Hoy cumplo 59 años… o cincuenta y todos…
Y mirándolo bien, tampoco está tan mal: Sigo teniendo ganas
de correr, esquiar, de subir montañas, de meterme por los barrancos, y sobre
todo, de seguir descubriendo qué demonios es esto de vivir. Y quizá lo más importante,
es que aún sigo reconociendo en mí a aquel niño que fui. No especialmente
travieso, aunque sí muy movido y un poco pillo. Ese niño al que se le nota
enseguida cuándo es feliz por cómo y cuánto bromea, cómo se relaciona con los
demás y esa particular, sencilla y sincera manera de querer a la gente que
tiene cerca.
Quizá una de las cosas que noto que más cambia cuando llegas
a estas edades, es la forma de mirar hacia atrás. Como ya nos advertían
nuestros mayores, y ahora advertimos nosotros, el tiempo ha pasado mucho más
rápido de lo que imaginabas y empiezas a recordar con especial cariño tu
infancia, mis padres, mis abuelos o mis hermanos cuando éramos pequeños y nos
pasábamos el día correteando por Burceat. Y después vienen tantos recuerdos de
una vida que casi sin darme cuenta, ha estado llena de caminos, viajes,
carreras, travesías, montañas, barrancos y expediciones. Aventuras compartidas,
lugares lejanos, amaneceres, cimas, kilómetros y también momentos sencillos que
quizá entonces no sabía que algún día recordaría con tanta emoción. Recuerdo
cada vez más a mi madre, sin duda la persona que más ha influido en mi vida. A amigos
que ya no están, y a mi hermano que también nos dejó demasiado pronto. Al
final, mirar atrás quizá no es tanto hacer balance de lo que he vivido sino darme
cuenta de la cantidad de personas, lugares y momentos que poco a poco han ido
construyendo la persona que soy hoy. Recuerdos que lejos de desaparecer, con
los años parecen hacerse más presentes. Quizá porque nuestra vida está armada de
todas esas personas que un día caminaron a nuestro lado y que de alguna manera
siguen formando parte.
He aprendido con los años que la vida no consiste en correr
siempre hacia delante. Que también hay que parar, respirar, mirar alrededor y
aceptar que no todas las montañas se pueden subir. Que algunas simplemente se
contemplan desde abajo.
He pasado buena parte de mi vida buscando caminos, cimas,
aventuras y lugares donde ponerme a prueba, y ahora por fin empiezo a entender
que las verdaderas expediciones eran otras: aprender a perder a quienes quería,
aceptar que el tiempo no me devuelve a nadie, saber perdonar, soltar sin dejar
de querer, decir que no cuando hace falta, o aprender a estar sin exigir. También
he aprendido mucho viendo crecer a mi hija. Quizá ha sido una de las lecciones
más difíciles: entender que protegerla no significa evitarle el camino ni los
tropiezos, sino darle las herramientas para que pueda recorrerlo sola y sobre
todo aprender a confiar.
La vida me ha enseñado que la familia no son solamente los
que están. Que también son los que estuvieron y dejaron algo de ellos en mí.
Siguen apareciendo en nuestras palabras, en nuestros gestos y en esas pequeñas
cosas que hacemos sin saber muy bien de dónde vienen.
A estas alturas de mi vida creo que ya no necesito demostrar
demasiado. Me interesa más vivir de acuerdo con lo que pienso, que conseguir
que los demás piensen que estoy viviendo bien.
Quiero querer bien y que me quieran bien. Con claridad,
respeto y reciprocidad. Quiero seguir aprendiendo, riéndome, escribiendo,
corriendo al amanecer, compartiendo montañas, barrancos, mesas, cervezas,
abrazos y conversaciones con la gente que quiero y con la que querré. Quiero
seguir teniendo curiosidad y también seguir equivocándome, porque eso
significará que estoy todavía intentando cosas nuevas.
Ya no busco una vida perfecta. Quiero una vida que sea mía.
Con sus alegrías y sus pérdidas, sus errores y sus amaneceres, sus personas
imprescindibles y sus despedidas. Y sobre todo, ya no quiero contar solamente
los años que llevo. Esos los he gastado ya. Quiero contar los que todavía me
quedan por estrenar. Porque a los 59 sigo sin saber exactamente dónde está la
cima, pero curiosamente ya no me preocupa. Mientras pueda seguir caminando,
seguiré. A mi ritmo. Chino-chano. Mirando alrededor, dando gracias por lo
vivido y cuidando lo que tengo. Cada vez tengo más claro que la vida no es
solamente lo que me pasa, sino lo que hago con aquello que me pasa. Y todavía
tengo muchas ganas de ver qué hago con todo esto. Así que… feliz cumpleaños
para mí. Nos vemos en el camino. Y si hay algún barranco o alguna montaña
cerca, ya sabéis dónde encontrarme. 😉 59 años o cincuenta y
todos y con ganas de muchos más.







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