domingo, 23 de agosto de 2026

LA PRINCESA QUE VIVÍA EN LA MACETA

 


Cuando mi hija era pequeña llegó un momento en que tuve la sensación de que ya no quedaba ningún cuento infantil que no hubiéramos leído ni contado: princesas, dragones, brujas, piratas, hadas, animales parlantes y caballeros valientes. Habíamos viajado juntos a castillos encantados, bosques misteriosos y países que solo existían en la imaginación. Así que comencé a inventarlos. Y esa idea le encantó. Siempre me decía: “invéntate un cuento”.

Y así nació este cuento. Su cuento.

Quise inventar para ella una historia que nadie hubiera contado antes, y un pequeño mundo que fuera solamente suyo. Incluso a los personajes les puse nombres de algunos de sus amigos de entonces, para que aquella fantasía tuviera todavía un pedacito de su mundo real.

Quizá los cuentos tengan precisamente esa magia: no solo sirven para imaginar otros mundos, sino también para guardar un poco de tu infancia, y algún día poder regresar a ella. No sé si Nayra recuerda la primera vez que se lo conté. Era muy pequeña. Pero sí recuerdo que me lo hacía repetir una y otra vez. Mientras ella lo escuchaba, yo comprendía algo que entonces todavía no sabía explicar: que hay momentos que pasan muy deprisa, pero que una historia puede conseguir que, de alguna manera, se queden para siempre. Y esta es la historia de cómo una niña llamada Nayra descubrió que las mayores aventuras pueden comenzar en el lugar más inesperado... incluso en una maceta.

 

LA PRINCESA QUE VIVÍA EN LA MACETA

Había una vez una anciana llamada Alejandra que vivía en una pequeña casa rodeada de árboles y flores. Pero entre todas sus plantas había una que cuidaba de manera especial: una vieja maceta de cerámica que llevaba más de cien años en su familia.

La maceta había llegado hasta allí gracias a una historia muy antigua: Muchos años atrás, durante una terrible tormenta de nieve, un antepasado de Alejandra había encontrado perdidas y muertas de frio a una anciana llamada Olalla y a su hija. Las había acogido en su casa y les había dado comida, calor y refugio.

Al día siguiente, antes de marcharse, Olalla le regaló aquella maceta:

—“Cuídala con amor y ella cuidará de vuestra familia“le dijo.

Nadie sabía si aquello era verdad, pero generación tras generación la maceta siguió pasando de unas manos a otras, y curiosamente, siempre parecía llevar consigo algo especial: alegría, cariño y un poquito de magia a su hogar.

Lo que nadie sabía era que dentro de aquella maceta existía un diminuto mundo mágico. Había bosques, ríos, praderas, casas diminutas, y en lo alto de una colina un diminuto castillo. Y allí, con sus padres, vivía la princesa Nayra.

Nayra era una princesa poco convencional. Le encantaba correr, trepar a los árboles, explorar cuevas y perseguir mariposas.

Sus padres estaban acostumbrados a decirle:

—“¡Nayra, no te alejes!”

—“¡Nayra, cuidado con el río!”

—“¡Nayra, baja de ese árbol!”

Pero Nayra tenía una enorme curiosidad. Y la curiosidad, aunque a veces nos mete en problemas, también es una de las mejores formas de descubrir el mundo.

Una mañana, después de correr durante horas, Nayra se tumbó sobre un pequeño tronco para descansar. —“Solo cinco minutos” dijo.

Pero de repente, el tronco empezó a moverse. Primero despacio, después más rápido, y... ¡Fiuuuuuuu!

Descubrió que aquello que para ella era un tronco, era una diminuta ramita que un gorrión gigantesco llevaba en el pico para construir su nido…

—“¡SOCORROOO!”

Pero el viento se llevaba sus gritos y el gorrión no podía escucharla…

Cuando el gorrión llegó a un enorme árbol donde construía su nido, Nayra consiguió por fin explicarle lo ocurrido. El pájaro, que se llamaba Ibón, al saber lo sucedido le dijo: —“Creo que puedo ayudarte”.

Nayra subió a su espalda y emprendieron de nuevo el vuelo.

Desde allí arriba contempló su mundo de una manera completamente distinta a como lo conocía. Los árboles parecían gigantes, las casas diminutas y las montañas se extendían hasta el horizonte.

—“¡El mundo es enorme!” exclamó.

Ibón se rio y dijo:

—“Y esto solo es una esquina”.

Nayra entonces comprendió algo que nunca había pensado desde su diminuta maceta: Que a veces creemos conocer nuestro mundo simplemente porque conocemos nuestro pequeño rincón de él, pero basta con cambiar de lugar y perspectiva para descubrir que todavía queda muchísimo por ver y descubrir.

Cuando llegaron a la casa de Alejandra ya estaba anocheciendo, y había un problema. La maceta ya había desaparecido de la galería. Alejandra ya la había guardado dentro de la casa, y Nayra no podía regresar a la suya.

Aquella noche durmió en el nido de Ibón. No tenía cama ni almohada, pero estaba demasiado cansada para quejarse.

A la mañana siguiente amaneció nublado y comenzó a llover, con lo que Alejandra no sacaría la maceta a la galería, y Nayra pensó que todo estaba perdido.

Entonces Ibón recordó a alguien.

—Conozco a un amigo que puede ayudarnos. Se llamaba Juan.

Juan era un pequeño ratón que presumía de poder entrar en cualquier sitio.

—“¿En cualquiera?” preguntó Nayra.

—“En cualquiera” ratificó Ibón

Así que la llevó hasta Juan, le contó lo sucedido, y partieron juntos, y llegaron hasta la casa de Alejandra. Juan tras explorar un poco, encontró un pequeño agujero bajo una puerta y se colaron por él. Atravesaron el sótano, subieron por una vieja tubería y recorrieron pasadizos estrechos hasta que finalmente, llegaron a la habitación donde estaba la reluciente maceta.

Nayra la reconoció enseguida.

—“¡Es mi casa!”

Entró en ella y en un instante, regresó a su reino.

Corrió hasta el castillo, y allí estaban sus padres desesperados y felices al mismo tiempo. El abrazo fue tan fuerte que casi volvió a salir volando esta vez sin gorrión.

Nayra les contó todo la aventura que había vivido: el vuelo, el bosque, Ibón, Juan y aquella enorme casa que desde su pequeño mundo parecía un gigantesco castillo.

Había aprendido muchas cosas, pero sobre todo, que tener miedo no significa que no podamos ser valientes, que pedir ayuda no nos hace débiles, y que algunas de las mejores aventuras empiezan precisamente cuando las cosas no salen como esperábamos. Desde aquel día, Ibón y Juan se convirtieron en sus mejores amigos. Y algunas mañanas Ibón la llevaba a volar, y otras Juan la acompañaba a explorar.

Y así pasó el tiempo, y la vieja maceta continuó pasando de generación en generación, siempre cuidada con cariño. Porque quizá la verdadera magia nunca estuvo en la maceta. Quizá estaba en todo aquello que había conseguido conservar durante tantos años: los recuerdos, la amistad, la curiosidad y el amor de una familia. Y quién sabe... tal vez todavía exista, en algún lugar, esa vieja maceta junto a una ventana. Tal vez, si te acercas miras y escuchas con atención, puedas ver a un gorrión, a un ratón o incluso escuchar la risa de una princesa. Porque las historias mágicas tienen una extraña costumbre: cuando una aventura termina, casi siempre significa que otra está a punto de empezar.

Colorín, colorado... este cuento se ha acabado.





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