Cuando mi hija era
pequeña llegó un momento en que tuve la sensación de que ya no quedaba ningún
cuento infantil que no hubiéramos leído ni contado: princesas, dragones,
brujas, piratas, hadas, animales parlantes y caballeros valientes. Habíamos
viajado juntos a castillos encantados, bosques misteriosos y países que solo
existían en la imaginación. Así que comencé a inventarlos. Y esa idea le
encantó. Siempre me decía: “invéntate un cuento”.
Y así nació este cuento. Su cuento.
Quise inventar para ella una historia que nadie hubiera contado antes, y un pequeño mundo que fuera solamente suyo. Incluso a los personajes les puse nombres de algunos de sus amigos de entonces, para que aquella fantasía tuviera todavía un pedacito de su mundo real.
Quizá los cuentos
tengan precisamente esa magia: no solo sirven para imaginar otros mundos, sino
también para guardar un poco de tu infancia, y algún día poder regresar a ella.
No sé si Nayra recuerda la primera vez que se lo conté. Era muy pequeña. Pero
sí recuerdo que me lo hacía repetir una y otra vez. Mientras ella lo escuchaba,
yo comprendía algo que entonces todavía no sabía explicar: que hay momentos que
pasan muy deprisa, pero que una historia puede conseguir que, de alguna manera,
se queden para siempre. Y esta es la historia de cómo una niña llamada Nayra
descubrió que las mayores aventuras pueden comenzar en el lugar más
inesperado... incluso en una maceta.
LA PRINCESA QUE
VIVÍA EN LA MACETA
Había
una vez una anciana llamada Alejandra que vivía en una pequeña casa rodeada de
árboles y flores. Pero entre todas sus plantas había una que cuidaba de manera
especial: una vieja maceta de cerámica que llevaba más de cien años en su
familia.
La
maceta había llegado hasta allí gracias a una historia muy antigua: Muchos años
atrás, durante una terrible tormenta de nieve, un antepasado de Alejandra había
encontrado perdidas y muertas de frio a una anciana llamada Olalla y a su hija.
Las había acogido en su casa y les había dado comida, calor y refugio.
Al
día siguiente, antes de marcharse, Olalla le regaló aquella maceta:
—“Cuídala
con amor y ella cuidará de vuestra familia“le dijo.
Nadie
sabía si aquello era verdad, pero generación tras generación la maceta siguió
pasando de unas manos a otras, y curiosamente, siempre parecía llevar consigo
algo especial: alegría, cariño y un poquito de magia a su hogar.
Lo
que nadie sabía era que dentro de aquella maceta existía un diminuto mundo
mágico. Había bosques, ríos, praderas, casas diminutas, y en lo alto de una
colina un diminuto castillo. Y allí, con sus padres, vivía la princesa Nayra.
Nayra
era una princesa poco convencional. Le encantaba correr, trepar a los árboles,
explorar cuevas y perseguir mariposas.
Sus
padres estaban acostumbrados a decirle:
—“¡Nayra,
no te alejes!”
—“¡Nayra,
cuidado con el río!”
—“¡Nayra,
baja de ese árbol!”
Pero
Nayra tenía una enorme curiosidad. Y la curiosidad, aunque a veces nos mete en
problemas, también es una de las mejores formas de descubrir el mundo.
Una
mañana, después de correr durante horas, Nayra se tumbó sobre un pequeño tronco
para descansar. —“Solo cinco minutos” dijo.
Pero
de repente, el tronco empezó a moverse. Primero despacio, después más rápido, y...
¡Fiuuuuuuu!
Descubrió
que aquello que para ella era un tronco, era una diminuta ramita que un gorrión
gigantesco llevaba en el pico para construir su nido…
—“¡SOCORROOO!”
Pero
el viento se llevaba sus gritos y el gorrión no podía escucharla…
Cuando
el gorrión llegó a un enorme árbol donde construía su nido, Nayra consiguió por
fin explicarle lo ocurrido. El pájaro, que se llamaba Ibón, al saber lo
sucedido le dijo: —“Creo que puedo ayudarte”.
Nayra
subió a su espalda y emprendieron de nuevo el vuelo.
Desde
allí arriba contempló su mundo de una manera completamente distinta a como lo
conocía. Los árboles parecían gigantes, las casas diminutas y las montañas se
extendían hasta el horizonte.
—“¡El
mundo es enorme!” exclamó.
Ibón
se rio y dijo:
—“Y
esto solo es una esquina”.
Nayra
entonces comprendió algo que nunca había pensado desde su diminuta maceta: Que a
veces creemos conocer nuestro mundo simplemente porque conocemos nuestro
pequeño rincón de él, pero basta con cambiar de lugar y perspectiva para
descubrir que todavía queda muchísimo por ver y descubrir.
Cuando
llegaron a la casa de Alejandra ya estaba anocheciendo, y había un problema. La
maceta ya había desaparecido de la galería. Alejandra ya la había guardado
dentro de la casa, y Nayra no podía regresar a la suya.
Aquella
noche durmió en el nido de Ibón. No tenía cama ni almohada, pero estaba
demasiado cansada para quejarse.
A
la mañana siguiente amaneció nublado y comenzó a llover, con lo que Alejandra
no sacaría la maceta a la galería, y Nayra pensó que todo estaba perdido.
Entonces
Ibón recordó a alguien.
—Conozco
a un amigo que puede ayudarnos. Se llamaba Juan.
Juan
era un pequeño ratón que presumía de poder entrar en cualquier sitio.
—“¿En
cualquiera?” preguntó Nayra.
—“En
cualquiera” ratificó Ibón
Así
que la llevó hasta Juan, le contó lo sucedido, y partieron juntos, y llegaron
hasta la casa de Alejandra. Juan tras explorar un poco, encontró un pequeño
agujero bajo una puerta y se colaron por él. Atravesaron el sótano, subieron
por una vieja tubería y recorrieron pasadizos estrechos hasta que finalmente,
llegaron a la habitación donde estaba la reluciente maceta.
Nayra
la reconoció enseguida.
—“¡Es
mi casa!”
Entró
en ella y en un instante, regresó a su reino.
Corrió
hasta el castillo, y allí estaban sus padres desesperados y felices al mismo
tiempo. El abrazo fue tan fuerte que casi volvió a salir volando esta vez sin
gorrión.
Nayra
les contó todo la aventura que había vivido: el vuelo, el bosque, Ibón, Juan y
aquella enorme casa que desde su pequeño mundo parecía un gigantesco castillo.
Había
aprendido muchas cosas, pero sobre todo, que tener miedo no significa que no
podamos ser valientes, que pedir ayuda no nos hace débiles, y que algunas de
las mejores aventuras empiezan precisamente cuando las cosas no salen como
esperábamos. Desde aquel día, Ibón y Juan se convirtieron en sus mejores
amigos. Y algunas mañanas Ibón la llevaba a volar, y otras Juan la acompañaba a
explorar.
Y
así pasó el tiempo, y la vieja maceta continuó pasando de generación en
generación, siempre cuidada con cariño. Porque quizá la verdadera magia nunca
estuvo en la maceta. Quizá estaba en todo aquello que había conseguido
conservar durante tantos años: los recuerdos, la amistad, la curiosidad y el
amor de una familia. Y quién sabe... tal vez todavía exista, en algún lugar, esa
vieja maceta junto a una ventana. Tal vez, si te acercas miras y escuchas con
atención, puedas ver a un gorrión, a un ratón o incluso escuchar la risa de una
princesa. Porque las historias mágicas tienen una extraña costumbre: cuando una
aventura termina, casi siempre significa que otra está a punto de empezar.
Colorín,
colorado... este cuento se ha acabado.
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