No me gusta demasiado la política ni nunca me ha interesado demasiado seguirla de cerca, pero cada vez resulta más difícil no mirar alrededor y preguntarse qué demonios está pasando. Y precisamente ayer leí un comentario que hablaba de la “tontocracia” que me hizo mucha gracia, valga la rima. Aunque pensándolo un poco después, quizá no tenga gracia alguna... Porque según rezaba ese artículo, la tontocracia no solamente se ve en los discursos, se ve sobre todo en cómo se decide. Empieza cuando los políticos gobiernan para agradar y especular y no para pensar y preocuparse; cuando confunden popularidad con responsabilidad, cuando prefiere un gesto fácil a una solución difícil, o cuando les preocupa más cómo será recibida una decisión que si realmente sirve para solucionar algo.
Y es que cuando un
líder únicamente actúa para gustar, deja de liderar y pasa a intentar gestionar
las emociones de quienes le rodean. La tontocracia aparece cuando premiamos al
que hace más bulla y no al que aporta más criterio; al que simplifica, en lugar
de al que soluciona; al que promete todo sin pensar, en lugar de al que piensa
antes de prometer nada.
Y quizá, al menos a
mí, lo que me parece más preocupante es que no es culpa solamente de los
políticos, y también tiene algo que ver con nosotros. Porque al final, la
política nos acaba ofreciendo aquello que sabe que funciona. Y si lo que
funciona es un lema, tendremos lemas; si funciona el enfrentamiento, tendremos
enfrentamientos; o si funciona decir a la gente exactamente lo que quiere
escuchar, cada vez habrá menos políticos dispuestos a decir lo que la gente “necesita”
escuchar.
El previsible resultado
de todo esto que está pasando lo vemos cada día: gestos vacíos, pomposos debates
y decisiones que muchas veces no arreglan nada, pero que generan titulares,
aplausos y unos cuantos votos más “pa la buchaca”. Vamos…Tontocracia en estado
puro. Un sistema en el que prospera quien sabe cautivar y agradar, y no necesariamente quien sabe gobernar. Pienso
en cómo podríamos combatirla, y quizá combatirla no consista tanto en buscar
políticos más inteligentes, como en exigir (exigirnos) ser ciudadanos menos
complacientes. En aprender a desconfiar de las soluciones sencillas, las
promesas demasiado maravillosas y de esos que siempre tienen una respuesta
inmediata para problemas que llevan años sin solución. Quizá el verdadero
peligro no es que nos traten como tontos, sino que terminemos comportándonos
como tales…
Es mi opinión.

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