jueves, 23 de abril de 2026

LA CRUZ DEL ANETO

 


Durante estos últimos días, cada vez que alguien cercano se dirigía a mí, ha habido  una pregunta que no ha dejado de repetirse: “Tú que eres montañero, ¿Qué opinas de todo esto de la cruz del Aneto?”…

Así que, ya que llevo yendo a la montaña más de 40 años...  en esa inevitable insistencia me doy por aludido con lo de montañero, y me siento en la necesidad de escribir estas líneas:

Eso sí, a estas alturas, ni quiero escribir desde la polémica ni desde la prisa, sino desde, creo que un poco desde la experiencia, y un mucho desde ese vínculo personal que toda mi vida he sentido con la montaña.

Comenzaré mi reseña con la historia de la cruz del Aneto (3.404 m):

A a lo largo de los años no ha habido una sola cruz, sino varias versiones, ya que han sucumbido ante el clima extremo de esta montaña, o a otros extremismos…

La idea original surgió del Centro Excursionista de Cataluña (CEC) tras la Guerra Civil. En un contexto, (el de entonces), de fervor religioso, se decidió instalar una cruz en la cima, para conmemorar el quincuagésimo aniversario de la primera misa celebrada en la cumbre en 1901.

Esa primera, fue forjada en Barcelona, transportada en piezas, y por lo que he podido recabar, cerca de 300 personas participaron en su porteo a trozos a lomos de mulos hasta la base, y finalmente a cuestas por el glaciar y el famoso paso o puente de Mahoma hasta la cumbre donde fue armada. Por aquel entonces, sin los medios mecánicos modernos de hoy, fue un desafío descomunal.

Se inauguró el 14 de agosto de 1951. Hace ahora 75 años.

Pero, como la cima del Aneto es un lugar hostil, los rayos, las tormentas de nieve y el viento, la castigaron durante décadas. Por consiguiente en 1988, la cruz original estaba tan deteriorada que tuvo que ser sustituida por una nueva versión más moderna y resistente, manteniendo la estética de la anterior. Después, en años posteriores, como ya sabemos la cruz no solo ha sufrido por el clima, sino por actos vandálicos de “montañeros” “¿agresivos?” (Tanto la cruz como la virgen). Montañeros y agresivos, dos palabras que rara vez han caminado juntas, ya que quien asciende montes no solo por coleccionismo, pronto aprende que en la montaña se forjan valores como la humildad, la prudencia, el compañerismo, la responsabilidad, la paciencia y “el respeto”.

Y desde mi humilde opinión de montañero ya veterano, y espíritu de alpinista tradicional, me educaron sobre valores muy claros: subir una cima no era solo un acto deportivo, sino también una forma de entrar en contacto con quienes la ascendieron antes, de respetar su huella sin borrarla, de comprender su esfuerzo. En ese sentido, ciertos elementos (aunque no sean naturales) han acabado adquiriendo un valor simbólico e histórico. No necesariamente por lo que representan en origen, sino por el paso del tiempo y por su integración en la cultura montañera.

En 1984 yo pisé esta cima por primera vez. Hace ahora 42 años.

Y aquel día cuando alcancé la cima, como si hubiera brotado de la propia roca, firme y recortada contra el cielo inmenso, estaba la cruz. A su lado la Virgen del Pilar. Ambas desafiando el viento y las nieves perpetuas. Y sinceramente, ni me parecieron un adorno ni un capricho. Bueno, ni me lo plantee. En aquel instante sentí que allí, inmóviles y luminosas, parecía esperarme desde siempre. No pude evitar encaramarme a la cruz y hacerme la foto subido a ella (juventud divino tesoro).  

Y claro, ni ese día ni nunca, se me pasó por la cabeza cuestionar su presencia allí. Formaban parte de la acuarela del paisaje, y de ese conjunto de elementos que (sin conflicto) uno asume cuando llega por primera vez a un lugar así. No hubo en mí ninguna sensación de que desentonaran o que “sobraran”. Simplemente allí estaban, como tantas otras huellas humanas en las montañas que con el tiempo acaban integrándose en su identidad: carteles, mojones de piedra levantados por manos anónimas para marcar el camino, refugios que ofrecen abrigo en medio de la nada, cruces, pilastras o hitos en otras muchas cumbres, placas conmemorativas, senderos, cuerdas fijas, clavijas, o incluso alguna oxidada señal que el tiempo no ha logrado borrar del todo.

Quizá quienes sienten que una cruz “sobra” en una cumbre deberían perderse alguna vez por las montañas del Himalaya, en Nepal, India o en el Tíbet, y caminar hallando estupa tras estupa, piedras grabadas con una delicadeza casi sagrada al borde de los caminos y banderas de oración que el viento no deja de agitar por todas partes. Todo está impregnado de símbolos, y sin embargo no se perciben como una intrusión, sino casi como una extensión del paisaje, como si la montaña hablara también a través de ellos. Lejos de parecerte una aberración, terminas sintiéndolo como un adorno natural, un silencioso cántico que acompaña al terreno y a quien lo recorre. Y tal vez, al vivirlo así, uno comprende que no siempre se trata de quitar o poner, sino de aprender a mirar con otros ojos.

Se me ocurren como ejemplo muchos objetos que acaban cargándose de un significado tan profundo que se vuelven inseparables de un lugar. Símbolos con carga política, religiosa o histórica, como los restos del Muro de Berlín en Berlín, o en Santiago de Compostela la concha del peregrino, repetida en señales y detalles urbanos que guían y dan sentido a todo un camino ya sea “espiritual” o “no”, o las pequeñas cruces de término que salpican caminos y entradas de pueblos por toda la península…

La lista sería interminable. Y todos tienen algo en común: “su significado”. Son elementos que con el tiempo se cargan de significado colectivo y se convierten en memoria compartida, identidad, y algo que simplemente “tiene que estar ahí”, hasta el punto de que cuesta imaginar el lugar sin ellos.

Así que hoy, siglo veintiuno, vivimos rodeados de vestigios que individualmente no nos pertenecen, pero que forman parte de una memoria colectiva que debemos respetar.

A estas alturas de mi vida (en cien años todos muertos), me resultan absurdos ciertos rechazos identitarios,  que no dejan de ser ecos de ideologías rancias incapaces de dialogar con la diversidad del presente. Convertir símbolos en enemigos por lo que representan para otros o esa tentación de destruir o negar, creo que nace de confundir diferencia con amenaza.

Tal vez no se trate tanto del objeto en sí, sino del significado que cada cual decide proyectar sobre él, pero me cuesta imaginar qué pensamiento hay detrás de esa incomodidad.

A veces pienso que los símbolos tienen más paciencia que nosotros: permanecen ahí, inmóviles, mientras nosotros vamos y venimos cargándolos de distintos significados según el día, el ánimo o la discusión de turno. Porque es curioso, como una simple cruz, una piedra o cualquier otro objeto en lo alto de una cumbre puede terminar siendo casi un espejo donde cada cual proyecta sus propias certezas… o dudas. Y, visto así, el problema quizá no es tanto el símbolo como nuestra tendencia a tomarnos todo demasiado en serio, como si el mundo dependiera de que tenga exactamente el sentido que queremos darle.

Tal vez un poco más de sentido del humor (incluso hacia nuestras propias convicciones) nos ayudaría a entender que, al final, esos símbolos no pesan tanto como las interpretaciones que insistimos en cargar sobre ellos.

Al final, la cuestión no es únicamente si una cruz debe estar o no en una cima. La cuestión es cómo decidimos qué permanece y qué desaparece, y bajo qué principios. Porque el verdadero legado del montañismo no está en los objetos que dejamos en las cumbres, sino en la forma en que nos relacionamos con ellas y entre nosotros.

Eliminarla o dañarla no es un gesto imparcial. Es prohibir unilateralmente un relato colectivo, o borrar una página de una historia compartida.

Para algunos, la cruz conserva un valor espiritual. Para otros, no es más que un objeto cultural, o un símbolo heredado que se mira sin religiosidad. Pero pienso que precisamente esta ambigüedad no es una debilidad, sino su riqueza. Un mismo objeto pueda ser, simultáneamente, referencia práctica, memoria histórica, y signo espiritual o cultural.

En la cima del Aneto, donde precisamente todo te invita a relativizar, esa cruz nos recuerda (sin proponérselo) que el sentido no es algo fijo ni propiedad de nadie. Quizá, después de todo, la montaña (como la vida), no nos pide que estemos de acuerdo en todo, sino que aprendamos a convivir con lo que otros ven distinto sin necesidad de borrarlo. Porque al final, lo que realmente permanece no es la cruz, ni la Virgen, ni la piedra, ni el símbolo en sí, sino la forma en que decidimos mirarlos: respeto o rechazo, amplitud de miras o rigor. Y tal vez ahí esté para mi el aprendizaje más valioso de todos estos años de montaña: entender que ascender no es solo alcanzar una cima, sino también ensanchar mi mirada, aceptar la huella ajena y reconocer que, en ese paisaje compartido, cada uno encuentra su propio sentido sin necesidad de arrebatárselo a los demás. Es mi opinión.






viernes, 17 de abril de 2026

RECUERDOS DE CAMPAMENTOS DE VERANO

 


En cuanto las temperaturas empiezan a insinuar los meses de verano, noto cómo se me acelera el corazón, y me invaden unas ganas casi salvajes de volver a la montaña, a los barrancos, a esa forma de libertad que llevo persiguiendo (o me persigue) desde mi infancia. Y al mismo tiempo, como una marea que sube sin permiso, vuelven recuerdos vividos de muchos veranos: Cercanos, más distantes, e incluso de aquellos primeros de la infancia, donde todo empezó y donde, de alguna manera, a veces, aún sigo: Los campamentos de verano. No cualquier campamento, sino en mi caso, con los Scouts de Barbastro. Y ahora, con la distancia que da el tiempo, entiendo que allí no solo aprendí cosas… sin darme ni cuenta, allí me fui construyendo. Trabajo, amistad, lealtad, imaginación y carácter… grandes palabras que entonces simplemente eran pequeñas acciones: compartir cantimplora, cargar mochilas, reírse, o mirar al monte como quien mira el posible futuro. Y, sobre todo, naturaleza. Allí comenzaron mis primeras excursiones, mis primeras noches en tienda o al raso, mis primeras conversaciones con las estrellas. Y curiosamente, años después, cuando me he visto en lejanos campos base o en aventuras más “serias”, al tumbarme dentro de un saco sobre una esterilla, no estaba en los Alpes, ni el Himalaya, ni en el Atlas, ni en los Andes… estaba otra vez allí. Porque uno nunca duerme donde cree, sino donde aprendió a soñar.

Aquellos campamentos eran… no  sé cómo decirlo sin que suene a denuncia: ¿imperfectos?, ¿improvisados?... gloriosamente inseguros. Eran otros tiempos. Tenían ese punto bohemio donde el error no era una excepción, sino parte del método. Y sí, eran temerarios. Pero también lo era la infancia de entonces: una época donde la protección no lo envolvía todo y donde el riesgo no era nuestro enemigo, sino nuestro profesor.

Allí, en medio de aquel organizado caos que hoy rozaría la ilegalidad, pero entonces nos parecía lo más parecido a la vida misma, hicimos también nuestros primeros “grandes hitos” montañeros: descendimos barrancos en bañador, como si la épica no necesitara más equipamiento que unas ganas desbordadas de mojarnos y de reír (el neopreno solo existía en los documentales de Cousteau), y ascendimos nuestros particulares Anetos o Posets con chirucas, bordones de boj y bolsas de basura haciendo de polainas, en una reinterpretación bastante libre de lo que debía ser el alpinismo. Visto ahora, con algo más de experiencia y bastante más material técnico, no puedo evitar pensar que quizá la aventura no estaba en la dificultad ni en la altura, sino en la mirada. La verdadera cumbre era esa capacidad casi filosófica de convertir la precariedad en juego, la incomodidad en orgullo, y lo absurdo en un recuerdo que, contra todo pronóstico, ha terminado siendo algo profundamente serio e imborrable.

Hoy hemos cambiado eso por acolchadas burbujas. Y lo entiendo. Pero también sospecho que, en ese intento de evitar cualquier caída, a veces evitamos también el aprendizaje de levantarse.

Pero sigo… Porque claro… luego estaban los detalles.

El rápel, por ejemplo. Nada de arneses homologados ni descensores con nombre técnico. Aquello era “a pelo”. Cuerda de cáñamo, un árbol, tu cuerpo… sangre fría, y una cierta fe en que todo saliera bien. La cuerda te abrazaba como podía (o como quería), y tú bajabas negociando con la gravedad. Seguridad: cero. Intensidad: toda.

Y, sin embargo, aquí estamos para contarlo.

¿Y las tirolinas?… ingeniería rural en estado puro. Dos árboles, una cuerda bien tensa (o eso creíamos), un mosquetón que pesaba como un pecado, y tú colgado en medio del aire con un único y filosófico objetivo: no estamparte contra el árbol de llegada.

El sistema de frenado era casi existencial: o aprendías a frenar, o te frenaba la vida. A veces con los pies derrapando sobre la tierra. Otras, con un golpe seco digno de una lección inolvidable. El mosquetón, por cierto, quedaba incandescente, o como aquí decimos, “rusiente”. Tampoco murió nadie.

Y entre aventura y aventura, construíamos un mundo desde cero: cocinas, comedores, presas para bañarnos… y letrinas. Sí, letrinas. Las letrinas merecen capítulo aparte porque eran, probablemente, un verdadero rito de paso.

Aquello no era solo un foso. Era una experiencia sensorial completa. Un brutal recordatorio de que la naturaleza no siempre huele bien, ni es amable, ni pretende serlo. Y ahí, entre olores imposibles y moscas con más carácter que muchos adultos, uno aprendía algo fundamental: rendirse o adaptarse. Spoiler: nos adaptábamos. Y tampoco murió nadie.

Años después, viajando por lugares remotos (Nepal, India, Marruecos, Tanzania…) entendí que ese invisible entrenamiento había sido uno de los más valiosos. Nada me sorprendía demasiado. Nada me repelía del todo. Porque ya había pasado por algo parecido… o peor.

También llevábamos machetes, construíamos vivacs, “practicábamos supervivencia” (a veces reinterpretando el concepto con cierta creatividad nocturna, haciendo escaramuzas para robar comida en la tienda de intendencia), escalábamos montañas con más ilusión que técnica, y aprendíamos nudos que aún hoy siguen atando cosas en mi vida.

Pero si quito el polvo de la anécdota, lo que queda es mucho más simple y más importante:

Allí aprendimos a estar con otros. A depender, a colaborar y a ser responsables. A equivocarnos sin que el mundo se acabara. A descubrir que la autonomía no se enseña… se vive. Aprendimos el sentido de la amistad y todo lo que ello significa.

Y, sobre todo, aprendimos algo que hoy suena casi revolucionario: la cultura del placer. Hacer cosas simplemente porque sí. Porque nos hacían felices. Porque nos hacían sentir vivos.

Sin objetivos productivos. Sin métricas. Sin necesidad de justificación.

Y quizá esa sea la verdadera enseñanza que aún me acompaña: que la vida, como aquellos campamentos, no necesita ser perfecta para ser inolvidable.

A mí, todo aquello no me enseñó solo a vivir aventuras. Me enseñó a vivir.

Y por eso, todavía hoy, en cuanto aparece cerca el verano… una parte de mí vuelve allí.

Y por suerte, se queda.













domingo, 12 de abril de 2026

LA VARIANTE ALTO ARAGONESA DEL ACONCAGUA

 


Diciembre de 1994.

Hay viajes que empiezan mucho antes de dar el primer paso, y el nuestro empezó en la imaginación: En las conversaciones, guiando franceses por los barrancos de Guara, en mapas desplegados sobre la mesa, o en las paredes del Pirineo y los Alpes donde soñábamos ya con montañas más altas. Nuestro destino tenía nombre propio: el Aconcagua.

Éramos cuatro amigos, unidos por aquel entonces más por la ilusión que por la experiencia. Javier (Binaced), José y Josan (Monzón) y el que escribe (Barbastro). Meses de preparación, de acopio de material, de una logística, que vista con el tiempo, era casi exagerada. Pero aquel exceso no era más que entusiasmo en estado puro; los nervios de novato que siente que está a punto de hacer algo importante.

La despedida, el 25 de diciembre de 1994, tuvo un sabor agridulce que, años después, por repetidas, supe que acompaña a todas las partidas. Para nosotros, euforia; para quienes se quedaban, una preocupación apenas disimulada.

Nunca me acostumbré a esa sensación: la de que una pasión propia pudiera convertirse en angustia ajena. Como si marcháramos a algo mucho más peligroso que una simple montaña. Quizá, en el fondo, toda despedida encierra un anticipado y pequeño duelo…

Al día siguiente partimos hacia Argentina. El Aconcagua, con sus 6.962 metros, no era solo una cima: era una idea y un mito personal. Elegimos la ruta del glaciar de los Polacos, más exigente que la normal. Ahora, con la perspectiva del tiempo, reconozco que había algo de orgullo juvenil en esa decisión, pero también el deseo de abrir camino donde nadie de los nuestros lo había hecho antes.

Los días de aproximación fueron en sí mismos una aventura. Tuvimos que cruzar varias veces un rio muy caudaloso por el deshielo, cambiando continuamente de punto en busca del lugar más favorable para vadearlo. Aprendimos pronto que había que hacerlo muy temprano, cuando el caudal aún no había crecido con el calor del día. Aun así, cada cruce era una pequeña cruzada: alguien tenía que pasar primero para fijar una cuerda desde la otra orilla que ayudara a cruzar al resto con seguridad. Hubo resbalones, algún inevitable revolcón y momentos en los que el agua te arrastraba hasta que conseguías salir como podías. Quizá nuestra experiencia en barranquismo nos ayudó a manejarnos, pero nada evitaba la sensación brutal de frío al alcanzar la otra orilla, empapados y tiritando. Eran instantes duros, pero también extrañamente vivos; como si la montaña nos exigiera, desde el principio, demostrar que de verdad queríamos y merecíamos estar allí.

Incluso esos días, caminando hacia la montaña, celebramos el cambio de año. Luego llegaron las semanas de aprendizaje: montar campamentos, subir y bajar, aclimatar, escuchar al cuerpo en altura. Poco a poco fuimos ganando terreno, hasta instalar el campo dos a casi 6.000 metros. Nos sentíamos fuertes, preparados, y ya cerca.

Entonces la montaña habló.

Un feroz temporal nos obligó a detenernos en el campo base. Durante dos días, el viento y la nieve impusieron su ley. Otras expediciones, atrapadas más arriba, bajaban con historias duras: congelaciones, ceguera y miedo.

Aquel temporal no solo nos detuvo, también nos enseñó. La nevada fue tan intensa que, durante una noche, la nieve comenzó a cubrir las tiendas hasta sepultarlas por completo. Recuerdo despertarme con una extraña sensación, como si el aire faltara, como si respirar exigiera un esfuerzo que no entendía. Un silencio denso, absoluto, y por un instante tuve la angustiosa sacudida de estar bajo tierra. Al incorporarme, comprendí la realidad: estábamos literalmente enterrados bajo la nieve. Salir de la tienda y abrirse paso se convirtió en una necesidad urgente e instintiva. Aquella noche aprendimos una lección que no olvidé jamás: en la montaña, una tormenta de nieve no te permite dormir. Entendí desde entonces que, cuando nieva con fuerza, hay que mantenerse alerta, patear el techo, levantarse, limpiar la tienda una y otra vez, y vigilar.

Cuando el cielo abrió de nuevo, otras expediciones decidieron abandonar. La montaña se había vuelto peligrosa e imprevisible.

Nosotros no.

Quizá por terquedad, quizá por fe, juventud, inexperiencia, o por esa mezcla difícil de explicar que empuja a seguir cuando lo sensato es detenerse. Subimos hasta el campo dos para ver con nuestros propios ojos lo que nos decían. Y lo vimos: el glaciar estaba cargado, inestable.

Entonces surgió la idea. No atacar directamente el glaciar, sino buscar una línea alternativa por la roca que lo bordeaba. Desde abajo, aunque incierto, parecía posible. Y a veces lo incierto es lo único que queda.

La ascensión fue larga, fría y exigente. Corredores de nieve inclinados, pasos de roca, cuerdas, constantes decisiones. No había camino, lo íbamos inventando. Cada paso era una pregunta sin garantía de respuesta. Finalmente alcanzamos el cuello de botella, a 6.500 metros. La cima estaba cerca, casi al alcance.

Pero también lo estaba el peligro.

Habíamos visto avalanchas caer durante toda la mañana. La hora avanzaba. Y allí, a menos de 400 metros del objetivo, tomamos la decisión más difícil: renunciar. No fue una derrota, aunque lo parecía. Fue un acto de lucidez. Y visto más de treinta años después me reafirmo.

Descendimos por el glaciar, en línea recta, rápido, en silencio, agotados. Al llegar al campamento, unos americanos que estaban allí nos felicitaron. No entendíamos por qué. Luego nos explicaron: lo que habíamos hecho no era un simple intento fallido, sino la apertura de una nueva variante hacia la cumbre. Nadie había subido por donde nosotros lo hicimos.

Así, casi sin buscarlo, sin pretenderlo, dejamos una pequeña huella en aquella montaña: “la Variante Altoaragonesa” en su cara este, que ya reza desde entonces en las reseñas de ascensión a esa montaña.

Y entonces comprendí algo.

Que la vida rara vez te premia exactamente por aquello que persigues. Nosotros queríamos una cima, y obtuvimos otra cosa: un nuevo camino. Queríamos llegar arriba, y terminamos descubriendo hasta dónde sabíamos parar.

Las casualidades, dicen, no existen, y yo añado que son caprichosas. Pero quizá no lo sean tanto. Tal vez la casualidad no sea más que el nombre que damos a un resultado que no habíamos imaginado, pero que, pensado tantos años después, encajaba mejor con quienes estábamos destinados a ser, y con quien somos.

Porque, al final, no siempre se trata de conquistar una montaña, sino de entender cuándo es la montaña la que te define a ti.

 Proyección








 

sábado, 11 de abril de 2026

NUEVOS RECUERDOS EN VIEJAS FOTOGRAFIAS:

 


Esta semana, revisando viejas fotografías, me topé con una en particular. Es, desde hace años, una de mis favoritas. La tomé durante la expedición al Manaslu en el 1999, y cada vez que me encuentro con ella, siento que no es solo una imagen, sino una pequeña historia detenida en el tiempo.

Quizá por eso he decidido escribir y rescatar también el recuerdo que la acompaña. Creo que hace años ya lo había escrito, pero hay vivencias que piden ser contadas, como si al hacerlo volvieran a respirar de nuevo.

Aquella mañana salimos de Katmandú en un viejo helicóptero ruso, un MI-17 que parecía haber vivido tantas aventuras como nosotros estábamos a punto de comenzar.

Tras una hora de vuelo, aterrizamos en un claro a 3.000 metros, a las afueras de Sama Gaon: Una aldea formada por un puñado de casas suspendidas entre Nepal y Tíbet, a siete días caminando de la carretera más cercana.

Montamos el campamento y nos quedamos un par de días allí aclimatando. También aprovechamos para contratar los sherpas que nos ayudarían a cargar el material hasta el campo base de la montaña, mil metros más arriba.

Aquella tarde, cámara en mano, salí a caminar sin rumbo fijo. El paisaje siempre me invitaba a perderme en el: bosques cerrados, lenguas de hielo que descendían desde lo alto como si las montañas vomitaran nubes solidas por sus laderas. Todo tenía algo de irreal y de escenario detenido en el tiempo.

No llevaba mucho andando cuando, en una curva del sendero, escuché unos pasos. De frente aparecieron dos niños. Venían cargando dos enormes cestas de mimbre llenas de leña. Iban desgreñados, y las mejillas encendidas de frío y esfuerzo.

Nos miramos con esa mezcla de curiosidad y desconcierto que surge cuando dos mundos diferentes se cruzan sin previo aviso. Para ellos, yo era claramente el extraño. Lo vi en sus ojos, abiertos de par en par, recorriéndome de arriba abajo.

Sonreí.
—Hola… Namaste.

Ellos respondieron al unísono:
—Namaste.

Y, de pronto, algo cambió. Se deshizo la tensión. Supongo que comprobaron que, pese a todo, yo era “normal”. O algo parecido…

Aunque también lo fuimos, a veces olvidamos lo atentos que son los niños. Lo observan todo. No se les escapa nada. Son capaces de asombrarse por lo grande… y por lo mínimo. Quizá porque aún no han aprendido a dejar de mirar.

Les hice un gesto señalando mi cámara de fotos. Lo entendieron al instante. Uno dejó su cesta a un lado del camino, y el otro la apoyó en la vertiente del sendero aliviando el peso, y posaron con naturalidad. Sin artificios, sin poses aprendidas. Solo ellos, tal como eran.

Disparé la foto.

Después, sin más, se colocaron de nuevo la carga y siguieron su camino hacia la aldea. Se alejaban sonriendo, cuchicheando entre ellos, riendo por algo que nunca sabré.

Y ahí terminó todo. Un encuentro breve, casi insignificante.

Pero no lo fue.

Porque a veces ocurre justo eso: lo que parece enorme se diluye con el tiempo, y en cambio un pequeño instante, fugaz, se queda para siempre contigo. Como un guiño. Como esta fotografía. Como dos rostros, una cesta de leña… y la certeza de que la sencillez también puede ser inolvidable.

Han pasado ya 27 años desde aquel instante detenido en esta fotografía, y cada vez que vuelvo a mirarla no puedo evitar preguntarme qué habrá sido de aquellos dos niños. Qué caminos habrán seguido, qué vidas habrán construido, si seguirán caminando por esos mismos senderos o si, como todos, también fueron alejándose poco a poco de aquella sencillez. Hay algo profundamente misterioso en los fugaces cruces de la vida. Como compartes un instante con alguien y, sin saberlo, lo almacenas para siempre, mientras sus vidas continúan ajenas a tu recuerdo. Quizá nunca sepan que forman parte de la memoria de un desconocido occidental, que siguen existiendo en un rincón del tiempo a tantos kilómetros de distancia. Y, sin embargo, ahí están, eternamente niños, sosteniendo esa cesta de leña, recordándome que la vida no solo se mide por lo que vivimos, sino también por lo que apenas rozamos y nos deja huella.

sábado, 4 de abril de 2026

Flores para Antonio y más…

 


Hay historias que no sé si se repiten, pero riman de una manera inquietante. Como si la vida tuviera patrones invisibles para recordarnos que el dolor tiene una memoria colectiva.

Esta semana he visto el documental ganador de Goya “Flores para Antonio”.

Flores para Antonio es un documental en el que Alba Flores, su hija, reconstruye la figura de su padre, Antonio Flores, a través de recuerdos personales, archivos familiares y testimonios de quienes lo conocieron, en un intento íntimo y muy honesto de comprender no solo quién fue como artista, sino como padre y como un hombre marcado por el impacto que tuvo en él la muerte de su madre, Lola Flores, dejando en ella, su hija, preguntas abiertas, amor persistente y la necesidad de mirar hacia atrás para reconciliarse con su propia historia, que yo ahora le plagio en forma de escritura.

Al ver su documental, no he podido evitar sentir que no estaba solo ante la historia de otra persona, sino frente a un inesperado reflejo de la mía: mi padre también murió en circunstancias “similares”, con la misma edad, 33 años, y yo tenía casi la misma edad que Alba cuando todo ocurrió. Además, en aquel momento, mi abuela (su madre), aunque aún no había fallecido, estaba ya gravemente enferma de cáncer, con poca esperanza de vida, y esa situación (por lo que ahora sé gracias a mi tía) sumió igualmente a mi padre en una pena profunda que lo atravesaba todo.

Esas coincidencias se convirtieron mientras lo visionaba en una extraña forma de reconocimiento, como si al mirar su historia pudiera, por un instante, comprender un poco más la mía.

Por eso, para mí no ha sido solamente asistir al relato íntimo de Alba buscando a su padre entre recuerdos fragmentados. Para mí ha sido, en cierto modo, asomarme a un espejo que no sabía que seguía ahí tantos años después.

Y es que hay edades que aunque lejanas no se olvidan. Y los ocho años son una extraña frontera, porque no eres completamente ajeno al mundo, pero tampoco tienes las herramientas para comprenderlo. Una edad en la que uno empieza a intuir que los adultos no lo saben todo, y que también se rompen. Y cuando eso ocurre, cuando la figura de tu padre se resquebraja (ya sea por la muerte, por la tristeza o por un silencio que nunca llegan a explicarte), algo se disloca dentro de ti para siempre.

No importa si fue suicidio o pena, porque los dolores no necesitan nombre para ser verdaderos. La pena también mata, aunque no siempre deje una causa por escrito. Y lo que queda para quienes miramos desde abajo, desde la infancia, es una pregunta suspendida en el aire: ¿por qué? Aunque esa pregunta no busque una respuesta concreta. Creo que simplemente buscas, en realidad, un lugar donde depositar ese amor que ya no tienes a quién dirigir. Por mi parte, curiosamente, durante todas mis aventuras y expediciones, en los momentos más solitarios o inciertos, siempre sentía la presencia de mi padre de una forma difícil de explicar, como si caminara a mi lado en silencio. No era una imagen nítida ni un recuerdo concreto, sino una especie de compañía invisible, una intuición de que, de algún modo, seguía ahí, mirando a través de mis ojos, acompañándome a cada paso.

Quizás en ese constante avanzar, encontraba una forma de mantenerlo vivo, de seguir compartiendo con él una vida que no pudimos tener juntos.

Luego está la otra figura: la madre que permanece. La madre que no cae, o que cae pero se levanta antes de que tú lo notes. La madre que sostiene, organiza, alimenta y protege. La madre coraje. Pero también la madre que, quizá por miedo a hacerte daño, convierte su amor en silencio. Un amor que está, que es profundo, que es indiscutible, pero que no siempre encuentra salida en sus palabras, en gestos, o en abrazos que digan lo que sienten.

Y entonces creces con esa doble herencia: la intensidad del amor y la dificultad para expresarlo. Como si amar fuera algo que se sabe, pero no algo que se dice. Como si el dolor enseñara a contenerse, y a no abrir ciertas puertas.

Tal vez por eso, tantos años después, un documental como este puede removerme tanto y hacerme llorar. Porque no habla solo de otros; habla de uno mismo. De todo lo que quedó por decir. De todo lo que se entendió demasiado tarde. De una infancia que, sin saberlo, estaba aprendiendo a convivir con la ausencia.

Y sin embargo, como soy una persona más bien optimista, que le da siempre la vuelta a las vicisitudes amargas, encuentro algo luminoso en todo esto. Que si estuvo el amor, sigue estando. No desaparece. Solo cambia de forma. En ocasiones se convierte en memoria, otras en sensibilidad, otras en una forma distinta de mirar a los demás, con más cuidado, o con más conciencia de lo frágiles que somos.

Por eso, como Alba, escribir sobre esto, pensar sobre esto, es una forma de romper ese silencio heredado. De sacar hacia fuera el amor por mi padre. De decir, aunque sea tarde, aunque sea en voz baja: estaba ahí, lo sentí, y también mi padre sigue vivo en mí. ¡Gracias Alba!.



sábado, 28 de marzo de 2026

Tocando techo

 

Buuff!! Esta reflexión escrita, me nace tras un par de semanas especialmente intensas, en las que han fallecido las madres de dos amigos muy cercanos. Y ese tema inevitablemente me remueve… Cada vez tengo más la sensación de como si algo se fuera apartando sigilosamente bajo nuestros pies. Y veo claramente que llegar a los cincuenta y tantos no es solo sumar años, es también comenzar a notar cómo el mundo a tu alrededor  se reorganiza. Por lo general, vivimos durante décadas bajo una especie de techo invisible, sostenido por las generaciones que estaban aquí antes que nosotros: Padres, tíos, vecinos, “los padres de nuestros amigos”… Unas figuras que nos parecen inmutables y permanentes en el paisaje de nuestra vida. Pero un día, sin darnos ni cuenta, ese paisaje empieza a vaciarse.

Primero se va uno, luego otro. Al principio es excepcional y casi incomprensible (como mi madre). Pero después se vuelve frecuente. Y finalmente, inevitable. Y nuestras conversaciones se modifican: Dejamos de hablar únicamente de proyectos e ilusiones, y comenzamos también a hacerlo de ausencias. De nombres que ya se pronuncian en pasado. Y lo que más me desconcierta, al menos a mí, no es solo la pérdida, sino la sensación de que, mientras nosotros empezamos a habitar esa especie de nuevo territorio de los que recuerdan, el mundo sigue como si nada. Hay algo profundamente punzante en ese entender que ya no hay tantas personas “por encima” de nosotros. Y que todos aquellos a quienes mirábamos buscando guía, aprobación e incluso referencia, ya no están o les queda poco para irse. Y como poco a poco, sin que nadie nos lo notifique, nos convertimos en el techo. En la generación que sostiene.

Y ese techo no nos parece tan firme como parecía el de nuestros padres. Yo lo siento más consciente, más frágil. Sabemos lo que hay debajo porque lo estamos viviendo, y sabemos lo que hay delante porque empezamos a intuirlo. Habitamos en una especie de frontera en la que somos a la vez, presente y memoria. Y siento que aparece una nueva forma de responsabilidad. La de cuidar a los que vienen detrás, y además, la de conservar en la memoria todo lo que se va perdiendo. Historias, gestos, y maneras de entender la vida que ya no se presentan así, pero que de alguna manera siguen latiendo en nosotros. Nos convertimos poco a poco en ese archivo viviente de un tiempo que ya no existe. Y, sin embargo, también siento cierta belleza en todo esto. Porque al desaparecer ese “techo” anterior, el cielo se abre más amplio, y más incierto, sí, pero también más propio. Ya no vivimos a la sombra de otros, sino a la intemperie de nosotros mismos. Cumplir muchos años es, en el fondo, aceptar que la vida ya no es solo promesas, es también legado. Que lo importante no es cuánto nos queda, sino lo qué hacemos con lo que hemos visto y vivido, con lo que hemos heredado y con lo que inevitablemente tendremos que dejar cuando partamos.

Y en ese tránsito silencioso entre la pérdida y la continuidad, pienso que no somos el final de nada, sino un puente entre lo que fue y lo que será. Y aunque a veces duela, que duele; aunque a veces pese, que pesa… también es, de alguna forma, un privilegio.

Hoy, mientras despedíamos a la madre de uno de mis mejores amigos, todo esto se me ha hecho más evidente. Era como si, por un momento, el tiempo se plegara sobre sí mismo. En ese adiós no solo estaba ella, sino también todos los que ya no están. Asomaba mi pasado entero en silencio, en rostros, en recuerdos, en gestos que creía olvidados. Sentía ese vacío que deja lo que se va con claridad… pero también algo más. Que al mismo tiempo, allí estábamos nosotros. Los que quedamos. Los que seguimos caminando. Y de alguna manera, he entendido que no estamos aquí solo por nosotros, sino gracias a todos ellos. A cada historia compartida, a cada cuidado recibido, o a cada huella invisible que nos ha ido construyendo.

Y entonces he pensado que quizá “alcanzar el techo” no es solo asumir peso o responsabilidad… sino también reconocer eso, que somos continuidad. Que sostenemos, sí, pero porque antes nos sostuvieron ellos y ellas. Y en ese extraño equilibrio entre la despedida y la vida que sigue, he comprendido que no estamos más solos… estamos más llenos.