Y bajo la lógica del turismo de masas, el Pirineo o la
Sierra de Guara, dejan de ser unos espacios de descubrimiento para convertirse
en “recursos naturales”. Y creo que a esta evolución se le suma una forma de
ver el mundo profundamente empobrecida; La de que nada vale por sí mismo, o
nada merece existir sin justificar su rentabilidad. La de que todo debe poder
ponerse “a disposición”. Así, los cañones de Guara o las montañas del Pirineo, pacientemente
esculpidos por milenios de erosión, dejan de ser acontecimientos geológicos para
catalogarse como eso, “productos de turismo activo”. Y no se contemplan, se
consumen.
Es evidente que tras la pandemia esta pulsión se ha
intensificado. Y acudimos a lugares como el Pirineo o la Sierra buscando lo que
la ciudad nos ha quitado: silencio, lentitud, o esa ilusión por lo salvaje. Pero…
absurdamente, transportamos con nosotros la misma estructura urbana, las mismas
prisas, o esa misma lógica que fingimos querer dejar atrás. Y así la pradera de
Ordesa, el Aneto o los cañones de Guara se convierten en embudos humanos, y se degeneran
hasta convertirse en un “hacer cola”. Perseguimos la virginidad del paisaje,
pero nuestra presencia multiplicada, organizada, y sobre todo rentabilizada, la
neutraliza. Y evidentemente no la violamos por maldad, sino por costumbre. Y
aquí es necesario asumir la culpa. No solo señalar a promotores,
administraciones o empresas, aunque su responsabilidad sea evidente, sino entonar
un “mea culpa” y reconocer que también nosotros participamos de esta economía
del deseo. Porque aceptamos sin demasiadas preguntas la idea de que hacer
accesible la naturaleza es un bien común, incluso cuando esa accesibilidad no
busca compartirla, sino explotarla. Cuando ese acceso se convierte en
infraestructuras, y las infraestructuras en un negocio, la montaña deja de ser
un límite y pasa a ser una promesa de rendimiento. Y el paisaje muere en el
instante exacto en que alguien decide que las montañas nos deben algo: ocio,
experiencias, fotografías, o crecimiento económico para los territorios. Estamos
equivocados. La montaña no nos debe nada. Y la montaña es frágil. Y su
desgaste, creo que no es solo un síntoma del cambio climático, sino también la
huella material de un sistema que desconoce la noción de “límite”, confunde
habitar con explotar, y derecho con apropiación.
La verdadera libertad en la Sierra de Guara o en el
Pirineo no debería medirse por la capacidad de llegar a cada rincón mediante
carreteras, remontes o pasarelas, sino por la madurez colectiva de aceptar que
no todo nos pertenece, que no todo debe ser recorrido, ni visto, y sobre todo no
todo debe ser monetizado. Que todo esto ya estaba aquí cuando llegamos y nos
sobrevivirá. Que hay espacios cuya dignidad reside precisamente en permanecer
inaccesibles.
Tal vez lo que necesitamos no es una nueva gestión del
paisaje, sino una nueva filosofía del respeto a él. Una mirada donde la montaña
deje de ser un gimnasio, un parque temático o un fondo de pantalla, y vuelva a
ser un recordatorio de nuestra vulnerabilidad. Solo cuando aprendamos a habitar
un paisaje sin poseerlo, la Sierra de Guara y el Pirineo podrán dejar de ser
recursos explotados para recuperar su condición más antigua y necesaria: el
sagrado silencio de una tierra que, sin pedirnos permiso, nos sostiene y nos
sustenta. Es mi opinión.



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