sábado, 30 de mayo de 2026

LOS OSCUROS DEL BALCES 2026

 

Soy consciente de que, cuando escribo sobre los cañones de la Sierra de Guara, a menudo me repito. Vuelvo una y otra vez a lo mismo: las mismas emociones y a las mismas palabras. Hablo del silencio, la roca, el agua, el paso del tiempo y la pequeña dimensión del ser humano frente a la naturaleza. Posiblemente alguien podría pensar: “Este siempre con la misma historia”. Y probablemente tenga razón. Pero es que hay experiencias tan profundas que nunca terminan de expresarse del todo. Cada barranco, cada vez, me devuelven la misma sensación de asombro. Así que, sí, me repito un poco. Pero después de tantos años descendiendo estos cañones, he aprendido que algunas realidades merecen ser contadas una y otra vez, porque siguen siendo tan ciertas y tan hermosas como la primera vez que las sentí.

Hoy los Oscuros del Balces. Llevo más de cuarenta años descendiendo los oscuros. Cuatro décadas entrando una y otra vez en ese universo de piedra, agua y sombra que, sin embargo, nunca ha deja de sorprenderme. Hay lugares que se visitan y lugares que terminan habitándonos a nosotros...

Todavía recuerdo la primera vez que crucé el umbral de los oscuros. Era joven y creía que la montaña se conquistaba. Al entrar entre aquellas paredes verticales, tan altas que parecían cerrar el cielo, sentí algo que no supe calificar. No era miedo, había respeto. No era solamente admiración, aunque me dejó sin palabras. Era la sensación de estar entrando en un espacio primitivo, indiferente al tiempo humano, donde cada roca parecía tener un secreto y cada salto de agua hablaba un lenguaje que yo aún no comprendía.

Aquellas paredes me impresionaron profundamente. La luz descendía en franjas finas desde arriba y se confundía sobre el agua oscura. El silencio tenía un peso, roto únicamente por el rumor de la corriente. Con los años llegaron las temporadas de guía. Fueron cientos de personas, las que acompañé por aquel laberinto mineral. Vi el asombro en los ojos de quienes entraban por vez primera. Escuché risas, nervios, y exclamaciones de sorpresa. Cada grupo recorría el mismo cañón, pero cada experiencia era diferente. Mientras les mostraba el camino, comprendí que guiar consiste en compartir tu mirada. Yo les enseñaba el Balcés, pero ellos también me enseñaban a verlo cada vez de nuevo, a través de esa intacta emoción de quien descubre algo por primera vez.

Hoy ya no busco la intensidad de la juventud ni la responsabilidad de aquellos años de guía. Ahora, vuelvo a los oscuros solo o acompañado únicamente por algunos amigos. No voy a conquistarlos ni a explicarlos. Voy a encontrarme con ellos.

Y cada descenso me parece a una conversación con un viejo amigo. Con alguien a quien no me hace falta decirle nada porque conoce todos mis silencios. Las paredes siguen ahí. El agua sigue recorriendo el su camino y seguirá recorriendo cuando yo ya no esté. Sin embargo, quien cambia soy yo. Y quizá por eso el encuentro nunca es igual.

He aprendido que volver a un lugar durante cuarenta años no significa repetir la experiencia, sino contemplar el paso de la vida en un punto fijo. El cañón se ha convertido en una medida de mi tiempo. En sus aguas veo reflejadas mis distintas edades: el joven que se asombraba, el guía que enseñaba, el padre que educaba y el hombre que ahora camina más despacio y escucha más de lo que habla.

A veces pienso que los barrancos son una metáfora de la propia existencia. Entramos en ellos sin conocer realmente lo que nos espera. Avanzamos entre luces y sombras, entre estrechos pasajes y espacios abiertos, creyendo a menudo que somos nosotros quienes elegimos el camino. Pero la que sabe es el agua. Ella no lucha contra la roca; la acaricia durante siglos hasta transformarla. Nos enseña que la verdadera fuerza no siempre reside en la dureza, sino en la constancia.

Por eso sigo volviendo. Porque allí encuentro algo que el mundo moderno parece olvidar: la paciencia de lo eterno. Allí no me importan las prisas, los calendarios ni las preocupaciones cotidianas. Solo me importa el instante presente, el contacto de mis manos con la piedra, el sonido del agua y la luz filtrándose desde lo alto como una bendición. Que lección.

Cada año, cuando realizo ese descenso que para mí se ha convertido en un ritual, siento la misma gratitud. Estoy envejeciendo junto a estas paredes. He aprendido junto a esas aguas. Y mientras pueda seguir entrando en sus luminosas sombras, seguiré regresando.

Porque hay lugares que terminan formando parte de nuestra alma.


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