domingo, 26 de julio de 2026

Aigüeta de Barbaruens

 


Hoy he vuelto a descender la Aigüeta de Barbaruens, como hago cada año. Y, una vez más, he sentido esa mezcla de tranquilidad y emoción que me provocan esos lugares que, con el paso del tiempo, se han convertido en parte de mi vida.

Siempre digo que la magia de los barrancos de Guara es muy difícil de hallar en otro lugar. En muchos barrancos del Pirineo descubro rincones preciosos, aguas cristalinas y paisajes espectaculares, pero la mayoría de las veces tengo la sensación de estar descendiendo simplemente por un bonito río. En Guara, en cambio, siento algo diferente. Hay una atmósfera especial, una belleza que no sé explicar con palabras y una sensación de aventura que me acompaña desde el primer paso. Por eso la Aigüeta de Barbaruens me enamoró desde la primera vez que la descendí. Porque aunque está fuera de Guara, sentí que tenía esa misma magia. Es uno de esos dos o tres barrancos del Pirineo a los que siempre quiero regresar.

Quizá sea su roca lisa y deslizante, que obliga a avanzar con respeto y atención. Quizá sea la transparencia de sus aguas, tan limpias y frías que parecen recién salidas de la montaña. O tal vez sea la vegetación, que abraza el barranco durante buena parte del recorrido y hace que uno tenga la sensación de caminar por un lugar casi secreto. Hay rincones donde los helechos crecen con tanta fuerza que, por un instante, tengo la impresión de haber retrocedido miles de años, y estuviera atravesando un paisaje casi prehistórico. No sé cuál es el motivo. Solo sé que cada vez que vuelvo siento exactamente lo mismo que la primera vez.

Siempre ha sido uno de esos barrancos que me gusta enseñar a la gente que quiero. Me encanta ver cómo se sorprenden al descubrir un lugar tan bonito y completo. Es un barranco que se adapta a quien lo recorre. Puedes hacerlo casi como un paseo por el agua, sin más dificultad que algún resbalón caminando, o añadir un bonito tobogán, un salto o algún rincón donde jugar con el río. Nunca obliga a nada. Solo invita a disfrutar.

Con los años he comprendido que los lugares no solo se quedan en la memoria por lo que son, sino por todo lo que vivimos en ellos. Para mí, la Aigüeta es uno de esos lugares que me recuerdan que la verdadera riqueza no está en descubrir siempre sitios nuevos, sino en volver a aquellos que siguen emocionándome como el primer día. Hay lugares que nunca dejan de sorprenderme, que cada vez que los recorro siguen despertando la misma admiración, y que, de alguna manera, me hagan sentir en casa.

 























miércoles, 22 de julio de 2026

Gorgonchón

 

Hay barrancos que impresionan por su longitud, por sus grandes rápeles o por la belleza de sus paredes. Y luego está el Gorgonchón. Apenas trescientos metros de roca apretada entre sí, formando un pasillo tan estrecho que, durante muchos años, fue uno de los puntos negros de la Sierra de Guara. Allí, en los comienzos del barranquismo hace cuarenta años, aprendimos mucho más que técnicas. Aprendimos respeto. Hoy casi pasa desapercibido. La mayoría de la gente prefiere los grandes nombres de Guara y el Gorgonchón se ha convertido en un rincón que visitan pocos. Pero quizá eso también sea una forma de justicia. Los viejos maestros no necesitan hacer ruido para seguir siendo importantes.

Yo, cada vez que vuelvo (cada año), siento que no estoy descendiendo un barranco, sino visitando a un viejo amigo. Uno de esos amigos que ya no necesita demostrar nada, porque todo lo que tenía que enseñarte lo hizo hace muchos años.

Recuerdo perfectamente la primera vez que fui allí con mis compañeros, cuando trabajábamos de guías en verano. Al entrar en su galería final sentí un asombro difícil de explicar. No pensé en lo espectacular que era ni en la dificultad del barranco. Lo primero que me vino a la cabeza fueron las ganas de traer hasta allí a la gente que quería, y compartir con ellos aquello que estaba viendo. Siempre he puesto ese recuerdo como ejemplo cuando he formado a otros guías o monitores para explicar lo que significa descubrir la vocación. Porque un guía no solo acompaña personas; también comparte aquello que un día le hizo abrir los ojos.

Me basta entrar en sus estrechos para que cada vez regresen esos recuerdos. Vuelvo a ver aquellas tardes de hace treinta y pico años en el camping del Vero, junto a Pepe y Alfredo dándole vueltas a cómo ingeniárnoslas para bajar a la gente allí con seguridad. Eran tiempos de aprender casi inventando, de compartir ideas, de equivocarse, de mejorar y de construir, entre todos, la mejor forma de hacer las cosas.

Y cómo olvidar aquellos grupos que guiábamos por el Gorgonchón. Sus caras de preocupación cuando descubrían lo estrecho que era y sus imponentes saltos de agua. El miedo a quedarse atascados. Y Pepe y yo, disfrutando de esas expresiones que, minutos después, siempre acababan transformándose en risas y alivio al salir del último estrecho.

Con los años he comprendido que los lugares también envejecen con nosotros. No cambian las paredes; cambiamos nosotros. Por eso algunos rincones dejan de ser simples paisajes para convertirse en parte de nuestra memoria. El Gorgonchón ya no es solo un barranco. Es un lugar donde aún siguen viviendo quienes fuimos, conversaciones, dudas, risas y la ilusión de una época en la que todo estaba por descubrir.

Hay amigos a los que no hace falta llamar a menudo para seguir queriéndolos. Basta con volver a verlos de vez en cuando para recordar por qué ocuparon ese lugar tan importante en nuestra vida. Para mí, el Gorgonchón es exactamente eso: un viejo amigo al que siempre merece la pena volver a saludar.





















domingo, 19 de julio de 2026

¡OEEE!¡OEEE!¡OEEE!


Nunca he sido futbolero. De niño nada de nada. De hecho, durante años me costaba entender cómo noventa minutos podían alterar el estado de ánimo de la gente, o a veces de un país entero.

Pero con el tiempo he ido comprendiendo que quizá el fútbol nunca fue solo fútbol. Que lo que de verdad mueve a millones de personas no es un simple balón, sino la necesidad de sentir que, por un instante, todos remamos en una misma dirección.

Y ocurre algo curioso: de repente, todos vestimos los mismos colores, celebramos los mismos goles y sufrimos las mismas jugadas. Durante un rato dejamos de ser hinchas de equipos diferentes para convertirnos en un único equipo. Quizá esa sea la verdadera magia; recordarnos que, cuando compartimos una ilusión, pesan un poco menos las diferencias.

En un mundo que aunque globalizado, cada uno vive encerrado en sus preocupaciones, aparece un simple partido de futbol, y es capaz de hacer que se abracen desconocidos, que las banderas dejen de separar para unir y que, durante unas horas, se olvide el peso de la rutina. ¿Es una ilusión? Sí. Probablemente. Pero también lo son muchas de las cosas que nos mantienen vivos.

Y si claro, como siempre, aparecerán quienes critiquen la euforia, o hallen motivos para enfadarse incluso en medio de la alegría. Porque hay personas que parecen sentirse más cómodas buscando sombras que disfrutando de luces. Es su forma de mirar el mundo y la respeto. Pero no la comparto. Lo curioso es que incluso en días así necesitan demostrar que nada merece la pena, que todo está sobrevalorado, o que celebrar es de ingenuos. Creo que confunden el pensamiento crítico con la incapacidad para disfrutar. La vida ya nos pone suficientes trabas. No hace falta fabricarnos más. Yo prefiero pensar que, si algo consigue unir a millones de personas sin preguntarles a quién votan, cuánto ganan o en qué creen, merece, al menos mi sonrisa y mi respeto.

Ya tenemos razones suficientes para preocuparnos cada día. Ya hemos demostrado (por desgracia) que cuando llega una catástrofe somos capaces de marchar juntos, ayudarnos y sacar lo mejor de nosotros mismos. Así que como no hacerlo cuando el motivo sea de alegría. Si hoy España nos regala una, celebrémosla. Y no por el fútbol, sino porque nunca sobran las oportunidades para recordar que, cuando queremos, sabemos caminar juntos, no solo para afrontar las dificultades, sino también para compartir felicidad.

Padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos, amigos, vecinos, compañeros de trabajo e incluso desconocidos durante unas horas dejamos de estar divididos para convertirnos en un "nosotros”. Organizamos cenas, nos reunimos alrededor de una mesa, salimos a las plazas de pueblos y ciudades, entonamos cánticos, nos pintamos la cara, vestimos camisetas (muchas, seguramente, del chino de la esquina, porque probablemente haya pocos países donde, en lugar de presumir de lo cara que nos ha costado la camiseta, compitamos por quién la ha conseguido más barata), nos ponemos gorras, gritamos ¡Oleee!, y por fin, volvemos a sacar las banderas sin miedo a que alguien nos coloque una etiqueta política por hacerlo. Nos abrazamos, sonreímos y gritamos al unísono. Por unas horas recuperamos el placer de estar juntos, de sentir que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos. Y eso, en esta época donde cada uno vive atrapado en su pantalla, es un milagro. Quizá por eso tanta emoción. Porque la felicidad compartida pesa menos y dura más.

Por cierto, si tengo que sentirme identificado con alguien en un equipo como este, curiosamente no es con ningún jugador, sino con el entrenador Luis de la Fuente. Quizá porque, salvando las distancias, me recuerda mucho a mi cuando organizo un grupo para un viaje de aventura o una actividad. Con el tiempo he aprendido que no siempre has de elegir a las personas más fuertes, las más rápidas o las más llamativas. Lo que de verdad marca la diferencia cuando formas un equipo, es reunir a un grupo que se cuide, que se apoye cuando uno flojee, que sea humilde, que no compita entre sí y que entienda que el éxito nunca es individual. Al final, un buen equipo no es el que tiene los mejores nombres, sino el que consigue que cada persona saque lo mejor de sí misma.

Si España gana hoy, mañana volverán los problemas, el trabajo, las facturas y las preocupaciones. Pero nadie podrá decir que unas horas de ilusión fueron una pérdida de tiempo. Al contrario. Tal vez fueron un recordatorio de que seguimos necesitando emocionarnos juntos. Y eso, al menos para mí, vale mucho más que cualquier copa.


 

sábado, 18 de julio de 2026

APRENDER A SOLTAR

 


Hoy hemos vuelto a recorrer el Formiga juntos. Solos ella y yo. Y mientras descendíamos, entre el inquebrantable sonido del agua y esos silencios que nacen cuando uno se siente plenamente en paz, me he descubierto pensando que, en realidad, hace muchos años que comenzamos este descenso juntos. Con cinco o seis años la llevábamos a jugar a pequeños rincones del rio. Un poco más tarde, con apenas siete años, hizo su primer barranco completo. Y comenzó una tradición que ha acompañado buena parte de su infancia y también de la mía como padre. Desde entonces hemos compartido descensos con familia,  con amigos, y con muchas personas que en estos años nos han dejado su huella. Pero hay algo que solo me sucede cuando estamos ella y yo solos. El barranco deja de ser un deporte de aventura y se convierte en un lenguaje. Cada rápel hablan de confianza. La que ella deposita en mí, y también la que yo he aprendido a depositar en ella. Cada salto me recuerda ese instante en el que un padre debe enseñar a vencer el miedo, sabiendo que llegará un día en el que ya no será él quien la aliente, sino que será ella por sí misma quien decidirá cuándo saltar. Cada paso entre las rocas es una conversación que muchas veces no necesita palabras. Y entre risas, pequeñas bromas o silencios, descubro que el tiempo jamás se detiene. Basta una mirada para que aparezca el recuerdo de aquella pequeña niña que buscaba mi mano antes de apoyar cada pie, que levantaba la cabeza preguntando si sería capaz, o encontraba seguridad simplemente sabiendo que yo estaba allí. Esa niña, intacta, sigue existiendo en mi memoria. Pero al mismo tiempo, frente a mí camina otra persona. Una joven que piensa por sí misma, que cuestiona, que toma decisiones, que ya no necesita que le indique cada movimiento. Y siento una emoción difícil de explicar en contemplar esa transformación. Una mezcla de nostalgia y orgullo. Nostalgia por saber que ninguna infancia regresa. Orgullo porque precisamente ese era el propósito desde el principio. No educamos para que los hijos permanezcan siempre a nuestro lado. Educamos para que algún día puedan caminar solos. Y mi corazón experimenta esa extraña contradicción de alegrarse profundamente por aquello mismo que, inevitablemente, también le duele un poquito.  Por mi humilde experiencia creo que educar consiste, muchas veces, en aceptar que no podemos controlar la corriente. Solo podemos enseñarles a navegarla y servirles de ejemplo. Quizá eso sea transmitir valores. No imponer, sino ofrecer. Enseñar que el coraje no consiste en no tener miedo, sino en avanzar a pesar de él. Que la prudencia jamás es cobardía. Que ayudar a un compañero siempre nos hace más fuertes. Que la naturaleza merece respeto porque no nos pertenece. Que humildad es recordar que el río seguirá fluyendo cuando nosotros ya no estemos para recorrerlo. Y, sobre todo, que la verdadera fortaleza nace de saber cuidar de los demás sin dejar de ser uno mismo. Empiezo a comprender que ser padre tiene mucho de acompañar sin sujetar demasiado. De caminar a su lado hasta que un día descubres que ya no eres quien marca el paso, sino quien tiene el inmenso privilegio de seguir compartiendo a su lado el camino. Y esto, lejos de hacerme sentir menos necesario, me hace sentir inmensamente agradecido. Porque entiendo que el éxito de un padre no consiste en que un hijo dependa de él, sino en haberle dado unas alas suficientes para que libremente elija volver a caminar contigo.

Quizá por eso días como estos significan tanto para mí. Porque sé que llegarán otros proyectos, otras personas, otros paisajes y otros sueños. Que llegarán momentos en los que, como esos brazos del río que parecen alejarse, nuestros caminos discurran separados para volver a encontrarse más adelante.  Tal vez ese sea el mayor regalo de la paternidad: descubrir que la felicidad vive en estos sencillos instantes, en dos personas que avanzan juntas conscientes de que cada momento compartido es irrepetible. Estos cañones que llevo más de cuarenta años recorriendo, tienen la extraña capacidad de devolverme a quien fui mientras me recuerdan quién soy. Feliz.