El otro día haciendo
zapping sin buscar nada en concreto, me topé de repente con un programa de
televisión que aquella noche me acompañó hasta la cama, y al día siguiente
mientras caminaba por el monte siguió rumiando en mi cabeza: Salvados de
laSexta. En concreto un capítulo titulado “El encuentro”, en el que Fernando
Garrido se sentaba frente a frente con José Miguel Latasa, uno de los miembros
de ETA que participó en el atentado en el que fueron asesinados sus padres y su
hermano en San Sebastián en 1986…
Y claro, lo que más me
impactó no fue solamente el testimonio que se contaba, que ya de por sí era
estremecedor, sino la persona que estaba sentada a uno de los lados de esa
historia: Fernando Garrido. Fernando es un amigo, y quizá precisamente por eso lo
que vi me llegó al alma de manera diferente.
Hace muchos años tuve
la suerte de compartir con él una expedición al Cho Oyu. Y allí conocí a un montañero
acostumbrado a convivir con la dificultad, el frío, el miedo, la incertidumbre
y esos instantes en los que uno descubre de qué está hecho realmente, pero
sobre todo conocí a la persona… Antes de conocerlo, como aspirante a montañero,
admiraba ya a Fernando por sus ascensiones, sus récords, y toda esa historia que había detrás de aquel,
para mí mítico alpinista. Pero después de compartir con él aquella experiencia,
descubrí que había mucho más detrás de sus montañas. Y todo aquello que hasta
entonces me había parecido tan extraordinario, curiosamente quedó en segundo
plano y lo que realmente comencé a admirar fue su manera de estar en la vida,
de afrontar aquello que le había tocado vivir, y sobre todo a la persona que
había decidido ser.
Desde entonces, como la
vida va poniendo por medio kilómetros, obligaciones y años, hemos coincidido
menos de lo que seguramente nos habría gustado a los dos… pero hay personas que
aunque no formen parte de tu día a día, de alguna manera permanecen siempre en
ella, y Fernando es una de ellas. Y la admiración sigue estando ahí, pero además
el cariño y esa sensación de que cuando nos encontramos parece que el tiempo no
ha pasado. Cada vez que muy de vez en cuando paso por Jaca, Fernando es una de
las primeras personas a las que escribo, y si está, intentamos vernos y tomar al
menos una cerveza juntos, y si no está, siempre me recuerda lo mismo: ´-“Te
recuerdo que tienes una habitación en mi casa para cuando quieras subir”... Sé
que algún día aceptaré esa invitación. En algún momento lo haré, Fernando.
Por todo esto me
impactó tanto verle allí sentado frente al hombre que participó en el atentado
que acabó con la vida de sus padres y de su hermano.
Aquel día de 1986
Fernando estuvo a punto de subir a aquel coche. Se despidió de ellos en la
puerta, y por una de esas casualidades que cambian tu vida para siempre,
decidió no hacerlo. Pocos minutos después el coche estalló y sus padres y su
hermano murieron…
Y mientras seguía viendo el programa cada vez más
ensimismado, la historia fue llevando la conversación hacia algo que, para mí
resulta mucho más difícil de comprender que cualquier cima: “el perdón”. El valor de pedir
perdón, que posiblemente exige el remordimiento y la enorme humildad de
reconocer el daño causado, y la generosidad de quien decide perdonar aun
sabiendo que nada puede borrar lo sucedido. Porque perdonar no significa
olvidar, ni mucho menos justificar. El pasado no se puede cambiar y heridas que
posiblemente nunca dejen de doler, pero tal vez exista un perdón que no busca
liberar al otro de su culpa, sino liberarse uno mismo del peso de aquello que
ocurrió.
Hace unos cuantos
años, Latasa había escrito una carta a Fernando para pedirle ese perdón. Y lo
hizo sin exigir que Fernando se lo concediera. Sencillamente necesitaba asumir
lo que había hecho y decírselo. Fernando le respondió entonces con una
sencillez que conociéndolo, me pareció muy suya: agradeció su valentía,
consideró sincero su arrepentimiento, y dejó abierta la posibilidad de
conocerse algún día. Quince años después, llegó ese día.
Y Salvados fue
construyendo un programa entrevistando inicialmente a cada uno por separado.
Escuchando sus historias, sus recuerdos y la manera en la que afrontaron todo
aquello, hasta que llegó el momento de encontrarse. Ambos decidieron que
querían hacerlo en un refugio de montaña sin cámaras ni testigos y el programa
respetó su decisión. No hubo preguntas, ni micrófonos, ni una cámara buscando un
primer plano del perdón o una reacción que pudiera convertirse en un gran
momento televisivo. Tan solo desde lejos, a través de una ventana, una imagen en
la que se ve llegar a Fernando, darle la mano y sentarse frente a él a hablar. Nada
más.
Y para mí fue
suficiente. Quizá incluso mucho más que suficiente.
Porque aquel momento
no le pertenecía a Salvados, ni a su presentador, ni siquiera a
nosotros. Pertenecía a ellos dos únicamente.
Después el programa
vuelve a mostrarnos a cada uno al salir por separado. Primero a Latasa con un
caminar turbado, visiblemente emocionado, y como si de repente se hubiera quitado
un peso de encima que había llevado durante años. Y después también a Fernando visiblemente
emocionado. Y lo que más me impresionó no fue el abrazo que Latasa contó que le
dio Fernando al finalizar aquel encuentro, sino todo lo que creo que había
detrás de ese abrazo: Y esto que ahora escribo es lo que yo interpreté de esa lección
de perdón y valentía; Que Fernando pudiendo haber elegido rencor, o haber
decidido que aquella persona no merecía ni siquiera ser escuchada, (y nadie
habría podido cuestionarle ni ese dolor ni esa decisión), eligió escuchar. Y
sobre todo, me quedó muy dentro una frase suya cuando le preguntaron si le
había dicho que lo perdonaba; Fernando primero respondió: “¿Quién soy yo?”… y
después, tras una pausa, añadió que si directamente lo que le preguntaba es si
lo perdonaba, “Sí, claro que le perdono”… Qué difícil es algo tan sencillo.
Porque perdonar no
significa olvidar, ni justificar, ni decir que no importó lo que ocurrió. Y tampoco
significa borrar el dolor o hacer como si hubiera pasado nada. Simplemente significa
dejar de alimentar algo que ya pertenece al pasado. Y todo esto me hizo pensar
que en cierto modo, todos llevamos alguna mochila. Claro… algunos con muchas más
piedras que otros. Pero que llega un momento en la vida, en el que uno ha de
decidir qué quiere seguir cargando y qué quiere dejar atrás. Creo (y esto es
solo una suposición mía) que Fernando ha cargado durante cuarenta años con una
historia que no eligió, y que aun así, cuando tuvo delante a la persona que
forma parte de ese siniestro e incontrolado pasado, decidió mirarla a los ojos.
Y para mí eso es una forma de libertad enorme.
Siempre he pensado y
he escrito que la montaña te enseña muchas cosas: Te enseña a sufrir, a
esperar, a tener paciencia, a convivir con el miedo, o a aceptar que no todo
depende de ti…
Pero también te enseña
algo mucho más importante: Que después de hacer una cima siempre hay que seguir
caminando. Y quizá la vida sea eso un poco: No podemos volver a bajar por donde
subimos, ni recuperar a quienes se fueron, ni cambiar determinadas decisiones,
ni determinadas tragedias, pero sí podemos decidir qué hacemos con todo ello; Quedarnos
permanentemente mirando atrás hacia el pasado, o levantar la cabeza y mirar
hacia delante. Al futuro. Por eso, después de ver el programa, volví a pensar y
reconocer a ese Fernando que conocí aquella expedición. Un montañero que sabía
que para llegar arriba había que dar un paso detrás de otro. Sin ruido. Sin
grandes gestos. Sin rendirse cuando se ponían las cosas difíciles. Y pensé que
quizá la montaña más difícil que ha tenido que subir Fernando no estuvo en los
Andes o el Himalaya. Que quizá fue esta. La de enfrentarse a su propia historia,
y mirar a los ojos a quien formó parte de ella. La de escucharle. La de
perdonarle. Y sobre todo la de tener la grandeza de seguir caminando después. No
sé si el perdón cambia el pasado. Seguramente no. Pero sí creo que puede
cambiar el lugar desde el que uno decide vivir su futuro. Y viendo y escuchando
a Fernando en ese programa, una vez más tuve la sensación (esta vez sin crampones,
sin cuerda y sin montaña) de que me estaba enseñando algo. Simplemente mirando
a los ojos.
Gracias de nuevo
Fernando.









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