Hay temas de los
que nos cuesta hablar. Quizá porque dan miedo: El cáncer, los tumores, o esas
enfermedades que aparecen sin avisar y que de repente, ponen una vida patas
arriba.
A estas alturas,
casi todos conocemos a alguien: Un amigo, un familiar, un compañero de trabajo…
Y cuando escuchamos que le ha tocado a alguien cercano, algo dentro de nosotros
se remueve. Primero pensamos en esa persona. En lo que estará sintiendo, en sus
miedos, en sus dudas, en cómo debe ser recibir esa noticia que nunca esperabas…
Pero después aparece otro pensamiento, mucho más incómodo (al menos en mi caso).
Pienso como probablemente, hace poco esa persona también escuchaba hablar de
enfermedades, conoció casos cercanos y pensaba, (aunque fuera inconscientemente)
que aquello les ocurría a los demás…
Hasta que un día
dejó de ser una historia ajena y pasó a formar parte de la suya.
Y entonces pienso
que quizá todos vivimos mirando el bombo desde fuera. Vemos salir números, pero
pensamos que siempre serán los de otros. Hasta que un día comprendemos que
nunca estuvimos fuera. Simplemente no había salido nuestro número todavía.
Un día comprendemos
que la vida no avisa. Que no manda una carta que puedas recurrir, ni te
pregunta si es un buen momento. Y quizá por eso, aunque intentemos no pensar
demasiado, hay una pregunta que de vez en cuando nos aparece: ¿Y si algún día me toca a mí?
Yo no sé si hay una
respuesta para eso, pero sé que el ser conscientes de nuestra fragilidad no
debería hacernos vivir con miedo, sino hacernos aprender a valorar mucho más el
simple hecho de vivir, de estar aquí.
Y tal vez lo más
difícil no sea solo enfrentarnos a nuestros propios miedos, sino saber qué
hacer cuando la enfermedad entra en la vida de alguien que queremos. Buscamos
las palabras adecuadas y muchas veces no las encontramos. Decimos “todo va a
salir bien”, aunque en realidad no sepamos qué va a pasar. Decimos “sé fuerte”,
cuando quizá esa persona ya está haciendo un esfuerzo enorme simplemente por
levantarse cada día.
Y cada vez pienso
más que en momentos así no hace falta encontrar las palabras perfectas. Que
basta con estar. Estar para escuchar, acompañar, sentarse a su lado y aceptar
incluso los silencios. Un mensaje, una llamada, un café, un abrazo… pequeños
gestos que pueden hacer que el camino sea un poco menos solitario. No podemos
quitarle el miedo a nadie, ni cambiarnos por él o ella, ni su situación, pero podemos
recordarle que no está solo/a.
Nunca sabemos
cuándo la vida puede cambiar las posiciones. Hoy puede ser esa persona quien nos necesite, y mañana quizá seamos
nosotros quienes necesitemos que alguien se siente a nuestro lado o simplemente
se quede.
Recuerdo que mi abuelo
decía una frase que de pequeño no le encontraba sentido, y con los años he ido
entendiendo: “Nadie se muere de viejo”.
Y es que en realidad,
pocas veces llegamos simplemente a cumplir noventa o cien años, y un buen día
nos acostamos y ya está. Murió de viejo…
Ojalá fuera así. Ojalá
todos pudiéramos tener el privilegio de llegar lejos con muchos años encima, y
una larga y plena vida a nuestras espaldas. Pero lamentablemente, sabemos que
lo habitual es que, antes o después, el cuerpo o alguna pieza de él, nos
recuerde que tiene un límite. Y algo que un día está bien, al siguiente deja de
estarlo.
A unos les llegará con
noventa o cien, y ojalá sea así, pero desgraciadamente a otros mucho antes. Y
quizá esa sea una de las cosas más difíciles de aceptar: El no saber cuándo
será, ni de qué será, ni a quién le tocará mañana.
Hoy estamos pensando
en alguien cercano que ha recibido un diagnóstico pesimista, y mañana, (porque
la vida es así de imprevisible), podríamos estar hablando de nosotros. Mi
abuelo lo resumía en esa sencilla frase: “Nadie se muere de viejo”. Y cuanto más pasan los años, más razón
parece tener.
Y no, no escribo todo
este alegato con ánimo pesimista, ni para meter miedo… (A base de pérdidas
cercanas, hace ya mucho que la vida me enseñó a aceptar que todo es transitorio),
lo escribo para razonar y aceptar que nuestra
vida tiene fecha de caducidad, y que por suerte no viene impresa en la etiqueta
esa que nos ponen en el hospital al nacer.
La enfermedad nos
recuerda algo que solemos olvidar cuando todo va bien: que la vida no nos
pertenece del todo. Que la poseemos durante un tiempo. La disfrutamos, la
compartimos, hacemos planes, nos enfadamos por cosas pequeñas, y nos
preocupamos por problemas que dentro de unos años posiblemente ni recordemos.
Discutimos por tonterías, corremos de un lado a otro, y dejamos para mañana ese
abrazo, esa llamada o ese viaje que llevamos años diciendo que haremos. Y mientras
tanto, nuestra vida sigue siendo extraordinariamente frágil. Tal vez deberíamos
aprender a vivir con menos miedo y más de gratitud. Tal vez deberíamos aprender
a decir más te quiero, a llamar a quien hace tiempo que no llamamos, a
disfrutar de una comida, de una conversación, de una montaña, de un viaje, de
una tarde cualquiera, tal vez deberíamos aprender a perdonar. A entender que
quizá no necesitamos tenerlo todo controlado. Entre otras cosas, porque la vida
nunca nos ha dado esa opción.
Porque si… todos
estamos en el bombo y no sabemos cuándo saldrá nuestro número, ni el de las
personas que más queremos. Y saberlo no debería llevarnos a vivir obsesionados
con la enfermedad, ni esperando que llegue nuestro turno, sino justamente lo
contrario. Debería enseñarnos a valorar mucho más la vida que tenemos mientras
la tenemos. A mirar de otra manera un día normal, que precisamente por ser
normal, no nos parece importante. Porque posiblemente, un día cualquiera de
esos que pensamos que no tienen nada especial, sea exactamente el tipo de día
que algún día echaremos de menos.
Creo que vivir no consiste en olvidar que algún día vamos a
morir, sino precisamente en recordarlo de vez en cuando para aprender a vivir
de verdad. Para que, si algún día llega una mala noticia o simplemente llegue el
instante en el que comprendamos que nuestro tiempo se acaba, podamos mirar
atrás sin tristeza por todo lo que no hicimos, sino con la tranquilidad y la
alegría de saber que vivimos, que quisimos, que nos equivocamos, y que
disfrutamos. Porque sí, todos estamos en
el bombo. Todos tenemos nuestro número ahí dentro. Pero mientras siga sin
salir, mientras sigamos teniendo la suerte de estar aquí, quizá lo mínimo que
podemos hacer es disfrutar. Vivir de verdad. Con días buenos y días malos. Con
pérdidas, encuentros, montañas, viajes, abrazos, risas y también esos días que
parecen no tener nada especial. Porque posiblemente
ahí esté el verdadero sentido de todo: Que no sabemos cuánto va a durar nuestra
partida, pero sí podemos decidir cómo jugarla. Y mientras nos toque estar aquí,
que nos encuentre viviendo. Es mi opinión.
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