Él hablaba del
absentismo laboral como el síntoma moral de una sociedad que ya no sabe
comprometerse. De individuos (o una juventud) que ha perdido el sentido del
deber, del esfuerzo sostenido, y de la lealtad al trabajo.
Yo lo escuchaba y
en su diagnóstico, veía una lógica pulcra, jurídica, y ordenada. Demasiado
ordenada, pensaba.
Sé por experiencia
y años que nunca se debe generalizar, y si, que quizá mi mirada esté
inevitablemente condicionada por casi cuarenta años de vida laboral. Que vengo
de una forma de trabajar en la que te educaban (a veces sin palabras) en la
idea de que tu vida era el trabajo. De una cultura donde el compromiso no se
cuestionaba, se asumía. Donde se confundía dignidad con sacrificio y vocación
con renuncia. He vivido ese mundo y he sido parte de él, con sus luces, pero
también con sus trampas. Tal vez por eso me cuesta tanto aceptar estos
diagnósticos tan simples sobre un problema tan complejo.
Entonces pensé que
quizá estábamos mirando el mismo fenómeno pero desde extremos opuestos.
Para él, el
compromiso de los trabajadores se ha evaporado. Para mí, se ha ido secando
lentamente, como se seca una planta que se deja de regar. Porque el compromiso
no nace del aire, ni de discursos motivacionales, ni de cláusulas
contractuales. Nace de ese viejo y sobrentendido pacto de: te doy mi tiempo, mi
energía y una parte de mi vida, y a cambio recibo algo más que un salario que
apenas alcanza, o algo más que un “gracias” automático en un correo genérico.
Hablamos de
ausencias, pero no de las presencias vacías. De cuerpos que fichan pero no
están. De miradas apagadas frente a pantallas brillantes. De ambientes
laborales cada vez más fríos, más medidos y asépticos, donde todo se cuantifica
excepto lo humano. Donde se penaliza el error, se oculta la fragilidad y la
lealtad es unilateral.
Él veía (creo) una
crisis de valores. Yo veo una economía emocional en números rojos.
Porque… ¿Cómo pedir
compromiso cuando el trabajo se vive como una precaria transacción, cuando el
salario no dignifica o el futuro es una promesa indefinidamente aplazada? ¿Cómo
exigir pertenencia a espacios que ya no quieren pertenecer a nadie, porque
tratan a las personas como recursos intercambiables y no como historias humanas
en movimiento?
Y aun así (o quizá precisamente por eso) yo sigo siendo
de los que creen que esto podría darse la vuelta. Que del mismo modo que hay
inversiones que presumen de pensar a largo plazo, también puede apostarse de
verdad por el personal humano. Invertir en tiempo, en confianza, en condiciones
dignas. Volver a regar esa planta seca. Estoy convencido de que, si se hiciera,
los resultados llegarían. No de forma inmediata ni espectacular, pero sí sólida
y sostenida. Llamarme iluso, idealista o romántico, pero creo que cuidar lo
humano sigue siendo la inversión más rentable de cualquier negocio. Quizá el absentismo no sea una huida del
trabajo, sino una huida de la deshumanización del trabajo. Quizá no sea pereza,
sino una forma (muy torpe) de resistencia. Un cuerpo que no va porque su alma
ya hace tiempo que se fue. Salí de aquella conversación con la sensación de que
ambos teníamos razón, pero no desde el mismo plano. Él defendía el edificio. Yo
miraba las grietas en los cimientos. Y mientras no se hable de salarios que
permitan vivir, de ambientes que permitan respirar y de trabajos que no exijan
dejar la piel a cambio de nada, seguiremos confundiendo la causa con el efecto.

