Tal vez no podamos cambiar el mundo que heredarán
nuestros hijos, pero sí la manera de aprender a habitarlo. Y a veces, no
morderse la lengua es la primera lección de valentía que les podemos dar.
La cuestión estamos rodeados por un tipo de poder que no nace de la grandeza sino
de la carencia. Un poder inflado, ruidoso, y siempre a la defensiva, que
reacciona con furia infantil ante la mínima contradicción. Y si, pienso que figuras
como Donald Trump, que no son tanto anomalías históricas como síntomas de lo
que estamos haciendo mal: niños mal criados que crecieron sin aprender los
límites, la frustración, la empatía, o el saber escuchar, y que un día
descubrieron que el dinero o la fama podían sustituir a la madurez. Y es que el
niño consentido no tolera que nadie le replique. Así, cuando alcanzan
posiciones de autoridad, confunden obediencia con admiración y la crítica con
la traición. No gobiernan, exigen. No persuaden, imponen. No dialogan, gritan
más fuerte. A veces observo su forma de actuar, y me recuerdan a la historia de
Calígula; ese emperador romano que según “nos contaron”, nombró senador a su
caballo como gesto filosófico involuntario del poder absoluto convertido en
burla de sí mismo. Será que cuando el poder se separa de la razón, cualquier
absurdo se vuelve posible. En estas figuras hay un desprecio profundo por lo común
y lo compartido. Todo debe girar alrededor suyo, y no conciben la comunidad
como pacto, sino como escenario. Para ellos el mundo solo existe para
aplaudirlos, y si no lo aplauden, merecen ser castigados. Lo que me parece más inquietante
no es que existan estos personajes, sino que prosperen. Que sociedades enteras
confundan la arrogancia con la fuerza, el cinismo con autenticidad, o el
capricho con el liderazgo. Quizás porque el niño mal criado que gobierna surge del
reflejo de una cultura que desde hace unos años premia el ego y ridiculiza la formalidad.
Al final, esa lección de Calígula sigue vigente. Cuando el poder cae en manos
de quien nunca aprendió a escuchar un “no”, el problema no es que nombren Senador
a su caballo, sino el silencio cómplice de quienes lo permiten. He dicho.
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