martes, 18 de junio de 2019

¿CORRER Y MEDITAR?


Voy a escribir una extravagante y breve crónica de una carrera en la que participé hace unas semanas. Quizás la crónica más excéntrica que he escrito nunca.
Cada vez soy más consciente que hemos de cuidar por igual nuestro cuerpo y nuestra mente. Bastante me ha costado comenzar a explorar este territorio.
Ya lo era de la importancia del ejercicio físico, por una parte, pero comienzo a serlo del pensamiento por otra.
Y esto no significa tener una mente fuerte, firme y combativa que produzca que no flaquees y soportes cualquier extenuación. Esa siempre la he aprovechado más o menos, porque la había precisado en altas montañas, o carreras de ultra distancia, donde la lucha contra tu cabeza es más determinante que contra los elementos externos.
Pero, como narré en mi anterior post, mi recién iniciado contacto con la meditación está cambiando últimamente mucho mi forma de proceder.
Y en este contenido no soy ningún experto. Todo lo contrario.
Pero si soy perseverante cuando estoy convencido de algo y voy a por ello. Tanto es así, que participé en la trail Tozal de Guara, organizado por Peña Guara de 23 kilómetros, y quise correrla aplicando este nuevo dogma.
Aunque había corrido algunas carreras para acompañar o iniciar a algún amigo, llevaba más de dos años sin participar en una carrera por y para mí mismo.
Y esta la quería correr solo, pero sin sacrificarme de ningún modo; disfrutando y siendo consciente del aquí y el ahora; saboreando las sensaciones, impresiones, siendo conocedor en todo momento del presente, y no especulando en ningún instante con resultados, puestos, lo que faltaba, ni lo que llevaba. Quería disfrutar cada segundo.
¿Funcionó?, Pues sí.  
En la salida, aunque me coloqué en primera fila, estaba más relajado que nunca.
No sentía ninguna ansiedad ni desconfianza. Al contrario, tenía muchas ganas de comenzar y pasar la mañana corriendo y disfrutando por ese extraordinario paisaje.
Y en cuanto dieron la salida, pues cogí mi ritmo, siendo en todo momento moderado y consecuente, sin dejarme contagiar por ningún ritmo a mi alrededor.
No me afectaba si sobrepasaba yo a alguien, o si me adelantaban a mí. Yo a lo mío.
Tras treinta y pico años de práctica, ya conozco y no me es nada extraño, que mi mente empiece a divagar cuando estoy corriendo, con contenidos relacionados con el entrenamiento, con mis circunstancias personales, con planes futuros o la carrera en sí, si es una carrera.
Pero hoy, en esta carrera, quería tratar de no pensar más que en el aquí y ahora, pero no como carrera, si no como un anhelado trayecto, y además disfrutarlo.
Y en esta percepción, desde el momento cero lo logré; que la carrera fuera un ejercicio natural y atractivo.
En pocos kilómetros, cuando el camino se emboscó por el barranco de la Pillera, fui consciente, que era precisamente aquí, en este lugar, donde quería estar, y esa práctica de realidad encontraba sentido y espacio.
Aunque soy inexperto, sé que la meditación es una práctica que consiste en enfocar la atención con el fin de despejar la mente y reducir la ansiedad.
Aprender a dirigir la mente para desconectarte de los desasosiegos que de forma insidiosa se filtran en tus pensamientos.
Y por experiencia como corredor, soy conocedor, que correr libera mi mente y cambiar los puntos de rigidez de mi cuerpo, de manera que esa tensión o fuerza los trasformo en movimiento, cansancio, y esto me relaja y sosiega siempre.
Aquí quería correr profundamente implicado en la actividad, pero adoptando una esa especie de actitud meditativa. Ensamblar las dos causas.
Siendo muy consciente del momento presente. Porque habitualmente, nuestra mente se va del pasado al futuro y del futuro al pasado sin detenerse en el presente, de manera que no procesamos gran parte de la información a nuestro alrededor que sí captan nuestros sentidos.
Y este fue mi planteamiento de carrera. Captar cada segundo, cada olor, cada brisa, calor, sonido, paisajes. Vivir lo que estaba viviendo; ocurrir en lo que sucedía a cada instante.
Y, no sé si nunca se me había hecho tan placentera y agradable de principio a fin una carrera… y llevo unas cuantas.
Se me hizo corta y gozosa, y llegue con la misma sensación de tranquilidad, alegría y fuerza que al comenzar.
Correr siempre me ayuda a ser más conscientes del momento presente y a tolerar mejor los problemas que surgen o los que temo que aparezcan en el horizonte.
Pero hecho de esta manera, además, me conectó conmigo en el momento presente.
PD: La carrera del Tozal de Guara, es una de las que disfrutas como siempre. Una carrera altamente recomendable para pasar un buen día.
La organización, ¡chapó!

jueves, 23 de mayo de 2019

¿Y LA MENTE?


He tardado en darme cuenta.

Amo el deporte, la aventura, lo físico y todo lo que ello le reporta a mi vida.
Pero, ¿y lo mental?
En lo mental, mi cabeza es un torrente creativo y pasional sin control, que no para ni cuando duerme. Siempre lo ha sido.
Pero… nada, ni nadie se sucede por casualidad en tu vida.
El pasado sábado, me invitaron a una clase de meditación en el centro Tierra Padmáyati (Entre Monzón y Binaced).
Así que tras “meditarlo”, allí que fui.
Y lógicamente no llegué a meditar como imagino debe de ser una meditación auténtica, pero si llegue a un estado de relajación mental tal, que me removió por dentro, y me ha hecho pensar mucho desde entonces. Mi cabeza paró. Descansó.
Y sentí una paz como no había sentido desde hacía mucho tiempo. Me llegó.
De hecho, desde aquel día, mi cabeza sigue relajada.…
Descansa y ya no piensa en el futuro. Estoy sorprendido.
Incluso me he atrevido a ponerme alguna sesión en casa, y he alcanzado de nuevo ese estado de bienestar.
Más vale tarde que nunca.
Ahora me doy cuenta, que vivir con sobredosis de pensamientos y afán de controlar las circunstancias, o incluso los afectos, trae un resultado agotador y frustrante. Porque, la vida se vuelve una lucha perpetua de expectativas y análisis de todo lo que ocurre a tu alrededor.
Transitas por ella tratando de entender el significado de lo que las otras personas hacen o dicen.
Incluso es más, te afecta lo que hagan o digan.
Todo ello sumado a una enorme ambición de inmiscuirte en ella, en tu vida, para que se produzcan los resultados que deseas.
Y si, quizás esto puede funcionar con tus metas personales o deportivas, donde la disciplina, el esfuerzo, y la dedicación, son muy importantes, no lo voy a negar, y doy fe de ello, pero ¿qué pasa en el mundo del afecto?
Que el uso o abuso de esta lógica apaga o incluso mata la magia de los milagros, o de las sorpresas que personifica la vida; vivir.
Y el ego, nuestro ego, nos aleja de ese sobrecogernos. De ese conmovernos.
Porque este, nuestro ego, quiere rivalizar, controlar, y forzar todas las situaciones para que sean lo que nosotros concebimos que sean. Y no. Debemos soltar. Sin importarnos el tiempo.
Porque precisamente es el tiempo, uno de los factores que puede acobardarnos y obstaculizar este soltar.
Tenemos miedo o aún más, terror, a que no se dé lo que queremos, e intentamos inmiscuirnos, tanto tanto, que sin querer deterioramos el flujo normal de cualquier acontecimiento que sucede alrededor de nuestra vida.
Esa noche, la del sábado, dormí como hacía tiempo no lo hacía.
Y al despertar, mi cabeza no era un hervidero de planes impacientes y ansiedad como solía ser. Me pareció un milagro. ¿Cómo una simple sesión de meditación de iniciación causó esto?.
Quizás fueron, como le dije a Ana Bel al finalizar, esos “estiramientos mentales” que jamás había realizado.
Desayuné, y decidí subirme solo al Tozal de Guara y recapacitar sobre ello mientras lo hacía. Sobre esa especie de reflejo o chispa que suscito en mí la experiencia de intentar meditar. Y así lo hice.
Hice lo que me pidió el cuerpo y recapacité mientras lo hacía. Como tantas veces en mi vida. Pero esta vez fue diferente. No pensaba en proyectos, planes o futuras aventuras.
A veces no pensaba en nada, otras recapacitaba. Y tras mucho recapacitar, llegue a la conclusión, que el tiempo es y no es. Que el tiempo es irreal.
Y digo irreal porque nadie tenemos la certeza de su duración. Solo sabemos realmente del momento en que vivimos. Del aquí y el ahora.
Así que, ¿para qué forzar y seguramente perjudicar las circunstancias pensando en cosas que nunca han sucedido y no sabes si lo harán? Lo que tiene que ser será. Y lo que tenga que suceder sucederá. Y competir continuamente, prever, solo produce dolor y frustración.
Y no; no me malinterpreto a mí mismo. Esto no tiene nada que ver con ir sin rumbo en tu vida. Hay que hacer cosas; cada cual las que nos gustan (que en mi caso las tengo claras); Pero por y para, y desde nosotros mismos.
Y para ello hay que MANIOBRAR, pero luego, dejarnos llevar, y esperar a ver qué pasa. ¿Qué vienen dudas o miedos a tu cabeza? (a mí me pasa mucho), pues como escuché en esa clase de meditación, e intento poner ahora en práctica, salúdalos y déjalos ir.
Esas desconfianzas no te suman, te restan. Y mucho. También doy fe.
He decidido entregarme a mis acciones, esperando el mejor resultado claro, pero aceptando que después pueden diferir, y ser distintas a lo que yo espero.
Pero sí sé que serán exactamente las que necesito en cada momento de mi vida, y, por tanto, siempre serán buenas.
A rendirme a la paciencia. Algo que poseo en algunos aspectos de mi vida, pero en otros nada de nada.
Porque suele suceder que muchas veces te cansas de esperar algo que nunca llega, y pierdes la fe. Y en esa espera pierdes otras muchas cosas importantes y vas generando vacíos.…
Y, si soy sincero conmigo mismo, si miro atrás, y soy consciente de lo vivido hasta ahora, es desde la casualidad, desde el imprevisto y no desde la seguridad ni el proyectar, desde donde los milagros de la vida ocurren y tienen mayor impacto.
A mí me ha pasado siempre pero no era consciente.
Siempre aparecen circunstancias, sueños, y personas, justo cuando lo necesitas.
Y esos milagros creo que siempre están destinados a aquellos que pase lo que pase, nunca pierden la fe.
Así que he decidido, sabiendo que me va a costar mucho, pensar menos, disfrutar más,
imaginar, y recrearme en la expectativa de todo lo bueno que llegue, que será porque lo deseo y lo merezco.
He comenzado a vislumbrar a base de reincidencias, que no errores, que la vida es aprender a disfrutar del momento que se te regala desde el agradecimiento y el entendimiento de que ese momento no se repetirá.
Es entender que todo va progresando, que todo llega, y si, también que todo pasa.
Eso sí, también tengo la certeza de que se recoge lo que se siembra de modo que si de algo debes ocuparte es de sembrar bonito, y desde el cariño.
Y repito, soltar para dejar que la vida te sorprenda. Y si eso es así, siempre te sorprende; señal clara de que vamos evolucionando.
Es normal sentir miedo, recelo o desconfianza. Pero si lo piensas bien, tan solo es un eco de nuestras propias carencias. Hay que ser valientes y vencerlos, sin importar lo que piensen de uno. Querernos a nosotros mismos. Creo que esa es la clave.
Ahora mismo, tras escribir esta filosofada, siento miedo a compartir estas reflexiones tan íntimas en el blog. ¿Qué pensaran de mí?
Pero si soy fiel a lo que acabo de escribir, y lo soy, he de vencer ese miedo y compartirlo.“
Creo que todo fluye; que todo está en movimiento. Y un ejemplo muy gráfico para mí, es que, puedo descender muchas veces un mismo río, pero cada vez, ni el río ni yo somos los mismos.

sábado, 27 de abril de 2019

Para este viaje no hacían falta alforjas.

"Para este viaje no hacían falta alforjas"
Cuanto de verdad encierra esta frase en tan pocas palabras.

Hace dos años, tras cinco consecutivos ideando y dirigiendo unos viajes digamos de aventura, terminé cansado y decidí hacer una pausa.
Unos viajes cuya filosofía era elevar siempre al grupo, determinando la convivencia, los sentimientos y la superación personal, por encima de la meta prevista.
Viajes en los que, aunque si se fijaba esa meta, normalmente de altura, la dicha no era alcanzarla, si no disfrutar de cada paso mientras lo intentábamos.
Y curiosamente, este dogma de nunca creerse mejores ni mayores que esa meta fijada, esa simulada reverencia, siempre nos llevó a alcanzarla.  
Ahora, pasados dos años, y algunas circunstancias personales en mí vida, decidí planear un nuevo viaje. Es más, necesitaba hacerlo.
El mismo procedimiento, la misma fórmula, pero mucho más accesible en fechas y condiciones. Seis días, de los cuales cinco eran festivos.
Porque en esta ocasión, mi propósito era junto con algunos veteranos de viajes anteriores, seducir a amigos con los que siempre había soñado compartir una experiencia así, pero necesitaban no tener ninguna excusa para hacerlo.
Y aunque algunos por circunstancias no pudieron, otros si respondieron y confiaron en la propuesta y en mí. Y en algún caso ciegamente.  

Los que me conocen, saben que soy una persona optimista, que suele ver el lado bueno de las cosas, y sacar experiencias positivas de todo aquello a lo que me pueda enfrentar. A todo este programa, era muy fácil verle el lado bueno.
Y para relatar las sensaciones de este recién concluido viaje a Marruecos, me voy a poner un poco exotérico.
Porque a lo largo de los años, tras vivencias buenas y malas en mí vida (como en la de todos), tras hablar o escuchar a unos y otros, tras distancias o casualidades, he llegado a la conclusión que, aunque no lo pueda comprender ni explicar, hay una razón por la cual cada persona, cada circunstancia llega a tu vida.
Y esto lo puedes ver como una bendición o como una lección, pero todo y todos llegan por una razón o con un propósito.
Sincronicidad dicen: Un concepto que habla de las significativas coincidencias en la vida, y que explica estas “casualidades” como el universo mandándonos señales y personas que nos ayuden a alcanzar a nuestro propósito en la vida.
¡¡Ahí queda eso!!
En definitiva, creo que nadie llega a la vida de nadie por casualidad, y nada sucede por accidente.
Cada situación, cada persona, cada dificultad, incluso cada acontecimiento o experiencia te lleva exactamente a estar donde tienes que estar.
Y es aquí, ahora, en este punto de nuestras vidas, donde nos juntamos unos por sugerencia, otros por casualidad, otros por fortuna, veintiuna personas de diferentes edades, condiciones o físicos.
Pero concluyentemente, pienso que todos debíamos estar allí. Y a toro pasado, no solo lo pienso, si no que lo certifico.
Cada uno para tomar algo, pero también para tributar algo a los demás.

Porque un viaje de estas características, no solo es un medio para conocer lugares, culturas y personas, sino también para conocer y dar la mejor versión de uno mismo.
Puesto que en un viaje especial, con personas especiales, siempre dejas algo de ti, pero a cambio te llevas algo de él.
Traspasa tus certezas, y cambia el sentido de conceptos como “normalidad” y “lógica”.
Y así ha sido de nuevo esta vez en Marruecos.
Y yo no sé qué se han llevado los demás, ni que he aportado yo a ello; pero sí sé lo que a mí me ha significado volver a sentirme libre en la falda de una montaña, acompañando a gente que quiero para en algunos casos descubrirse a sí mismos.
Cuando uno piensa en Marruecos, normalmente las imágenes que vienen a nuestras cabezas son las de las bulliciosas ciudades con sus zocos y mercados, los desiertos y camellos, y nunca pensamos en montañas, nieve y temperaturas bajo cero. Pero ese Marruecos también existe.
Es más, Marruecos cuenta con cuatro cordilleras: el Rif, el Atlas Medio, el Gran Atlas y el Antiatlas.
Y su montaña más alta es el Tubkal, Toubkal, o Ebe Toubkal, que alcanza los 4.167 metros, fue ese hipotético objetivo planteado para esta ocasión.
Un cuatro mil asequible. Partiendo de la base, que todo es fácil o difícil proporcionalmente a la experiencia de quien lo afronta, su físico, o las circunstancias.
La lucha interna, la satisfacción personal, la emoción, o la aventura, que uno ha de hallar escalando el Everest, otro puede hallarla ascendiendo una montaña cercana. Y es así. Y desde mi humilde punto de vista, por sí mismos, y sin comparar la hazaña manifiesta, tienen el mismo mérito, y sienten parecidas emociones.
Así que, con esta premisa, los veintiuno llegamos a Marrakech tras un viaje en el que no dormimos casi nada.
En el rostro de algunos se podía adivinar ese nerviosismo que surge ante lo desconocido.
Allí primer contacto con la bulliciosa plaza Djemaa el Fna o el Zoco. Desembarcar en un país desconocido (Esta vez Marruecos) es un poco como renacer.
Incluso en ese momento de desorientación que te inunda en el primer momento en la cola de inmigración del aeropuerto.
Porque ese shock inicial te lleva a agudizar los sentidos.
Y una vez que vuelves en ti mismo, ellos, tus sentidos, se lanzan a la conquista de este nuevo ambiente; y, como por arte de magia, cada cosa tiene el sabor de la primera vez.

Había decidido, creo que, con acierto, cambiar el hotel de cuatro estrellas inicial, por dormir en unos Riads en pleno centro junto a la plaza.
Riad, que en árabe significa jardín, se define por un patio interior, alrededor del cual se distribuyen las habitaciones y zonas comunes.
Es precisamente este patio interior el que suele caracterizar el alojamiento, y suele estar decorado con mosaicos, plantas o alguna fuente.
De esta manera, la inmersión cultural era más plena que aislándonos en un hotel a las afueras.
Allí en el Riad conocimos a Hassan, el que sería nuestro contacto y guía durante estos días.

Al día siguiente, traslado hasta Imlil en dos furgonetas,  y a partir de ahí nuestras piernas con la ayuda de dos guías locales Hassan I y Hassan II, nuestros simpatiquísimo cocinero Ibrahim, mulas y muleros, para hacer más fácil la subida hasta el refugio.
Mi objetivo, que nadie dudara poder continuar al día siguiente. Durante los últimos meses, había escuchado a alguno decir que con llegar al refugio se daba por satisfecho….

Y aquí, mientras ascendíamos marcando yo la cadencia de paso y relegando a los guías locales como soportes, empecé a darme cuenta, a pensar en los beneficios de viajar con la familia que tú has elegido.
Viajar con amigos supone compartir experiencias y situaciones que, de otra manera, igual no se hubiesen vivido conjuntamente, por lo que con ello logramos consolidar esa amistad que ya existía, y tenemos la posibilidad de conocernos aún mejor. 
Compartir experiencias, vivir situaciones únicas y diferentes y afianzas lazos. Crear un vínculo único y para siempre, que por mucho tiempo que pase siempre existirá. Siempre habrá una anécdota para reír o emocionarse.

Las claves, humildad, paciencia y humor. Hay que recordar en todo momento, que somos amigos, y estamos a punto de vivir juntos una gran aventura.

Así que, pasito a pasito en las faldas de Atlas, cerrando una puerta a nuestras espaldas nos preparamos para cruzar la sutil frontera entre lo que conocemos y lo que queremos conocer.
Y lo hacemos físicamente, pero estamos obligados a hacerlo también dentro de nosotros mismos, para que esa partida sea real.
Conseguir dar ese primer paso es lo más difícil.

Y de nuevo se obró el milagro. De nuevo hemos parido palpitaciones, aventura y sobre todo gratitud.

Tras hollar al día siguiente todos juntos la cima del Toubkal, anhelos, deseos, sueños, realidades, miedos, y superación personal.
Y quedan en nuestra memoria esas lágrimas de satisfacción, esos profundos abrazos llenos de emotivos latidos, esas emociones, los apoyos recíprocos cuando alguien flaqueaba, y las visibles sonrisas y risas exaltadas.
Mientras descendía de esta cima en silencio, aún medio emocionado, recapacitaba. Hace muchos años, cuando comencé a escalar montañas por mí mismo o en expediciones coordinadas, jamás me emocionaba al pisar una cima.
Sin embargo, desde que esta experiencia la he compartido con amigos, o con personas cuya humildad y propósito está muy por encima de la intención, me he emocionado cada vez.
Esta vez, cuando ya veía a lo lejos el trípode de la cima sintiendo tras de mi a todos mis compañeros, cada uno con su historia y su lucha, me emocioné y lloré. Y después con cada abrazo.

Que más decir. Que al terminar un viaje así, averiguas que ha sido un éxito, no mirando la foto de la cima, si no cuando al llegar a casa, cuando al despedirnos a los pies del autobús, sientes como si te fraccionaran un poquito tu corazón al despedirte con sentidos abrazos engalanados de ternura; Esos sí que nunca mienten.

Ya jamás olvidaremos los extraordinarios instantes donde todos juntos formamos parte de un sueño colectivo.
Nunca olvidaremos Marrakech su plaza y su zoco, Imlil, Aremd, el curso del río Ait Mizane hasta el refugio Neltner, o el ascenso desde allá hasta la cumbre del Toubkal.
Otro elevado escenario que siempre formará parte de nuestra memoria.

Yo junto con el destino los uní, pero entre todos, hemos avivado la motivación, la capacidad de sufrimiento, y sobre todo la humildad y el compañerismo.

Y ese ha sido el auténtico éxito de esta función.
El grupo, y el respeto, y ese nunca pensarse superior al objetivo que pretendíamos.
Respeto al medio, a tus compañeros y a ti mismo.

Una prueba más de que el montañismo te da, te aporta muchas cosas, y en muchos aspectos: Salud, voluntad, satisfacciones, cultura, experiencias, conocimiento de ti mismo, y la mejor de todas, “amistades”.
Amistades que nos aportan esparcimiento y risas, pluralidad, objetividad, y esa importantísima posibilidad de compartir.
Y lo más importante, es que creo que todos y cada uno, han entendido, que el intentar hacer algo fuera de lo común, no te convierte en extraordinario.
Que hay que saber distinguir el deseo de ser y de vivir, por encima del de conquistar o sobresalir. Y que son esas pequeñas cosas las que alimentan a las grandes.

Has alcanzado aquello por lo que te has estado esforzando tanto. Aquello que te quitó el sueño y que, de forma contradictoria, fue lo que mejor te hizo dormir después.
Los momentos así, corroboran esa máxima que dice, que la vida no se mide por las veces que respiras, si no por los instantes que te quitan el aliento.
Estos días, al menos en mi caso, ha habido muchos de estos momentos:
Despegues, ronquidos, ayudas, bailes, baños arabes, cervezas de estraperlo, padres e hijos, superaciones físicas y mentales, y sobre todo personas; amigos.
Ha sido extraordinario. Gracias a todos.
Firmado: Lomo plateado. 
PD: Mención especial a Ana, que con su diabetes, nos ha demostrado a todos eso de que en la vida no se trata de poder hacer, se trata de querer hacer. 



miércoles, 10 de abril de 2019

Toubkal (4.167 m)

Hay gente que afirma con tanta rotundidad que es difícil soñar despierto, que casi los terminas creyendo.
Gente que asegura que los cuentos de hadas no existen, y que los lugares mágicos sólo residen en los relatos para niños.
Y crecemos con una realidad alejada de los sueños, o sueños apartados de la realidad.
Hasta que un buen día, averiguas que sueño y realidad pueden convivir e incluso asociarse.

El próximo jueves 18 partimos hacia Marruecos un grupo de 21 amigos con el objetivo principal de pasar unos días inolvidables mientras tratamos de ascender el Toubkal (4.167 mts.).

Estoy entusiasmado con este viaje, porque, aunque faltan algunos que no han podido venir, en él se han reunido compañeros habituales, pero también una serie de amigos con los que siempre quise compartir algo así y no se habían animado hasta ahora. 
Amigos que incluso no se creen capaces, ni saben muy bien lo que les espera, pero vienen. Porque confían en mí.
Lo absolutamente maravilloso es que yo confío apasionadamente en ellos.
Y cuando viajas lleno de pasión, pero con humildad,  sencillez, y expectativas moderadas, es muy sencillo asombrarte absolutamente con todo.
Porque para hacerse grande, primero hay que hacerse pequeño.
Sé que la mayoría, y me atrevería a decir que todos, volverán mucho más grandes y con muchos sueños futuros por compartir.


18 al 23 de abril

Día 18/04:
Llegada a Marrakech

Vuelo desde Madrid, y llegada a las 12:25 a Marrakech.
Dia por Marraketch.

Día 19/04:
Marrakech – Imlil (1.740 m) - Refugio Neltner (3.207 m)

Viaje por la mañana hasta Imlil.
Allí, llegados al pie de las montañas empezaremos la subida al refugio Neltner (3.207 mts.).
Transitaremos por campos de nogales hasta Aremd, donde cruzaremos la llanura de aluviones para luego tomar el sendero que asciende hasta el “marabout de Sidi Chamarouch”, poblado venerado y frecuentado por los peregrinos que cada año se acercan a este espiritual enclave en el Atlas.
Desde este punto el camino sube el curso del río Ait Mizane hasta el refugio.
Noche en el refuio del Toubkal.

Día 20/04:
Ascensión al Toubkal (4.167 m), y Toubkal Oeste (4.030 m)

Ascensión a la cumbre del Toubkal (4.167 mts.), si el tiempo no lo impide.
Temprano desde el refugio ganaremos la primera rampa que da acceso al valle sur (Ikhibi sur).
A partir de aquí la subida se suaviza hasta el zigzag que lleva cerca del collado que separa el Toubkal principal del Toubkal Oeste.
Ascenso por la fácil arista hasta alcanzar el trípode geodésico que adorna la cumbre del Toubkal.
Habrá la posibilidad si hay fuerzas y el tiempo es estable, de acercarse despues los que queramos a pisar la cumbre secundaria también de más de cuatro mil metros (4.030 m). Dos cuatro miles.

Retorno y noche en el refugio.

Día 21/04:
Refugio del Toubkal – Aremd
Por la mañana después del desayuno iniciaremos nuestro camino de regreso hasta el valle.
Llegada sobre el mediodía a Aremd, uno de los pueblos más grandes del valle de Imlil, en donde pasaremos la tarde descansando, paseando por sus calles, tomando un té y una sesión de hammam (baño árabe).

Día 22/04:
Marrakech

Después del desayuno día para visitar Marrakech, la perla del sur de Marruecos.
Visitaremos el Palacio de la Bahía, las Tumbas Saadianas y el embalse de la Menara.
Por la tarde tour a la magnífica Mezquita Koutoubia y por la plaza de mercado Djemaa el Fna.

Día 23/4: 
Marrakech,  y vuelo retorno a casa.


La felicidad no debe ser la meta, si no el camino.