Miércoles, 10
de marzo 2010: La víspera del destino
Ya sabemos que algunas personas miran al mundo y dicen: “¿Por
qué?” y otras miran al mundo y dicen: “¿Por qué no?”. Pues eso mismo fue lo que
nos preguntamos nosotros hace unos meses mientras preparábamos esta
expedición... ¿Por qué no?
La noche en la litera fue espantosa. Al dormir en la
parte más alta, arrimado al techo de la cabaña, casi no podía respirar debido
al aire caliente, el dióxido de carbono y el humo acumulado en la parte más
alta. O esa era, al menos, mi incómoda percepción. Tanto me agobié que, en
mitad de la noche, me levanté completamente desnudo (vaya estampa) a abrir un
poco las puertas para que entrara el aire fresco. Mi cabeza no había dejado de
dar vueltas, previendo y ajustando kilómetros y horarios. En un constante
duermevela, especulaba tácticamente con las horas que nos costaría llegar si
acelerábamos el paso: “¿Y si pudiéramos plantarnos hoy mismo a pie de la vía
del rompehielos de Röyttä?”. Nos encontrábamos bien y la pierna de Kike parecía
aguantar. Suponiendo que nos quedaran unos cuarenta kilómetros hasta allí, si
lográramos mantener una media de cinco kilómetros por hora sin contratiempos,
partiendo a las cinco de la madrugada podríamos coronar el objetivo en unas nueve
horas, deteniéndonos lo justo para avituallarnos e hidratarnos; o diez, si la
media resultaba más baja. Era una jugada decidida por la que había que apostar
sí o sí.
A las cuatro toqué diana. Soñolientos, Arcadi y Kike se
fueron desperezándose un día más. Hoy nos costaría mucho menos ponernos en
marcha gracias al acierto de habernos alojado en esta sencilla pero eficaz
cabaña de pescadores. Bastaba con prepararnos, desayunar y disponer las pulkas,
sin las apreturas, hielos y embarazos que siempre exige recoger una tienda de
campaña. El plan era poner rumbo este hacia Seskaro, cuyo litoral ya
vislumbrábamos desde aquí, laureado por unos modernos molinos de viento que,
vistos en la distancia, parecían minúsculos sobre un estirado bosque.
Desayunamos, nos equipamos cumpliendo un ritual que ya dominábamos y,
prácticamente a las cinco de la madrugada, dejábamos la puerta de la cabaña
bien sujeta con la gran piedra, tal y como la habíamos encontrado.
Comencé a avanzar ascendiendo por la sutil depresión de
nieve que nos dirigía, casi de inmediato, por una pendiente entre árboles hacia
el mar abierto. En ese instante, la punzada que sentí en mi tobillo izquierdo a
cada paso fue como un mordisco rabioso, un dolor agudo casi insoportable,
consecuencia de haber machacado la zona ayer durante tantas horas con el
pliegue de la bota congelada. El dolor era tan insufrible que me obligaba a
cojear aparatosamente. Si la molestia no menguaba con la marcha, el avance de
hoy iba a ser un auténtico calvario. Por ello, preferí quedarme atrás y me fui
rezagando mientras Arcadi y Kike se colocaban en vanguardia, perfilando en la
nieve y el hielo ese surco recto hacia el horizonte.
El día, igual que mis ojos, amaneció nublado, aunque de
momento no nevaba. La temperatura, tal y como nos habían pronosticado, estaba
empezando a descender notablemente. El cielo, de un gris plomizo, arrastraba la
resaca de la nieve y condensaba el frío ambiente. Un mosaico de tonos blancos,
salpicado de ligeros declives de hielo fracturado y marcado por la absoluta
ausencia de civilización, procuraba un silencio entre tenso y agradable, solo
quebrado por el punzante dolor de mi bota que, paso a paso, parecía aplacarse
o, simplemente, amansarse conforme el cuerpo entraba en calor.
Tras casi tres horas de marcha continua sin darnos apenas
cuenta, cautivados por el espectáculo del entorno y nuestra propia abstracción,
advertimos que estábamos cerca de las costas de Seskaro, hendidas por los
formidables molinos de viento. Hicimos un giro en dirección sur para rodear la
isla, pasando entre dos islotes repujados con unas humildes cabañas que tenían
aspecto de estar habitadas, o al menos mucho más visitadas que el refugio que
habíamos dejado atrás de madrugada. La propia curvatura de la isla nos impedía
divisar nuestro siguiente propósito al otro lado, lo que nos mantenía en una
constante incertidumbre sobre la ubicación real de nuestro destino,
obligándonos a consultar el GPS y despertando cada vez más nuestra curiosidad
por descifrar la posición exacta en el mapa de este rebaño de islas menudas. La
nieve en este tramo se volvió inestable, variable y profunda; el camino se
hacía largo y desalentador. ¿Cuándo íbamos a salir a mar abierto de nuevo? El
avance era agónico; si la superficie no mejoraba, seríamos incapaces de superar
los tres kilómetros por hora.
Arcadi marchaba en silencio abriendo huella. Cuando me
tocaba a mí dar el relevo, me notaba muy agotado y gastado por la mala noche
que arrastraba, mientras Kike aguantaba como podía un dolor tibial que tangiblemente
lo esclavizaba. Paramos a descansar y tomar aliento brevemente. Sin pensarlo
mucho, decidí sacar mi perfil de héroe protector, subyugar la inercia que me
recordaba que cada paso hacia adelante es un paso menos, e insistí de nuevo a
Kike para distribuir parte de su carga. Esta vez, finalmente, accedió. Nos
partimos el peso y, en cuanto arranqué de nuevo, me retraje en silencio,
avasallado por la pulka, que ahora sentía oronda y pesadísima sobre un ingrato
sembrado de nieve rigurosa y profunda. “Intentaré aguantar como sea, a ver si
el terreno mejora”, pensé para mis adentros. Mi dolorido estado físico, la
fatiga y quizás un punto de ego y fanfarronería me hicieron reciclar los
pensamientos: me di cuenta de que tal vez no era el mejor día para hacer favores
ni para jugar a ser superhombre cargándome con ese exceso, pues mis propias
energías andaban más bien dudosas. Siempre he concebido que la generosidad se
recompensa a sí misma casi al instante y que un gesto solidario, de alguna
manera moral, te aviva y te hace crecer... ¡pero la pulka pesaba una
barbaridad! Menos mal que Arcadi se encontraba pletórico; con un gesto
disciplinado, pétreo en su manejo y con la tez encendida por el esfuerzo y el
frío, iba rompiendo la nieve por delante.
Tras un par de curvas, por fin advertimos el hielo azul
del mar abierto. El espesor de la nieve disminuyó y empezamos a avanzar mucho
mejor. La nieve aquí acumulada mostraba un color triste, oscuro, casi negro,
igual que las pocas rocas que asomaban entre el hielo cerca del litoral. A la
izquierda, el paso se cerraba con un puente lejano que acunaba la singular cala
que acabábamos de atravesar. Torcimos más a la derecha, bordeando la orilla; al
frente se extendían varias islas bajo un cielo mortecino que se desplomaba
sobre el mar.
Las horas seguían pasando y las fuerzas se tambaleaban
cada vez más. De pronto, un grito de Kike nos sobresaltó desde atrás: “¡Se ha
roto mi pulka!”. Se había partido por completo uno de los brazos o varas de
anclaje de su trineo; una de esas perchas rígidas que ensamblan y articulan
desde el arnés de la cintura hasta el frontal de la pulka. Kike la venía
remolcando sujetándola difícilmente con el brazo para mantenerla vertical y
evitar que se ladeara. Al ver la barra partida en dos, pensé en silencio en la
tremenda dificultad de ensamblar dos barras de plástico recto y liso (como el
palo de una escoba moderna) en mitad de la nada y sin fisuras, pero
inmediatamente y sin dar demasiadas explicaciones, pasé a la acción.
La experiencia del pasado me ha enseñado a llevar siempre
encima, en cualquier situación, dos elementos básicos de reparación que me han
sacado de más de un apuro: cinta americana y una bolsa de bridas. Efectué a
cada lado de la fractura, a unos cuatro centímetros de los extremos rotos, dos
bolas bien ceñidas dando vueltas con la cinta americana; el objetivo era que
hicieran de tope u obstáculo para que las bridas no se deslizaran al tirar de
nuevo de la barra y evitar que se volviera a partir. Conecté dos bridas en forma
de argolla alrededor de la vara, justo al otro lado de los topes de cinta, y
estos dos anillos, aún flojos, los fui enhebrando con bridas horizontales
paralelas a la percha, rodeándola por completo. Una vez hecho esto, apreté
fuertemente los dos anillos principales, apresando en su interior todo el
manojo de bridas horizontales, y una por una las fui cerrando y tensando con
los alicates alrededor de la estructura. Cuando quedó bien prieta toda esa
artesanal madeja de plástico, la cubrí por completo con abundante cinta
americana. “¡Creo que funcionará!”, exclamé. Mientras realizaba la reparación,
Arcadi me filmaba en vídeo y Kike, con su cándido interés y su voraz apetito
por instruirse, me daba bombo con tanta gracia que convirtió el contratiempo en
un rato de relajación y descanso. Me encantan este tipo de recursos de fortuna
improvisados.
Aprovechamos esta breve y accidental parada para comer
algo, recalcular la ruta y recuperar un poco las fuerzas. Llevábamos casi siete
horas y media de marcha continuada y sabíamos que, si hoy echábamos el resto,
podríamos llegar a pie de la refinería de Röyttä; justo el lugar hasta donde
llegaron las expediciones clásicas que cruzaron con esquís, pero nosotros lo
haríamos a pie. Después del breve descanso reiniciamos la marcha. Algo del peso
que esta mañana le había quitado a Kike se lo devolví para que lo cargara de
nuevo en su pulka. Lo agradecí en el alma; él se encontraba algo mejor y yo hoy
no estaba para tirar cohetes ni para correr ningún encierro.
Comenzó el ocaso y nos adentramos por una especie de
bahía repleta de depresiones de nieve y hielo, donde un manto grisáceo cubría
la superficie de las cosas, tiñendo el ambiente de una sutil tristeza por la
ausencia total de sol. Al poco, en una islita que dejamos a nuestra derecha,
divisamos una pequeña acumulación de casas de tablones corroídos y descoloridos
que mostraban sus decadentes entrañas entre maderos desnudos. Era la viva
estampa de un pueblo fantasma, tal y como uno se lo imagina en las historias
más remotas. Se mostraba desierto, sin un alma, como si sus habitantes hubiesen
huido precipitadamente presos del pánico; o esa fue, al menos, la sensación que
a mí me produjo al mirarlo de reojo al pasar. Parecía como si el tiempo se
hubiese detenido por completo en ese rincón escondido del Báltico. Resultaba
entre turbador y fascinante. Movidos por el instinto y por lo misterioso de ese
escenario digno de una película de terror, dejamos poco a poco atrás el
decrépito poblado y asomamos el cuerpo entero, arrastrando los trineos, de
nuevo a mar abierto, volviendo a escuchar el frío eco de nuestra propia
respiración. El paraje era cautivador. Estábamos en un recóndito lugar en mitad
del mar y, si te parabas a pensar, resultaba verdaderamente inspirador: “Quien
mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro realmente despierta”.
Tras unas dos horas más de marcha, meditaba en silencio
sobre este condenado y bello momento que nos guiaba hoy. Me sentía muy, muy
cansado, y el frío no parecía dejar de aumentar conforme acontecían las horas.
Al fondo, por fin, se distinguió nuestro objetivo: se veían claramente los
humos de la refinería de petróleo y la silueta de la isla de Torne-Furö
(declarada Parque Natural), justo en la frontera con Finlandia, donde
pretendíamos acampar. Y entonces... ¡mierda! Un enorme barco iba desgarrando el
paisaje desde la refinería en dirección sur hacia el mar abierto y, con el
paisaje, seguro que estaba mutilando el pavimento congelado del mar... ¡El
rompehielos! Bueno, en el fondo era lo que esperábamos, ¿no? Ahora tocaba
invocar a la suerte para que esa fuera su última travesía hasta mañana por la
mañana y rezar para que esta noche hiciera un frío atroz, de modo que se
congelara la ruta y nos permitiera atravesar su estela en nuestro camino definitivo
hacia Kemi.
Cerca de la isla tuvimos que salvar zonas de auténtico
caos de hielo, con bordes rotos por la fuerte presión y grandes acumulaciones
de nieve; superficies en las que se hace sumamente trabajoso avanzar
arrastrando las pulkas. Tras un día durísimo en lo físico, alcanzamos el
destino previsto para la mejor de las opciones de la etapa, plantándonos en la
costa de la isla de Torne-Furö tras haber avanzado unos cuarenta kilómetros en
la jornada; sumábamos ya unos cien o ciento diez kilómetros desde que partimos
de Brandön hacía cuatro días. El viento comenzó a soplar desde el sur con algo
más de fuerza, por lo que la sensación térmica empezó a desplomarse. Me gustan
estas sensaciones de supervivencia y soledad; crean un vínculo necesario con mi
propia alma y, si estás en verdadera consonancia (como era el caso), también un
vínculo indestructible con tus compañeros.
Dispusimos montar el campamento y levantar la tienda
directamente sobre unas placas de hielo, en la superficie misma del mar. Para
fijarla en un suelo tan duro, yo traía en el equipo unos tornillos de hielo.
Mientras íbamos preparando el material, de repente, por detrás de la isla
asomaron dos motos de nieve que se dirigían rápidas hacia nosotros. Eran dos
policías con vehículos oficiales perfectamente rotulados, luces de emergencia y
todo el equipo. Se detuvieron a nuestro lado, pararon los motores y se
retiraron los cascos, dejándonos ver sus robustas y sonrosadas caras. ¡Esto sí
que era nuevo! Primero nos entró la lógica inquietud de que no nos permitieran
acampar en ese punto, que nos llamaran la atención por tratarse de una frontera
o, como imaginas inmediatamente en plan de broma, que nos dijeran: “¡A ver!
¡Carné de conducir pulkas, seguro obligatorio y el certificado de la ITV!”. Además,
tras el palizón que llevábamos encima, estábamos como para que nos hicieran
movernos...
Muy al contrario, tras ese erróneo sobresalto inicial,
resultaron ser extremadamente cordiales. Estaban completamente impresionados al
hallar en su trillada y despoblada ronda fronteriza (la refinería es un
objetivo militar), en medio del mar helado, a tres desequilibrados intentando
acampar sobre el hielo a veinte grados bajo cero. Nos interrogaron
amigablemente para saber de dónde veníamos y sus rostros reflejaron una
absoluta incredulidad tras escuchar nuestras explicaciones. Les relatamos la
aventura con nuestro abreviado pero suficiente inglés y les expusimos nuestro
propósito de alcanzar Kemi mañana mismo. Los interrogamos de inmediato sobre la
posibilidad real de cruzar la vía del rompehielos y su dictamen no fue
precisamente tranquilizador: primero nos confirmaron lo que ya habíamos visto
(el barco acababa de pasar) y nos puntualizaron que mañana, muy temprano,
teniendo muchísimo cuidado y comprobando bien el piso golpeando con fuerza con
los bastones, podíamos intentarlo; pero que si no hacía mucho frío durante la
noche, lo veían francamente difícil. Nos hicimos una foto con ellos (o ellos
con nosotros) y, despidiéndose simpáticamente, se ajustaron los cascos y los
guantes, arrancaron los motores y aceleraron casi derrapando sobre la nieve, de
la misma manera que cuando de joven querías impresionar a la chica que te
gustaba con tu ciclomotor.
Mientras los miraba partir, escuché gritar a Kike:
«¡Eeeeeeeeeyyyyyyyyy!». Con su ostentosa maniobra de arranque y el envite de la
nieve, a uno de los agentes se le había caído una señal indicadora de STOP de
mano, de esas que tienen forma de pala de ping-pong. Se distanciaron dándonos
la espalda tan rápidamente y con el bullicio de los motores que no se
percataron de los gritos ni de los aspavientos de Kike. Así fue como Kike
adquirió una señal de STOP oficial, gentileza del mar Báltico y de unos amables
pero despistados policías suecos.
Tras esta inesperada y sorprendente visita, continuamos
con el montaje de la tienda y la anclamos en un santiamén al suelo utilizando
los tornillos de hielo. Coloqué primero uno para que tanto Arcadi como Kike,
que desconocían esta herramienta cilíndrica que normalmente utilizamos para la
escalada en hielo, vieran su funcionamiento, su colocación y su elemental modo
de anclaje por medio de un mosquetón a los vientos de la tienda. Enseguida se
pusieron a practicar y colocaron ellos el resto en los demás vértices. Después
se acomodaron dentro y empezaron a recoger nieve en bolsas de plástico para
fundir, mientras yo me quedaba fuera cubriendo los faldones de la tienda con
las propias pulkas; había empezado a nevar y a moverse algo de viento, y si el
aire se introducía por debajo de la estructura, podría desgarrarla y dejarnos
literalmente con el culo al aire.
Una vez acomodados, hidratados y cenados, nos permitimos
el lujo de comer más de lo habitual. Sabíamos que mañana, de una u otra manera,
llegaríamos a destino y no teníamos por qué reservar raciones; ya fuera
alcanzando Kemi o, como les ocurrió a las otras expediciones si no podían
atravesar el canal abierto, terminando en algún punto cercano de la refinería
en este mismo margen de la costa. Embutidos en nuestros sacos de plumas y
tratando de sacudirnos el frío, encendimos el teléfono satélite y conectamos
con Santi en Brandön. Nos felicitaron por la etapa, pero nos manifestaron el
mismo temor: “No va a ser posible atravesar la ruta del rompehielos”. Santi,
Iván, Rafa y Rosa (nuestro equipo de apoyo) habían pasado el día en Kemi y,
mientras fotografiaban un gran rompehielos en el puerto, casualmente, al
observar que los filmaban, les había abordado el dueño del propio buque. Ellos
le habían relatado nuestra aventura y el propósito de preparar un documental, y
el hombre, entusiasmado, los había invitado a visitar el barco y filmarlo desde
dentro. Habían disfrutado de una visita guiada exclusiva por el mismísimo
capitán, quien incluso les había mostrado las cartas de navegación de las rutas
de la zona. Tras ver los mapas, las previsiones de cruzar a pie eran muy
pesimistas: según el capitán, las posibilidades eran “ninguna”, nos confesó
Santi.
Aun así, proyectamos con Santi las diferentes
alternativas para el día siguiente: el plan principal seguía siendo intentar
llegar a Kemi atravesando la gran ruta abierta que circula desde la península
de Röyttä hacia el sur, siguiendo la línea imaginaria de la frontera entre
Suecia y Finlandia. Para ello debíamos madrugar muchísimo y cruzarla si se
mantenía helada, antes de que transitara ningún otro buque. Si esto no fuese
posible, Santi me explicó que tendríamos que dar por concluida la aventura en
Röyttä, un pueblo situado al noroeste de la refinería. Yo le aclaré (porque así
lo habíamos previsto y discutido entre los tres) que si encontrábamos el mar
roto, subiríamos por esta orilla en dirección norte para intentar bordear la
refinería; y que si era necesario pasar por tierra, lo haríamos aunque fuera
cruzando el muelle del propio puerto comercial para regresar de nuevo al mar al
otro lado, ya en territorio de Finlandia, y poder llegar a Kemi a primeras
horas de la tarde. Santi, tras escucharme, abiertamente y con voz afectuosa me
manifestó: “Eso era lo que quería escuchar; tened mucho cuidado y ya me
informaréis. Nos vemos en Kemi”. Le precisé que madrugaríamos una barbaridad y
que, si lo lográbamos, podrían seguir nuestro rastro en el ordenador por medio
del dispositivo satélite SPOT; le aseguré que, de todos modos, les mandaría una
señal de "OK" para que lo supieran con total seguridad.
Teníamos que descansar. El futuro no es un regalo, es una
conquista. Mañana debíamos conquistarlo.














































