domingo, 24 de mayo de 2026

BARRANCO DEL MASCÚN (2026)


El Mascún no es un barranco al uso. O no solamente. Para algunos siempre será únicamente una línea azul en un mapa de la Sierra de Guara; para otros, un descenso clásico, con una sucesión de rápeles, badinas y caos de rocas. Pero cuando uno ha regresado durante más de cuarenta años a un mismo cauce, el barranco deja de ser solamente un punto geográfico y se convierte en memoria. Porque hay lugares que envejecen con nosotros. Y para mi el Mascún es uno de ellos. Hoy, mientras descendía otra vez por sus entrañas de piedra caliza, junto con dos amigos, no caminaba únicamente por el agua del deshielo de primavera. Caminaba también por muchas de las edades de mi vida. Porque para mí, los barrancos tienen algo extraño: el agua nunca es la misma, pero las piedras la recuerdan. Y uno, que como el agua tampocoes el mismo, acaba reconociéndose en un recodo, en un olor o en una sombra bajo las paredes. El Mascún siempre fue un barranco efímero. Vivo solo unos meses al año, y lleno de una energía desbordante antes de secarse lentamente en verano. Tal vez por eso emociona tanto. Porque muestra una belleza que no permanece. Su agua aparece como aparecen ciertos momentos de la vida: intensos, fríos, transparentes… y luego desaparecen. Pero siempre te dejan marca. La aproximación desde Rodellar por Otín es ya por si sola una increíble excursión. Ese sendero suspendido sobre el silencio inmenso de Guara. Y Otín… Otín no es para mi solo un pueblo abandonado; es una frontera entre dos diferentes tiempos. Yo alcancé a verlo aún con un poco de vida, cuando el bar de Manolo seguía abierto y todavía había voces resistiendo entre sus ruinas. Eso cambia mi memoria de este lugar para siempre. Hoy muchos llegan allí y solo ven romantico abandono, muros vencidos y silencio. Pero yo recuerdo el humo, las conversaciones, una cerveza después de la jornada, el eco al atardecer. Recuerdo cuando sus ruinas todavía respiraban. Y en esa memoria aparece también Pepe Chaverrí, como aparecen siempre los verdaderos compañeros de monte: unidos para siempre por este paisaje por donde guiamos grupos juntos. Hay amistades que no necesitan retratos porque quedan inscritas en los caminos compartidos. Cada rápel del Mascún, cada grupo guiado durante aquellos años, cada aventura medio improvisada, forman ya una especie de mitología íntima. No son hazañas deportivas, son fragmentos de mi vida vivida con intensidad y presencia. Guiar gente por un barranco durante años significó mucho más que enseñar pasos o poner cuerdas. Significa acompañar el miedo, la alegría o el descubrimiento. Ver cómo otros sienten por primera vez esa mezcla de pequeñez y plenitud que solo la naturaleza salvaje puede ofrecer. Y mientras los guiaba a ellos, sin darme cuenta, el Mascún también me iba guiando a mi. Quizá por eso hoy y cada vez siento la Sierra de Guara tan viva. Porque hay paisajes que parecen o son conciencia. Guara para mi tiene algo antiguo, casi espiritual. Sus barrancos para mi no son únicamente erosión, son tiempo. El agua ha ido escribiendo lentamente la piedra durante miles de años, del mismo modo que los recuerdos se escriben lentamente en las personas. Y uno comprende entonces que volver no es repetir el camino; volver es medir la distancia entre quien fuimos y quien todavía somos. Hoy he descendído el Mascún una vez más. Pero en realidad lo he descendido acompañado por todos mis años allí dentro: el joven que llegó por primera vez, los amigos ya ausentes, las risas en Otín, el bar de Manolo, Pepe, los clientes guiados, los cursillos, las primaveras húmedas, los veranos secos, la fuerza del agua y el silencio posterior. Y quizá eso sea a estas alturas de mi vida finalmente la montaña o los barrancos, un lugar donde el tiempo no desaparece, sino que permanece aguardándome entre las piedras.















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