Durante muchos años ignoré que en aquel pequeño cementerio de Bergua descansaban mis bisabuelos. No lo sabía. Tampoco los buscaba. Y, sin embargo, la vida terminó llevándome hasta allí de una forma que aún hoy me cuesta admitir que fuera casualidad…
En realidad, Bergua no era un lugar completamente ajeno
para mí. De niño había estado allí alguna vez, cuando mi madre se juntaba con
sus hermanos y nos llevaban por aquellos montes a buscar setas. Recuerdo que por
entonces el pueblo tenía solo un habitante permanente durante los meses de
verano: Elías, tío de mi madre, que subía con sus vacas y vivía prácticamente
solo entre aquellas casas de piedra medio abandonadas. También recuerdo esos primeros
años en los que comenzaron a llegar los llamados hippies (años 80), que
acabaron instalándose en el pueblo en tipis (Tiendas de piel con forma cónica,
sostenida por un armazón de palos de madera como las de los indios
norteamericanos) y conviviendo con aquel paisaje detenido en el tiempo. Para mí
eran despegados recuerdos de un lugar que entonces ni asociaba a mi historia
familiar. Vagas imágenes de mi infancia.
Hace escasamente cuatro años, una serie de planes
fallidos y circunstancias imprevistas me dejó durante unas vacaciones y entre
semana sin rumbo ni planes. Y en ese vacío de planes decidí ir a descender el
barranco de Forcos, en este pueblo del que mi madre era originaria. Era una
excursión más, una actividad de barranquismo, sin imaginar que aquel día iba a
abrir una puerta completamente diferente. Cuando terminé el barranco, con el
silencio del valle alrededor, me acerqué al pequeño cementerio de Bergua. Salté
la tapia con la intuición, casi irracional, de que quizá allí encontraría
alguna huella de mis antepasados. No sabía qué buscaba exactamente, pero sentí
la necesidad de mirar. Y allí estaba. La tumba de Vicente Oliván Sampietro. Mi
bisabuelo. Lo supe al instante (Mi abuelo era Vicente Olivan), y más tarde lo
confirmé con mis tíos, los hermanos de mi madre. Pero lo verdaderamente
impactante llegó cuando ante su tumba, leí rotulado en la cruz que Vicente
había fallecido el 3 de agosto de 1948. Y ese día en que yo me hallaba por
primera vez en mi vida ante su tumba, era exactamente un “3 de agosto” de
2023... “75 aniversario de su muerte”. Aquel detalle convirtió el instante en
algo difícil de explicar con palabras. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No sé
si fue azar, coincidencia o simplemente una paja mental. Pero sí sé que, en ese
instante, sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo de una forma extraña,
como si esas dos fechas separadas setenta y cinco años exactos por un instante se
hubieran tocado.
Desde entonces, con la excusa de descender el barranco
subo cada año, y cada vez me acerco a su tumba y siento que el silencio de este
lugar tiene algo que decirme. Ya no veo únicamente una tumba con una cruz. Veo
una vida entera resumida entre dos fechas, y entre ellas sesenta y siete años
de trabajo, sacrificios, alegrías, amores, desamores, bodas, celebraciones, tristezas,
incertidumbres y esperanzas que hoy apenas puedo imaginar. Murió en 1948 a los
67 años, luego nació en 1881.
Cuando él vino al mundo, España todavía era un país
esencialmente rural. Reinaba Alfonso XII y la mayor parte de la población, como
habían hecho sus antepasados durante generaciones, vivían en el campo. E
imagino, porque me gusta imaginar, que mientras en Madrid se decidía el rumbo
político del país y en algunas ciudades comenzaban a llegar la electricidad, el
tren y los primeros signos de la modernidad, en lugares como Bergua la vida seguía
sometida a las eternas leyes de la montaña. Imagino esa aldea de finales del
siglo XIX. Los rigurosos y prolongados inviernos. Los arduos senderos. Las
casas de piedra agrupadas para resistir el frío y el aislamiento. Las noches
iluminadas por candiles. El sonido de los animales en las cuadras bajo las
casas. Cada jornada ocupada por los trabajos del campo y del ganado. Un mundo
donde todo se hacía con las manos y donde una condición natural de la
existencia era el esfuerzo.
Cuando murió Alfonso XII en 1885, Vicente apenas tenía
cuatro años. Y durante su infancia y juventud gobernó la reina regente María
Cristina en nombre de su hijo Alfonso XIII. Pero es probable que aquellas
cuestiones llegaran a Bergua sólo como lejanos ecos. Seguramente la
preocupación diaria de una familia en una aldea de la montaña no era la
política nacional, sino la cosecha, la salud de los hijos, el ganado y la
llegada del invierno y las nieves. Mientras mi bisabuelo Vicente se hacía un
hombre, el siglo XIX llegaba a su fin. Cuando tenía diecisiete años, en 1898,
España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas. A lo largo de sus sesenta y siete
años de vida, Vicente fue testigo de enormes transformaciones: Vio cómo el
siglo XX sustituía lentamente muchas ancestrales costumbres, y conoció la
llegada de nuevas formas de comunicación y transporte. Cuando todavía era joven,
el automóvil comenzaba a extenderse por Europa y los hermanos Wright realizaron
esos primeros vuelos que inauguraron la era de la aviación. Vivió el nacimiento
del cine, la expansión del teléfono, y fue contemporáneo de algunos de los
acontecimientos más decisivos de la historia del siglo XX. Vivió la Primera
Guerra Mundial. Fue testigo de la Revolución Rusa de 1917. Vivió la dictadura
de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República, la Guerra Civil y
los difíciles años de la posguerra. Y en sus últimos años contempló las
consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más devastador que
había conocido hasta entonces la humanidad… Seguramente vio cómo muchos familiares,
vecinos, amigos o conocidos emigraban buscando oportunidades.
Sin embargo, al detenerme frente a su tumba, comprendo
que la verdadera importancia de una vida no siempre coincide con la importancia
que le atribuye la Historia. Los libros recuerdan reyes, generales o políticos.
Pero las familias recordamos a quienes hicieron posible nuestra existencia. Y
es precisamente eso lo que siempre me viene a la mente cuando estoy allí.
Porque si Vicente no hubiera nacido en aquel lejano año
del señor de 1881, mi abuelo Vicente nunca habría existido. Si mi abuelo no
hubiera existido, tampoco habría nacido mi madre, Angelita. Sin ella, yo no
estaría aquí. Y sin mí, tampoco existiría mi hija Nayra.
A veces pensamos en la historia como una sucesión de
grandes acontecimientos, pero ante esta tumba descubro otra forma de
entenderla. La historia es también una cadena de vidas anónimas que se transmiten
de unas a otras el milagro de existir. Cada generación recibe una herencia invisible
y se la entrega a la siguiente.
Y me resulta asombroso pensar que un niño nacido en una
pequeña aldea pirenaica durante el reinado de Alfonso XII esté unido por un
hilo invisible a una niña del siglo XXI llamada Nayra. Más de ciento cuarenta
años separan ambos momentos, y sin embargo forman parte de la misma historia.
Vicente jamás pudo imaginar el mundo en el que vivimos
hoy: Internet, teléfonos móviles, lo vehículos modernos o a la velocidad a la
que circula la información. Como tampoco pudo imaginar que uno de sus bisnietos
acudiría un día a visitarlo pensando no sólo en él, sino también en su
tataranieta que lleva consigo una parte de aquella vida iniciada en las
montañas del Sobrarbe.
Por eso, cuando contemplo su nombre grabado en esa cruz,
siento gratitud. Gratitud hacia un hombre que no conocí, pero sin el cual nada
de lo que amo existiría. Gratitud hacia esa generación de hombres y mujeres de
la montaña que soportaron esas vidas tan duras para que las generaciones
futuras pudiéramos seguir adelante.
Y entonces es cuando he comprendido que una tumba no
habla únicamente de muerte. Que también habla de la continuidad de la vida.
Porque el tiempo se lleva a todos (Nadie queda para
simiente), pero deja tras de sí una huella que continúa en quienes vienen
después. Vicente está unido a mi abuelo Vicente. Mi abuelo está unido a mi
madre Angelita. Mi madre está unida a mí. Y yo estoy unido a mi hija Nayra.
Quizá ahí resida una de las grandes paradojas de la
existencia. El ser conscientes de nuestra fragilidad y de la brevedad de
nuestro paso por el mundo, y al mismo tiempo darnos cuenta que formamos parte
de algo que nos trasciende. Ninguna vida individual permanece para siempre, y
sin embargo todas contribuyen a una continuidad que comenzó mucho antes de
nuestro nacimiento y continuará tras nuestra muerte. Ante esta tumba tengo la
impresión de que el pasado nunca desaparece del todo; que permanece
transformado en memoria, relatos, en silencios familiares, y en las personas
que existen gracias a quienes las precedieron.
Ninguno de nosotros surge de la nada. Somos el resultado
de innumerables decisiones, esfuerzos, sacrificios, encuentros y casualidades
ocurridas a lo largo de generaciones. Y cuando uno toma conciencia de ello, tu
propia vida deja de parecer un episodio aislado para convertirse en un eslabón
más de una historia mucho más amplia. Un hilo invisible que atraviesa
generaciones. Así que cada vez que regreso a esta tumba, en la quietud de
Bergua, por un instante siento que no estoy sólo recordando a un antepasado.
Estoy contemplando una parte fundamental de mí mismo y el origen remoto de
quienes continuarán la historia cuando yo ya no esté aquí.
PD: Y, por suerte, en mi caso todo ese territorio
disperso de recuerdos familiares se extiende mucho más allá de Bergua: igual
que me remueve esta tumba, tengo la fortuna de conocer el paradero de mis
bisabuelos paternos en Burceat y en el cementerio de Arresa, cerca de allí de
Bergua, porque mi abuela paterna procedía de Berroy, también allí en la zona
del Sobrarbe. Burceat, Bergua, Arresa y Berroy se convierten así en pequeñas
coordenadas de mi geografía íntima, dispersa en el mapa pero unida en mi memoria
familiar.






















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