Buuff!! Esta reflexión escrita, me nace tras un par de
semanas especialmente intensas, en las que han fallecido las madres de dos
amigos muy cercanos. Y ese tema inevitablemente me remueve… Cada vez tengo más
la sensación de como si algo se fuera apartando sigilosamente bajo nuestros
pies. Y veo claramente que llegar a los cincuenta y tantos no es solo sumar
años, es también comenzar a notar cómo el mundo a tu alrededor se reorganiza. Por lo general, vivimos durante
décadas bajo una especie de techo invisible, sostenido por las generaciones que
estaban aquí antes que nosotros: Padres, tíos, vecinos, “los padres de nuestros
amigos”… Unas figuras que nos parecen inmutables y permanentes en el paisaje de
nuestra vida. Pero un día, sin darnos ni cuenta, ese paisaje empieza a
vaciarse.
Primero se va uno, luego otro. Al principio es
excepcional y casi incomprensible (como mi madre). Pero después se vuelve frecuente.
Y finalmente, inevitable. Y nuestras conversaciones se modifican: Dejamos de
hablar únicamente de proyectos e ilusiones, y comenzamos también a hacerlo de
ausencias. De nombres que ya se pronuncian en pasado. Y lo que más me desconcierta,
al menos a mí, no es solo la pérdida, sino la sensación de que, mientras
nosotros empezamos a habitar esa especie de nuevo territorio de los que
recuerdan, el mundo sigue como si nada. Hay algo profundamente punzante en ese entender
que ya no hay tantas personas “por encima” de nosotros. Y que todos aquellos a
quienes mirábamos buscando guía, aprobación e incluso referencia, ya no están o
les queda poco para irse. Y como poco a poco, sin que nadie nos lo notifique,
nos convertimos en el techo. En la generación que sostiene.
Y ese techo no nos parece tan firme como parecía el de
nuestros padres. Yo lo siento más consciente, más frágil. Sabemos lo que hay
debajo porque lo estamos viviendo, y sabemos lo que hay delante porque
empezamos a intuirlo. Habitamos en una especie de frontera en la que somos a la
vez, presente y memoria. Y siento que aparece una nueva forma de
responsabilidad. La de cuidar a los que vienen detrás, y además, la de
conservar en la memoria todo lo que se va perdiendo. Historias, gestos, y maneras
de entender la vida que ya no se presentan así, pero que de alguna manera siguen
latiendo en nosotros. Nos convertimos poco a poco en ese archivo viviente de un
tiempo que ya no existe. Y, sin embargo, también siento cierta belleza en todo
esto. Porque al desaparecer ese “techo” anterior, el cielo se abre más amplio, y
más incierto, sí, pero también más propio. Ya no vivimos a la sombra de otros,
sino a la intemperie de nosotros mismos. Cumplir muchos años es, en el fondo,
aceptar que la vida ya no es solo promesas, es también legado. Que lo
importante no es cuánto nos queda, sino lo qué hacemos con lo que hemos visto y
vivido, con lo que hemos heredado y con lo que inevitablemente tendremos que
dejar cuando partamos.
Y en ese tránsito silencioso entre la pérdida y la
continuidad, pienso que no somos el final de nada, sino un puente entre lo que
fue y lo que será. Y aunque a veces duela, que duele; aunque a veces pese, que
pesa… también es, de alguna forma, un privilegio.
Hoy, mientras despedíamos a la madre de uno de mis
mejores amigos, todo esto se me ha hecho más evidente. Era como si, por un
momento, el tiempo se plegara sobre sí mismo. En ese adiós no solo estaba ella,
sino también todos los que ya no están. Asomaba mi pasado entero en silencio,
en rostros, en recuerdos, en gestos que creía olvidados. Sentía ese vacío que
deja lo que se va con claridad… pero también algo más. Que al mismo tiempo,
allí estábamos nosotros. Los que quedamos. Los que seguimos caminando. Y de
alguna manera, he entendido que no estamos aquí solo por nosotros, sino gracias
a todos ellos. A cada historia compartida, a cada cuidado recibido, o a cada
huella invisible que nos ha ido construyendo.
Y entonces he pensado que quizá “alcanzar el techo” no es
solo asumir peso o responsabilidad… sino también reconocer eso, que somos
continuidad. Que sostenemos, sí, pero porque antes nos sostuvieron ellos y
ellas. Y en ese extraño equilibrio entre la despedida y la vida que sigue, he
comprendido que no estamos más solos… estamos más llenos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario