Hay experiencias que acaban el día en que las vivimos. Y hay otras que no acaban nunca. Permanecen en nuestro interior durante años, y regresan una y otra vez para recordarnos quiénes fuimos y, sobre todo, quiénes somos desde entonces.
Lo que voy a relatar en los próximos capítulos pertenece a ese grupo.
No es sólo la historia de una expedición al Cho Oyu, una montaña de
8.201 metros situada en el corazón del Himalaya. Es el relato de uno de los
instantes más intensos de mi vida, una experiencia que estuvo a punto de
terminar de una manera muy distinta y que, con el paso del tiempo, se ha
convertido en una de las mayores lecciones que he recibido en mi vida. He
decidido reescribir esta historia en breves capítulos porque creo que algunas
vivencias necesitan airearse despacio. Cada etapa de aquella ascensión, cada
decisión y cada emoción merecen su propio espacio. Sólo así puedo compartir no
sólo lo que ocurrió, sino también lo que sentí y todo lo que aprendí. Han
pasado muchos años desde entonces, pero mentalmente sigo regresando a aquella
montaña. Porque hay viajes que terminan cuando vuelves a casa.
Y hay otros que continúan toda tu vida. Este es uno de ellos:
I “La víspera del gran día”
"Las montañas nunca te preguntan quién
eres. Sólo quieren saber si estás preparado."
Nunca he creído que los grandes sueños
aparezcan de repente. Ni llegan una mañana cualquiera para quedarse. Se
construyen paulatinamente y sin ruido, mientras uno vive otras vidas que
todavía no sabe que lo están preparando para la verdadera.
Y mi sueño había comenzado mucho antes de
poner un pie en el Himalaya.
Empezó siendo un niño, caminando por los
senderos de la Sierra de guara y los Pirineos. Entonces no sabía nada de
ochomiles, ni de expediciones, ni de zonas de la muerte. Sólo conocía aquella
sensación difícil de explicar que me invadía cada vez que levantaba la vista y
descubría una cima nueva detrás de otra que acababa de subir. Era como si las
montañas me dijeran que siempre existía un horizonte más lejano.
Con los años llegaron los Alpes. Los Andes.
Después el Pamir. Más tarde el Himalaya.
Cada cordillera me regaló una enseñanza diferente,
pero todas compartían la misma verdad: las montañas nunca se conquistan. Como
mucho, te permiten caminar un rato sobre ellas.
Recuerdo perfectamente la primera vez que
viajé a Nepal. No iba como montañero. Era un simple viajero fascinado por ese
país donde las montañas parecen sostener el cielo.
Cuando el avión despegó de Katmandú para
emprender el regreso, permanecí inmóvil, pegado a la ventanilla. Bajo el ala
del avión aparecieron las inmensas murallas blancas de los Annapurnas. El sol
iluminaba sus aristas con una delicadeza imposible, como si alguien hubiera
esculpido aquellas cumbres con su luz. Y sentí un nudo en la garganta y las
lágrimas comenzaron a empañar mis ojos incluso antes de darme cuenta de que
estaba llorando. No era tristeza. Era otra cosa. Era la certeza de haber
encontrado un lugar que me importaba. Sin pronunciar palabra, hice una promesa
que únicamente yo escuché.
—“Volveré”.
No sabía cuándo. No sabía cómo.
Sólo sabía que regresaría para intentar caminar entre aquellas montañas.
Muchos años después cumplí aquella promesa.
El año 1999 ya había rozado el sueño durante
la expedición de Montañeros de Aragón Barbastro por su cincuenta aniversario al
Manaslu. El mal tiempo nos cerró el paso a los 7.300 metros y nos obligó a
regresar. Entonces me dolió profundamente. Hoy doy gracias por aquella derrota.
La montaña empezaba a enseñarme que los sueños
importantes nunca llegan cuando nosotros queremos, sino cuando estamos
preparados para entenderlos.
2002. Ahora volvía a tener una oportunidad. El
escenario era el Cho Oyu.
Ocho mil doscientos un metros de roca, hielo,
viento y quietud.
Una montaña inmensa que, comparada con el
Everest, suele recibir menos atención, pero cuya grandeza no admite
comparaciones. Allí arriba no existen montañas fáciles. Sólo montañas capaces
de recordarte lo pequeño que eres.
Me encontraba dentro de una diminuta tienda
instalada en el Campo II, a unos 7.200 metros de altitud.
Era curioso lo rápido que el ser humano
aprende a considerar normal lo extraordinario.
Años atrás me habría parecido imposible dormir
a aquella altura, únicamente rodeado por nieve, hielo y precipicios. Ahora esa
pequeña tienda se había convertido en mi casa.
Mi refugio. Mi mundo entero.
Fuera, el viento golpeaba la lona con una mezcla
de violencia y monotonía que sólo conocen quienes han pasado noches en estas
altas montañas. No es un ruido. Es una presencia inmutable. Como una lejana respiración
que parece recorrer toda la cordillera.
Cinco días antes había alcanzado ese mismo
lugar durante la fase de aclimatación.
Habíamos trabajado duro para instalar las
tiendas. Después descendí satisfecho al campo base convencido de que todo
estaba preparado para el definitivo ataque a la cumbre.
Pero el Himalaya nunca firma contratos.
Mientras descansábamos abajo en el campo base,
una descomunal tormenta azotó la montaña. Cuando regresamos, el Campo II, este
había desaparecido.
Las tiendas, como si fueran simples trozos de
papel habían sido arrancadas. La mía había salido volando conteniendo en su
interior mi mono de plumas, los banderines que quería fotografiar en la cima y
buena parte de mi material…
Quizá todavía hoy sigan descansando,
enterrados por la nieve, en algún rincón entre el Cho Oyu y el Everest. Aquello
me hizo sonreír.
Las montañas poseen la extraña habilidad de
recordarte qué cosas son realmente importantes.
Y es que siempre creemos controlar mucho más
de lo que en realidad controlamos.
Gracias a la generosidad de José Luis
Escolano, miembro del GREIM y además paisano de Barbastro, pude disponer de
otro mono de plumas. Él, sin embargo, ya no estaba allí.
Un edema pulmonar lo había obligado a
abandonar la expedición y descender rápidamente por orden de Michel, el médico
del grupo.
En el Himalaya no existen pleitos con la
naturaleza. Cuando la montaña habla, uno escucha. Y si te ordena bajar, sólo
hay una respuesta inteligente. Descender.
Aquella decisión de José Luis quedó grabada en
mi memoria mucho más de lo que imaginaba entonces. Años después comprendería
que saber renunciar también forma parte del alpinismo. Y de la vida.
Nuestra expedición era especial. Yo ascendía
en solitario, aunque nunca me sentí solo.
Compartía aquellos días con Fernando Garrido
(Aragón Aventura), que guiaba a cuatro clientes, y con la expedición del GREIM,
formada por diez guardias civiles extraordinariamente preparados. Ni buscándolos
habría encontrado compañeros mejores.
En la montaña uno termina descubriendo que la
verdadera seguridad no depende sólo del material o de la técnica. Que sobre
todo, depende de las personas con las que compartes el camino. Fernando tenía una serenidad contagiosa.
Jamás levantaba la voz. No necesitaba hacerlo. Su experiencia hablaba por él.
Era un alpinista de los que inspiran confianza con sólo estar cerca: había
batido el récord de permanencia en altura en el Aconcagua y había escrito una
de las páginas más extraordinarias del himalayismo al convertirse en la primera
persona en ascender en solitario, en pleno invierno, un ocho mil: Este. El Cho
Oyu. Él, después de valorar las condiciones de la montaña, nos propuso prescindir del
Campo III e intentar la cima directamente desde el Campo II. Era una apuesta
exigente.
Muchos preferían montar un campamento más alto
para acortar la jornada de cumbre.
Él pensaba que, con una buena aclimatación y
un ritmo constante, era mejor evitar un porteo más y ahorrar energías. Acepté
sin dudarlo. Me encontraba excepcionalmente bien.
Era, probablemente, la mejor aclimatación que
había tenido en toda mi vida.
Y salvo una ligera acidez y algunas molestias
de estómago durante los primeros días, el cuerpo había respondido de forma
impecable.
Respiraba con facilidad. Dormía bien. Las
piernas seguían obedeciendo. Incluso mi ánimo parecía caminar varios metros por
delante de mi cuerpo. Todo invitaba al optimismo.
Y quizá ese fuera precisamente el mayor
peligro…
La montaña castiga especialmente a quienes
creen que ya la han entendido. A media tarde comenzamos a preparar el material.
En una ascensión de estas características no existe el gesto rutinario. Cada
objeto tiene un motivo. Cada decisión puede adquirir una enorme importancia
muchas horas después. Revisé las botas con calma. Los crampones. El piolet.
El yumar. Los mosquetones. Las cintas. Las dos
cantimploras llenas con nieve derretida durante la tarde y mezclada con un poco
de isotónico. Unas barritas energéticas. Algo de chocolate.
Una ligera funda de vivac que, combinada con el
mono de plumas, podría convertirse en el único refugio si la montaña decidía
retrasar mi regreso. Y la cámara de fotos. La escondí bajo el mono, pegada al
pecho, pues sabía que el frío podía congelarla si la llevaba en el exterior.
Mientras revisaba el equipo me sorprendí
sonriendo.
Tantas veces había imaginado aquel momento que
me resultaba casi familiar.
Era como reencontrarme con un antiguo recuerdo
que, en realidad, todavía no había sucedido.
Poco antes de las seis de la tarde me
introduje en el saco para intentar descansar. Dormir era imposible. Los nervios
tienen una curiosa manera de mantener despierto incluso al cuerpo más agotado. Permanecí
con los ojos cerrados. No buscaba dormir. Buscaba ahorrar fuerzas.
En alta montaña hasta la inmovilidad puede
convertirse en una forma de avanzar.
El viento seguía golpeando la tienda y de vez
en cuando la lona crujía con violencia.
Después volvía el silencio. Un silencio
inmenso. Tan profundo que uno termina escuchando los propios pensamientos con
una desconocida claridad: Pensé en mi madre. En mis hermanos. En mis amigos. En
todas las personas que, de una forma u otra, me habían acompañado hasta allí
sin ellos saberlo. También pensé en mi padre que falleció cuando yo tenía ocho
años. Y en mis abuelos que ya no estaban.
Siempre he sentido que las personas que amamos
nunca desaparecen del todo. Que simplemente dejan de caminar a nuestro lado
para hacerlo unos pasos más arriba.
Miré el reloj. Las horas avanzaban lentamente.
Fuera, la oscuridad comenzaba a adueñarse del Cho Oyu. Dentro de unas pocas
horas abriría la cremallera de aquella pequeña tienda.
Respiraría el aire helado de la noche. Encendería
el frontal. Y daría el primer paso hacia un sueño que llevaba persiguiendo toda
una vida. Todavía ignoraba que la montaña ya había decidido cuál iba a ser mi
verdadera cumbre.
II Medianoche:
"Las montañas duermen con los ojos
abiertos. Somos nosotros quienes creemos que la noche las vuelve
inofensivas." Las once de la noche.
Abrí los ojos antes de que el reloj sonara. En
realidad, nunca había llegado a dormirme. Durante cinco horas había permanecido
inmóvil dentro del saco, con los ojos cerrados y el cuerpo relajado, intentando
ahorrar hasta la última gota de energía. A aquella altitud, descansar era casi
tan importante como caminar.
Fuera continuaba soplando el viento.
No era especialmente violento, pero sí
constante. Golpeaba la lona con una cadencia hipnótica, como si quisiera
recordarme que nada dependía realmente de mí allí arriba.
Me incorporé despacio. Cada movimiento,
incluso el más sencillo, exigía calma. A siete mil doscientos metros el
organismo trabaja con un mínimo margen. El corazón acelera su ritmo para
compensar la falta de oxígeno y cualquier esfuerzo innecesario termina
pasándote factura después.
Encendí el hornillo.
Por unos instantes el pequeño rumor de la
llama rompió el silencio absoluto del campamento. Coloqué nieve en el cazo y
esperé pacientemente a que comenzara a fundirse. Siempre me ha parecido curioso
observar cómo algo tan cotidiano como preparar el desayuno puede convertirse en
un solemne ritual cuando sabes que, pocas horas después, vas a poner a prueba
todo aquello para lo que te has preparado durante años. Mientras el agua hervía
repasé mentalmente el material. No buscaba comprobar si llevaba algo. Buscaba
tranquilizar mi cabeza: Las botas. Los cubrebotas. Los crampones. El piolet. El
yumar. Las cintas. Los mosquetones. Las cantimploras.
Las barritas. El chocolate. La funda de vivac.
La cámara protegida bajo el mono de plumas. Todo estaba donde debía.
Desayuné despacio. Obligándome casi a comer.
En alta montaña el apetito desaparece mucho
antes que las necesidades del cuerpo, y aprendes a alimentarte por disciplina,
no por hambre. Después comencé a vestirme.
Primero la ropa interior térmica. Luego las
diferentes capas. Los calcetines. Las botas.
Los cubrebotas. El mono de plumas. Los guantes
finos. Encima, los gruesos. El pasamontañas. La capucha…
Cada gesto estaba tan repetido que apenas
necesitaba pensar. Sin embargo, aquella noche todo parecía tener un significado
distinto. No estaba preparándome simplemente para salir a caminar. Me estaba
vistiendo para encontrarme con uno de los sueños de mi vida.
A las doce en punto abrí la cremallera de la
tienda, y el frío me golpeó la cara con una violencia seca. Respiré
profundamente. El aire era tan limpio que parecía no pertenecer a este planeta.
Levanté la vista. El cielo era un océano negro
sembrado de millones de estrellas.
Nunca había visto tantas jamás. En aquellas
alturas la atmósfera deja de ocultar el universo y las estrellas ya no parecen
lejanas. Da la impresión de que podrías alcanzarlas levantando la mano.
Permanecí unos segundos inmóvil. No por miedo.
Por respeto.
Siempre he pensado que existe una diferencia
enorme entre enfrentarse a una montaña y presentarse ante ella. Aquella noche
yo me presenté.
—“Vamos allá” —me dije en voz baja.
Poco a poco comenzaron a abrirse las demás
tiendas y las luces de los frontales fueron apareciendo una tras otra. Nadie
hablaba demasiado. No hacía falta. Cada uno estaba ya inmerso en su propio
diálogo interior. En esas horas desaparecen las conversaciones superficiales, y
sólo queda lo importante. Un gesto. Una mirada. Un apretón de manos. Good luck. Buena suerte.
Fernando apareció entre las sombras. Su serenidad
seguía siendo la misma. Nos saludamos con una breve sonrisa. No necesitábamos
decir nada. Los dos sabíamos perfectamente lo que nos esperaba.
A medianoche comenzamos a caminar. Los
primeros pasos siempre resultan extraños.
El cuerpo necesita recordar el ritmo. Las
piernas pesan. Las botas parecen más rígidas.
La respiración busca su cadencia. Pero poco a
poco todo encuentra su lugar.
El frontal iluminaba únicamente un pequeño
círculo de nieve delante de mis pies.
Nada más. Fuera de aquella luz sólo existía la
oscuridad.
Comprendí entonces que la montaña obliga a
vivir exactamente igual que la vida.
Nunca vemos el camino entero. Sólo el
siguiente paso. Y es suficiente.
La hilera de alpinistas empezó a dibujar una
lenta serpiente luminosa sobre la inmensa ladera helada. Vista desde lejos,
aquella fila de pequeñas luces habría parecido una procesión de luciérnagas
ascendiendo hacia las estrellas.
Vista desde dentro, era otra cosa muy
distinta. Era el sonido de las respiraciones. El metálico traqueteo de los
crampones. El crujido del hielo al pisar. El rumor del viento.
Nada más.
Nadie desperdiciaba oxígeno hablando. La
montaña imponía su propio idioma. Subíamos despacio. Con un ritmo constante. Sin
tirones. Sin carreras.
La impaciencia es una peligrosa enfermedad por
encima de siete mil metros. Allí arriba vence quien sabe caminar despacio. Muy
despacio.
Había aprendido, durante años, que una montaña
no se conquista con fuerza. Se conquista con paciencia. Cada paso debía costar
exactamente lo mismo que el anterior. Ni uno más rápido. Ni uno más lento. Respirar.
Paso. Respirar. Paso. Respirar.
Paso. El tiempo dejó de existir.
No sabría decir cuánto llevábamos caminando. En
realidad daba igual.
En la oscuridad del Himalaya las horas pierden
importancia. Sólo existe el movimiento.
Fue entonces cuando recurrí, una vez más, al
pequeño ritual que tantas veces me había ayudado durante otras ascensiones. Comencé
a dedicar cada paso a cada persona querida: Uno por mi madre. Otro por Jorge. Otro
por Jesús. Uno por mis amigos. Uno por quienes habían confiado en mí. Y también
por quienes ya no podían caminar. Pensé en mi padre. Pensé en mis abuelos. Pensé
en Pepe Chaverri.
Siempre he sentido que, cuando uno asciende
una gran montaña, nunca lo hace completamente solo. Que lleva consigo una parte
de todas las personas que han construido su vida. Aquellos pensamientos me
ayudaban a no mirar demasiado arriba.
Cuando diriges continuamente la vista hacia la
cumbre, la montaña parece infinita.
Cuando únicamente piensas en el siguiente
paso, termina dejándose recorrer.
Las horas fueron transcurriendo. La noche
seguía siendo inmensa. El frío aumentaba poco antes del amanecer. Notaba cómo
la escarcha comenzaba a cubrir parte del mono de plumas y mis pestañas se
endurecían ligeramente.
Cada respiración escapaba convertida en una
nube de diminutos cristales.
Sin embargo, me encontraba extraordinariamente
bien. Sorprendentemente bien.
Las piernas respondían. El pulso era regular. Respiraba
con comodidad para la altitud en la que nos encontrábamos. Aquella sensación
empezó incluso a ilusionarme.
Pensé que todo el esfuerzo de la aclimatación
estaba dando resultado.
Que el cuerpo había comprendido, por fin, cómo
sobrevivir en un lugar que nunca fue diseñado para vivir. Pero… ignoraba que,
mientras yo celebraba silenciosamente aquellas buenas sensaciones, mi organismo
ya había comenzado una batalla mucho más profunda. Una silenciosa batalla.
Invisible y completamente ajena a la montaña.
Seguimos ascendiendo.
Delante de nosotros, la oscuridad empezaba
lentamente a perder intensidad.
Muy lejos, por el este, una finísima línea
azul anunciaba la llegada del amanecer.
La noche estaba llegando a su fin y lo
verdaderamente difícil estaba a punto de comenzar.
III La banda amarilla
"Hay una frontera invisible en las grandes montañas. No la marca la
altitud. La marca el momento en que comprendes que ya no eres dueño de
nada."
La noche fue retirándose con la misma lentitud con la que nosotros íbamos
ganando altura. Primero apareció una tenue línea azul en el horizonte. Después,
veías como las sombras comenzaron a dibujar las enormes ondulaciones de la
montaña. Poco a poco, el Cho Oyu fue dejando de ser un mundo imaginado para
convertirse de nuevo en una inmensa realidad de roca, hielo y nieve. Siempre me
ha impresionado recordar ese instante. Durante la noche sólo existe el pequeño
círculo de luz que proyecta el frontal. Caminas dentro de él como si todo el
universo se hubiera reducido a un par de metros cuadrados. Pero cuando amanece
descubres dónde estás realmente. Entonces comprendes la magnitud de la montaña
y también la insignificancia del ser humano.
Continuábamos avanzando con un ritmo excelente.
-“Fernando ha acertado plenamente al plantear el ataque desde el Campo II”.
Pensé. Marchaba fuerte, sin prisas y sin
síntomas excesivos de agotamiento. Encontré mi propio paso, ese ritmo casi
hipnótico que permite avanzar durante horas sin romper el equilibrio entre el
esfuerzo y la respiración.
La montaña comenzaba a teñirse de colores imposibles. Las primeras luces
del amanecer parecían incendiar las aristas más altas mientras los valles
seguían sumergidos en una azulada oscuridad. Muy por debajo de nosotros, las
nubes formaban ya un océano inmóvil que ocultaba por completo el mundo
conocido.
No había árboles. No había pájaros. No había ríos.
Sólo roca. Sólo hielo. Sólo silencio.
A aquella altitud la naturaleza prescinde de todo lo accesorio, y
únicamente queda lo esencial. Y quizá por eso uno termina descubriendo también
qué es verdaderamente esencial dentro de sí mismo.
Poco antes de las seis de la mañana alcanzamos la Banda Amarilla. Había
oído hablar de ella durante años. Su nombre procede del característico color
pajizo de la roca, una franja que rompe la monotonía blanca de la montaña y que
constituye el paso más técnico de la ascensión.
No es una pared especialmente difícil cuando se observa sentado cómodamente
frente a una fotografía desde casa. Pero las fotografías nunca muestran la
altitud.
Y la altitud lo cambia todo. A casi ocho mil metros una sencilla maniobra
puede convertirse en un descomunal esfuerzo.
La ruta habitual consistía en realizar una larga travesía para buscar un
punto más cómodo donde superar esta barrera rocosa. Era el camino más prudente.
También el más largo. Nos miramos. Éramos cuatro. Martín. Luis. Darío (argentino).
Y yo. Casi sin necesidad de hablar comprendimos que todos estábamos
pensando lo mismo. Justo sobre nuestras cabezas ascendía una línea mucho más
directa.
Diez o doce metros de roca casi vertical. Algunas cuerdas fijas, viejas y
castigadas por los años, ayudaban a superar aquel obstáculo. Era un atajo.
Exigente pero posible.
Tomamos la decisión.
A veces la experiencia precisamente consiste en diferenciar cuándo un
riesgo es una insensatez y cuándo representa simplemente una dificultad
asumible. Comencé a trepar y enseguida desapareció la aparente facilidad del
paso.
La mochila parecía haber duplicado su peso. Los guantes restaban
sensibilidad a las manos. Las botas apenas encontraban pequeñas irregularidades
donde apoyarse.
Cada movimiento requería detenerse unos segundos para recuperar el aliento.
No era la dificultad técnica. Era la altura. El oxígeno parecía haberse
evaporado.
Respiraba con desesperación y, aun así, tenía la sensación de que el aire
nunca llegaba completamente a los pulmones. Apoyándome parcialmente en aquellas
viejas cuerdas fui ganando metros. No recuerdo exactamente cuánto tardamos. En
realidad, allí arriba el tiempo deja de medirse con relojes. Se mide con
respiraciones, esfuerzo y voluntad.
Finalmente superamos la pared. Me incorporé sobre una pendiente de nieve
dura.
Inspiré profundamente varias veces. Fue entonces cuando miré el altímetro.
Marcaba algo más de ocho mil metros. Me quedé inmóvil. No por cansancio.
Por emoción. Había cruzado una frontera invisible.
Durante años aquella cifra había ocupado un lugar casi mítico en mi
imaginación. Ocho mil metros. Dos palabras. Un número. Y, sin embargo, encerraban toda una vida de
sueños. Recordé inmediatamente al niño que recorría los senderos de los Pirineos
imaginando montañas lejanas. Recordé el avión alejándose de Katmandú mientras
prometía regresar. Recordé el Manaslu. Los entrenamientos. Las renuncias. Las
horas robadas al descanso, los amigos, mi familia. Todo parecía haberme
conducido hasta aquel instante. Sonreí. Por primera vez podía decirlo. Ya era
ochomilista.
La cima todavía quedaba lejos. Pero aquella barrera psicológica acababa de
desaparecer para siempre.
Frente a nosotros se abría ahora una larga travesía entre nieve y
afloramientos rocosos. La pendiente disminuía ligeramente y el terreno permitía
avanzar con mayor comodidad. El amanecer terminaba de imponerse sobre la noche.
Entonces ocurrió algo inesperado. Comencé a fijarme en cómo respondía mi
cuerpo.
Había escuchado decenas de veces el mismo relato. A ocho mil metros, sin
oxígeno suplementario, apenas puedes dar tres o cuatro pasos antes de detenerte
jadeando.
Era una ley aceptada por todos. Sin embargo, yo avanzaba siete. Ocho. Nueve.
Diez pasos. Y seguía sintiéndome razonablemente bien. Me detuve por curiosidad.
Respiré.
Volví a caminar. Otra vez. Siete. Nueve. Diez…
Sonreí para mis adentros. Debía de haber aclimatado extraordinariamente
bien.
Me sentía ligero. Concentrado. Fuerte. No era euforia. Era gratitud.
Aquella montaña, al menos hasta ese momento, me estaba permitiendo caminar
por uno de los lugares más hostiles del planeta con una serenidad que jamás había
imaginado. Muchas veces después he pensado en aquellos minutos.
La vida suele comportarse de una manera extraña.
Cuando creemos haber comprendido todo lo que está ocurriendo, normalmente
sólo estamos viendo una parte muy pequeña de la realidad.
Yo interpretaba aquellas buenas sensaciones como una confirmación de que
todo marchaba perfectamente.
Ignoraba que, muy dentro de mí, una pequeña bacteria adquirida durante la
infancia llevaba años esperando el momento de cambiar por completo el rumbo de
aquella expedición.
La montaña no iba a derrotarme. El enemigo viajaba conmigo desde hacía años.
Seguimos caminando. Delante de nosotros apareció una inmensa explanada
nevada.
Más allá, apenas cien metros de desnivel separaban aquella antesala de la
larga llanura cimera del Cho Oyu. Miré el reloj. Eran aproximadamente las ocho
de la mañana.
Habíamos superado lo más difícil. El sueño estaba al alcance de la mano.
Nunca había estado tan cerca de cumplirlo. Y nunca había estado tan cerca
de descubrir que algunas cumbres sólo existen para enseñarnos que hay victorias
mucho más importantes que llegar arriba.
IV Cien metros:
"Hay momentos en los que el destino simplemente se sienta a tu lado y
espera a que seas tú quien tome una decisión."
Eran aproximadamente las ocho de la mañana cuando alcanzamos la amplia plataforma
nevada que precede a la extensa cima del Cho Oyu. Me detuve unos segundos. No
porque estuviera cansado. Porque necesitaba mirar.
A aquella altura el mundo adquiría una belleza difícil de explicar con
palabras. Bajo nuestros pies, el Himalaya parecía un inmóvil océano de
montañas. Las cumbres emergían entre un mar de nubes como islas de roca y hielo
suspendidas sobre otro planeta. Siempre había imaginado cómo sería contemplar
aquel paisaje y la realidad superaba cualquier fotografía que hubiera visto. El
viento comenzó a soplar con algo más de fuerza. No era un vendaval, pero sí ese
viento afilado que encuentra cualquier rendija entre la ropa y termina
alcanzando la piel. El amanecer había traído luz, aunque todavía no calor. A
más de ocho mil metros el sol tarda mucho en vencer al frío.
Nos reunimos los cuatro. Martín, Luis, Darío y yo. Nuestras palabras eran
escasas.
No hacía falta decir demasiado. Las miradas bastaban para comprender el
estado de ánimo de todos. Habíamos superado la Banda Amarilla. Habíamos
atravesado la Zona de la Muerte. Y ahora sólo quedaban unos cien metros de
desnivel repartidos en una larga travesía casi horizontal hasta el punto más
alto del Cho Oyu. Cien metros.
Pensé en todo el camino recorrido para llegar hasta allí. Pensé en los
entrenamientos bajo la lluvia. En las madrugadas saliendo a correr cuando todo
el mundo seguía durmiendo. En las anteriores expediciones. En las renuncias. En
las horas soñando con aquel instante. Toda una vida comprimida en apenas cien
metros de nieve. Me senté sobre la mochila. Saqué una barrita energética. Masticaba
lentamente mientras contemplaba el horizonte. No tenía prisa. Íbamos con un magnífico
horario.
Por primera vez desde que habíamos salido del Campo II sentí que la montaña
empezaba a concedernos un pequeño respiro. Los primeros rayos de sol comenzaron
a calentar tímidamente el rostro. Cerré los ojos unos segundos y aparecieron
ellos.
Como tantas otras veces: Mi padre. Mis abuelos. Y Pepe Chaverri.
Siempre he sentido que, cuando la montaña aprieta de verdad, tu memoria se
vuelve más intensa, y las personas que ya no están dejan de ser un recuerdo
para convertirse en una presencia. Nunca he sabido explicar esa sensación. Ni
tampoco he querido hacerlo. Hay cosas que necesitan únicamente ser vividas.
Mientras permanecía allí sentado pensé que, de alguna manera, ellos también
estaban contemplando aquel amanecer a mi lado. Era una idea sencilla. Íntima. Mi
manera de sentir que nunca caminaba completamente solo. Sonreí. Estaba feliz. Muy
feliz.
Ya era ochomilista. La cima parecía inevitable. Sólo era cuestión de
tiempo. Quizá una hora. Hora y media. Nada más.
Guardé el envoltorio de la barrita. Bebí despacio. El agua estaba casi
helada, pero conseguí hidratarme lo suficiente. Nos pusimos en pie. Era el
momento de continuar.
Di el primer paso. Y, de repente, todo cambió. No hubo ningún dolor.
Ningún mareo. Ninguna señal espectacular. Slo un sabor. Un extraño sabor metálico.
Ácido y desagradable. Como si algo se hubiera roto dentro de mí.
Intenté ignorarlo y seguí caminando. Unos pocos pasos después llegaron unos
eructos violentos y extraños. Nunca había sentido algo parecido. Fruncí el
ceño. Me detuve.
Respiré profundamente. Pensé que quizá la barrita no me había sentado bien.
Que tal vez el esfuerzo estuviera pasando factura a mi estómago. Esperé
unos segundos y volví a caminar. Entonces apareció la verdadera alarma. Mis
piernas comenzaron a perder fuerza. No de esa manera progresiva con la que
llega el cansancio después de muchas horas de esfuerzo. Fue diferente. Mucho
más brusca.
Era como si alguien hubiera abierto un grifo invisible por el que se
escapaba toda mi energía, y sentí un vacío difícil de describir. Las piernas
seguían obedeciendo, pero ya no eran las mismas. El pecho también había
cambiado. Respiraba sí, pero sin embargo, mi cuerpo parecía incapaz de
transformar ese aire en fuerza. Me detuve otra vez.
Miré a mis compañeros. Ellos continuaban avanzando lentamente. Todo parecía
normal. Sólo yo sabía que algo acababa de romperse. No sentía miedo. Todavía
no.
Sentía desconcierto. Intenté buscar una explicación lógica. Quizá era una
pájara.
Quizá un problema digestivo. Quizá sólo necesitaba descansar cinco minutos
más. Esperé. Los minutos pasaban y no mejoraba. Todo lo contrario. El extraño
debilitamiento continuaba aumentando progresivamente. Muy despacio pero sin
detenerse.
Fue entonces cuando apareció una idea que cambió por completo aquella
mañana.
No pensé en subir. Pensé en bajar.
Y, por primera vez desde que había comenzado la expedición, me hice una
pregunta que jamás había querido formularme. “¿Tendré fuerzas para regresar?”
La cima dejó de existir, y toda mi atención se concentró en esa única
cuestión. Miré hacia delante. Cien metros. Miré abajo. Más de mil metros de
descenso hasta un lugar razonablemente seguro. Entonces comprendí la realidad.
Subir aquellos cien metros era posiblemente probable. Lo que ya no tenía tan
claro era poder bajar después.
Y en una montaña la cima nunca es el final del camino. Sólo es la mitad. A
menudo, la mitad más fácil. Recordé una frase que había repetido durante años a
otras personas.
Una frase que siempre pronunciaba totalmente convencido.
—“Nunca hay que anteponer una cima a la propia vida”.
Que fácil decirla en casa. Que difícil ponerla en práctica cuando tu sueño
se encuentra a menos de una hora de distancia.
Allí, a ocho mil cien metros de altitud, comprendí que las convicciones sólo
tienen valor cuando las pone a prueba la realidad. Al verme mis compañeros se
detuvieron, y les expliqué lo que estaba sintiendo. No dramatizamos. No hacía
falta.
Nos conocíamos lo suficiente para entender que nadie inventa una debilidad
semejante a esa altura cuando ya estas rozando la cumbre.
Me agaché unos instantes. Aproveché
para hacerme unas fotografías. No por vanidad.
Necesitaba regalarme unos minutos más, y así quizá mi cuerpo reaccionara. Quizá
sólo fuera un mal momento. Quizá igual que había llegado todo desapareciera. Esperé.
El viento seguía soplando. El sol continuaba elevándose lentamente sobre el
Himalaya y la montaña permanecía indiferente. Y mi cuerpo seguía apagándose.
Entonces dejé de negociar conmigo mismo. No hubo una discusión interior. No
hubo un gran dilema. Simplemente acepté la evidencia.
La montaña seguiría allí al día siguiente. Yo no sabía si lo haría.
Me levanté lentamente. Miré una última vez hacia la cima y sentí una punzada
de tristeza. Sería absurdo negarlo.
Llevaba soñando con aquel momento desde niño. Pero, curiosamente, no
experimenté frustración. Sólo una inmensa serenidad. La serenidad de quien sabe
cuál es aunque duela la decisión correcta.
Miré a mis compañeros.
—“Yo me bajo”.
Fueron tres palabras.
Tres palabras que cambiaron para siempre mi vida.
Mientras comenzaba a girarme para iniciar el descenso, comprendí algo que
tardaría muchos años en ser capaz de expresar.
Las montañas no siempre nos ponen a prueba preguntándonos cuánto somos
capaces de soportar. A veces nos hacen una pregunta mucho más difícil. Nos
preguntan si somos capaces de renunciar. Y aquel día descubrí que el verdadero
valor no consistía en conquistar una cima. Consistía en ser capaz de darle la
espalda.
V La verdadera cima:
"La derrota nunca consiste en regresar. La derrota es olvidar por qué
emprendiste el camino."
Hay decisiones que apenas ocupan unos segundos y que, sin embargo, cambian
una vida.
La mía duró lo que tarda un hombre en girarse sobre sus propias huellas en
la nieve.
Frente a mí quedaban apenas cien metros de desnivel y una larga planicie
que conducía hasta el punto más alto del Cho Oyu. Detrás, un descenso de más de
mil metros hasta el Campo II. Delante estaba el sueño que había perseguido
durante media vida. Detrás, únicamente la incertidumbre. No recuerdo haber
sentido rabia.
Ni frustración. Ni siquiera tristeza.
Lo que recuerdo con absoluta claridad fue una extraña serenidad.
Cuando uno deja de luchar contra la evidencia, la mente se vuelve
sorprendentemente tranquila. La montaña ya había hablado. Sólo quedaba
escucharla.
Les deseé suerte a Martín, a Luis y a Darío. Luis, no sé bien por qué,
también decidió bajarse… Nos dimos un apretón de manos, breve y sincero.
Ninguno intentó convencerme de continuar.
Los vi alejarse muy despacio. Martin y Darío hacia arriba, Luis hacia
abajo. A Luis le dije que no me esperara, que bajara a su ritmo. En aquellas
alturas las decisiones únicamente pertenecen a quien tiene que cargar con sus consecuencias.
Durante unos instantes sus figuras recortadas contra la nieve permanecieron
inmóviles en mi memoria. Después el relieve de la montaña terminó por
ocultarlas y me quedé solo. Completamente solo. Respiré hondo. Miré una última
vez hacia la cima. Era hermosa. Quizá precisamente porque ya sabía que no iba a
alcanzarla.
Me di la vuelta y comencé a descender. Los primeros pasos fueron
relativamente fáciles. El cuerpo todavía conservaba cierta inercia. Sin
embargo, apenas unos minutos después comprendí que aquello no era una simple
indisposición. Las fuerzas seguían desapareciendo. No poco a poco. No. Era como
si alguien hubiera ido vaciando lentamente el depósito de energía de mi
organismo hasta dejarlo seco. Cada diez o doce pasos tenía que detenerme. Después
cada ocho. Más tarde cada cinco.
Me sentaba sobre la nieve. Esperaba unos segundos. Respiraba profundamente.
Intentaba recuperar algo de fuerza y volvía a ponerme en pie. Y repetía la
misma operación una y otra vez.
Nunca había experimentado una sensación semejante. No era agotamiento
muscular.
Mis piernas querían caminar. Simplemente ya no podían. El cuerpo empezaba a
desconectarse de sí mismo.
Pensé en beber. Saqué una de las cantimploras y bebí. El agua descendió
lentamente por la garganta. Esperé que me devolviera algo de energía, pero no
ocurrió.
Mastiqué con dificultad un pequeño trozo de chocolate, pero tampoco cambió
nada.
Entonces comprendí que el problema no estaba en la alimentación. Era mucho
más serio. Continué descendiendo.
La montaña había cambiado por completo.
Durante la subida apenas me había fijado en la dureza del terreno. El
entusiasmo había convertido cada pendiente en un simple trámite. Ahora cada
metro me parecía interminable. Las pequeñas ondulaciones de nieve se transformaban
en enormes obstáculos y las distancias, en vez de menguar se dilataban.
El Campo II nunca parecía acercarse.
En varias ocasiones tuve que detenerme porque una intensa sensación de
desmayo me obligaba a sentarme inmediatamente. Era una advertencia muy clara.
Era consciente de que si intentaba forzar el ritmo, acabaría perdiendo el
conocimiento.
Y allí arriba, solo, aquello significaba probablemente el final. Comprendí
que ya no podía permitirme pensar en llegar rápido. Que mi único objetivo
consistía en seguir bajando y llegar como fuera. Un paso y después otro. Nada
más.
Toda mi vida quedó reducida a esa sencilla tarea. Respirar, caminar,
sentarme, respirar otra vez y volver a caminar.
En esos momentos hay una humildad especial. La montaña termina despojándote
de cualquier ambición. Ya no piensas en
el prestigio. Ni en la fotografía de la cumbre.
Ni en explicar nada cuando regreses. Sólo deseas llegar vivo al siguiente
lugar seguro.
Y, curiosamente, esa simplicidad hace que todo cobre mucho más sentido.
Nunca me sentí derrotado. Podrá parecer extraño, pero es la verdad. Me
sentía preocupado. Muy preocupado. Sabía que algo serio estaba ocurriendo
dentro de mí.
Pero también tenía la certeza de haber tomado la única decisión correcta
posible.
Durante aquellos interminables metros de descenso recordé muchas
conversaciones mantenidas años atrás. Como cuántas veces había repetido a otros
montañeros que ninguna cima justificaba poner la vida en peligro. Esas historias
que había escuchado de personas incapaces de renunciar cuando todavía estaban a
tiempo de hacerlo. Siempre desde el valle es fácil opinar. Lo difícil es
mantener las mismas convicciones cuando la cima está tan cerca que casi puedes
tocarla.
Aquella mañana descubrí que nuestras verdaderas creencias no se manifiestan
cuando hablamos. Se manifiestan cuando elegimos. Y yo acababa de elegir.
No sé cuánto tiempo tardé en regresar hasta las proximidades de la Banda
Amarilla.
El tiempo había dejado de existir. Sólo recuerdo el enorme esfuerzo que suponía
perder altura. Resulta paradójico que todo el mundo piensa que lo difícil es
subir.
Sin embargo, muchas veces lo verdaderamente peligroso comienza cuando uno
se da la vuelta. Bajar exige seguir pensando. Seguir concentrado. Seguir
tomando decisiones acertadas cuando el cuerpo apenas responde.
Al superar nuevamente la franja rocosa tuve que extremar la atención.
Las viejas cuerdas fijas seguían allí. La roca seguía siendo la misma.
Pero yo ya no era el mismo hombre que había ascendido unas horas antes por
ellas.
Las manos comenzaban a temblarme y notaba un sudor frío bajo la ropa.
La debilidad seguía creciendo. Cada maniobra requería un enorme esfuerzo.
Aun así conseguí descender aquel tramo sin incidentes rapelando por esas
desgarradas cuerdas. Pero era la ley del mínimo esfuerzo y debía correr ese
riesgo.
Al alcanzar de nuevo las pendientes de nieve respiré con cierto alivio. El
terreno era más amable. Aunque mi cuerpo continuaba empeñado en recordarme que
la verdadera batalla estaba dentro de mí.
Las horas siguieron transcurriendo lentamente. El sol ya iluminaba toda la
montaña.
Sin embargo, yo comenzaba a sentir un frío extraño. No era el frío del
ambiente.
Era un frío que nacía desde mi interior. Como si mi organismo empezara a
quedarse sin combustible. Cada cierto tiempo levantaba la vista buscando el
Campo II. Parecía inmóvil. Nunca he vuelto a experimentar una sensación igual.
Era como caminar hacia un lugar que se alejaba exactamente a la misma
velocidad que yo avanzaba. Pero seguí. Siempre seguí. Porque, en realidad,
nunca contemplé otra posibilidad. La montaña podía quitarme las fuerzas. Podía
quitarme la velocidad.
Incluso podía quitarme la esperanza durante algunos minutos. Pero nunca podría
quitarme la voluntad de dar un paso más.
Y mientras esa voluntad siga viva, siempre existe una posibilidad.
Finalmente, ya bien entrada la tarde, distinguí con claridad las tiendas
del Campo II.
Nunca una tela amarilla me había parecido más hermosa. Los últimos metros
fueron los más difíciles de toda la jornada. No porque el terreno empeorara. Porque
mi cuerpo había llegado al límite.
Subí una última pendiente nevada deteniéndome una y otra vez.
Hubo momentos en los que sentí cómo sin pedir permiso las lágrimas
aparecían.
No eran lágrimas de dolor. Ni de miedo. Eran las lágrimas de quien
comprende que sigue caminando únicamente gracias a una mezcla de voluntad,
orgullo y algo de esa fuerza misteriosa que aparece cuando uno más la necesita.
Al llegar a las tiendas apenas podía mantenerme en pie. Había montañeros de
otras expediciones descansando. Muchos también habían renunciado a la cima. Algunos
ya preparaban el descenso al Campo Base. Recuerdo sus rostros observándome. Yo
apenas podía responderles. Sentía que, si gastaba la poca energía que me
quedaba pronunciando unas palabras, no tendría suficiente para mantenerme
consciente.
Sin decir nada, me dejé caer de rodillas y me arrastré lentamente hasta el interior de mi
tienda. No entré en ella. Me refugié.
Y, tumbado sobre aquel reducido espacio de lona rodeado por la inmensidad
del Himalaya, todavía ignoraba que la jornada más difícil de toda la expedición
aún no había terminado. La montaña me había permitido regresar. Ahora comenzaba
otra lucha mucho más callada y mucho más peligrosa.
VI La larga noche
"La montaña ya me había arrebatado la cima. Ahora quería averiguar si
también era capaz de arrebatarme la lucidez."
Me dejé caer dentro de la tienda sin la menor elegancia. No recuerdo
haberme tumbado. Recuerdo haber dejado de sostener mi propio peso.
Hasta ese momento toda mi energía había estado concentrada en una única
idea: llegar.
Ahora que por fin había alcanzado el Campo II, mi cuerpo parecía concederse
permiso para derrumbarse. Permanecí inmóvil varios minutos escuchando
únicamente mi respiración. Nunca un silencio me había parecido tan pesado.
Fuera continuaba la vida del campamento. Oía voces apagadas, el roce del
viento sobre las tiendas, el tintineo metálico de algún hornillo. Eran sonidos
cotidianos en una expedición. Sin embargo, yo tenía la sensación de encontrarlos
a kilómetros de distancia. Apenas podía moverme.
Cada vez que intentaba incorporarme, una oleada de debilidad recorría todo
mi cuerpo. No era cansancio. El cansancio mejora cuando descansas y aquello
seguía creciendo. Notaba un intenso sabor amargo en la boca. Después llegaron
las náuseas.
Y, poco más tarde, una violenta necesidad de salir precipitadamente al
exterior.
Entonces comprendí que aquello no tenía nada que ver con una simple
indisposición.
Volví a entrar en la tienda completamente exhausto. Ni siquiera tenía
fuerzas para preocuparme.
Hay momentos en los que el cuerpo impone una prioridad absoluta:
sobrevivir. Todo lo demás deja de importarte.
Al cabo de un rato apareció el sherpa que trabajaba con Fernando Garrido.
Sin decir demasiadas palabras comenzó a prepararme una sopa caliente.
Aún hoy recuerdo aquel gesto con enorme gratitud.
En las grandes montañas descubres que la solidaridad se manifiesta en cosas
pequeñas. Una taza caliente. Un saco que alguien comparte. Una mano tendida
cuando apenas puedes levantar la tuya.
Sorbí muy despacio la sopa. El calor descendió por mi pecho lentamente.
Durante unos minutos tuve la sensación de encontrarme algo mejor. Muy poco,
pero lo suficiente para volver a pensar con claridad. Cogí la emisora. Necesitaba
hablar con Michel. El médico del GREIM que permanecía en el Campo Base.
Durante toda la expedición había demostrado una serenidad extraordinaria.
Transmitía esa tranquilidad que sólo poseen quienes han aprendido a enfrentarse
muchas veces a situaciones límite. Le describí exactamente lo que me estaba
ocurriendo. El sabor metálico. La pérdida progresiva de fuerzas. Las náuseas.
La diarrea negra que acababa de aparecer.
Al otro lado de la radio se hizo un breve silencio… Al poco Michel comenzó
a hacerme preguntas muy concretas y respondí una por una.
Su tono seguía siendo tranquilo, pero yo intuía que aquella tranquilidad
escondía una creciente preocupación.
Me pidió que permaneciera atento. Que intentara hidratarme. Que no
realizara ningún esfuerzo innecesario. No añadió nada más.
Sin embargo, bastó escuchar su voz para comprender que aquello era mucho
más serio de lo que yo imaginaba.
La tarde fue apagándose lentamente y el frío regresó con rapidez.
Y entonces recordé un detalle que hasta ese momento me había pasado
completamente desapercibido. No tenía saco de dormir.
La tormenta de días atrás se había llevado el mío junto con la tienda, y
como mi estado físico era tan bueno, pensaba hacer cima y bajar directamente al
campo uno.
Aquella noche tendría que soportar el frío únicamente protegido por el mono
de plumas prestado, una ligera funda de vivac y un recurso improvisado que
tantas veces había utilizado en otras expediciones: introducir los pies dentro
de la mochila para ganar algunos grados de aislamiento. No era una solución. Era
simplemente lo que tenía.
Fuera comenzaba a oscurecer y dentro de la tienda el aire se volvía cada
vez más frío.
Intenté dormir. Fue imposible. El cuerpo no encontraba postura y cada poco
tiempo las náuseas o la diarrea me obligaban a salir al exterior nuevamente. La
debilidad continuaba aumentando. Aun así, jamás llegué a pensar que pudiera
morir.
Nunca. Quizá fuera inconsciencia. Quizá confianza. O quizá la mente dispone
un extraño mecanismo que la protege cuando la realidad resulta demasiado dura
para asumirla.
Mientras yo luchaba contra mi propio organismo, otro problema comenzaba a
preocupar al campamento. Fernando Garrido todavía no había regresado con Lito
su cliente, ni Legi. El único miembro de la expedición del Greim que había
llegado a la cumbre. Los tres habían continuado hacia la cumbre mientras yo
iniciaba el descenso.
Sabíamos que llevaban un buen horario. Pero las horas seguían pasando y no
había noticias de ellos.
La noche cayó completamente sobre el Cho Oyu.
Las temperaturas descendieron de nuevo muy por debajo de los veinte grados
bajo cero. Las emisoras comenzaron a sonar con mayor frecuencia. Primero con
simples llamadas rutinarias. Después
aparecieron las primeras notas de preocupación.
Yo miraba el reloj constantemente. Las diez. Las once. Las doce de la
noche.
Seguían sin aparecer.
En la montaña existe una hora a partir de la cual la inquietud deja de ser
una posibilidad para convertirse en una certeza, y todos sabíamos que esa hora
había llegado.
Finalmente, cerca de la una de la madrugada, escuché voces en el exterior.
Fernando y Lito acababan de llegar. Entraron completamente exhaustos.
Faltaba Legi.
Las conversaciones por radio comenzaron a intensificarse.
Su voz llegaba entrecortada, confusa, desorientada.
Michel y el resto del equipo trataban de averiguar dónde se encontraba.
Legi respondía con frases inconexas. Era evidente que algo no iba bien.
¿El extremo cansancio y quizá los primeros síntomas de un edema cerebral
estaban alterando su capacidad para orientarse?
Permanecí inmóvil, escuchando atentamente cada comunicación. Conocía
perfectamente el recorrido. Había ascendido y descendido por allí apenas unas
horas antes.
Mientras todos intentaban reconstruir su posición, yo empecé a imaginar
mentalmente el itinerario. Cada pendiente. Cada cambio de dirección. Cada
resalte de hielo. Y poco a poco una idea comenzó a tomar forma.
Y, cuanto más escuchaba las respuestas de Legi, más convencido estaba de
haber comprendido dónde se encontraba realmente y sentí un escalofrío que no
tenía nada que ver con el frío.
Si mi interpretación era correcta, Legi no caminaba hacia el Campo II.
Estaba descendiendo directamente hacia una inmensa barrera de seracs
montaña abajo. Un laberinto de hielo vertical del que difícilmente habría
podido salir con vida en su estado. Durante unos segundos dudé. No quería
entrometerme.
Había personas mucho más preparadas que yo coordinando el rescate desde el
Campo Base. Pero cada nueva respuesta de Legi reforzaba mi intuición.
No podía permanecer callado. Cogí la emisora. Respiré hondo y hablé.
Sin saberlo, la montaña acababa de regalarme una segunda oportunidad
aquella misma noche.
Ya no podía acercarme a una cima. Pero quizá todavía pudiera ayudar a que
otro hombre regresara con vida.
VII El faro
"A veces la vida te coloca en una situación extraña: apenas eres capaz
de salvarte a ti mismo y, sin embargo, alguien necesita que seas tú quien lo
ayude."
Durante unos segundos permanecí con la emisora entre las manos.
No me correspondía dirigir aquella situación.
En el Campo Base estaban Michel, Fernando y hombres con mucha más
experiencia que yo coordinando el descenso.
Pero había algo que no dejaba de repetirse en mi cabeza. Conocía aquella
montaña.
La acababa de recorrer. Recordaba perfectamente la dirección de cada pala
de nieve, de cada cambio de pendiente y de cada tramo delicado.
Mientras escuchaba las respuestas de Legi, iba reconstruyendo mentalmente
el recorrido como quien despliega un invisible mapa. No tardé en convencerme.
No descendía hacia nosotros. Descendía hacia el vacío.
Cogí aire, y apreté el botón de la emisora.
-“¡Legi! Escúchame. Detente donde
estés. No des un paso más hacia abajo”.
Durante unos segundos sólo respondió el murmullo del viento. Después llegó
su voz.
Confusa. Muy lenta.
—...Estoy bajando...
Aquellas tres palabras bastaron para confirmar mis sospechas. No sabía
dónde estaba.
Sólo sabía que quería seguir descendiendo, y que eso era precisamente lo
que no podía hacer.
Volví a hablar.
Esta vez con un tono mucho más firme.
—“No bajes. Escúchame bien. Sin
perder altura, gira hacia tu izquierda y comienza a caminar completamente horizontal.
No desciendas ni un sólo metro. Sigue recto hacia tu izquierda hasta que veas
nuestras luces”.
Al terminar de hablar se hizo un silencio absoluto. No sólo en mi tienda. En
toda la montaña. Era uno de esos silencios que parecen detener incluso el
viento.
Todos esperábamos la respuesta. Pasaron unos segundos y parecieron una
eternidad.
Finalmente volvió a escucharse el chasquido de la emisora.
—“...Voy...”
Nada más.
Pero era suficiente. Había comprendido la orden. Ahora sólo quedaba
esperar.
Me incorporé con enorme dificultad y salí de la tienda. Las piernas seguían
sin responder y cada movimiento me dejaba exhausto.
Aun así empecé a registrar todas las tiendas cercanas. Necesitaba luces que
fueran visibles desde la distancia. Cogí mi frontal. Después otro. Luego el de
Lito, que dormía rendido después del esfuerzo de la cumbre. Encontré algunos
más de repuesto.
No recuerdo cuántos. Sólo recuerdo la urgencia.
Entré nuevamente en la tienda y coloqué todos los frontales mirando hacia
arriba, iluminando la amarillenta lona del techo.
En pocos segundos aquella pequeña tienda dejó de ser un refugio y se convirtió en un faro. Un humilde faro de tela
perdido a más de siete mil metros de altitud.
Pensé que quizá fuera suficiente. Pensé también que quizá no.
Fuera, la noche seguía siendo absoluta. No existía luna.
Sólo una inmensa oscuridad interrumpida por algunas estrellas.
Y, en medio de aquella inmensidad, un hombre completamente solo intentando
orientarse con su lucidez quebrada por la altitud.
La espera comenzó a hacerse interminable. Nadie hablaba. Las emisoras
permanecían abiertas pero mudas.
De vez en cuando alguien preguntaba.
“¿Legi?”
No había respuesta. Volvíamos a esperar.
Nunca el tiempo había transcurrido tan despacio. A veces creemos que
la tensión consiste en actuar. No. La verdadera tensión consiste en no poder
hacer nada.
En permanecer quieto mientras imaginas todos los posibles desenlaces. Miraba
una y otra vez la lona iluminada de la tienda. Pensaba en el frío que debía
estar soportando.
En el agotamiento. En la desorientación.
Intentaba convencerme de que en cualquier momento aparecería.
Pero otra voz, mucho más realista, me recordaba continuamente que
aquellas montañas no regalaban segundas oportunidades con facilidad.
De repente, el silencio voló y la emisora cobró vida.
-“¡Veo unas luces!”
Jamás olvidaré aquella frase. Nunca tres palabras me habían parecido
tan hermosas.
Cerré los ojos unos segundos. Respiré profundamente. Había conseguido
encontrar un punto de referencia. Cogí inmediatamente la emisora.
-“Perfecto Legi. Son las luces del campo dos. Baja directamente hacia
ellas. Ya estás. No cambies de dirección y desciende directamente hacia ellas”.
Ahora sí. Ahora sabía que saldría. Aunque todavía quedaba trabajo.
Desde su posición la pendiente descendía con fuerza. No era
especialmente difícil, pero para un hombre aparentemente agotado, desorientado,
y de alguna forma afectado por la altitud podía convertirse en una trampa.
Entonces llegó el silencio. Un silencio interminable. Durante más de
una hora las emisoras permanecieron mudas. No hubo una sola palabra. Aquella
ausencia de respuestas fue mucho más angustiosa que cualquier conversación.
Empecé a imaginar todos los escenarios posibles.
De pronto, la voz de Legí rompió de nuevo aquel vacío.
—“No veo las luces”.
Aquellas palabras me llenaron de una inmensa incertidumbre. La
ansiedad se apoderó de mí. ¿Dónde estaba? ¿Cómo era posible que no pudiera ver
el campamento? Hasta que, de repente, recordé un pequeño detalle del terreno.
Justo al final de la bajada, muy cerca ya de las tiendas, había una pequeña
depresión del terreno, una especie de badén desde el que después sólo había que
remontar unos pocos metros para llegar al campamento. Si se encontraba allí, la
propia irregularidad del terreno podían ocultarle las luces.
Salí de nuevo de la tienda. Levanté el brazo y comencé a lanzar el haz
de mi frontal hacia el cielo, una y otra vez, mientras le hablaba por la
emisora.
—“Legí, mira hacia arriba y busca una luz en el cielo”.
Apenas transcurrieron unos instantes cuando respondió. Había visto el
destello.
Poco después distinguí una sombra moviéndose lentamente sobre la
nieve. Primero pensé que era una ilusión. Después vi cómo aquella silueta
avanzaba con lentitud. Era él. Caminaba como un hombre
que hubiera olvidado incluso cómo se camina.
Pasó junto a mí. Me miró fugazmente. Y dijo con absoluta naturalidad:
—“Buenas noches”.
Nada más. Ni una pregunta. Ni una explicación. Ni un gesto de euforia.
Simplemente siguió caminando hasta introducirse dentro de su tienda.
Sonreí. No porque la escena resultara surrealista y cómica, sino porque
aquella frase resumía perfectamente el estado en el que se encontraba. La
altitud había nublado su conciencia.
A la mañana siguiente apenas recordaría nada de lo sucedido.
Yo, en cambio, jamás lo olvidaría.
Meses después sus compañeros me relataron cómo
habían vivido aquella noche desde el Campo Base. Me dijeron que, cuando
confirmé por radio que Legi estaba ya junto a mí, muchos se abrazaron y rompieron
a llorar. Alguno llegó a decirme que le había salvado la vida. Nunca he
compartido esa idea. La montaña nunca pertenece a una sola persona. En
situaciones así intervienen demasiados factores. La suerte. La experiencia. La
intuición. La colaboración de todos. Y, sobre todo, la voluntad del propio
montañero por seguir luchando. Aquel comentario, además, me hizo pensar en
ellos. En aquellos hombres del GREIM, acostumbrados a acudir cuando todo parece
perdido. ¿Cuántas vidas habrían salvado ellos a lo largo de los años?
Seguramente decenas, quizá cientos. Y, sin embargo, estoy convencido de que
ninguno de ellos se sentía un salvador. Para ellos rescatar a alguien no era un
acto de heroísmo, sino un silencioso compromiso con la vida, asumido con la
misma humildad con la que regresaban a casa después de cada intervención.
Sin embargo, aquella noche me dejó una enseñanza que nunca me ha dejado.
Había renunciado a una cima para conservar mi vida, y apenas unas horas
después, la montaña me había regalado la oportunidad de comprobar que ningún
éxito personal tiene tanto valor como ayudar a otro ser humano a regresar con
los suyos.
Quizá aquella fuera la verdadera razón por la que no alcancé la cumbre. Porque
la montaña todavía tenía reservada para mí una lección mucho más importante.
De haberlo hecho con la facilidad que se auguraba, yo hubiera estado
agotado durmiendo en el campo uno o incluso en el campo base con la emisora
apagada.
Y sin embargo, esa noche, iluminando una simple tienda con unos cuantos
frontales, comprendí que a veces basta una pequeña luz para impedir que alguien
se pierda para siempre.
VIII Descender
"A veces sobrevivir no consiste en vencer. Consiste, simplemente, en
no dejar de andar."
Aquella noche apenas dormí.
No sabría decir si conseguí cerrar los ojos durante unos minutos o si
únicamente permanecí inmóvil, esperando que amaneciera.
El frío se colaba por cualquier rincón de la tienda.
Sin saco de dormir, envuelto únicamente en el mono de plumas prestado y
protegido por la ligera funda de vivac, trataba de conservar el calor
encogiendo las piernas y refugiando los pies dentro de la mochila. Era un viejo
recurso aprendido muchos años atrás en otras montañas, pero aquella noche
apenas conseguí engañar al frío.
El verdadero enemigo, sin embargo, ya no estaba fuera. Lo llevaba dentro. Las
náuseas continuaban. La debilidad también.
Cada cierto tiempo tenía que salir de la tienda para atender una diarrea
negra y espesa que entonces no comprendía, aunque hoy sé que era el aviso
silencioso de una hemorragia interna.
Regresaba arrastrando los pies y me tumbaba de nuevo y esperaba.
No había nada más que pudiera hacer.
Sin embargo, curiosamente había una sensación que nunca llegó a
abandonarme. La calma.
Resulta extraño decirlo, pero jamás tuve la impresión de que fuera a morir.
Sabía que estaba enfermo. Sabía que algo significativo ocurría dentro de mi
cuerpo.
Pero también sabía que mientras fuera capaz de mantener la cabeza fría
tendría una oportunidad.
Siempre he pensado que, en situaciones límite, la mente termina siendo más
importante que las piernas. Las piernas sólo obedecen. Es la cabeza quien
decide continuar.
Cuando comenzaron a aparecer las primeras luces del amanecer escuché
movimiento en el campamento. Las cremalleras de las tiendas. Las voces
apagadas. Los hornillos encendiéndose.
El sonido cotidiano cuando una expedición vuelve lentamente a la vida. Yo
seguía tumbado esperando encontrar alguna mejoría que nunca llegaba.
Michel insistió por radio en que descendiera cuanto antes al Campo Base.
No hacía falta convencerme. También yo sabía que permanecer una hora más a
siete mil doscientos metros no tenía ningún sentido. Aunque el problema era
otro.
¿Sería capaz de bajar?...
Respiré hondo. Me incorporé muy despacio. Y sólo ese gesto me obligó a
detenerme unos segundos. La cabeza seguía funcionando con claridad. El cuerpo,
no.
Preparé la mochila sin ninguna prisa. No quedaba espacio para la
precipitación.
Cada movimiento suponía un enorme esfuerzo.
Recuerdo mirar el paisaje antes de comenzar el descenso. El Cho Oyu
aparecía completamente distinto al del día anterior. Quizá la montaña fuera
exactamente la misma y quien había cambiado era yo.
Ya no veía una cima. Veía el camino a casa.
Comencé a caminar.
Los primeros metros confirmaron lo que ya sospechaba. Que continuaba
extremadamente débil.
Aun así, perder altura obraba un pequeño milagro.
Cada cien metros descendidos parecía devolverme una mínima parte de las
fuerzas.
Y aunque no era una recuperación, era el alivio que proporciona volver poco
a poco a un lugar donde el cuerpo puede respirar mejor.
El paisaje empezó a llenarse otra vez de detalles. Pequeños relieves de
nieve. Afloramientos de roca. Sombras proyectadas sobre los enormes glaciares. El
mundo recuperaba lentamente sus formas.
Pensé entonces en lo curiosa que resulta la vida.
Veinticuatro horas antes caminaba hacia el sueño más importante de mi trayectoria
como alpinista. Ahora mi único objetivo consistía en llegar vivo al Campo Base.
Y, sorprendentemente, no sentía ninguna decepción. Había algo mucho más
fuerte ocupando su lugar: Gratitud.
Gratitud por seguir caminando, por seguir pensando con claridad, por seguir
teniendo una oportunidad.
Comprendí que muchas veces no valoramos lo extraordinario que resulta algo
tan sencillo como poder dar un paso.
Sólo cuando ese paso cuesta un inmenso esfuerzo descubrimos el regalo que
siempre había sido.
El descenso se prolongó durante toda la jornada. Las horas parecían no
terminar nunca. De vez en cuando tenía que detenerme, respirar, beber un poco, vomitar,
esperar, continuar… sin prisas, sin heroicidades, sólo avanzando.
Al aproximarme al gran nevero situado bajo el Campo I distinguí varias
figuras que ascendían hacia mí. Eran algunos miembros del GREIM que habían
salido a mi encuentro. No recuerdo exactamente quiénes. Sí recuerdo sus rostros
de preocupación. Su alivio al comprobar que seguía caminando.
No me hicieron demasiadas preguntas. No era el momento. Simplemente me
cogieron la mochila y se colocaron a mi lado, sin invadir mi espacio, sin
hacerme sentir débil acompañándome.
A veces la amistad no consiste en sostener a alguien. Consiste únicamente
en caminar a su mismo ritmo. Aquel gesto me emocionó profundamente.
Seguimos descendiendo juntos.
Poco a poco el Campo Base comenzó a aparecer entre las morrenas del
glaciar.
Nunca olvidaré aquella visión.
Después de tantos días viviendo rodeado únicamente por hielo y silencio,
las tiendas parecían un pequeño pueblo levantado en el lugar más improbable del
planeta.
Había vida. Había personas. Había calor. Y, sobre todo, había ayuda.
Nada más llegar vi a Michel salir apresuradamente de su tienda. Llevaba
horas esperándome.
Sobre una improvisada camilla había preparado varios sueros que colgaban
del techo de lona de mi tienda. Su expresión hablaba por sí sola.
No necesité hacerle muchas preguntas. Bastó una mirada.
—“Túmbate”.
No fue una sugerencia, sino una orden. Yo obedecí.
Me exploró con rapidez, pero sin perder nunca la serenidad.
Escuchaba mi pecho con su fonendoscopio, tomaba mi pulso, mi tensión, observaba mis pupilas, palpaba
mi abdomen...
Yo seguía sin ser plenamente consciente de la gravedad de la situación.
Cuando terminó, conectó inmediatamente el primer gotero a mi vena. Después
otro.
Noté como un líquido frío comenzó a recorrer lentamente el interior de mi
brazo, y noté un alivio difícil de describir. Como si por fin alguien hubiera
empezado a devolverle el combustible a un motor que llevaba demasiadas horas
funcionando en la reserva.
Mientras permanecía tumbado observaba cómo algunos compañeros asomaban la
cabeza por la puerta de la tienda. Entraban despacio y preguntaban cómo me
encontraba. Sonreían. Intentaban quitar importancia a lo ocurrido.
Pero había algo en sus miradas que no conseguían esconder. Preocupación.
Fernando apareció poco después y se sentó a mi lado. Durante unos segundos guardó
silencio, y después me hizo una pregunta que nunca olvidaré:
—“¿Tienes miedo?”
Me sorprendió. Lo miré. Y, casi sin pensar, respondí riendo.
—“¿De qué?”
No era una pose. Lo dije completamente convencido. No era valentía.
Simplemente desconocía el verdadero alcance de lo que me estaba sucediendo.
Sólo mucho tiempo después comprendí por qué Fernando me había hecho aquella
pregunta.
Meses más tarde Michel me contó que aquella noche había llegado a pensar
que no conseguiría sacarme de aquella montaña con vida. Incluso sus compañeros
me confesaron que la noche que yo pasé arriba contándole mis síntomas, lloró.
También me confesó que si aquella misma
hemorragia se hubiera producido en mi casa, en Barbastro, una ambulancia me habría trasladado de urgencia
al hospital.
Sin embargo, el destino había decidido que ocurriera a más de ocho mil
metros de altitud, a varios días de cualquier carretera y en uno de los lugares
más aislados de la Tierra.
Nunca encontró una convincente explicación médica para que hubiera
conseguido descender caminando. Desde su experiencia, aquello escapaba a
cualquier razonamiento lógico: una pérdida importante de sangre provocada por
una úlcera de estómago, dos noches sin dormir, el agotamiento extremo de la
altura y un organismo sometido a un esfuerzo que parecía estar más allá de sus
límites. La combinación de todos aquellos factores hacía casi imposible comprender
cómo había sido capaz de seguir avanzando, mantenerse en pie y llegar hasta el
Campo Base.
Yo tampoco. Quizá existan cosas que no necesitan explicación, sólo
agradecimiento.
Unas semanas después, ya en España, los médicos confirmaron su diagnóstico.
Una úlcera provocada por la bacteria Helicobacter pylori, compuesta probablemente
años antes, se había perforado y había comenzado a sangrar.
Mi cuerpo llevaba años conviviendo con aquel silencioso enemigo y eligió el
lugar más inhóspito del planeta para manifestarse.
Sonreí al conocer el diagnóstico. No porque tuviera ninguna gracia, sino
porque comprendí algo que jamás había imaginado.
Durante mucho tiempo había creído que aquella expedición era una historia
sobre una montaña y en realidad, nunca lo fue.
Era una historia sobre la fragilidad, sobre la suerte, y sobre el inmenso
privilegio que supone regresar a casa cuando todo parecía empeñado en
impedirlo.
EPÍLOGO: La cima que nunca pisé:
"Con los años he comprendido que las montañas nunca te preguntan si
has llegado a la cima. Te preguntan quién eres cuando vuelves a casa."
Durante mucho tiempo, cuando alguien me preguntaba por el Cho Oyu, respondía
siempre de la misma manera:
—“Me quedé a cien metros de la cima”.
Era una respuesta cierta pero incompleta. Reducía una de las experiencias
más intensas de mi vida a un simple dato geográfico.
Cien metros. ¡Qué curioso! Hay personas capaces de recorrer miles de kilómetros
para perseguir un sueño y al final, creen que toda la historia puede resumirse
en la distancia que les faltó para alcanzarlo. Yo también caí en ese error.
Durante años pensé que aquella expedición había sido una oportunidad
perdida.
Una cima que se me había escapado cuando ya casi podía tocarla.
Incluso llegué a preguntarme alguna vez qué habría ocurrido si hubiera dado
diez pasos más. O veinte. O cincuenta.
Pero el tiempo tiene la enorme virtud de colocar cada recuerdo en el lugar
que le corresponde. Y cuando eso ocurre, cambia por completo la perspectiva.
Hoy sé que la cima nunca fue el verdadero objetivo de aquella expedición. El
verdadero objetivo fue regresar. Porque las montañas tienen una forma de
enseñar muy particular. Sin palabras. Enseñan a través de las decisiones.
Aquella mañana, a más de ocho mil metros de altitud, nadie me obligó a darme
la vuelta. Nadie me prohibió continuar. Nadie habría podido juzgarme si hubiera
decidido seguir caminando hacia arriba. La decisión fue únicamente mía. Y por
eso precisamente sigue siendo una de las más importantes que he tomado en toda
mi vida.
Vivimos en una sociedad que admira a quien nunca renuncia. Una
sociedad que nos enseñan que abandonar
es fracasar, que detenerse es perder, o que el éxito pertenece siempre al que
insiste un poco más que los demás. Quizá por eso resulta tan difícil explicar que,
algunas veces, la mayor muestra de fortaleza consiste precisamente en
renunciar. No por miedo. No por falta de voluntad. Sino por inteligencia.
Porque existe una enorme diferencia entre luchar por un sueño y convertirse
en su esclavo.
Muy pronto las montañas me enseñaron que ninguna cima merece una vida. Y
aquel día tuve la oportunidad de demostrarme que realmente lo creía.
Con los años he conocido historias de alpinistas extraordinarios que nunca regresaron.
Algunos tenían más experiencia que yo, otros mejor preparación física, muchos
alcanzaron la cima… Pero la montaña nunca distingue currículums, sólo distingue
decisiones. A veces basta un paso de más, un minuto de retraso, una mala
elección, y el sueño termina convirtiéndose en tragedia. Quizá por eso siento tan
profundo respeto por quienes nunca volvieron. Porque sé que ninguno salió de
casa pensando que aquel iba a ser su último viaje.
Todos perseguían exactamente lo mismo que yo: Un sueño. La diferencia fue
únicamente el desenlace.
También suelo pensar mucho en aquella noche; en Legi caminando perdido en
la oscuridad. En unas simples tiendas iluminadas por varios frontales. En
aquella frase tan sencilla que pronunció al llegar: —“Buenas noches”.
Con el paso del tiempo comprendí que aquella
escena tenía mucho más significado del que entonces imaginé. Yo había
renunciado a una cima, y unas horas después la vida me había colocado en el lugar preciso para
poder ayudar a otra persona.
¿Habría ocurrido lo mismo si hubiera continuado hasta la cumbre? Nunca
lo sabré.
Tampoco importa. Hay preguntas que no buscan respuesta. Sólo invitan a
agradecer.
Cuando regresé a España y los médicos descubrieron que esa infección
provocada por Helicobacter pylori había sido la responsable de toda aquella
pesadilla, sentí una extraña mezcla de asombro y alivio. Aquella pequeña
bacteria llevaba años viviendo dentro de mí. Silenciosa, esperando.
Y había elegido uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra para
mostrarme su existencia. La montaña no fue mi enemiga. Mi enemigo viajaba
conmigo desde hacía mucho tiempo. Esa idea también me hizo reflexionar durante
mucho tiempo.
Comprendí que esto no sólo
ocurre en el alpinismo. También sucede en la vida. Que muchas veces culpamos a
las circunstancias de nuestras derrotas, sin darnos cuenta de que las
verdaderas batallas suelen librarse dentro de nosotros: Los miedos, el orgullo,
la impaciencia, esa maldita necesidad de demostrar algo. Todos enemigos mucho
más peligrosos que cualquier pared de hielo. Desde entonces he seguido
recorriendo montañas, he continuado descendiendo barrancos, he seguido
corriendo por senderos. Mi pasión nunca ha desaparecido. Pero sí cambió algo para
siempre. Dejé de medir las aventuras por las cimas alcanzadas y comencé a
medirlas por las personas con las que las compartía. Por esas historias que
regresaban conmigo, por la capacidad que tenían de recordarme quién soy.
Con el tiempo comprendí que aquel aprendizaje no podía quedarse sólo
para mí. Quise transmitirlo y compartirlo con otras personas, acompañándolas a
descubrir lugares que, más allá de la altura o de la dificultad, tenían la
capacidad de transformar algo en su interior. Y así llegaron viajes en grupo a
grandes montañas y rincones del planeta, donde tuve el privilegio de caminar
junto a personas que buscaban sus propios retos, sus propias respuestas y sus
propios momentos de conexión con la naturaleza.
Lo más curioso es que, cada vez que volvía a esos lugares con ellos,
yo también volvía a sentir lo mismo. Porque la montaña posee esa magia: crees
que eres tú quien guía a los demás, pero muchas veces son ellos quienes vuelven
a enseñarme el verdadero sentido del camino.
Al final, la verdadera aventura nunca consiste en subir una montaña, consiste
en regresar siendo mejor.
Hoy, cuando alguien me pregunta cuál ha sido la montaña más importante de
mi vida, sigo respondiendo sin dudarlo:- “ El Cho Oyu”.
Pero no porque estuviera a cien metros de su cima, sino porque fue allí
donde comprendí algo que ninguna otra montaña había conseguido enseñarme: Que
el éxito no consiste en llegar más alto que nadie, consiste en saber distinguir
cuál es el momento de seguir caminando... y cuál es el de darse la vuelta.
Porque las cumbres son lugares hermosos, pero nunca he conocido ninguna tan
alta como la paz que siente un hombre cuando puede mirarse al espejo y saber
que, el día más difícil de su vida, fue capaz de elegir con conciencia. Esa fue
mi verdadera cima, y curiosamente, fue la única que nadie, ni yo mismo, pudo
fotografiar.




















