domingo, 9 de agosto de 2026

EL VERO, CUARENTA Y CINCO AÑOS DESPUÉS

 


Ayer, muy temprano, preparaba el material para volver una vez más al río Vero y me sorprendí pensando que, después de tantos años, sigue provocándome la misma ilusión que cuando, siendo apenas un adolescente, lo descendí por primera vez. Fue mi primer barranco.

Bueno… si soy sincero, aquel primer descenso, al que me llevaron mis monitores de los Scouts con catorce años, poco tuvo que ver con la imagen que tengo hoy del Vero. Era 1981. Bajábamos en bañador y, después de la ilusión ante lo desconocido, la experiencia acabó siendo casi angustiosa por el frío que pasé. Recuerdo salir del agua pensando: “No me vuelven a pillar aquí otra vez ni de coña”.

Una promesa que, evidentemente, nunca cumplí.

Porque aquel primer encuentro, a pesar del sufrimiento, acabó convirtiéndose en el comienzo de una relación que dura ya cuarenta y cinco años.

Y quizá ahí esté una de las cosas más curiosas de las grandes aventuras. Mientras las vivimos sentimos todo con una enorme intensidad: emoción, miedo, cansancio, dudas, euforia… incluso momentos en los que nos preguntamos qué hacemos allí. Pero luego pasa el tiempo y la memoria hace algo curioso: borra parte de las dificultades, suaviza los malos momentos y deja crecer todo lo bueno. El frío se convierte en una anécdota. El sufrimiento, en una historia que contar. Y aquello que entonces parecía tan duro acaba formando parte de los recuerdos que más cariño nos despiertan.

Quizá por eso seguimos buscando montañas, caminos o desafíos. Porque cuando una aventura termina, no termina del todo. Con el tiempo se transforma en recuerdo, y ese recuerdo casi siempre nos devuelve mucho más de lo que nos arrebató.

Nunca imaginé que aquel río acabaría formando parte de mi vida. Que volvería a él todos los años, que lo recorrería tantas veces que sería imposible contarlas, o que tampoco podría poner número a todas las personas que han descubierto este lugar acompañadas por mis manos.

Conozco cada rincón, cada curva, cada poza, cada salto y cada piedra. Tengo recuerdos en cada esquina. Pero después de cuarenta y cinco años también he visto cómo el río cambia: Saltos que desaparecen, sifones que quedan cegados, pasos que las riadas transforman o hacen desaparecer, piedras que se mueven y crean nuevos recovecos...

A veces basta con volver después de una crecida para descubrir que el río ha movido sus piezas y que ese Vero que creías conocer vuelve a sorprenderte.

Por eso, aun sintiéndome allí como en casa, nunca he dejado de tenerle el respeto que merece. Porque la confianza nunca debe convertirse en inercia ni en distracción. Sí, el Vero me resulta tan cercano como un viejo amigo, pero precisamente por eso sé que a los viejos amigos también se les respeta. Después de cuarenta y cinco años conozco muchos de sus secretos, pero sé que nunca llegaré a conocerlos todos. El río sigue teniendo su fuerza, sus tiempos y una enorme capacidad para recordarte quién manda.

La experiencia permite leerlo mejor, anticiparse y disfrutarlo, pero nunca te hace más poderoso que él. Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que me ha enseñado: puedes conocer profundamente un lugar, quererlo y sentir que forma parte de ti, pero nunca debes olvidar que tú estás de paso y que él seguirá ahí mucho después de que te hayas ido.

He tenido la suerte de conocer grandes montañas, selvas, desiertos y algunos de los rincones más impresionantes del planeta. Pero hay lugares que no se miden por su altura ni por su dificultad. Se miden por la huella que dejan en nosotros.

Ayer volví para compartir el Vero con amigos. Algunos, hace apenas unos meses, habíamos alcanzado juntos la cima del Kilimanjaro. Otros ya habían compartido conmigo diferentes barrancos, y algunos era la primera vez.

Y mientras avanzábamos, me descubrí observándolos casi tanto como observaba el propio barranco. En sus caras, en sus gestos y en la forma de enfrentarse al agua, a las paredes y a los pasos más complicados, veía algo tremendamente familiar.

Después de tantos años uno acaba aprendiendo a leer esos pequeños detalles. Hay quien entra con prudencia y poco a poco gana confianza. Quien al principio pregunta por todo y termina avanzando con absoluta naturalidad. Quien llega con respeto, incluso con algo de miedo, y acaba riéndose y buscando el siguiente paso.

Quizá lo que más me gusta de todo esto es observar esa transformación.

Porque las personas que entran en el barranco en Lecina no son exactamente las mismas que salen horas después por el puente de Villacantal. Algo ha ocurrido por el camino.

A veces han superado un miedo. Otras han descubierto que podían hacer algo que no imaginaban. Quizá han aprendido a confiar en los demás, a dejarse ayudar o, simplemente, a desconectar durante unas horas de la vida que dejaron atrás.

Y ahí aparece también algo que con los años he aprendido a valorar muchísimo: el humor.

Una aventura no tiene por qué ser solemne para ser importante. Una broma en el momento adecuado, una carcajada después de un chapuzón, reírse de uno mismo o conseguir que alguien que venía tenso termine riendo puede cambiar por completo la energía de un grupo.

El humor relaja, acerca, rompe barreras. A veces convierte el miedo en confianza y el cansancio en complicidad. Y entonces ocurre algo maravilloso: ya no estás simplemente haciendo un barranco. Entre todos estás construyendo un recuerdo.

Quizá esa sea una de las cosas más bonitas de compartir aventuras. No se trata solo de llegar al final, sino de cómo llegamos. De las risas, de ayudarnos, de esperar al que va más despacio, de celebrar juntos. La vida también se parece un poco a eso. No podemos controlar todos los ríos que nos toca atravesar, pero sí podemos decidir cómo los atravesamos y con quién.

Ayer, mientras veía al grupo avanzar entre las paredes del Vero, tuve de nuevo la sensación de estar contemplando esa transformación que tantas veces he visto durante estos años.

Y pensé que quizá eso es lo que más me sigue fascinando del Vero. No solo el barranco. No solo el paisaje. Sino las personas que entran en él y las personas que salen.

Porque las aventuras, al final, tienen mucho de eso. Nos llevan a lugares que conocemos, pero también nos permiten descubrir partes de nosotros que no sabíamos que estaban ahí.

Las grandes montañas nos enseñan hasta dónde podemos llegar. Los lugares que llevamos dentro nos recuerdan quiénes somos. Y para mí, uno de esos lugares que forman parte de mi historia, de mi memoria y de mi vida, siempre será el río Vero.


















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