El Mascún no es un barranco al uso. O no solamente. Para algunos siempre será únicamente una línea azul en un mapa de la Sierra de Guara; para otros, un descenso clásico, con una sucesión de rápeles, badinas y caos de rocas. Pero cuando uno ha regresado durante más de cuarenta años a un mismo cauce, el barranco deja de ser solamente un punto geográfico y se convierte en memoria. Porque hay lugares que envejecen con nosotros. Y para mi el Mascún es uno de ellos. Hoy, mientras descendía otra vez por sus entrañas de piedra caliza, junto con dos amigos, no caminaba únicamente por el agua del deshielo de primavera. Caminaba también por muchas de las edades de mi vida. Porque para mí, los barrancos tienen algo extraño: el agua nunca es la misma, pero las piedras la recuerdan. Y uno, que como el agua tampocoes el mismo, acaba reconociéndose en un recodo, en un olor o en una sombra bajo las paredes. El Mascún siempre fue un barranco efímero. Vivo solo unos meses al año, y lleno de una energía desbordante antes de secarse lentamente en verano. Tal vez por eso emociona tanto. Porque muestra una belleza que no permanece. Su agua aparece como aparecen ciertos momentos de la vida: intensos, fríos, transparentes… y luego desaparecen. Pero siempre te dejan marca. La aproximación desde Rodellar por Otín es ya por si sola una increíble excursión. Ese sendero suspendido sobre el silencio inmenso de Guara. Y Otín… Otín no es para mi solo un pueblo abandonado; es una frontera entre dos diferentes tiempos. Yo alcancé a verlo aún con un poco de vida, cuando el bar de Manolo seguía abierto y todavía había voces resistiendo entre sus ruinas. Eso cambia mi memoria de este lugar para siempre. Hoy muchos llegan allí y solo ven romantico abandono, muros vencidos y silencio. Pero yo recuerdo el humo, las conversaciones, una cerveza después de la jornada, el eco al atardecer. Recuerdo cuando sus ruinas todavía respiraban. Y en esa memoria aparece también Pepe Chaverrí, como aparecen siempre los verdaderos compañeros de monte: unidos para siempre por este paisaje por donde guiamos grupos juntos. Hay amistades que no necesitan retratos porque quedan inscritas en los caminos compartidos. Cada rápel del Mascún, cada grupo guiado durante aquellos años, cada aventura medio improvisada, forman ya una especie de mitología íntima. No son hazañas deportivas, son fragmentos de mi vida vivida con intensidad y presencia. Guiar gente por un barranco durante años significó mucho más que enseñar pasos o poner cuerdas. Significa acompañar el miedo, la alegría o el descubrimiento. Ver cómo otros sienten por primera vez esa mezcla de pequeñez y plenitud que solo la naturaleza salvaje puede ofrecer. Y mientras los guiaba a ellos, sin darme cuenta, el Mascún también me iba guiando a mi. Quizá por eso hoy y cada vez siento la Sierra de Guara tan viva. Porque hay paisajes que parecen o son conciencia. Guara para mi tiene algo antiguo, casi espiritual. Sus barrancos para mi no son únicamente erosión, son tiempo. El agua ha ido escribiendo lentamente la piedra durante miles de años, del mismo modo que los recuerdos se escriben lentamente en las personas. Y uno comprende entonces que volver no es repetir el camino; volver es medir la distancia entre quien fuimos y quien todavía somos. Hoy he descendído el Mascún una vez más. Pero en realidad lo he descendido acompañado por todos mis años allí dentro: el joven que llegó por primera vez, los amigos ya ausentes, las risas en Otín, el bar de Manolo, Pepe, los clientes guiados, los cursillos, las primaveras húmedas, los veranos secos, la fuerza del agua y el silencio posterior. Y quizá eso sea a estas alturas de mi vida finalmente la montaña o los barrancos, un lugar donde el tiempo no desaparece, sino que permanece aguardándome entre las piedras.
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domingo, 24 de mayo de 2026
BARRANCO DEL MASCÚN (2026)
El Mascún no es un barranco al uso. O no solamente. Para algunos siempre será únicamente una línea azul en un mapa de la Sierra de Guara; para otros, un descenso clásico, con una sucesión de rápeles, badinas y caos de rocas. Pero cuando uno ha regresado durante más de cuarenta años a un mismo cauce, el barranco deja de ser solamente un punto geográfico y se convierte en memoria. Porque hay lugares que envejecen con nosotros. Y para mi el Mascún es uno de ellos. Hoy, mientras descendía otra vez por sus entrañas de piedra caliza, junto con dos amigos, no caminaba únicamente por el agua del deshielo de primavera. Caminaba también por muchas de las edades de mi vida. Porque para mí, los barrancos tienen algo extraño: el agua nunca es la misma, pero las piedras la recuerdan. Y uno, que como el agua tampocoes el mismo, acaba reconociéndose en un recodo, en un olor o en una sombra bajo las paredes. El Mascún siempre fue un barranco efímero. Vivo solo unos meses al año, y lleno de una energía desbordante antes de secarse lentamente en verano. Tal vez por eso emociona tanto. Porque muestra una belleza que no permanece. Su agua aparece como aparecen ciertos momentos de la vida: intensos, fríos, transparentes… y luego desaparecen. Pero siempre te dejan marca. La aproximación desde Rodellar por Otín es ya por si sola una increíble excursión. Ese sendero suspendido sobre el silencio inmenso de Guara. Y Otín… Otín no es para mi solo un pueblo abandonado; es una frontera entre dos diferentes tiempos. Yo alcancé a verlo aún con un poco de vida, cuando el bar de Manolo seguía abierto y todavía había voces resistiendo entre sus ruinas. Eso cambia mi memoria de este lugar para siempre. Hoy muchos llegan allí y solo ven romantico abandono, muros vencidos y silencio. Pero yo recuerdo el humo, las conversaciones, una cerveza después de la jornada, el eco al atardecer. Recuerdo cuando sus ruinas todavía respiraban. Y en esa memoria aparece también Pepe Chaverrí, como aparecen siempre los verdaderos compañeros de monte: unidos para siempre por este paisaje por donde guiamos grupos juntos. Hay amistades que no necesitan retratos porque quedan inscritas en los caminos compartidos. Cada rápel del Mascún, cada grupo guiado durante aquellos años, cada aventura medio improvisada, forman ya una especie de mitología íntima. No son hazañas deportivas, son fragmentos de mi vida vivida con intensidad y presencia. Guiar gente por un barranco durante años significó mucho más que enseñar pasos o poner cuerdas. Significa acompañar el miedo, la alegría o el descubrimiento. Ver cómo otros sienten por primera vez esa mezcla de pequeñez y plenitud que solo la naturaleza salvaje puede ofrecer. Y mientras los guiaba a ellos, sin darme cuenta, el Mascún también me iba guiando a mi. Quizá por eso hoy y cada vez siento la Sierra de Guara tan viva. Porque hay paisajes que parecen o son conciencia. Guara para mi tiene algo antiguo, casi espiritual. Sus barrancos para mi no son únicamente erosión, son tiempo. El agua ha ido escribiendo lentamente la piedra durante miles de años, del mismo modo que los recuerdos se escriben lentamente en las personas. Y uno comprende entonces que volver no es repetir el camino; volver es medir la distancia entre quien fuimos y quien todavía somos. Hoy he descendído el Mascún una vez más. Pero en realidad lo he descendido acompañado por todos mis años allí dentro: el joven que llegó por primera vez, los amigos ya ausentes, las risas en Otín, el bar de Manolo, Pepe, los clientes guiados, los cursillos, las primaveras húmedas, los veranos secos, la fuerza del agua y el silencio posterior. Y quizá eso sea a estas alturas de mi vida finalmente la montaña o los barrancos, un lugar donde el tiempo no desaparece, sino que permanece aguardándome entre las piedras.
domingo, 17 de mayo de 2026
XI Trail Sierra de la Carrodilla
Solo esperan el momento adecuado para volver a releerlos, reescribirlos y a encontrarse con
nosotros.
Este que hoy reescribo lo escribí en 2019, tras otra de
mis participaciones en la Trail de Estadilla. Y ayer sábado, en mi (No sé cuánta
participación.. siete u ocho) en esta carrera, mientras corria de nuevo por la
Sierra de la Carrodilla, me di cuenta de que apenas tendría que cambiar nada.
Casi podría transcribirlo punto por punto. Porque hay lugares, personas y
carreras que por suerte no pasan: permanecen.
Siempre he pensado que los amigos son la familia que uno
elige.
Y no pretendo hablar de amistad, que también. Pretendo
hablar de CARRERAS. Así, con mayúsculas. De esas pocas capaces de crear un
vínculo profundo con quien las corre. Un vínculo que no nace de la casualidad
ni del marketing ni de la vacía espectacularidad, sino de algo mucho más
difícil de construir: la verdad.
Porque igual que ocurre con los amigos de verdad, hay
carreras que no aprietan, ni exigen fingir nada, ni duelen más de la cuenta.
Carreras que simplemente te abrazan tal y como llegas. Para mí esta, la Trail
de Estadilla siempre ha sido eso.
Un afecto compartido y desinteresado que se fortalece año
tras año con el trato, la complicidad, las fugaces conversaciones en un
avituallamiento, el ánimo sincero de quien apenas te conoce y la certeza de
saber que allí todos remamos en la misma dirección.
Probablemente este texto nace también por asociación de
ideas. Porque en Estadilla tengo muchos amigos. Algunos de esos que eliges y
terminas llamando familia sin necesidad de decirlo demasiado. Y quizá por eso
esta trail siempre me fascina.
Porque en pocas carreras la línea entre organización,
voluntarios, corredores y público resulta tan fina que prácticamente
desaparece. Aquí nadie parece ocupar un papel concreto durante demasiado
tiempo. El que hoy anima mañana corre, el que ayer llevaba dorsal hoy hace de
escoba o reparte agua, y todos entienden que lo importante nunca fue solamente
llegar a meta.
La Trail de Estadilla me sigue sorprendiendo precisamente
porque conserva intacta su esencia.
Aquella carrera familiar que hace años impulsó Fernando
Latorre y que después han sabido cuidar y hacer crecer sus herederos, mantiene
algo muy difícil de encontrar cuando las pruebas maduran: el alma. Y eso no
sucede por accidente.
Sucede porque hay cariño detrás de cada detalle. Porque
se mejora sin perder identidad. Porque se busca más la calidad humana que la
cantidad de dorsales. Y porque quienes volvemos cada año sabemos perfectamente
lo que esperamos encontrar allí: amistad, épica y verdadero afecto. Ayer volvió
a pasar.
Volví a cruzarme con personas que, desde cualquier rincón
de la carrera (corriendo, animando, fotografiando, avituallando o simplemente
esperando en la plaza) consiguen que uno se reconozca un poco mejor a sí mismo.
Y no sé explicar muy bien cómo lo logra esta carrera,
pero siempre termina dejándonos emociones limpias. De esas que duran más que
las agujetas.
Quizá por eso me atrevo a decir que la Trail de Estadilla
es para mi, de alguna manera, la carrera de la amistad.
Luego está la Sierra de la Carrodilla, claro. Su dureza.
El calor (ayer menos) que ya forma parte inseparable de su identidad. Ese
paisaje que obliga a conversar con uno mismo mientras las piernas negocian cada
subida. Allí cada corredor vive su pequeña epopeya personal.
Da igual el ritmo, la posición o el objetivo. Todos
terminamos librando alguna batalla íntima y todos, de un modo u otro, salimos
fortalecidos.
Porque esta es una carrera para debutar, para disfrutar,
para volver una y otra vez o para quedarse para siempre. Para correr solo o
acompañado. Para competir o simplemente sentir.
Y quizá lo más bonito sea que da exactamente igual cómo
llegues.
Da igual si eres de los primeros, de los últimos, si
haces de escoba, de voluntario, de speaker o de acompañante. Siempre encuentras
un sitio. Siempre puedes ser tú mismo, sin filtros ni artificios.
Eso también define a las grandes carreras. La confianza.
La certeza de saber que puedes confiar plenamente en
quien organiza, en quien espera en un cruce bajo el sol o en la persona que
corre a tu lado compartiendo silencio y calor.
Y cuando las cosas salen bien, lo celebran contigo. Pero
cuando salen peor, también te sostienen. Y eso, en el fondo, es lo que
verdaderamente importa. Porque la reciprocidad es eso: un vínculo compartido
donde no hay intereses, solo ganas sinceras de compartir tiempo, esfuerzo y
experiencias. Una carrera de amigos para amigos. Y por eso siempre vuelves.
Porque sabes que allí arriba, entre senderos, calor y
polvo, hay algo que merece la pena reencontrar cada año.
La Trail de Estadilla es exigente, sí. Pero nunca te
exige dejar de ser quien eres. Igual que hacen los amigos de verdad. Esos que
eliges. Quienes habéis tenido la suerte de vivirla alguna vez (ayer o hace
años) seguramente entenderéis lo que intento decir.
¡¡Larga vida a la Trail de Estadilla!!
GUIAR
A menudo la gente me pregunta qué es lo que me mueve a
guiar, y reconozco que no es fácil de plasmar en palabras. Esa profunda pasión
por compartir no nace de la simple idea de mostrar un camino o un mapa, sino de
una visceral necesidad de llevar a los demás (sobre todo a quien quiero) a
conectar con mis propios sentimientos y con la esencia de los paisajes que me
han marcado. Es un primitivo deseo de empujarlos a vivir una experiencia pura
en la naturaleza; algo tan íntimo, inmenso y sobrecogedor que mis palabras se
quedan cortas y que solo cobran verdadero sentido cuando se siente en primera
persona, en el rio o allí arriba, compartiendo el mismo horizonte.
Concretamente, el descenso de barrancos cambió mi vida de
una forma que entonces no fui capaz de comprender del todo. La primera vez con
catorce o quince años… Con el tiempo entendí que había sido mucho más que una
actividad o una afición: fue mi verdadera escuela en todos los sentidos: Allí
aprendí a moverme con respeto por la naturaleza, a tomar decisiones en momentos
de incertidumbre, a confiar en los demás y en mí mismo, y a aceptar que la
aventura siempre implica cierto grado misterio. Fue el origen de una pasión que
no ha dejado de crecer, una forma de entender el mundo desde la curiosidad y el
deseo constante de explorar. Desde aquellos primeros descensos, todo lo que
vino después (cada viaje, expedición, cada reto, cada nueva experiencia) llevaba
de algún modo la huella de ese inicio entre cañones, agua y roca en la Sierra
de Guara.
Más de cuarenta años practicando esto. A veces como guía
casi profesional, otras como monitor, y muchas otras (ahora todas) simplemente
como ese amigo con experiencia al que otros siguen porque confían en él. No
solo en los barrancos. También en montañas, senderos, y viajes de aventuras que
nos han llevado hasta Tanzania, Nepal, India, Perú, Bolivia o Marruecos.
Lugares inmensos que, al final, siempre terminan convirtiéndose en escenarios
enormemente generosos.
Con el tiempo he entendido que lo que realmente me llena
no es ningún destino concreto ni la actividad en sí. Es la mirada de quien
descubre algo por primera vez. Esa silenciosa satisfacción de saber que alguien
ha vivido algo auténtico gracias a compartir un trozo de camino conmigo.
Porque guiar, en el fondo, no es mostrar ningún lugar. Es
despertar la manera de mirarlo.
Un guía no se define por la cuerda que instala, la
montaña que conoce o la técnica que domina. Se define por el sentido que le da
a todo eso. Por su capacidad de transformar una experiencia en algo que
permanezca dentro de otros mucho después de haber terminado y quizá para toda
su vida.
Y para lograrlo hace falta algo más que conocimientos.
Hace falta sensibilidad. Humildad. Escuchar mucho. Observar todavía más. Saber
leer los silencios, los miedos, las inseguridades o la emoción contenida de
quien tienes detrás. Entender que cada persona deposita en ti algo muy valioso:
su confianza.
De Pepe Chaverri con el que comencé, aprendí que la
verdadera experiencia no necesita exhibirse ni venderse; se nota en la forma de
actuar, en la calma, en la capacidad de transmitir seguridad sin imponerse. Al
final, sabe más quien comprende lo esencial y sabe compartirlo, que quien
acumula historias para ser admirado.
Tal vez por eso siempre he sentido que acompañar a otros
es una forma de servicio. Una hermosa responsabilidad. Intentar que alguien
disfrute, aprenda, se sienta capaz o incluso venza un pequeño miedo. Y hacerlo
sin ocupar el centro.
Porque un buen guía no solo muestra. También educa.
Inspira. Protege. Motiva. Y a veces incluso sin darse cuenta transforma.
Y eso exige entrega. Paciencia. Disciplina. Saber dar sin
esperar a cambio nada. Aunque, curiosamente, siempre acabas recibiendo
muchísimo más de lo que das.
A mí me sigue emocionando compartir caminos, enseñar
rincones, contagiar pasión y ayudar a descubrir. Quizá porque otros antes lo
hicieron conmigo. Personas que me marcaron sin grandes discursos, simplemente
estando ahí.
Y al final, si tuviera que resumir lo que significa
guiar, lo diría de una forma muy sencilla: amar
Es mi opinión.
sábado, 9 de mayo de 2026
EL CORRER COMO ALQUIMIA DEL SER
Es natural que, después de más de cuarenta años dejando huellas sobre el asfalto y sobre todo perdiéndome por caminos, quienes me conocen y empiezan a correr acaben preguntándome algún consejo. Y la verdad es que nunca me he sentido ningún experto ni especialista. Yo empecé como sigo corriendo hoy: “corriendo por correr”. Sin metas, ni cronómetros dictando el sentido de mis zancadas.
Con los años llegaron las carreras, los dorsales, el ímpetu de alguna competición y también la silenciosa intimidad de las largas distancias. Pero fue precisamente el paso del tiempo el que terminó revelándome algo que, en el fondo, ya supe desde aquellas primeras salidas cuando comencé a salir carretera de Fornillos a los 16 años: correr no es algo que hago, es algo que soy.
Porque para mí el movimiento nunca ha sido desgaste, sino una manera de habitar el mundo. Mi forma de ordenar el ruido de fuera, de escucharme, y en muchas ocasiones de reconciliarme conmigo mismo. Correr para mí es una meditación activa donde mi cuerpo se vacía de fuerzas mientras mi alma, curiosamente, vuelve a llenarse.
¿A qué viene esta reflexión?... Pues… la semana pasada un compañero de trabajo me lanzó esa eterna pregunta del que empieza que me han hecho ya más de una vez:
—“¿Qué hago para comenzar a correr… por kilómetros o por tiempo?”
Y sonreí. Porque detrás de esa duda que aparentemente es sencilla, en realidad, se esconde el primer paso de un viaje mucho más profundo de lo que imagina.
Mientras le sugería y explicaba que para mí lo más sabio es hacerlo por tiempo (comenzar con apenas diez o quince minutos y constancia, y con el paso de los días, sin sufrir nada, subir a media hora sin preocuparse por la dictadura de la distancia), comprendí que mis palabras trascendían el entrenamiento.
Al aconsejarle que no se obsesionara con la distancia, sino que se madurara con el tiempo, me di cuenta de que no le estaba hablando solo de una técnica de carrera que en realidad yo desconozco. Le estaba hablando de la arquitectura de una vida corriendo. Algo que sí sé. Y que aquella charla era, en esencia, una lección sobre cómo aprender a transitar por el mundo: con paciencia, presencia y la humildad de quien sabe que la recompensa es el camino en sí mismo y no la distancia recorrida y mucho menos la meta. Porque casi todo en nuestra vida se ha convertido en distancia y metas. Cuántos proyectos terminamos. Cuánto dinero ganamos. Cuántos idiomas sabemos. Cuánto avanzamos. Hemos transformado la existencia en una sucesión de metas visibles, cuantificables y sobre todo comparables. Como si vivir consistiera únicamente en llegar antes o más lejos que todos los demás. Qué pena…
Así que algo tan trivial e insignificante como correr por tiempo, al menos al principio, te obliga a reconciliarte con tu propio ritmo y equilibrio. No importa cuánto avances; importa permanecer en movimiento. Y al poco tiempo, tu cuerpo dejará de ser un artefacto de rendimiento para convertirse en un lugar donde se escucha. Diez minutos, media hora o con el tiempo una hora o más, no exige conquistar nada. Solo estar ahí, respirando, aceptando tu cansancio, y dejando que el pensamiento vaya y vuelva como el aire de tus pulmones. Como una meditación. Es una meditación. Quizá por eso me pareció una pequeña metáfora de la vida.
Hay una edad en la que uno descubre que no siempre necesitas saber cómo de lejos has llegado. Que basta con sostener el paso. Seguir saliendo. Volver mañana. Y aprender a habitar ese trayecto sin exigir constantemente una llegada y mucho menos una meta.
Desde hace muchos años, observo a la gente que se inicia en esto de correr, y la distancia los seduce porque les promete una prueba objetiva: tantos kilómetros corridos, equivale a progreso. Por el contrario, el tiempo es ambiguo. Media hora puede ser un día suave y al día siguiente durísima. Y precisamente eso es lo verdadero: Que el valor de las cosas no siempre puede medirse con un reloj inteligente multideporte con GPS. Que hay días que avanzar poco requiere un enorme esfuerzo y una valentía que no se ve, ni se registra en ningún track que se pueda compartir en redes sociales.
Pensé también que quizá el error actual sea ese: mirar demasiado el reloj y el mapa al mismo tiempo. Queremos controlar cuánto falta y cuánto hemos hecho, y terminamos perdiendo la experiencia misma de correr (o caminar). Nuestro cuerpo, sin embargo, entiende otra lógica: la de la humilde repetición. Un pie delante del otro. Sin épica. Sin estadísticas. Solo con constancia.
Así que tal vez diría y aquí escribo, que empezar a correr por tiempo sea una forma discreta de aprender a vivir mejor: De dejar de preguntarte tan a menudo “¿cuánto he hecho?” y empezar a preguntarte “¿he sido capaz de continuar?”. Puesto que, al final, muchas de las cosas más importantes (amar a alguien, sostener una amistad, construir una vida íntegra, o conocerse a sí mismo) no se conquistan por distancia recorrida, sino por tiempo vivido. Es mi opinión.






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