sábado, 17 de octubre de 2026

Javi, ¿me llevarás al Turbón?


Hace unos días, caminando por la sierra de Guara con uno de mis mejores amigos, entre conversaciones, risas, y esas cosetas que van saliendo cuando uno camina sin mirar el reloj, me soltó: “Javi, ¿me llevarás un día al Turbón?”

Y claro, ¿qué le vas a contestar a uno de tus mejores amigos cuando te pide que le lleves a una montaña que te encanta? Y si además llevas toda la vida compartiendo barrancos, montañas y aventuras con los demás, y eres de los que disfrutan tanto viendo disfrutar a otros como de la propia experiencia… la respuesta sale sola. Así que dicho y hecho: Hoy ha tocado Turbón. Y aunque he subido muchas veces al Turbón, (con nieve, sin nieve, en distintas épocas del año, solo o con diferentes personas), hay montañas a las que a uno siempre vuelve. No hace falta buscar excusas ni grandes motivos; simplemente tienen algo especial que hace que nunca te dé pereza volver. Quizá sea su imponente silueta, esa que nos acompaña desde el horizonte cuando la contemplamos desde Barbastro, y que aunque la veamos tantas veces, siempre consigue llamar nuestra atención. El Turbón, junto a la Peña Montañesa, el Cotiella o el Tozal de Guara forma parte de esas montañas que nos observan en la distancia, y que a quienes sentimos esa especial atracción por las montañas, nos despiertan tarde o temprano las ganas de dejar de mirarlas desde abajo para ir a caminar sobre ellas. Es una de esas cumbres que siempre apetece volver a conquistar. Además con este amigo he compartido ya unas cuantas aventuras de las de andar mucho, reírse bastante, y acumular historietas de esas que después recuerdas durante años.

Dicen que el Turbón es una montaña mágica, cargada de leyendas, de brujas, de aquelarres y de historias que antiguamente se transmitían sentados en las cadieras al calor de las chimeneas. Cuentan que las brujas del Alto Aragón se reunían allí para celebrar sus aquelarres, y que cuando la niebla cubría la cima, no era buena señal: “Cuando la boira cubre el Turbón, habrá tormenta en todo Aragón”. También cuenta una leyenda que cuando las aguas del Diluvio Universal comenzaron a retirarse, el arca de Noé no quedó como se dice en el monte Ararat (Turquia), como se cuenta,  quedó embarrancada en esta montaña. “L’arca ba turbá”, habría gritado Noé, y según la tradición, de aquella expresión popular habría nacido el nombre del Turbón. Otros relatos hablan de un dragón que habitaba en sus cuevas o de un gigante de piedra, el Ome Granizo, capaz de desatar tempestades. Leyendas, mitos y cuentos transmitidos de generación en generación que forman parte de la memoria de esta montaña. Su silueta aislada, dominando el paisaje, siempre ha despertado la imaginación de quienes viven a su alrededor. Y no me extraña. Hay montañas que parecen tener personalidad propia, y esta desde luego la tiene.

Hoy la subida ha ido haciendo lo que suelen hacer las subidas: poniendo cada conversación en su sitio, alternando silencios con comentarios, alguna que otra parada y esa respiración que te recuerda que la montaña no entiende las prisas. Por el camino, vacas tranquilamente pastando,  muchos sarrios, y un paisaje que a medida que ganas altura va abriéndose como si alguien descorriera una inmensa cortina poco a poco.

Y arriba, las vistas. Espectaculares. De esas que te obligan a pararte, mirar alrededor y pensar que a veces tenemos auténticos tesoros a la vuelta de la esquina y no siempre somos conscientes de ello. El Pirineo extendiéndose ante nosotros, las montañas dibujando el horizonte y esa sensación tan difícil de explicar que aparece cuando alcanzas una cima y por un instante parece que todo está en su sitio. Pero hoy no iba solamente de subir al Turbón. Iba de cumplir una sencilla promesa. Porque al final, si lo piensas bien, las mejores aventuras no siempre empiezan con grandes planes, expediciones extraordinarias, o billetes de avión. A veces empiezan con algo tan simple como: “Javi, ¿me llevarás un día al Turbón?”.

Con los años he aprendido que la montaña tiene mucho de eso: de compartir,  de caminar al lado de alguien sin necesidad de llenar todos los silencios, de echar una mano, de reírse y de celebrar cada paso juntos. Hoy hemos vuelto a casa con las piernas cansadas, la cabeza despejada y unas cuantas imágenes en nuestra memoria. Otro de esos días que no necesitan adornos para convertirse en un buen recuerdo. Quizá esa sea una de las mejores cosas de la montaña: que el paisaje puede ser el mismo, pero nunca lo es del todo. Cambian la luz, el tiempo, o la persona que camina a tu lado. Así que hoy, además de subir una montaña, hemos compartido un pedacito de vida, que a fin de cuentas es de lo que va esto. Y si mañana otro amigo me pregunta: “Javi, ¿me llevarás a otra montaña o a un barranco?”, seguramente volveré a decir que sí. Porque hay cosas que no se acaban: La curiosidad, la amistad y las ganas de naturaleza son algunas de ellas. ¡Hasta la próxima, Turbón! Y gracias amigo por regalarme otra de esas jornadas que hacen que todo esto siga mereciendo la pena.











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