
El ritual del
alba: Domingo, 7 de marzo
La noche en la cabaña transcurrió despacio, atrapado en
un espeso duermevela. En la quietud. A las seis de la mañana, antes de que el
despertador rompiera el silencio, yo ya estaba en pie. Al asomarme y ver la
nevada, el estómago se me encogió un poco, pero el entusiasmo de un día tan
largamente esperado terminó por barrer cualquiera de mis dudas: teníamos que partir sí o sí. Afuera
aguardaba la tormenta perfecta de mis pasiones por aquel entonces: exploración,
supervivencia, montañismo invernal y naturaleza salvaje; un escenario hostil
pero generoso, donde el tiempo transcurre en paisajes que te conmueven hasta la
médula. El viento del sur soplaba ya a unos 40 km/h, endureciendo el ambiente,
pero las ganas de los tres eran descomunales.
Nos preparamos en silencio bajo la atenta mirada de Rosa,
cumpliendo un ritual casi litúrgico. Me enfundé la armadura: ropa interior
térmica recia, Gore-Tex completo, doble calcetín, polainas, pasamontañas, gafas
de ventisca y unas botas árticas que le habíamos alquilado a Lowe, mucho más
invulnerables que las nuestras. Antes de lanzarnos, Santi nos arrastró a su
cabaña para almorzar. Santi, además de alcalde de Alquézar, es un amigo en
mayúsculas que se había tomado sus vacaciones para darnos apoyo. Carismático,
solidario y con una cola de mapache en la cabeza al más puro estilo Daniel
Boone, nos agasajó con unos espectaculares huevos fritos con jamón. Y con ese
regusto de lujo aún en la boca y entre sutiles bromas, salimos al frío.
Enganchamos las pulkas, nos ajustamos las raquetas (sin
las cuales era imposible dar un paso en semejante espesor de nieve) y nos
dirigimos en peregrinación hacia la vereda del mar Báltico por una blanca y
lechosa rampa. Allí, junto a la canasta de un globo, nos esperaba todo el
equipo para la despedida. Éramos un completo parchís: Arcadi de azul, Kike de
verde y yo de rojo. La respiración se volvió profunda, los sentidos se afilaban
y el frío empezó a morder la piel. Santi pronunció un breve y cariñoso alegato
y, bajando el brazo como un conmutador, nos dio la salida. Arrancamos entre los
aplausos de Rosa, Ángel y Miquel, los fogonazos de la cámara de Rafa y el
objetivo de Iván. 150 kilómetros por delante arrastrando treinta kilos de
material sobre un mar helado y agrietado; una complicadísima empresa donde
necesitaríamos, además de preparación, una inmensa dosis de buena suerte.
Pusimos rumbo sureste hacia una isla diez kilómetros mar
adentro, usándola como referencia en un turbio horizonte donde seguía nevando.
Durante la primera hora, Lowe y el equipo nos escoltaron en moto de nieve,
filmando y jaleándonos, hasta que el hielo dejó de ser seguro para el peso de
la máquina. Se despidieron, dieron media vuelta y nos quedamos completamente
solos. El frío se volvió atroz, congelando nuestro aliento en las máscaras de
neopreno en forma de escarcha. Caminaba enclaustrado en mis pensamientos,
siguiendo la huella de Arcadi y con Kike cerrando el grupo. Para arañar tiempo
al tiempo, miraba al suelo y dedicaba cada paso a las personas que quiero.
A las cuatro horas de continua marcha, relevándonos para
abrir huella con la nieve por las rodillas, entramos en una zona postrada entre
dos islas con nieve virgen y con agua oculta bajo la superficie. Avanzar allí
era un suplicio. Siguiendo el consejo de Lowe, nos pegamos a la orilla de la
isla para evitar el centro del canal, donde las corrientes afinan el hielo,
aunque el viento acumulaba allí enormes taludes. Agotados, paramos junto a unas
rocas a la una del mediodía para beber y chequear el GPS. Nos quedaban diez
kilómetros para llegar a la isla de pernocta y apenas tres o cuatro horas de
luz. Sabíamos que, si el terreno no mejoraba, nuestras fuerzas no darían para
mucho más.
A pesar del cansancio, me sentía feliz con mis
compañeros, con los que conecté de inmediato un año atrás en Barbastro. Arcadi,
el analista y gentleman, impecable hasta con su pelo, que cuando el peligro
acecha se transforma en el "Hombre de Acero". Kike, el dinámico reverso,
un "niño grande" con alma pura que ve el mundo como un territorio
inexplorado donde el valor y la imaginación siempre vencen a los villanos. Dos
tipos en los que me veo reflejado y que me habían invitado a liderar esta inédita
expedición gracias o por mi experiencia en la Yukon Arctic Ultra, donde recorri
250 km en la frontera entre Canadá y Alaska el pasado año arrastrando
igualmente una pulka.
Volvimos a encasquetarnos en la nieve marchando hacia mar
abierto, donde el avance era más limpio. Divisábamos al fondo la isla, pero
tras hora y media en línea recta no había rastro de las huellas de pescadores
que Lowe nos había dicho. A las tres y veinte de la tarde, la luz empezó a
morir y un desagradable e incisivo frío nos golpeó con violencia. Estábamos
exhaustos. Para no arriesgar la marcha bordeando la isla de noche, decidimos
ser prudentes y poner rumbo directo a su costa oeste para acampar entre protectores
sotos. Bebimos mecánicamente, devorados por la fatiga de más de siete horas y
media de arrastre para cubrir los primeros veinte kilómetros. El bosque parecía
no llegar nunca bajo aquella gran bóveda sombría.
Propuse a Arcadi y Kike un cambio de planes: acamparíamos
allí mismo y mañana, ya descansados, nos arriesgaríamos cruzando la isla en
diagonal por su extremo norte, aunque el hielo fuera más inseguro. El que no
arriesga, no gana; y los tres estuvimos de acuerdo. Al acercarnos a la orilla,
el hielo se convirtió en una trampa: placas rotas y hundidas bajo la nieve en
forma de invertidos platos de sopa que filtraban agua de mar. Metimos el pie
varias veces en aquellas charcas invisibles hasta que logramos ganar un pequeño
claro entre los árboles.
Ese primer día, Arcadi y Kike dependían por completo de
mis instrucciones. Con las raquetas, aplanamos y compactamos la nieve para
crear una sólida plataforma, un ejercicio que me devolvió de golpe a los campos
de alta montaña de mis expediciones a grandes montañas. Mis compañeros lo
examinaban todo, mi talante y mis maniobras, y en cuanto entendían la lógica,
se ponían a trabajar sin necesidad de órdenes; una perfecta armonía entre
experiencia e inteligencia colectiva. Usando las pulkas y las raquetas clavadas
como anclajes, levantamos la tienda. Nos embutimos los tres con todo el equipo
en un espacio de 1,45 por 2 metros; un espacio ridículo, pero es el peaje de
viajar ligeros. Nos cambiamos la ropa sudada a velocidad de vértigo y nos
sepultamos en los sacos tiritando, guardando en el fondo los botines interiores
de las botas y la ropa húmeda para que se secaran con nuestro propio calor
corporal.
Kike se ofreció voluntario para como él decía :
"freír nieve". Colocó los hornillos en el avance de la puerta con
vistas al mar y comenzó la paciente tarea de derretir bloques para rellenar las
cantimploras y preparar una sopa que nos templó el espíritu. Con el estómago
caliente, llamamos a Santi por el teléfono satélite para confirmar nuestra
posición. Las previsiones para mañana anunciaban vientos duros; los globeros no
podrían despegar. Con Arcadi ya roncando a mi lado, me tomé una valeriana y me
dormí con las manos apretadas entre los muslos, preparándome para renacer al
día siguiente.
Lunes, 8 de
marzo: El rugido del Báltico
El psoas de mi pierna izquierda (el mismo que me lesioné
el año pasado en la Yukon Arctic y me costó cinco meses de rehabilitación)
empezó a acongojarme con un leve achaque. Si lo pensaba bien, tenía una lógica explicación:
muchísimas horas andando, una hidratación más bien escasa, alimentación regular
y nada de descanso. En una situación extrema, el peor enemigo son los nervios y
uno mismo; hay que pararse a pensar y analizar las cosas antes de actuar mal o
precipitadamente. Como se dice: si la cosa tiene solución, ¿por qué te
preocupas?, y si no la tiene, ¿por qué te preocupas? En un sitio así, la
precipitación o los nervios te pueden arrastrar a situaciones muy peligrosas.
Sabiendo que en un par de horas acamparíamos, decidí no gravar excesivamente la
cadera ayudándome lo más posible con los brazos y los bastones, para luego
relajarla y hacer estiramientos en la tienda. Kike también caminaba arrastrando
un fuerte dolor en la zona tibial de su pierna derecha desde hacía un buen
rato.
A un nivel menos físico y más agudo y reflexivo, los tres
manteníamos un estado de ánimo sosegado y optimista. Personalmente me sentía
completo, en paz; muy agotado, pero radiante con la embriaguez del momento,
mientras caminaba de nuevo por este excepcional mundo glaciar. Mi única
inquietud era ese tenue balbuceo de mi cadera, aunque ya soy consciente de que,
en este tipo de imponentes aventuras físicas con frecuentes palizas de varios
días encadenados, el segundo día es el peor (por lo menos para mí). Es la
jornada en la que se te acumula el cansancio del debut y comienzas la
adaptación tanto física como mental. A partir del tercer día, todo va mejor; y si
no es así, algo no marcha bien.
Todos poseemos el instinto de supervivencia. Todos en
algún instante experimentamos ese vago y amenazador temor que te avasalla, te
bloquea y te induce a objetar por todo, incluso a ti mismo; a querer huir,
gritar o desaparecer de allí. ¿Quién no se ha sentido así en algún momento de
su vida, ya sea física o emocionalmente? La pauta es descubrirte en esos
instantes, mirarlos a la cara, serenarse y subyugarlos, con todo lo que ello
supone de lección, lucidez y vivencia. Mar helado por todas partes. Mar quieto.
Soledad y compañerismo; todo asociado.
Tras dos horas más de esfuerzo, la nieve cercana a la
isla comenzó de nuevo a hacerse ingrata y desigual, y el viento más insufrible.
Me iba exhortando e incitando a mí mismo mientras caminábamos ya como tres
almas errantes. Queríamos localizar cuanto antes algún escenario resguardado
del flagelo del aire entre los árboles en la parte este de la pequeña costa,
para así cobijarnos y poder descansar por la noche. Tras tantas horas de
paliza, no se tiene ningunas ganas de palear nieve para montar el campamento,
pero es algo que tienes que hacer sí o sí, de modo que lo mejor era buscar el
sitio más adecuado y ventajoso posible. Por fin, en un recodo que parecía una
pequeña caleta, encontramos un recoveco con un buen espacio entre algunos
arbolitos donde el viento rompía contra la islita y no nos alcanzaba.
Aplanamos y comprimimos el suelo con las raquetas,
montamos la tienda y nos fuimos acomodando en ella. Mientras Arcadi y yo nos
íbamos asentando, Kike, llevado por el ímpetu de la situación y con la pala en
la mano, obró un pequeño caminito muy bien trazado y profundo de unos tres
metros de largo desde la puerta misma de la tienda que terminaba en un hondo
agujero. Entonces nos gritó riendo: “¡Ya está hecho el cagadero!”. Por si su
grito no hubiera sido suficiente, y por si no lo hubiéramos entendido, gesticulando
en cuclillas nos hizo la explícita indicación de la postura que se emplea
durante su uso. La verdad es que ya que se lo había currado tanto, yo iba a
hacerle aprecio.
Nos ajustamos bien y cómodos dentro de la tienda. Kike y
yo nos colocamos en ambas puertas con los dos hornillos operativos para
deshacer nieve y avanzar más rápido, mientras Arcadi nos preparaba algo de
comida sólida con embutido enrollado en "Rolls Bimbo" (tortitas de
harina) y nos lo iba pasando. Este tipo de pan es similar a los chapatis que
nos preparan los cocineros en las expediciones al Himalaya; los descubrí así
preparados y comercializados en la maratón de Sables, cuando mis compañeros de
jaima, Jorge, Luis y Joaquín, que los traían, repartieron conmigo. En este tipo
de sitios donde echas de menos tanto el pan, es un excelente sustituto. Como
las lecciones de ayer ya las tenían tan aprendidas como si lo hubieran hecho
toda la vida, les enseñé algún truco extra, como colocar el cartucho de gas del
hornillo sumergido dentro de un recipiente con la primera agua caliente que
derretíamos de la nieve; al caldear el cartucho, se agiliza la combustión del
gas y se activa más la llama, aligerando el proceso de deshielo.
Eran las cinco de la tarde y comenzaba a atardecer. Con
la luz rojiza del ocaso, daba la sensación de que cada uno de los árboles que
nos arrullaban a los lados de la tienda había sido modelado por algún espíritu
celeste. No se me ocurre otra manera de describir tanto esplendor en este
paisaje cristalizado que ilumina los corazones, los alegra y los llena de vida.
Entre bromas y risas que denotaban la buena consonancia y el ambiente que se
estaba creando, admirábamos el increíble paisaje desde la tienda cuando de
repente nos quedamos aturdidos ante un auténtico "espejismo": Kike
había salido por detrás de la tienda dispuesto a hacer acopio de nieve en una
bolsa grande para tener suficiente hasta mañana. Había salido bien equipado con
su chaqueta de plumas, pero... ¡no podía creerlo!, y por las risas de Arcadi,
él tampoco: de cintura para abajo, tan solo llevaba las botas. Vaya estampa
navideña; por lo de la nieve y "las bolas colgando". Debíamos de
estar a unos diez grados bajo cero y el tío ahí, medio en pelotas (Nunca mejor
dicho).
Eso denotaba el buen ambiente y la relajación tras un día
tan duro en el que todo había salido bien; no parábamos de bromear y reír. La
risa sólo puede florecer cuando el ser está bien por dentro y no tiene temor
fuera. Cuando ves reír a alguien o tú te ríes de verdad, tu cuerpo entero dice:
“estamos bien, estamos tranquilos, no hay peligro”. Básicamente se abre la
armonía y, sobre todo, se abre el corazón al de enfrente; por eso en estas
ocasiones es tan bueno echar unas risas.
Conectamos con Santi a través del teléfono satélite (con
el normal no había cobertura en esta zona) y dimos y recibimos todas las
crónicas y detalles. Nos confirmó una meteo algo más indulgente para mañana, lo
que haría que los "globeros" pudieran por fin embarcarse en su
travesía; nos explicó que, si no podían hacerlo mañana, ya no podrían en toda
la semana porque el tiempo volvería a empeorar.
Terminamos todas las tareas. Había oscurecido ya y nos
fuimos apagando y aplacando de cansancio. Habían sido más de ocho horas
ininterrumpidas de marcha y esfuerzo en las que, al verificar el GPS,
comprobamos que habíamos cubierto algo más de veinticinco kilómetros. Mañana
ansiábamos por lo menos lograr lo mismo, pero sabíamos que debíamos atravesar
dos o tres previsibles rutas de rompehielos, aparte de las probables
zancadillas que pudieran aparecer sobre la marcha. Cerré los ojos con esa
visión recurrente de esos rostros que siempre me velan, y que siempre se me
antojan indescifrables pero muy cálidos. Mi padre, mi abuela… Sólo en este
minuto tan efímero puedo hallar, con la naturalidad con la que el viento barre
las copas de los árboles que nos cobijan, serenidad y sosiego para resolver
cualquier cosa.
Silencio. No hay ni almas con las que conversar. La
pureza de este mar helado permanece inalterable pese al frío y la nieve. Al
final del día, cuando ya no podemos más pero es necesario el reposo de todo (de
deseos, de búsquedas), un descanso profundo, buscado y querido es un arte que
no consume nada ni se vende en ningún sitio. Soltar y desapegarse tiene mucho
que ver también con el buen humor; soltar, callar, descansar y recuperar.













































