jueves, 13 de agosto de 2026

Todos estamos en el bombo:

 


Hay temas de los que nos cuesta hablar. Quizá porque dan miedo: El cáncer, los tumores, o esas enfermedades que aparecen sin avisar y que de repente, ponen una vida patas arriba.

A estas alturas, casi todos conocemos a alguien: Un amigo, un familiar, un compañero de trabajo… Y cuando escuchamos que le ha tocado a alguien cercano, algo dentro de nosotros se remueve. Primero pensamos en esa persona. En lo que estará sintiendo, en sus miedos, en sus dudas, en cómo debe ser recibir esa noticia que nunca esperabas… Pero después aparece otro pensamiento, mucho más incómodo (al menos en mi caso). Pienso como probablemente, hace poco esa persona también escuchaba hablar de enfermedades, conoció casos cercanos y pensaba, (aunque fuera inconscientemente) que aquello les ocurría a los demás…

Hasta que un día dejó de ser una historia ajena y pasó a formar parte de la suya.

Y entonces pienso que quizá todos vivimos mirando el bombo desde fuera. Vemos salir números, pero pensamos que siempre serán los de otros. Hasta que un día comprendemos que nunca estuvimos fuera. Simplemente no había salido nuestro número todavía.

Un día comprendemos que la vida no avisa. Que no manda una carta que puedas recurrir, ni te pregunta si es un buen momento. Y quizá por eso, aunque intentemos no pensar demasiado, hay una pregunta que de vez en cuando nos aparece: ¿Y si algún día me toca a mí?

Yo no sé si hay una respuesta para eso, pero sé que el ser conscientes de nuestra fragilidad no debería hacernos vivir con miedo, sino hacernos aprender a valorar mucho más el simple hecho de vivir, de estar aquí.

Y tal vez lo más difícil no sea solo enfrentarnos a nuestros propios miedos, sino saber qué hacer cuando la enfermedad entra en la vida de alguien que queremos. Buscamos las palabras adecuadas y muchas veces no las encontramos. Decimos “todo va a salir bien”, aunque en realidad no sepamos qué va a pasar. Decimos “sé fuerte”, cuando quizá esa persona ya está haciendo un esfuerzo enorme simplemente por levantarse cada día.

Y cada vez pienso más que en momentos así no hace falta encontrar las palabras perfectas. Que basta con estar. Estar para escuchar, acompañar, sentarse a su lado y aceptar incluso los silencios. Un mensaje, una llamada, un café, un abrazo… pequeños gestos que pueden hacer que el camino sea un poco menos solitario. No podemos quitarle el miedo a nadie, ni cambiarnos por él o ella, ni su situación, pero podemos recordarle que no está solo/a.

Nunca sabemos cuándo la vida puede cambiar las posiciones. Hoy puede ser esa persona quien nos necesite, y mañana quizá seamos nosotros quienes necesitemos que alguien se siente a nuestro lado o simplemente se quede.

Recuerdo que mi abuelo decía una frase que de pequeño no le encontraba sentido, y con los años he ido entendiendo: “Nadie se muere de viejo”.

Y es que en realidad, pocas veces llegamos simplemente a cumplir noventa o cien años, y un buen día nos acostamos y ya está. Murió de viejo…

Ojalá fuera así. Ojalá todos pudiéramos tener el privilegio de llegar lejos con muchos años encima, y una larga y plena vida a nuestras espaldas. Pero lamentablemente, sabemos que lo habitual es que, antes o después, el cuerpo o alguna pieza de él, nos recuerde que tiene un límite. Y algo que un día está bien, al siguiente deja de estarlo.

A unos les llegará con noventa o cien, y ojalá sea así, pero desgraciadamente a otros mucho antes. Y quizá esa sea una de las cosas más difíciles de aceptar: El no saber cuándo será, ni de qué será, ni a quién le tocará mañana.

Hoy estamos pensando en alguien cercano que ha recibido un diagnóstico pesimista, y mañana, (porque la vida es así de imprevisible), podríamos estar hablando de nosotros. Mi abuelo lo resumía en esa sencilla frase: “Nadie se muere de viejo”. Y cuanto más pasan los años, más razón parece tener.

Y no, no escribo todo este alegato con ánimo pesimista, ni para meter miedo… (A base de pérdidas cercanas, hace ya mucho que la vida me enseñó a aceptar que todo es transitorio),  lo escribo para razonar y aceptar que nuestra vida tiene fecha de caducidad, y que por suerte no viene impresa en la etiqueta esa que nos ponen en el hospital al nacer.

La enfermedad nos recuerda algo que solemos olvidar cuando todo va bien: que la vida no nos pertenece del todo. Que la poseemos durante un tiempo. La disfrutamos, la compartimos, hacemos planes, nos enfadamos por cosas pequeñas, y nos preocupamos por problemas que dentro de unos años posiblemente ni recordemos. Discutimos por tonterías, corremos de un lado a otro, y dejamos para mañana ese abrazo, esa llamada o ese viaje que llevamos años diciendo que haremos. Y mientras tanto, nuestra vida sigue siendo extraordinariamente frágil. Tal vez deberíamos aprender a vivir con menos miedo y más de gratitud. Tal vez deberíamos aprender a decir más te quiero, a llamar a quien hace tiempo que no llamamos, a disfrutar de una comida, de una conversación, de una montaña, de un viaje, de una tarde cualquiera, tal vez deberíamos aprender a perdonar. A entender que quizá no necesitamos tenerlo todo controlado. Entre otras cosas, porque la vida nunca nos ha dado esa opción.

Porque si… todos estamos en el bombo y no sabemos cuándo saldrá nuestro número, ni el de las personas que más queremos. Y saberlo no debería llevarnos a vivir obsesionados con la enfermedad, ni esperando que llegue nuestro turno, sino justamente lo contrario. Debería enseñarnos a valorar mucho más la vida que tenemos mientras la tenemos. A mirar de otra manera un día normal, que precisamente por ser normal, no nos parece importante. Porque posiblemente, un día cualquiera de esos que pensamos que no tienen nada especial, sea exactamente el tipo de día que algún día echaremos de menos.

Creo que vivir no consiste en olvidar que algún día vamos a morir, sino precisamente en recordarlo de vez en cuando para aprender a vivir de verdad. Para que, si algún día llega una mala noticia o simplemente llegue el instante en el que comprendamos que nuestro tiempo se acaba, podamos mirar atrás sin tristeza por todo lo que no hicimos, sino con la tranquilidad y la alegría de saber que vivimos, que quisimos, que nos equivocamos, y que disfrutamos. Porque sí, todos estamos en el bombo. Todos tenemos nuestro número ahí dentro. Pero mientras siga sin salir, mientras sigamos teniendo la suerte de estar aquí, quizá lo mínimo que podemos hacer es disfrutar. Vivir de verdad. Con días buenos y días malos. Con pérdidas, encuentros, montañas, viajes, abrazos, risas y también esos días que parecen no tener nada especial.  Porque posiblemente ahí esté el verdadero sentido de todo: Que no sabemos cuánto va a durar nuestra partida, pero sí podemos decidir cómo jugarla. Y mientras nos toque estar aquí, que nos encuentre viviendo. Es mi opinión.




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