El otro día viví
una hecho muy sencillo; de esos sin importancia y que, sin embargo, se quedan
después en mi cabeza como un poso de café...
La madre de mi hija
la miró con una mezcla de orgullo y ternura y dijo: "Qué bien lo hemos hecho." Yo la miré a ella, miré a
nuestra hija y respondí casi sin pensar: "Sí, la verdad es que sí." En ese momento la
frase me pareció natural. Incluso bonita.
Pero al día
siguiente, mientras corría al amanecer, esta volvió a mi cabeza. Y cuanto más pensaba
en ella, más dudas me despertaba. ¿De verdad podemos decir que un hijo o hija
"ha salido bien" porque nosotros "lo hemos hecho bien"?
¿Hasta qué punto es cierto? ¿Y hasta qué punto es una simplificación de algo
mucho más enrevesado?
Entonces comprendí
que detrás de esta frase tan cotidiana se escondía una reflexión mucho más
profunda sobre la paternidad, el mérito, la responsabilidad y esa parte de la
vida que, por suerte o por desgracia, nunca estará completamente en nuestras
manos.
Antes, esta frase me parecía inevitable. Cuando veías a
un hijo educado, respetuoso, y responsable, pensabas: "Sus padres lo han
hecho bien." Y cuando veía a otro perdido, impulsivo o con problemas, la
conclusión era la contraria: "Sus padres han fallado."
Hoy ya no estoy seguro. Porque con los años he conocido
familias extraordinarias cuyos hijos han tomado rumbos… “espinosos”. Y personas
maravillosas que crecieron donde apenas hubo cariño, atención o ejemplo. Si, la
vida me ha enseñado que educar importa, y mucho, pero que no lo explica todo.
Que decir "lo hemos hecho bien" puede ser una forma de agradecer el
esfuerzo realizado. Pero también puede esconder una discreta mentira: creer que
el resultado nos pertenece.
Un hijo no es un examen que aprueban o suspenden los
padres. Es una persona con su propio carácter, sus heridas, sus decisiones, sus
amistades, sus oportunidades y también sus errores. Hay demasiadas variables
para atribuirnos todo el mérito cuando las cosas salen bien o toda la culpa
cuando las cosas salen mal.
Creo que la paternidad no consiste en confeccionar un
resultado, sino en ofrecer un buen punto de partida. Un cimiento sólido. Sembrar
valores, poner límites, dar amor, pedir perdón cuando nos equivoquemos e
intentar ser el mejor ejemplo posible… después llega la vida a poner todo en su
lugar. Y la vida también educa.
Quizá un buen padre o una buena madre no son quienes
consiguen que un hijo o hija sean perfectos. Son quienes los aman incluso
cuando el camino se tuerza, quienes estén siempre allí cuando las decisiones
del hijo no sean las que soñaban, y lo más importante, quienes entienden que
educar no es controlar el destino de nadie.
Porque saben que, al final, hacer las cosas bien no
garantiza un resultado perfecto. Solo garantiza que, pase lo que pase, podamos
mirar atrás y decir que ofrecimos lo mejor de nosotros con lo que éramos y lo
que teníamos.
Quizá esa sea la única verdad que podemos afirmar con
certeza. No que nuestros hijos hayan salido bien o mal, sino que cada día
intentamos quererlos y educarlos lo mejor que supimos. Lo demás,
afortunadamente o no, nunca dependió solo de nosotros.



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