El pasado fin de semana vi la serie “Salvador” de Netflix
protagonizada por Luis Tosar. Y aunque no salí deslumbrado por su guion ni su
lenguaje visual, toca temas tan actuales y tan incómodamente presentes, que tras
verla me resultó difícil permanecer indiferente. Más allá de su valor
artístico, funcionó como detonante. Y a veces eso es suficiente.
La serie me dejó una inquietud difícil de sofocar. No
es solo una historia concreta; es un retrato que te devuelve preguntas sobre el
presente crecimiento de la ultraderecha. Sobre el miedo convertido en
ideología. Sobre la facilidad con la que ese discurso del “nosotros contra
ellos” va poco a poco ganando terreno.
Al terminarla salí a correr. Y como siempre, el
movimiento de mi cuerpo parece ordenar lo que mi mente agita. Pensé en la
historia de la humanidad como una larga marcha. Siempre en tránsito. Siempre desplazándonos.
Migrando por hambre, frio, por guerra, por curiosidad, o por esperanza. Desde
los primeros grupos humanos que salieron de África y comenzaron a poblar el
planeta, hasta los exilios del siglo XX, nuestra especie casi nunca ha sido
estática. Durante milenios caminamos, atravesamos continentes, nos entremezclamos
y nos adaptamos. Y más tarde, esos mismos territorios comenzaron a defenderse o
conquistarse en nombre de reyes, caudillos, imperios o religiones, y lo que era
necesidad y movimiento terminó convirtiéndose en fronteras y banderas, en
posesión y disputa.
Y comenzamos a aferrarnos a la idea de pertenencia como
si la tierra fuera propiedad moral de quien la pisa primero o grita más fuerte.
Territorialidad. Una antigua pulsión que compartimos con otros animales, pero
que nosotros revestimos de banderas, himnos e inflamados discursos, convirtiendo
la identidad en trincheras.
Pero también la historia, nos ha dejado dolorosas
lecciones sobre lo que ocurre cuando esa territorialidad y ese poder se sostienen
en el racismo y el clasismo. Vemos que cuando líderes han dividido a la
humanidad entre superiores e inferiores, gobernando desde el miedo y la
exclusión, las consecuencias han sido guerras, persecuciones y masacres que aún
resuenan en nuestra memoria colectiva. Y aunque el tiempo avance, vemos que no
aprendemos nada, y como estas dinámicas no desaparecen del todo: que hoy
seguimos viendo cómo discursos y políticas señaladas como discriminatorias despiertan
profundas controversias éticas sobre dignidad, derechos y humanidad. El
crecimiento de movimientos de ultraderecha en distintas partes del mundo nos
recuerda que el miedo y la incertidumbre pueden ser terreno fértil para estas
narrativas que simplifican la realidad y en lugar de soluciones buscan
culpables. Y no escribo esto desde la confrontación, sino desde esa conciencia
histórica de recordar que el poder sin empatía puede deshumanizar, y que cada
generación tiene la responsabilidad de elegir el camino más justo, más humano y
más consciente.
Luego, aún mientras corría, me dio por pensar en algo más
cercano. En nuestros abuelos. En cómo tantos emigraron buscando una vida mejor.
En cómo durante mi infancia la gente del pueblo se iba a vendimiar a Francia,
cruzando la frontera con la misma mezcla de necesidad y esperanza que hoy
empuja a otros a cruzar mares. Y como entonces, al menos aquí, nadie
cuestionaba su dignidad por moverse. Nadie les llamaba invasores. O sí… Pero eran
trabajadores. Eran padres y madres intentando sostener una casa.
Y es que, si nos remontáramos unas generaciones atrás,
probablemente descubriríamos que casi ninguno pertenecemos “de origen” al lugar
que hoy defendemos como propio. Las ciudades son capas superpuestas de
conquistas y migraciones, nuestros apellidos mapas de desplazamientos, y la
sangre memoria mezclada.
Entonces, ¿De dónde nace ese odio a lo diferente? ¿Tal vez
del miedo? ¿Miedo a perder lo poco que se tiene? ¿Miedo a diluirse?
La ultraderecha prospera en ese miedo, lo simplifica y lo
redirige: ofrece culpables fáciles a problemas complejos, o convierte la inseguridad en rabia
organizada.
Pero el correr también me derivó a pensar en otra cosa: (Que
cabeza la mía) Que el cuerpo humano, cuando late, no distingue nacionalidades
ni razas. Que el esfuerzo y el cansancio son universales, y el deseo de
descanso, de hogar, y de seguridad, también lo son. Que en el fondo, todos
queremos lo mismo que querían nuestros abuelos cuando cruzaban la frontera para
vendimiar: vivir en paz y con dignidad.
Así que quizá la verdadera reflexión de todo esto no sea solo política,
sino profundamente humana. Si aceptáramos que la emigración es parte de nuestra
historia, o que el mestizaje es una norma y no una excepción, tal vez perdería
fuerza esa obsesión por la pureza y la exclusión. Tal vez entenderíamos que
nadie “invade” a nadie en un planeta que todos compartimos y en el que estamos
de paso.
Mientras corría, sentía que la historia no es una línea recta de progreso, sino un péndulo que alterna entre apertura o cierre, hospitalidad o rechazo. La pregunta es hacia qué lado queremos empujarlo. Porque si algo nos ha enseñado la memoria personal y colectiva, la historia, es que hoy podemos ser quienes temen, pero ayer fuimos quienes partieron. Y quizá, en algún momento del futuro, volvamos a serlo.
Y entonces, en mi cabeza la pregunta se volvió aún más incómoda: ¿Estamos condenados a repetir la historia una y otra vez?... ¿Es una condena grabada en piedra, o más bien una disposición inscrita en nuestra fragilidad de humanos?, Está claro que olvidamos el dolor cuando deja de doler en carne propia, y convertimos la memoria en un cuento lejano y ese cuento en una advertencia que creemos superada. Como advirtió (No sé quién), quienes no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo. Creo que la historia no se repite porque el tiempo sea circular, sino porque el miedo, el poder y la necesidad de pertenecer siguen habitando en nuestro corazón humano. Y quiero creer que no estamos destinados a tropezar fatalmente siempre con la misma piedra; que solo estamos, más bien, permanentemente tentados a hacerlo. Y que cada generación, incluida la nuestra, decide si convierte esa tentación en un destino o si, por fin, aprende a hacerlo de otra manera. Ojalá tengamos la lucidez y la valentía suficientes para aprender de todo esto y, en lugar de repetir la historia, atrevernos “por fin” a pararlo en paz y darle la vuelta.
Es mi opinión.








