sábado, 31 de enero de 2026

La Paradoja de la política de hoy:

No sigo mucho la política ni a los políticos, pero aun así, es inevitable escuchar a mi alrededor noticias, u oír argumentos, debates (incluso discusiones) de compañeros de trabajo o amigos que van desde la política internacional, nacional o local… Y  cada vez tengo más acentuada la sensación de hallarme en un momento de la historia donde la política ha dejado de ser una arquitectura de consenso y unión, para convertirse en la coreografía de un despeñadero. Y que en general produce una profunda vergüenza observar cómo quienes ocupan los estrados han renunciado a ser largos de miras (esas que busca las costuras que nos unen) para agrandar las grietas que nos separan. ¿Es por falta de altura o por una irreversible mutación de las ideologías?... Yo todavía quiero creer que la política nació de la vocación de servicio, y de ese impulso de entender que el bienestar propio es imposible sin el bienestar de todos. Y sin embargo, cada vez más, (por lo que veo y por lo que escucho), tengo la sensación de que esa llama se está extinguiendo bajo el peso de la supervivencia profesional. Lo que antes era un trabajo transitorio de servicio y entrega, se va transformando en un nicho de mercado; Se va transformando en un refugio para la mediocridad que, incapaz de brillar en la exigencia de la vida civil, encuentra en la estructura de algún partido político un sustento fácil y una artificiosa relevancia. Solo hay que mirar para darse cuenta que esta baja calidad humana y técnica se manifiesta en el desprecio por encontrar puntos de encuentro. Muy por el contrario, tengo la ingrata sensación de que a los políticos actuales les horrorizan las coincidencias, porque en las coincidencias se termina el espectáculo y comienza el trabajo de verdad. Y que por eso prefieren vivir en la diferencia y el desacuerdo, alimentarlos e incluso ampliarlos, porque es el combustible más barato y más inflamable para movilizar las pasiones más bajas. Tengo la sensación de que ya no se gobierna para la posteridad, sino para el próximo titular. De que ya no se busca la verdad, sino derrotar al otro por los medios que sea y a cualquier precio. Todo vale y siento vergüenza. Y siento vergüenza no como un acto de desapego, sino de resistencia ética. Avergonzarse de nuestros políticos (sean del partido que sea, y sean internacionales, nacionales o locales) es un grito mudo de quien cree que la política debería ser el lugar donde las manos se encuentren y se estrechen para sostener el mundo, y no un ring donde se sueltan esas mismas manos a bofetada limpia para que el mundo se caiga, mientras ellos, desde su pequeña atalaya de privilegios, solo calculan cómo perpetuarse un día más en ese poder. Es mi opinión.



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