domingo, 30 de agosto de 2026

BARRANCOTERAPIA



Hay algo que he aprendido después de más de cuarenta años haciendo barrancos: un barranco no es solo un barranco… Durante todo este tiempo he tenido la suerte de compartir descensos con amigos, conocidos y también con personas que no conocía de nada absolutamente. Como guía o acompañante, los barrancos me han permitido acompañar a mucha gente durante unas horas de su vida y después despedirme de ellos sabiendo que probablemente nuestras vidas no volverían a cruzarse nunca. Pero otras veces, la vida ha querido que aquel encuentro fuese el principio de una conversación, de una amistad, de un recuerdo o de una pequeña enseñanza que se queda simplemente contigo. Las actividades de montaña han sido y son una especie de puerta de entrada para muchas personas en mi vida. Una puerta que yo no sabía exactamente a dónde conducía. Por ella han entrado personas muy diferentes, con sus distintas historias, con sus miedos, preocupaciones, alegrías o ruidos. Y lo más curioso es que siempre he tenido la sensación, que concretamente un barranco tiene algo de terapia.

Al principio, cuando llegan, cada uno lleva consigo su propia (metafórica) mochila: La tensión, el miedo, las preocupaciones, tu trabajo, los problemas de casa, tus inseguridades… Incluso esa cierta distancia que mantenemos todos cuando estamos delante de alguien que no conocemos. Pero… comienzas a caminar, llega el primer rápel, resalte, poza, o una dificultad que a superar, y poco a poco ocurre algo. La gente empieza a cambiar: Las caras se relajan,  aparecen las conversaciones,  se comparte el miedo, alguien ayuda a otro, alguien se ríe de sí mismo/a. Y sin darte ni cuenta, aquella gente que quizá llegó como un grupo de desconocidos empieza a comportarse como una pequeña tribu… Porque en un barranco todos somos un más vulnerables, y cuando uno se siente vulnerable junto a otros, se empiezan a caer las máscaras

El cuerpo trabaja sí: Las piernas, los brazos, la resistencia, el equilibrio, pero lo verdaderamente interesante ocurre por dentro de ti. El barranco te obliga a estar allí, en ese instante. No puedes estar pensando en el lunes, en la factura, en una discusión o en lo que ocurrirá mañana. Estás en una cascada, en la cuerda,  al borde de un salto que deseas saltar, en el agua, ayudando a alguien o esperando tú turno. Estás presente. Y quizá esa sea una de las mejores terapias que existen.

Al final, cuando vuelves a salir del barranco, muchas veces la persona que salió no es exactamente la misma que entró. Y no porque haya cambiado su vida en unas horas, sino porque durante unas horas ha conseguido olvidarse de ella. Entonces, (si la hay), llega la comida y la ¡Magia!...Y es maravilloso observarlo.

Personas que por la mañana apenas se conocían terminan sentadas alrededor de una mesa, hablando, riendo, compartiendo historias y recuerdos como si llevaran juntas toda la vida.

Si lo pienso, quizá es ese uno de los mayores regalos que me han dado los barrancos. La posibilidad de conocer personas. Algunas se quedaron. Otras pasaron por mi vida. Algunas significaron mucho y otras simplemente dejaron una conversación, una sonrisa o un recuerdo.

Pero todas tuvieron algo en común: durante unas horas, se cruzaron nuestros caminos.

Después de más de cuarenta años, creo que ya no hago barrancos solamente para bajar barrancos. Los hago también por todo lo que ocurre alrededor de ello: las personas, las historias, las risas, los silencios, los miedos compartidos, las manos que se tienden, las conversaciones que nunca habrían ocurrido en otro lugar…. Al final, quizá los barrancos sean solamente el escenario. Lo verdaderamente importante siempre han sido las personas que la vida ha decidido poner dentro de ellos conmigo.













jueves, 27 de agosto de 2026

La leyenda de los Guarabundos

 


Hace diez años, recibí un mensaje de José Antonio Almunia, (periodista y publicista):

—“Javi, se nos ha ocurrido un curioso reto. Varios escritores, un mismo título y libertad absoluta para inventarte una historia que publicaremos. ¿Te atreves?”…

Yo ya llevaba unos años publicando textos en mi blog, pero no me tenía por escritor… Y Antonio añadió: —“Como tú escribes bien… te lo propongo”.

Y claro, ante un “¿te atreves?” y viniendo de un amigo, cómo iba a decir que no.

Claro que me atreví. Si hay algo peligroso en Aragón además del cierzo, es decirle a un aragonés: “¿Te atreves?”, que en nuestras cabezas automáticamente se traduce como: “No hay huevos”. El título era 447 (No sé por qué…).

Así que durante unos días le di vueltas al número: aviones, matrículas, dorsales, habitaciones… Hasta que pensé que quizá lo estaba haciendo al revés. En lugar de buscar una historia para el número, decidí inventar primero la historia y dejar que el número apareciera por sí solo en ella. Y qué mejor que escribir sobre algo que me apasionaba: la Sierra de Guara. Así que entre sus barrancos, sus piedras, el agua y sus montañas el breve relato fue tomando forma, y casi sin buscarlo, apareció también el 447.

Diez años después, rebuscando entre antiguos escritos, me he vuelto a encontrar con esta historia, y me ha hecho especial ilusión releerla, reescribirla y compartirla de nuevo. Quizá algunas historias no envejecen y simplemente esperan escondidas a que un día volvamos a encontrarlas.

 

La leyenda de los Guarabundos

Dicen que hubo un tiempo, mucho antes de que los hombres aprendieran a poner nombre a las montañas, en que el cielo estaba mucho más cerca de la tierra. Era una enorme cúpula suspendida sobre el mundo, dividida en territorios que nadie podía ver. Y en cada uno de ellos había una puerta que conducía a un lugar desconocido reservado únicamente a las ánimas que abandonaban este mundo.

Una de aquellas puertas estaba en el lugar que ahora conocemos como la Sierra de Guara. No figuraba en ningún mapa y nadie podía llegar hasta ella siguiendo ningún camino. Era un lugar suspendido entre el cielo y la tierra custodiada por siete almas.

Siete, porque aquel era un número antiguo. El número de la vida, de los misterios y de los pecados que acompañan al hombre desde que aprendió a caminar. Y quizá también porque hay cosas que la razón no necesita entender para saber que existen.

Aquel territorio lo atravesaban cuatro ríos sin nombre, que mucho tiempo después se nombraron como: Guatizalema, Flumen, Alcanadre y Vero. Y de cada uno de esos ramales de agua, nacía un camino invisible que conducía hasta un averno donde se hallaba la puerta. Cuatro caminos para los cuatro elementos, para los cuatro puntos cardinales, y para todo aquello que sostiene el mundo.

Pero aquellos caminos tenían un problema, que no hacía falta buscarlos. Muchas veces bastaba con perderse para encontrarlos. Y de vez en cuando ocurría. Un hombre que seguía el curso de uno de los ríos y se desviaba unos metros, una mujer que tomaba un sendero equivocado, alguien que se apartaba de la ruta para beber agua o descansar, y… apenas unos pasos fuera de la senda conocida y … Sin ruido, sin ninguna pista que pudiera advertirles lo que estaba ocurriendo, simplemente, al levantar la cabeza, descubrían que ya no estaban donde creían estar. El paisaje seguía siendo el mismo, y sin embargo había dejado de serlo. El río continuaba corriendo, pero el agua no hacía ningún ruido. Un agua tan transparente que podía verse el fondo, y bajo ella las piedras desprendían una luz tenue; las orillas estaban cubiertas con un musgo plateado que se movía lentamente aunque no soplaba el viento; y de las ramas de los árboles colgaban unas pequeñas flores azules que comenzaban a abrirse cuando pasaba cerca alguien vivo.

Al principio no sentían miedo. Sentían desconcierto. Ese que aparece cuando tus ojos reconocen el lugar pero algo dentro te dice que ese lugar no puede existir. No había pájaros ni insectos. Solo aquel silencioso río, y al fondo unas montañas que, si apartabas la mirada un instante y volvías a mirar, habían cambiado de forma o de lugar… Y justo en ese instante las veían: ánimas que caminaban despacio a orillas del río mudo. No eran fantasmas, no tenían ni rostros grotescos ni cuerpos transparentes. Eran personas. Personas que parecían salidas de muchas diferentes épocas, y vestían como habían vestido cuando estaban vivas. Algunas llevaban cestas, otras herramientas, cántaros, o utensilios.

Entonces el vivo permanecía quieto, incapaz de decidir por un instante si aquello era un sueño o una pesadilla. Y llegaba el miedo. Un miedo lento que se instalaba en su pecho mientras poco a poco comprendía que había algo allí que no debía estar viendo. Si intentaban hablar, nadie respondía. Las ánimas simplemente levantaban la cabeza y lo miraban en silencio. Porque aquellas ánimas lo sabían. Era un vivo.

Las siete almas que guardaban la puerta también lo sabían, y en cuanto descubrían un vivo entre las ánimas, rápidamente acudían a buscarlo. No podían permitir que permaneciera allí, y antes de que pudiera hacer demasiadas preguntas lo acompañaban hasta la puerta y lo devolvían a la tierra.

De pronto estaba otra vez junto al camino o el rio, con las botas llenas de barro, el agua corriendo con su habitual ruido, y el viento moviendo las hojas de los árboles. Podían haber pasado unos minutos o varias horas, pero quien regresaba nunca volvía siendo el mismo, puesto que durante un instante había caminado entre los muertos, había visto algo que ningún vivo debía ver, y su memoria estaba llena de cosas que nadie estaba dispuesto a creer.

—“Te has desorientado y te has agotado”; “Te ha dado un golpe de calor”. Les decían.

Pero los casos empezaron a repetirse. Personas distintas en lugares diferentes, contando cosas parecidas: La luz bajo el agua, las montañas, la misma sensación de que el cielo estaba más cerca… y esas ánimas errabundas. Y, cuando demasiados locos empiezan a contar la misma historia, quizá el problema no sea los locos. Incluso alguien a esas almas los llamó “Guarabundos”. Nadie sabía explicar de dónde había salido aquella palabra: Quizá fuera una distorsión de un antiguo nombre; quizá pertenecía a una lengua olvidada; o quizá, como decían los ancianos, no era una palabra inventada por hombres, sino el nombre con el que las propias almas se reconocían entre ellas. Lo cierto es que el nombre quedó unido para siempre a quienes custodiaban esas sendas ocultas. Desde entonces, si alguien conseguía regresar del otro lado, ya no decía que había visto unas almas; Decía que había visto a los Guarabundos.

Y… tanto se repetía la situación, que las siete almas (o Guarabundos) decidieron esconder los senderos que conducían hacia la puerta mejor, ya que comprendieron que los hombres no estaban preparados todavía.

Subieron a lo alto del punto más alto, y arrojaron rocas enormes por todas sus vertientes. Las piedras rodaron por las pendientes y fueron formando barrancos, grietas, simas, caos de bloques y laberintos de piedra. Así los senderos hacia la  puerta quedaron ocultos, y nacieron los lugares más salvajes, recónditos y misteriosos de Guara. Tan ocultos, que con el paso del tiempo hasta los propios guardianes  tenían dificultades para encontrarlos. Y por eso dejaron una señal: En los ríos donde comenzaban cada uno de los senderos, bajo el agua escondieron una piedra y sobre ella grabaron cuatro letras y números: “CDXLVII.”(447) Cuatro ríos, cuatro pasos, siete almas. Desde entonces, las siete almas se convirtieron en los guardianes de aquellos lugares, y cuando alguien moría en los ríos o los barrancos de Guara, acudían a buscar
su espíritu y lo acompañaban hasta la puerta que conducía al otro lado.

Con el paso de los siglos, la historia de aquellas siete almas se perdió en la memoria de quienes habitaban la sierra. Ya nadie recordaba exactamente quiénes habían sido. Pero, como permanecen las cosas que el tiempo no consigue borrar del todo, su nombre permaneció. Y aquel relato antiguo quedó unido para siempre a esta sierra, que con el tiempo acabó siendo conocida como Guara. Así que, aunque la leyenda de los Guarabundos se perdió entre generaciones, en el territorio siguió vivo su nombre.

Así pasaron siglos y nadie volvió a hablar de ellos.

Hasta 1938…

La guerra había convertido las montañas en refugio de hombres perseguidos, y por los caminos de Guara desaparecían guerrilleros, maquis y soldados, y algunos no regresaban jamás.

Entonces, algunos vecinos de Lecina comenzaron a contar que durante las noches habían visto moviéndose luces entre los barrancos. Decían que eran pequeñas y oscuras figuras que caminaban entre las piedras. Y los llamaban Guarabundos

Nadie supo nunca si eran espíritus, hombres, sombras o simplemente el miedo tomando forma.  Y la historia no terminó allí. Años después, en 1993, un barranquista francés desapareció en un sifón del Alcanadre. Lo buscaron durante muchas horas sin encontrarlo, y cuando finalmente apareció río abajo, estaba desorientado, confuso y completamente convencido de haber visto algo imposible. Aseguraba que bajo el agua, había contemplado una inscripción luminosa: “CDXLVII”, y juraba que siete luces lo habían acompañado hasta la superficie. Probablemente no fue más que una historia fruto de la mente difusa de alguien tras golpearse la cabeza o estar a punto de ahogarse en un sifón… O quizá no.

Porque también estaba Ramiro, un pastor de Bara que vivió más de cien años y que aseguraba que cuando era niño, una noche escuchó un extraño estrépito en la entrada de Gorgas Negras. Se acercó, y allí, entre sombras, vio siete figuras jugando a la pelota con el cráneo de un jabalí. Jamás volvió a acercarse.

Yo tampoco creo demasiado en las leyendas, pero cuando las tormentas llegan a Guara y el viento se mete por los barrancos, hay veces que el aire silba de una manera extraña. Un sonido profundo, disonante, casi humano, parece venir de muy lejos y al mismo tiempo de muy cerca. Los más viejos del lugar dicen que son ellos: Los Guarabundos. Quizá estén buscando la puerta, quizá llamando a alguien, o quizá simplemente continúan aquí desde hace siglos haciendo aquello para lo que fueron nombrados: custodiar el límite entre este y el otro mundo. Por eso, si alguna vez estás solo en un barranco de Guara y escuchas ese extraño bisbiseo entre las piedras, no tengas miedo. Detente, escucha, y contesta siempre en voz baja por si acaso.





domingo, 23 de agosto de 2026

LA PRINCESA QUE VIVÍA EN LA MACETA

 


Cuando mi hija era pequeña llegó un momento en que tuve la sensación de que ya no quedaba ningún cuento infantil que no hubiéramos leído ni contado: princesas, dragones, brujas, piratas, hadas, animales parlantes y caballeros valientes. Habíamos viajado juntos a castillos encantados, bosques misteriosos y países que solo existían en la imaginación. Así que comencé a inventarlos. Y esa idea le encantó. Siempre me decía: “invéntate un cuento”.

Y así nació este cuento. Su cuento.

Quise inventar para ella una historia que nadie hubiera contado antes, y un pequeño mundo que fuera solamente suyo. Incluso a los personajes les puse nombres de algunos de sus amigos de entonces, para que aquella fantasía tuviera todavía un pedacito de su mundo real.

Quizá los cuentos tengan precisamente esa magia: no solo sirven para imaginar otros mundos, sino también para guardar un poco de tu infancia, y algún día poder regresar a ella. No sé si Nayra recuerda la primera vez que se lo conté. Era muy pequeña. Pero sí recuerdo que me lo hacía repetir una y otra vez. Mientras ella lo escuchaba, yo comprendía algo que entonces todavía no sabía explicar: que hay momentos que pasan muy deprisa, pero que una historia puede conseguir que, de alguna manera, se queden para siempre. Y esta es la historia de cómo una niña llamada Nayra descubrió que las mayores aventuras pueden comenzar en el lugar más inesperado... incluso en una maceta.

 

LA PRINCESA QUE VIVÍA EN LA MACETA

Había una vez una anciana llamada Alejandra que vivía en una pequeña casa rodeada de árboles y flores. Pero entre todas sus plantas había una que cuidaba de manera especial: una vieja maceta de cerámica que llevaba más de cien años en su familia.

La maceta había llegado hasta allí gracias a una historia muy antigua: Muchos años atrás, durante una terrible tormenta de nieve, un antepasado de Alejandra había encontrado perdidas y muertas de frio a una anciana llamada Olalla y a su hija. Las había acogido en su casa y les había dado comida, calor y refugio.

Al día siguiente, antes de marcharse, Olalla le regaló aquella maceta:

—“Cuídala con amor y ella cuidará de vuestra familia“le dijo.

Nadie sabía si aquello era verdad, pero generación tras generación la maceta siguió pasando de unas manos a otras, y curiosamente, siempre parecía llevar consigo algo especial: alegría, cariño y un poquito de magia a su hogar.

Lo que nadie sabía era que dentro de aquella maceta existía un diminuto mundo mágico. Había bosques, ríos, praderas, casas diminutas, y en lo alto de una colina un diminuto castillo. Y allí, con sus padres, vivía la princesa Nayra.

Nayra era una princesa poco convencional. Le encantaba correr, trepar a los árboles, explorar cuevas y perseguir mariposas.

Sus padres estaban acostumbrados a decirle:

—“¡Nayra, no te alejes!”

—“¡Nayra, cuidado con el río!”

—“¡Nayra, baja de ese árbol!”

Pero Nayra tenía una enorme curiosidad. Y la curiosidad, aunque a veces nos mete en problemas, también es una de las mejores formas de descubrir el mundo.

Una mañana, después de correr durante horas, Nayra se tumbó sobre un pequeño tronco para descansar. —“Solo cinco minutos” dijo.

Pero de repente, el tronco empezó a moverse. Primero despacio, después más rápido, y... ¡Fiuuuuuuu!

Descubrió que aquello que para ella era un tronco, era una diminuta ramita que un gorrión gigantesco llevaba en el pico para construir su nido…

—“¡SOCORROOO!”

Pero el viento se llevaba sus gritos y el gorrión no podía escucharla…

Cuando el gorrión llegó a un enorme árbol donde construía su nido, Nayra consiguió por fin explicarle lo ocurrido. El pájaro, que se llamaba Ibón, al saber lo sucedido le dijo: —“Creo que puedo ayudarte”.

Nayra subió a su espalda y emprendieron de nuevo el vuelo.

Desde allí arriba contempló su mundo de una manera completamente distinta a como lo conocía. Los árboles parecían gigantes, las casas diminutas y las montañas se extendían hasta el horizonte.

—“¡El mundo es enorme!” exclamó.

Ibón se rio y dijo:

—“Y esto solo es una esquina”.

Nayra entonces comprendió algo que nunca había pensado desde su diminuta maceta: Que a veces creemos conocer nuestro mundo simplemente porque conocemos nuestro pequeño rincón de él, pero basta con cambiar de lugar y perspectiva para descubrir que todavía queda muchísimo por ver y descubrir.

Cuando llegaron a la casa de Alejandra ya estaba anocheciendo, y había un problema. La maceta ya había desaparecido de la galería. Alejandra ya la había guardado dentro de la casa, y Nayra no podía regresar a la suya.

Aquella noche durmió en el nido de Ibón. No tenía cama ni almohada, pero estaba demasiado cansada para quejarse.

A la mañana siguiente amaneció nublado y comenzó a llover, con lo que Alejandra no sacaría la maceta a la galería, y Nayra pensó que todo estaba perdido.

Entonces Ibón recordó a alguien.

—Conozco a un amigo que puede ayudarnos. Se llamaba Juan.

Juan era un pequeño ratón que presumía de poder entrar en cualquier sitio.

—“¿En cualquiera?” preguntó Nayra.

—“En cualquiera” ratificó Ibón

Así que la llevó hasta Juan, le contó lo sucedido, y partieron juntos, y llegaron hasta la casa de Alejandra. Juan tras explorar un poco, encontró un pequeño agujero bajo una puerta y se colaron por él. Atravesaron el sótano, subieron por una vieja tubería y recorrieron pasadizos estrechos hasta que finalmente, llegaron a la habitación donde estaba la reluciente maceta.

Nayra la reconoció enseguida.

—“¡Es mi casa!”

Entró en ella y en un instante, regresó a su reino.

Corrió hasta el castillo, y allí estaban sus padres desesperados y felices al mismo tiempo. El abrazo fue tan fuerte que casi volvió a salir volando esta vez sin gorrión.

Nayra les contó todo la aventura que había vivido: el vuelo, el bosque, Ibón, Juan y aquella enorme casa que desde su pequeño mundo parecía un gigantesco castillo.

Había aprendido muchas cosas, pero sobre todo, que tener miedo no significa que no podamos ser valientes, que pedir ayuda no nos hace débiles, y que algunas de las mejores aventuras empiezan precisamente cuando las cosas no salen como esperábamos. Desde aquel día, Ibón y Juan se convirtieron en sus mejores amigos. Y algunas mañanas Ibón la llevaba a volar, y otras Juan la acompañaba a explorar.

Y así pasó el tiempo, y la vieja maceta continuó pasando de generación en generación, siempre cuidada con cariño. Porque quizá la verdadera magia nunca estuvo en la maceta. Quizá estaba en todo aquello que había conseguido conservar durante tantos años: los recuerdos, la amistad, la curiosidad y el amor de una familia. Y quién sabe... tal vez todavía exista, en algún lugar, esa vieja maceta junto a una ventana. Tal vez, si te acercas miras y escuchas con atención, puedas ver a un gorrión, a un ratón o incluso escuchar la risa de una princesa. Porque las historias mágicas tienen una extraña costumbre: cuando una aventura termina, casi siempre significa que otra está a punto de empezar.

Colorín, colorado... este cuento se ha acabado.





miércoles, 19 de agosto de 2026

El peligro de que nos traten como tontos:


No me gusta demasiado la política ni nunca me ha interesado demasiado seguirla de cerca, pero cada vez resulta más difícil no mirar alrededor y preguntarse qué demonios está pasando. Y precisamente ayer leí un comentario que hablaba de la “tontocracia” que me hizo mucha gracia, valga la rima. Aunque pensándolo un poco después, quizá no tenga gracia alguna... Porque según rezaba ese artículo, la tontocracia no solamente se ve en los discursos, se ve sobre todo en cómo se decide. Empieza cuando los políticos gobiernan para agradar y especular y no para pensar y preocuparse; cuando confunden popularidad con responsabilidad, cuando prefiere un gesto fácil a una solución difícil, o cuando les preocupa más cómo será recibida una decisión que si realmente sirve para solucionar algo.

Y es que cuando un líder únicamente actúa para gustar, deja de liderar y pasa a intentar gestionar las emociones de quienes le rodean. La tontocracia aparece cuando premiamos al que hace más bulla y no al que aporta más criterio; al que simplifica, en lugar de al que soluciona; al que promete todo sin pensar, en lugar de al que piensa antes de prometer nada.

Y quizá, al menos a mí, lo que me parece más preocupante es que no es culpa solamente de los políticos, y también tiene algo que ver con nosotros. Porque al final, la política nos acaba ofreciendo aquello que sabe que funciona. Y si lo que funciona es un lema, tendremos lemas; si funciona el enfrentamiento, tendremos enfrentamientos; o si funciona decir a la gente exactamente lo que quiere escuchar, cada vez habrá menos políticos dispuestos a decir lo que la gente “necesita” escuchar.

El previsible resultado de todo esto que está pasando lo vemos cada día: gestos vacíos, pomposos debates y decisiones que muchas veces no arreglan nada, pero que generan titulares, aplausos y unos cuantos votos más “pa la buchaca”. Vamos…Tontocracia en estado puro. Un sistema en el que prospera quien sabe cautivar y agradar, y  no necesariamente quien sabe gobernar. Pienso en cómo podríamos combatirla, y quizá combatirla no consista tanto en buscar políticos más inteligentes, como en exigir (exigirnos) ser ciudadanos menos complacientes. En aprender a desconfiar de las soluciones sencillas, las promesas demasiado maravillosas y de esos que siempre tienen una respuesta inmediata para problemas que llevan años sin solución. Quizá el verdadero peligro no es que nos traten como tontos, sino que terminemos comportándonos como tales…

Es mi opinión.



jueves, 13 de agosto de 2026

Todos estamos en el bombo:

 


Hay temas de los que nos cuesta hablar. Quizá porque dan miedo: El cáncer, los tumores, o esas enfermedades que aparecen sin avisar y que de repente, ponen una vida patas arriba.

A estas alturas, casi todos conocemos a alguien: Un amigo, un familiar, un compañero de trabajo… Y cuando escuchamos que le ha tocado a alguien cercano, algo dentro de nosotros se remueve. Primero pensamos en esa persona. En lo que estará sintiendo, en sus miedos, en sus dudas, en cómo debe ser recibir esa noticia que nunca esperabas… Pero después aparece otro pensamiento, mucho más incómodo (al menos en mi caso). Pienso como probablemente, hace poco esa persona también escuchaba hablar de enfermedades, conoció casos cercanos y pensaba, (aunque fuera inconscientemente) que aquello les ocurría a los demás…

Hasta que un día dejó de ser una historia ajena y pasó a formar parte de la suya.

Y entonces pienso que quizá todos vivimos mirando el bombo desde fuera. Vemos salir números, pero pensamos que siempre serán los de otros. Hasta que un día comprendemos que nunca estuvimos fuera. Simplemente no había salido nuestro número todavía.

Un día comprendemos que la vida no avisa. Que no manda una carta que puedas recurrir, ni te pregunta si es un buen momento. Y quizá por eso, aunque intentemos no pensar demasiado, hay una pregunta que de vez en cuando nos aparece: ¿Y si algún día me toca a mí?

Yo no sé si hay una respuesta para eso, pero sé que el ser conscientes de nuestra fragilidad no debería hacernos vivir con miedo, sino hacernos aprender a valorar mucho más el simple hecho de vivir, de estar aquí.

Y tal vez lo más difícil no sea solo enfrentarnos a nuestros propios miedos, sino saber qué hacer cuando la enfermedad entra en la vida de alguien que queremos. Buscamos las palabras adecuadas y muchas veces no las encontramos. Decimos “todo va a salir bien”, aunque en realidad no sepamos qué va a pasar. Decimos “sé fuerte”, cuando quizá esa persona ya está haciendo un esfuerzo enorme simplemente por levantarse cada día.

Y cada vez pienso más que en momentos así no hace falta encontrar las palabras perfectas. Que basta con estar. Estar para escuchar, acompañar, sentarse a su lado y aceptar incluso los silencios. Un mensaje, una llamada, un café, un abrazo… pequeños gestos que pueden hacer que el camino sea un poco menos solitario. No podemos quitarle el miedo a nadie, ni cambiarnos por él o ella, ni su situación, pero podemos recordarle que no está solo/a.

Nunca sabemos cuándo la vida puede cambiar las posiciones. Hoy puede ser esa persona quien nos necesite, y mañana quizá seamos nosotros quienes necesitemos que alguien se siente a nuestro lado o simplemente se quede.

Recuerdo que mi abuelo decía una frase que de pequeño no le encontraba sentido, y con los años he ido entendiendo: “Nadie se muere de viejo”.

Y es que en realidad, pocas veces llegamos simplemente a cumplir noventa o cien años, y un buen día nos acostamos y ya está. Murió de viejo…

Ojalá fuera así. Ojalá todos pudiéramos tener el privilegio de llegar lejos con muchos años encima, y una larga y plena vida a nuestras espaldas. Pero lamentablemente, sabemos que lo habitual es que, antes o después, el cuerpo o alguna pieza de él, nos recuerde que tiene un límite. Y algo que un día está bien, al siguiente deja de estarlo.

A unos les llegará con noventa o cien, y ojalá sea así, pero desgraciadamente a otros mucho antes. Y quizá esa sea una de las cosas más difíciles de aceptar: El no saber cuándo será, ni de qué será, ni a quién le tocará mañana.

Hoy estamos pensando en alguien cercano que ha recibido un diagnóstico pesimista, y mañana, (porque la vida es así de imprevisible), podríamos estar hablando de nosotros. Mi abuelo lo resumía en esa sencilla frase: “Nadie se muere de viejo”. Y cuanto más pasan los años, más razón parece tener.

Y no, no escribo todo este alegato con ánimo pesimista, ni para meter miedo… (A base de pérdidas cercanas, hace ya mucho que la vida me enseñó a aceptar que todo es transitorio),  lo escribo para razonar y aceptar que nuestra vida tiene fecha de caducidad, y que por suerte no viene impresa en la etiqueta esa que nos ponen en el hospital al nacer.

La enfermedad nos recuerda algo que solemos olvidar cuando todo va bien: que la vida no nos pertenece del todo. Que la poseemos durante un tiempo. La disfrutamos, la compartimos, hacemos planes, nos enfadamos por cosas pequeñas, y nos preocupamos por problemas que dentro de unos años posiblemente ni recordemos. Discutimos por tonterías, corremos de un lado a otro, y dejamos para mañana ese abrazo, esa llamada o ese viaje que llevamos años diciendo que haremos. Y mientras tanto, nuestra vida sigue siendo extraordinariamente frágil. Tal vez deberíamos aprender a vivir con menos miedo y más de gratitud. Tal vez deberíamos aprender a decir más te quiero, a llamar a quien hace tiempo que no llamamos, a disfrutar de una comida, de una conversación, de una montaña, de un viaje, de una tarde cualquiera, tal vez deberíamos aprender a perdonar. A entender que quizá no necesitamos tenerlo todo controlado. Entre otras cosas, porque la vida nunca nos ha dado esa opción.

Porque si… todos estamos en el bombo y no sabemos cuándo saldrá nuestro número, ni el de las personas que más queremos. Y saberlo no debería llevarnos a vivir obsesionados con la enfermedad, ni esperando que llegue nuestro turno, sino justamente lo contrario. Debería enseñarnos a valorar mucho más la vida que tenemos mientras la tenemos. A mirar de otra manera un día normal, que precisamente por ser normal, no nos parece importante. Porque posiblemente, un día cualquiera de esos que pensamos que no tienen nada especial, sea exactamente el tipo de día que algún día echaremos de menos.

Creo que vivir no consiste en olvidar que algún día vamos a morir, sino precisamente en recordarlo de vez en cuando para aprender a vivir de verdad. Para que, si algún día llega una mala noticia o simplemente llegue el instante en el que comprendamos que nuestro tiempo se acaba, podamos mirar atrás sin tristeza por todo lo que no hicimos, sino con la tranquilidad y la alegría de saber que vivimos, que quisimos, que nos equivocamos, y que disfrutamos. Porque sí, todos estamos en el bombo. Todos tenemos nuestro número ahí dentro. Pero mientras siga sin salir, mientras sigamos teniendo la suerte de estar aquí, quizá lo mínimo que podemos hacer es disfrutar. Vivir de verdad. Con días buenos y días malos. Con pérdidas, encuentros, montañas, viajes, abrazos, risas y también esos días que parecen no tener nada especial.  Porque posiblemente ahí esté el verdadero sentido de todo: Que no sabemos cuánto va a durar nuestra partida, pero sí podemos decidir cómo jugarla. Y mientras nos toque estar aquí, que nos encuentre viviendo. Es mi opinión.




domingo, 9 de agosto de 2026

EL VERO, CUARENTA Y CINCO AÑOS DESPUÉS

 


Ayer, muy temprano, preparaba el material para volver una vez más al río Vero y me sorprendí pensando que, después de tantos años, sigue provocándome la misma ilusión que cuando, siendo apenas un adolescente, lo descendí por primera vez. Fue mi primer barranco.

Bueno… si soy sincero, aquel primer descenso, al que me llevaron mis monitores de los Scouts con catorce años, poco tuvo que ver con la imagen que tengo hoy del Vero. Era 1981. Bajábamos en bañador y, después de la ilusión ante lo desconocido, la experiencia acabó siendo casi angustiosa por el frío que pasé. Recuerdo salir del agua pensando: “No me vuelven a pillar aquí otra vez ni de coña”.

Una promesa que, evidentemente, nunca cumplí.

Porque aquel primer encuentro, a pesar del sufrimiento, acabó convirtiéndose en el comienzo de una relación que dura ya cuarenta y cinco años.

Y quizá ahí esté una de las cosas más curiosas de las grandes aventuras. Mientras las vivimos sentimos todo con una enorme intensidad: emoción, miedo, cansancio, dudas, euforia… incluso momentos en los que nos preguntamos qué hacemos allí. Pero luego pasa el tiempo y la memoria hace algo curioso: borra parte de las dificultades, suaviza los malos momentos y deja crecer todo lo bueno. El frío se convierte en una anécdota. El sufrimiento, en una historia que contar. Y aquello que entonces parecía tan duro acaba formando parte de los recuerdos que más cariño nos despiertan.

Quizá por eso seguimos buscando montañas, caminos o desafíos. Porque cuando una aventura termina, no termina del todo. Con el tiempo se transforma en recuerdo, y ese recuerdo casi siempre nos devuelve mucho más de lo que nos arrebató.

Nunca imaginé que aquel río acabaría formando parte de mi vida. Que volvería a él todos los años, que lo recorrería tantas veces que sería imposible contarlas, o que tampoco podría poner número a todas las personas que han descubierto este lugar acompañadas por mis manos.

Conozco cada rincón, cada curva, cada poza, cada salto y cada piedra. Tengo recuerdos en cada esquina. Pero después de cuarenta y cinco años también he visto cómo el río cambia: Saltos que desaparecen, sifones que quedan cegados, pasos que las riadas transforman o hacen desaparecer, piedras que se mueven y crean nuevos recovecos...

A veces basta con volver después de una crecida para descubrir que el río ha movido sus piezas y que ese Vero que creías conocer vuelve a sorprenderte.

Por eso, aun sintiéndome allí como en casa, nunca he dejado de tenerle el respeto que merece. Porque la confianza nunca debe convertirse en inercia ni en distracción. Sí, el Vero me resulta tan cercano como un viejo amigo, pero precisamente por eso sé que a los viejos amigos también se les respeta. Después de cuarenta y cinco años conozco muchos de sus secretos, pero sé que nunca llegaré a conocerlos todos. El río sigue teniendo su fuerza, sus tiempos y una enorme capacidad para recordarte quién manda.

La experiencia permite leerlo mejor, anticiparse y disfrutarlo, pero nunca te hace más poderoso que él. Y quizá esa sea una de las grandes lecciones que me ha enseñado: puedes conocer profundamente un lugar, quererlo y sentir que forma parte de ti, pero nunca debes olvidar que tú estás de paso y que él seguirá ahí mucho después de que te hayas ido.

He tenido la suerte de conocer grandes montañas, selvas, desiertos y algunos de los rincones más impresionantes del planeta. Pero hay lugares que no se miden por su altura ni por su dificultad. Se miden por la huella que dejan en nosotros.

Ayer volví para compartir el Vero con amigos. Algunos, hace apenas unos meses, habíamos alcanzado juntos la cima del Kilimanjaro. Otros ya habían compartido conmigo diferentes barrancos, y algunos era la primera vez.

Y mientras avanzábamos, me descubrí observándolos casi tanto como observaba el propio barranco. En sus caras, en sus gestos y en la forma de enfrentarse al agua, a las paredes y a los pasos más complicados, veía algo tremendamente familiar.

Después de tantos años uno acaba aprendiendo a leer esos pequeños detalles. Hay quien entra con prudencia y poco a poco gana confianza. Quien al principio pregunta por todo y termina avanzando con absoluta naturalidad. Quien llega con respeto, incluso con algo de miedo, y acaba riéndose y buscando el siguiente paso.

Quizá lo que más me gusta de todo esto es observar esa transformación.

Porque las personas que entran en el barranco en Lecina no son exactamente las mismas que salen horas después por el puente de Villacantal. Algo ha ocurrido por el camino.

A veces han superado un miedo. Otras han descubierto que podían hacer algo que no imaginaban. Quizá han aprendido a confiar en los demás, a dejarse ayudar o, simplemente, a desconectar durante unas horas de la vida que dejaron atrás.

Y ahí aparece también algo que con los años he aprendido a valorar muchísimo: el humor.

Una aventura no tiene por qué ser solemne para ser importante. Una broma en el momento adecuado, una carcajada después de un chapuzón, reírse de uno mismo o conseguir que alguien que venía tenso termine riendo puede cambiar por completo la energía de un grupo.

El humor relaja, acerca, rompe barreras. A veces convierte el miedo en confianza y el cansancio en complicidad. Y entonces ocurre algo maravilloso: ya no estás simplemente haciendo un barranco. Entre todos estás construyendo un recuerdo.

Quizá esa sea una de las cosas más bonitas de compartir aventuras. No se trata solo de llegar al final, sino de cómo llegamos. De las risas, de ayudarnos, de esperar al que va más despacio, de celebrar juntos. La vida también se parece un poco a eso. No podemos controlar todos los ríos que nos toca atravesar, pero sí podemos decidir cómo los atravesamos y con quién.

Ayer, mientras veía al grupo avanzar entre las paredes del Vero, tuve de nuevo la sensación de estar contemplando esa transformación que tantas veces he visto durante estos años.

Y pensé que quizá eso es lo que más me sigue fascinando del Vero. No solo el barranco. No solo el paisaje. Sino las personas que entran en él y las personas que salen.

Porque las aventuras, al final, tienen mucho de eso. Nos llevan a lugares que conocemos, pero también nos permiten descubrir partes de nosotros que no sabíamos que estaban ahí.

Las grandes montañas nos enseñan hasta dónde podemos llegar. Los lugares que llevamos dentro nos recuerdan quiénes somos. Y para mí, uno de esos lugares que forman parte de mi historia, de mi memoria y de mi vida, siempre será el río Vero.