En cuanto las temperaturas empiezan a insinuar los meses
de verano, noto cómo se me acelera el corazón, y me invaden unas ganas casi salvajes
de volver a la montaña, a los barrancos, a esa forma de libertad que llevo persiguiendo
(o me persigue) desde mi infancia. Y al mismo tiempo, como una marea que sube
sin permiso, vuelven recuerdos vividos de muchos veranos: Cercanos, más distantes,
e incluso de aquellos primeros de la infancia, donde todo empezó y donde, de alguna
manera, a veces, aún sigo: Los campamentos de verano. No cualquier campamento,
sino en mi caso, con los Scouts de Barbastro. Y ahora, con la distancia que da
el tiempo, entiendo que allí no solo aprendí cosas… sin darme ni cuenta, allí me
fui construyendo. Trabajo, amistad, lealtad, imaginación y carácter… grandes palabras
que entonces simplemente eran pequeñas acciones: compartir cantimplora, cargar
mochilas, reírse, o mirar al monte como quien mira el posible futuro. Y, sobre
todo, naturaleza. Allí comenzaron mis primeras excursiones, mis primeras noches
en tienda o al raso, mis primeras conversaciones con las estrellas. Y
curiosamente, años después, cuando me he visto en lejanos campos base o en
aventuras más “serias”, al tumbarme dentro de un saco sobre una esterilla, no
estaba en los Alpes, ni el Himalaya, ni en el Atlas, ni en los Andes… estaba
otra vez allí. Porque uno nunca duerme donde cree, sino donde aprendió a soñar.
Aquellos campamentos eran… no sé cómo decirlo sin que suene a denuncia: ¿imperfectos?,
¿improvisados?... gloriosamente inseguros. Eran otros tiempos. Tenían ese punto
bohemio donde el error no era una excepción, sino parte del método. Y sí, eran
temerarios. Pero también lo era la infancia de entonces: una época donde la
protección no lo envolvía todo y donde el riesgo no era nuestro enemigo, sino
nuestro profesor.
Allí, en medio de aquel organizado caos que hoy rozaría
la ilegalidad, pero entonces nos parecía lo más parecido a la vida misma,
hicimos también nuestros primeros “grandes hitos” montañeros: descendimos
barrancos en bañador, como si la épica no necesitara más equipamiento que unas
ganas desbordadas de mojarnos y de reír (el neopreno solo existía en los
documentales de Cousteau), y ascendimos
nuestros particulares Anetos o Posets con chirucas, bordones de boj y bolsas de
basura haciendo de polainas, en una reinterpretación bastante libre de lo que
debía ser el alpinismo. Visto ahora, con algo más de experiencia y bastante más
material técnico, no puedo evitar pensar que quizá la aventura no estaba en la
dificultad ni en la altura, sino en la mirada. La verdadera cumbre era esa
capacidad casi filosófica de convertir la precariedad en juego, la incomodidad
en orgullo, y lo absurdo en un recuerdo que, contra todo pronóstico, ha
terminado siendo algo profundamente serio e imborrable.
Hoy hemos cambiado eso por acolchadas burbujas. Y lo
entiendo. Pero también sospecho que, en ese intento de evitar cualquier caída,
a veces evitamos también el aprendizaje de levantarse.
Pero sigo… Porque claro… luego estaban los detalles.
El rápel, por ejemplo. Nada de arneses homologados ni
descensores con nombre técnico. Aquello era “a pelo”. Cuerda de cáñamo, un
árbol, tu cuerpo… sangre fría, y una cierta fe en que todo saliera bien. La
cuerda te abrazaba como podía (o como quería), y tú bajabas negociando con la
gravedad. Seguridad: cero. Intensidad: toda.
Y, sin embargo, aquí estamos para contarlo.
¿Y las tirolinas?… ingeniería rural en estado puro. Dos
árboles, una cuerda bien tensa (o eso creíamos), un mosquetón que pesaba como
un pecado, y tú colgado en medio del aire con un único y filosófico objetivo:
no estamparte contra el árbol de llegada.
El sistema de frenado era casi existencial: o aprendías a
frenar, o te frenaba la vida. A veces con los pies derrapando sobre la tierra.
Otras, con un golpe seco digno de una lección inolvidable. El mosquetón, por
cierto, quedaba incandescente, o como aquí decimos, “rusiente”. Tampoco murió
nadie.
Y entre aventura y aventura, construíamos un mundo desde
cero: cocinas, comedores, presas para bañarnos… y letrinas. Sí, letrinas. Las
letrinas merecen capítulo aparte porque eran, probablemente, un verdadero rito
de paso.
Aquello no era solo un foso. Era una experiencia
sensorial completa. Un brutal recordatorio de que la naturaleza no siempre
huele bien, ni es amable, ni pretende serlo. Y ahí, entre olores imposibles y
moscas con más carácter que muchos adultos, uno aprendía algo fundamental:
rendirse o adaptarse. Spoiler: nos adaptábamos. Y tampoco murió nadie.
Años después, viajando por lugares remotos (Nepal, India,
Marruecos, Tanzania…) entendí que ese invisible entrenamiento había sido uno de
los más valiosos. Nada me sorprendía demasiado. Nada me repelía del todo.
Porque ya había pasado por algo parecido… o peor.
También llevábamos machetes, construíamos vivacs,
“practicábamos supervivencia” (a veces reinterpretando el concepto con cierta
creatividad nocturna, haciendo escaramuzas para robar comida en la tienda de
intendencia), escalábamos montañas con más ilusión que técnica, y aprendíamos
nudos que aún hoy siguen atando cosas en mi vida.
Pero si quito el polvo de la anécdota, lo que queda es
mucho más simple y más importante:
Allí aprendimos a estar con otros. A depender, a
colaborar y a ser responsables. A equivocarnos sin que el mundo se acabara. A
descubrir que la autonomía no se enseña… se vive. Aprendimos el sentido de la
amistad y todo lo que ello significa.
Y, sobre todo, aprendimos algo que hoy suena casi
revolucionario: la cultura del placer. Hacer cosas simplemente porque sí.
Porque nos hacían felices. Porque nos hacían sentir vivos.
Sin objetivos productivos. Sin métricas. Sin necesidad de
justificación.
Y quizá esa sea la verdadera enseñanza que aún me
acompaña: que la vida, como aquellos campamentos, no necesita ser perfecta para
ser inolvidable.
A mí, todo aquello no me enseñó solo a vivir aventuras. Me
enseñó a vivir.
Y por eso, todavía hoy, en cuanto aparece cerca el verano… una
parte de mí vuelve allí.
Y por suerte, se queda.








No hay comentarios:
Publicar un comentario