martes, 8 de septiembre de 2026

Un año después:


 Hoy hace justo un año que pisamos la cima del Kilimanjaro.

Ha pasado un año. Solo un año. Y sin embargo cuando cierro los ojos y vuelvo allí, tengo la sensación de que fue ayer mismo. Recuerdo el fresco (como decimos los aragoneses), el cansancio, la respiración entrecortada, la oscuridad de la noche, las miradas, los silencios, los cánticos de nuestro equipo de apoyo al amanecer… y por supuesto, el interminable rosario de síntomas de mal de altura: dolor de cabeza, mareo, náuseas, falta de aire, cansancio, sueño… un auténtico catálogo de adversidades a casi 6.000 metros, y como poco a poco, paso a paso, con paciencia, ayuda y con alguna que otra sonrisa, fuimos venciendo cada síntoma, cada miedo y cada duda. Y como finalmente llegó aquella luz del amanecer que empezaba a aparecer sobre África mientras alcanzábamos el cráter de ese imponente volcán dormido. Pero hoy, un año después, recuerdo menos los metros o los días de camino, y recuerdo más a las personas.

Recuerdo a 25 amigos: las conversaciones, las risas, las dudas, esos pequeños gestos y miradas que sin necesidad de decir nada, lo decían todo. Recuerdo las bromas, los momentos de cansancio compartido, las charlitas de motivación guarecidos en las tiendas de campaña... Recuerdo cómo nos esperábamos, nos ayudábamos, cómo nos alentábamos cuando las fuerzas comenzaban a faltar y cómo, muchas veces bastaban unas pocas palabras para devolverle a alguien las ganas de dar un paso más. Y especialmente recuerdo haber podido compartir todo aquello con mi hermano y mi cuñada. Con mi hermano además, hubo algo especial; De niños habíamos compartido juegos, aventuras y correrías, pero allí por fin pudo conocerme en un lugar que forma parte de mí desde siempre, ese mundo de montañas, esfuerzo, aventura y amistad en el que he desarrollado buena parte de mi vida y en el que, probablemente, más feliz y cómodo me siento. Pudo verme allí con mis amigos, haciendo aquello que tantas veces me ha definido, y conocer una parte de mí que hasta entonces quizá solo adivinaba. Como si allí en aquella montaña, hubiera descubierto también a un hermano que todavía no conocía del todo. Vivir juntos una experiencia así, lejos de nuestra vida cotidiana, compartiendo esfuerzo, incertidumbre, alegría, cansancio y finalmente el sueño de llegar arriba, ha significado para mí un antes y un después.

Y la montaña fue solamente un escenario, lo verdaderamente extraordinario fueron las personas con las que la vivimos.

Eso es lo que verdaderamente nos llevamos de aquella montaña: Ni la cima, ni las fotos, ni las sensaciones, sino todos esos instantes compartidos que con el paso del tiempo, se hacen más grandes todavía. Al final una montaña se mide en metros, pero los recuerdos que nos deja se miden de otra manera.

Creíamos que estábamos subiendo al techo de África, pero sin darnos cuenta estábamos construyendo un recuerdo común que iba a durar mucho más que un simple viaje.

La cima duró unos minutos, el camino unos días, pero lo que vivimos juntos allí nos acompañará toda nuestra vida.

Siempre, en cada viaje, he tenido la sensación de que las montañas poseen esa capacidad de enseñarnos o recordarnos cosas sencillas que olvidamos en la vida diaria: que cada uno tiene su ritmo, sus fuerzas y sus límites; que avanzar no siempre significa subir, que hay que saber parar, esperar, descansar o incluso darse la vuelta; que pedir ayuda y dejarse ayudar no nos hace débiles; que no podemos controlar las circunstancias, solo nuestra manera de enfrentarnos a ellas; y que al final, muchas veces lo más importante no es llegar arriba, sino todo lo que sucede mientras intentamos hacerlo.

Quizá por eso las montañas, cuando dejamos atrás todo lo demás, tienen la extraña capacidad de devolvernos a lo esencial y recordarnos quiénes somos.

Por todo eso, un año después cuando pienso en aquel 8 de septiembre de 2025, no pienso tanto en los 5.895 metros, pienso en nosotros. En mi hermano, mi cuñada, mis amigos; en cada uno de aquellos 25 que dejó allí una pequeña parte de sí mismos y se trajo consigo otra.

Porque las montañas terminan, los viajes se finalizan y las aventuras pasan, pero las experiencias quedan dentro de nosotros y poco a poco empiezan a formar parte de quienes somos. Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas: Que no subimos arriba para quedarnos, sino para volver abajo siendo diferentes.

Hoy no quiero celebrar solamente que llegamos a una cima, quiero celebrar que estuvimos allí “Juntos”. Que durante unos días dejamos la rutina, y compartimos cansancio, frío, miedo, alegría y emoción. Que nos cuidamos, nos esperamos y cuando faltaban las fuerzas unos a otros nos animamos. Un año después, la cima es ya un recuerdo de esos que se quedan dentro de ti y no envejecen. Quizá lo más bonito de todo esto es que después de un año, cuando miro atrás, no recuerdo tanto la montaña que subimos, recuerdo a las personas con las que la subí.

Y lo hemos ido comprobando durante todo este año: subimos al Kilimanjaro siendo un grupo de amigos y volvimos siendo una pequeña familia que ha estado presente en las conversaciones, los encuentros, las risas, los recuerdos compartidos y en esa sensación tan bonita de saber que aunque cada uno haya seguido con su vida, algo que nos unió para siempre. Quizá ese es el verdadero regalo de aquella aventura. No la cumbre, ni el viaje, ni la satisfacción. El verdadero regalo fuimos nosotros. Hay viajes que terminan cuando vuelves a casa y otros que continúan mucho tiempo después. Este fue de esos.

Un año después el Kilimanjaro sigue allí, inmenso, quieto y silencioso, pero nosotros seguimos caminando. Y sabemos que pase lo que pase, aunque el tiempo nos lleve por distintos lugares, compartimos una montaña que forma parte ya de nuestra historia.

Hay vínculos que nacen casi sin darte cuenta, pero que el tiempo convierte en algo mucho más profundo. Quizá por eso, cuando recuerdo aquel día, ya no siento que conquistamos una montaña, siento que la montaña nos regaló algo mucho más difícil de encontrar: Una familia. Y esa fue nuestra cima más bonita.














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