sábado, 14 de febrero de 2026

Bad Bunny y la Super Bowl

 

Nunca imaginé que un mini concierto en la televisión pudiera obligarme a replantear mis propias convicciones.

Hace poquitos años, el nombre de Bad Bunny llegó a mí de manera casi anecdótica, filtrado por los altavoces de mi coche cuando mi hija Nayra lo ponía camino a cualquier sitio. Yo, desde mi cómoda atalaya de adulto erudito, convencido de saber lo que es “buena música”, me permitía bromear, imitarlo y sentenciar (con ligereza) que eso no era cantar. Me hacía gracia, y quizá, en el fondo, incluso me tranquilizaba pensar que había cosas que no entendía simplemente porque no valían la pena.

Y entonces, de repente, vi su actuación en la Super Bowl americana. Un impacto cultural, artístico y emocional que trascendía la música. Al ver su espectáculo, al observar la reacción de millones de personas, sentí la incomodidad de quien empieza a sospechar que ha estado mirando solamente la portada. Por vez primera, me llevó a interesarme de verdad por quién era ese tipo, de dónde venía, qué había detrás de ese personaje al que yo había reducido a caricatura. Y ahí descubrí algo significativo: detrás había una enorme historia de pasión, motivación, trabajo, y sobre todo, una profunda convicción personal y compromiso social. Entonces comprendí algo incómodo pero necesario: que yo estaba equivocado. No porque de repente me pareciera un gran cantante en el sentido clásico de la palabra, sino porque entendí que estaba juzgando con antiguas reglas algo que jugaba en terreno nuevo. Como cuando uno se planta delante de un cuadro abstracto y piensa que no dice nada, hasta que se da cuenta de que no todo está hecho para ser entendido, sino para ser sentido.

El arte no siempre entra por la razón; a veces entra por sitios más profundos, más emocionales, y más difíciles de explicar.

Pero si algo terminó de desarmarme fue el mensaje de la actuación. Un mensaje sorprendente por lo medido, lo valiente y por lo profundamente motivador que me emocionó y me hizo sentir orgulloso. En el país que muchos consideran más racista del mundo, tuvo el coraje de alzar la voz en castellano contra el racismo, de hablar de unión y de recordar que América no es solo un país, sino un continente, diverso y mestizo. Lanzó un mensaje sencillo y poderoso a la vez: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Sin estridencias, sin provocaciones gratuitas, y con una claridad que solo tienen quienes creen de verdad en lo que dicen.

Lo que vi en el evento de Bad Bunny no fue simplemente un espectáculo, sino una experiencia colectiva que rozaba algo histórico. Sentí que estaba frente a uno de esos instantes en los que la música deja de ser entretenimiento y se convierte en conciencia colectiva. Entendí que hay ciertos artistas no solo llenan estadios: abren grietas en la indiferencia, nombran lo que muchos sienten pero no saben expresar y nos hacen creer que la cultura puede ser un acto de libertad.

Bad Bunny quizá no sea un virtuoso de la voz, pero si ahora me parece un enorme artista. Y sobre todo, valiente. Valiente por mostrarse tal y como es, por romper moldes, por incomodar, por no pedir permiso y por conectar con unas generaciones que encuentran en él un espejo y su voz. El arte no siempre busca agradar ni encajar; a veces solo pretende existir con autenticidad. Y en ese existir, en ese atreverse, hay una poderosa verdad.

Y no, no es que mi opinión sobre el reguetón o el trap hayan cambiado de repente; sigue sin gustarme.  Pero me ha “mostlado” que incluso en un género que siempre me había echado para atrás puedo encontrar matices, verdad y en algún momento conexión.

Reconocer todo esto no me hace perder razón, sino ganar perspectiva. Y de paso, agradecerle a Nayra que, sin saberlo, me ha enseñado que escuchar (de verdad) también es una forma de crecer. Y quizá por eso, la próxima vez que vea a mi hija escuchando su música, o cualquier otra que yo no entienda, que no reconozca o que no encaje en mis esquemas, ya no me ría ni prejuzgue con ligereza. Tal vez esta vez me detenga, calle y escuche. No solo la música, sino lo que hay detrás: lo que le transmite, lo que la mueve, o lo que la representa. Porque he aprendido que no todo el arte está hecho para gustarme, pero sí para enseñarme algo. Y que, a veces, escuchar sin prejuicios es también una forma silenciosa de amar. Y… lo único más poderoso que el odio es el amol. 

Es mi opinión.




No hay comentarios:

Publicar un comentario