sábado, 24 de enero de 2026

El paisaje como consumo: elegía por el Alto Aragón

Desde hace unos años, la Sierra de Guara y el Pirineo aragonés han dejado de ser un horizonte simbólico para convertirse en meros escenarios. Y no escenarios en el sentido teatral del mismo, sino en el sentido mercantil: superficies aprovechables, optimizadas y muy fotografiables. Y creo que no es una transformación inocente e inevitable. Marca el paso de una naturaleza que, cuando yo era niño, se nos imponía desde su exceso y su misterio, a una naturaleza que hoy se nos ofrece dócilmente desde su utilidad. Ya no nos llama, nos sirve.

Y bajo la lógica del turismo de masas, el Pirineo o la Sierra de Guara, dejan de ser unos espacios de descubrimiento para convertirse en “recursos naturales”. Y creo que a esta evolución se le suma una forma de ver el mundo profundamente empobrecida; La de que nada vale por sí mismo, o nada merece existir sin justificar su rentabilidad. La de que todo debe poder ponerse “a disposición”. Así, los cañones de Guara o las montañas del Pirineo, pacientemente esculpidos por milenios de erosión, dejan de ser acontecimientos geológicos para catalogarse como eso, “productos de turismo activo”. Y no se contemplan, se consumen.

Es evidente que tras la pandemia esta pulsión se ha intensificado. Y acudimos a lugares como el Pirineo o la Sierra buscando lo que la ciudad nos ha quitado: silencio, lentitud, o esa ilusión por lo salvaje. Pero… absurdamente, transportamos con nosotros la misma estructura urbana, las mismas prisas, o esa misma lógica que fingimos querer dejar atrás. Y así la pradera de Ordesa, el Aneto o los cañones de Guara se convierten en embudos humanos, y se degeneran hasta convertirse en un “hacer cola”. Perseguimos la virginidad del paisaje, pero nuestra presencia multiplicada, organizada, y sobre todo rentabilizada, la neutraliza. Y evidentemente no la violamos por maldad, sino por costumbre. Y aquí es necesario asumir la culpa. No solo señalar a promotores, administraciones o empresas, aunque su responsabilidad sea evidente, sino entonar un “mea culpa” y reconocer que también nosotros participamos de esta economía del deseo. Porque aceptamos sin demasiadas preguntas la idea de que hacer accesible la naturaleza es un bien común, incluso cuando esa accesibilidad no busca compartirla, sino explotarla. Cuando ese acceso se convierte en infraestructuras, y las infraestructuras en un negocio, la montaña deja de ser un límite y pasa a ser una promesa de rendimiento. Y el paisaje muere en el instante exacto en que alguien decide que las montañas nos deben algo: ocio, experiencias, fotografías, o crecimiento económico para los territorios. Estamos equivocados. La montaña no nos debe nada. Y la montaña es frágil. Y su desgaste, creo que no es solo un síntoma del cambio climático, sino también la huella material de un sistema que desconoce la noción de “límite”, confunde habitar con explotar, y derecho con apropiación.

La verdadera libertad en la Sierra de Guara o en el Pirineo no debería medirse por la capacidad de llegar a cada rincón mediante carreteras, remontes o pasarelas, sino por la madurez colectiva de aceptar que no todo nos pertenece, que no todo debe ser recorrido, ni visto, y sobre todo no todo debe ser monetizado. Que todo esto ya estaba aquí cuando llegamos y nos sobrevivirá. Que hay espacios cuya dignidad reside precisamente en permanecer inaccesibles.

Tal vez lo que necesitamos no es una nueva gestión del paisaje, sino una nueva filosofía del respeto a él. Una mirada donde la montaña deje de ser un gimnasio, un parque temático o un fondo de pantalla, y vuelva a ser un recordatorio de nuestra vulnerabilidad. Solo cuando aprendamos a habitar un paisaje sin poseerlo, la Sierra de Guara y el Pirineo podrán dejar de ser recursos explotados para recuperar su condición más antigua y necesaria: el sagrado silencio de una tierra que, sin pedirnos permiso, nos sostiene y nos sustenta. Es mi opinión.




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