sábado, 12 de septiembre de 2026

Cuidarse: una inversión de futuro

 


Hay una edad… (Pronto cumpliré cincuenta y todos) en la que uno empieza a mirar hacia atrás y a darse cuenta de que algunas cosas que parecían simplemente una costumbre eran en realidad una forma de construirte.

Llevar más de cuarenta años haciendo deporte de manera continua y sin interrupciones, no es solo una cuestión de genética, de suerte o de haber nacido con una buena condición física. Durante mucho tiempo pensamos que vernos bien, quizá, era algo que simplemente nos había tocado en suerte. Pero llega un momento, cuando la edad empieza ya a pesar, en que hay que reconocer que una parte importante del mérito también es tuyo.

Aunque tampoco conviene engañarse: la suerte cuenta. Y mucho. Hay enfermedades, lesiones y circunstancias que aparecen sin pedir permiso y que pueden cambiar una vida en un instante. Nadie está completamente a salvo y nadie puede atribuirse todo el mérito de cómo ha llegado hasta aquí. Cuidarse no garantiza nada, pero sí puede ser una de las mejores inversiones que hacemos pensando en el futuro.

Porque detrás de un cuerpo que todavía responde, de unas piernas que siguen subiendo montañas, de unos pulmones que todavía encuentran aire y de unas ganas que no han desaparecido, hay miles de días. Días de frío, de calor, de cansancio o de pereza. Días en los que no te apetecía salir y, aun así saliste. No ha sido una enorme decisión tomada una sola vez, sino miles de decisiones pequeñas repetidas durante décadas.

Quizá la juventud nos regaló mucho, pero mantener algo cuando la juventud ya se va marchando tiene otro valor. Para mí, a estas alturas, el deporte ya no es solo una manera de estar en forma. Es también una forma de invertir en mí mismo, en mi futuro y en la posibilidad de seguir haciendo durante muchos años más algunas de las cosas que me hacen sentir vivo.

Y por eso, cuando uno se mira al espejo con una edad madura y todavía se reconoce fuerte, ágil y vivo, quizá debe dejar de pensar que simplemente ha tenido suerte. Suerte, sí. Porque siempre hay una parte que no depende de nosotros, pero después de más de cuarenta años insistiendo, algo de ese mérito también te pertenece.

Porque inevitablemente el tiempo nos va quitando cosas: La juventud, la velocidad, algunas capacidades, personas e incluso sueños, pero hay otras que, si las cuidamos durante toda una vida, podemos conseguir que sigan siendo nuestras.

Y quizá eso también sea envejecer bien: aceptar lo que el tiempo nos quita, agradecer lo que nos permite conservar y entender que cuidarse hoy en cierta manera es regalarle algo al hombre o mujer que seremos mañana. Es mi opinión.
























martes, 8 de septiembre de 2026

Un año después:


 Hoy hace justo un año que pisamos la cima del Kilimanjaro.

Ha pasado un año. Solo un año. Y sin embargo cuando cierro los ojos y vuelvo allí, tengo la sensación de que fue ayer mismo. Recuerdo el fresco (como decimos los aragoneses), el cansancio, la respiración entrecortada, la oscuridad de la noche, las miradas, los silencios, los cánticos de nuestro equipo de apoyo al amanecer… y por supuesto, el interminable rosario de síntomas de mal de altura: dolor de cabeza, mareo, náuseas, falta de aire, cansancio, sueño… un auténtico catálogo de adversidades a casi 6.000 metros, y como poco a poco, paso a paso, con paciencia, ayuda y con alguna que otra sonrisa, fuimos venciendo cada síntoma, cada miedo y cada duda. Y como finalmente llegó aquella luz del amanecer que empezaba a aparecer sobre África mientras alcanzábamos el cráter de ese imponente volcán dormido. Pero hoy, un año después, recuerdo menos los metros o los días de camino, y recuerdo más a las personas.

Recuerdo a 25 amigos: las conversaciones, las risas, las dudas, esos pequeños gestos y miradas que sin necesidad de decir nada, lo decían todo. Recuerdo las bromas, los momentos de cansancio compartido, las charlitas de motivación guarecidos en las tiendas de campaña... Recuerdo cómo nos esperábamos, nos ayudábamos, cómo nos alentábamos cuando las fuerzas comenzaban a faltar y cómo, muchas veces bastaban unas pocas palabras para devolverle a alguien las ganas de dar un paso más. Y especialmente recuerdo haber podido compartir todo aquello con mi hermano y mi cuñada. Con mi hermano además, hubo algo especial; De niños habíamos compartido juegos, aventuras y correrías, pero allí por fin pudo conocerme en un lugar que forma parte de mí desde siempre, ese mundo de montañas, esfuerzo, aventura y amistad en el que he desarrollado buena parte de mi vida y en el que, probablemente, más feliz y cómodo me siento. Pudo verme allí con mis amigos, haciendo aquello que tantas veces me ha definido, y conocer una parte de mí que hasta entonces quizá solo adivinaba. Como si allí en aquella montaña, hubiera descubierto también a un hermano que todavía no conocía del todo. Vivir juntos una experiencia así, lejos de nuestra vida cotidiana, compartiendo esfuerzo, incertidumbre, alegría, cansancio y finalmente el sueño de llegar arriba, ha significado para mí un antes y un después.

Y la montaña fue solamente un escenario, lo verdaderamente extraordinario fueron las personas con las que la vivimos.

Eso es lo que verdaderamente nos llevamos de aquella montaña: Ni la cima, ni las fotos, ni las sensaciones, sino todos esos instantes compartidos que con el paso del tiempo, se hacen más grandes todavía. Al final una montaña se mide en metros, pero los recuerdos que nos deja se miden de otra manera.

Creíamos que estábamos subiendo al techo de África, pero sin darnos cuenta estábamos construyendo un recuerdo común que iba a durar mucho más que un simple viaje.

La cima duró unos minutos, el camino unos días, pero lo que vivimos juntos allí nos acompañará toda nuestra vida.

Siempre, en cada viaje, he tenido la sensación de que las montañas poseen esa capacidad de enseñarnos o recordarnos cosas sencillas que olvidamos en la vida diaria: que cada uno tiene su ritmo, sus fuerzas y sus límites; que avanzar no siempre significa subir, que hay que saber parar, esperar, descansar o incluso darse la vuelta; que pedir ayuda y dejarse ayudar no nos hace débiles; que no podemos controlar las circunstancias, solo nuestra manera de enfrentarnos a ellas; y que al final, muchas veces lo más importante no es llegar arriba, sino todo lo que sucede mientras intentamos hacerlo.

Quizá por eso las montañas, cuando dejamos atrás todo lo demás, tienen la extraña capacidad de devolvernos a lo esencial y recordarnos quiénes somos.

Por todo eso, un año después cuando pienso en aquel 8 de septiembre de 2025, no pienso tanto en los 5.895 metros, pienso en nosotros. En mi hermano, mi cuñada, mis amigos; en cada uno de aquellos 25 que dejó allí una pequeña parte de sí mismos y se trajo consigo otra.

Porque las montañas terminan, los viajes se finalizan y las aventuras pasan, pero las experiencias quedan dentro de nosotros y poco a poco empiezan a formar parte de quienes somos. Y quizá esa sea una de las grandes enseñanzas: Que no subimos arriba para quedarnos, sino para volver abajo siendo diferentes.

Hoy no quiero celebrar solamente que llegamos a una cima, quiero celebrar que estuvimos allí “Juntos”. Que durante unos días dejamos la rutina, y compartimos cansancio, frío, miedo, alegría y emoción. Que nos cuidamos, nos esperamos y cuando faltaban las fuerzas unos a otros nos animamos. Un año después, la cima es ya un recuerdo de esos que se quedan dentro de ti y no envejecen. Quizá lo más bonito de todo esto es que después de un año, cuando miro atrás, no recuerdo tanto la montaña que subimos, recuerdo a las personas con las que la subí.

Y lo hemos ido comprobando durante todo este año: subimos al Kilimanjaro siendo un grupo de amigos y volvimos siendo una pequeña familia que ha estado presente en las conversaciones, los encuentros, las risas, los recuerdos compartidos y en esa sensación tan bonita de saber que aunque cada uno haya seguido con su vida, algo que nos unió para siempre. Quizá ese es el verdadero regalo de aquella aventura. No la cumbre, ni el viaje, ni la satisfacción. El verdadero regalo fuimos nosotros. Hay viajes que terminan cuando vuelves a casa y otros que continúan mucho tiempo después. Este fue de esos.

Un año después el Kilimanjaro sigue allí, inmenso, quieto y silencioso, pero nosotros seguimos caminando. Y sabemos que pase lo que pase, aunque el tiempo nos lleve por distintos lugares, compartimos una montaña que forma parte ya de nuestra historia.

Hay vínculos que nacen casi sin darte cuenta, pero que el tiempo convierte en algo mucho más profundo. Quizá por eso, cuando recuerdo aquel día, ya no siento que conquistamos una montaña, siento que la montaña nos regaló algo mucho más difícil de encontrar: Una familia. Y esa fue nuestra cima más bonita.














domingo, 6 de septiembre de 2026

Devolver lo que un día te regalaron:

 


Hoy he vuelto al Forcos. Pero no simplemente a hacer el barranco, he ido a cerrar un círculo.

Hace más de cuarenta años, un monitor de los Scouts llamado Juan Jaime Leache me llevó por primera vez a un barranco (Junto a Carlos Jurado): El Vero. También fueron ellos quienes me llevaron a mi primer Aneto, y quienes sin entonces saberlo, abrieron una puerta que nunca volvería a cerrarse. Y es que hay personas que pasan por nuestra vida y dejan recuerdos, y hay otras que sin darle importancia nos cambian el rumbo. Juan Jaime fue de esas.

Con los años las cosas dieron la vuelta. Y aquel niño al que él había llevado a bajar barrancos, terminó siendo quien le acompañaba por ellos. Pero jamás he sentido que yo le llevara a ningún sitio. Siempre he tenido la sensación de que simplemente seguíamos caminando juntos. Quizá la amistad verdadera consista precisamente en eso: dejar de saber quién acompaña a quién.

Hoy le llevaba a un lugar que forma parte ya de mi biblioteca particular de lugares favoritos, ligado a mis raíces y mi historia, y quizá por eso me gusta tanto poco a poco compartirlo con las personas que quiero. Hoy le tocaba a Juan Jaime. Le debía este rincón tan especial que voy regalando a las personas que me importan.

Mientras bajábamos, no podía evitar recordar que hace años él era el monitor que me abría las puertas a este fascinante mundo de montañas, cuerdas y aventuras. Después el tiempo pasa y los caminos se separan... hasta que la vida vuelve a cruzarlos.

Tras aquellos primeros años de aprendizaje, vinieron mis propios viajes. Y después, cuando me lancé a organizar expediciones de aventura, para mi sorpresa y alegría Juan Jaime se reenganchó a mi vida y yo a la suya incorporándose al viaje que organicé a Perú y Machu Picchu. A partir de ahí volvimos a compartir camino, pero esta vez de igual a igual. Allí Juan Jaime empezó a convertirse en alguien imprescindible para mí. No solo por su experiencia montañera que ya era mucha, sino porque además tenía una ventaja que reconozcámoslo, en determinados lugares del planeta resulta bastante tranquilizadora: “es médico”. Concretamente otorrino. Aunque en nuestros viajes su especialidad terminó siendo una especie de concepto filosófico: daba igual que doliera un oído, una rodilla, el alma o el orgullo; Juan Jaime siempre tiene algo en su botiquín para eso. Después vino Bolivia, Marruecos, otros viajes, y hace justo un año, el Kilimanjaro.

Y en todos ellos ocurrió algo parecido: mientras algunos nos preocupábamos por intentar gestionar y vivir una aventura maravillosa, él se preocupaba de que todos termináramos enteros. Preparaba el botiquín, cuidaba de los demás, y estaba pendiente de cada pequeño problema. Y lo hacía con esa discreción que tienen las personas que ayudan sin necesitar que nadie se lo agradezca… quizá eso es lo que significa ser una buena persona. No sé explicar muy bien qué es una buena persona. No es simplemente alguien amable, ni alguien que nunca se equivoca, ni alguien que vive intentando demostrar que lo es. Creo que una buena persona es alguien que cuando aparece en tu vida, hace que el mundo (tu mundo) parezca un lugar mejor. Y Juan Jaime para mí es una de esas personas. Hoy en el Forcos, pensaba en todo esto. En aquel chaval de los Scouts, en aquel primer Vero, en todos los años que han pasado, en las montañas, barrancos y países que después hemos compartido. Y también pensaba en esa curiosa manera que tiene la vida de devolvernos las cosas. Porque a veces pasan décadas hasta que comprendemos que aquello que alguien nos dio cuando éramos jóvenes era en realidad un regalo. Juan Jaime sin el saberlo, me regaló una parte importante de mi vida: los barrancos, las montañas, los viajes, las aventuras… Y quizá también una forma de mirar el mundo. Hoy, más de cuarenta años después me ha tocado a mí llevarle a un barranco que él no conocía. A uno que forma parte de mis propios paisajes queridos, y que ahora de alguna manera también ha pasado a formar parte de los suyos. Supongo que eso es lo bonito de compartir la vida: ir ampliando juntos el mapa de lugares que queremos y de las personas con las que queremos recorrerlos. Aunque si soy sincero, sigo sin tener muy claro quién lleva a quién. Y quizá sea mejor que siga siendo siempre así. Porque hay personas que no se llevan, se comparten.


















sábado, 5 de septiembre de 2026

FARMear AURA

 


Hay una palabra que últimamente escucho por todas partes y que sinceramente, necesito que alguien me explique, porque debo de estar entrando en esa edad en la que los adolescentes empiezan a hablar y yo me siento de otro planeta: La palabra es “farmear aura”.

Farmear aura. Así, como quien cultiva tomates, coge olivas o se dedica profesionalmente a almacenar puntos de carisma. Yo, que tengo ya algunos más de cincuenta… la primera vez que la escuché pensé que hablaban de alguna nueva aplicación, algún videojuego o una enfermedad rara. Porque si analizas la expresión tampoco ayuda: Farmear viene de farm,(granja en inglés), y aura es ese algo invisible que supuestamente desprendes y que hace que los demás piensen: “Este tío/a tiene algo”. Así que literalmente, farmear aura sería cultivar algo invisible que hace que parezcas más interesante de lo que seguramente eres. Y aquí, en este punto es donde empiezo a pensar en mi generación. Porque resulta que los chavales de ahora tienen que “farmear aura”, y nosotros por el contrario, hace cuarenta años, sin saberlo teníamos aura. No sabíamos qué era el aura, pero la teníamos. Y además no necesitábamos hacer nada especial para conseguirla. Las niñas y los niños salíamos a la calle y jugabamos a la goma, a la sueleta, a churro, media manga, manga entera, a las chapas, a las canicas, a la taba, al escondite,  a la cadeneta o al pilla-pilla… Y si alguien decía: “Vamos al río”, aquello no era una experiencia para subir a Instagram. Simplemente era un: -“¿Vamos?”…” ¡Vamos!”.

Y marchabas con tu bicicleta carretera Castillazuelo, sin casco, sin GPS, sin ubicación compartida y sin que tus padres supieran dónde estabas exactamente al salto Pozán.

Llegabas al río, dejábamos las bicicletas tiradas en cualquier sitio y nos bañábamos.

Aquello sí era farmear aura. Solo que nosotros lo llamábamos pasarlo bien.

Si conseguías bajar una cuesta con la bicicleta sin frenos, ganabas aura. Si eras capaz de tirarte desde arriba del salto al río, aura; Si sabías hacer la mejor pirueta desde la roca, aura; Y si volvías a casa con las rodillas llenas de raspazos, barro hasta las orejas y la bicicleta hecha polvo, habías alcanzado probablemente el máximo nivel de aura.

Eso sí, no había ninguna cámara grabando, ni cien personas viendo tu gesta.

No había comentarios, ni “likes”. Nadie diciendo: - “Bro, qué aura”.

Como mucho, tu madre o tu abuela desde la ventana: —¡Javi! ¡A cenaaaar!

Y en ese instante, sabías que tu carrera como influencer de barrio había terminado por ese día. Ahora las cosas son diferentes. Los adolescentes tienen otras reglas, otros códigos, otros juegos y otras maneras de relacionarse. Nosotros construíamos nuestra identidad en la calle, y ellos la construyen también frente a una pantalla. Nosotros necesitábamos que el grupo nos viera hacer algo, y ellos necesitan además, que alguien lo grabe. Nosotros teníamos pandillas, y ellos tienen seguidores. Nosotros teníamos bicicletas, y ellos patinetes eléctricos. Nosotros nos caíamos y nos levantábamos, ellos se caen y preguntan si lo ha grabado alguien. Y quizá aquí está lo más curioso; No creo que ahora sean más tontos ni que nosotros fuéramos más listos. Simplemente nos ha tocado jugar partidas diferentes. A nosotros nos tocó una infancia en la que para encontrar a tus amigos tenías que salir de casa y recorrer medio pueblo, y a ellos les ha tocado una época en la que estando dentro de su habitación, sus amigos pueden estar allí con ellos, aun estando a diez metros, a diez kilómetros o al otro lado del mundo. Nosotros salíamos a la calle para que ocurrieran cosas, ellos pueden hacer que ocurran cosas sin salir… Quizá dentro de cuarenta años serán ellos los que miren a sus hijos adolescentes y escuchen alguna palabra que no entiendan, y pensarán: “¿Pero qué coño significa eso de colonizar hologramas emocionales?”

Me quedo con algo que me dijo no hace mucho mi hija: —“¡Jo! ¡Me hubiera gustado nacer en vuestros tiempos!” Me hizo gracia, porque de repente entendí que habíamos llegado a ese extraño momento de la vida en el que nuestros años de juventud, esos que nosotros considerábamos normales, a los que vienen detrás empiezan a parecerle una especie de época prehistórica fascinante. Una época sin Wi-Fi, sin TikTok, ni GPS, y lo que es aún más grave, sin saber dónde estaba nadie porque nadie llevaba móvil encima. Y quizá ahí esté la trampa de esto: Nosotros pensamos que ellos están perdiendo el tiempo “farmeando aura”, y ellos pensarán algún día que nosotros éramos auténticos cavernícolas por jugar a la taba con un hueso, perseguirnos por la calle a correazos y tener la absoluta certeza de que era una magnífica idea, hasta que alguno acababa llorando. Seguro que dentro de otros cuarenta años, alguno de ellos mirará un vídeo de cuando tenía quince y dirá: —“Qué tiempos aquellos”…

Y comprenderá que aquello que llamaba “farmear aura” no era más que otra manera de fabricar recuerdos. Porque al final, la vida tiene una curiosa forma de cobrarnos todo lo que hacemos: convierte los instantes en recuerdos, los recuerdos en nostalgia y la nostalgia en historias que contamos cada vez un poco mejor y más exageradamente de como sucedió realmente. Nosotros tuvimos barro, ríos, plazas, bicicletas, veranos interminables y tardes enteras haciendo absolutamente nada, y ellos tienen vídeos, redes, memes y quién sabe qué inventarán mañana. Ellos acumulan aura, nosotros acumulábamos aventuras; Ellos lo graban todo, nosotros lo contamos de memoria… y, por supuesto, cada vez que lo contamos hemos saltado al río desde un poco más alto, hemos corrido un poco más rápido y hemos sido bastante más valientes de lo que fuimos realmente… quizá eso también sea farmear aura.

Solo que a nuestra edad ya no la farmeamos, la cosechamos.

La cosechamos cada vez que una canción nos devuelve a ese verano que creíamos olvidado, cada vez que un olor nos transporta directamente a una vieja casa de pueblo que ya no existe, o cada vez que nos encontramos con alguien después de treinta años y en cinco minutos, volvemos a tener quince. Porque quizá crecer no consista en dejar de hacer el idiota, y consiste en aprender a guardar los momentos en los que lo hicimos. Y quizá ese sea el secreto, o uno de los secretos de la vida: Que no importa cuánto aura hayas acumulado mientras estabas vivo; al final, lo único que permanece es aquello que recuerdan de ti cuando ya no estás. Así que sí, hijos míos: seguid farmeando aura, que nosotros seguiremos haciendo lo mismo que vosotros… solo que os llevamos cuarenta años de ventaja.