Hay una edad… (Pronto cumpliré cincuenta y todos) en la que uno empieza a mirar hacia atrás y a darse cuenta de que algunas cosas que parecían simplemente una costumbre eran en realidad una forma de construirte.
Llevar más de cuarenta años haciendo deporte de manera continua
y sin interrupciones, no es solo una cuestión de genética, de suerte o de haber
nacido con una buena condición física. Durante mucho tiempo pensamos que vernos
bien, quizá, era algo que simplemente nos había tocado en suerte. Pero llega un
momento, cuando la edad empieza ya a pesar, en que hay que reconocer que una
parte importante del mérito también es tuyo.
Aunque tampoco conviene engañarse: la suerte cuenta. Y
mucho. Hay enfermedades, lesiones y circunstancias que aparecen sin pedir
permiso y que pueden cambiar una vida en un instante. Nadie está completamente
a salvo y nadie puede atribuirse todo el mérito de cómo ha llegado hasta aquí.
Cuidarse no garantiza nada, pero sí puede ser una de las mejores inversiones
que hacemos pensando en el futuro.
Porque detrás de un cuerpo que todavía responde, de unas
piernas que siguen subiendo montañas, de unos pulmones que todavía encuentran
aire y de unas ganas que no han desaparecido, hay miles de días. Días de frío,
de calor, de cansancio o de pereza. Días en los que no te apetecía salir y, aun
así saliste. No ha sido una enorme decisión tomada una sola vez, sino miles de decisiones
pequeñas repetidas durante décadas.
Quizá la juventud nos regaló mucho, pero mantener algo
cuando la juventud ya se va marchando tiene otro valor. Para mí, a estas
alturas, el deporte ya no es solo una manera de estar en forma. Es también una
forma de invertir en mí mismo, en mi futuro y en la posibilidad de seguir
haciendo durante muchos años más algunas de las cosas que me hacen sentir vivo.
Y por eso, cuando uno se mira al espejo con una edad
madura y todavía se reconoce fuerte, ágil y vivo, quizá debe dejar de pensar
que simplemente ha tenido suerte. Suerte, sí. Porque siempre hay una parte que
no depende de nosotros, pero después de más de cuarenta años insistiendo, algo
de ese mérito también te pertenece.
Porque inevitablemente el tiempo nos va quitando cosas:
La juventud, la velocidad, algunas capacidades, personas e incluso sueños, pero
hay otras que, si las cuidamos durante toda una vida, podemos conseguir que
sigan siendo nuestras.
Y quizá eso también sea envejecer bien: aceptar lo que el
tiempo nos quita, agradecer lo que nos permite conservar y entender que
cuidarse hoy en cierta manera es regalarle algo al hombre o mujer que seremos
mañana. Es mi opinión.





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