Este nuevo audiovisual sobre los barrancos de Guara, acompañado de narración, nace de la necesidad de mirar atrás y recordar una parte fundamental de mi vida. Está realizado con mucho cariño, con una mirada reflexiva sobre el paso del tiempo, las experiencias que nos construyen y aquellos lugares que sin darnos cuenta, terminan formando parte de lo que somos. Es en cierto modo, una carta de amor a la Sierra de Guara, a sus barrancos y a todo lo que este territorio ha significado para mí a lo largo de más de cuatro décadas. Un relato personal construido también a partir de imágenes que he ido grabando durante los últimos diez años, fragmentos de vida que hoy adquieren un nuevo significado al mirarlos con la perspectiva que nos regala el tiempo. Así que a través de estas imágenes y las palabras, recorro una historia que se entrelaza con la evolución del barranquismo, con aquellas primeras aventuras, con todas las personas que he conocido y la pasión por compartir estos lugares que tanto me han dado. Sobre todo es un homenaje a un territorio que me ha ayudado a crecer, que me ha regalado experiencias, muchas amistades y aprendizajes y que forma parte de lo que soy. Porque hay lugares que uno visita y otros que terminan habitando en nuestra memoria y en nuestra manera de entender la vida. Para mí la Sierra de Guara es uno de ellos.
.
sábado, 24 de octubre de 2026
sábado, 17 de octubre de 2026
Javi, ¿me llevarás al Turbón?
Hace unos días, caminando por la sierra de Guara con uno de mis mejores amigos, entre conversaciones, risas, y esas cosetas que van saliendo cuando uno camina sin mirar el reloj, me soltó: “Javi, ¿me llevarás un día al Turbón?”
Y claro, ¿qué le vas a contestar a uno de tus mejores amigos
cuando te pide que le lleves a una montaña que te encanta? Y si además llevas
toda la vida compartiendo barrancos, montañas y aventuras con los demás, y eres
de los que disfrutan tanto viendo disfrutar a otros como de la propia
experiencia… la respuesta sale sola. Así que dicho y hecho: Hoy ha tocado
Turbón. Y aunque he subido muchas veces al Turbón, (con nieve, sin nieve, en
distintas épocas del año, solo o con diferentes personas), hay montañas a las que
a uno siempre vuelve. No hace falta buscar excusas ni grandes motivos; simplemente
tienen algo especial que hace que nunca te dé pereza volver. Quizá sea su
imponente silueta, esa que nos acompaña desde el horizonte cuando la
contemplamos desde Barbastro, y que aunque la veamos tantas veces, siempre
consigue llamar nuestra atención. El Turbón, junto a la Peña Montañesa, el
Cotiella o el Tozal de Guara forma parte de esas montañas que nos observan en
la distancia, y que a quienes sentimos esa especial atracción por las montañas,
nos despiertan tarde o temprano las ganas de dejar de mirarlas desde abajo para
ir a caminar sobre ellas. Es una de esas cumbres que siempre apetece volver a
conquistar. Además con este amigo he compartido ya unas cuantas aventuras de
las de andar mucho, reírse bastante, y acumular historietas de esas que después
recuerdas durante años.
Dicen que el Turbón
es una montaña mágica, cargada de leyendas, de brujas, de aquelarres y de
historias que antiguamente se transmitían sentados en las cadieras al calor de
las chimeneas. Cuentan que las brujas del Alto Aragón se reunían allí para
celebrar sus aquelarres, y que cuando la niebla cubría la cima, no era buena
señal: “Cuando la boira cubre el Turbón, habrá tormenta en todo Aragón”. También
cuenta una leyenda que cuando las aguas del Diluvio Universal comenzaron a
retirarse, el arca de Noé no quedó como se dice en el monte Ararat (Turquia),
como se cuenta, quedó embarrancada en
esta montaña. “L’arca ba turbá”, habría gritado Noé, y según la tradición, de
aquella expresión popular habría nacido el nombre del Turbón. Otros relatos
hablan de un dragón que habitaba en sus cuevas o de un gigante de piedra, el Ome
Granizo, capaz de desatar tempestades. Leyendas, mitos y cuentos
transmitidos de generación en generación que forman parte de la memoria de esta
montaña. Su silueta aislada, dominando el paisaje, siempre ha despertado la
imaginación de quienes viven a su alrededor. Y no me extraña. Hay montañas que
parecen tener personalidad propia, y esta desde luego la tiene.
Hoy la subida ha ido haciendo lo que suelen hacer las
subidas: poniendo cada conversación en su sitio, alternando silencios con
comentarios, alguna que otra parada y esa respiración que te recuerda que la
montaña no entiende las prisas. Por el camino, vacas tranquilamente pastando, muchos sarrios, y un paisaje que a medida que
ganas altura va abriéndose como si alguien descorriera una inmensa cortina poco
a poco.
Y arriba, las vistas. Espectaculares. De esas que te obligan
a pararte, mirar alrededor y pensar que a veces tenemos auténticos tesoros a la
vuelta de la esquina y no siempre somos conscientes de ello. El Pirineo
extendiéndose ante nosotros, las montañas dibujando el horizonte y esa
sensación tan difícil de explicar que aparece cuando alcanzas una cima y por un
instante parece que todo está en su sitio. Pero hoy no iba solamente de subir
al Turbón. Iba de cumplir una sencilla promesa. Porque al final, si lo piensas
bien, las mejores aventuras no siempre empiezan con grandes planes,
expediciones extraordinarias, o billetes de avión. A veces empiezan con algo
tan simple como: “Javi, ¿me llevarás un día al Turbón?”.
Con los años he aprendido que la montaña tiene mucho de eso:
de compartir, de caminar al lado de
alguien sin necesidad de llenar todos los silencios, de echar una mano, de
reírse y de celebrar cada paso juntos. Hoy hemos vuelto a casa con las piernas cansadas,
la cabeza despejada y unas cuantas imágenes en nuestra memoria. Otro de esos días
que no necesitan adornos para convertirse en un buen recuerdo. Quizá esa sea
una de las mejores cosas de la montaña: que el paisaje puede ser el mismo, pero
nunca lo es del todo. Cambian la luz, el tiempo, o la persona que camina a tu
lado. Así que hoy, además de subir una montaña, hemos compartido un pedacito de
vida, que a fin de cuentas es de lo que va esto. Y si mañana otro amigo me
pregunta: “Javi, ¿me llevarás a otra montaña o a un barranco?”, seguramente
volveré a decir que sí. Porque hay cosas que no se acaban: La curiosidad, la
amistad y las ganas de naturaleza son algunas de ellas. ¡Hasta la próxima,
Turbón! Y gracias amigo por regalarme otra de esas jornadas que hacen que todo
esto siga mereciendo la pena.
jueves, 8 de octubre de 2026
El día después.
El día después.
Y hoy, cuando ya ha pasado el ruido de las felicitaciones, los mensajes, las llamadas y los buenos deseos, me quedo con una sensación difícil de explicar: la de sentirme profundamente afortunado. Quizá cumplir años consiste precisamente en eso. En mirar un poco hacia atrás y darte cuenta de que el tiempo no se mide en años solamente, sino en personas, en instantes, lugares, abrazos, risas, pérdidas, aprendizajes y en esas pequeñas cosas que sin darnos cuenta han ido construyendo nuestra vida. Con los años cambia la manera de mirar. Ya no tienes la necesidad de llegar a ninguna parte, y aprendes a disfrutar un poco más del camino, a valorar una conversación, un amanecer, una montaña, una carrera, un barranco, una comida con amigos o el hecho simplemente de estar aquí. Y quizá una de las cosas más bonitas de cumplir años sea descubrir que aunque el tiempo vaya dejando atrás muchas cosas, también te regala la capacidad de saber qué merece la pena realmente.
Ayer recibí muchísimas felicitaciones. Algunas de personas con las que comparto la vida todos los días y otras a las que conozco menos o quizá hace mucho que no veo. Algunas con pocas palabras, otras con recuerdos, fotografías, bromas o un simple “felicidades”, pero todas con algo en común: me hicieron sentir querido y acompañado. Por eso hoy quiero dar las gracias. Gracias a todos los que os acordasteis de mí. A los que escribisteis, llamasteis, mandasteis un mensaje o simplemente tuvisteis un instante para pensar en mí. Porque quizá eso sea al final lo verdaderamente importante; No cuántos años cumplimos, sino cuántas personas hacen que esos años hayan merecido la pena. Ayer cumplí 59 y hoy, un día después, tengo ganas de vivirlos intensamente. De seguir corriendo mientras las piernas quieran correr, de subir montañas, de bajar barrancos, de descubrir lugares, de reírme mucho, de querer, de aprender y sobre todo de seguir compartiendo el camino con la gente que quiero. Porque quizá, aún, todavía me queda mucho por vivir. O no. Me da igual. Pero mientras haya camino, habrá aventura. Gracias por formar parte de la mía. ❤
miércoles, 7 de octubre de 2026
CINCUENTA Y TODOS...
Hoy cumplo 59 años… o cincuenta y todos…
Y mirándolo bien, tampoco está tan mal: Sigo teniendo ganas
de correr, esquiar, de subir montañas, de meterme por los barrancos, y sobre
todo, de seguir descubriendo qué demonios es esto de vivir. Y quizá lo más importante,
es que aún sigo reconociendo en mí a aquel niño que fui. No especialmente
travieso, aunque sí muy movido y un poco pillo. Ese niño al que se le nota
enseguida cuándo es feliz por cómo y cuánto bromea, cómo se relaciona con los
demás y esa particular, sencilla y sincera manera de querer a la gente que
tiene cerca.
Quizá una de las cosas que noto que más cambia cuando llegas
a estas edades, es la forma de mirar hacia atrás. Como ya nos advertían
nuestros mayores, y ahora advertimos nosotros, el tiempo ha pasado mucho más
rápido de lo que imaginabas y empiezas a recordar con especial cariño tu
infancia, mis padres, mis abuelos o mis hermanos cuando éramos pequeños y nos
pasábamos el día correteando por Burceat. Y después vienen tantos recuerdos de
una vida que casi sin darme cuenta, ha estado llena de caminos, viajes,
carreras, travesías, montañas, barrancos y expediciones. Aventuras compartidas,
lugares lejanos, amaneceres, cimas, kilómetros y también momentos sencillos que
quizá entonces no sabía que algún día recordaría con tanta emoción. Recuerdo
cada vez más a mi madre, sin duda la persona que más ha influido en mi vida. A amigos
que ya no están, y a mi hermano que también nos dejó demasiado pronto. Al
final, mirar atrás quizá no es tanto hacer balance de lo que he vivido sino darme
cuenta de la cantidad de personas, lugares y momentos que poco a poco han ido
construyendo la persona que soy hoy. Recuerdos que lejos de desaparecer, con
los años parecen hacerse más presentes. Quizá porque nuestra vida está armada de
todas esas personas que un día caminaron a nuestro lado y que de alguna manera
siguen formando parte.
He aprendido con los años que la vida no consiste en correr
siempre hacia delante. Que también hay que parar, respirar, mirar alrededor y
aceptar que no todas las montañas se pueden subir. Que algunas simplemente se
contemplan desde abajo.
He pasado buena parte de mi vida buscando caminos, cimas,
aventuras y lugares donde ponerme a prueba, y ahora por fin empiezo a entender
que las verdaderas expediciones eran otras: aprender a perder a quienes quería,
aceptar que el tiempo no me devuelve a nadie, saber perdonar, soltar sin dejar
de querer, decir que no cuando hace falta, o aprender a estar sin exigir. También
he aprendido mucho viendo crecer a mi hija. Quizá ha sido una de las lecciones
más difíciles: entender que protegerla no significa evitarle el camino ni los
tropiezos, sino darle las herramientas para que pueda recorrerlo sola y sobre
todo aprender a confiar.
La vida me ha enseñado que la familia no son solamente los
que están. Que también son los que estuvieron y dejaron algo de ellos en mí.
Siguen apareciendo en nuestras palabras, en nuestros gestos y en esas pequeñas
cosas que hacemos sin saber muy bien de dónde vienen.
A estas alturas de mi vida creo que ya no necesito demostrar
demasiado. Me interesa más vivir de acuerdo con lo que pienso, que conseguir
que los demás piensen que estoy viviendo bien.
Quiero querer bien y que me quieran bien. Con claridad,
respeto y reciprocidad. Quiero seguir aprendiendo, riéndome, escribiendo,
corriendo al amanecer, compartiendo montañas, barrancos, mesas, cervezas,
abrazos y conversaciones con la gente que quiero y con la que querré. Quiero
seguir teniendo curiosidad y también seguir equivocándome, porque eso
significará que estoy todavía intentando cosas nuevas.
Ya no busco una vida perfecta. Quiero una vida que sea mía.
Con sus alegrías y sus pérdidas, sus errores y sus amaneceres, sus personas
imprescindibles y sus despedidas. Y sobre todo, ya no quiero contar solamente
los años que llevo. Esos los he gastado ya. Quiero contar los que todavía me
quedan por estrenar. Porque a los 59 sigo sin saber exactamente dónde está la
cima, pero curiosamente ya no me preocupa. Mientras pueda seguir caminando,
seguiré. A mi ritmo. Chino-chano. Mirando alrededor, dando gracias por lo
vivido y cuidando lo que tengo. Cada vez tengo más claro que la vida no es
solamente lo que me pasa, sino lo que hago con aquello que me pasa. Y todavía
tengo muchas ganas de ver qué hago con todo esto. Así que… feliz cumpleaños
para mí. Nos vemos en el camino. Y si hay algún barranco o alguna montaña
cerca, ya sabéis dónde encontrarme. 😉 59 años o cincuenta y
todos y con ganas de muchos más.
domingo, 27 de septiembre de 2026
La bola negra
Y antes incluso de
empezar a verla me llevé una gran alegría: ver el cine de Barbastro lleno. Me
gusta pensar que, a pesar de todo, seguimos necesitando una pantalla grande,
una historia que nos una y un par de horas para dejarnos llevar…
Reconozco que iba
con las expectativas muy altas. Y ya sabemos el peligro que tiene eso. Cuando
todo el mundo habla maravillas de una película, empiezas a tener miedo de que
no esté a la altura de lo que esperas. Pero poco a poco, la película me fue
atrapando y cuando terminó, me di cuenta de que no había terminado del todo…
buena señal.
Soy muy cinéfilo,
veo mucho cine, y con los años he aprendido que hay películas que me gustan
mucho en el momento pero que después se van diluyendo, y otras que como un buen
vino, necesitan reposar. Para mí, una de las mejores maneras de saber lo que
realmente me ha dejado una película es despertarme al día siguiente y comprobar
que sigue ahí. Si ha desaparecido, probablemente solo me gustó. Si sigue
rondándome en la cabeza, si me hace pensar, si me lleva de un tema a otro y me
despierta preguntas, entonces sé que me ha dejado algo dentro. Y con La bola
negra me ha pasado. Ayer por la noche no dejé de pensar en ella y esta mañana
nada más despertar, seguía dándole vueltas. Tanto, que no he podido evitar sentarme
a escribir estas líneas:
Y no soy
precisamente el espectador que podría sentirse reflejado en muchas de las
historias que cuenta. Soy una persona ya madurita, heterosexual y hay
experiencias que allí se narran que me quedan lejos. Pero quizá precisamente
ahí está una de las grandezas de una buena película: que no necesitas haber
vivido lo que cuenta para reconocer en ella algo profundamente humano. En este
caso la homosexualidad sí, pero principalmente el amor, el silencio, el miedo,
la amistad, la conexión entre las personas, la necesidad de esconder una parte
de uno mismo durante una época marcada por unas normas que dejaban muy poco
espacio para ser diferente. Y todo contado sin morbo, sin necesidad de
subrayarlo, dejando que sean las vidas de los personajes las que hablen…
Pero incluso la película
me llevó mucho más lejos, y también me hizo sentir identificado en algo que en
realidad creo que nos une a todos. Que todos en algún momento de nuestra vida
hemos sentido el rechazo. Todos hemos tenido alguna vez la sensación de no
encajar, de no ser elegidos, de que alguien nos apartaba por ser como somos,
por lo que pensamos, por lo que sentimos o simplemente por no responder a lo
que los demás esperan de nosotros. Todos, de una manera u otra, hemos sacado
alguna vez esa bola negra o nos la han sacado a nosotros. Y quizá por eso la
película, aunque cuente historias que no son las mías, también habla de algo
que sí conozco: lo que se siente cuando alguien te hace creer que eres
diferente, que no encajas o que hay algo en ti que debería esconderse.
Me hizo pensar en
la Guerra Civil, en mis abuelos, en aquellas generaciones que vivieron una vida
que vista desde hoy me parece increíblemente dura y sin embargo para ellos era
simplemente la vida que les había tocado. Me hizo pensar en todo lo que no
sabemos de quienes vivieron antes que nosotros. En las cosas que sintieron,
desearon, soñaron o sufrieron… y que nunca contaron. Generaciones de silencio.
Personas que aprendieron a callar no porque no tuvieran nada que decir, sino
porque muchas veces decirlo podía tener un muy alto precio. Y solo ellos
supieron realmente cuánto tuvieron que guardar dentro hasta el final.
Y quizá ahí está
una de las cosas que más me ha hecho pensar esta película: en lo contradictoria
que puede llegar a ser la naturaleza humana. Somos capaces de crear vínculos,
querer, cuidar, encontrar a alguien y sentir que, entre millones de personas,
precisamente esa persona es importante para nosotros, y al mismo tiempo somos
capaces de la crueldad, el rechazo, la violencia y de convertir en enemigo a
alguien que, en el fondo, simplemente busca lo mismo que nosotros: vivir en
paz.
Quizá porque también
he pensado en el tiempo que me ha tocado vivir. Nosotros tenemos la suerte de
vivir hoy, al menos en esta parte del mundo, con una comodidad y unas
libertades que muchas generaciones anteriores ni siquiera pudieron imaginar. Y
desde esta tranquilidad es fácil olvidar lo cerca que están las guerras, las
luchas fratricidas, el miedo y el sinsentido cuando dejamos de mirarnos como
personas.
Me ha hecho pensar en cómo
tantas veces los seres humanos terminamos enfrentándonos entre nosotros,
incluso entre hermanos, vecinos o personas que podrían entenderse, mientras
otros deciden por nosotros qué debemos temer, a quién debemos odiar o contra
quién debemos luchar. Y quizá lo más triste es que, muchas veces, resulta más
fácil enfrentarnos a los demás que enfrentarnos a nosotros mismos, reconocer lo
que sentimos y simplemente atrevernos a vivirlo. Por eso creo que sí, La bola
negra habla de la homosexualidad, de una época, de unos personajes y de unas
historias concretas, pero también habla de personas, de amor y del miedo. De la
amistad, la soledad, la sensibilidad y la crueldad. De lo que somos capaces de
hacer por amor y también de lo que somos capaces de hacer cuando dejamos de
entender al que tenemos enfrente.
Me ha hecho pensar
en la sensibilidad, en el arte y en esa capacidad que tiene el cine para
llevarme a lugares que no esperaba visitar. Y quizá por eso desde ayer no dejo
de pensar en mis abuelos y en todas aquellas personas de su generación que se
fueron sin que nosotros llegáramos a conocer una parte de todo lo que vivieron
y todo lo que callaron.
Por eso creo que
merece la pena ir a verla. No hace falta pertenecer a una determinada
generación, ni tener una determinada orientación sexual. Basta con ir con la
cabeza y el corazón abiertos. Porque hay películas que entretienen, otras que
gustan, y hay algunas que cuando sales del cine, siguen contigo. La bola negra
es de esas. La recomiendo.
viernes, 25 de septiembre de 2026
Cuando nos toca cuidar a quienes nos cuidaron:
Si la vida sigue su curso natural (con permiso de esos golpes o sorpresas que nadie puede prever) llega un momento en el que empiezas a darte cuenta de que alrededor de la mesa quedan cada vez menos abuelos. Y casi sin darnos cuenta, aquellos padres que durante años nos parecieron invencibles, empiezan a hacerse mayores, a necesitar que estemos pendientes de ellos, y de alguna manera a ocupar esas sillas que fueron quedando libres poco a poco. La vida tiene esas cosas: las sillas son las mismas, también la mesa, pero quienes se sientan alrededor van cambiando. Quizá sea simplemente una de las formas que tiene el tiempo de recordarnos sigue haciendo su trabajo. Sigue su curso. Y mientras algunos (como mi madre), se van demasiado pronto y sin darnos tiempo casi a entenderlo, otros llegan a edades muy avanzadas y (a veces), aparecen cosas que nunca quisimos imaginar: dependencia, Alzheimer, demencia, caídas, médicos, medicinas, cuidadores… y a veces una residencia.
De repente aparece delante de nosotros una realidad que
durante mucho tiempo habíamos preferido ni pensar ni mirar: “nuestros padres
envejecen”.
Y cuando esto ocurre, creo que hacemos algo muy humano: Pensar
en nosotros.
Vemos a una persona mayor que ya no puede hacer muchas de
las cosas que hacía y nos preguntamos: ¿querría yo vivir así? ¿Querría yo que
me cuidaran así? ¿Querría yo acabar dependiendo de los demás?… yo, yo, yo… Quizá ahí estamos cometiendo el error. Porque
estamos pensando en ellos desde nosotros mismos. Desde la persona que somos hoy.
Desde nuestra salud, nuestras piernas, nuestros proyectos, nuestras ganas de
viajar, de correr, de subir montañas, de salir y de decidir. Y no somos
nosotros… Quizá la pregunta no es “¿qué querría yo si estuviera así?”, sino
algo más sencillo: “¿Qué quieren ellos ahora?”
Porque quizá cuidar no consiste solamente en decidir qué
creemos que es mejor para ellos, y consiste también en escucharles y respetar
sus deseos. En intentar comprender que, aunque su cuerpo vaya más despacio y su
cabeza les juegue a veces malas pasadas, siguen siendo la misma persona que ha
vivido, amado, trabajado, sufrido y cuidado de los suyos durante toda su vida. Y
sí, hay algo que vi en mi madre y que ahora también observo en los padres de
algunos amigos y que, si lo pienso bien, quizá algún día también nos pasará a
nosotros: lo difícil que es aceptar después de haber cuidado de los demás
durante casi toda la vida, que llegue un momento en que seas tú quien necesite
que te cuiden. Y no debe de ser sentirse inútil, sino sentir que ya no eres tan
necesario como antes. Sentir y aceptar que has pasado de ser quien protege,
ayuda y está pendiente de todos, a ser quien necesita esa ayuda. En mi madre lo
vi claramente cuando estuvo grave y durante su recuperación… Le costaba aceptar
que fuéramos nosotros quienes estuviéramos pendientes de ella, y todavía más
mostrarse vulnerable delante de nosotros sus hijos. Durante toda nuestra vida
nos había transmitido una imagen de enorme fortaleza e independencia, y de
repente, éramos nosotros quienes teníamos que estar ahí. Se le notaba esa
resistencia a perder su independencia, a necesitar de los demás, y a mostrarse
vulnerable ante quienes durante tantos años había protegido. Y sin embargo,
para mí fue algo profundamente bonito poder cuidar de ella, aunque fuera solo
un poco. Porque mientras ella sentía seguramente que estaba perdiendo algo de
sí misma, yo sentía que estaba teniendo la oportunidad de devolverle una
pequeña parte de todo lo que ella había hecho por nosotros. Quizá esa también sea
una de las vueltas más bonitas que da la vida: quien un día nos sostuvo cuando
nosotros no podíamos hacerlo solos, algún día necesitará que seamos nosotros
quienes les sostengamos. Y en algunos casos, incluso llegará un momento en que
quizá ya no puedan decidir, y nos tocará hacerlo a nosotros. Y no será fácil.
Pero mientras puedan, quizá nuestro papel no sea sustituirles, sino
acompañarles. La vida tiene ese extraño sentido del humor. Durante muchos años ellos
son quienes nos dicen que nos abriguemos, comamos, que tengamos cuidado, que no
lleguemos tarde o miremos antes de cruzar, y un buen día, sin darnos ni cuenta,
somos nosotros quienes les preguntamos: ¿Has comido? ¿Te has tomado la
pastilla? ¿Llevas la chaqueta? o ¿Has cerrado con llave?... La rueda gira.
Quizá cuidarles sea una de las formas más bonitas que tenemos
de devolverles todo aquello que hicieron por nosotros. No sabemos cuánto durará
esta etapa, o si llegará, o cómo será la nuestra cuando llegue. Quizá no tenga
mucho sentido vivir ahora imaginando qué querremos entonces nosotros. Porque
hoy están ellos. Y quizá lo más importante no es decidir por ellos, ni mirar su
vejez desde nuestros propios miedos, sino intentar ponernos en su lugar. Preguntarnos
qué necesitan, desean, les hace sentir bien, y sobre todo, qué les hace sentir
queridos. Porque cuando alguien empieza a perder autonomía, quizá haya muchas
cosas que podamos hacer por él o ella, pero hay una que nunca deberíamos dejar
de hacer: hacerles sentir que estamos o seguimos ahí. Como ellos siempre estuvieron
para nosotros. Es mi opinión.


.jpg)

.jpg)
.jpg)
.jpg)

.jpg)










.jpg)