sábado, 21 de marzo de 2026

El día del Padre



Para mí ser padre es una forma de reconciliar mi pasado con mi presente. En cierto modo, una silenciosa conversación entre el niño que fui y el hombre que intento llegar a ser.

Crecí con la sombra de una ausencia demasiado temprana. A los ocho años, la figura de mi padre ya se convirtió en recuerdo, una pregunta silenciada y sin respuesta, en un hueco imposible de llenar. Y su partida dejó silencio y la implícita responsabilidad de aprender a ser sin modelo, y construir mi identidad sin espejo. Y si, en medio de todo eso, estuvo ella. Mi madre que no fue solo madre; fue resistencia, refugio y dirección. Una mujer que para nada eligió la dureza de su destino, pero sí la forma de plantarse y enfrentarlo.

De ella aprendí que el amor no siempre es dulce, lleno de besos y abrazos, y que a veces se muestra como esfuerzo, sacrificio, o una firmeza que resiste cuando todo lo demás se derrumba. Su coraje no era heroico ni grandilocuente; era diario, reiterado, y silencioso. Y precisamente por eso era inmenso.
Así que para mí, ser padre hoy es mirarme en ese pasado y preguntarme qué heredo de él y en qué lo transformo. No tengo el recuerdo de un padre que me enseñara cómo serlo, pero sí tengo la memoria viva de lo que significó no tenerlo.

Y curiosamente, esa ausencia me ha enseñado presencia. Me ha enseñado que estar no es solo ocupar un espacio físico, sino dar tiempo, escucha, y tener paciencia. Y que estar es elegir cada día.
También soporto el miedo: el miedo a no saber, a equivocarme, o a repetir vacíos. Aunque en ese miedo hay algo muy fuerte: la voluntad de construir. Porque ser padre, para mí, no es reproducir lo que yo viví, sino darle un significado. Tomar la herida y convertirla en cuidado, tomar la falta y convertirla en unión.
A veces pienso que mi forma de amar a mi hija está hecha de dos grandes fuerzas: Una ausencia que me marcó, y la presencia que me salvó. Y entre ambos, construyo mi manera.
Y así, en cada gesto diario, en cada palabra que  digo o callo, en cada abrazo, voy respondiendo a una pregunta que me acompaña desde que era niño: Lo qué significa ser padre cuando uno tuvo que aprender primero a ser hijo en medio de una pérdida.
Quizá la respuesta no está en hacerlo perfecto, sino en ser consecuente. En entender que ser padre no es llenar todos los vacíos, sino evitar, en la medida de lo posible, dejar nuevos. 

Hoy para mí, el día del padre no es solo una fecha en el calendario. Es el recuerdo de aquel padre que nos dejó pronto, la vivencia de ser yo (junto a su madre) quien ahora sostiene la mano de mi hija, y el aniversario de la partida de mi madre, quien decidió marcharse precisamente un día del padre. Siempre he sentido que aquel último gesto suyo no fue casual, sino su acto final de cuidado: ella, que conocía mis olvidos y despistes, eligió marcar su ausencia el mismo día que se celebra la paternidad para asegurarse de que nunca, ni en el mayor de mis despistes, me faltara su recuerdo. De esta manera, mi pasado y mi presente se abrazan ese día en una perfecta contradicción: mientras celebro el padre que intento ser para mi hija, honro a la madre que fue todo para mí. La vida, en su extraña sabiduría, ha convertido esta fecha del día del padre en una eterna cita donde la ausencia de uno y el sacrificio de la otra me recuerda, año tras año, la urgencia de estar presente.




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