Esta semana, revisando
viejas fotografías, me topé con una en particular. Es, desde hace años, una de
mis favoritas. La tomé durante la expedición al Manaslu en el 1999, y cada vez
que me encuentro con ella, siento que no es solo una imagen, sino una pequeña
historia detenida en el tiempo.
Quizá por eso he
decidido escribir y rescatar también el recuerdo que la acompaña. Creo que hace
años ya lo había escrito, pero hay vivencias que piden ser contadas, como si al
hacerlo volvieran a respirar de nuevo.
Aquella mañana
salimos de Katmandú en un viejo helicóptero ruso, un MI-17 que parecía haber
vivido tantas aventuras como nosotros estábamos a punto de comenzar.
Tras una hora de
vuelo, aterrizamos en un claro a 3.000 metros, a las afueras de Sama Gaon: Una
aldea formada por un puñado de casas suspendidas entre Nepal y Tíbet, a siete
días caminando de la carretera más cercana.
Montamos el
campamento y nos quedamos un par de días allí aclimatando. También aprovechamos
para contratar los sherpas que nos ayudarían a cargar el material hasta el
campo base de la montaña, mil metros más arriba.
Aquella tarde,
cámara en mano, salí a caminar sin rumbo fijo. El paisaje siempre me invitaba a
perderme en el: bosques cerrados, lenguas de hielo que descendían desde lo alto
como si las montañas vomitaran nubes solidas por sus laderas. Todo tenía algo
de irreal y de escenario detenido en el tiempo.
No llevaba mucho
andando cuando, en una curva del sendero, escuché unos pasos. De frente
aparecieron dos niños. Venían cargando dos enormes cestas de mimbre llenas de
leña. Iban desgreñados, y las mejillas encendidas de frío y esfuerzo.
Nos miramos con esa
mezcla de curiosidad y desconcierto que surge cuando dos mundos diferentes se
cruzan sin previo aviso. Para ellos, yo era claramente el extraño. Lo vi en sus
ojos, abiertos de par en par, recorriéndome de arriba abajo.
Y, de pronto, algo
cambió. Se deshizo la tensión. Supongo que comprobaron que, pese a todo, yo era
“normal”. O algo parecido…
Aunque también lo
fuimos, a veces olvidamos lo atentos que son los niños. Lo observan todo. No se
les escapa nada. Son capaces de asombrarse por lo grande… y por lo mínimo.
Quizá porque aún no han aprendido a dejar de mirar.
Les hice un gesto
señalando mi cámara de fotos. Lo entendieron al instante. Uno dejó su cesta a
un lado del camino, y el otro la apoyó en la vertiente del sendero aliviando el
peso, y posaron con naturalidad. Sin artificios, sin poses aprendidas. Solo
ellos, tal como eran.
Disparé la foto.
Después, sin más,
se colocaron de nuevo la carga y siguieron su camino hacia la aldea. Se
alejaban sonriendo, cuchicheando entre ellos, riendo por algo que nunca sabré.
Y ahí terminó todo.
Un encuentro breve, casi insignificante.
Pero no lo fue.
Porque a veces
ocurre justo eso: lo que parece enorme se diluye con el tiempo, y en cambio un pequeño
instante, fugaz, se queda para siempre contigo. Como un guiño. Como esta
fotografía. Como dos rostros, una cesta de leña… y la certeza de que la
sencillez también puede ser inolvidable.
Han pasado ya 27 años desde aquel instante detenido en
esta fotografía, y cada vez que vuelvo a mirarla no puedo evitar preguntarme
qué habrá sido de aquellos dos niños. Qué caminos habrán seguido, qué vidas
habrán construido, si seguirán caminando por esos mismos senderos o si, como
todos, también fueron alejándose poco a poco de aquella sencillez. Hay algo
profundamente misterioso en los fugaces cruces de la vida. Como compartes un instante
con alguien y, sin saberlo, lo almacenas para siempre, mientras sus vidas
continúan ajenas a tu recuerdo. Quizá nunca sepan que forman parte de la
memoria de un desconocido occidental, que siguen existiendo en un rincón del
tiempo a tantos kilómetros de distancia. Y, sin embargo, ahí están, eternamente
niños, sosteniendo esa cesta de leña, recordándome que la vida no solo se mide
por lo que vivimos, sino también por lo que apenas rozamos y nos deja huella.

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