miércoles, 24 de junio de 2026

El día de la conquista (Capitulo 5 y FIN)

 


Jueves, 11 de marzo:

Existen muchas creencias sobrenaturales sobre la suerte y, aunque a menudo somos recelosos ante cuestiones de dioses, doctrinas o fetiches, casi todos creemos en ella, aunque sea de manera callada o algo clandestina.

El viento golpeó vivamente la tienda durante las primeras horas de la noche; después, sobrevino la calma. Pasé la noche pegando cabezadas, preso de esa especie de instinto u olfato de protección que me impide dormir del todo cuando estoy prevenido por algo (siempre me pasa). En ese duermevela, no sé bien si por el ambiente, el frío o alguna excéntrica percepción, sospeché que estaba nevando fuera. Y en una acción instintiva y adiestrada, golpeé de vez en cuando y con energía el techo de la tienda con el puño desde dentro, notando claramente cómo al hacerlo la nieve acumulada se deslizaba por la lona exterior. Estaba nevando en serio. Sabía perfectamente que no podía dormirme ni descuidarme en una circunstancia así.

Aprendí esa lección en mi primera expedición al Aconcagua, allá por el año 95 (ya ha llovido). Una noche en el campo base me desperté medio atontado, confundido y con una gran dificultad para respirar. Tras recapacitar en el saco, medio desmayado, buscando por qué me sentía tan anormalmente exhausto, se me encendió la bombilla: “¿No estaremos enterrados?”. Abrí impetuosamente la cremallera de la tienda y me topé de frente con un compacto tabique de nieve que tuve que cuartear de una patada para dejar entrar aire fresco. La mejoría y el alivio fueron inmediatos, y enseguida alarmé a mi compañero, que se encontraba ya medio grogui. Estábamos enterrados y a punto de perder el conocimiento por efecto del anhídrido carbónico acumulado de nuestra propia respiración. No me volvió a suceder jamás. Aprendí bien la lección y, ante una noche de nevada, sé que hay que mantener la tienda limpia para poder respirar bien y evitar sustos. Lo he hecho muchísimas veces desde entonces, así que no me resultaba nada nuevo. Seguramente Arcadi y Kike, despertados por mis puñetazos contra la lona, pensarían: “¿Qué hace este loco?”. Mañana se lo explicaría.

A las cuatro menos cuarto desperté a mis compañeros. Ayer decidimos dejarlo todo preparado: las cantimploras listas y, de desayuno, únicamente chocolate y alimentos fríos para no encender los hornillos y ganar tiempo. Debíamos plantarnos lo antes posible en la vía del rompehielos. No perdimos ni un segundo. Mientras nos equipábamos en silencio y masticábamos algo, me pidieron explicaciones para entender por qué demonios había estado aporreando la tienda a intervalos durante la noche... jajaja.

Aunque mi pie izquierdo, en la zona donde me rozó la bota, estaba claramente inflamado, me calcé sin dificultad. Esta vez sí aprendí la lección: como sabía que iba a hacer mucho frío, metí en el interior de la caña de la carcasa de las botas las manoplas de plumas hechas una bola para que conservaran el contorno abierto y no formaran pliegues al congelarse durante la noche. Cuando te sientes a gusto dentro de una frágil tienda de campaña en un lugar inhóspito y difícil, tanto como para figurarte guarecido dentro de un fortín, está claro que tu cabeza está fuerte. Porque si lo piensas, ¿de qué puede protegerte la delgada membrana de una minúscula tienda de campaña, más allá del viento o algo del frío? Posiblemente de ti mismo, y de tu propio miedo.

Está nevando un poco y hay poca visibilidad. Son las cuatro y medio de la mañana. Nos abrigamos bien el cuerpo y nos cubrimos el rostro con un tupido buff y las gafas de ventisca, porque hace un frío atroz. A las cinco menos veinte enganchamos las pulkas de nuevo y arrancamos con un paso anómalo, un poco punzante y ya patológico. En un instante, este paisaje de auténtica soledad y nevada oscuridad entre el hielo y el mar se vio perturbado levemente por el rítmico y familiar ruido de los trineos arrastrando su gravada carga. Somos tres siluetas con rumbo fijo, guiadas hoy por una gigantesca motivación.

Arcadi abre huella. La nieve es muy profunda. Tengo muy claro, aunque de momento me lo callo, que probaré a cruzar yo en primer lugar la ruta del rompehielos. Es una especie de discernimiento furtivo o sentido de la responsabilidad, nutrido por qué sé yo... será mi forma de ser. Al poco de marchar, con esa idea ya incrustada en mi terca cabezota, tomo el relevo en vanguardia. Ya no lo dejaré hasta que hayamos cruzado, o no.

Atravesamos poco a poco y no sin esfuerzo la helada planicie hacia un alcor nevado entre pequeñas islas, y nos encontramos ya en el manifiesto pasaje hacia la vaporosa refinería de Röyttä, que se torna fantasmagórica y sin vida, desfigurada por la enfadada niebla. Está sumamente brumoso y no puedo ver mucho más allá, así que durante un buen rato prefiero perderme en esos efímeros estudios mentales de filosofía humana, paciencia y apoyo íntegro, con la mente fija en el cruce y la incertidumbre de si podremos hacerlo. De reojo voy estudiando la costa, la refinería, el muelle y por dónde cruzarlo si fuera estrictamente necesario hacerlo por tierra. Conociendo a Arcadi, seguro que está pensando exactamente lo mismo. Se ven unas apartadas vallas que aparentan cercar todo el recinto; incluso una serie de torretas donde te figuras guardias armados apuntándote si te aproximas... No será fácil. Como nos indicó Lowe, todos los días hemos constatado que esta región del golfo de Botnia está vigilada, ya que es objetivo militar; no en vano, cada jornada nos han sobrevolado estridentes aviones del ejército haciendo varias pasadas.

Hoy la paciencia será nuestra mayor arma. Auto estimulación, recursos y reflexiones para evitar la ansiedad por querer llegar, algo por otra parte inevitable a estas alturas. Nos habría gustado, sin duda, pasar muchos más días atravesando el hielo, pero sabiéndonos tan cercanos a la meta, es inevitable querer cruzar la línea, y más cuando hace cinco días nos parecía un objetivo inalcanzable y casi quimérico.

Abordo con fuerza una planicie con la nieve mucho más profunda donde, por fin, a unos quinientos metros, ya pueden verse las boyas o balizas verdes y rojas que delimitan esta autopista marítima. La zona es un esforzado trayecto entre grandes mazacotes de nieve y hielo. Es increíble, pero parece que caminamos cuesta arriba. Aunque esto no es físicamente posible, ya que estamos sobre la lisa superficie del mar... quizás el pasar continuo de los barcos desplace la masa de hielo, y este relieve amontonado y cubierto por la nieve haga real esta extraña sensación. Acelero con pasos firmes y decididos, pues no quiero que me releven en un tramo en el que cuesta horrores abrir huella y que castiga con saña las articulaciones, obligadas a esforzarse para defender el peso del trineo. Debo tener capacidad de perseverancia. La he tenido estos últimos meses para soportar largas, duras e intensas sesiones de entrenamiento y madrugones, todo para estar aquí, ahora, en las mejores condiciones posibles. Ahora, ante la sola incertidumbre de cruzar este obstáculo, sé que si lo logramos nadie podrá detenernos ya. Una alta capacidad de perseverancia es fundamental. Nunca hay que dar nada por perdido... ni tampoco por ganado.

Voy previendo en mi cabeza cómo asegurar la cuerda con tornillos, cómo ir pasando las pulkas una a una, cómo asegurarme yo con mis compañeros y después a ellos. Llevo estacas, llevo tornillos, cuerda; a nada que haya una mínima posibilidad y solución para poder pasar, intentaremos hacer algo. Qué ansiedad por llegar y verlo con mis propios ojos. Faltan cien metros. Miro atrás y les grito: “¡Según cómo esté, pasaremos primero sin peso y después arrastraremos las pulkas con la cuerda!”.

Inquietud. Los carrillos se entumecen y la nariz se me queda insensible si no expiro mi aliento caliente por el buff hacia ella. Hace muchísimo frío, lo ha hecho toda la noche, y eso es una magnífica señal. Me froto las mejillas, las cejas, las pestañas y la nariz con el dorso de la mano para quitarme el hielo que forman la humedad y la niebla, pero me encuentro cómodo y adaptado. Este universo azulado y blanco de hielo y nieve me resulta ya casi familiar.

Ya estoy en el borde: una carretera de inmensos bolos de hielo superficialmente ensamblados en su base unos con otros por la acción del frío. Parece una materia compacta, densa y apretada. Tan irregular como un yacimiento de pedruscos, pero compacta. Me mentalizo: “Posees recursos, y te vienen dados por la forma en que afrontas todas las cosas”; “vence los impulsos y las prisas”. La serenidad permite actuar con más eficacia en los momentos delicados y ayuda. A, A, A: Autoconfianza, Autocontrol y Autoestima. Es una triturada y gigante masa homogénea de piedras blancas y, debajo de ellas, el mar.

La perspectiva parece buena, así que no me lo pienso demasiado. Estoy en una orilla, junto a un gran pivote de color rojo que cuando haya agua debe ser flotante, y justo al otro lado tenemos otro de color verde, a unos sesenta metros en línea recta. Si llego allí, habré cruzado. Miro a mi espalda y ya está Kike. Le señalo, como si yo fuera el autonombrado jefe de la maniobra: “¡Pasaremos de uno en uno!”. La verdad es que no me replica nada y asiente.

Comienzo a pisar con tiento, bien reclinado con los bastones en el irregular terreno. Mi pulka va bandeando entre los bolos de hielo mientras yo, de vez en cuando, golpeo fuertemente entre ellos con la punta afilada de mis palos para cerciorarme de que están bien sólidos y soldados. Son pisadas inciertas de unos pies agigantados por las raquetas. Pisadas inseguras y grávidas, como si caminara sobre un espejo esperando que en cualquier momento este se chasque sin remedio. Los bloques figuran estar completamente helados y consolidados, pero aun así no quiero fiarme y acabar naufragando; doy cada paso con miramiento y prudencia porque apenas trece o catorce horas atrás vimos triturar este canal a un barco rompehielos. Paso a paso me acerco. Me hallo a una distancia casi segura de la otra orilla y me aventuro a comprobar la solidez del terreno pateando fuertemente sobre él: ni se inmuta, no hay problema.

¡Ya está!, ¡lo conseguí! Estoy al otro lado, en Finlandia. Donde nadie había cruzado aún a pie. “¡Está bien helado!”, les grito. “¡El terreno está estable!”. Cruza Kike normalmente y, después de él, también lo hace Arcadi. Cuando llegan, los tres nos hermanamos en un abrazo tan espontáneo y emocionado como si hubiéramos conseguido categóricamente realizar la travesía completa. Un abrazo de triunfo en la letra, pero un abrazo de amigos y compañeros en la música; todo ello sin tener en cuenta que aún nos queda una buena pateada hasta Kemi... pero hemos pasado por donde nadie lo había hecho y, salvo desastre, lo conseguiremos. Es difícil no sentir agitación por dentro cuando por primera vez se evidencia la consecución de un proyecto que parecía imposible de realizar.

Envío un "OK" a Santi con el dispositivo SPOT, tal y como acordamos. Esta señal está configurada para que varias personas (en Brandön y en Barbastro) reciban un mensaje corto en su móvil con un escueto: “equipo Báltico todo OK”. Pero, no contento con ello y llevado por la euforia, saco el teléfono satélite y lo llamo para decirle de viva voz que hemos logrado cruzar y que nos dirigimos a Kemi a su encuentro. Se alegran muchísimo. Aunque todavía están en Brandön, ya han fijado un punto de encuentro en Kemi y Santi me indica que marchemos derechos hacia allí; me dice que tenemos que alcanzar a ver la costa y la ciudad en la lejanía hacia el este. Le indico que eso es imposible: “¡No vemos una mierda! Está un día muy desapacible, cerrado, y estamos completamente rodeados de niebla. Facilítanos el punto GPS y nos orientaremos con él”. Así lo hacen. Determinan el punto exacto de encuentro en Kemi y nos lo mandan por medio de un mensaje al móvil mientras comemos un poco para recuperar fuerzas. No en vano, nos había costado algo más de dos horas llegar hasta aquí.

El punto que nos señalan se encuentra a 17 kilómetros al este de nuestra posición actual. ¿Tanto? Esperábamos que fueran seis o siete... Si el terreno, como aparenta, va previsiblemente a peor a causa de la profundidad de la nieve arrastrada por el viento del oeste, puede llevarnos cinco o seis horas de caminata sin parar; o quizás más. Pero si todo va bien, aunque sea exhaustos, llegaremos hoy. Allí nos estarán esperando para el reencuentro tras 5 días de larga y dura travesía Santi, Rosa, Rafa, Iván y quizás algún miembro del equipo globero (no creo que muchos, pues no cabremos en la furgoneta que hemos alquilado). Rosa es la mujer de Kike y ha sido nuestra madre y apoyo logístico durante estos días. También, sin ella saberlo, ha sido nuestro pasatiempo (el de Arcadi y el mío) en las empalagosas horas de refugio nocturno, haciéndola presa de nuestras bromas hacia el sufrido Kike: “¿Qué hará Rosa durante tantos días en una cabaña con Santi...? ¿Cenarán a la luz de las velas?... jajaja». Nos disponemos en fila y Arcadi abre huella rumbo a Kemi. Kemi es una ciudad y municipio de la Laponia finlandesa que cuenta con una población aproximada de 23.500 habitantes. Fue fundada en 1869 por Decreto Real y, gracias a la profundidad de su costa, posibilitó la construcción de un gran puerto marítimo. Su principal actividad económica se centra en dos grandes fábricas de papel y en la única mina de cromo que existe en Europa. También cuenta con una universidad politécnica y es mundialmente famosa por albergar el castillo de nieve más grande del mundo, construido cada año con un diseño totalmente distinto.

El ruido de nuestros pies al plantarlos en el suelo, el rumor de las pulkas, la estridencia de los bastones y nuestra respiración se funden en un solo compás. La nieve, como temíamos, es cada vez más profunda y nos cuesta muchísimo avanzar. Kike se hunde demasiado para abrir huella debido a que sus raquetas tienen algo menos de superficie de apoyo que las nuestras, y a Arcadi se le empieza a percibir hoy cierta fatiga en el ritmo. Ayer se encontraba fortísimo y realizó un esfuerzo colosal cuando yo me encontré debilitado, al igual que Kike, y hoy se encuentra más atenuado, posiblemente como consecuencia de ese desgaste. Por suerte, me voy dando cuenta de que hoy me encuentro tremendamente fuerte y recuperado, así que decidido a no dejarla, tomo la cabeza y abro huella con toda la fuerza de la que soy capaz. “Hoy por ti, mañana por mí”. Somos un equipo y es en estas cosas donde debe notarse. Estas actuaciones de equipo, si se hacen bien y con naturalidad, sin egoísmo, son lazos que se van uniendo en nudos imposibles de desatar, pues están hechos con el afecto, el cariño, las noches gélidas, la resignada extenuación y, sobre todo, la amistad. Me siento muy feliz. Lo estamos consiguiendo y esto hace que las sensaciones morales sean más que sobresalientes. Es un año tremendamente señalado para mí, con dos proyectos muy especiales: este en lo deportivo, y otro en lo personal (ser padre) que harán de este año uno de los mejores, si no el mejor, de mi vida. Así que el conseguir esto, que a priori parecía imposible, lo concibo como un vistoso indicio de que el resto irá bien; de que este es mi año. La confianza que se tenga en uno mismo es determinante en el desempeño de lo que te propongas en esta vida.

Voy revisando de reojo que parpadeen las dos lucecitas del SPOT. Seguramente el equipo estará vigilando nuestro avance para calcular la llegada, y desde casa ya estarán viendo que hemos salvado la zona crítica del rompehielos hace unas horas. Durante más o menos dos horas caminamos en silencio en la dirección indicada por el GPS, en medio de un huerto de pequeñas islitas con árboles descoloridos por la niebla, intentando adivinar el camino más favorable en un terreno cada vez más riguroso y penoso. Observamos el vagabundeo de un cielo oscuro y tupido que no termina de despejar, manteniendo unas opacas nubes cargadas de copos de nieve. La sensación de caminar sobre un mar helado no es precisamente común; si lo piensas bien, es excepcional y muy, muy emocionante. La luz del sol parece querer salir apocadamente y atizar los ligeros y boscosos alcores, salpicados de pequeñas, deslucidas y arcaicas cabañas que nos indican, tras cinco días, nuestro indudable retorno a la civilización. Me encuentro bien; muy bien, diría yo. Suele ser normal en mí, por lo que he ido percibiendo estos últimos años, este rendimiento de menos a más en aventuras severas de varios días de duración. Es como si mi cuerpo, tras unas jornadas de ajuste y acomodo, se habilitara por completo para la actividad.

Al poco, a nuestra izquierda y a lo lejos, vemos una moto de nieve abandonada en medio de la nada. ¿Se habrá tragado el mar a su dueño? ¿Se habrá averiado o quedado sin gasolina?... Bromeamos con la posibilidad de acercarnos hasta ella para comprobar si funciona e irnos hasta Kemi montados en ella, pero, es tan severa la marcha por este terreno y nos hundimos tanto, que la sola perspectiva de alterar la ruta rectilínea en tan solo quinientos metros de esfuerzo suplementario hacia el norte no se contempla ni en broma en nuestra ajustada iniciativa de hoy.

Ya cerca del final de esta especie de laguna acotada por islillas, vemos claramente un paso diagonal hacia otro campo abierto camuflado en el paisaje. Son las once y media de la mañana. Quizás hayamos recorrido diez kilómetros y, visto lo visto, nos quedan mínimo dos horas más para cubrir los siete u ocho restantes. En algunos instantes me siento impetuosamente arrebatado, metido en mi mundo interior, marchando todo lo fuerte que puedo. Reconocemos sobre el mapa y dejamos al sur la enorme y alargada isla de Selkäsaari, plagada de enormes molinos eólicos. Una vez sobrepasado este punto, el camino ya es directo hacia la costa de Kemi. Somos afortunados por estar aquí, donde nos gusta, donde queríamos estar.

El día va clareando un poco y alcanzamos a ver al frente una isla pequeña claramente habitada y, tras ella, lo que debe de ser ya la línea de costa de Kemi con innumerables y, desde aquí, minúsculas cabañas. Mientras el esperanzado Kike cree que el punto de llegada está en esta cercana isla, Arcadi y yo, más cautos y menos optimistas, pensamos que será en la lejana costa que vemos al fondo. Una vez alcanzada la isla no sin gran esfuerzo, el GPS nos señala que Kike estaba equivocado: deberemos esforzarnos un rato más. Hace unos quince grados bajo cero, pero no hace viento, lo que permite que se esté bien. Observo el suelo, mis raquetas y, de vez en cuando, miro la estela que voy dejando lo más recta posible para facilitar el paso de mis compañeros.

A lo lejos, en una inflexión del terreno, justo en la orilla donde el mar se reúne con el bosque, distingo lo que me parecen unas personas. ¿Serán ellos? ¿Nuestro equipo de apoyo? ¡Qué subidón! Apresuro aún más el paso y poco a poco voy reconociéndolo todo. No, no son ellos; distingo tan solo a dos personas, lo que parece un niño y un perro. Definitivamente no son ellos... Entreabro los ojos para observar la tierra que se hunde por el este en las curvadas colinas al fondo y sigo acelerando, aunque empiezo a estar muy cansado ya. Me adentro de nuevo en enérgicas planicies de nieve profunda que me obligan a agarrarme bien a los bastones para lograr impulsar mi carga hacia delante. Cada vez aparecen más surcos quebrados de motos de nieve, señal evidente de una desarrollada civilización, que intento seguir mendigando alguna traza buena que relaje el paso. “¡Vamos, tú puedes! ¡Queda poco!”. El cansancio es normal. Llevamos andando más de ocho horas sin parar, sumadas a los cuatro días anteriores desde que salimos de la costa sueca. Estos parajes no son paraísos hechos a escala; son momentos extraordinarios donde te encuentras con tu auténtico yo, prestando más atención a lo que te rodea que a tus propias carencias. Son instantes que, sin duda, graban en el alma esas huellas que serán necesarias para otros episodios futuros.

Estamos cerca de la costa y vemos al fondo un gran puente y la silueta de Kemi. La claridad se ha fundido en una hermosa línea rosada. No hace sol, pero la niebla se ha disipado y la visibilidad ya es buena. Una moto lejana surca la superficie nevada a gran velocidad. ¿Serán Iván o Rafa para filmarnos?, pienso. No se detiene y continúa apartada sin hacer ningún gesto de aproximación... Pues no serán. Proseguimos y la moto retorna a lo lejos hacia la costa, para al poco volver desde allí. Se detiene muy apartada de nuestra posición y distinguimos el perfil de una persona con un trípode y una cámara que se posiciona en la nieve; parece filmarnos desde lejos. Agito mis brazos y grito: “¿Hacia dónde?”. Estamos cerca de un flanco de la costa, pero no sabemos exactamente dónde nos esperan y resulta irritante que te miren y no te digan nada. Estamos agotados... “Debe de ser Iván”, comentamos tras reagruparnos, y de nuevo volvemos a gritar para que nos indique el lugar de encuentro con el resto y hacia dónde dirigirnos. Al final cede, se desenmascara y con un gesto nos señala hacia el norte mientras con la moto se dirige de nuevo hacia allí...

Marchamos más animados y alineados hacia ese punto. Poco a poco la costa se va haciendo más grande y, en ella, vamos distinguiendo un grupo numeroso de personas. Los nervios comienzan a aflorar; los sentimientos. Por un instante, aquí, en medio de este paisaje nevado, estaba sucediendo de nuevo ese milagro del sentir, del compartir epílogos inenarrables, ingredientes perpetuos de tu alma. Un estallido de impresiones y emociones que comienzas a sentir por dentro. Tantos factores se han conjugado esta vez a nuestro favor que no puedo más que mirar al cielo y dar las gracias: preparación, mentalización y, finalmente, suerte.

A lo lejos los vamos reconociendo: nuestros amigos, nuestros ángeles de la guarda. Se deslizan hasta el mar por una rampa desde lo que parece un paseo marítimo y nos esperan justo en el borde. Nos contemplan y gesticulan generosamente con los brazos dándonos la bienvenida, al igual que nosotros a ellos. Conforme nos acercamos, las figuras se clarifican: son Santi, Rosa, Ángel, Miquel, Rafa, Iván y unas cuantas personas más que no reconocemos y parecen simplemente curiosos. Gritos, risas, aplausos. Corren hacia nosotros y nosotros hacia ellos. Rosa a por Kike, Ángel a por Arcadi y Santi a por mí. Nos abrazamos, gritamos... Siento un abrazo generoso e intenso. Lo recibo en silencio pero con la piel erizada, leyendo su euforia con los dedos en su espalda. A nuestro alrededor hacen fotos y nos graban compulsivamente a los tres. Hay que respirar hondo al sentir todas estas emociones; dejar que penetren y nos invadan. Hay momentos que embriagan porque consolidan un encuentro. Dejan en la piel del alma un escalofrío que no se marcha y, como estos, son espontáneos y sinceros. Perpetuo lagrimeo y carne de gallina... La magia de la vida nos es necesaria para vivir, y esa magia está siempre ahí para quien quiera encontrarla. Ha sido magnífico. El ambiente, el respeto. “Solo el que se atreve, puede saber”. De nuevo repito: deberíamos luchar por nuestras metas, pues dentro de nosotros mismos sabemos que valen la pena.

FIN (A Nayra)

PD: Lo que ocurrió después es historia. Sacaron unas enormes latas de cerveza San Miguel para nosotros y brindamos; agitamos una botella de champán congelado. Nos habían preparado allí mismo una improvisada recepción con el dueño del rompehielos y del asombroso castillo de hielo quien, tras felicitarnos, nos subió a su todoterreno y, haciéndonos de chófer, nos trasladó a un hotel (también suyo) para que tomáramos una ducha caliente y una sauna finlandesa, para tras ello llevarnos a comer al Castillo/hotel de nieve con todos nuestros compañeros. ¿Qué más se puede pedir? Estábamos en la ciudad finlandesa de Kemi, en el extremo norte del golfo de Botnia, en la desembocadura del río Kemijoki, y lo habíamos logrado: éramos los primeros en conseguir hacer esta travesía del mar a pie.

No podíamos irnos de Suecia sin realizar un vuelo en globo y, al día siguiente, ya en Brandön, nuestros amigos "globeros" coordinaron un asombroso vuelo de una hora para todos nosotros. ¡Menuda guinda para este pastel!
















martes, 23 de junio de 2026

La víspera del destino (Capitulo 4)

 


Miércoles, 10 de marzo 2010: La víspera del destino

Ya sabemos que algunas personas miran al mundo y dicen: “¿Por qué?” y otras miran al mundo y dicen: “¿Por qué no?”. Pues eso mismo fue lo que nos preguntamos nosotros hace unos meses mientras preparábamos esta expedición... ¿Por qué no?

La noche en la litera fue espantosa. Al dormir en la parte más alta, arrimado al techo de la cabaña, casi no podía respirar debido al aire caliente, el dióxido de carbono y el humo acumulado en la parte más alta. O esa era, al menos, mi incómoda percepción. Tanto me agobié que, en mitad de la noche, me levanté completamente desnudo (vaya estampa) a abrir un poco las puertas para que entrara el aire fresco. Mi cabeza no había dejado de dar vueltas, previendo y ajustando kilómetros y horarios. En un constante duermevela, especulaba tácticamente con las horas que nos costaría llegar si acelerábamos el paso: “¿Y si pudiéramos plantarnos hoy mismo a pie de la vía del rompehielos de Röyttä?”. Nos encontrábamos bien y la pierna de Kike parecía aguantar. Suponiendo que nos quedaran unos cuarenta kilómetros hasta allí, si lográramos mantener una media de cinco kilómetros por hora sin contratiempos, partiendo a las cinco de la madrugada podríamos coronar el objetivo en unas nueve horas, deteniéndonos lo justo para avituallarnos e hidratarnos; o diez, si la media resultaba más baja. Era una jugada decidida por la que había que apostar sí o sí.

A las cuatro toqué diana. Soñolientos, Arcadi y Kike se fueron desperezándose un día más. Hoy nos costaría mucho menos ponernos en marcha gracias al acierto de habernos alojado en esta sencilla pero eficaz cabaña de pescadores. Bastaba con prepararnos, desayunar y disponer las pulkas, sin las apreturas, hielos y embarazos que siempre exige recoger una tienda de campaña. El plan era poner rumbo este hacia Seskaro, cuyo litoral ya vislumbrábamos desde aquí, laureado por unos modernos molinos de viento que, vistos en la distancia, parecían minúsculos sobre un estirado bosque. Desayunamos, nos equipamos cumpliendo un ritual que ya dominábamos y, prácticamente a las cinco de la madrugada, dejábamos la puerta de la cabaña bien sujeta con la gran piedra, tal y como la habíamos encontrado.

Comencé a avanzar ascendiendo por la sutil depresión de nieve que nos dirigía, casi de inmediato, por una pendiente entre árboles hacia el mar abierto. En ese instante, la punzada que sentí en mi tobillo izquierdo a cada paso fue como un mordisco rabioso, un dolor agudo casi insoportable, consecuencia de haber machacado la zona ayer durante tantas horas con el pliegue de la bota congelada. El dolor era tan insufrible que me obligaba a cojear aparatosamente. Si la molestia no menguaba con la marcha, el avance de hoy iba a ser un auténtico calvario. Por ello, preferí quedarme atrás y me fui rezagando mientras Arcadi y Kike se colocaban en vanguardia, perfilando en la nieve y el hielo ese surco recto hacia el horizonte.

El día, igual que mis ojos, amaneció nublado, aunque de momento no nevaba. La temperatura, tal y como nos habían pronosticado, estaba empezando a descender notablemente. El cielo, de un gris plomizo, arrastraba la resaca de la nieve y condensaba el frío ambiente. Un mosaico de tonos blancos, salpicado de ligeros declives de hielo fracturado y marcado por la absoluta ausencia de civilización, procuraba un silencio entre tenso y agradable, solo quebrado por el punzante dolor de mi bota que, paso a paso, parecía aplacarse o, simplemente, amansarse conforme el cuerpo entraba en calor.

Tras casi tres horas de marcha continua sin darnos apenas cuenta, cautivados por el espectáculo del entorno y nuestra propia abstracción, advertimos que estábamos cerca de las costas de Seskaro, hendidas por los formidables molinos de viento. Hicimos un giro en dirección sur para rodear la isla, pasando entre dos islotes repujados con unas humildes cabañas que tenían aspecto de estar habitadas, o al menos mucho más visitadas que el refugio que habíamos dejado atrás de madrugada. La propia curvatura de la isla nos impedía divisar nuestro siguiente propósito al otro lado, lo que nos mantenía en una constante incertidumbre sobre la ubicación real de nuestro destino, obligándonos a consultar el GPS y despertando cada vez más nuestra curiosidad por descifrar la posición exacta en el mapa de este rebaño de islas menudas. La nieve en este tramo se volvió inestable, variable y profunda; el camino se hacía largo y desalentador. ¿Cuándo íbamos a salir a mar abierto de nuevo? El avance era agónico; si la superficie no mejoraba, seríamos incapaces de superar los tres kilómetros por hora.

Arcadi marchaba en silencio abriendo huella. Cuando me tocaba a mí dar el relevo, me notaba muy agotado y gastado por la mala noche que arrastraba, mientras Kike aguantaba como podía un dolor tibial que tangiblemente lo esclavizaba. Paramos a descansar y tomar aliento brevemente. Sin pensarlo mucho, decidí sacar mi perfil de héroe protector, subyugar la inercia que me recordaba que cada paso hacia adelante es un paso menos, e insistí de nuevo a Kike para distribuir parte de su carga. Esta vez, finalmente, accedió. Nos partimos el peso y, en cuanto arranqué de nuevo, me retraje en silencio, avasallado por la pulka, que ahora sentía oronda y pesadísima sobre un ingrato sembrado de nieve rigurosa y profunda. “Intentaré aguantar como sea, a ver si el terreno mejora”, pensé para mis adentros. Mi dolorido estado físico, la fatiga y quizás un punto de ego y fanfarronería me hicieron reciclar los pensamientos: me di cuenta de que tal vez no era el mejor día para hacer favores ni para jugar a ser superhombre cargándome con ese exceso, pues mis propias energías andaban más bien dudosas. Siempre he concebido que la generosidad se recompensa a sí misma casi al instante y que un gesto solidario, de alguna manera moral, te aviva y te hace crecer... ¡pero la pulka pesaba una barbaridad! Menos mal que Arcadi se encontraba pletórico; con un gesto disciplinado, pétreo en su manejo y con la tez encendida por el esfuerzo y el frío, iba rompiendo la nieve por delante.

Tras un par de curvas, por fin advertimos el hielo azul del mar abierto. El espesor de la nieve disminuyó y empezamos a avanzar mucho mejor. La nieve aquí acumulada mostraba un color triste, oscuro, casi negro, igual que las pocas rocas que asomaban entre el hielo cerca del litoral. A la izquierda, el paso se cerraba con un puente lejano que acunaba la singular cala que acabábamos de atravesar. Torcimos más a la derecha, bordeando la orilla; al frente se extendían varias islas bajo un cielo mortecino que se desplomaba sobre el mar.

Las horas seguían pasando y las fuerzas se tambaleaban cada vez más. De pronto, un grito de Kike nos sobresaltó desde atrás: “¡Se ha roto mi pulka!”. Se había partido por completo uno de los brazos o varas de anclaje de su trineo; una de esas perchas rígidas que ensamblan y articulan desde el arnés de la cintura hasta el frontal de la pulka. Kike la venía remolcando sujetándola difícilmente con el brazo para mantenerla vertical y evitar que se ladeara. Al ver la barra partida en dos, pensé en silencio en la tremenda dificultad de ensamblar dos barras de plástico recto y liso (como el palo de una escoba moderna) en mitad de la nada y sin fisuras, pero inmediatamente y sin dar demasiadas explicaciones, pasé a la acción.

La experiencia del pasado me ha enseñado a llevar siempre encima, en cualquier situación, dos elementos básicos de reparación que me han sacado de más de un apuro: cinta americana y una bolsa de bridas. Efectué a cada lado de la fractura, a unos cuatro centímetros de los extremos rotos, dos bolas bien ceñidas dando vueltas con la cinta americana; el objetivo era que hicieran de tope u obstáculo para que las bridas no se deslizaran al tirar de nuevo de la barra y evitar que se volviera a partir. Conecté dos bridas en forma de argolla alrededor de la vara, justo al otro lado de los topes de cinta, y estos dos anillos, aún flojos, los fui enhebrando con bridas horizontales paralelas a la percha, rodeándola por completo. Una vez hecho esto, apreté fuertemente los dos anillos principales, apresando en su interior todo el manojo de bridas horizontales, y una por una las fui cerrando y tensando con los alicates alrededor de la estructura. Cuando quedó bien prieta toda esa artesanal madeja de plástico, la cubrí por completo con abundante cinta americana. “¡Creo que funcionará!”, exclamé. Mientras realizaba la reparación, Arcadi me filmaba en vídeo y Kike, con su cándido interés y su voraz apetito por instruirse, me daba bombo con tanta gracia que convirtió el contratiempo en un rato de relajación y descanso. Me encantan este tipo de recursos de fortuna improvisados.

Aprovechamos esta breve y accidental parada para comer algo, recalcular la ruta y recuperar un poco las fuerzas. Llevábamos casi siete horas y media de marcha continuada y sabíamos que, si hoy echábamos el resto, podríamos llegar a pie de la refinería de Röyttä; justo el lugar hasta donde llegaron las expediciones clásicas que cruzaron con esquís, pero nosotros lo haríamos a pie. Después del breve descanso reiniciamos la marcha. Algo del peso que esta mañana le había quitado a Kike se lo devolví para que lo cargara de nuevo en su pulka. Lo agradecí en el alma; él se encontraba algo mejor y yo hoy no estaba para tirar cohetes ni para correr ningún encierro.

Comenzó el ocaso y nos adentramos por una especie de bahía repleta de depresiones de nieve y hielo, donde un manto grisáceo cubría la superficie de las cosas, tiñendo el ambiente de una sutil tristeza por la ausencia total de sol. Al poco, en una islita que dejamos a nuestra derecha, divisamos una pequeña acumulación de casas de tablones corroídos y descoloridos que mostraban sus decadentes entrañas entre maderos desnudos. Era la viva estampa de un pueblo fantasma, tal y como uno se lo imagina en las historias más remotas. Se mostraba desierto, sin un alma, como si sus habitantes hubiesen huido precipitadamente presos del pánico; o esa fue, al menos, la sensación que a mí me produjo al mirarlo de reojo al pasar. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido por completo en ese rincón escondido del Báltico. Resultaba entre turbador y fascinante. Movidos por el instinto y por lo misterioso de ese escenario digno de una película de terror, dejamos poco a poco atrás el decrépito poblado y asomamos el cuerpo entero, arrastrando los trineos, de nuevo a mar abierto, volviendo a escuchar el frío eco de nuestra propia respiración. El paraje era cautivador. Estábamos en un recóndito lugar en mitad del mar y, si te parabas a pensar, resultaba verdaderamente inspirador: “Quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro realmente despierta”.

Tras unas dos horas más de marcha, meditaba en silencio sobre este condenado y bello momento que nos guiaba hoy. Me sentía muy, muy cansado, y el frío no parecía dejar de aumentar conforme acontecían las horas. Al fondo, por fin, se distinguió nuestro objetivo: se veían claramente los humos de la refinería de petróleo y la silueta de la isla de Torne-Furö (declarada Parque Natural), justo en la frontera con Finlandia, donde pretendíamos acampar. Y entonces... ¡mierda! Un enorme barco iba desgarrando el paisaje desde la refinería en dirección sur hacia el mar abierto y, con el paisaje, seguro que estaba mutilando el pavimento congelado del mar... ¡El rompehielos! Bueno, en el fondo era lo que esperábamos, ¿no? Ahora tocaba invocar a la suerte para que esa fuera su última travesía hasta mañana por la mañana y rezar para que esta noche hiciera un frío atroz, de modo que se congelara la ruta y nos permitiera atravesar su estela en nuestro camino definitivo hacia Kemi.

Cerca de la isla tuvimos que salvar zonas de auténtico caos de hielo, con bordes rotos por la fuerte presión y grandes acumulaciones de nieve; superficies en las que se hace sumamente trabajoso avanzar arrastrando las pulkas. Tras un día durísimo en lo físico, alcanzamos el destino previsto para la mejor de las opciones de la etapa, plantándonos en la costa de la isla de Torne-Furö tras haber avanzado unos cuarenta kilómetros en la jornada; sumábamos ya unos cien o ciento diez kilómetros desde que partimos de Brandön hacía cuatro días. El viento comenzó a soplar desde el sur con algo más de fuerza, por lo que la sensación térmica empezó a desplomarse. Me gustan estas sensaciones de supervivencia y soledad; crean un vínculo necesario con mi propia alma y, si estás en verdadera consonancia (como era el caso), también un vínculo indestructible con tus compañeros.

Dispusimos montar el campamento y levantar la tienda directamente sobre unas placas de hielo, en la superficie misma del mar. Para fijarla en un suelo tan duro, yo traía en el equipo unos tornillos de hielo. Mientras íbamos preparando el material, de repente, por detrás de la isla asomaron dos motos de nieve que se dirigían rápidas hacia nosotros. Eran dos policías con vehículos oficiales perfectamente rotulados, luces de emergencia y todo el equipo. Se detuvieron a nuestro lado, pararon los motores y se retiraron los cascos, dejándonos ver sus robustas y sonrosadas caras. ¡Esto sí que era nuevo! Primero nos entró la lógica inquietud de que no nos permitieran acampar en ese punto, que nos llamaran la atención por tratarse de una frontera o, como imaginas inmediatamente en plan de broma, que nos dijeran: “¡A ver! ¡Carné de conducir pulkas, seguro obligatorio y el certificado de la ITV!”. Además, tras el palizón que llevábamos encima, estábamos como para que nos hicieran movernos...

Muy al contrario, tras ese erróneo sobresalto inicial, resultaron ser extremadamente cordiales. Estaban completamente impresionados al hallar en su trillada y despoblada ronda fronteriza (la refinería es un objetivo militar), en medio del mar helado, a tres desequilibrados intentando acampar sobre el hielo a veinte grados bajo cero. Nos interrogaron amigablemente para saber de dónde veníamos y sus rostros reflejaron una absoluta incredulidad tras escuchar nuestras explicaciones. Les relatamos la aventura con nuestro abreviado pero suficiente inglés y les expusimos nuestro propósito de alcanzar Kemi mañana mismo. Los interrogamos de inmediato sobre la posibilidad real de cruzar la vía del rompehielos y su dictamen no fue precisamente tranquilizador: primero nos confirmaron lo que ya habíamos visto (el barco acababa de pasar) y nos puntualizaron que mañana, muy temprano, teniendo muchísimo cuidado y comprobando bien el piso golpeando con fuerza con los bastones, podíamos intentarlo; pero que si no hacía mucho frío durante la noche, lo veían francamente difícil. Nos hicimos una foto con ellos (o ellos con nosotros) y, despidiéndose simpáticamente, se ajustaron los cascos y los guantes, arrancaron los motores y aceleraron casi derrapando sobre la nieve, de la misma manera que cuando de joven querías impresionar a la chica que te gustaba con tu ciclomotor.

Mientras los miraba partir, escuché gritar a Kike: «¡Eeeeeeeeeyyyyyyyyy!». Con su ostentosa maniobra de arranque y el envite de la nieve, a uno de los agentes se le había caído una señal indicadora de STOP de mano, de esas que tienen forma de pala de ping-pong. Se distanciaron dándonos la espalda tan rápidamente y con el bullicio de los motores que no se percataron de los gritos ni de los aspavientos de Kike. Así fue como Kike adquirió una señal de STOP oficial, gentileza del mar Báltico y de unos amables pero despistados policías suecos.

Tras esta inesperada y sorprendente visita, continuamos con el montaje de la tienda y la anclamos en un santiamén al suelo utilizando los tornillos de hielo. Coloqué primero uno para que tanto Arcadi como Kike, que desconocían esta herramienta cilíndrica que normalmente utilizamos para la escalada en hielo, vieran su funcionamiento, su colocación y su elemental modo de anclaje por medio de un mosquetón a los vientos de la tienda. Enseguida se pusieron a practicar y colocaron ellos el resto en los demás vértices. Después se acomodaron dentro y empezaron a recoger nieve en bolsas de plástico para fundir, mientras yo me quedaba fuera cubriendo los faldones de la tienda con las propias pulkas; había empezado a nevar y a moverse algo de viento, y si el aire se introducía por debajo de la estructura, podría desgarrarla y dejarnos literalmente con el culo al aire.

Una vez acomodados, hidratados y cenados, nos permitimos el lujo de comer más de lo habitual. Sabíamos que mañana, de una u otra manera, llegaríamos a destino y no teníamos por qué reservar raciones; ya fuera alcanzando Kemi o, como les ocurrió a las otras expediciones si no podían atravesar el canal abierto, terminando en algún punto cercano de la refinería en este mismo margen de la costa. Embutidos en nuestros sacos de plumas y tratando de sacudirnos el frío, encendimos el teléfono satélite y conectamos con Santi en Brandön. Nos felicitaron por la etapa, pero nos manifestaron el mismo temor: “No va a ser posible atravesar la ruta del rompehielos”. Santi, Iván, Rafa y Rosa (nuestro equipo de apoyo) habían pasado el día en Kemi y, mientras fotografiaban un gran rompehielos en el puerto, casualmente, al observar que los filmaban, les había abordado el dueño del propio buque. Ellos le habían relatado nuestra aventura y el propósito de preparar un documental, y el hombre, entusiasmado, los había invitado a visitar el barco y filmarlo desde dentro. Habían disfrutado de una visita guiada exclusiva por el mismísimo capitán, quien incluso les había mostrado las cartas de navegación de las rutas de la zona. Tras ver los mapas, las previsiones de cruzar a pie eran muy pesimistas: según el capitán, las posibilidades eran “ninguna”, nos confesó Santi.

Aun así, proyectamos con Santi las diferentes alternativas para el día siguiente: el plan principal seguía siendo intentar llegar a Kemi atravesando la gran ruta abierta que circula desde la península de Röyttä hacia el sur, siguiendo la línea imaginaria de la frontera entre Suecia y Finlandia. Para ello debíamos madrugar muchísimo y cruzarla si se mantenía helada, antes de que transitara ningún otro buque. Si esto no fuese posible, Santi me explicó que tendríamos que dar por concluida la aventura en Röyttä, un pueblo situado al noroeste de la refinería. Yo le aclaré (porque así lo habíamos previsto y discutido entre los tres) que si encontrábamos el mar roto, subiríamos por esta orilla en dirección norte para intentar bordear la refinería; y que si era necesario pasar por tierra, lo haríamos aunque fuera cruzando el muelle del propio puerto comercial para regresar de nuevo al mar al otro lado, ya en territorio de Finlandia, y poder llegar a Kemi a primeras horas de la tarde. Santi, tras escucharme, abiertamente y con voz afectuosa me manifestó: “Eso era lo que quería escuchar; tened mucho cuidado y ya me informaréis. Nos vemos en Kemi”. Le precisé que madrugaríamos una barbaridad y que, si lo lográbamos, podrían seguir nuestro rastro en el ordenador por medio del dispositivo satélite SPOT; le aseguré que, de todos modos, les mandaría una señal de "OK" para que lo supieran con total seguridad.

Teníamos que descansar. El futuro no es un regalo, es una conquista. Mañana debíamos conquistarlo.









sábado, 20 de junio de 2026

El arte de la adaptación (Capitulo 3)

Martes, 9 de marzo 2010: 

Volvemos a la vida cada día de modo diferente. Y nunca se vuelve a ser el mismo cuando la existencia nos pone ante situaciones que nos sacian por completo. Por más que queramos y lo intentemos, jamás podremos regresar idénticos después de ciertas experiencias. Llevamos ya dos noches sobre el hielo del mar Báltico. Son las cuatro y cuarto de la mañana; la noche ha pasado perezosa, el viento ha cesado y hemos logrado dormir bastante bien. A las cuatro y media decido tocar diana; he observado que a las cinco ya despunta la luz, así que el plan es partir lo antes posible para ganar horas de marcha. El desayuno y la equipación se resuelven hoy con mucha más soltura que el primer día: se nota que empezamos a tener práctica. Vamos bien.

De repente, el silencio se rompe con los reniegos de Kike: no le entra una de sus botas. Se le ha congelado con la caña algo arqueada y le resulta imposible calzarse. Salgo de la tienda a mirar y... ¡mierda!, mis botas están exactamente igual, rígidas como piedras, y no hay forma humana de hacer pasar el pie. Cada noche guardamos el botín interior en lo más profundo del saco junto a nosotros para mantenerlo caliente y secarlo, pero las carcasas exteriores (estas de cuero) las dejamos ordenadas a un lado, entre la puerta y el doble techo de la tienda (tal y como he hecho siempre en otras expediciones), ya que dentro estamos bastante apretados. Para evitar que entrara nieve en el interior, cometí el error de dejar colocadas las polainas de estas dobladas hacia un costado; al congelarse el cuero en esa posición, la caña se curvó por completo. Una auténtica novatada. Siempre he utilizado botas de carcasa plástica, un material donde, evidentemente, este problema no existe. Forcejeo maldiciendo mi suerte, recordando lo muchísimo que cuesta a veces calzarse una bota de esquí de travesía, mientras Kike lucha con lo suyo y Arcadi, que ya está plegando la tienda, nos mira de reojo. Dentro del aprieto del instante, asumo que merezco el escarmiento de esta lección inédita. No me volverá a pasar.

Después de un buen rato y un descomunal esfuerzo, conseguimos embutir los pies y emprender la marcha. En mi bota izquierda noto un pliegue interno que ha quedado tieso, se me clava con saña en el exterior del tobillo. Confío en que, conforme los pasos templen el cuero, este vaya cediendo y deje de atormentarme el resto de la jornada. Durante la primera hora de camino vigilo de reojo mi antigua lesión de psoas, la misma que ayer parecía refunfuñar, pero por fortuna hoy no molesta en absoluto. ¡Bien!

Tomamos rumbo este, hacia una isla llamada Haru que deberemos sobrepasar dejándola a nuestra derecha (al sur), manteniendo a nuestra izquierda (al norte) la gran isla de Seskaro, aunque dudo mucho que hoy logremos llegar hasta allí, pues debe de estar a unos 45 kilómetros. Hace un día increíble, pero nos toca atravesar la zona más extensa de mar abierto y sin islas intermedias de toda la travesía, con el riesgo que eso conlleva. Al noreste divisamos, todavía muy a lo lejos, las fumarolas de las fundiciones, papeleras y serrerías de la región de Ranön. Hay que recordar que la explotación forestal es uno de los mayores recursos de Suecia; la mayor parte de su territorio está cubierta de bosques que proveen de madera a esta potente industria. Además, su subsuelo es riquísimo en mineral de hierro, siendo uno de los máximos productores mundiales, lo que explica la concentración de factorías metalúrgicas y fábricas de pasta de papel en todo este sector del norte.

Durante estas primeras horas es asombroso observar cómo la luz del sol ilumina el hielo de tal forma que, hasta donde alcanza la vista, realmente parece que estás mirando la superficie del mar abierto. Un mar inanimado e inmovilizado. Arcadi, en uno de los relevos para abrir huella, me lo señala deslumbrado: “¡Es increíble!”. El mar y el cielo se funden en uno solo. Se divisan islas lejanas hacia el este y, más al sur, un descarriado faro. En los primeros esbozos de la ruta, Arcadi quería pasar por ese faro, pero Lowe, con el parte de hielo en la mano, nos advirtió que en estos momentos se encontraba en mitad de aguas abiertas y que era totalmente inaccesible.

Vamos escudriñando el horizonte con el anhelo de ver aparecer los globos de nuestros compañeros, conscientes de que paso a paso nos acercamos a la confluencia de nuestra trayectoria con el rumbo marítimo de los barcos rompehielos que dan servicio a las fábricas del norte. Allí es donde, si la fortuna nos da la espalda, nos toparemos con alguna vía de mar abierto abierta por estos imponentes buques. Precisamente nos hemos enterado de que medio centenar de barcos, entre ellos seis grandes transbordadores con miles de personas a bordo, el pasado jueves encallaron a causa del hielo en la zona de Estocolmo, al sur del Báltico, y muchos rompehielos de la zona han tenido que acudir a su rescate. Confiamos en tener suerte y que estas rutas comerciales del norte, al estar menos transitadas estos días por ese imprevisto, se hallen congeladas y cerradas.

De repente, Arcadi nos grita: “¡Por allí van los globos!”. Al principio miro hacia atrás pero no veo nada. “¡Allí!”, insiste señalando. Se ven muy al sur, muy distantes hacia el mar abierto; unos pequeños puntos lejanos. Y no son dos, sino cuatro. ¿Cuatro globos? Más tarde sabríamos que a nuestros compañeros se les habían unido dos pilotos finlandeses conocidos suyos con sus respectivos aparatos. Al enterarse de que los españoles iban a intentar esta travesía inédita, debieron de sentir cierto rubor patrio ante la idea de que los primeros en lograrlo fueran dos globos forasteros, así que se acoplaron a la retaguardia del intento. Qué gozada, lo van a conseguir. ¡Cuánto tienen que estar disfrutando allá arriba!

Nosotros hoy caminamos casi con calor gracias al buen día, a unos cinco o seis grados bajo cero pero sin una pizca de viento. Con rostros silenciosos y expresivos, no sé si tristes o felices, avanzamos en este tercer día aferrados ya al mar; está claro que ya no queremos encontrarnos con el mundo de los hombres. A eso se le llama adaptación y armonía. Kike, sin embargo, arrastra un fuerte dolor en la parte tibial de su pierna derecha; camina con un paso visiblemente desigual y complicado por la dureza del terreno, y se nota que está sufriendo. Como hoy me encuentro muy bien y sobrado de fuerzas, me detengo para proponerle repartir su carga entre Arcadi y yo, pero se niega en redondo. Intento censurarle un poco esa actitud testaruda pero no hay manera... Al fin y al cabo es aragonés. Me da la impresión de que está muy habituado a la competición y lo entiendo, pero aquí las cosas no funcionan así. “Si mañana soy yo el que tiene un problema, espero que tú te ofrezcas para compartir mi carga; hoy por ti, mañana por mí”, le explico. Creo que lo pilla, pero de momento prefiere seguir arrastrando su peso. Intentaremos turnarnos con Arcadi para abrir huella, buscando las zonas aparentemente más benignas, ya que si las raquetas no se hunden tanto en la nieve, parece que la pierna le duele un poco menos.

Sobrepasamos no una, sino dos evidentes rutas de los rompehielos. Son franjas perfectamente indicadas con grandes boyas atrapadas en el hielo a cada orilla, como si fueran los malecones de una carretera cuyo pavimento estuviera armado con vastos bloques congelados. Está claro que si nos topamos con una ruta abierta, sería imposible cruzarla sin esperar a que se congele de nuevo; resultaría una insensatez intentarlo y arriesgarse a caer al agua entre los enormes y pesados pedazos flotantes de hielo grumoso apelotonado: literalmente te aplastarían. El reguero de bloques refundidos por el frío tiene unos sesenta metros de anchura y se pierde en la lejanía rumbo al sur. Sería imposible rodearlo a menos que regresáramos a la costa. En un lugar así recobras de golpe la noción de dónde te encuentras. Es increíble pensar de nuevo que un mar lleno de vida yazca oculto bajo una capa de hielo sobre la que se ha acumulado este manto blanco de ondulaciones suaves. Hasta donde alcanza mi vista, la blancura es total, a excepción de las líneas oscuras que serpentean a lo lejos moldeando el litoral.

Tranquilizados por haber atravesado uno de los puntos críticos de la expedición sin ningún contratiempo, hacemos una breve parada para comer un poco y rehidratarnos. Al poco nos introducimos en una amplia zona de nieve más profunda que ralentiza notablemente nuestra marcha. El sendero no existe, tan solo se dibuja en la mente del que abre huella, pero no hay pérdida. Caminamos unas horas más en silencio, bajo la indecisa luz del atardecer, donde las impetuosas prominencias que forma la nieve en el suelo (como si fueran olas de mar interrumpidas y salpicadas por un sinfín de relucientes losas heladas) moldean un paisaje fiel a lo que esperábamos: ¡alucinante! Me sorprende cómo se incrementa rápidamente la intensidad del frío en cuanto baja el sol un poquito; ya debemos de estar a diez bajo cero. Mientras avanzas en mitad de ese silencio, vas asimilando todo lo visto y vivido, convencido de que estas experiencias contribuirán en buena parte a crear una mejor versión de nosotros mismos.

Más tarde, ya extenuados, divisamos claramente nuestro objetivo de hoy a unos seis kilómetros según el GPS. Nos hacemos alguna foto y Arcadi y Kike se filman recíprocamente con la cámara de vídeo que llevamos. A pesar del cansancio, y Kike con su maltrecha pierna, los dos sacan buena cara; se les ve felices y ya totalmente adaptados. En cabeza, abriendo huella en una nieve algo más profunda por la cercanía de la costa, voy incrementando el ritmo todo lo que puedo con la intención de llegar a buena hora. Hoy completamos aproximadamente unos treinta kilómetros. Nos había comentado Lowe que la mayor distancia que había conseguido cubrir una expedición en un solo día intentando cruzar este mar había sido de treinta kilómetros, y eso utilizando esquís y tirados por unas cometas; por lo tanto, podemos estar muy satisfechos, pues nuestra media en tres días es prácticamente de veinticinco kilómetros diarios, a pie y sin ningún medio de arrastre mecánico.

Mis fuerzas parecen no tener fin. No es por amor propio; es por fuerza, por pura libertad. Todo ha salido rodado hoy y los tres somos puro entusiasmo y sueños. El alma se agita cuando las cosas salen como deseas, pero hay que intentar mantener la serenidad. Yendo todo bien, nos faltan dos o tres días más. El suelo serpentea entre sucesiones de ligeras elevaciones blancas hasta esa pequeña y vaporosa isla. Un poco más al norte, en la lejanía, se distinguen las difusas hileras de pequeños bosques de la costa, que parecen la guirnalda del horizonte.

Llevo muy a mano comida y líquido. Mantengo una pequeña botella de plástico encajada bajo el forro polar, junto a mi tripa para que no se congele, y poder así acceder cómodamente a ella sin detenerme e hidratarme con un sorbo cada poco tiempo; en los bolsillos guardo algunas barritas que voy consumiendo cada quince o veinte minutos. Sigo con un ritmo frenético, apoyándome en los bastones dinámica y técnicamente, como si estuviera haciendo esquí de montaña. ¡Qué espectáculo! Hoy el sol se ha aliado con nosotros disipando todas las nubes, y eso que la previsión nos daba nevadas a partir del mediodía. No puedo evitar sentir escalofríos recurrentes que me nacen de las entrañas; cada vez que me viene a la mente alguna persona querida, me estremezco y abro huella con más y más fuerza, conmoviéndome una y otra vez al descubrirme así. Son imágenes del pasado y, de nuevo, sueños de futuro; fragmentos de mi vida. Hoy viaja en mi pensamiento una nueva armadura que me da alas: en el móvil traje una foto reciente en blanco y negro con aspecto de alubia que contemplo cada noche, y que me hace conmoverme por dentro y regocijarme por fuera. La ecografía de mi hija Nayra. Es una nueva motivación que estreno aquí y que presiento me servirá de estímulo y aliento el resto de mi vida. Si existe la felicidad, debe de ser algo muy parecido a esto... ¿Me estoy volviendo un blando otra vez? Ojalá pudieran percibir y comprender lo que se siente en momentos así. Aquí el paisaje se convierte en un personaje en sí mismo, lleno de espíritu de principio a fin; imágenes desbordantes de poesía en medio de la nada y, en realidad, en medio de todo, donde te fundes con la naturaleza para aprender a escucharte en el silencio.

Conforme me acerco a la diminuta isla, diviso oculta entre los árboles una pequeña cabaña. Alcanzo la orilla y aguardo a que en breve lleguen Arcadi y Kike siguiendo mi trazo. Cuando se reúnen conmigo, les indico lo que he visto y decidimos ir a explorar. ¿Y si está abierta y podemos quedarnos allí a descansar hoy? Nos ahorraríamos la incomodidad de la tienda y esa hora de trabajo extra que exige montar el campamento. Al superar un pequeño declive nevado entre los árboles, la pequeña cabaña encarnada surge ante nuestros ojos justo en el límite con el mar. Llegamos enseguida al refugio, comprensiblemente añejo y algo desvencijada por fuera, con unos ceñidos peldaños de madera ante la puerta. Al empujar un poco la madera, nos damos cuenta de inmediato de que está abierta y nos entusiasmamos. Tan solo está atrancada por la nieve que ha caído delante y una gran piedra sepultada debajo. Sacamos la pala y, al poco de retirar la nieve y la enorme roca, la entrada queda libre. ¿Qué secretos guardará dentro?

Tras el soportal de entrada nos topamos de frente con una ventana que ilumina un pequeñísimo pasillo con una puerta a cada lado. Tras la puerta de la izquierda hay una especie de cuarto trastero o leñera sin ventanas, con leña y algún sobrio aparejo colgado de las paredes: “Nos vendrá de perlas para guarecer las pulkas”, comentamos. En la puerta de la derecha se abre una pequeña habitación con dos ventanas. El interior se encuentra casi vacío: tan solo una achacosa y mugrienta chimenea, una mesa y dos sillas en un estado decadente por el aislamiento, y el bastidor metálico y desdibujado de una litera de dos alturas con dos somieres de espirales. No hay luces, pero el interior se ilumina con la poca claridad del exterior que se filtra a través de los cristales. Para nosotros, hoy, esto es un verdadero lujazo.

Colocamos las pulkas en la leñera y con varios troncos prendemos fuego en la chimenea. Cruzamos una cuerda a modo de tendedero para secar la ropa frente a la llama y nos asignamos los sitios para dormir: Arcadi elige una esquina en el suelo, así que Kike y yo colocamos nuestras esterillas en los somieres de la litera; Kike abajo y yo arriba. El frío ya penetra por las rendijas de las ventanas y se hace notar mientras el fuego templa lentamente la habitación. Empleando un cubo de plástico que hemos descubierto en esta obvia cabaña de pescadores y que hemos llenado de nieve, Arcadi se sienta cómodamente en una silla ante la mesa y, con los hornillos operativos, empieza a derretir nieve, rellenar las cantimploras y preparar la cena.

Mientras tanto, aprovechamos para contactar con el equipo de apoyo para conocer las previsiones y hacerles saber nuestra situación y progresos. Los globeros, nuestros amigos de Kon-Tiki, lo han conseguido: han aterrizado en Finlandia, unos sesenta kilómetros más al sur de lo previsto, y Lowe se encuentra en estos momentos en su busca y rescate. Santi y Rosa nos comentan que se habían acercado en coche hasta la isla de Seskaro con el anhelo de vernos pasar desde la costa, pero ya les explicamos que, aunque ya la tenemos a la vista, no hemos podido llegar tan lejos. Está a unos diez kilómetros hacia el este. Mañana, si todo va bien, la superaremos.

La previsión del tiempo anuncia para mañana nevadas débiles y una bajada de las temperaturas. Mañana será un día clave para las posibilidades de esta travesía, uno de esos días en los que habrá que poner toda la carne en el asador. Deberíamos intentar llegar hasta la isla de Torne-Furö, situada ya muy cerca de la insalvable ruta del rompehielos de la refinería de petróleo de Röyttä, en la frontera con Finlandia; hay una distancia de casi cuarenta kilómetros hasta allí, lo que se traduce en un auténtico palizón. Hasta ese punto llegaron en nueve días las dos únicas expediciones que con esquís lograron cruzar este mar; si lo alcanzamos mañana, lo habríamos conseguido en tan solo cuatro. Si queremos tener alguna posibilidad de sobrepasar ese obstáculo, conviene dormir lo más cerca posible de la refinería e intentar cruzar la ruta hacia Kemi muy temprano. Todo queda supeditado a que no pase ningún barco nocturno y a que haga mucho frío durante la noche para que la ruta se congele en las horas que median entre el previsible barco de la tarde y el que circule por la mañana.

Todos estos planes preñados de voluntad los hacemos al calor del fuego, profetizando y pronosticando con optimismo, pero sin saber realmente si el tiempo, nuestras fuerzas o el terreno nos permitirán progresar tanto mañana. No tenemos derecho a conocer el futuro... pero nada nos impide adelantarnos a él, ¿no? Aun así, gracias a lo bien que ha ido nuestro avance estos tres días, hemos conseguido casi una jornada suplementaria (apurando dos) para intentar llegar hasta Kemi. Estamos a martes y podríamos estirar el plazo hasta el viernes. A mí me gusta pensar que si no intentas grandes cosas, jamás las lograrás.

Al quitarme las botas, descubro que mi pie izquierdo presenta una gran ampolla y está abultado con un amoratado e inflamado bolo en el tobillo, consecuencia directa del roce de la curvatura que hizo el cuero al congelarse. Kike sigue con una gran molestia en su tibia, mientras que Arcadi se encuentra perfectamente. Oscurece por completo y nos metemos dentro del saco, disfrutando del calor como si fuera lo más precioso que existe en el mundo, mostrando una sonrisa satisfecha en nuestros rostros traspuestos. Como decía Machado: “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”. Mañana será otro día.















viernes, 19 de junio de 2026

Cuando en el trabajo las personas dejaron de ser personas:

 


No sé cuándo ocurrió. Pero durante los últimos años se ha instalado un discurso (muy cómodo para algunos) señalando a los trabajadores como los principales responsables de la desmotivación en las empresas. “Porque ha cambiado la sociedad”… Hablan de falta de implicación o poca “actitud”. Se repiten estas ideas, y se evita mirar hacia el otro lado de la ecuación. ¿Quizá la pregunta es también qué les ha pasado a las empresas?

Porque en demasiados casos, poco a poco, el mundo laboral ha ido perdiendo algo que era fundamental: la mirada humana. Las empresas han dejado de ver personas para ver recursos, indicadores, estructuras, u objetivos.

Las personas con nombre y apellidos hemos pasado a ser “plantillas” o “costes de personal”. Y detrás de toda esa transformación está la paulatina pérdida de empatía. Y un trabajador no es solo un puesto de trabajo. Es alguien que tiene vida fuera de su horario laboral. Tiene familia, hijos, problemas, pérdidas, ilusiones, días buenos y malos, y una historia que no cabe en una hoja de cálculo. Sin embargo, actualmente, en muchos entornos laborales, todo eso parece haberse vuelto irrelevante. Lo más importante es el rendimiento, la disponibilidad, la productividad, y claro, todo ello sin absentismo. Como si las personas fuéramos máquinas. Y en ese proceso a lo largo de los años,  algo se ha ido perdiendo o rompiendo… Porque, cuando una persona no se siente vista, cuando su esfuerzo se da por sentado y se ignora su realidad, cuando su presencia solo importa en la medida que produzca un resultado, la motivación no desaparece, se erosiona. Lentamente. Hasta que su trabajo deja de ser (como antaño) un lugar de pertenencia o de equipo, y pasa a ser solo un sitio de paso para ganarse la vida.

Y claro, aparecen los juicios rápidos: “La gente ya no quiere esforzarse”, “Actualmente no hay compromiso”, “Las nuevas generaciones no aguantan nada”… No sé yo… Quizá lo que no se quiere ver ni reconocer es que el compromiso no se exige, se construye. Y se construye con y desde el respeto, la humildad, la escucha, y el reconocimiento de que detrás de cada faena hay una persona.

Todo esto se traduce en un deterioro del compañerismo, frialdad, o falta de conexión entre las personas que comparten horas y objetivos, y no es por casualidad. Es el resultado de años en los que se ha priorizado las cifras sobre las relaciones, la rentabilidad sobre el familiaridad, y la eficiencia sobre la razón. Y entonces claro, la gente se desmotiva y en muchos casos incluso se marcha. Y la gente se va cuando pesa más su entorno que su trabajo. Cuando el esfuerzo deja de tener relación con el reconocimiento. Cuando el futuro se vuelve indeterminado o inexistente. O cuando poco a poco, por la suma constante de pequeñas decepciones se erosiona su confianza.

Y no hay excusas. Se ve venir. Y creo firmemente, que cuando el esfuerzo deja de traducirse en buen ambiente laboral, en una vida más digna o en unas expectativas razonables de mejora, mucho antes que la renuncia empieza eso, la desmotivación y la desvinculación…Y eso si es un grave problema. Si claro, también esa ruptura nace de salarios que pierden poder adquisitivo, de costes de vida que crecen más rápido que los sueldos, o de mercados laborales cada vez más competitivos y empresas que, por necesidad o por estrategia, trasladan su presión económica a los trabajadores…

Aun así, siempre he sido una persona optimista, y quiero creer que todavía hay margen para otra forma de entender el trabajo. Una en la que la productividad no esté reñida con la empatía. Una en la que liderar no sea controlar, sino cuidar. Una en la que se  vuelva a mirar a las personas como lo que siempre fueron: personas. Porque quizá el verdadero problema no es la desmotivación de los trabajadores, sino la deshumanización de los entornos de trabajo. Es mi opinión.