Para mí el día de
la Madre ya no es solo una fecha en el calendario; es una rendija en el tiempo
por la que se cuela en mi memoria nostalgia, gratitud y reconocimiento. Así que
hoy quiero escribir algo íntimo, y cómo no podría ser de otra forma, ya de paso
recordar y homenajear a mi madre. Su forma de vivir la dificultad cuando la vida
decidió ponerla a prueba y dejarla sola con tres urgentes necesidades; tres
hijos de 6, 8 y 9 años… Tres pequeños universos orbitando a su alrededor. Y aun
así, no se rompió. O tal vez sí, pero debió pensar que hay fracturas que no se muestran,
y que el amor también consiste en proteger. Acordarme una vez más como sacó
adelante nuestras vidas con esa mezcla de coraje, sacrificio y un amor, que
solo ahora, con el paso del tiempo, alcanzo a ver con total claridad. Por entonces
no lo sabía, pero estaba asistiendo a una silenciosa lección sobre lo que
significa resistir sin hacerse duro, sin endurecerse.
No la recuerdo
dando grandes discursos ni prometiendo lo imposible. La recuerdo haciendo lo fundamental:
estar. Siempre estar. Su presencia como forma de filosofía práctica.
Resolviendo todo lo que parecía imposible. Convirtiendo en rutina la
incertidumbre, el miedo en abrigo y la escasez en dignidad. Mi madre fue (y aunque
ya no esté, aún es) mi más clara idea de lo que significa sostener, cuidar y
avanzar cuando no hay más alternativa. Ética sin palabras, y una forma de amor sin
explicación…
También hoy me paro
a pensar en la madre de mi hija. Porque con el tiempo he entendido que madurar
es saber mirar y reconocer sin excusas ni orgullo: Y aunque la vida te lleve
por caminos distintos, hay vínculos que no se rompen, solo cambian de forma. Y
el nuestro sigue teniendo un enorme propósito claro y compartido: la educación
y “felicidad” de nuestra hija.
La observo en su
manera de ser madre y no puedo dejar de admirar y reconocer lo bien que lo
hace. En ella hay entrega, constancia y sobre todo, amor. Un amor que se
refleja en ese vínculo tan bonito que ha construido con nuestra hija, lleno de
cariño, complicidad y confianza, que poco a poco crece y con el tiempo se fortalece.
Y eso basta. Eso merece respeto, reconocimiento y gratitud. Porque, más allá de
cualquier historia compartida o separada, hay algo que permanece intacto: el
bienestar de nuestra hija y la tranquilidad de saber que tiene a su lado a una
gran madre.
Y después,
inevitablemente pienso en todas las madres.
En las que están y
en las que ya no. En las que luchan en silencio, en las que sostienen familias
enteras con lo mínimo, en las que trabajan dentro y fuera de casa, en las que
crían solas, en las que acompañan, en las que enseñan con una paciencia que
parece no tener fondo, o en las que, sencillamente, cuando más falta hacen siempre
están. Cada vez tengo más clara la percepción de que las madres no solo
sostienen hogares; sostienen el mundo. Quizá no sea casualidad que
también sean la puerta por la que llegamos a él. Porque antes de enfrentarnos a
la vida, habitamos en ellas un tiempo suspendido, puro, donde todo es un latido.
Su latido.
En un mundo tan
convulso como el nuestro, no puedo evitar pensar que si las madres lo
gobernaran, muchas cosas funcionarían de otra forma. Más lógica. Más concreta.
Más humana: “Esto se arregla así y punto”. “No estamos para tonterías”. “Os
sentáis, lo habláis y no os levantáis hasta que lo solucionéis”. “Te lo dije”.
“¿Has mirado bien?”…
No, quizá no sería
un mundo perfecto, pero probablemente sería uno donde las cosas aparecen en su
sitio, donde no habría hambre, donde nadie saldría sin abrigo si hace frío… y
donde más de uno se iría a la cama sin cenar por no saber comportarse.
Luego está la parte
más difícil de este día de la madre (por la que en parte ya he empezado esta
narración). Esa que llega sin avisar, casi siempre cuando por fin entendemos lo
que significa para nosotros nuestra madre… y es lo que significa perderla. Cuando
poco a poco, casi sin darnos cuenta, empezamos a ver cómo se va apagando despacio.
O empezamos a despedirnos. De la nuestra, o incluso como a mí me está sucediendo
ahora, de las madres de mis amigos de la infancia; esas que también nos dieron
de comer o merendar, nos riñeron, o nos cuidaron como si fuéramos un hijo más
de su familia. Y duele, porque no es solo la pérdida de una persona, sino de un
refugio. De ese lugar donde, por un instante, todo estaba bien. Es ley de vida,
dicen. Y lo es. Pero la ley a veces no consuela…
No siempre se las
reconoce. No siempre se las entiende. A veces, incluso, se les exige más de lo racional.
Pero ahí siguen. Firmes. Constantes. Imprescindibles. Por eso, este escrito no
es solo un homenaje a mi madre ni a la madre de mi hija. Es un humilde intento de poner palabras a esa fuerza que no se ve,
pero que hace todo posible… me río del mago Pop.
Feliz Día de la
Madre a todas. Un beso mamá.





























