Hace unos días, caminando por la sierra de Guara con uno de mis mejores amigos, entre conversaciones, risas, y esas cosetas que van saliendo cuando uno camina sin mirar el reloj, me soltó: “Javi, ¿me llevarás un día al Turbón?”
Y claro, ¿qué le vas a contestar a uno de tus mejores amigos
cuando te pide que le lleves a una montaña que te encanta? Y si además llevas
toda la vida compartiendo barrancos, montañas y aventuras con los demás, y eres
de los que disfrutan tanto viendo disfrutar a otros como de la propia
experiencia… la respuesta sale sola. Así que dicho y hecho: Hoy ha tocado
Turbón. Y aunque he subido muchas veces al Turbón, (con nieve, sin nieve, en
distintas épocas del año, solo o con diferentes personas), hay montañas a las que
a uno siempre vuelve. No hace falta buscar excusas ni grandes motivos; simplemente
tienen algo especial que hace que nunca te dé pereza volver. Quizá sea su
imponente silueta, esa que nos acompaña desde el horizonte cuando la
contemplamos desde Barbastro, y que aunque la veamos tantas veces, siempre
consigue llamar nuestra atención. El Turbón, junto a la Peña Montañesa, el
Cotiella o el Tozal de Guara forma parte de esas montañas que nos observan en
la distancia, y que a quienes sentimos esa especial atracción por las montañas,
nos despiertan tarde o temprano las ganas de dejar de mirarlas desde abajo para
ir a caminar sobre ellas. Es una de esas cumbres que siempre apetece volver a
conquistar. Además con este amigo he compartido ya unas cuantas aventuras de
las de andar mucho, reírse bastante, y acumular historietas de esas que después
recuerdas durante años.
Dicen que el Turbón
es una montaña mágica, cargada de leyendas, de brujas, de aquelarres y de
historias que antiguamente se transmitían sentados en las cadieras al calor de
las chimeneas. Cuentan que las brujas del Alto Aragón se reunían allí para
celebrar sus aquelarres, y que cuando la niebla cubría la cima, no era buena
señal: “Cuando la boira cubre el Turbón, habrá tormenta en todo Aragón”. También
cuenta una leyenda que cuando las aguas del Diluvio Universal comenzaron a
retirarse, el arca de Noé no quedó como se dice en el monte Ararat (Turquia),
como se cuenta, quedó embarrancada en
esta montaña. “L’arca ba turbá”, habría gritado Noé, y según la tradición, de
aquella expresión popular habría nacido el nombre del Turbón. Otros relatos
hablan de un dragón que habitaba en sus cuevas o de un gigante de piedra, el Ome
Granizo, capaz de desatar tempestades. Leyendas, mitos y cuentos
transmitidos de generación en generación que forman parte de la memoria de esta
montaña. Su silueta aislada, dominando el paisaje, siempre ha despertado la
imaginación de quienes viven a su alrededor. Y no me extraña. Hay montañas que
parecen tener personalidad propia, y esta desde luego la tiene.
Hoy la subida ha ido haciendo lo que suelen hacer las
subidas: poniendo cada conversación en su sitio, alternando silencios con
comentarios, alguna que otra parada y esa respiración que te recuerda que la
montaña no entiende las prisas. Por el camino, vacas tranquilamente pastando, muchos sarrios, y un paisaje que a medida que
ganas altura va abriéndose como si alguien descorriera una inmensa cortina poco
a poco.
Y arriba, las vistas. Espectaculares. De esas que te obligan
a pararte, mirar alrededor y pensar que a veces tenemos auténticos tesoros a la
vuelta de la esquina y no siempre somos conscientes de ello. El Pirineo
extendiéndose ante nosotros, las montañas dibujando el horizonte y esa
sensación tan difícil de explicar que aparece cuando alcanzas una cima y por un
instante parece que todo está en su sitio. Pero hoy no iba solamente de subir
al Turbón. Iba de cumplir una sencilla promesa. Porque al final, si lo piensas
bien, las mejores aventuras no siempre empiezan con grandes planes,
expediciones extraordinarias, o billetes de avión. A veces empiezan con algo
tan simple como: “Javi, ¿me llevarás un día al Turbón?”.
Con los años he aprendido que la montaña tiene mucho de eso:
de compartir, de caminar al lado de
alguien sin necesidad de llenar todos los silencios, de echar una mano, de
reírse y de celebrar cada paso juntos. Hoy hemos vuelto a casa con las piernas cansadas,
la cabeza despejada y unas cuantas imágenes en nuestra memoria. Otro de esos días
que no necesitan adornos para convertirse en un buen recuerdo. Quizá esa sea
una de las mejores cosas de la montaña: que el paisaje puede ser el mismo, pero
nunca lo es del todo. Cambian la luz, el tiempo, o la persona que camina a tu
lado. Así que hoy, además de subir una montaña, hemos compartido un pedacito de
vida, que a fin de cuentas es de lo que va esto. Y si mañana otro amigo me
pregunta: “Javi, ¿me llevarás a otra montaña o a un barranco?”, seguramente
volveré a decir que sí. Porque hay cosas que no se acaban: La curiosidad, la
amistad y las ganas de naturaleza son algunas de ellas. ¡Hasta la próxima,
Turbón! Y gracias amigo por regalarme otra de esas jornadas que hacen que todo
esto siga mereciendo la pena.


.jpg)

.jpg)
.jpg)
.jpg)

.jpg)










.jpg)



