domingo, 18 de enero de 2026

PREOCUPACIÓN SIN PELOS EN LA LENGUA

 


A veces no sé morderme la lengua ante lo que veo a mi alrededor, y me desahogo escribiendo. Y no por rebeldía, sino por responsabilidad. Porque creo que hay silencios que no son prudencia, sino complicidad, y uno ha de aprender a distinguirlos. Quizá porque ser padre se ha convertido en vivir con el tiempo partido en dos, el presente que vivo y el futuro que heredará mi hija. Y cuando ese futuro se dibuja tan incierto, achacoso e injusto, callar se vuelve una forma de traición. Y no porque crea tener la razón en nada, sino porque morderme la lengua puede ser un acto de cortesía, pero también de miedo. Y cuando el miedo se normaliza, va construyendo mundos donde se acepta lo absurdo, o lo injusto se disfraza de inevitable. ¿Qué ejemplo dejamos entonces a quienes aprenden más de lo que hacemos que de lo que decimos?

Tal vez no podamos cambiar el mundo que heredarán nuestros hijos, pero sí la manera de aprender a habitarlo. Y a veces, no morderse la lengua es la primera lección de valentía que les podemos dar.

La cuestión estamos rodeados por un tipo de poder que no nace de la grandeza sino de la carencia. Un poder inflado, ruidoso, y siempre a la defensiva, que reacciona con furia infantil ante la mínima contradicción. Y si, pienso que figuras como Donald Trump, que no son tanto anomalías históricas como síntomas de lo que estamos haciendo mal: niños mal criados que crecieron sin aprender los límites, la frustración, la empatía, o el saber escuchar, y que un día descubrieron que el dinero o la fama podían sustituir a la madurez. Y es que el niño consentido no tolera que nadie le replique. Así, cuando alcanzan posiciones de autoridad, confunden obediencia con admiración y la crítica con la traición. No gobiernan, exigen. No persuaden, imponen. No dialogan, gritan más fuerte. A veces observo su forma de actuar, y me recuerdan a la historia de Calígula; ese emperador romano que según “nos contaron”, nombró senador a su caballo como gesto filosófico involuntario del poder absoluto convertido en burla de sí mismo. Será que cuando el poder se separa de la razón, cualquier absurdo se vuelve posible. En estas figuras hay un desprecio profundo por lo común y lo compartido. Todo debe girar alrededor suyo, y no conciben la comunidad como pacto, sino como escenario. Para ellos el mundo solo existe para aplaudirlos, y si no lo aplauden, merecen ser castigados. Lo que me parece más inquietante no es que existan estos personajes, sino que prosperen. Que sociedades enteras confundan la arrogancia con la fuerza, el cinismo con autenticidad, o el capricho con el liderazgo. Quizás porque el niño mal criado que gobierna surge del reflejo de una cultura que desde hace unos años premia el ego y ridiculiza la formalidad. Al final, esa lección de Calígula sigue vigente. Cuando el poder cae en manos de quien nunca aprendió a escuchar un “no”, el problema no es que nombren Senador a su caballo, sino el silencio cómplice de quienes lo permiten. He dicho.



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