Soy consciente de que, cuando escribo sobre los cañones
de la Sierra de Guara, a menudo me repito. Vuelvo una y otra vez a lo mismo:
las mismas emociones y a las mismas palabras. Hablo del silencio, la roca, el
agua, el paso del tiempo y la pequeña dimensión del ser humano frente a la
naturaleza. Posiblemente alguien podría pensar: “Este siempre con la misma
historia”. Y probablemente tenga razón. Pero es que hay experiencias tan
profundas que nunca terminan de expresarse del todo. Cada barranco, cada vez,
me devuelven la misma sensación de asombro. Así que, sí, me repito un poco.
Pero después de tantos años descendiendo estos cañones, he aprendido que
algunas realidades merecen ser contadas una y otra vez, porque siguen siendo tan
ciertas y tan hermosas como la primera vez que las sentí.
Hoy los Oscuros del Balces. Llevo más de cuarenta años
descendiendo los oscuros. Cuatro décadas entrando una y otra vez en ese
universo de piedra, agua y sombra que, sin embargo, nunca ha deja de
sorprenderme. Hay lugares que se visitan y lugares que terminan habitándonos a
nosotros...
Todavía recuerdo la primera vez que crucé el umbral de
los oscuros. Era joven y creía que la montaña se conquistaba. Al entrar entre
aquellas paredes verticales, tan altas que parecían cerrar el cielo, sentí algo
que no supe calificar. No era miedo, había respeto. No era solamente
admiración, aunque me dejó sin palabras. Era la sensación de estar entrando en
un espacio primitivo, indiferente al tiempo humano, donde cada roca parecía tener
un secreto y cada salto de agua hablaba un lenguaje que yo aún no comprendía.
Aquellas paredes me impresionaron profundamente. La luz
descendía en franjas finas desde arriba y se confundía sobre el agua oscura. El
silencio tenía un peso, roto únicamente por el rumor de la corriente. Con los
años llegaron las temporadas de guía. Fueron cientos de personas, las que
acompañé por aquel laberinto mineral. Vi el asombro en los ojos de quienes
entraban por vez primera. Escuché risas, nervios, y exclamaciones de sorpresa.
Cada grupo recorría el mismo cañón, pero cada experiencia era diferente.
Mientras les mostraba el camino, comprendí que guiar consiste en compartir tu
mirada. Yo les enseñaba el Balcés, pero ellos también me enseñaban a verlo cada
vez de nuevo, a través de esa intacta emoción de quien descubre algo por
primera vez.
Hoy ya no busco la intensidad de la juventud ni la
responsabilidad de aquellos años de guía. Ahora, vuelvo a los oscuros solo o
acompañado únicamente por algunos amigos. No voy a conquistarlos ni a
explicarlos. Voy a encontrarme con ellos.
Y cada descenso me parece a una conversación con un viejo
amigo. Con alguien a quien no me hace falta decirle nada porque conoce todos mis
silencios. Las paredes siguen ahí. El agua sigue recorriendo el su camino y
seguirá recorriendo cuando yo ya no esté. Sin embargo, quien cambia soy yo. Y
quizá por eso el encuentro nunca es igual.
He aprendido que volver a un lugar durante cuarenta años
no significa repetir la experiencia, sino contemplar el paso de la vida en un
punto fijo. El cañón se ha convertido en una medida de mi tiempo. En sus aguas
veo reflejadas mis distintas edades: el joven que se asombraba, el guía que
enseñaba, el padre que educaba y el hombre que ahora camina más despacio y
escucha más de lo que habla.
A veces pienso que los barrancos son una metáfora de la
propia existencia. Entramos en ellos sin conocer realmente lo que nos espera.
Avanzamos entre luces y sombras, entre estrechos pasajes y espacios abiertos,
creyendo a menudo que somos nosotros quienes elegimos el camino. Pero la que
sabe es el agua. Ella no lucha contra la roca; la acaricia durante siglos hasta
transformarla. Nos enseña que la verdadera fuerza no siempre reside en la
dureza, sino en la constancia.
Por eso sigo volviendo. Porque allí encuentro algo que el
mundo moderno parece olvidar: la paciencia de lo eterno. Allí no me importan
las prisas, los calendarios ni las preocupaciones cotidianas. Solo me importa
el instante presente, el contacto de mis manos con la piedra, el sonido del
agua y la luz filtrándose desde lo alto como una bendición. Que lección.
Cada año, cuando realizo ese descenso que para mí se ha
convertido en un ritual, siento la misma gratitud. Estoy envejeciendo junto a
estas paredes. He aprendido junto a esas aguas. Y mientras pueda seguir
entrando en sus luminosas sombras, seguiré regresando.
Porque hay lugares que terminan formando parte de nuestra
alma.









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