Ayer, muy temprano, preparaba el material para volver una
vez más al río Vero y me sorprendí pensando que, después de tantos años, sigue
provocándome la misma ilusión que cuando, siendo apenas un adolescente, lo
descendí por primera vez. Fue mi primer barranco.
Bueno… si soy sincero, aquel primer descenso, al que me
llevaron mis monitores de los Scouts con catorce años, poco tuvo que ver con la
imagen que tengo hoy del Vero. Era 1981. Bajábamos en bañador y, después de la
ilusión ante lo desconocido, la experiencia acabó siendo casi angustiosa por el
frío que pasé. Recuerdo salir del agua pensando: “No me vuelven a pillar aquí
otra vez ni de coña”.
Una promesa que, evidentemente, nunca cumplí.
Porque aquel primer encuentro, a pesar del sufrimiento,
acabó convirtiéndose en el comienzo de una relación que dura ya cuarenta y
cinco años.
Y quizá ahí esté una de las cosas más curiosas de las
grandes aventuras. Mientras las vivimos sentimos todo con una enorme
intensidad: emoción, miedo, cansancio, dudas, euforia… incluso momentos en los
que nos preguntamos qué hacemos allí. Pero luego pasa el tiempo y la memoria
hace algo curioso: borra parte de las dificultades, suaviza los malos momentos
y deja crecer todo lo bueno. El frío se convierte en una anécdota. El
sufrimiento, en una historia que contar. Y aquello que entonces parecía tan
duro acaba formando parte de los recuerdos que más cariño nos despiertan.
Quizá por eso seguimos buscando montañas, caminos o
desafíos. Porque cuando una aventura termina, no termina del todo. Con el
tiempo se transforma en recuerdo, y ese recuerdo casi siempre nos devuelve
mucho más de lo que nos arrebató.
Nunca imaginé que aquel río acabaría formando parte de mi
vida. Que volvería a él todos los años, que lo recorrería tantas veces que
sería imposible contarlas, o que tampoco podría poner número a todas las
personas que han descubierto este lugar acompañadas por mis manos.
Conozco cada rincón, cada curva, cada poza, cada salto y
cada piedra. Tengo recuerdos en cada esquina. Pero después de cuarenta y cinco
años también he visto cómo el río cambia: Saltos que desaparecen, sifones que
quedan cegados, pasos que las riadas transforman o hacen desaparecer, piedras
que se mueven y crean nuevos recovecos...
A veces basta con volver después de una crecida para
descubrir que el río ha movido sus piezas y que ese Vero que creías conocer
vuelve a sorprenderte.
Por eso, aun sintiéndome allí como en casa, nunca he dejado
de tenerle el respeto que merece. Porque la confianza nunca debe convertirse en
inercia ni en distracción. Sí, el Vero me resulta tan cercano como un viejo
amigo, pero precisamente por eso sé que a los viejos amigos también se les
respeta. Después de cuarenta y cinco años conozco muchos de sus secretos, pero
sé que nunca llegaré a conocerlos todos. El río sigue teniendo su fuerza, sus
tiempos y una enorme capacidad para recordarte quién manda.
La experiencia permite leerlo mejor, anticiparse y
disfrutarlo, pero nunca te hace más poderoso que él. Y quizá esa sea una de las
grandes lecciones que me ha enseñado: puedes conocer profundamente un lugar,
quererlo y sentir que forma parte de ti, pero nunca debes olvidar que tú estás
de paso y que él seguirá ahí mucho después de que te hayas ido.
He tenido la suerte de conocer grandes montañas, selvas,
desiertos y algunos de los rincones más impresionantes del planeta. Pero hay
lugares que no se miden por su altura ni por su dificultad. Se miden por la
huella que dejan en nosotros.
Ayer volví para compartir el Vero con amigos. Algunos, hace
apenas unos meses, habíamos alcanzado juntos la cima del Kilimanjaro. Otros ya
habían compartido conmigo diferentes barrancos, y algunos era la primera vez.
Y mientras avanzábamos, me descubrí observándolos casi tanto
como observaba el propio barranco. En sus caras, en sus gestos y en la forma de
enfrentarse al agua, a las paredes y a los pasos más complicados, veía algo
tremendamente familiar.
Después de tantos años uno acaba aprendiendo a leer esos
pequeños detalles. Hay quien entra con prudencia y poco a poco gana confianza.
Quien al principio pregunta por todo y termina avanzando con absoluta
naturalidad. Quien llega con respeto, incluso con algo de miedo, y acaba
riéndose y buscando el siguiente paso.
Quizá lo que más me gusta de todo esto es observar esa
transformación.
Porque las personas que entran en el barranco en Lecina no
son exactamente las mismas que salen horas después por el puente de
Villacantal. Algo ha ocurrido por el camino.
A veces han superado un miedo. Otras han descubierto que
podían hacer algo que no imaginaban. Quizá han aprendido a confiar en los
demás, a dejarse ayudar o, simplemente, a desconectar durante unas horas de la
vida que dejaron atrás.
Y ahí aparece también algo que con los años he aprendido a
valorar muchísimo: el humor.
Una aventura no tiene por qué ser solemne para ser importante.
Una broma en el momento adecuado, una carcajada después de un chapuzón, reírse
de uno mismo o conseguir que alguien que venía tenso termine riendo puede
cambiar por completo la energía de un grupo.
El humor relaja, acerca, rompe barreras. A veces convierte
el miedo en confianza y el cansancio en complicidad. Y entonces ocurre algo
maravilloso: ya no estás simplemente haciendo un barranco. Entre todos estás
construyendo un recuerdo.
Quizá esa sea una de las cosas más bonitas de compartir
aventuras. No se trata solo de llegar al final, sino de cómo llegamos. De las
risas, de ayudarnos, de esperar al que va más despacio, de celebrar juntos. La
vida también se parece un poco a eso. No podemos controlar todos los ríos que
nos toca atravesar, pero sí podemos decidir cómo los atravesamos y con quién.
Ayer, mientras veía al grupo avanzar entre las paredes del
Vero, tuve de nuevo la sensación de estar contemplando esa transformación que
tantas veces he visto durante estos años.
Y pensé que quizá eso es lo que más me sigue fascinando del
Vero. No solo el barranco. No solo el paisaje. Sino las personas que entran en
él y las personas que salen.
Porque las aventuras, al final, tienen mucho de eso. Nos
llevan a lugares que conocemos, pero también nos permiten descubrir partes de
nosotros que no sabíamos que estaban ahí.
Las grandes montañas nos enseñan hasta dónde podemos llegar.
Los lugares que llevamos dentro nos recuerdan quiénes somos. Y para mí, uno de
esos lugares que forman parte de mi historia, de mi memoria y de mi vida,
siempre será el río Vero.
















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