miércoles, 16 de septiembre de 2026

El valor de mirar a los ojos

El otro día haciendo zapping sin buscar nada en concreto, me topé de repente con un programa de televisión que aquella noche me acompañó hasta la cama, y al día siguiente mientras caminaba por el monte siguió rumiando en mi cabeza: Salvados de laSexta. En concreto un capítulo titulado “El encuentro”, en el que Fernando Garrido se sentaba frente a frente con José Miguel Latasa, uno de los miembros de ETA que participó en el atentado en el que fueron asesinados sus padres y su hermano en San Sebastián en 1986…

Y claro, lo que más me impactó no fue solamente el testimonio que se contaba, que ya de por sí era estremecedor, sino la persona que estaba sentada a uno de los lados de esa historia: Fernando Garrido. Fernando es un amigo, y quizá precisamente por eso lo que vi me llegó al alma de manera diferente.

Hace muchos años tuve la suerte de compartir con él una expedición al Cho Oyu. Y allí conocí a un montañero acostumbrado a convivir con la dificultad, el frío, el miedo, la incertidumbre y esos instantes en los que uno descubre de qué está hecho realmente, pero sobre todo conocí a la persona… Antes de conocerlo, como aspirante a montañero, admiraba ya a Fernando por sus ascensiones, sus récords, y  toda esa historia que había detrás de aquel, para mí mítico alpinista. Pero después de compartir con él aquella experiencia, descubrí que había mucho más detrás de sus montañas. Y todo aquello que hasta entonces me había parecido tan extraordinario, curiosamente quedó en segundo plano y lo que realmente comencé a admirar fue su manera de estar en la vida, de afrontar aquello que le había tocado vivir, y sobre todo a la persona que había decidido ser.

Desde entonces, como la vida va poniendo por medio kilómetros, obligaciones y años, hemos coincidido menos de lo que seguramente nos habría gustado a los dos… pero hay personas que aunque no formen parte de tu día a día, de alguna manera permanecen siempre en ella, y Fernando es una de ellas. Y la admiración sigue estando ahí, pero además el cariño y esa sensación de que cuando nos encontramos parece que el tiempo no ha pasado. Cada vez que muy de vez en cuando paso por Jaca, Fernando es una de las primeras personas a las que escribo, y si está, intentamos vernos y tomar al menos una cerveza juntos, y si no está, siempre me recuerda lo mismo: ´-“Te recuerdo que tienes una habitación en mi casa para cuando quieras subir”... Sé que algún día aceptaré esa invitación. En algún momento lo haré, Fernando.

Por todo esto me impactó tanto verle allí sentado frente al hombre que participó en el atentado que acabó con la vida de sus padres y de su hermano.

Aquel día de 1986 Fernando estuvo a punto de subir a aquel coche. Se despidió de ellos en la puerta, y por una de esas casualidades que cambian tu vida para siempre, decidió no hacerlo. Pocos minutos después el coche estalló y sus padres y su hermano murieron…

Y mientras seguía viendo el programa cada vez más ensimismado, la historia fue llevando la conversación hacia algo que, para mí resulta mucho más difícil de comprender que cualquier cima: “el perdón”. El valor de pedir perdón, que posiblemente exige el remordimiento y la enorme humildad de reconocer el daño causado, y la generosidad de quien decide perdonar aun sabiendo que nada puede borrar lo sucedido. Porque perdonar no significa olvidar, ni mucho menos justificar. El pasado no se puede cambiar y heridas que posiblemente nunca dejen de doler, pero tal vez exista un perdón que no busca liberar al otro de su culpa, sino liberarse uno mismo del peso de aquello que ocurrió.

Hace unos cuantos años, Latasa había escrito una carta a Fernando para pedirle ese perdón. Y lo hizo sin exigir que Fernando se lo concediera. Sencillamente necesitaba asumir lo que había hecho y decírselo. Fernando le respondió entonces con una sencillez que conociéndolo, me pareció muy suya: agradeció su valentía, consideró sincero su arrepentimiento, y dejó abierta la posibilidad de conocerse algún día. Quince años después, llegó ese día.

Y Salvados fue construyendo un programa entrevistando inicialmente a cada uno por separado. Escuchando sus historias, sus recuerdos y la manera en la que afrontaron todo aquello, hasta que llegó el momento de encontrarse. Ambos decidieron que querían hacerlo en un refugio de montaña sin cámaras ni testigos y el programa respetó su decisión. No hubo preguntas, ni micrófonos, ni una cámara buscando un primer plano del perdón o una reacción que pudiera convertirse en un gran momento televisivo. Tan solo desde lejos, a través de una ventana, una imagen en la que se ve llegar a Fernando, darle la mano y sentarse frente a él a hablar. Nada más.

Y para mí fue suficiente. Quizá incluso mucho más que suficiente.

Porque aquel momento no le pertenecía a Salvados, ni a su presentador, ni siquiera a nosotros. Pertenecía a ellos dos únicamente.

Después el programa vuelve a mostrarnos a cada uno al salir por separado. Primero a Latasa con un caminar turbado, visiblemente emocionado, y como si de repente se hubiera quitado un peso de encima que había llevado durante años. Y después también a Fernando visiblemente emocionado. Y lo que más me impresionó no fue el abrazo que Latasa contó que le dio Fernando al finalizar aquel encuentro, sino todo lo que creo que había detrás de ese abrazo: Y esto que ahora escribo es lo que yo interpreté de esa lección de perdón y valentía; Que Fernando pudiendo haber elegido rencor, o haber decidido que aquella persona no merecía ni siquiera ser escuchada, (y nadie habría podido cuestionarle ni ese dolor ni esa decisión), eligió escuchar. Y sobre todo, me quedó muy dentro una frase suya cuando le preguntaron si le había dicho que lo perdonaba; Fernando primero respondió: “¿Quién soy yo?”… y después, tras una pausa, añadió que si directamente lo que le preguntaba es si lo perdonaba, “Sí, claro que le perdono”… Qué difícil es algo tan sencillo.

Porque perdonar no significa olvidar, ni justificar, ni decir que no importó lo que ocurrió. Y tampoco significa borrar el dolor o hacer como si hubiera pasado nada. Simplemente significa dejar de alimentar algo que ya pertenece al pasado. Y todo esto me hizo pensar que en cierto modo, todos llevamos alguna mochila. Claro… algunos con muchas más piedras que otros. Pero que llega un momento en la vida, en el que uno ha de decidir qué quiere seguir cargando y qué quiere dejar atrás. Creo (y esto es solo una suposición mía) que Fernando ha cargado durante cuarenta años con una historia que no eligió, y que aun así, cuando tuvo delante a la persona que forma parte de ese siniestro e incontrolado pasado, decidió mirarla a los ojos. Y para mí eso es una forma de libertad enorme.

Siempre he pensado y he escrito que la montaña te enseña muchas cosas: Te enseña a sufrir, a esperar, a tener paciencia, a convivir con el miedo, o a aceptar que no todo depende de ti…

Pero también te enseña algo mucho más importante: Que después de hacer una cima siempre hay que seguir caminando. Y quizá la vida sea eso un poco: No podemos volver a bajar por donde subimos, ni recuperar a quienes se fueron, ni cambiar determinadas decisiones, ni determinadas tragedias, pero sí podemos decidir qué hacemos con todo ello; Quedarnos permanentemente mirando atrás hacia el pasado, o levantar la cabeza y mirar hacia delante. Al futuro. Por eso, después de ver el programa, volví a pensar y reconocer a ese Fernando que conocí aquella expedición. Un montañero que sabía que para llegar arriba había que dar un paso detrás de otro. Sin ruido. Sin grandes gestos. Sin rendirse cuando se ponían las cosas difíciles. Y pensé que quizá la montaña más difícil que ha tenido que subir Fernando no estuvo en los Andes o el Himalaya. Que quizá fue esta. La de enfrentarse a su propia historia, y mirar a los ojos a quien formó parte de ella. La de escucharle. La de perdonarle. Y sobre todo la de tener la grandeza de seguir caminando después. No sé si el perdón cambia el pasado. Seguramente no. Pero sí creo que puede cambiar el lugar desde el que uno decide vivir su futuro. Y viendo y escuchando a Fernando en ese programa, una vez más tuve la sensación (esta vez sin crampones, sin cuerda y sin montaña) de que me estaba enseñando algo. Simplemente mirando a los ojos.

Gracias de nuevo Fernando.







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