domingo, 17 de mayo de 2026

XI Trail Sierra de la Carrodilla



Hay textos que no envejecen.

Solo esperan el momento adecuado para volver a releerlos, reescribirlos y a encontrarse con nosotros.

Este que hoy reescribo lo escribí en 2019, tras otra de mis participaciones en la Trail de Estadilla. Y ayer sábado, en mi (No sé cuánta participación.. siete u ocho) en esta carrera, mientras corria de nuevo por la Sierra de la Carrodilla, me di cuenta de que apenas tendría que cambiar nada. Casi podría transcribirlo punto por punto. Porque hay lugares, personas y carreras que por suerte no pasan: permanecen.

Siempre he pensado que los amigos son la familia que uno elige.

Y no pretendo hablar de amistad, que también. Pretendo hablar de CARRERAS. Así, con mayúsculas. De esas pocas capaces de crear un vínculo profundo con quien las corre. Un vínculo que no nace de la casualidad ni del marketing ni de la vacía espectacularidad, sino de algo mucho más difícil de construir: la verdad.

Porque igual que ocurre con los amigos de verdad, hay carreras que no aprietan, ni exigen fingir nada, ni duelen más de la cuenta. Carreras que simplemente te abrazan tal y como llegas. Para mí esta, la Trail de Estadilla siempre ha sido eso.

Un afecto compartido y desinteresado que se fortalece año tras año con el trato, la complicidad, las fugaces conversaciones en un avituallamiento, el ánimo sincero de quien apenas te conoce y la certeza de saber que allí todos remamos en la misma dirección.

Probablemente este texto nace también por asociación de ideas. Porque en Estadilla tengo muchos amigos. Algunos de esos que eliges y terminas llamando familia sin necesidad de decirlo demasiado. Y quizá por eso esta trail siempre me fascina.

Porque en pocas carreras la línea entre organización, voluntarios, corredores y público resulta tan fina que prácticamente desaparece. Aquí nadie parece ocupar un papel concreto durante demasiado tiempo. El que hoy anima mañana corre, el que ayer llevaba dorsal hoy hace de escoba o reparte agua, y todos entienden que lo importante nunca fue solamente llegar a meta.

La Trail de Estadilla me sigue sorprendiendo precisamente porque conserva intacta su esencia.

Aquella carrera familiar que hace años impulsó Fernando Latorre y que después han sabido cuidar y hacer crecer sus herederos, mantiene algo muy difícil de encontrar cuando las pruebas maduran: el alma. Y eso no sucede por accidente.

Sucede porque hay cariño detrás de cada detalle. Porque se mejora sin perder identidad. Porque se busca más la calidad humana que la cantidad de dorsales. Y porque quienes volvemos cada año sabemos perfectamente lo que esperamos encontrar allí: amistad, épica y verdadero afecto. Ayer volvió a pasar.

Volví a cruzarme con personas que, desde cualquier rincón de la carrera (corriendo, animando, fotografiando, avituallando o simplemente esperando en la plaza) consiguen que uno se reconozca un poco mejor a sí mismo.

Y no sé explicar muy bien cómo lo logra esta carrera, pero siempre termina dejándonos emociones limpias. De esas que duran más que las agujetas.

Quizá por eso me atrevo a decir que la Trail de Estadilla es para mi, de alguna manera, la carrera de la amistad.

Luego está la Sierra de la Carrodilla, claro. Su dureza. El calor (ayer menos) que ya forma parte inseparable de su identidad. Ese paisaje que obliga a conversar con uno mismo mientras las piernas negocian cada subida. Allí cada corredor vive su pequeña epopeya personal.

Da igual el ritmo, la posición o el objetivo. Todos terminamos librando alguna batalla íntima y todos, de un modo u otro, salimos fortalecidos.

Porque esta es una carrera para debutar, para disfrutar, para volver una y otra vez o para quedarse para siempre. Para correr solo o acompañado. Para competir o simplemente sentir.

Y quizá lo más bonito sea que da exactamente igual cómo llegues.

Da igual si eres de los primeros, de los últimos, si haces de escoba, de voluntario, de speaker o de acompañante. Siempre encuentras un sitio. Siempre puedes ser tú mismo, sin filtros ni artificios.

Eso también define a las grandes carreras. La confianza.

La certeza de saber que puedes confiar plenamente en quien organiza, en quien espera en un cruce bajo el sol o en la persona que corre a tu lado compartiendo silencio y calor.

Y cuando las cosas salen bien, lo celebran contigo. Pero cuando salen peor, también te sostienen. Y eso, en el fondo, es lo que verdaderamente importa. Porque la reciprocidad es eso: un vínculo compartido donde no hay intereses, solo ganas sinceras de compartir tiempo, esfuerzo y experiencias. Una carrera de amigos para amigos. Y por eso siempre vuelves.

Porque sabes que allí arriba, entre senderos, calor y polvo, hay algo que merece la pena reencontrar cada año.

La Trail de Estadilla es exigente, sí. Pero nunca te exige dejar de ser quien eres. Igual que hacen los amigos de verdad. Esos que eliges. Quienes habéis tenido la suerte de vivirla alguna vez (ayer o hace años) seguramente entenderéis lo que intento decir.

¡¡Larga vida a la Trail de Estadilla!!










GUIAR


Basta con que la primavera vuelva a despertar la naturaleza, que el sol comience a templar las rocas y los ríos, para que saque de nuevo la cuerda, el neopreno, y regresen a mi mente pensamientos que sé que ya nunca terminarán de irse. Empieza otra vez esa época en la que me gusta perderme entre el agua, la piedra y el silencio (madrugando) de los cañones de le Sierra de Guara.

A menudo la gente me pregunta qué es lo que me mueve a guiar, y reconozco que no es fácil de plasmar en palabras. Esa profunda pasión por compartir no nace de la simple idea de mostrar un camino o un mapa, sino de una visceral necesidad de llevar a los demás (sobre todo a quien quiero) a conectar con mis propios sentimientos y con la esencia de los paisajes que me han marcado. Es un primitivo deseo de empujarlos a vivir una experiencia pura en la naturaleza; algo tan íntimo, inmenso y sobrecogedor que mis palabras se quedan cortas y que solo cobran verdadero sentido cuando se siente en primera persona, en el rio o allí arriba, compartiendo el mismo horizonte.

Concretamente, el descenso de barrancos cambió mi vida de una forma que entonces no fui capaz de comprender del todo. La primera vez con catorce o quince años… Con el tiempo entendí que había sido mucho más que una actividad o una afición: fue mi verdadera escuela en todos los sentidos: Allí aprendí a moverme con respeto por la naturaleza, a tomar decisiones en momentos de incertidumbre, a confiar en los demás y en mí mismo, y a aceptar que la aventura siempre implica cierto grado misterio. Fue el origen de una pasión que no ha dejado de crecer, una forma de entender el mundo desde la curiosidad y el deseo constante de explorar. Desde aquellos primeros descensos, todo lo que vino después (cada viaje, expedición, cada reto, cada nueva experiencia) llevaba de algún modo la huella de ese inicio entre cañones, agua y roca en la Sierra de Guara.

Más de cuarenta años practicando esto. A veces como guía casi profesional, otras como monitor, y muchas otras (ahora todas) simplemente como ese amigo con experiencia al que otros siguen porque confían en él. No solo en los barrancos. También en montañas, senderos, y viajes de aventuras que nos han llevado hasta Tanzania, Nepal, India, Perú, Bolivia o Marruecos. Lugares inmensos que, al final, siempre terminan convirtiéndose en escenarios enormemente generosos.

Con el tiempo he entendido que lo que realmente me llena no es ningún destino concreto ni la actividad en sí. Es la mirada de quien descubre algo por primera vez. Esa silenciosa satisfacción de saber que alguien ha vivido algo auténtico gracias a compartir un trozo de camino conmigo.

Porque guiar, en el fondo, no es mostrar ningún lugar. Es despertar la manera de mirarlo.

Un guía no se define por la cuerda que instala, la montaña que conoce o la técnica que domina. Se define por el sentido que le da a todo eso. Por su capacidad de transformar una experiencia en algo que permanezca dentro de otros mucho después de haber terminado y quizá para toda su vida.

Y para lograrlo hace falta algo más que conocimientos. Hace falta sensibilidad. Humildad. Escuchar mucho. Observar todavía más. Saber leer los silencios, los miedos, las inseguridades o la emoción contenida de quien tienes detrás. Entender que cada persona deposita en ti algo muy valioso: su confianza.

De Pepe Chaverri con el que comencé, aprendí que la verdadera experiencia no necesita exhibirse ni venderse; se nota en la forma de actuar, en la calma, en la capacidad de transmitir seguridad sin imponerse. Al final, sabe más quien comprende lo esencial y sabe compartirlo, que quien acumula historias para ser admirado.

Tal vez por eso siempre he sentido que acompañar a otros es una forma de servicio. Una hermosa responsabilidad. Intentar que alguien disfrute, aprenda, se sienta capaz o incluso venza un pequeño miedo. Y hacerlo sin ocupar el centro.

Porque un buen guía no solo muestra. También educa. Inspira. Protege. Motiva. Y a veces incluso sin darse cuenta transforma.

Y eso exige entrega. Paciencia. Disciplina. Saber dar sin esperar a cambio nada. Aunque, curiosamente, siempre acabas recibiendo muchísimo más de lo que das.

A mí me sigue emocionando compartir caminos, enseñar rincones, contagiar pasión y ayudar a descubrir. Quizá porque otros antes lo hicieron conmigo. Personas que me marcaron sin grandes discursos, simplemente estando ahí.

Y al final, si tuviera que resumir lo que significa guiar, lo diría de una forma muy sencilla: amar

Es mi opinión.






















sábado, 9 de mayo de 2026

EL CORRER COMO ALQUIMIA DEL SER


Es natural que, después de más de cuarenta años dejando huellas sobre el asfalto y sobre todo perdiéndome por caminos, quienes me conocen y empiezan a correr acaben preguntándome algún consejo. Y la verdad es que nunca me he sentido ningún experto ni especialista. Yo empecé como sigo corriendo hoy: “corriendo por correr”. Sin metas, ni cronómetros dictando el sentido de mis zancadas.

Con los años llegaron las carreras, los dorsales, el ímpetu de alguna competición y también la silenciosa intimidad de las largas distancias. Pero fue precisamente el paso del tiempo el que terminó revelándome algo que, en el fondo, ya supe desde aquellas primeras salidas cuando comencé a salir carretera de Fornillos a los 16 años: correr no es algo que hago, es algo que soy.

Porque para mí el movimiento nunca ha sido desgaste, sino una manera de habitar el mundo. Mi forma de ordenar el ruido de fuera, de escucharme, y en muchas ocasiones de reconciliarme conmigo mismo. Correr para mí es una meditación activa donde mi cuerpo se vacía de fuerzas mientras mi alma, curiosamente, vuelve a llenarse.

¿A qué viene esta reflexión?... Pues… la semana pasada un compañero de trabajo me lanzó esa eterna pregunta del que empieza que me han hecho ya más de una vez:

—“¿Qué hago para comenzar a correr… por kilómetros o por tiempo?”

Y sonreí. Porque detrás de esa duda que aparentemente es sencilla, en realidad, se esconde el primer paso de un viaje mucho más profundo de lo que imagina.

Mientras le sugería y explicaba que para mí lo más sabio es hacerlo por tiempo (comenzar con apenas diez o quince minutos y constancia, y con el paso de los días, sin sufrir nada, subir a media hora sin preocuparse por la dictadura de la distancia), comprendí que mis palabras trascendían el entrenamiento. 

Al aconsejarle que no se obsesionara con la distancia, sino que se madurara con el tiempo, me di cuenta de que no le estaba hablando solo de una técnica de carrera que en realidad yo desconozco. Le estaba hablando de la arquitectura de una vida corriendo. Algo que sí sé.  Y que aquella charla era, en esencia, una lección sobre cómo aprender a transitar por el mundo: con paciencia, presencia y la humildad de quien sabe que la recompensa es el camino en sí mismo y no la distancia recorrida y mucho menos la meta. Porque casi todo en nuestra vida se ha convertido en distancia y metas. Cuántos proyectos terminamos. Cuánto dinero ganamos. Cuántos idiomas sabemos. Cuánto avanzamos. Hemos transformado la existencia en una sucesión de metas visibles, cuantificables y sobre todo comparables. Como si vivir consistiera únicamente en llegar antes o más lejos que todos los demás. Qué pena…

Así que algo tan trivial e insignificante como correr por tiempo, al menos al principio, te obliga a reconciliarte con tu propio ritmo y equilibrio. No importa cuánto avances; importa permanecer en movimiento. Y al poco tiempo, tu cuerpo dejará de ser un artefacto de rendimiento para convertirse en un lugar donde se escucha. Diez minutos, media hora o con el tiempo una hora o más, no exige conquistar nada. Solo estar ahí, respirando, aceptando tu cansancio, y dejando que el pensamiento vaya y vuelva como el aire de tus pulmones. Como una meditación. Es una meditación. Quizá por eso me pareció una pequeña metáfora de la vida.

Hay una edad en la que uno descubre que no siempre necesitas saber cómo de lejos has llegado. Que basta con sostener el paso. Seguir saliendo. Volver mañana. Y aprender a habitar ese trayecto sin exigir constantemente una llegada y mucho menos una meta.

Desde hace muchos años, observo a la gente que se inicia en esto de correr, y la distancia los seduce porque les promete una prueba objetiva: tantos kilómetros corridos, equivale a progreso. Por el contrario, el tiempo es ambiguo. Media hora puede ser un día suave y al día siguiente durísima. Y precisamente eso es lo verdadero: Que el valor de las cosas no siempre puede medirse con un reloj inteligente multideporte con GPS. Que hay días que avanzar poco requiere un enorme esfuerzo y una valentía que no se ve, ni se registra en ningún track que se pueda compartir en redes sociales.

Pensé también que quizá el error actual sea ese: mirar demasiado el reloj y el mapa al mismo tiempo. Queremos controlar cuánto falta y cuánto hemos hecho, y terminamos perdiendo la experiencia misma de correr (o caminar). Nuestro cuerpo, sin embargo, entiende otra lógica: la de la humilde repetición. Un pie delante del otro. Sin épica. Sin estadísticas. Solo con constancia.

Así que tal vez diría y aquí escribo, que empezar a correr por tiempo sea una forma discreta de aprender a vivir mejor: De dejar de preguntarte tan a menudo “¿cuánto he hecho?” y empezar a preguntarte “¿he sido capaz de continuar?”. Puesto que, al final, muchas de las cosas más importantes (amar a alguien, sostener una amistad, construir una vida íntegra, o conocerse a sí mismo) no se conquistan por distancia recorrida, sino por tiempo vivido. Es mi opinión.
















domingo, 3 de mayo de 2026

MADRES

 


Para mí el día de la Madre ya no es solo una fecha en el calendario; es una rendija en el tiempo por la que se cuela en mi memoria nostalgia, gratitud y reconocimiento. Así que hoy quiero escribir algo íntimo, y cómo no podría ser de otra forma, ya de paso recordar y homenajear a mi madre. Su forma de vivir la dificultad cuando la vida decidió ponerla a prueba y dejarla sola con tres urgentes necesidades; tres hijos de 6, 8 y 9 años… Tres pequeños universos orbitando a su alrededor. Y aun así, no se rompió. O tal vez sí, pero debió pensar que hay fracturas que no se muestran, y que el amor también consiste en proteger. Acordarme una vez más como sacó adelante nuestras vidas con esa mezcla de coraje, sacrificio y un amor, que solo ahora, con el paso del tiempo, alcanzo a ver con total claridad. Por entonces no lo sabía, pero estaba asistiendo a una silenciosa lección sobre lo que significa resistir sin hacerse duro, sin endurecerse.

No la recuerdo dando grandes discursos ni prometiendo lo imposible. La recuerdo haciendo lo fundamental: estar. Siempre estar. Su presencia como forma de filosofía práctica. Resolviendo todo lo que parecía imposible. Convirtiendo en rutina la incertidumbre, el miedo en abrigo y la escasez en dignidad. Mi madre fue (y aunque ya no esté, aún es) mi más clara idea de lo que significa sostener, cuidar y avanzar cuando no hay más alternativa. Ética sin palabras, y una forma de amor sin explicación…

También hoy me paro a pensar en la madre de mi hija. Porque con el tiempo he entendido que madurar es saber mirar y reconocer sin excusas ni orgullo: Y aunque la vida te lleve por caminos distintos, hay vínculos que no se rompen, solo cambian de forma. Y el nuestro sigue teniendo un enorme propósito claro y compartido: la educación y “felicidad” de nuestra hija.

La observo en su manera de ser madre y no puedo dejar de admirar y reconocer lo bien que lo hace. En ella hay entrega, constancia y sobre todo, amor. Un amor que se refleja en ese vínculo tan bonito que ha construido con nuestra hija, lleno de cariño, complicidad y confianza, que poco a poco crece y con el tiempo se fortalece. Y eso basta. Eso merece respeto, reconocimiento y gratitud. Porque, más allá de cualquier historia compartida o separada, hay algo que permanece intacto: el bienestar de nuestra hija y la tranquilidad de saber que tiene a su lado a una gran madre.

Y después, inevitablemente pienso en todas las madres.

En las que están y en las que ya no. En las que luchan en silencio, en las que sostienen familias enteras con lo mínimo, en las que trabajan dentro y fuera de casa, en las que crían solas, en las que acompañan, en las que enseñan con una paciencia que parece no tener fondo, o en las que, sencillamente, cuando más falta hacen siempre están. Cada vez tengo más clara la percepción de que las madres no solo sostienen hogares; sostienen el mundo. Quizá no sea casualidad que también sean la puerta por la que llegamos a él. Porque antes de enfrentarnos a la vida, habitamos en ellas un tiempo suspendido, puro, donde todo es un latido. Su latido.

En un mundo tan convulso como el nuestro, no puedo evitar pensar que si las madres lo gobernaran, muchas cosas funcionarían de otra forma. Más lógica. Más concreta. Más humana: “Esto se arregla así y punto”. “No estamos para tonterías”. “Os sentáis, lo habláis y no os levantáis hasta que lo solucionéis”. “Te lo dije”. “¿Has mirado bien?”…

No, quizá no sería un mundo perfecto, pero probablemente sería uno donde las cosas aparecen en su sitio, donde no habría hambre, donde nadie saldría sin abrigo si hace frío… y donde más de uno se iría a la cama sin cenar por no saber comportarse.

Luego está la parte más difícil de este día de la madre (por la que en parte ya he empezado esta narración). Esa que llega sin avisar, casi siempre cuando por fin entendemos lo que significa para nosotros nuestra madre… y es lo que significa perderla. Cuando poco a poco, casi sin darnos cuenta, empezamos a ver cómo se va apagando despacio. O empezamos a despedirnos. De la nuestra, o incluso como a mí me está sucediendo ahora, de las madres de mis amigos de la infancia; esas que también nos dieron de comer o merendar, nos riñeron, o nos cuidaron como si fuéramos un hijo más de su familia. Y duele, porque no es solo la pérdida de una persona, sino de un refugio. De ese lugar donde, por un instante, todo estaba bien. Es ley de vida, dicen. Y lo es. Pero la ley a veces no consuela…

No siempre se las reconoce. No siempre se las entiende. A veces, incluso, se les exige más de lo racional. Pero ahí siguen. Firmes. Constantes. Imprescindibles. Por eso, este escrito no es solo un homenaje a mi madre ni a la madre de mi hija. Es un humilde intento  de poner palabras a esa fuerza que no se ve, pero que hace todo posible… me río del mago Pop.

Feliz Día de la Madre a todas. Un beso mamá. 





domingo, 26 de abril de 2026

EL HOPITAL COMARCAL DE BARBASTRO:

 


Hay algo que desde hace unos meses me resulta difícil ignorar, ya que aparece una y otra vez allá donde miro o escucho. Y no es solo un murmullo de fondo en conversaciones de bar, sino una especie de lamento que se extiende en las redes sociales, prensa, concentraciones o encuentros vecinales. Un réquiem por el Hospital de Barbastro. Un malestar que no deja de crecer y que ya no se percibe como algo puntual, sino como una sensación extendida de abandono: faltan de especialistas, escasez de médicos, y como poco a poco parecen diluirse algunos servicios. Y en medio de todo ello, además últimamente una preocupación que golpea con más fuerza que ninguna otra: la situación del servicio oncológico. Según denuncian pacientes y familias, esa falta de personal y la desorganización, han llegado a tal punto que quienes atraviesan la enfermedad se sienten piezas perdidas de un puzle que nadie termina de ordenar, y se ven obligados a moverse entre incertidumbres que nunca deberían formar parte de su tratamiento. No quiero ni imaginar lo que supone que, a un enfermo oncológico que ya vive en ese frágil territorio donde el cuerpo le duele, su mente no descansa y el ánimo le oscila entre la esperanza y el miedo, se le añada además la innecesaria carga de no saber cuándo será atendido, quién llevará su procedimiento, o si responderá a tiempo el sistema. La enfermedad deja de ser su único enemigo, y aparece también la incertidumbre de sentirse desatendido cuando más necesita todo lo contrario.

Antes de continuar mi exposición, quiero poner contexto con algo de historia:

Quizá porque uno no olvida lo que ve a los diez años, recuerdo perfectamente la gran manifestación que se organizó en Barbastro en 1977 reclamando su construcción. Vivíamos en la calle San Ramón, en un primer piso con balcones que daban a la avenida General Ricardos, y desde esos improvisados y privilegiados palcos, estábamos acostumbrados a ver pasar cabalgatas de Reyes, pasos solemnes de Semana Santa o los alegres desfiles de las fiestas. Pero ese día, la calle dejó de ser calle para convertirse en una riada humana: pancartas que se agitaban, voces que gritaban, y una energía difícil de entender para un niño, pero imposible de ignorar y menos aún de olvidar. Desde allí arriba, con mezcla de curiosidad infantil y desconcierto, pensaba que los adultos se habían vuelto locos… ahora sé, que por una vez, se habían vuelto muy cuerdos. Con los años he entendido que la memoria funciona igual que aquel balcón: crees que estás solo mirando, y en realidad está formando parte de la historia que contarás años después.

Y lo curioso o irónico, según se mire, es que ese clamor colectivo terminó convirtiéndose en el lugar donde mi madre se dejó media vida trabajando.

Entró a trabajar en el Hospital en la por entonces sección de plancha, y después de celadora. Pasó muchos años recorriendo esos pasillos con esa sonrisa mezcla de brillo y humanidad que la caracterizaba, hasta el día de su jubilación. Como allí se dice: “Era de la casa”, y por tanto así me he sentido también siempre yo.

Ahora escribiéndolo, me resulta curioso ese encadenado de historias colectivas que contiene este relato: primero hubo quienes salieron a la calle para reclamar que existiera el hospital, posteriormente llegaron personas (como mí madre o más familiares y amigos) que lo sostuvieron día a día, turno a turno con su trabajo, y después el como para mí siempre será el punto donde una reivindicación colectiva se convirtió en esfuerzo cotidiano y la base que permitió a una madre sacar adelante a sus tres hijos.

El hospital se inauguró en 1984, y su apertura respondió a la necesidad de dotar a la comarca del Somontano y zonas cercanas de un hospital moderno, y así evitar desplazamientos a Huesca o Zaragoza para recibir atención médica especializada, y desde entonces siempre ha sido un orgullo para Barbastro y alrededores.

Pero… lo que en su momento sentimos como una intrínseca satisfacción, ahora empieza a revelarse como un amplio problema, estructural y persistente. Porque lo que hoy ocurre en el hospital de Barbastro, por desgracia no es ni un caso puntual, ni una desafortunada excepción: es el reflejo de un deterioro que afecta a pacientes, familias y profesionales por igual. Y precisamente desde esa vivencia personal (contexto), es desde donde nace mi necesidad de alzar la voz y censurar lo que está pasando.

Hoy en día hay lugares donde se estudia filosofía, y otros como el Hospital Comarcal de Barbastro, donde en vivo y en directo se practica: Puesto que allí hoy uno aprende sobre la fragilidad de la existencia, lo de que el tiempo es relativo, y que la esperanza… bueno, que la esperanza depende de si esa semana hay oncólogo o no, para ser lo último que se pierda…

Porque claro, un oncólogo en Barbastro ha pasado a ser una figura casi mitológica, como los unicornios o las citas en breve espacio de tiempo. Se habla de ellos, se recuerdan con cariño (porque algunos aún recuerdan su existencia), pero verlos, lo que se dice verlos, parece reservado a unos pocos que han sabido pedir correctamente su deseo antes de soplar las velas.

Mientras tanto, los pacientes hacen un acelerado máster en estoicismo y aprenden a aceptar lo inevitable: retrasos, incertidumbre y esa emocionante sensación de que tu tratamiento puede depender más de una agenda que de la ciencia.

En medio de todo esto, conviene decir algo que debería ser obvio pero a veces olvidamos: Que quienes están allí al pie del cañón no son el problema. Por el contrario, son una especie de discretos héroes y malabaristas de lo imposible, que intentan sostener con toda su buena voluntad, entrega y cariño lo que no se sostiene por falta de recursos humanos y quizá económicos. Si la filosofía habla de cargar con el peso del mundo, aquí a diario lo practican, pero con bata y esta vez sin aplausos. Porque… ¿qué difícil debe de ser a diario intentar tapar grietas que tú no has abierto, dar respuestas que no dependen de ti, o poner orden donde otros han decidido que una forma de gestión es el caos?... Y además con esa profesional sonrisa que a veces es más un acto de entereza que de ánimo… como quien sabe que no puede arreglar nada, pero tampoco va a dejar de intentarlo jamás. Desde aquí mil gracias.

Y es que, insisto, la falta de oncólogos no es solo una cuestión sanitaria, es filosófica: ¿Qué es la salud? ¿Qué es el cuidado? ¿Hasta qué punto somos dueños de nuestro destino? preguntas profundas que aquí, en este hospital no se responden, se padecen.

Siempre nos quedará ese humor negro, al que algunos miran raro pero que a mí tanto me gusta, y pensar que en pleno siglo XXI hemos obrado el pequeño milagro de transformar algo tan terrenal como recibir un tratamiento o pedir cita, en una experiencia casi mística cercanas a rezar o tener fe. Quizá el verdadero plan de nuestros políticos nunca fue curar, sino enseñarnos paciencia y resignación. O ambas. En cualquier caso, ¡Alabados sean!... si esta es la lección, lo están haciendo genial: “la salud pública no se rompe de golpe, se desgasta, cita a cita y ausencia a ausencia”.

Así que tranquilos, que seguro que todo está bajo control. Al fin y al cabo, ¿Qué podría salir mal en la vida, cuando lo único que falta… son los especialistas que las salvan?

Resumiendo, al final, toda esta historia (la de mi madre, el hospital y la de un sistema que parece irse apagando poco a poco) es el reflejo de una dejadez que se ha vuelto peligrosamente cotidiana. Entre retrasos, ausencias y promesas que nunca llegan, uno aprende que lo más duro no es solamente una enfermedad inesperada, sino una sensación de abandono disfrazada de normalidad. Una sociedad se mide por cómo cuida cuando más falta hace, y no por lo que promete cuando no hace ninguna falta. Así que sí, queda claro que no debería hacer falta tanto esfuerzo para algo tan simple como estar bien atendido. Porque cuando cuidar bien se vuelve extraordinario, lo que está fallando no es la suerte… es todo lo demás. Ojalá quienes tienen la responsabilidad, recuerden que mirar hacia otro lado también es una forma de decidir, y que a veces la mayor urgencia no está en los pacientes, sino en la conciencia de quienes deben actuar y arreglar esta situación. 

Es mi opinión.