domingo, 26 de abril de 2026

EL HOPITAL COMARCAL DE BARBASTRO:

 


Hay algo que desde hace unos meses me resulta difícil ignorar, ya que aparece una y otra vez allá donde miro o escucho. Y no es solo un murmullo de fondo en conversaciones de bar, sino una especie de lamento que se extiende en las redes sociales, prensa, concentraciones o encuentros vecinales. Un réquiem por el Hospital de Barbastro. Un malestar que no deja de crecer y que ya no se percibe como algo puntual, sino como una sensación extendida de abandono: faltan de especialistas, escasez de médicos, y como poco a poco parecen diluirse algunos servicios. Y en medio de todo ello, además últimamente una preocupación que golpea con más fuerza que ninguna otra: la situación del servicio oncológico. Según denuncian pacientes y familias, esa falta de personal y la desorganización, han llegado a tal punto que quienes atraviesan la enfermedad se sienten piezas perdidas de un puzle que nadie termina de ordenar, y se ven obligados a moverse entre incertidumbres que nunca deberían formar parte de su tratamiento. No quiero ni imaginar lo que supone que, a un enfermo oncológico que ya vive en ese frágil territorio donde el cuerpo le duele, su mente no descansa y el ánimo le oscila entre la esperanza y el miedo, se le añada además la innecesaria carga de no saber cuándo será atendido, quién llevará su procedimiento, o si responderá a tiempo el sistema. La enfermedad deja de ser su único enemigo, y aparece también la incertidumbre de sentirse desatendido cuando más necesita todo lo contrario.

Antes de continuar mi exposición, quiero poner contexto con un algo de historia:

Quizá porque uno no olvida lo que ve a los diez años, recuerdo perfectamente la gran manifestación que se organizó en Barbastro en 1977 reclamando su construcción. Vivíamos en la calle San Ramón, en un primer piso con balcones que daban a la avenida General Ricardos, y desde esos improvisados y privilegiados palcos, estábamos acostumbrados a ver pasar cabalgatas de Reyes, pasos solemnes de Semana Santa o los alegres desfiles de las fiestas. Pero ese día, la calle dejó de ser calle para convertirse en una riada humana: pancartas que se agitaban, voces que gritaban, y una energía difícil de entender para un niño, pero imposible de ignorar y menos aún de olvidar. Desde allí arriba, con mezcla de curiosidad infantil y desconcierto, pensaba que los adultos se habían vuelto locos… ahora sé, que por una vez, se habían vuelto muy cuerdos. Con los años he entendido que la memoria funciona igual que aquel balcón: crees que estás solo mirando, y en realidad está formando parte de la historia que contarás años después.

Y lo curioso o irónico, según se mire, es que ese clamor colectivo terminó convirtiéndose en el lugar donde mi madre se dejó media vida trabajando.

Entró a trabajar en el Hospital en la por entonces sección de plancha, y después de celadora. Pasó muchos años recorriendo esos pasillos con esa sonrisa mezcla de brillo y humanidad que la caracterizaba, hasta el día de su jubilación. Como allí se dice: “Era de la casa”, y por tanto así me he sentido también siempre yo.

Ahora escribiéndolo, me resulta curioso ese encadenado de historias colectivas que contiene este relato: primero hubo quienes salieron a la calle para reclamar que existiera el hospital, posteriormente llegaron personas (como mí madre o más familiares y amigos) que lo sostuvieron día a día, turno a turno con su trabajo, y después el como para mí siempre será el punto donde una reivindicación colectiva se convirtió en esfuerzo cotidiano y la base que permitió a una madre sacar adelante a sus tres hijos.

El hospital se inauguró en 1984, y su apertura respondió a la necesidad de dotar a la comarca del Somontano y zonas cercanas de un hospital moderno, y así evitar desplazamientos a Huesca o Zaragoza para recibir atención médica especializada, y desde entonces siempre ha sido un orgullo para Barbastro y alrededores.

Pero… lo que en su momento sentimos como una intrínseca satisfacción, ahora empieza a revelarse como un amplio problema, estructural y persistente. Porque lo que hoy ocurre en el hospital de Barbastro, por desgracia no es ni un caso puntual, ni una desafortunada excepción: es el reflejo de un deterioro que afecta a pacientes, familias y profesionales por igual. Y precisamente desde esa vivencia personal (contexto), es desde donde nace mi necesidad de alzar la voz y censurar lo que está pasando.

Hoy en día hay lugares donde se estudia filosofía, y otros como el Hospital Comarcal de Barbastro, donde en vivo y en directo se practica: Puesto que allí hoy uno aprende sobre la fragilidad de la existencia, lo de que el tiempo es relativo, y que la esperanza… bueno, que la esperanza depende de si esa semana hay oncólogo o no, para ser lo último que se pierda…

Porque claro, un oncólogo en Barbastro ha pasado a ser una figura casi mitológica, como los unicornios o las citas en breve espacio de tiempo. Se habla de ellos, se recuerdan con cariño (porque algunos aún recuerdan su existencia), pero verlos, lo que se dice verlos, parece reservado a unos pocos que han sabido pedir correctamente su deseo antes de soplar las velas.

Mientras tanto, los pacientes hacen un acelerado máster en estoicismo y aprenden a aceptar lo inevitable: retrasos, incertidumbre y esa emocionante sensación de que tu tratamiento puede depender más de una agenda que de la ciencia.

En medio de todo esto, conviene decir algo que debería ser obvio pero a veces olvidamos: Que quienes están allí al pie del cañón no son el problema. Por el contrario, son una especie de discretos héroes y malabaristas de lo imposible, que intentan sostener con toda su buena voluntad, entrega y cariño lo que no se sostiene por falta de recursos humanos y quizá económicos. Si la filosofía habla de cargar con el peso del mundo, aquí a diario lo practican, pero con bata y esta vez sin aplausos. Porque… ¿qué difícil debe de ser a diario intentar tapar grietas que tú no has abierto, dar respuestas que no dependen de ti, o poner orden donde otros han decidido que una forma de gestión es el caos?... Y además con esa profesional sonrisa que a veces es más un acto de entereza que de ánimo… como quien sabe que no puede arreglar nada, pero tampoco va a dejar de intentarlo jamás. Desde aquí mil gracias.

Y es que, insisto, la falta de oncólogos no es solo una cuestión sanitaria, es filosófica: ¿Qué es la salud? ¿Qué es el cuidado? ¿Hasta qué punto somos dueños de nuestro destino? preguntas profundas que aquí, en este hospital no se responden, se padecen.

Siempre nos quedará ese humor negro, al que algunos miran raro pero que a mí tanto me gusta, y pensar que en pleno siglo XXI hemos obrado el pequeño milagro de transformar algo tan terrenal como recibir un tratamiento o pedir cita, en una experiencia casi mística cercanas a rezar o tener fe. Quizá el verdadero plan de nuestros políticos nunca fue curar, sino enseñarnos paciencia y resignación. O ambas. En cualquier caso, ¡Alabados sean!... si esta es la lección, lo están haciendo genial: “la salud pública no se rompe de golpe, se desgasta, cita a cita y ausencia a ausencia”.

Así que tranquilos, que seguro que todo está bajo control. Al fin y al cabo, ¿Qué podría salir mal en la vida, cuando lo único que falta… son los especialistas que las salvan?

Resumiendo, al final, toda esta historia (la de mi madre, el hospital y la de un sistema que parece irse apagando poco a poco) es el reflejo de una dejadez que se ha vuelto peligrosamente cotidiana. Entre retrasos, ausencias y promesas que nunca llegan, uno aprende que lo más duro no es solamente una enfermedad inesperada, sino una sensación de abandono disfrazada de normalidad. Una sociedad se mide por cómo cuida cuando más falta hace, y no por lo que promete cuando no hace ninguna falta. Así que sí, queda claro que no debería hacer falta tanto esfuerzo para algo tan simple como estar bien atendido. Porque cuando cuidar bien se vuelve extraordinario, lo que está fallando no es la suerte… es todo lo demás. Ojalá quienes tienen la responsabilidad, recuerden que mirar hacia otro lado también es una forma de decidir, y que a veces la mayor urgencia no está en los pacientes, sino en la conciencia de quienes deben actuar y arreglar esta situación. 

Es mi opinión.





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