Crecí en una época en la que la desigualdad era una
realidad cotidiana.
Se notaba en las oportunidades, en la educación, o en el
diferente trato según el origen o el género. En los años 70 y 80, cuando yo era
niño, esa desigualdad era profundamente visible en las costumbres: quién
hablaba más alto en una mesa, quién tomaba las decisiones importantes o que expectativas se depositaban sobre niños y niñas. Había silenciosas barreras,
o techos que nadie señalaba pero que todos intuíamos. La mayoría de las mujeres
tenían que esforzarse el doble para que se les reconociera la mitad, y muchos
hombres crecimos sin cuestionar privilegios que nos parecían naturales en un
mundo donde la desigualdad estaba normalizada. Tiempos donde, en muchos
hogares, el acceso de la mujer al mercado laboral aún se veía como un
"complemento" al sueldo del hombre y no como un derecho. Y en ese
ecosistema de prejuicios “heredados”, igualdad era una palabra que si escuché
desde niño, pero que no entendí de verdad hasta mucho después.
Durante generaciones, muchos hombres crecimos dentro de ese
modelo que nos otorgaba “privilegios”: mayor autoridad social, menos
cuestionamiento, o más libertad para equivocarnos sin que eso definiera nuestro
valor. Y no siempre fue una herencia consciente ni malintencionada, pero sí estaba
profundamente arraigada. En general se nos educaba para ocupar espacio, para no
mostrar vulnerabilidad, y para asumir que liderar era nuestro lugar natural.
Por suerte… por circunstancias que no vienen al caso, a mis
hermanos y a mí, nos crio una madre que
fue madre y padre al mismo tiempo. Ella condujo en los años 70, trabajó,
decidió, sostuvo y sobre todo protegió. Y en una sociedad donde muchas veces no
se reconocía plenamente la fuerza de una mujer sola, mi madre encarnó para mí
la prueba viviente de que la capacidad no dependía del género. Sin ningún
discurso grandilocuente, nos enseñó que la dignidad no era negociable y que el
respeto no tenía condiciones.
Así que con ese mensaje tatuado en mi conciencia, con el
tiempo entendí que quizá no basta con hablar de igualdad, sino también de
equilibrio. Que no todos tenemos las mismas condiciones de partida, y pretender
que sí es una sutil forma de injusticia. Pues creo que la igualdad real no
consiste en tratar a todos exactamente igual, sino en garantizar que cada
persona tenga las herramientas necesarias para desarrollarse plenamente.
Y socialmente, ahí es donde los políticos deberían tener
un papel fundamental que se diluye en narcisismos y reyertas: en asegurar la
educación, salud, oportunidades y protección sin distinciones.
Porque también hemos visto cómo la igualdad, en
ocasiones, se convierte en una bandera política mal entendida. Como se utiliza
como consigna, como eslogan o arma arrojadiza entre ideologías o sexos. Como se
simplifica hasta el punto de reducirla a cifras o enfrentamientos, olvidando
que la igualdad debería unirnos y no dividirnos.
En esa dinámica, incluso la violencia de género (que es
una realidad grave que exige protección y justicia) puede verse arrastrada al
terreno de la confrontación partidista, utilizada para polarizar discursos en
lugar de buscar soluciones serenas y eficaces.
Creo que cuando cualquier dolor se instrumentaliza
políticamente, se traiciona su propósito, y se convierte cualquier debate en
una trinchera. Todos los extremismos, vengan de donde vengan, terminan
alejándose del respeto que dicen defender.
La igualdad no puede ser el patrimonio de ningún partido
ni apropiarse como etiqueta moral exclusiva, debe ser un principio ético que
trascienda los colores…
Y … ahí empieza la responsabilidad individual. Porque, (y
ahora hablo como hombre), solo cuando entendemos los privilegios que hemos
recibido sin pedirlos, podemos decidir no perpetuarlos y educar de otra manera:
desde la corresponsabilidad, el respeto y la igualdad real.
Hoy soy padre de una niña. Y si algo tengo claro es que
la igualdad no puede ser solo un tema de debate público, y debe ser una
convicción privada, cotidiana, y muy coherente. Desde pequeña le he transmitido
que nadie es más que ella y que ella no es más que nadie. Que su voz vale lo
mismo. Que sus sueños no tienen límites impuestos por ningún estereotipo. Que
el respeto no depende de a quién se ame, de dónde se venga o en qué se crea.
Evidentemente yo no puedo cambiar las desigualdades del
mundo, pero sí puedo educar desde mi conciencia. Porque crecí viendo la
desigualdad, pero también viendo la fortaleza de una mujer que no aceptó los
límites que le imponían. Y hoy, como padre, tengo la responsabilidad (y el
privilegio) de sembrar en mi hija una idea clara: la igualdad no es una
concesión, ni una ideal político, es un derecho. Y empieza en nuestra casa.
Es mi opinión.


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