Un año después:
Hoy hace justo un año que pisamos la cima del Kilimanjaro.
Ha pasado un año. Solo un año. Y, sin embargo, cuando cierro
los ojos y vuelvo allí, tengo la sensación de que fue ayer. Recuerdo el fresco
(como decimos los aragoneses), el cansancio, la respiración entrecortada, la
oscuridad de la noche, las miradas, los silencios, los cánticos de nuestro
equipo de apoyo al amanecer… y por supuesto, el interminable rosario de
síntomas del mal de altura: dolor de cabeza, mareo, náuseas, falta de aire,
cansancio, sueño… un auténtico catálogo de adversidades a casi 6.000 metros, y
como poco a poco, paso a paso, paciencia, ayuda y con alguna que otra sonrisa,
fuimos venciendo cada síntoma, cada miedo y cada duda. Y como finalmente llegó
aquella luz que empezaba a aparecer sobre África mientras alcanzábamos su cumbre.
Pero hoy, un año después, recuerdo menos los metros o los días de camino.
Recuerdo más a las personas.
Recuerdo a 25 amigos, las conversaciones, risas, dudas, los
pequeños gestos y miradas que sin decir nada lo decían todo. Recuerdo cómo nos
esperamos, ayudamos, cómo nos alentamos cuando las fuerzas comenzaban a faltar… Creo que eso es lo que verdaderamente nos
llevamos de aquella montaña.
Porque entonces creíamos que estábamos subiendo al
Kilimanjaro, pero sin darnos cuenta, estábamos construyendo un recuerdo
compartido que iba a durar mucho más que un viaje.
La cima duró unos minutos, el camino, unos días, pero lo que
vivimos allí juntos nos acompañará toda la vida.
Creo que las montañas tienen esa capacidad de enseñarnos
cosas sencillas que en la vida diaria olvidamos: Que cada uno tiene su ritmo,
sus fuerzas y sus límites; que no siempre hay que llegar arriba o que hace
falta mucha más valentía para parar, darse la vuelta o aceptar que hasta allí es
suficiente.
Un año después, cuando pienso en aquel 8 de septiembre de
2025, no pienso tanto en los 5.895 metros. Pienso en nosotros. En mi hermano,
mis amigos; en cada uno de aquellos 25 que allí dejó una pequeña parte de sí
mismo y se trajo otra consigo.
Porque las montañas terminan, los viajes acaban y las
aventuras pasan, pero las experiencias quedan dentro de nosotros y empiezan
poco a poco a formar parte de quienes somos.
El Kilimanjaro sigue allí en el mismo lugar inmóvil, pero nosotros
hemos seguido caminando.
Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas de las
montañas: Que no subimos arriba para quedarnos, sino para volver abajo siendo diferentes.
Hoy no quiero celebrar solamente que llegamos a una cima, quiero
celebrar que estuvimos allí “Juntos”. Que durante unos días dejamos abajo la
rutina, y compartimos cansancio, frío, miedo, alegría y emoción. Que nos
cuidamos, nos esperamos y cuando faltaban las fuerzas nos animamos unos a otros.
Un año después, la cima ya es un recuerdo, pero uno de esos que no envejecen. Porque
algunas montañas, cuando las bajas, descubres que se quedan dentro de ti.
Y quizá lo más bonito de todo esto es que, después de un
año, cuando miro atrás, no recuerdo tanto la montaña que subimos, recuerdo a
las personas con las que la subí.
Y durante este año lo hemos ido comprobando: subimos al
Kilimanjaro siendo un grupo de amigos y volvimos siendo algo más. Una pequeña
familia. Y ha estado presente durante todo este año en las conversaciones, los
encuentros, las risas, los recuerdos compartidos y en esa sensación tan bonita
de saber que aunque cada uno haya seguido con su vida, hay algo que nos unió
para siempre. Quizá ese es el verdadero regalo de aquella aventura. No la
cumbre, ni el viaje, ni la satisfacción. El verdadero regalo fuimos nosotros.
Porque hay viajes que terminan cuando vuelves a casa, y
otros que continúan mucho tiempo después. Este fue de esos.
Un año después, el
Kilimanjaro sigue allí, inmenso, quieto y silencioso, y nosotros seguimos
caminando. Y sabemos que pase lo que pase, aunque el tiempo nos lleve por
lugares distintos, compartimos una montaña que forma parte ya de nuestra
historia.
Hay vínculos que
nacen de una manera sencilla, casi sin darte cuenta, pero que el tiempo
convierte en algo mucho más profundo. Quizá por eso, cuando recuerdo aquel día,
ya no siento que conquistamos una montaña, siento que la montaña nos regaló
algo mucho más difícil de encontrar: Una
familia. Y esa fue nuestra cima más bonita.











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