Siempre mientras corro,
el movimiento repetitivo parece vaciarlo todo, y en ese vacío comienzan a
surgir preguntas en mi cabeza; esta vez sobre el mundo, sobre sus tensiones,
sus conflictos… y sobre su profundo dolor.
Pensé en las contiendas
que atraviesan lugares como Ucrania, en Gaza, en tantas regiones donde la
violencia y el miedo se entrelazan, pero también en lo que está ocurriendo
ahora mismo en Irán, donde esa guerra de gran escala ha estallado en los
últimos días, con ataques aéreos, represalias con misiles y drones, civiles
muertos y heridos, y consecuencias que ya resuenan en las economías y en las
rutas del comercio mundial.
Y es que, en tiempos de guerra, la tentación de dividir el
mundo entre buenos y malos suele simplificar una realidad mucho más compleja.
Es evidente que el régimen iraní es objeto de críticas
internacionales (a las que me uno) por sus políticas y graves vulneraciones de
derechos humanos, especialmente hacia las mujeres y las libertades civiles. Sin
embargo, pienso que reconocer esas injusticias no debería llevarnos a aceptar
que la violencia es la respuesta legítima. Cuando las bombas sustituyen al
diálogo, quienes pagan el precio no son los dirigentes ni los sistemas
políticos que ordenan lanzarlas, sino la población civil. La historia siempre
nos recuerda que imponer valores a través de la fuerza rara vez genera
libertad; más bien abre nuevas heridas que tardan generaciones en cerrarse. Si
se cierran…
Y me pregunté… (Una
vez mas)… ¿es la guerra una anomalía de lo humano, o es su inevitable
consecuencia?
Me resulta difícil no advertir esa inquietante paradoja de
que muchas de las decisiones que arrastran a pueblos enteros hacia estos
conflictos nacen en la mente de hombres muy ancianos que han acumulado décadas
de poder, distancia e imaginarias certezas. Que desde esa altura del tiempo,
quizá los riesgos se vuelven abstractos, y las consecuencias se dejan a
generaciones que aún tienen toda la vida por delante. No puedo ni imaginar qué
pensamientos habitan en esas conciencias acostumbradas a decidir por millones
de personas, pero sí puedo preguntarme cómo es posible que destinos de millones
de jóvenes queden en manos de esas miradas tan cansadas. Me gustaría creer que
cada generación tiene la oportunidad y la responsabilidad de cuestionar esas
inercias y de imaginar formas más conscientes y humanas de convivir.
Resulta curioso que nos autodenominemos la “raza
inteligente” del planeta.
Somos capaces de descifrar el genoma, enviar sondas más allá
del sistema solar y construir redes que conectan a millones de personas en
segundos, y, sin embargo, seguimos resolviendo nuestras diferencias como lo
hacían nuestros primitivos antepasados: destruyendo, atacando y demostrando
poder. A ver quien la tiene más grande… Tal vez la verdadera ironía de nuestra
inteligencia sea que, teniendo la capacidad de comprendernos y cooperar,
seguimos encontrando nuevas formas de enfrentarnos.
A veces parece que el mayor misterio no es el universo, sino
por qué una especie tan sabia sigue comportándose con tan poca sabiduría.
En ocasiones me pregunto (como muchos) que, si de verdad
existen civilizaciones extraterrestres observándonos desde algún rincón del
universo, qué pensarán al vernos. Quizá esperaban encontrar a la famosa “especie
inteligente” del planeta Tierra y, por el contrario, se topan con una
civilización que discute, compite y se destruye con una sorprendente constancia.
Tal vez nos estudien con la misma curiosidad con la que nosotros observamos a
los animales: preguntándose cómo una especie capaz de tanto conocimiento puede,
al mismo tiempo, mostrar tan poco seso. O seguramente hayan decidido mantener
las distancias, esperando el día en que o bien nos autodestruyamos y todo para
ellos, o bien nuestra inteligencia esté a la altura de nuestro potencial.
Si no hubiéramos
evolucionado hasta convertirnos en seres conscientes, capaces de proyectarnos
en el tiempo y construir estructuras complejas e imaginarias (naciones,
fronteras, religiones, o ideologías) ¿cómo sería este planeta?
Si fuéramos simples
animales incluidos en ese espontáneo equilibrio de la naturaleza, sin la
necesidad de poseer, dominar o argumentar nuestras acciones con discursos y
justificaciones.
Me imaginé una
hipótesis sencilla y casi absurda: ¿qué ocurriría si todos fuéramos perros, o
gatos, o monos, o incluso abejas? El mundo seguiría teniendo conflictos (un
territorio defendido, un alimento disputado, una colmena amenazada), pero esos
conflictos durarían lo que dura el instante de necesidad. Ningún perro
declararía una guerra eterna a otro por algo que ocurrió hace generaciones,
ningún gato construiría una narrativa histórica sobre la humillación de su
especie, ningún mono movilizaría ejércitos por una frontera imaginaria, y
ninguna abeja transformaría una antigua herida en una ideología. Lo necesario
para sobrevivir y nada más.
En la naturaleza hay
violencia, sí. Pero no hay ideología. Ni memoria organizada que transforme una
herida en identidad, ni rencor acumulado en relatos transmitidos de generación
en generación. Mientras un animal lucha por sobrevivir, y el ser humano también,
el ser humano además, puede morir por una idea o un concepto que solo existe en
su mente.
La evolución nos
permitió crear lenguaje, arte, tecnología… pero también armas y guerras a
escala mundial, alianzas estratégicas, intereses ocultos, y mercados que se
mueven en función del miedo o de la posibilidad de ganancia.
Hoy, siglo veintiuno,
la violencia es global; y decisiones tomadas en capitales lejanas repercuten en
la vida de familias en otras latitudes, y una guerra en el Medio Oriente puede
hacer que el precio del petróleo suba, que rutas comerciales se detengan y que los
mercados financieros se desplomen con todas sus consecuencias.
Mientras corría,
pensaba que tal vez el problema no es que seamos animales conscientes, sino que
somos animales que hemos aprendido a pensar no solo en el presente, sino
también en pasado (no olvidando) y futuro. Sabemos que morimos. Sabemos que nuestro
tiempo es limitado. ¿Quizás en ese vértigo, intentamos trascender acumulando
poder, territorio o que la historia hable de nosotros, como si conquistar el
exterior pudiera calmar nuestra fragilidad interior?
Si fuéramos simples
animales, no habría guerras mundiales, no habría alianzas estratégicas ni
confrontaciones dirigidas por cálculos geopolíticos. Pero… tampoco habría
preguntas sobre el sentido, ni la ética, ni la conciencia del otro. El
conflicto no sería un drama global transmitido en tiempo real, sino un instante
de supervivencia.
Tal vez la verdadera
tragedia de la evolución no sea haber creado herramientas para destruir, sino, con
lo que somos capaces de imaginar, no haber aprendido todavía a convivir.
Mientras mi cuerpo
corría, mi mente entendía algo incómodo: Que no podemos volver atrás. Que no
podemos “des-evolucionar”. Que la única posibilidad no es ser menos humanos,
sino serlo de otra manera. Porque espero que esa consciencia que nos permite
soñar con la paz también nos de la capacidad de imaginarla, desearla y
construirla.
Quizá, si fuéramos simples animales, viviríamos sin esta
inquietud. Nos bastaría el instinto y esa repetición de ciclos naturales, sin
la carga de preguntarnos quiénes somos ni hacia dónde vamos. Pero para bien o
para mal, los seres humanos, estamos dotados de conciencia, y hemos aprendido
también a equivocarnos: construimos razones para dominar, levantamos muros
donde podríamos tender puentes y a menudo olvidamos que formamos parte de aquello
mismo que pretendemos someter. Quiero pensar que, en esa misma conciencia que
nos pierde también vive nuestra posibilidad de redención. Porque si somos
capaces de reconocer nuestras propias sombras, también lo somos de elegir otra
dirección, de corregir el rumbo y recordar, una y otra vez, que pensar no solo
nos separa del mundo, sino que también puede devolvernos a él. Ojala…
Es mi opinión.
