sábado, 14 de marzo de 2026

Seamos unos Simples

 


Ayer leí unas declaraciones de Ethan Hawke (El club de los poetas muertos) que me dejaron pensando. Decía algo así como que unas vacaciones carísimas con sus hijos no son necesariamente mejores que unas vacaciones normales con ellos. Y que el amor funciona un poco igual: puedes gastarte una fortuna en un fin de semana romántico, pero quizá no sea tan especial como quedarte atrapado durante una tormenta de nieve en el coche, escuchando un buen disco, mirar a tu pareja a los ojos y pensar mientras la abrazas lo preciosa que está en ese momento. Y que eso, en el fondo, no se puede comparar.

Claro, lo primero que pensé, es que para alguien que probablemente es millonario resulta bastante fácil hacer este tipo de reflexiones.

Cuando sabes que puedes permitirte casi cualquier cosa, es más sencillo relativizar el valor de lo caro o lo espectacular. Pero aun así, creo que no le faltaba razón. Si repaso mi propia vida y rescato los instantes que más feliz me han hecho, casi ninguno tiene que ver con grandes lujos ni planes enormes. Más bien al contrario: suelen ser momentos sencillos, improvisados, y casi accidentales.

Y es que muchas veces confundimos lo extraordinario con lo caro, o lo espectacular con lo importante. Como si la intensidad de los momentos dependiera del presupuesto. La mayoría de las veces lo que realmente se queda en nuestra memoria es aquello que ocurre en situaciones simples e inesperadas. Momentos que no estaban diseñados para ser especiales y sin embargo lo son.

Vivimos en un mundo en el que todos mostramos en las redes sociales lo felices que somos, los lugares increíbles a los que viajamos, o los restaurantes espectaculares en los que comemos. Todo parece diseñado para ser fotografiado y compartido inmediatamente. Pero creo, bueno sé, que los momentos de verdad más felices no caben en una foto. Son demasiado pequeños, demasiado íntimos, demasiado inesperados, y ocurren cuando nadie está pensando en sacar el móvil. Y precisamente por eso son tan valiosos.

Durante la pandemia nos repetíamos: “de esto vamos a salir mejores”. Lo gritábamos como una promesa colectiva. Íbamos a valorar más el tiempo, a las personas, lo corriente. Íbamos a valorar lo que importaba de verdad… Con el tiempo, se nos ha ido olvidando un poco.

Yo, cuando pienso en esos días, recuerdo como con mi hija viví algunos de los momentos más íntimos y bonitos que hemos tenido juntos. Y no tenían nada de extraordinario en el sentido clásico. No eran viajes lejanos ni planes caros. Eran en casa grabando vídeos de “actividades deportivas” en el salón. Aventuras improvisadas y juegos absurdos que acababan en interminables risas.

Cuando vuelves a ese tipo de recuerdos, te das cuenta de que estaban llenos de algo que no se puede comprar con dinero.

Muchos de esos momentos fueron más intensos, y más reales, que algunos planes supuestamente increíbles que cuestan mucho dinero y dejan mejores fotos pero menos huella. Quizá porque lo que hace especiales las cosas no es el escenario, sino la conexión, la atención y el tiempo compartido de verdad.

Al final, lo extraordinario, cuando lo miras con los ojos adecuados, se parece mucho a lo ordinario…. Me viene a la cabeza un recuerdo de cuando yo era niño. Si hacía alguna tontería que le hacía gracia a mi abuela, se reía y decía: “Qué simple eres… eres un simple”. Y lo decía con una mezcla de ternura y risa, celebrando la ingenuidad de un niño. Ahora me dan ganas de reivindicarlo. Ojalá fuéramos como decía mi abuela un poco más simples. No en el sentido de superficiales, sino en el de no complicar tanto todo. De saber disfrutar más de lo que tenemos delante, sin tantos barnices, sin tantas expectativas, y sin tanto ruido.

Y sí, también es verdad que resulta más fácil decir todo esto si eres millonario y sabes que puedes permitirte cualquier opción. Pero quizá precisamente por eso tiene algo interesante: Que incluso alguien que ha tenido acceso a todo, termina recordando lo mismo que recordamos los demás. Vivamos con trascendencia lo simple. 

Es mi opinión.




No hay comentarios:

Publicar un comentario