miércoles, 10 de junio de 2026

Ante la tumba de Vicente Oliván Sanpietro



Durante muchos años ignoré que en aquel pequeño cementerio de Bergua descansaban mis bisabuelos. No lo sabía. Tampoco los buscaba. Y, sin embargo, la vida terminó llevándome hasta allí de una forma que aún hoy me cuesta admitir que fuera casualidad…

En realidad, Bergua no era un lugar completamente ajeno para mí. De niño había estado allí alguna vez, cuando mi madre se juntaba con sus hermanos y nos llevaban por aquellos montes a buscar setas. Recuerdo que por entonces el pueblo tenía solo un habitante permanente durante los meses de verano: Elías, tío de mi madre, que subía con sus vacas y vivía prácticamente solo entre aquellas casas de piedra medio abandonadas. También recuerdo esos primeros años en los que comenzaron a llegar los llamados hippies (años 80), que acabaron instalándose en el pueblo en tipis (Tiendas de piel con forma cónica, sostenida por un armazón de palos de madera como las de los indios norteamericanos) y conviviendo con aquel paisaje detenido en el tiempo. Para mí eran despegados recuerdos de un lugar que entonces ni asociaba a mi historia familiar. Vagas imágenes de mi infancia.

Hace escasamente cuatro años, una serie de planes fallidos y circunstancias imprevistas me dejó durante unas vacaciones y entre semana sin rumbo ni planes. Y en ese vacío de planes decidí ir a descender el barranco de Forcos, en este pueblo del que mi madre era originaria. Era una excursión más, una actividad de barranquismo, sin imaginar que aquel día iba a abrir una puerta completamente diferente. Cuando terminé el barranco, con el silencio del valle alrededor, me acerqué al pequeño cementerio de Bergua. Salté la tapia con la intuición, casi irracional, de que quizá allí encontraría alguna huella de mis antepasados. No sabía qué buscaba exactamente, pero sentí la necesidad de mirar. Y allí estaba. La tumba de Vicente Oliván Sampietro. Mi bisabuelo. Lo supe al instante (Mi abuelo era Vicente Olivan), y más tarde lo confirmé con mis tíos, los hermanos de mi madre. Pero lo verdaderamente impactante llegó cuando ante su tumba, leí rotulado en la cruz que Vicente había fallecido el 3 de agosto de 1948. Y ese día en que yo me hallaba por primera vez en mi vida ante su tumba, era exactamente un “3 de agosto” de 2023... “75 aniversario de su muerte”. Aquel detalle convirtió el instante en algo difícil de explicar con palabras. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. No sé si fue azar, coincidencia o simplemente una paja mental. Pero sí sé que, en ese instante, sentí que el tiempo se doblaba sobre sí mismo de una forma extraña, como si esas dos fechas separadas setenta y cinco años exactos por un instante se hubieran tocado.

Desde entonces, con la excusa de descender el barranco subo cada año, y cada vez me acerco a su tumba y siento que el silencio de este lugar tiene algo que decirme. Ya no veo únicamente una tumba con una cruz. Veo una vida entera resumida entre dos fechas, y entre ellas sesenta y siete años de trabajo, sacrificios, alegrías, amores, desamores, bodas, celebraciones, tristezas, incertidumbres y esperanzas que hoy apenas puedo imaginar. Murió en 1948 a los 67 años, luego nació en 1881.

Cuando él vino al mundo, España todavía era un país esencialmente rural. Reinaba Alfonso XII y la mayor parte de la población, como habían hecho sus antepasados durante generaciones, vivían en el campo. E imagino, porque me gusta imaginar, que mientras en Madrid se decidía el rumbo político del país y en algunas ciudades comenzaban a llegar la electricidad, el tren y los primeros signos de la modernidad, en lugares como Bergua la vida seguía sometida a las eternas leyes de la montaña. Imagino esa aldea de finales del siglo XIX. Los rigurosos y prolongados inviernos. Los arduos senderos. Las casas de piedra agrupadas para resistir el frío y el aislamiento. Las noches iluminadas por candiles. El sonido de los animales en las cuadras bajo las casas. Cada jornada ocupada por los trabajos del campo y del ganado. Un mundo donde todo se hacía con las manos y donde una condición natural de la existencia era el esfuerzo.

Cuando murió Alfonso XII en 1885, Vicente apenas tenía cuatro años. Y durante su infancia y juventud gobernó la reina regente María Cristina en nombre de su hijo Alfonso XIII. Pero es probable que aquellas cuestiones llegaran a Bergua sólo como lejanos ecos. Seguramente la preocupación diaria de una familia en una aldea de la montaña no era la política nacional, sino la cosecha, la salud de los hijos, el ganado y la llegada del invierno y las nieves. Mientras mi bisabuelo Vicente se hacía un hombre, el siglo XIX llegaba a su fin. Cuando tenía diecisiete años, en 1898, España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas. A lo largo de sus sesenta y siete años de vida, Vicente fue testigo de enormes transformaciones: Vio cómo el siglo XX sustituía lentamente muchas ancestrales costumbres, y conoció la llegada de nuevas formas de comunicación y transporte. Cuando todavía era joven, el automóvil comenzaba a extenderse por Europa y los hermanos Wright realizaron esos primeros vuelos que inauguraron la era de la aviación. Vivió el nacimiento del cine, la expansión del teléfono, y fue contemporáneo de algunos de los acontecimientos más decisivos de la historia del siglo XX. Vivió la Primera Guerra Mundial. Fue testigo de la Revolución Rusa de 1917. Vivió la dictadura de Primo de Rivera, la proclamación de la Segunda República, la Guerra Civil y los difíciles años de la posguerra. Y en sus últimos años contempló las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más devastador que había conocido hasta entonces la humanidad… Seguramente vio cómo muchos familiares, vecinos, amigos o conocidos emigraban buscando oportunidades.

Sin embargo, al detenerme frente a su tumba, comprendo que la verdadera importancia de una vida no siempre coincide con la importancia que le atribuye la Historia. Los libros recuerdan reyes, generales o políticos. Pero las familias recordamos a quienes hicieron posible nuestra existencia. Y es precisamente eso lo que siempre me viene a la mente cuando estoy allí.

Porque si Vicente no hubiera nacido en aquel lejano año del señor de 1881, mi abuelo Vicente nunca habría existido. Si mi abuelo no hubiera existido, tampoco habría nacido mi madre, Angelita. Sin ella, yo no estaría aquí. Y sin mí, tampoco existiría mi hija Nayra.

A veces pensamos en la historia como una sucesión de grandes acontecimientos, pero ante esta tumba descubro otra forma de entenderla. La historia es también una cadena de vidas anónimas que se transmiten de unas a otras el milagro de existir. Cada generación recibe una herencia invisible y se la entrega a la siguiente.

Y me resulta asombroso pensar que un niño nacido en una pequeña aldea pirenaica durante el reinado de Alfonso XII esté unido por un hilo invisible a una niña del siglo XXI llamada Nayra. Más de ciento cuarenta años separan ambos momentos, y sin embargo forman parte de la misma historia.

Vicente jamás pudo imaginar el mundo en el que vivimos hoy: Internet, teléfonos móviles, lo vehículos modernos o a la velocidad a la que circula la información. Como tampoco pudo imaginar que uno de sus bisnietos acudiría un día a visitarlo pensando no sólo en él, sino también en su tataranieta que lleva consigo una parte de aquella vida iniciada en las montañas del Sobrarbe.

Por eso, cuando contemplo su nombre grabado en esa cruz, siento gratitud. Gratitud hacia un hombre que no conocí, pero sin el cual nada de lo que amo existiría. Gratitud hacia esa generación de hombres y mujeres de la montaña que soportaron esas vidas tan duras para que las generaciones futuras pudiéramos seguir adelante.

Y entonces es cuando he comprendido que una tumba no habla únicamente de muerte. Que también habla de la continuidad de la vida.

Porque el tiempo se lleva a todos (Nadie queda para simiente), pero deja tras de sí una huella que continúa en quienes vienen después. Vicente está unido a mi abuelo Vicente. Mi abuelo está unido a mi madre Angelita. Mi madre está unida a mí. Y yo estoy unido a mi hija Nayra.

Quizá ahí resida una de las grandes paradojas de la existencia. El ser conscientes de nuestra fragilidad y de la brevedad de nuestro paso por el mundo, y al mismo tiempo darnos cuenta que formamos parte de algo que nos trasciende. Ninguna vida individual permanece para siempre, y sin embargo todas contribuyen a una continuidad que comenzó mucho antes de nuestro nacimiento y continuará tras nuestra muerte. Ante esta tumba tengo la impresión de que el pasado nunca desaparece del todo; que permanece transformado en memoria, relatos, en silencios familiares, y en las personas que existen gracias a quienes las precedieron.

Ninguno de nosotros surge de la nada. Somos el resultado de innumerables decisiones, esfuerzos, sacrificios, encuentros y casualidades ocurridas a lo largo de generaciones. Y cuando uno toma conciencia de ello, tu propia vida deja de parecer un episodio aislado para convertirse en un eslabón más de una historia mucho más amplia. Un hilo invisible que atraviesa generaciones. Así que cada vez que regreso a esta tumba, en la quietud de Bergua, por un instante siento que no estoy sólo recordando a un antepasado. Estoy contemplando una parte fundamental de mí mismo y el origen remoto de quienes continuarán la historia cuando yo ya no esté aquí.

PD: Y, por suerte, en mi caso todo ese territorio disperso de recuerdos familiares se extiende mucho más allá de Bergua: igual que me remueve esta tumba, tengo la fortuna de conocer el paradero de mis bisabuelos paternos en Burceat y en el cementerio de Arresa, cerca de allí de Bergua, porque mi abuela paterna procedía de Berroy, también allí en la zona del Sobrarbe. Burceat, Bergua, Arresa y Berroy se convierten así en pequeñas coordenadas de mi geografía íntima, dispersa en el mapa pero unida en mi memoria familiar.




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