domingo, 7 de junio de 2026

BARRANCO FORCOS (BERGUA) MEMORIA DE AGUA

 


Hoy hemos vuelto a descender el barranco de Forcos, junto a Bergua. Un rincón escondido del Sobrepuerto donde el agua ha ido esculpiendo durante siglos una profunda garganta de flysch, entre pozas cristalinas, sombríos estrechos y pasillos de roca que guardan en su interior la memoria del tiempo. Es un lugar de una belleza salvaje y serena, de esos que impresionan no solo por sus saltos y toboganes, sino por la sensación de estar caminando por un paisaje que existía mucho antes que nosotros y que seguirá aquí cuando ya no estemos.

Pero para mí, este rincón tiene además un significado mucho más íntimo. En Bergua se encuentra el cementerio donde descansan los restos de mis dos bisabuelos maternos, mi bisabuelo y mi bisabuela. Quizá por eso, cada vez que regreso a Forcos, desde hace ya unos cuantos años, siento que no estoy recorriendo únicamente un barranco. Estoy atravesando parte de mi propia historia.

Bergua no es para mí un nombre en un mapa. Es el lugar donde vivieron mis bisabuelos, donde se criaron mis abuelos y donde mi madre pasó su infancia junto a sus hermanos. Mientras camino por estos senderos, no puedo evitar imaginarla de niña, correteando por estos mismos barrancos, explorando cada rincón de estas montañas que entonces eran su mundo. Me gusta pensar que, de alguna manera, sus pasos quedaron grabados entre estas piedras, junto a los de quienes la precedieron.

Es un lugar que, aunque yo no haya nacido allí, forma parte de mí. Porque pienso que hay lugares que se heredan de una manera más profunda que una vieja casa o una antigua fotografía: se heredan a través de los recuerdos, de las historias contadas en familia y de la seguridad de que una parte de quienes somos nació mucho antes que nosotros.

Mientras marcho por el barranco, pienso en esa extraña continuidad que une a las generaciones. Que el agua que hoy corre entre estas piedras es diferente a la que vieron mis abuelos o mi madre de pequeña, pero el cauce es el mismo. Que nosotros también cambiamos, generación tras generación, y sin embargo algo permanece. Quizá sea precisamente eso la identidad: un río que nunca contiene la misma agua y, aun así, sigue siendo el mismo río. Hay algo emocionante en caminar por una tierra donde vivieron quienes te precedieron. Porque cada sendero parece guardar una huella invisible. Cada muro de piedra seca, cada bosque, cada rincón recuerda que antes hubo allí vidas enteras: trabajos, juegos de infantiles, miedos, amores o despedidas. Aquí comprendo que la memoria no vive solo en las personas; también habita en los lugares. Este año, como los anteriores, he compartido el descenso con mi hija. Quizá ahí es donde todo adquiere su verdadero significado.

Porque mientras avanzo con ella por el barranco, veo cómo las historias siguen su curso. Yo recibí un vínculo con esta tierra de quienes vinieron antes. Y ahora, sin apenas darme cuenta, se lo estoy entregando a ella. No a través de grandes discursos ni de solemnes lecciones, sino mediante algo mucho más sencillo: caminar juntos, saltar juntos, reírnos en las pozas, ayudarnos en los pasos difíciles y contemplar el mismo paisaje.

A veces pensamos que el legado consiste en transmitir conocimientos o bienes materiales. Sin embargo, quizá lo más valioso que podemos entregar a nuestros hijos sean los lugares que amamos y las emociones que esos lugares despiertan en nosotros. Porque cuando compartimos un paisaje con quienes queremos, ese paisaje deja de ser algo geografico y se convierte en memoria. Por eso Forcos, aunque esté fuera de mi amada sierra de Guara significa tanto para mí. No es solo un precioso barranco, ni una actividad que disfruto mucho desde hace más de cuarenta años. Ahora un punto de encuentro entre mi pasado, mi presente y mi futuro. Allí están algunos de mis antepasados, aunque ya no puedan caminar por sus senderos. Allí estoy yo, viviendo el instante. Y allí está mi hija, construyendo recuerdos que algún día también serán parte de su propia historia. El agua sigue descendiendo hacia el Ara, indiferente al paso de los años. Nosotros, en cambio, somos transitorios. Quizá por eso estos lugares me emocionan tanto: porque me recuerdan que la vida es pasajera, pero también que pertenezco a algo más grande que yo. A una familia, a una tierra, o a una memoria que continúa fluyendo, igual que el Forcos, de generación en generación.















sábado, 30 de mayo de 2026

LOS OSCUROS DEL BALCES 2026

 

Soy consciente de que, cuando escribo sobre los cañones de la Sierra de Guara, a menudo me repito. Vuelvo una y otra vez a lo mismo: las mismas emociones y a las mismas palabras. Hablo del silencio, la roca, el agua, el paso del tiempo y la pequeña dimensión del ser humano frente a la naturaleza. Posiblemente alguien podría pensar: “Este siempre con la misma historia”. Y probablemente tenga razón. Pero es que hay experiencias tan profundas que nunca terminan de expresarse del todo. Cada barranco, cada vez, me devuelven la misma sensación de asombro. Así que, sí, me repito un poco. Pero después de tantos años descendiendo estos cañones, he aprendido que algunas realidades merecen ser contadas una y otra vez, porque siguen siendo tan ciertas y tan hermosas como la primera vez que las sentí.

Hoy los Oscuros del Balces. Llevo más de cuarenta años descendiendo los oscuros. Cuatro décadas entrando una y otra vez en ese universo de piedra, agua y sombra que, sin embargo, nunca ha deja de sorprenderme. Hay lugares que se visitan y lugares que terminan habitándonos a nosotros...

Todavía recuerdo la primera vez que crucé el umbral de los oscuros. Era joven y creía que la montaña se conquistaba. Al entrar entre aquellas paredes verticales, tan altas que parecían cerrar el cielo, sentí algo que no supe calificar. No era miedo, había respeto. No era solamente admiración, aunque me dejó sin palabras. Era la sensación de estar entrando en un espacio primitivo, indiferente al tiempo humano, donde cada roca parecía tener un secreto y cada salto de agua hablaba un lenguaje que yo aún no comprendía.

Aquellas paredes me impresionaron profundamente. La luz descendía en franjas finas desde arriba y se confundía sobre el agua oscura. El silencio tenía un peso, roto únicamente por el rumor de la corriente. Con los años llegaron las temporadas de guía. Fueron cientos de personas, las que acompañé por aquel laberinto mineral. Vi el asombro en los ojos de quienes entraban por vez primera. Escuché risas, nervios, y exclamaciones de sorpresa. Cada grupo recorría el mismo cañón, pero cada experiencia era diferente. Mientras les mostraba el camino, comprendí que guiar consiste en compartir tu mirada. Yo les enseñaba el Balcés, pero ellos también me enseñaban a verlo cada vez de nuevo, a través de esa intacta emoción de quien descubre algo por primera vez.

Hoy ya no busco la intensidad de la juventud ni la responsabilidad de aquellos años de guía. Ahora, vuelvo a los oscuros solo o acompañado únicamente por algunos amigos. No voy a conquistarlos ni a explicarlos. Voy a encontrarme con ellos.

Y cada descenso me parece a una conversación con un viejo amigo. Con alguien a quien no me hace falta decirle nada porque conoce todos mis silencios. Las paredes siguen ahí. El agua sigue recorriendo el su camino y seguirá recorriendo cuando yo ya no esté. Sin embargo, quien cambia soy yo. Y quizá por eso el encuentro nunca es igual.

He aprendido que volver a un lugar durante cuarenta años no significa repetir la experiencia, sino contemplar el paso de la vida en un punto fijo. El cañón se ha convertido en una medida de mi tiempo. En sus aguas veo reflejadas mis distintas edades: el joven que se asombraba, el guía que enseñaba, el padre que educaba y el hombre que ahora camina más despacio y escucha más de lo que habla.

A veces pienso que los barrancos son una metáfora de la propia existencia. Entramos en ellos sin conocer realmente lo que nos espera. Avanzamos entre luces y sombras, entre estrechos pasajes y espacios abiertos, creyendo a menudo que somos nosotros quienes elegimos el camino. Pero la que sabe es el agua. Ella no lucha contra la roca; la acaricia durante siglos hasta transformarla. Nos enseña que la verdadera fuerza no siempre reside en la dureza, sino en la constancia.

Por eso sigo volviendo. Porque allí encuentro algo que el mundo moderno parece olvidar: la paciencia de lo eterno. Allí no me importan las prisas, los calendarios ni las preocupaciones cotidianas. Solo me importa el instante presente, el contacto de mis manos con la piedra, el sonido del agua y la luz filtrándose desde lo alto como una bendición. Que lección.

Cada año, cuando realizo ese descenso que para mí se ha convertido en un ritual, siento la misma gratitud. Estoy envejeciendo junto a estas paredes. He aprendido junto a esas aguas. Y mientras pueda seguir entrando en sus luminosas sombras, seguiré regresando.

Porque hay lugares que terminan formando parte de nuestra alma.


martes, 26 de mayo de 2026

LA GUERRA DE LAS CRUCES...

En vista del dinámico ciclo vital de las cruces del Aneto (que si la tiran, que si la pintan, que si aparece una nueva, que si desaparece, que si alguien la sube cargando otra vez... ) quizá ha llegado el momento de profesionalizar el asunto. Porque, seamos sinceros: el Aneto se está convirtiendo en una especie de “escape room” espiritual y no tan espiritual donde unos suben cruces, otros las tiran, otros las pintan, otros las suben otra vez, y todos terminan discutiendo en internet sobre el tema con una cobertura milagrosamente perfecta de lo que sucede a 3404 metros.

Así que lanzo la propuesta empresarial: “CrossFit Aneto S.L.”, servicio oficial de alquiler de cruces para montaña, que funcionaría más o menos así:
Recogida de cruz en La Besurta, La Renclusa o directamente en Benasque.
Modelos disponibles:
“Clásica devocional” para creyentes.
“Minimalista alpina” para no creyentes.
“Titanium Trail Edition” para los que tienen prisa.
Y la premium: “Ermitaño Ultralight Carbon Pro”, para los que pesan cada gramo pero luego cargan un dron de kilo y medio o una Radial...
Luego diferentes modalidades:
Modalidad selfie:
Subes, colocas la cruz cinco minutos, te haces la épica foto con mirada al horizonte, la recoges, y la devuelves abajo antes de las 20:00 para evitar el recargo.
Incluso podría haber bonos:
10 ascensiones = una cruz gratis.
Tarifa familiar, claro.
Y abono anual para montañeros intensitos con necesidad constante de simbolismo vertical, pudiéndola llevar para la foto a cualquier cima por encima de los 3000 m.
La ventaja es que todos ganan:
los que quieren cruz, cruz; los que no quieren encontrar ferralla permanente arriba, tranquilidad espiritual; y Benasque diversifica la economía del valle.
Además, ecológicamente impecable: economía circular religioso montañera. La misma cruz puede coronar el Aneto 47 veces en un solo verano. Más sostenible imposible.
Y ojo, que si esto triunfa puede escalar:
Alquiler de vírgenes plegables para tresmiles, menhires para senderistas druídicos, o tótems minimalistas para influencers espirituales de Instagram.
Porque en el Pirineo moderno ya no se conquistan cimas: se genera contenido…
Fuera de bromas: quizá va siendo hora de dejar a un lado esta especie de absurda guerra de símbolos, orgullos y pulsos ideológicos en la cima del Aneto. Ojalá aparezca la cruz original, pueda restaurarse y la cumbre vuelva a verse como la hemos conocido generaciones enteras de montañeros durante más de 70 años. Porque al final el Aneto no necesita convertirse en ningún campo de batalla cultural: bastante tiene ya con el hielo, el viento y las tormentas. Y nosotros, sinceramente, ya podríamos dejarnos de tanta tontería. Es mi opinión.




domingo, 24 de mayo de 2026

BARRANCO DEL MASCÚN (2026)


El Mascún no es un barranco al uso. O no solamente. Para algunos siempre será únicamente una línea azul en un mapa de la Sierra de Guara; para otros, un descenso clásico, con una sucesión de rápeles, badinas y caos de rocas. Pero cuando uno ha regresado durante más de cuarenta años a un mismo cauce, el barranco deja de ser solamente un punto geográfico y se convierte en memoria. Porque hay lugares que envejecen con nosotros. Y para mi el Mascún es uno de ellos. Hoy, mientras descendía otra vez por sus entrañas de piedra caliza, junto con dos amigos, no caminaba únicamente por el agua del deshielo de primavera. Caminaba también por muchas de las edades de mi vida. Porque para mí, los barrancos tienen algo extraño: el agua nunca es la misma, pero las piedras la recuerdan. Y uno, que como el agua tampocoes el mismo, acaba reconociéndose en un recodo, en un olor o en una sombra bajo las paredes. El Mascún siempre fue un barranco efímero. Vivo solo unos meses al año, y lleno de una energía desbordante antes de secarse lentamente en verano. Tal vez por eso emociona tanto. Porque muestra una belleza que no permanece. Su agua aparece como aparecen ciertos momentos de la vida: intensos, fríos, transparentes… y luego desaparecen. Pero siempre te dejan marca. La aproximación desde Rodellar por Otín es ya por si sola una increíble excursión. Ese sendero suspendido sobre el silencio inmenso de Guara. Y Otín… Otín no es para mi solo un pueblo abandonado; es una frontera entre dos diferentes tiempos. Yo alcancé a verlo aún con un poco de vida, cuando el bar de Manolo seguía abierto y todavía había voces resistiendo entre sus ruinas. Eso cambia mi memoria de este lugar para siempre. Hoy muchos llegan allí y solo ven romantico abandono, muros vencidos y silencio. Pero yo recuerdo el humo, las conversaciones, una cerveza después de la jornada, el eco al atardecer. Recuerdo cuando sus ruinas todavía respiraban. Y en esa memoria aparece también Pepe Chaverrí, como aparecen siempre los verdaderos compañeros de monte: unidos para siempre por este paisaje por donde guiamos grupos juntos. Hay amistades que no necesitan retratos porque quedan inscritas en los caminos compartidos. Cada rápel del Mascún, cada grupo guiado durante aquellos años, cada aventura medio improvisada, forman ya una especie de mitología íntima. No son hazañas deportivas, son fragmentos de mi vida vivida con intensidad y presencia. Guiar gente por un barranco durante años significó mucho más que enseñar pasos o poner cuerdas. Significa acompañar el miedo, la alegría o el descubrimiento. Ver cómo otros sienten por primera vez esa mezcla de pequeñez y plenitud que solo la naturaleza salvaje puede ofrecer. Y mientras los guiaba a ellos, sin darme cuenta, el Mascún también me iba guiando a mi. Quizá por eso hoy y cada vez siento la Sierra de Guara tan viva. Porque hay paisajes que parecen o son conciencia. Guara para mi tiene algo antiguo, casi espiritual. Sus barrancos para mi no son únicamente erosión, son tiempo. El agua ha ido escribiendo lentamente la piedra durante miles de años, del mismo modo que los recuerdos se escriben lentamente en las personas. Y uno comprende entonces que volver no es repetir el camino; volver es medir la distancia entre quien fuimos y quien todavía somos. Hoy he descendído el Mascún una vez más. Pero en realidad lo he descendido acompañado por todos mis años allí dentro: el joven que llegó por primera vez, los amigos ya ausentes, las risas en Otín, el bar de Manolo, Pepe, los clientes guiados, los cursillos, las primaveras húmedas, los veranos secos, la fuerza del agua y el silencio posterior. Y quizá eso sea a estas alturas de mi vida finalmente la montaña o los barrancos, un lugar donde el tiempo no desaparece, sino que permanece aguardándome entre las piedras.















domingo, 17 de mayo de 2026

XI Trail Sierra de la Carrodilla



Hay textos que no envejecen.

Solo esperan el momento adecuado para volver a releerlos, reescribirlos y a encontrarse con nosotros.

Este que hoy reescribo lo escribí en 2019, tras otra de mis participaciones en la Trail de Estadilla. Y ayer sábado, en mi (No sé cuánta participación.. siete u ocho) en esta carrera, mientras corria de nuevo por la Sierra de la Carrodilla, me di cuenta de que apenas tendría que cambiar nada. Casi podría transcribirlo punto por punto. Porque hay lugares, personas y carreras que por suerte no pasan: permanecen.

Siempre he pensado que los amigos son la familia que uno elige.

Y no pretendo hablar de amistad, que también. Pretendo hablar de CARRERAS. Así, con mayúsculas. De esas pocas capaces de crear un vínculo profundo con quien las corre. Un vínculo que no nace de la casualidad ni del marketing ni de la vacía espectacularidad, sino de algo mucho más difícil de construir: la verdad.

Porque igual que ocurre con los amigos de verdad, hay carreras que no aprietan, ni exigen fingir nada, ni duelen más de la cuenta. Carreras que simplemente te abrazan tal y como llegas. Para mí esta, la Trail de Estadilla siempre ha sido eso.

Un afecto compartido y desinteresado que se fortalece año tras año con el trato, la complicidad, las fugaces conversaciones en un avituallamiento, el ánimo sincero de quien apenas te conoce y la certeza de saber que allí todos remamos en la misma dirección.

Probablemente este texto nace también por asociación de ideas. Porque en Estadilla tengo muchos amigos. Algunos de esos que eliges y terminas llamando familia sin necesidad de decirlo demasiado. Y quizá por eso esta trail siempre me fascina.

Porque en pocas carreras la línea entre organización, voluntarios, corredores y público resulta tan fina que prácticamente desaparece. Aquí nadie parece ocupar un papel concreto durante demasiado tiempo. El que hoy anima mañana corre, el que ayer llevaba dorsal hoy hace de escoba o reparte agua, y todos entienden que lo importante nunca fue solamente llegar a meta.

La Trail de Estadilla me sigue sorprendiendo precisamente porque conserva intacta su esencia.

Aquella carrera familiar que hace años impulsó Fernando Latorre y que después han sabido cuidar y hacer crecer sus herederos, mantiene algo muy difícil de encontrar cuando las pruebas maduran: el alma. Y eso no sucede por accidente.

Sucede porque hay cariño detrás de cada detalle. Porque se mejora sin perder identidad. Porque se busca más la calidad humana que la cantidad de dorsales. Y porque quienes volvemos cada año sabemos perfectamente lo que esperamos encontrar allí: amistad, épica y verdadero afecto. Ayer volvió a pasar.

Volví a cruzarme con personas que, desde cualquier rincón de la carrera (corriendo, animando, fotografiando, avituallando o simplemente esperando en la plaza) consiguen que uno se reconozca un poco mejor a sí mismo.

Y no sé explicar muy bien cómo lo logra esta carrera, pero siempre termina dejándonos emociones limpias. De esas que duran más que las agujetas.

Quizá por eso me atrevo a decir que la Trail de Estadilla es para mi, de alguna manera, la carrera de la amistad.

Luego está la Sierra de la Carrodilla, claro. Su dureza. El calor (ayer menos) que ya forma parte inseparable de su identidad. Ese paisaje que obliga a conversar con uno mismo mientras las piernas negocian cada subida. Allí cada corredor vive su pequeña epopeya personal.

Da igual el ritmo, la posición o el objetivo. Todos terminamos librando alguna batalla íntima y todos, de un modo u otro, salimos fortalecidos.

Porque esta es una carrera para debutar, para disfrutar, para volver una y otra vez o para quedarse para siempre. Para correr solo o acompañado. Para competir o simplemente sentir.

Y quizá lo más bonito sea que da exactamente igual cómo llegues.

Da igual si eres de los primeros, de los últimos, si haces de escoba, de voluntario, de speaker o de acompañante. Siempre encuentras un sitio. Siempre puedes ser tú mismo, sin filtros ni artificios.

Eso también define a las grandes carreras. La confianza.

La certeza de saber que puedes confiar plenamente en quien organiza, en quien espera en un cruce bajo el sol o en la persona que corre a tu lado compartiendo silencio y calor.

Y cuando las cosas salen bien, lo celebran contigo. Pero cuando salen peor, también te sostienen. Y eso, en el fondo, es lo que verdaderamente importa. Porque la reciprocidad es eso: un vínculo compartido donde no hay intereses, solo ganas sinceras de compartir tiempo, esfuerzo y experiencias. Una carrera de amigos para amigos. Y por eso siempre vuelves.

Porque sabes que allí arriba, entre senderos, calor y polvo, hay algo que merece la pena reencontrar cada año.

La Trail de Estadilla es exigente, sí. Pero nunca te exige dejar de ser quien eres. Igual que hacen los amigos de verdad. Esos que eliges. Quienes habéis tenido la suerte de vivirla alguna vez (ayer o hace años) seguramente entenderéis lo que intento decir.

¡¡Larga vida a la Trail de Estadilla!!










GUIAR


Basta con que la primavera vuelva a despertar la naturaleza, que el sol comience a templar las rocas y los ríos, para que saque de nuevo la cuerda, el neopreno, y regresen a mi mente pensamientos que sé que ya nunca terminarán de irse. Empieza otra vez esa época en la que me gusta perderme entre el agua, la piedra y el silencio (madrugando) de los cañones de le Sierra de Guara.

A menudo la gente me pregunta qué es lo que me mueve a guiar, y reconozco que no es fácil de plasmar en palabras. Esa profunda pasión por compartir no nace de la simple idea de mostrar un camino o un mapa, sino de una visceral necesidad de llevar a los demás (sobre todo a quien quiero) a conectar con mis propios sentimientos y con la esencia de los paisajes que me han marcado. Es un primitivo deseo de empujarlos a vivir una experiencia pura en la naturaleza; algo tan íntimo, inmenso y sobrecogedor que mis palabras se quedan cortas y que solo cobran verdadero sentido cuando se siente en primera persona, en el rio o allí arriba, compartiendo el mismo horizonte.

Concretamente, el descenso de barrancos cambió mi vida de una forma que entonces no fui capaz de comprender del todo. La primera vez con catorce o quince años… Con el tiempo entendí que había sido mucho más que una actividad o una afición: fue mi verdadera escuela en todos los sentidos: Allí aprendí a moverme con respeto por la naturaleza, a tomar decisiones en momentos de incertidumbre, a confiar en los demás y en mí mismo, y a aceptar que la aventura siempre implica cierto grado misterio. Fue el origen de una pasión que no ha dejado de crecer, una forma de entender el mundo desde la curiosidad y el deseo constante de explorar. Desde aquellos primeros descensos, todo lo que vino después (cada viaje, expedición, cada reto, cada nueva experiencia) llevaba de algún modo la huella de ese inicio entre cañones, agua y roca en la Sierra de Guara.

Más de cuarenta años practicando esto. A veces como guía casi profesional, otras como monitor, y muchas otras (ahora todas) simplemente como ese amigo con experiencia al que otros siguen porque confían en él. No solo en los barrancos. También en montañas, senderos, y viajes de aventuras que nos han llevado hasta Tanzania, Nepal, India, Perú, Bolivia o Marruecos. Lugares inmensos que, al final, siempre terminan convirtiéndose en escenarios enormemente generosos.

Con el tiempo he entendido que lo que realmente me llena no es ningún destino concreto ni la actividad en sí. Es la mirada de quien descubre algo por primera vez. Esa silenciosa satisfacción de saber que alguien ha vivido algo auténtico gracias a compartir un trozo de camino conmigo.

Porque guiar, en el fondo, no es mostrar ningún lugar. Es despertar la manera de mirarlo.

Un guía no se define por la cuerda que instala, la montaña que conoce o la técnica que domina. Se define por el sentido que le da a todo eso. Por su capacidad de transformar una experiencia en algo que permanezca dentro de otros mucho después de haber terminado y quizá para toda su vida.

Y para lograrlo hace falta algo más que conocimientos. Hace falta sensibilidad. Humildad. Escuchar mucho. Observar todavía más. Saber leer los silencios, los miedos, las inseguridades o la emoción contenida de quien tienes detrás. Entender que cada persona deposita en ti algo muy valioso: su confianza.

De Pepe Chaverri con el que comencé, aprendí que la verdadera experiencia no necesita exhibirse ni venderse; se nota en la forma de actuar, en la calma, en la capacidad de transmitir seguridad sin imponerse. Al final, sabe más quien comprende lo esencial y sabe compartirlo, que quien acumula historias para ser admirado.

Tal vez por eso siempre he sentido que acompañar a otros es una forma de servicio. Una hermosa responsabilidad. Intentar que alguien disfrute, aprenda, se sienta capaz o incluso venza un pequeño miedo. Y hacerlo sin ocupar el centro.

Porque un buen guía no solo muestra. También educa. Inspira. Protege. Motiva. Y a veces incluso sin darse cuenta transforma.

Y eso exige entrega. Paciencia. Disciplina. Saber dar sin esperar a cambio nada. Aunque, curiosamente, siempre acabas recibiendo muchísimo más de lo que das.

A mí me sigue emocionando compartir caminos, enseñar rincones, contagiar pasión y ayudar a descubrir. Quizá porque otros antes lo hicieron conmigo. Personas que me marcaron sin grandes discursos, simplemente estando ahí.

Y al final, si tuviera que resumir lo que significa guiar, lo diría de una forma muy sencilla: amar

Es mi opinión.