extraordinarios donde te encuentras con
tu auténtico yo, prestando más atención a lo que te rodea que a tus propias
carencias. Son instantes que, sin duda, graban en el alma esas huellas que
serán necesarias para otros episodios futuros.
Estamos cerca de la costa y vemos al fondo un gran puente
y la silueta de Kemi. La claridad se ha fundido en una hermosa línea rosada. No
hace sol, pero la niebla se ha disipado y la visibilidad ya es buena. Una moto
lejana surca la superficie nevada a gran velocidad. ¿Serán Iván o Rafa para
filmarnos?, pienso. No se detiene y continúa apartada sin hacer ningún gesto de
aproximación... Pues no serán. Proseguimos y la moto retorna a lo lejos hacia
la costa, para al poco volver desde allí. Se detiene muy apartada de nuestra
posición y distinguimos el perfil de una persona con un trípode y una cámara
que se posiciona en la nieve; parece filmarnos desde lejos. Agito mis brazos y
grito: “¿Hacia dónde?”. Estamos cerca de un flanco de la costa, pero no sabemos
exactamente dónde nos esperan y resulta irritante que te miren y no te digan
nada. Estamos agotados... “Debe de ser Iván”, comentamos tras reagruparnos, y
de nuevo volvemos a gritar para que nos indique el lugar de encuentro con el
resto y hacia dónde dirigirnos. Al final cede, se desenmascara y con un gesto
nos señala hacia el norte mientras con la moto se dirige de nuevo hacia allí...
Marchamos más animados y alineados hacia ese punto. Poco
a poco la costa se va haciendo más grande y, en ella, vamos distinguiendo un
grupo numeroso de personas. Los nervios comienzan a aflorar; los sentimientos.
Por un instante, aquí, en medio de este paisaje nevado, estaba sucediendo de
nuevo ese milagro del sentir, del compartir epílogos inenarrables, ingredientes
perpetuos de tu alma. Un estallido de impresiones y emociones que comienzas a sentir
por dentro. Tantos factores se han conjugado esta vez a nuestro favor que no
puedo más que mirar al cielo y dar las gracias: preparación, mentalización y,
finalmente, suerte.
A lo lejos los vamos reconociendo: nuestros amigos,
nuestros ángeles de la guarda. Se deslizan hasta el mar por una rampa desde lo
que parece un paseo marítimo y nos esperan justo en el borde. Nos contemplan y
gesticulan generosamente con los brazos dándonos la bienvenida, al igual que
nosotros a ellos. Conforme nos acercamos, las figuras se clarifican: son Santi,
Rosa, Ángel, Miquel, Rafa, Iván y unas cuantas personas más que no reconocemos
y parecen simplemente curiosos. Gritos, risas, aplausos. Corren hacia nosotros
y nosotros hacia ellos. Rosa a por Kike, Ángel a por Arcadi y Santi a por mí.
Nos abrazamos, gritamos... Siento un abrazo generoso e intenso. Lo recibo en
silencio pero con la piel erizada, leyendo su euforia con los dedos en su
espalda. A nuestro alrededor hacen fotos y nos graban compulsivamente a los
tres. Hay que respirar hondo al sentir todas estas emociones; dejar que
penetren y nos invadan. Hay momentos que embriagan porque consolidan un
encuentro. Dejan en la piel del alma un escalofrío que no se marcha y, como
estos, son espontáneos y sinceros. Perpetuo lagrimeo y carne de gallina... La
magia de la vida nos es necesaria para vivir, y esa magia está siempre ahí para
quien quiera encontrarla. Ha sido magnífico. El ambiente, el respeto. “Solo el
que se atreve, puede saber”. De nuevo repito: deberíamos luchar por nuestras
metas, pues dentro de nosotros mismos sabemos que valen la pena.
FIN (A Nayra)
PD: Lo que ocurrió después es historia. Sacaron unas
enormes latas de cerveza San Miguel para nosotros y brindamos; agitamos una
botella de champán congelado. Nos habían preparado allí mismo una improvisada
recepción con el dueño del rompehielos y del asombroso castillo de hielo quien,
tras felicitarnos, nos subió a su todoterreno y, haciéndonos de chófer, nos
trasladó a un hotel (también suyo) para que tomáramos una ducha caliente y una
sauna finlandesa, para tras ello llevarnos a comer al Castillo/hotel de nieve
con todos nuestros compañeros. ¿Qué más se puede pedir? Estábamos en la ciudad
finlandesa de Kemi, en el extremo norte del golfo de Botnia, en la desembocadura
del río Kemijoki, y lo habíamos logrado: éramos los primeros en conseguir hacer
esta travesía del mar a pie.
No podíamos irnos de Suecia sin realizar un vuelo en
globo y, al día siguiente, ya en Brandön, nuestros amigos "globeros"
coordinaron un asombroso vuelo de una hora para todos nosotros. ¡Menuda guinda
para este pastel!





































