domingo, 7 de junio de 2026

BARRANCO FORCOS (BERGUA) MEMORIA DE AGUA

 


Hoy hemos vuelto a descender el barranco de Forcos, junto a Bergua. Un rincón escondido del Sobrepuerto donde el agua ha ido esculpiendo durante siglos una profunda garganta de flysch, entre pozas cristalinas, sombríos estrechos y pasillos de roca que guardan en su interior la memoria del tiempo. Es un lugar de una belleza salvaje y serena, de esos que impresionan no solo por sus saltos y toboganes, sino por la sensación de estar caminando por un paisaje que existía mucho antes que nosotros y que seguirá aquí cuando ya no estemos.

Pero para mí, este rincón tiene además un significado mucho más íntimo. En Bergua se encuentra el cementerio donde descansan los restos de mis dos bisabuelos maternos, mi bisabuelo y mi bisabuela. Quizá por eso, cada vez que regreso a Forcos, desde hace ya unos cuantos años, siento que no estoy recorriendo únicamente un barranco. Estoy atravesando parte de mi propia historia.

Bergua no es para mí un nombre en un mapa. Es el lugar donde vivieron mis bisabuelos, donde se criaron mis abuelos y donde mi madre pasó su infancia junto a sus hermanos. Mientras camino por estos senderos, no puedo evitar imaginarla de niña, correteando por estos mismos barrancos, explorando cada rincón de estas montañas que entonces eran su mundo. Me gusta pensar que, de alguna manera, sus pasos quedaron grabados entre estas piedras, junto a los de quienes la precedieron.

Es un lugar que, aunque yo no haya nacido allí, forma parte de mí. Porque pienso que hay lugares que se heredan de una manera más profunda que una vieja casa o una antigua fotografía: se heredan a través de los recuerdos, de las historias contadas en familia y de la seguridad de que una parte de quienes somos nació mucho antes que nosotros.

Mientras marcho por el barranco, pienso en esa extraña continuidad que une a las generaciones. Que el agua que hoy corre entre estas piedras es diferente a la que vieron mis abuelos o mi madre de pequeña, pero el cauce es el mismo. Que nosotros también cambiamos, generación tras generación, y sin embargo algo permanece. Quizá sea precisamente eso la identidad: un río que nunca contiene la misma agua y, aun así, sigue siendo el mismo río. Hay algo emocionante en caminar por una tierra donde vivieron quienes te precedieron. Porque cada sendero parece guardar una huella invisible. Cada muro de piedra seca, cada bosque, cada rincón recuerda que antes hubo allí vidas enteras: trabajos, juegos de infantiles, miedos, amores o despedidas. Aquí comprendo que la memoria no vive solo en las personas; también habita en los lugares. Este año, como los anteriores, he compartido el descenso con mi hija. Quizá ahí es donde todo adquiere su verdadero significado.

Porque mientras avanzo con ella por el barranco, veo cómo las historias siguen su curso. Yo recibí un vínculo con esta tierra de quienes vinieron antes. Y ahora, sin apenas darme cuenta, se lo estoy entregando a ella. No a través de grandes discursos ni de solemnes lecciones, sino mediante algo mucho más sencillo: caminar juntos, saltar juntos, reírnos en las pozas, ayudarnos en los pasos difíciles y contemplar el mismo paisaje.

A veces pensamos que el legado consiste en transmitir conocimientos o bienes materiales. Sin embargo, quizá lo más valioso que podemos entregar a nuestros hijos sean los lugares que amamos y las emociones que esos lugares despiertan en nosotros. Porque cuando compartimos un paisaje con quienes queremos, ese paisaje deja de ser algo geografico y se convierte en memoria. Por eso Forcos, aunque esté fuera de mi amada sierra de Guara significa tanto para mí. No es solo un precioso barranco, ni una actividad que disfruto mucho desde hace más de cuarenta años. Ahora un punto de encuentro entre mi pasado, mi presente y mi futuro. Allí están algunos de mis antepasados, aunque ya no puedan caminar por sus senderos. Allí estoy yo, viviendo el instante. Y allí está mi hija, construyendo recuerdos que algún día también serán parte de su propia historia. El agua sigue descendiendo hacia el Ara, indiferente al paso de los años. Nosotros, en cambio, somos transitorios. Quizá por eso estos lugares me emocionan tanto: porque me recuerdan que la vida es pasajera, pero también que pertenezco a algo más grande que yo. A una familia, a una tierra, o a una memoria que continúa fluyendo, igual que el Forcos, de generación en generación.