El pasado miércoles tuve el privilegio de acompañar a dos niños, de ocho y diez años, a realizar su primer barranco.
No era la primera vez que lo hacía. También llevé a mi hija
cuando era pequeña, y a lo largo de los años he compartido esa primera aventura
con muchos otros niños. Sin embargo, hay algo que nunca cambia: cada vez que presencio
esa mezcla de ilusión, curiosidad y miedo en sus ojos, siento que estoy
asistiendo a un momento muy muy especial. Me siento privilegiado. Porque ese primer
barranco nunca es solo un barranco. Es un descubrimiento. Puesto que los niños
tienen la extraordinaria capacidad de encontrar el paraíso donde los adultos
muchas veces ya solamente vemos un paisaje. Para ellos, un río no es
simplemente agua. Es una gran aventura. Una roca enorme es un castillo. Un
salto una conquista. Un tobogán natural el mejor parque de atracciones del
mundo. Y mientras los observo, regreso inevitablemente a mi propia infancia. Vuelvo
a aquellos veranos explorando el monte de Burceat, recorriendo el barranco de
Ariño con mis hermanos, haciendo excursiones por los alrededores de Barbastro o
disfrutando de los campamentos de verano con mis amigos en el Pirineo. Sin
saberlo, aquellos días fueron construyendo una forma de mirar la vida que hoy todavía
me acompaña.
Quizá por eso sigo sintiendo la necesidad de acercar a los
niños a la naturaleza como hicieron conmigo. Y no para que se conviertan en
montañeros. Ni en barranquitas. Ni siquiera en deportistas. Simplemente para
que descubran que existe un mundo donde no hacen falta pantallas ni leds para
emocionarse, un lugar donde el tiempo parece detenerse y donde las cosas
importantes vuelven a ser sencillas. En un barranco aprenden mucho más que a avanzar
entre piedras o deslizarse por un tobogán: Aprenden a confiar. A escuchar. A
esperar. A ayudar. A reírse cuando algo no sale perfecto. Y, sobre todo, a
descubrir que muchos de sus miedos desaparecen cuando alguien les transmite tranquilidad
y les presta su mano.
Nunca he creído que el valor consista en no tener miedo. Creo
que consiste en avanzar a pesar de él. Por eso jamás hay que obligar a ningún
niño a hacer un salto o superar un obstáculo. Cada uno tiene su momento. Lo
importante es que sientan que pueden intentarlo, que están seguros y que, si
hoy no se atreven, no pasa nada, quizá mañana sí. Porque la confianza siempre
crece mejor que la presión.
Por desgracia vivimos rodeados de horarios, pantallas,
prisas y normas. Y sin darnos ni cuenta, muchas veces llenamos a nuestros hijos
la agenda, y les dejamos poco espacio para descubrir el mundo con sus propias
manos. Y un bosque, un río, o un barranco, son lugares donde tocar, oler,
observar, correr, trepar, mojarse y ensuciarse sin problema…
Cada vez estoy más convencido de que los recuerdos más
bonitos de la infancia casi nunca tienen que ver con las cosas que se compran,
sino con los momentos que se viven. Por eso, cuando veo a un niño terminar su
primer barranco con una sonrisa que apenas le cabe en la cara, siento que no
solo ha descendido por un río: Ese día ha descubierto que es mucho más valiente
de lo que imaginaba. Que era capaz de confiar en sí mismo, de pedir ayuda
cuando la necesitaba y tender la mano a un compañero cuando quien la necesitaba
era él. Ha aprendido que las dudas se hacen pequeñas cuando das un primer paso
y que los límites están más en su cabeza que en el camino. Quizá dentro de unos
años no recuerden el nombre del barranco o el recorrido, pero estoy convencido
de que, cuando la vida le ponga delante un obstáculo que parezca les demasiado
grande, alguna parte en su memoria le susurrará: "Ya sentí este miedo una
vez... y fui capaz." Y eso es lo bonito de acercar a un niño a la
naturaleza. Los barrancos, las montañas o los bosques son atmósferas donde, sin
darnos cuenta, vamos construyendo el carácter. Lugares que gota a gota, van
modelando personas más libres, más seguras y conscientes. Y quizá esa es la
aventura más importante de todas: descubrir que el paisaje más extraordinario
no siempre está ante nuestros ojos, sino que empieza a dibujarse, sigilosamente,
en el interior de quien se atreve a recorrerlo.









