Hoy he vuelto a
descender la Aigüeta de Barbaruens, como hago cada año. Y, una vez más, he
sentido esa mezcla de tranquilidad y emoción que me provocan esos lugares que,
con el paso del tiempo, se han convertido en parte de mi vida.
Siempre digo que la
magia de los barrancos de Guara es muy difícil de hallar en otro lugar. En
muchos barrancos del Pirineo descubro rincones preciosos, aguas cristalinas y
paisajes espectaculares, pero la mayoría de las veces tengo la sensación de
estar descendiendo simplemente por un bonito río. En Guara, en cambio, siento
algo diferente. Hay una atmósfera especial, una belleza que no sé explicar con
palabras y una sensación de aventura que me acompaña desde el primer paso. Por
eso la Aigüeta de Barbaruens me enamoró desde la primera vez que la descendí. Porque
aunque está fuera de Guara, sentí que tenía esa misma magia. Es uno de esos dos
o tres barrancos del Pirineo a los que siempre quiero regresar.
Quizá sea su roca
lisa y deslizante, que obliga a avanzar con respeto y atención. Quizá sea la
transparencia de sus aguas, tan limpias y frías que parecen recién salidas de la
montaña. O tal vez sea la vegetación, que abraza el barranco durante buena
parte del recorrido y hace que uno tenga la sensación de caminar por un lugar
casi secreto. Hay rincones donde los helechos crecen con tanta fuerza que, por
un instante, tengo la impresión de haber retrocedido miles de años, y estuviera
atravesando un paisaje casi prehistórico. No sé cuál es el motivo. Solo sé que
cada vez que vuelvo siento exactamente lo mismo que la primera vez.
Siempre ha sido uno
de esos barrancos que me gusta enseñar a la gente que quiero. Me encanta ver
cómo se sorprenden al descubrir un lugar tan bonito y completo. Es un barranco
que se adapta a quien lo recorre. Puedes hacerlo casi como un paseo por el
agua, sin más dificultad que algún resbalón caminando, o añadir un bonito
tobogán, un salto o algún rincón donde jugar con el río. Nunca obliga a nada.
Solo invita a disfrutar.
Con los años he
comprendido que los lugares no solo se quedan en la memoria por lo que son,
sino por todo lo que vivimos en ellos. Para mí, la Aigüeta es uno de esos
lugares que me recuerdan que la verdadera riqueza no está en descubrir siempre
sitios nuevos, sino en volver a aquellos que siguen emocionándome como el
primer día. Hay lugares que nunca dejan de sorprenderme, que cada vez que los
recorro siguen despertando la misma admiración, y que, de alguna manera, me hagan
sentir en casa.












































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