viernes, 17 de abril de 2026

RECUERDOS DE CAMPAMENTOS DE VERANO

 


En cuanto las temperaturas empiezan a insinuar los meses de verano, noto cómo se me acelera el corazón, y me invaden unas ganas casi salvajes de volver a la montaña, a los barrancos, a esa forma de libertad que llevo persiguiendo (o me persigue) desde mi infancia. Y al mismo tiempo, como una marea que sube sin permiso, vuelven recuerdos vividos de muchos veranos: Cercanos, más distantes, e incluso de aquellos primeros de la infancia, donde todo empezó y donde, de alguna manera, a veces, aún sigo: Los campamentos de verano. No cualquier campamento, sino en mi caso, con los Scouts de Barbastro. Y ahora, con la distancia que da el tiempo, entiendo que allí no solo aprendí cosas… sin darme ni cuenta, allí me fui construyendo. Trabajo, amistad, lealtad, imaginación y carácter… grandes palabras que entonces simplemente eran pequeñas acciones: compartir cantimplora, cargar mochilas, reírse, o mirar al monte como quien mira el posible futuro. Y, sobre todo, naturaleza. Allí comenzaron mis primeras excursiones, mis primeras noches en tienda o al raso, mis primeras conversaciones con las estrellas. Y curiosamente, años después, cuando me he visto en lejanos campos base o en aventuras más “serias”, al tumbarme dentro de un saco sobre una esterilla, no estaba en los Alpes, ni el Himalaya, ni en el Atlas, ni en los Andes… estaba otra vez allí. Porque uno nunca duerme donde cree, sino donde aprendió a soñar.

Aquellos campamentos eran… no  sé cómo decirlo sin que suene a denuncia: ¿imperfectos?, ¿improvisados?... gloriosamente inseguros. Eran otros tiempos. Tenían ese punto bohemio donde el error no era una excepción, sino parte del método. Y sí, eran temerarios. Pero también lo era la infancia de entonces: una época donde la protección no lo envolvía todo y donde el riesgo no era nuestro enemigo, sino nuestro profesor.

Allí, en medio de aquel organizado caos que hoy rozaría la ilegalidad, pero entonces nos parecía lo más parecido a la vida misma, hicimos también nuestros primeros “grandes hitos” montañeros: descendimos barrancos en bañador, como si la épica no necesitara más equipamiento que unas ganas desbordadas de mojarnos y de reír (el neopreno solo existía en los documentales de Cousteau), y ascendimos nuestros particulares Anetos o Posets con chirucas, bordones de boj y bolsas de basura haciendo de polainas, en una reinterpretación bastante libre de lo que debía ser el alpinismo. Visto ahora, con algo más de experiencia y bastante más material técnico, no puedo evitar pensar que quizá la aventura no estaba en la dificultad ni en la altura, sino en la mirada. La verdadera cumbre era esa capacidad casi filosófica de convertir la precariedad en juego, la incomodidad en orgullo, y lo absurdo en un recuerdo que, contra todo pronóstico, ha terminado siendo algo profundamente serio e imborrable.

Hoy hemos cambiado eso por acolchadas burbujas. Y lo entiendo. Pero también sospecho que, en ese intento de evitar cualquier caída, a veces evitamos también el aprendizaje de levantarse.

Pero sigo… Porque claro… luego estaban los detalles.

El rápel, por ejemplo. Nada de arneses homologados ni descensores con nombre técnico. Aquello era “a pelo”. Cuerda de cáñamo, un árbol, tu cuerpo… sangre fría, y una cierta fe en que todo saliera bien. La cuerda te abrazaba como podía (o como quería), y tú bajabas negociando con la gravedad. Seguridad: cero. Intensidad: toda.

Y, sin embargo, aquí estamos para contarlo.

¿Y las tirolinas?… ingeniería rural en estado puro. Dos árboles, una cuerda bien tensa (o eso creíamos), un mosquetón que pesaba como un pecado, y tú colgado en medio del aire con un único y filosófico objetivo: no estamparte contra el árbol de llegada.

El sistema de frenado era casi existencial: o aprendías a frenar, o te frenaba la vida. A veces con los pies derrapando sobre la tierra. Otras, con un golpe seco digno de una lección inolvidable. El mosquetón, por cierto, quedaba incandescente, o como aquí decimos, “rusiente”. Tampoco murió nadie.

Y entre aventura y aventura, construíamos un mundo desde cero: cocinas, comedores, presas para bañarnos… y letrinas. Sí, letrinas. Las letrinas merecen capítulo aparte porque eran, probablemente, un verdadero rito de paso.

Aquello no era solo un foso. Era una experiencia sensorial completa. Un brutal recordatorio de que la naturaleza no siempre huele bien, ni es amable, ni pretende serlo. Y ahí, entre olores imposibles y moscas con más carácter que muchos adultos, uno aprendía algo fundamental: rendirse o adaptarse. Spoiler: nos adaptábamos. Y tampoco murió nadie.

Años después, viajando por lugares remotos (Nepal, India, Marruecos, Tanzania…) entendí que ese invisible entrenamiento había sido uno de los más valiosos. Nada me sorprendía demasiado. Nada me repelía del todo. Porque ya había pasado por algo parecido… o peor.

También llevábamos machetes, construíamos vivacs, “practicábamos supervivencia” (a veces reinterpretando el concepto con cierta creatividad nocturna, haciendo escaramuzas para robar comida en la tienda de intendencia), escalábamos montañas con más ilusión que técnica, y aprendíamos nudos que aún hoy siguen atando cosas en mi vida.

Pero si quito el polvo de la anécdota, lo que queda es mucho más simple y más importante:

Allí aprendimos a estar con otros. A depender, a colaborar y a ser responsables. A equivocarnos sin que el mundo se acabara. A descubrir que la autonomía no se enseña… se vive. Aprendimos el sentido de la amistad y todo lo que ello significa.

Y, sobre todo, aprendimos algo que hoy suena casi revolucionario: la cultura del placer. Hacer cosas simplemente porque sí. Porque nos hacían felices. Porque nos hacían sentir vivos.

Sin objetivos productivos. Sin métricas. Sin necesidad de justificación.

Y quizá esa sea la verdadera enseñanza que aún me acompaña: que la vida, como aquellos campamentos, no necesita ser perfecta para ser inolvidable.

A mí, todo aquello no me enseñó solo a vivir aventuras. Me enseñó a vivir.

Y por eso, todavía hoy, en cuanto aparece cerca el verano… una parte de mí vuelve allí.

Y por suerte, se queda.













domingo, 12 de abril de 2026

LA VARIANTE ALTO ARAGONESA DEL ACONCAGUA

 


Diciembre de 1994.

Hay viajes que empiezan mucho antes de dar el primer paso, y el nuestro empezó en la imaginación: En las conversaciones, guiando franceses por los barrancos de Guara, en mapas desplegados sobre la mesa, o en las paredes del Pirineo y los Alpes donde soñábamos ya con montañas más altas. Nuestro destino tenía nombre propio: el Aconcagua.

Éramos cuatro amigos, unidos por aquel entonces más por la ilusión que por la experiencia. Javier (Binaced), José y Josan (Monzón) y el que escribe (Barbastro). Meses de preparación, de acopio de material, de una logística, que vista con el tiempo, era casi exagerada. Pero aquel exceso no era más que entusiasmo en estado puro; los nervios de novato que siente que está a punto de hacer algo importante.

La despedida, el 25 de diciembre de 1994, tuvo un sabor agridulce que, años después, por repetidas, supe que acompaña a todas las partidas. Para nosotros, euforia; para quienes se quedaban, una preocupación apenas disimulada.

Nunca me acostumbré a esa sensación: la de que una pasión propia pudiera convertirse en angustia ajena. Como si marcháramos a algo mucho más peligroso que una simple montaña. Quizá, en el fondo, toda despedida encierra un anticipado y pequeño duelo…

Al día siguiente partimos hacia Argentina. El Aconcagua, con sus 6.962 metros, no era solo una cima: era una idea y un mito personal. Elegimos la ruta del glaciar de los Polacos, más exigente que la normal. Ahora, con la perspectiva del tiempo, reconozco que había algo de orgullo juvenil en esa decisión, pero también el deseo de abrir camino donde nadie de los nuestros lo había hecho antes.

Los días de aproximación fueron en sí mismos una aventura. Tuvimos que cruzar varias veces un rio muy caudaloso por el deshielo, cambiando continuamente de punto en busca del lugar más favorable para vadearlo. Aprendimos pronto que había que hacerlo muy temprano, cuando el caudal aún no había crecido con el calor del día. Aun así, cada cruce era una pequeña cruzada: alguien tenía que pasar primero para fijar una cuerda desde la otra orilla que ayudara a cruzar al resto con seguridad. Hubo resbalones, algún inevitable revolcón y momentos en los que el agua te arrastraba hasta que conseguías salir como podías. Quizá nuestra experiencia en barranquismo nos ayudó a manejarnos, pero nada evitaba la sensación brutal de frío al alcanzar la otra orilla, empapados y tiritando. Eran instantes duros, pero también extrañamente vivos; como si la montaña nos exigiera, desde el principio, demostrar que de verdad queríamos y merecíamos estar allí.

Incluso esos días, caminando hacia la montaña, celebramos el cambio de año. Luego llegaron las semanas de aprendizaje: montar campamentos, subir y bajar, aclimatar, escuchar al cuerpo en altura. Poco a poco fuimos ganando terreno, hasta instalar el campo dos a casi 6.000 metros. Nos sentíamos fuertes, preparados, y ya cerca.

Entonces la montaña habló.

Un feroz temporal nos obligó a detenernos en el campo base. Durante dos días, el viento y la nieve impusieron su ley. Otras expediciones, atrapadas más arriba, bajaban con historias duras: congelaciones, ceguera y miedo.

Aquel temporal no solo nos detuvo, también nos enseñó. La nevada fue tan intensa que, durante una noche, la nieve comenzó a cubrir las tiendas hasta sepultarlas por completo. Recuerdo despertarme con una extraña sensación, como si el aire faltara, como si respirar exigiera un esfuerzo que no entendía. Un silencio denso, absoluto, y por un instante tuve la angustiosa sacudida de estar bajo tierra. Al incorporarme, comprendí la realidad: estábamos literalmente enterrados bajo la nieve. Salir de la tienda y abrirse paso se convirtió en una necesidad urgente e instintiva. Aquella noche aprendimos una lección que no olvidé jamás: en la montaña, una tormenta de nieve no te permite dormir. Entendí desde entonces que, cuando nieva con fuerza, hay que mantenerse alerta, patear el techo, levantarse, limpiar la tienda una y otra vez, y vigilar.

Cuando el cielo abrió de nuevo, otras expediciones decidieron abandonar. La montaña se había vuelto peligrosa e imprevisible.

Nosotros no.

Quizá por terquedad, quizá por fe, juventud, inexperiencia, o por esa mezcla difícil de explicar que empuja a seguir cuando lo sensato es detenerse. Subimos hasta el campo dos para ver con nuestros propios ojos lo que nos decían. Y lo vimos: el glaciar estaba cargado, inestable.

Entonces surgió la idea. No atacar directamente el glaciar, sino buscar una línea alternativa por la roca que lo bordeaba. Desde abajo, aunque incierto, parecía posible. Y a veces lo incierto es lo único que queda.

La ascensión fue larga, fría y exigente. Corredores de nieve inclinados, pasos de roca, cuerdas, constantes decisiones. No había camino, lo íbamos inventando. Cada paso era una pregunta sin garantía de respuesta. Finalmente alcanzamos el cuello de botella, a 6.500 metros. La cima estaba cerca, casi al alcance.

Pero también lo estaba el peligro.

Habíamos visto avalanchas caer durante toda la mañana. La hora avanzaba. Y allí, a menos de 400 metros del objetivo, tomamos la decisión más difícil: renunciar. No fue una derrota, aunque lo parecía. Fue un acto de lucidez. Y visto más de treinta años después me reafirmo.

Descendimos por el glaciar, en línea recta, rápido, en silencio, agotados. Al llegar al campamento, unos americanos que estaban allí nos felicitaron. No entendíamos por qué. Luego nos explicaron: lo que habíamos hecho no era un simple intento fallido, sino la apertura de una nueva variante hacia la cumbre. Nadie había subido por donde nosotros lo hicimos.

Así, casi sin buscarlo, sin pretenderlo, dejamos una pequeña huella en aquella montaña: “la Variante Altoaragonesa” en su cara este, que ya reza desde entonces en las reseñas de ascensión a esa montaña.

Y entonces comprendí algo.

Que la vida rara vez te premia exactamente por aquello que persigues. Nosotros queríamos una cima, y obtuvimos otra cosa: un nuevo camino. Queríamos llegar arriba, y terminamos descubriendo hasta dónde sabíamos parar.

Las casualidades, dicen, no existen, y yo añado que son caprichosas. Pero quizá no lo sean tanto. Tal vez la casualidad no sea más que el nombre que damos a un resultado que no habíamos imaginado, pero que, pensado tantos años después, encajaba mejor con quienes estábamos destinados a ser, y con quien somos.

Porque, al final, no siempre se trata de conquistar una montaña, sino de entender cuándo es la montaña la que te define a ti.

 Proyección








 

sábado, 11 de abril de 2026

NUEVOS RECUERDOS EN VIEJAS FOTOGRAFIAS:

 


Esta semana, revisando viejas fotografías, me topé con una en particular. Es, desde hace años, una de mis favoritas. La tomé durante la expedición al Manaslu en el 1999, y cada vez que me encuentro con ella, siento que no es solo una imagen, sino una pequeña historia detenida en el tiempo.

Quizá por eso he decidido escribir y rescatar también el recuerdo que la acompaña. Creo que hace años ya lo había escrito, pero hay vivencias que piden ser contadas, como si al hacerlo volvieran a respirar de nuevo.

Aquella mañana salimos de Katmandú en un viejo helicóptero ruso, un MI-17 que parecía haber vivido tantas aventuras como nosotros estábamos a punto de comenzar.

Tras una hora de vuelo, aterrizamos en un claro a 3.000 metros, a las afueras de Sama Gaon: Una aldea formada por un puñado de casas suspendidas entre Nepal y Tíbet, a siete días caminando de la carretera más cercana.

Montamos el campamento y nos quedamos un par de días allí aclimatando. También aprovechamos para contratar los sherpas que nos ayudarían a cargar el material hasta el campo base de la montaña, mil metros más arriba.

Aquella tarde, cámara en mano, salí a caminar sin rumbo fijo. El paisaje siempre me invitaba a perderme en el: bosques cerrados, lenguas de hielo que descendían desde lo alto como si las montañas vomitaran nubes solidas por sus laderas. Todo tenía algo de irreal y de escenario detenido en el tiempo.

No llevaba mucho andando cuando, en una curva del sendero, escuché unos pasos. De frente aparecieron dos niños. Venían cargando dos enormes cestas de mimbre llenas de leña. Iban desgreñados, y las mejillas encendidas de frío y esfuerzo.

Nos miramos con esa mezcla de curiosidad y desconcierto que surge cuando dos mundos diferentes se cruzan sin previo aviso. Para ellos, yo era claramente el extraño. Lo vi en sus ojos, abiertos de par en par, recorriéndome de arriba abajo.

Sonreí.
—Hola… Namaste.

Ellos respondieron al unísono:
—Namaste.

Y, de pronto, algo cambió. Se deshizo la tensión. Supongo que comprobaron que, pese a todo, yo era “normal”. O algo parecido…

Aunque también lo fuimos, a veces olvidamos lo atentos que son los niños. Lo observan todo. No se les escapa nada. Son capaces de asombrarse por lo grande… y por lo mínimo. Quizá porque aún no han aprendido a dejar de mirar.

Les hice un gesto señalando mi cámara de fotos. Lo entendieron al instante. Uno dejó su cesta a un lado del camino, y el otro la apoyó en la vertiente del sendero aliviando el peso, y posaron con naturalidad. Sin artificios, sin poses aprendidas. Solo ellos, tal como eran.

Disparé la foto.

Después, sin más, se colocaron de nuevo la carga y siguieron su camino hacia la aldea. Se alejaban sonriendo, cuchicheando entre ellos, riendo por algo que nunca sabré.

Y ahí terminó todo. Un encuentro breve, casi insignificante.

Pero no lo fue.

Porque a veces ocurre justo eso: lo que parece enorme se diluye con el tiempo, y en cambio un pequeño instante, fugaz, se queda para siempre contigo. Como un guiño. Como esta fotografía. Como dos rostros, una cesta de leña… y la certeza de que la sencillez también puede ser inolvidable.

Han pasado ya 27 años desde aquel instante detenido en esta fotografía, y cada vez que vuelvo a mirarla no puedo evitar preguntarme qué habrá sido de aquellos dos niños. Qué caminos habrán seguido, qué vidas habrán construido, si seguirán caminando por esos mismos senderos o si, como todos, también fueron alejándose poco a poco de aquella sencillez. Hay algo profundamente misterioso en los fugaces cruces de la vida. Como compartes un instante con alguien y, sin saberlo, lo almacenas para siempre, mientras sus vidas continúan ajenas a tu recuerdo. Quizá nunca sepan que forman parte de la memoria de un desconocido occidental, que siguen existiendo en un rincón del tiempo a tantos kilómetros de distancia. Y, sin embargo, ahí están, eternamente niños, sosteniendo esa cesta de leña, recordándome que la vida no solo se mide por lo que vivimos, sino también por lo que apenas rozamos y nos deja huella.

sábado, 4 de abril de 2026

Flores para Antonio y más…

 


Hay historias que no sé si se repiten, pero riman de una manera inquietante. Como si la vida tuviera patrones invisibles para recordarnos que el dolor tiene una memoria colectiva.

Esta semana he visto el documental ganador de Goya “Flores para Antonio”.

Flores para Antonio es un documental en el que Alba Flores, su hija, reconstruye la figura de su padre, Antonio Flores, a través de recuerdos personales, archivos familiares y testimonios de quienes lo conocieron, en un intento íntimo y muy honesto de comprender no solo quién fue como artista, sino como padre y como un hombre marcado por el impacto que tuvo en él la muerte de su madre, Lola Flores, dejando en ella, su hija, preguntas abiertas, amor persistente y la necesidad de mirar hacia atrás para reconciliarse con su propia historia, que yo ahora le plagio en forma de escritura.

Al ver su documental, no he podido evitar sentir que no estaba solo ante la historia de otra persona, sino frente a un inesperado reflejo de la mía: mi padre también murió en circunstancias “similares”, con la misma edad, 33 años, y yo tenía casi la misma edad que Alba cuando todo ocurrió. Además, en aquel momento, mi abuela (su madre), aunque aún no había fallecido, estaba ya gravemente enferma de cáncer, con poca esperanza de vida, y esa situación (por lo que ahora sé gracias a mi tía) sumió igualmente a mi padre en una pena profunda que lo atravesaba todo.

Esas coincidencias se convirtieron mientras lo visionaba en una extraña forma de reconocimiento, como si al mirar su historia pudiera, por un instante, comprender un poco más la mía.

Por eso, para mí no ha sido solamente asistir al relato íntimo de Alba buscando a su padre entre recuerdos fragmentados. Para mí ha sido, en cierto modo, asomarme a un espejo que no sabía que seguía ahí tantos años después.

Y es que hay edades que aunque lejanas no se olvidan. Y los ocho años son una extraña frontera, porque no eres completamente ajeno al mundo, pero tampoco tienes las herramientas para comprenderlo. Una edad en la que uno empieza a intuir que los adultos no lo saben todo, y que también se rompen. Y cuando eso ocurre, cuando la figura de tu padre se resquebraja (ya sea por la muerte, por la tristeza o por un silencio que nunca llegan a explicarte), algo se disloca dentro de ti para siempre.

No importa si fue suicidio o pena, porque los dolores no necesitan nombre para ser verdaderos. La pena también mata, aunque no siempre deje una causa por escrito. Y lo que queda para quienes miramos desde abajo, desde la infancia, es una pregunta suspendida en el aire: ¿por qué? Aunque esa pregunta no busque una respuesta concreta. Creo que simplemente buscas, en realidad, un lugar donde depositar ese amor que ya no tienes a quién dirigir. Por mi parte, curiosamente, durante todas mis aventuras y expediciones, en los momentos más solitarios o inciertos, siempre sentía la presencia de mi padre de una forma difícil de explicar, como si caminara a mi lado en silencio. No era una imagen nítida ni un recuerdo concreto, sino una especie de compañía invisible, una intuición de que, de algún modo, seguía ahí, mirando a través de mis ojos, acompañándome a cada paso.

Quizás en ese constante avanzar, encontraba una forma de mantenerlo vivo, de seguir compartiendo con él una vida que no pudimos tener juntos.

Luego está la otra figura: la madre que permanece. La madre que no cae, o que cae pero se levanta antes de que tú lo notes. La madre que sostiene, organiza, alimenta y protege. La madre coraje. Pero también la madre que, quizá por miedo a hacerte daño, convierte su amor en silencio. Un amor que está, que es profundo, que es indiscutible, pero que no siempre encuentra salida en sus palabras, en gestos, o en abrazos que digan lo que sienten.

Y entonces creces con esa doble herencia: la intensidad del amor y la dificultad para expresarlo. Como si amar fuera algo que se sabe, pero no algo que se dice. Como si el dolor enseñara a contenerse, y a no abrir ciertas puertas.

Tal vez por eso, tantos años después, un documental como este puede removerme tanto y hacerme llorar. Porque no habla solo de otros; habla de uno mismo. De todo lo que quedó por decir. De todo lo que se entendió demasiado tarde. De una infancia que, sin saberlo, estaba aprendiendo a convivir con la ausencia.

Y sin embargo, como soy una persona más bien optimista, que le da siempre la vuelta a las vicisitudes amargas, encuentro algo luminoso en todo esto. Que si estuvo el amor, sigue estando. No desaparece. Solo cambia de forma. En ocasiones se convierte en memoria, otras en sensibilidad, otras en una forma distinta de mirar a los demás, con más cuidado, o con más conciencia de lo frágiles que somos.

Por eso, como Alba, escribir sobre esto, pensar sobre esto, es una forma de romper ese silencio heredado. De sacar hacia fuera el amor por mi padre. De decir, aunque sea tarde, aunque sea en voz baja: estaba ahí, lo sentí, y también mi padre sigue vivo en mí. ¡Gracias Alba!.



sábado, 28 de marzo de 2026

Tocando techo

 

Buuff!! Esta reflexión escrita, me nace tras un par de semanas especialmente intensas, en las que han fallecido las madres de dos amigos muy cercanos. Y ese tema inevitablemente me remueve… Cada vez tengo más la sensación de como si algo se fuera apartando sigilosamente bajo nuestros pies. Y veo claramente que llegar a los cincuenta y tantos no es solo sumar años, es también comenzar a notar cómo el mundo a tu alrededor  se reorganiza. Por lo general, vivimos durante décadas bajo una especie de techo invisible, sostenido por las generaciones que estaban aquí antes que nosotros: Padres, tíos, vecinos, “los padres de nuestros amigos”… Unas figuras que nos parecen inmutables y permanentes en el paisaje de nuestra vida. Pero un día, sin darnos ni cuenta, ese paisaje empieza a vaciarse.

Primero se va uno, luego otro. Al principio es excepcional y casi incomprensible (como mi madre). Pero después se vuelve frecuente. Y finalmente, inevitable. Y nuestras conversaciones se modifican: Dejamos de hablar únicamente de proyectos e ilusiones, y comenzamos también a hacerlo de ausencias. De nombres que ya se pronuncian en pasado. Y lo que más me desconcierta, al menos a mí, no es solo la pérdida, sino la sensación de que, mientras nosotros empezamos a habitar esa especie de nuevo territorio de los que recuerdan, el mundo sigue como si nada. Hay algo profundamente punzante en ese entender que ya no hay tantas personas “por encima” de nosotros. Y que todos aquellos a quienes mirábamos buscando guía, aprobación e incluso referencia, ya no están o les queda poco para irse. Y como poco a poco, sin que nadie nos lo notifique, nos convertimos en el techo. En la generación que sostiene.

Y ese techo no nos parece tan firme como parecía el de nuestros padres. Yo lo siento más consciente, más frágil. Sabemos lo que hay debajo porque lo estamos viviendo, y sabemos lo que hay delante porque empezamos a intuirlo. Habitamos en una especie de frontera en la que somos a la vez, presente y memoria. Y siento que aparece una nueva forma de responsabilidad. La de cuidar a los que vienen detrás, y además, la de conservar en la memoria todo lo que se va perdiendo. Historias, gestos, y maneras de entender la vida que ya no se presentan así, pero que de alguna manera siguen latiendo en nosotros. Nos convertimos poco a poco en ese archivo viviente de un tiempo que ya no existe. Y, sin embargo, también siento cierta belleza en todo esto. Porque al desaparecer ese “techo” anterior, el cielo se abre más amplio, y más incierto, sí, pero también más propio. Ya no vivimos a la sombra de otros, sino a la intemperie de nosotros mismos. Cumplir muchos años es, en el fondo, aceptar que la vida ya no es solo promesas, es también legado. Que lo importante no es cuánto nos queda, sino lo qué hacemos con lo que hemos visto y vivido, con lo que hemos heredado y con lo que inevitablemente tendremos que dejar cuando partamos.

Y en ese tránsito silencioso entre la pérdida y la continuidad, pienso que no somos el final de nada, sino un puente entre lo que fue y lo que será. Y aunque a veces duela, que duele; aunque a veces pese, que pesa… también es, de alguna forma, un privilegio.

Hoy, mientras despedíamos a la madre de uno de mis mejores amigos, todo esto se me ha hecho más evidente. Era como si, por un momento, el tiempo se plegara sobre sí mismo. En ese adiós no solo estaba ella, sino también todos los que ya no están. Asomaba mi pasado entero en silencio, en rostros, en recuerdos, en gestos que creía olvidados. Sentía ese vacío que deja lo que se va con claridad… pero también algo más. Que al mismo tiempo, allí estábamos nosotros. Los que quedamos. Los que seguimos caminando. Y de alguna manera, he entendido que no estamos aquí solo por nosotros, sino gracias a todos ellos. A cada historia compartida, a cada cuidado recibido, o a cada huella invisible que nos ha ido construyendo.

Y entonces he pensado que quizá “alcanzar el techo” no es solo asumir peso o responsabilidad… sino también reconocer eso, que somos continuidad. Que sostenemos, sí, pero porque antes nos sostuvieron ellos y ellas. Y en ese extraño equilibrio entre la despedida y la vida que sigue, he comprendido que no estamos más solos… estamos más llenos.



sábado, 21 de marzo de 2026

El día del Padre



Para mí ser padre es una forma de reconciliar mi pasado con mi presente. En cierto modo, una silenciosa conversación entre el niño que fui y el hombre que intento llegar a ser.

Crecí con la sombra de una ausencia demasiado temprana. A los ocho años, la figura de mi padre ya se convirtió en recuerdo, una pregunta silenciada y sin respuesta, en un hueco imposible de llenar. Y su partida dejó silencio y la implícita responsabilidad de aprender a ser sin modelo, y construir mi identidad sin espejo. Y si, en medio de todo eso, estuvo ella. Mi madre que no fue solo madre; fue resistencia, refugio y dirección. Una mujer que para nada eligió la dureza de su destino, pero sí la forma de plantarse y enfrentarlo.

De ella aprendí que el amor no siempre es dulce, lleno de besos y abrazos, y que a veces se muestra como esfuerzo, sacrificio, o una firmeza que resiste cuando todo lo demás se derrumba. Su coraje no era heroico ni grandilocuente; era diario, reiterado, y silencioso. Y precisamente por eso era inmenso.
Así que para mí, ser padre hoy es mirarme en ese pasado y preguntarme qué heredo de él y en qué lo transformo. No tengo el recuerdo de un padre que me enseñara cómo serlo, pero sí tengo la memoria viva de lo que significó no tenerlo.

Y curiosamente, esa ausencia me ha enseñado presencia. Me ha enseñado que estar no es solo ocupar un espacio físico, sino dar tiempo, escucha, y tener paciencia. Y que estar es elegir cada día.
También soporto el miedo: el miedo a no saber, a equivocarme, o a repetir vacíos. Aunque en ese miedo hay algo muy fuerte: la voluntad de construir. Porque ser padre, para mí, no es reproducir lo que yo viví, sino darle un significado. Tomar la herida y convertirla en cuidado, tomar la falta y convertirla en unión.
A veces pienso que mi forma de amar a mi hija está hecha de dos grandes fuerzas: Una ausencia que me marcó, y la presencia que me salvó. Y entre ambos, construyo mi manera.
Y así, en cada gesto diario, en cada palabra que  digo o callo, en cada abrazo, voy respondiendo a una pregunta que me acompaña desde que era niño: Lo qué significa ser padre cuando uno tuvo que aprender primero a ser hijo en medio de una pérdida.
Quizá la respuesta no está en hacerlo perfecto, sino en ser consecuente. En entender que ser padre no es llenar todos los vacíos, sino evitar, en la medida de lo posible, dejar nuevos. 

Hoy para mí, el día del padre no es solo una fecha en el calendario. Es el recuerdo de aquel padre que nos dejó pronto, la vivencia de ser yo (junto a su madre) quien ahora sostiene la mano de mi hija, y el aniversario de la partida de mi madre, quien decidió marcharse precisamente un día del padre. Siempre he sentido que aquel último gesto suyo no fue casual, sino su acto final de cuidado: ella, que conocía mis olvidos y despistes, eligió marcar su ausencia el mismo día que se celebra la paternidad para asegurarse de que nunca, ni en el mayor de mis despistes, me faltara su recuerdo. De esta manera, mi pasado y mi presente se abrazan ese día en una perfecta contradicción: mientras celebro el padre que intento ser para mi hija, honro a la madre que fue todo para mí. La vida, en su extraña sabiduría, ha convertido esta fecha del día del padre en una eterna cita donde la ausencia de uno y el sacrificio de la otra me recuerda, año tras año, la urgencia de estar presente.




sábado, 14 de marzo de 2026

Seamos unos Simples

 


Ayer leí unas declaraciones de Ethan Hawke (El club de los poetas muertos) que me dejaron pensando. Decía algo así como que unas vacaciones carísimas con sus hijos no son necesariamente mejores que unas vacaciones normales con ellos. Y que el amor funciona un poco igual: puedes gastarte una fortuna en un fin de semana romántico, pero quizá no sea tan especial como quedarte atrapado durante una tormenta de nieve en el coche, escuchando un buen disco, mirar a tu pareja a los ojos y pensar mientras la abrazas lo preciosa que está en ese momento. Y que eso, en el fondo, no se puede comparar.

Claro, lo primero que pensé, es que para alguien que probablemente es millonario resulta bastante fácil hacer este tipo de reflexiones.

Cuando sabes que puedes permitirte casi cualquier cosa, es más sencillo relativizar el valor de lo caro o lo espectacular. Pero aun así, creo que no le faltaba razón. Si repaso mi propia vida y rescato los instantes que más feliz me han hecho, casi ninguno tiene que ver con grandes lujos ni planes enormes. Más bien al contrario: suelen ser momentos sencillos, improvisados, y casi accidentales.

Y es que muchas veces confundimos lo extraordinario con lo caro, o lo espectacular con lo importante. Como si la intensidad de los momentos dependiera del presupuesto. La mayoría de las veces lo que realmente se queda en nuestra memoria es aquello que ocurre en situaciones simples e inesperadas. Momentos que no estaban diseñados para ser especiales y sin embargo lo son.

Vivimos en un mundo en el que todos mostramos en las redes sociales lo felices que somos, los lugares increíbles a los que viajamos, o los restaurantes espectaculares en los que comemos. Todo parece diseñado para ser fotografiado y compartido inmediatamente. Pero creo, bueno sé, que los momentos de verdad más felices no caben en una foto. Son demasiado pequeños, demasiado íntimos, demasiado inesperados, y ocurren cuando nadie está pensando en sacar el móvil. Y precisamente por eso son tan valiosos.

Durante la pandemia nos repetíamos: “de esto vamos a salir mejores”. Lo gritábamos como una promesa colectiva. Íbamos a valorar más el tiempo, a las personas, lo corriente. Íbamos a valorar lo que importaba de verdad… Con el tiempo, se nos ha ido olvidando un poco.

Yo, cuando pienso en esos días, recuerdo como con mi hija viví algunos de los momentos más íntimos y bonitos que hemos tenido juntos. Y no tenían nada de extraordinario en el sentido clásico. No eran viajes lejanos ni planes caros. Eran en casa grabando vídeos de “actividades deportivas” en el salón. Aventuras improvisadas y juegos absurdos que acababan en interminables risas.

Cuando vuelves a ese tipo de recuerdos, te das cuenta de que estaban llenos de algo que no se puede comprar con dinero.

Muchos de esos momentos fueron más intensos, y más reales, que algunos planes supuestamente increíbles que cuestan mucho dinero y dejan mejores fotos pero menos huella. Quizá porque lo que hace especiales las cosas no es el escenario, sino la conexión, la atención y el tiempo compartido de verdad.

Al final, lo extraordinario, cuando lo miras con los ojos adecuados, se parece mucho a lo ordinario…. Me viene a la cabeza un recuerdo de cuando yo era niño. Si hacía alguna tontería que le hacía gracia a mi abuela, se reía y decía: “Qué simple eres… eres un simple”. Y lo decía con una mezcla de ternura y risa, celebrando la ingenuidad de un niño. Ahora me dan ganas de reivindicarlo. Ojalá fuéramos como decía mi abuela un poco más simples. No en el sentido de superficiales, sino en el de no complicar tanto todo. De saber disfrutar más de lo que tenemos delante, sin tantos barnices, sin tantas expectativas, y sin tanto ruido.

Y sí, también es verdad que resulta más fácil decir todo esto si eres millonario y sabes que puedes permitirte cualquier opción. Pero quizá precisamente por eso tiene algo interesante: Que incluso alguien que ha tenido acceso a todo, termina recordando lo mismo que recordamos los demás. Vivamos con trascendencia lo simple. 

Es mi opinión.




sábado, 7 de marzo de 2026

“Des-evolucionar”

 


Siempre mientras corro, el movimiento repetitivo parece vaciarlo todo, y en ese vacío comienzan a surgir preguntas en mi cabeza; esta vez sobre el mundo, sobre sus tensiones, sus conflictos… y sobre su profundo dolor.

Pensé en las contiendas que atraviesan lugares como Ucrania, en Gaza, en tantas regiones donde la violencia y el miedo se entrelazan, pero también en lo que está ocurriendo ahora mismo en Irán, donde esa guerra de gran escala ha estallado en los últimos días, con ataques aéreos, represalias con misiles y drones, civiles muertos y heridos, y consecuencias que ya resuenan en las economías y en las rutas del comercio mundial.

Y es que, en tiempos de guerra, la tentación de dividir el mundo entre buenos y malos suele simplificar una realidad mucho más compleja.

Es evidente que el régimen iraní es objeto de críticas internacionales (a las que me uno) por sus políticas y graves vulneraciones de derechos humanos, especialmente hacia las mujeres y las libertades civiles. Sin embargo, pienso que reconocer esas injusticias no debería llevarnos a aceptar que la violencia es la respuesta legítima. Cuando las bombas sustituyen al diálogo, quienes pagan el precio no son los dirigentes ni los sistemas políticos que ordenan lanzarlas, sino la población civil. La historia siempre nos recuerda que imponer valores a través de la fuerza rara vez genera libertad; más bien abre nuevas heridas que tardan generaciones en cerrarse. Si se cierran…

Y me pregunté… (Una vez mas)… ¿es la guerra una anomalía de lo humano, o es su inevitable consecuencia?

Me resulta difícil no advertir esa inquietante paradoja de que muchas de las decisiones que arrastran a pueblos enteros hacia estos conflictos nacen en la mente de hombres muy ancianos que han acumulado décadas de poder, distancia e imaginarias certezas. Que desde esa altura del tiempo, quizá los riesgos se vuelven abstractos, y las consecuencias se dejan a generaciones que aún tienen toda la vida por delante. No puedo ni imaginar qué pensamientos habitan en esas conciencias acostumbradas a decidir por millones de personas, pero sí puedo preguntarme cómo es posible que destinos de millones de jóvenes queden en manos de esas miradas tan cansadas. Me gustaría creer que cada generación tiene la oportunidad y la responsabilidad de cuestionar esas inercias y de imaginar formas más conscientes y humanas de convivir.

Resulta curioso que nos autodenominemos la “raza inteligente” del planeta.

Somos capaces de descifrar el genoma, enviar sondas más allá del sistema solar y construir redes que conectan a millones de personas en segundos, y, sin embargo, seguimos resolviendo nuestras diferencias como lo hacían nuestros primitivos antepasados: destruyendo, atacando y demostrando poder. A ver quien la tiene más grande… Tal vez la verdadera ironía de nuestra inteligencia sea que, teniendo la capacidad de comprendernos y cooperar, seguimos encontrando nuevas formas de enfrentarnos.

A veces parece que el mayor misterio no es el universo, sino por qué una especie tan sabia sigue comportándose con tan poca sabiduría.

En ocasiones me pregunto (como muchos) que, si de verdad existen civilizaciones extraterrestres observándonos desde algún rincón del universo, qué pensarán al vernos. Quizá esperaban encontrar a la famosa “especie inteligente” del planeta Tierra y, por el contrario, se topan con una civilización que discute, compite y se destruye con una sorprendente constancia. Tal vez nos estudien con la misma curiosidad con la que nosotros observamos a los animales: preguntándose cómo una especie capaz de tanto conocimiento puede, al mismo tiempo, mostrar tan poco seso. O seguramente hayan decidido mantener las distancias, esperando el día en que o bien nos autodestruyamos y todo para ellos, o bien nuestra inteligencia esté a la altura de nuestro potencial.

Si no hubiéramos evolucionado hasta convertirnos en seres conscientes, capaces de proyectarnos en el tiempo y construir estructuras complejas e imaginarias (naciones, fronteras, religiones, o ideologías) ¿cómo sería este planeta?

Si fuéramos simples animales incluidos en ese espontáneo equilibrio de la naturaleza, sin la necesidad de poseer, dominar o argumentar nuestras acciones con discursos y justificaciones.

Me imaginé una hipótesis sencilla y casi absurda: ¿qué ocurriría si todos fuéramos perros, o gatos, o monos, o incluso abejas? El mundo seguiría teniendo conflictos (un territorio defendido, un alimento disputado, una colmena amenazada), pero esos conflictos durarían lo que dura el instante de necesidad. Ningún perro declararía una guerra eterna a otro por algo que ocurrió hace generaciones, ningún gato construiría una narrativa histórica sobre la humillación de su especie, ningún mono movilizaría ejércitos por una frontera imaginaria, y ninguna abeja transformaría una antigua herida en una ideología. Lo necesario para sobrevivir y nada más.

En la naturaleza hay violencia, sí. Pero no hay ideología. Ni memoria organizada que transforme una herida en identidad, ni rencor acumulado en relatos transmitidos de generación en generación. Mientras un animal lucha por sobrevivir, y el ser humano también, el ser humano además, puede morir por una idea o un concepto que solo existe en su mente.

La evolución nos permitió crear lenguaje, arte, tecnología… pero también armas y guerras a escala mundial, alianzas estratégicas, intereses ocultos, y mercados que se mueven en función del miedo o de la posibilidad de ganancia.

Hoy, siglo veintiuno, la violencia es global; y decisiones tomadas en capitales lejanas repercuten en la vida de familias en otras latitudes, y una guerra en el Medio Oriente puede hacer que el precio del petróleo suba, que rutas comerciales se detengan y que los mercados financieros se desplomen con todas sus consecuencias.

Mientras corría, pensaba que tal vez el problema no es que seamos animales conscientes, sino que somos animales que hemos aprendido a pensar no solo en el presente, sino también en pasado (no olvidando) y futuro. Sabemos que morimos. Sabemos que nuestro tiempo es limitado. ¿Quizás en ese vértigo, intentamos trascender acumulando poder, territorio o que la historia hable de nosotros, como si conquistar el exterior pudiera calmar nuestra fragilidad interior?

Si fuéramos simples animales, no habría guerras mundiales, no habría alianzas estratégicas ni confrontaciones dirigidas por cálculos geopolíticos. Pero… tampoco habría preguntas sobre el sentido, ni la ética, ni la conciencia del otro. El conflicto no sería un drama global transmitido en tiempo real, sino un instante de supervivencia.

Tal vez la verdadera tragedia de la evolución no sea haber creado herramientas para destruir, sino, con lo que somos capaces de imaginar, no haber aprendido todavía a convivir.

Mientras mi cuerpo corría, mi mente entendía algo incómodo: Que no podemos volver atrás. Que no podemos “des-evolucionar”. Que la única posibilidad no es ser menos humanos, sino serlo de otra manera. Porque espero que esa consciencia que nos permite soñar con la paz también nos de la capacidad de imaginarla, desearla y construirla.

Quizá, si fuéramos simples animales, viviríamos sin esta inquietud. Nos bastaría el instinto y esa repetición de ciclos naturales, sin la carga de preguntarnos quiénes somos ni hacia dónde vamos. Pero para bien o para mal, los seres humanos, estamos dotados de conciencia, y hemos aprendido también a equivocarnos: construimos razones para dominar, levantamos muros donde podríamos tender puentes y a menudo olvidamos que formamos parte de aquello mismo que pretendemos someter. Quiero pensar que, en esa misma conciencia que nos pierde también vive nuestra posibilidad de redención. Porque si somos capaces de reconocer nuestras propias sombras, también lo somos de elegir otra dirección, de corregir el rumbo y recordar, una y otra vez, que pensar no solo nos separa del mundo, sino que también puede devolvernos a él. Ojala…

Es mi opinión.



sábado, 28 de febrero de 2026

SALVADOR

 


El pasado fin de semana vi la serie “Salvador” de Netflix protagonizada por Luis Tosar. Y aunque no salí deslumbrado por su guion ni su lenguaje visual, toca temas tan actuales y tan incómodamente presentes, que tras verla me resultó difícil permanecer indiferente. Más allá de su valor artístico, funcionó como detonante. Y a veces eso es suficiente.

La serie me dejó una inquietud difícil de sofocar. No es solo una historia concreta; es un retrato que te devuelve preguntas sobre el presente crecimiento de la ultraderecha. Sobre el miedo convertido en ideología. Sobre la facilidad con la que ese discurso del “nosotros contra ellos” va poco a poco ganando terreno.

Al terminarla salí a correr. Y como siempre, el movimiento de mi cuerpo parece ordenar lo que mi mente agita. Pensé en la historia de la humanidad como una larga marcha. Siempre en tránsito. Siempre desplazándonos. Migrando por hambre, frio, por guerra, por curiosidad, o por esperanza. Desde los primeros grupos humanos que salieron de África y comenzaron a poblar el planeta, hasta los exilios del siglo XX, nuestra especie casi nunca ha sido estática. Durante milenios caminamos, atravesamos continentes, nos entremezclamos y nos adaptamos. Y más tarde, esos mismos territorios comenzaron a defenderse o conquistarse en nombre de reyes, caudillos, imperios o religiones, y lo que era necesidad y movimiento terminó convirtiéndose en fronteras y banderas, en posesión y disputa.

Y comenzamos a aferrarnos a la idea de pertenencia como si la tierra fuera propiedad moral de quien la pisa primero o grita más fuerte. Territorialidad. Una antigua pulsión que compartimos con otros animales, pero que nosotros revestimos de banderas, himnos e inflamados discursos, convirtiendo la identidad en trincheras.

Pero también la historia, nos ha dejado dolorosas lecciones sobre lo que ocurre cuando esa territorialidad y ese poder se sostienen en el racismo y el clasismo. Vemos que cuando líderes han dividido a la humanidad entre superiores e inferiores, gobernando desde el miedo y la exclusión, las consecuencias han sido guerras, persecuciones y masacres que aún resuenan en nuestra memoria colectiva. Y aunque el tiempo avance, vemos que no aprendemos nada, y como estas dinámicas no desaparecen del todo: que hoy seguimos viendo cómo discursos y políticas señaladas como discriminatorias despiertan profundas controversias éticas sobre dignidad, derechos y humanidad. El crecimiento de movimientos de ultraderecha en distintas partes del mundo nos recuerda que el miedo y la incertidumbre pueden ser terreno fértil para estas narrativas que simplifican la realidad y en lugar de soluciones buscan culpables. Y no escribo esto desde la confrontación, sino desde esa conciencia histórica de recordar que el poder sin empatía puede deshumanizar, y que cada generación tiene la responsabilidad de elegir el camino más justo, más humano y más consciente.

Luego, aún mientras corría, me dio por pensar en algo más cercano. En nuestros abuelos. En cómo tantos emigraron buscando una vida mejor. En cómo durante mi infancia la gente del pueblo se iba a vendimiar a Francia, cruzando la frontera con la misma mezcla de necesidad y esperanza que hoy empuja a otros a cruzar mares. Y como entonces, al menos aquí, nadie cuestionaba su dignidad por moverse. Nadie les llamaba invasores. O sí… Pero eran trabajadores. Eran padres y madres intentando sostener una casa.

Y es que, si nos remontáramos unas generaciones atrás, probablemente descubriríamos que casi ninguno pertenecemos “de origen” al lugar que hoy defendemos como propio. Las ciudades son capas superpuestas de conquistas y migraciones, nuestros apellidos mapas de desplazamientos, y la sangre memoria mezclada.

Entonces, ¿De dónde nace ese odio a lo diferente? ¿Tal vez del miedo? ¿Miedo a perder lo poco que se tiene? ¿Miedo a diluirse?

La ultraderecha prospera en ese miedo, lo simplifica y lo redirige: ofrece culpables fáciles a problemas complejos, o convierte la inseguridad en rabia organizada.

Pero el correr también me derivó a pensar en otra cosa: (Que cabeza la mía) Que el cuerpo humano, cuando late, no distingue nacionalidades ni razas. Que el esfuerzo y el cansancio son universales, y el deseo de descanso, de hogar, y de seguridad, también lo son. Que en el fondo, todos queremos lo mismo que querían nuestros abuelos cuando cruzaban la frontera para vendimiar: vivir en paz y con dignidad.  Así que quizá la verdadera reflexión de todo esto no sea solo política, sino profundamente humana. Si aceptáramos que la emigración es parte de nuestra historia, o que el mestizaje es una norma y no una excepción, tal vez perdería fuerza esa obsesión por la pureza y la exclusión. Tal vez entenderíamos que nadie “invade” a nadie en un planeta que todos compartimos y en el que estamos de paso.

Mientras corría, sentía que la historia no es una línea recta de progreso, sino un péndulo que alterna entre apertura o cierre, hospitalidad o rechazo. La pregunta es hacia qué lado queremos empujarlo. Porque si algo nos ha enseñado la memoria personal y colectiva, la historia, es que hoy podemos ser quienes temen, pero ayer fuimos quienes partieron. Y quizá, en algún momento del futuro, volvamos a serlo.

Y entonces, en mi cabeza la pregunta se volvió aún más incómoda: ¿Estamos condenados a repetir la historia una y otra vez?... ¿Es una condena grabada en piedra, o más bien una disposición inscrita en nuestra fragilidad de humanos?, Está claro que olvidamos el dolor cuando deja de doler en carne propia, y convertimos la memoria en un cuento lejano y ese cuento en una advertencia que creemos superada. Como advirtió (No sé quién), quienes no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo. Creo que la historia no se repite porque el tiempo sea circular, sino porque el miedo, el poder y la necesidad de pertenecer siguen habitando en nuestro corazón humano. Y quiero creer que no estamos destinados a tropezar fatalmente siempre con la misma piedra; que solo estamos, más bien, permanentemente tentados a hacerlo. Y que cada generación, incluida la nuestra, decide si convierte esa tentación en un destino o si, por fin, aprende a hacerlo de otra manera. Ojalá tengamos la lucidez y la valentía suficientes para aprender de todo esto y, en lugar de repetir la historia, atrevernos “por fin” a pararlo en paz y darle la vuelta.

Es mi opinión.



domingo, 22 de febrero de 2026

IGUALDAD

 


Crecí en una época en la que la desigualdad era una realidad cotidiana.

Se notaba en las oportunidades, en la educación, o en el diferente trato según el origen o el género. En los años 70 y 80, cuando yo era niño, esa desigualdad era profundamente visible en las costumbres: quién hablaba más alto en una mesa, quién tomaba las decisiones importantes o que expectativas se depositaban sobre niños y niñas. Había silenciosas barreras, o techos que nadie señalaba pero que todos intuíamos. La mayoría de las mujeres tenían que esforzarse el doble para que se les reconociera la mitad, y muchos hombres crecimos sin cuestionar privilegios que nos parecían naturales en un mundo donde la desigualdad estaba normalizada. Tiempos donde, en muchos hogares, el acceso de la mujer al mercado laboral aún se veía como un "complemento" al sueldo del hombre y no como un derecho. Y en ese ecosistema de prejuicios “heredados”, igualdad era una palabra que si escuché desde niño, pero que no entendí de verdad hasta mucho después.

Durante generaciones, muchos hombres crecimos dentro de ese modelo que nos otorgaba “privilegios”: mayor autoridad social, menos cuestionamiento, o más libertad para equivocarnos sin que eso definiera nuestro valor. Y no siempre fue una herencia consciente ni malintencionada, pero sí estaba profundamente arraigada. En general se nos educaba para ocupar espacio, para no mostrar vulnerabilidad, y para asumir que liderar era nuestro lugar natural.

Por suerte… por circunstancias que no vienen al caso, a mis hermanos y  a mí, nos crio una madre que fue madre y padre al mismo tiempo. Ella condujo en los años 70, trabajó, decidió, sostuvo y sobre todo protegió. Y en una sociedad donde muchas veces no se reconocía plenamente la fuerza de una mujer sola, mi madre encarnó para mí la prueba viviente de que la capacidad no dependía del género. Sin ningún discurso grandilocuente, nos enseñó que la dignidad no era negociable y que el respeto no tenía condiciones.

Así que con ese mensaje tatuado en mi conciencia, con el tiempo entendí que quizá no basta con hablar de igualdad, sino también de equilibrio. Que no todos tenemos las mismas condiciones de partida, y pretender que sí es una sutil forma de injusticia. Pues creo que la igualdad real no consiste en tratar a todos exactamente igual, sino en garantizar que cada persona tenga las herramientas necesarias para desarrollarse plenamente.

Y socialmente, ahí es donde los políticos deberían tener un papel fundamental que se diluye en narcisismos y reyertas: en asegurar la educación, salud, oportunidades y protección sin distinciones.

Porque también hemos visto cómo la igualdad, en ocasiones, se convierte en una bandera política mal entendida. Como se utiliza como consigna, como eslogan o arma arrojadiza entre ideologías o sexos. Como se simplifica hasta el punto de reducirla a cifras o enfrentamientos, olvidando que la igualdad debería unirnos y no dividirnos.

En esa dinámica, incluso la violencia de género (que es una realidad grave que exige protección y justicia) puede verse arrastrada al terreno de la confrontación partidista, utilizada para polarizar discursos en lugar de buscar soluciones serenas y eficaces.

Creo que cuando cualquier dolor se instrumentaliza políticamente, se traiciona su propósito, y se convierte cualquier debate en una trinchera. Todos los extremismos, vengan de donde vengan, terminan alejándose del respeto que dicen defender.

La igualdad no puede ser el patrimonio de ningún partido ni apropiarse como etiqueta moral exclusiva, debe ser un principio ético que trascienda los colores…

Y … ahí empieza la responsabilidad individual. Porque, (y ahora hablo como hombre), solo cuando entendemos los privilegios que hemos recibido sin pedirlos, podemos decidir no perpetuarlos y educar de otra manera: desde la corresponsabilidad, el respeto y la igualdad real.

Hoy soy padre de una niña. Y si algo tengo claro es que la igualdad no puede ser solo un tema de debate público, y debe ser una convicción privada, cotidiana, y muy coherente. Desde pequeña le he transmitido que nadie es más que ella y que ella no es más que nadie. Que su voz vale lo mismo. Que sus sueños no tienen límites impuestos por ningún estereotipo. Que el respeto no depende de a quién se ame, de dónde se venga o en qué se crea.

Evidentemente yo no puedo cambiar las desigualdades del mundo, pero sí puedo educar desde mi conciencia. Porque crecí viendo la desigualdad, pero también viendo la fortaleza de una mujer que no aceptó los límites que le imponían. Y hoy, como padre, tengo la responsabilidad (y el privilegio) de sembrar en mi hija una idea clara: la igualdad no es una concesión, ni una ideal político, es un derecho. Y empieza en nuestra casa.

Es mi opinión.




sábado, 14 de febrero de 2026

Bad Bunny y la Super Bowl

 

Nunca imaginé que un mini concierto en la televisión pudiera obligarme a replantear mis propias convicciones.

Hace poquitos años, el nombre de Bad Bunny llegó a mí de manera casi anecdótica, filtrado por los altavoces de mi coche cuando mi hija Nayra lo ponía camino a cualquier sitio. Yo, desde mi cómoda atalaya de adulto erudito, convencido de saber lo que es “buena música”, me permitía bromear, imitarlo y sentenciar (con ligereza) que eso no era cantar. Me hacía gracia, y quizá, en el fondo, incluso me tranquilizaba pensar que había cosas que no entendía simplemente porque no valían la pena.

Y entonces, de repente, vi su actuación en la Super Bowl americana. Un impacto cultural, artístico y emocional que trascendía la música. Al ver su espectáculo, al observar la reacción de millones de personas, sentí la incomodidad de quien empieza a sospechar que ha estado mirando solamente la portada. Por vez primera, me llevó a interesarme de verdad por quién era ese tipo, de dónde venía, qué había detrás de ese personaje al que yo había reducido a caricatura. Y ahí descubrí algo significativo: detrás había una enorme historia de pasión, motivación, trabajo, y sobre todo, una profunda convicción personal y compromiso social. Entonces comprendí algo incómodo pero necesario: que yo estaba equivocado. No porque de repente me pareciera un gran cantante en el sentido clásico de la palabra, sino porque entendí que estaba juzgando con antiguas reglas algo que jugaba en terreno nuevo. Como cuando uno se planta delante de un cuadro abstracto y piensa que no dice nada, hasta que se da cuenta de que no todo está hecho para ser entendido, sino para ser sentido.

El arte no siempre entra por la razón; a veces entra por sitios más profundos, más emocionales, y más difíciles de explicar.

Pero si algo terminó de desarmarme fue el mensaje de la actuación. Un mensaje sorprendente por lo medido, lo valiente y por lo profundamente motivador que me emocionó y me hizo sentir orgulloso. En el país que muchos consideran más racista del mundo, tuvo el coraje de alzar la voz en castellano contra el racismo, de hablar de unión y de recordar que América no es solo un país, sino un continente, diverso y mestizo. Lanzó un mensaje sencillo y poderoso a la vez: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Sin estridencias, sin provocaciones gratuitas, y con una claridad que solo tienen quienes creen de verdad en lo que dicen.

Lo que vi en el evento de Bad Bunny no fue simplemente un espectáculo, sino una experiencia colectiva que rozaba algo histórico. Sentí que estaba frente a uno de esos instantes en los que la música deja de ser entretenimiento y se convierte en conciencia colectiva. Entendí que hay ciertos artistas no solo llenan estadios: abren grietas en la indiferencia, nombran lo que muchos sienten pero no saben expresar y nos hacen creer que la cultura puede ser un acto de libertad.

Bad Bunny quizá no sea un virtuoso de la voz, pero si ahora me parece un enorme artista. Y sobre todo, valiente. Valiente por mostrarse tal y como es, por romper moldes, por incomodar, por no pedir permiso y por conectar con unas generaciones que encuentran en él un espejo y su voz. El arte no siempre busca agradar ni encajar; a veces solo pretende existir con autenticidad. Y en ese existir, en ese atreverse, hay una poderosa verdad.

Y no, no es que mi opinión sobre el reguetón o el trap hayan cambiado de repente; sigue sin gustarme.  Pero me ha “mostlado” que incluso en un género que siempre me había echado para atrás puedo encontrar matices, verdad y en algún momento conexión.

Reconocer todo esto no me hace perder razón, sino ganar perspectiva. Y de paso, agradecerle a Nayra que, sin saberlo, me ha enseñado que escuchar (de verdad) también es una forma de crecer. Y quizá por eso, la próxima vez que vea a mi hija escuchando su música, o cualquier otra que yo no entienda, que no reconozca o que no encaje en mis esquemas, ya no me ría ni prejuzgue con ligereza. Tal vez esta vez me detenga, calle y escuche. No solo la música, sino lo que hay detrás: lo que le transmite, lo que la mueve, o lo que la representa. Porque he aprendido que no todo el arte está hecho para gustarme, pero sí para enseñarme algo. Y que, a veces, escuchar sin prejuicios es también una forma silenciosa de amar. Y… lo único más poderoso que el odio es el amol. 

Es mi opinión.