Hay historias que no sé si se repiten, pero riman de una manera
inquietante. Como si la vida tuviera patrones invisibles para recordarnos que
el dolor tiene una memoria colectiva.
Esta semana he visto el documental ganador de Goya “Flores
para Antonio”.
Flores para Antonio
es un documental en el que Alba Flores, su hija, reconstruye la figura de su
padre, Antonio Flores, a través de recuerdos personales, archivos familiares y
testimonios de quienes lo conocieron, en un intento íntimo y muy honesto de
comprender no solo quién fue como artista, sino como padre y como un hombre
marcado por el impacto que tuvo en él la muerte de su madre, Lola Flores,
dejando en ella, su hija, preguntas abiertas, amor persistente y la necesidad
de mirar hacia atrás para reconciliarse con su propia historia, que yo ahora le
plagio en forma de escritura.
Al ver su documental, no
he podido evitar sentir que no estaba solo ante la historia de otra persona,
sino frente a un inesperado reflejo de la mía: mi padre también murió en
circunstancias “similares”, con la misma edad, 33 años, y yo tenía casi la
misma edad que Alba cuando todo ocurrió. Además, en aquel momento, mi abuela
(su madre), aunque aún no había fallecido, estaba ya gravemente enferma de
cáncer, con poca esperanza de vida, y esa situación (por lo que ahora sé
gracias a mi tía) sumió igualmente a mi padre en una pena profunda que lo
atravesaba todo.
Esas coincidencias se convirtieron mientras lo visionaba
en una extraña forma de reconocimiento, como si al mirar su historia pudiera,
por un instante, comprender un poco más la mía.
Por eso, para mí no ha sido solamente asistir al relato íntimo
de Alba buscando a su padre entre recuerdos fragmentados. Para mí ha sido, en
cierto modo, asomarme a un espejo que no sabía que seguía ahí tantos años después.
Y es que hay edades que aunque lejanas no se olvidan. Y los
ocho años son una extraña frontera, porque no eres completamente ajeno al
mundo, pero tampoco tienes las herramientas para comprenderlo. Una edad en la
que uno empieza a intuir que los adultos no lo saben todo, y que también se
rompen. Y cuando eso ocurre, cuando la figura de tu padre se resquebraja (ya
sea por la muerte, por la tristeza o por un silencio que nunca llegan a
explicarte), algo se disloca dentro de ti para siempre.
No importa si fue suicidio o pena, porque los dolores no
necesitan nombre para ser verdaderos. La pena también mata, aunque no siempre
deje una causa por escrito. Y lo que queda para quienes miramos desde abajo,
desde la infancia, es una pregunta suspendida en el aire: ¿por qué? Aunque esa
pregunta no busque una respuesta concreta. Creo que simplemente buscas, en
realidad, un lugar donde depositar ese amor que ya no tienes a quién dirigir. Por
mi parte, curiosamente, durante todas mis aventuras y expediciones, en los
momentos más solitarios o inciertos, siempre sentía la presencia de mi padre de
una forma difícil de explicar, como si caminara a mi lado en silencio. No era
una imagen nítida ni un recuerdo concreto, sino una especie de compañía
invisible, una intuición de que, de algún modo, seguía ahí, mirando a través de
mis ojos, acompañándome a cada paso.
Quizás en ese constante avanzar, encontraba una forma de
mantenerlo vivo, de seguir compartiendo con él una vida que no pudimos tener
juntos.
Luego está la otra figura: la madre que permanece. La
madre que no cae, o que cae pero se levanta antes de que tú lo notes. La madre
que sostiene, organiza, alimenta y protege. La madre coraje. Pero también la
madre que, quizá por miedo a hacerte daño, convierte su amor en silencio. Un
amor que está, que es profundo, que es indiscutible, pero que no siempre
encuentra salida en sus palabras, en gestos, o en abrazos que digan lo que
sienten.
Y entonces creces con esa doble herencia: la intensidad
del amor y la dificultad para expresarlo. Como si amar fuera algo que se sabe,
pero no algo que se dice. Como si el dolor enseñara a contenerse, y a no abrir
ciertas puertas.
Tal vez por eso, tantos años después, un documental como
este puede removerme tanto y hacerme llorar. Porque no habla solo de otros;
habla de uno mismo. De todo lo que quedó por decir. De todo lo que se entendió
demasiado tarde. De una infancia que, sin saberlo, estaba aprendiendo a
convivir con la ausencia.
Y sin embargo, como soy una persona más bien optimista,
que le da siempre la vuelta a las vicisitudes amargas, encuentro algo luminoso
en todo esto. Que si estuvo el amor, sigue estando. No desaparece. Solo cambia
de forma. En ocasiones se convierte en memoria, otras en sensibilidad, otras en
una forma distinta de mirar a los demás, con más cuidado, o con más conciencia
de lo frágiles que somos.
Por eso, como Alba, escribir sobre esto, pensar sobre
esto, es una forma de romper ese silencio heredado. De sacar hacia fuera el
amor por mi padre. De decir, aunque sea tarde, aunque sea en voz baja: estaba
ahí, lo sentí, y también mi padre sigue vivo en mí. ¡Gracias Alba!.

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