jueves, 14 de septiembre de 2017

PORTIACHA Y EL ¿CÓMO?



Otra filigrana  cincelada a partir de agua y siglos, que nos regala la cabecera del río Vero. “El Portiacha”.
Otro increíble paisaje de fábula  que nace y finaliza con dos formidables anfiteatros naturales de color naranja que no precisan ni coartadas, ni intrigas, porque al contemplarlos se pronuncian por sí solos.
Si el Basender es una academia de rápel y barranquismo seco, el Portiacha con sus cuatro rápeles (dos si se hacen continuados, con volados de 40 y 45 m) es el perfeccionamiento y el graduado en esta asignatura.

Cambiando levemente de tema, mucha gente, y cuando digo mucha, es mucha, me pregunta si alguien me ayuda con la grabación de estos videos. 
He de confesar al que no lo sabe, que no. Los grabo en solitario.
A mi favor, o en mi contra, parto de la base que no tengo ninguna formación en realización de audiovisuales, y los forjo de manera espontánea, intuitiva e instintiva, orientado únicamente por mi inspiración, y una enorme devoción cinematográfica, que me invita a aprender sobre la marcha.
¿Qué cómo lo hago?. Pues con mucho esfuerzo, pero con mucho entusiasmo (me encanta); a continuación una pizca de imaginación, un asomo de juicio, y (claro) muchas  vueltas.
Un rápel o un salto lo puedo ejecutar mínimo dos veces, para obtener los planos que ansío para el resultado que pretendo. 
Mientras desciendo, voy componiendo cada toma, y con varias tomas desde diferentes ángulos creo cada secuencia, y para ello sostengo la cámara en mi mismo, o la fijo atrás o adelante repitiendo la acción o el paseo varias veces. 
Simultáneamente, voy evaluando y matizando lo que gravo (sin verlo al momento... pues no llevo visor en la cámara GoPro).
Voy inventando  lo que considero para hilar esa película que imagino en mi mente.
Incluso antes de hacer la grabación, en casa, soy capaz de visualizar cada paso dentro de ellos, e ir componiendo en mi imaginación las posibilidades de la filmación, y cómo obrar las secuencias que se me ocurren, vislumbrando como remontar algunos pasos para refrendar una escena concreta desde diferente ángulos. Todo gracias a que los he descendido en muchísimas ocasiones desde hace muchos años y los conozco como popularmente se dice, “como la palma de mi mano”.
¿Por qué voy solo?: Primero porque disfruto mucho creando la película, y yendo solo mi concentración y abstracción es total: disfruto grabándolo,  y después editándolo en casa.
Y en segundo lugar, porque me incomodaría ir acompañado de alguien, y  en cierta forma “hastiarlo y aburrirlo”; Si estoy solo no me importa remontar o repetir cuantas veces considere necesarias una toma, que si fuera acompañado,  me daría apuro por martirizar al acompañante, e incluso quizá en cierta forma me daría hasta rubor.
Cuando ensayé y grabé el primero, me satisfizo el resultado obtenido, y continúe, ya que los realizaba como un recuerdo para mí mismo.
Pero, también los quería filmar de manera pormenorizada y celosa, para compartirlos con gente tan cercana como mi madre, que los conoce de siempre por mí. Gente que jamás ya los descenderán, y en cierta manera pueden hacerlo  de manera supuesta de este modo, logrando conocer y disfrutar tambien así de estos maravillosos paisajes.
Como ya he escrito en más de una ocasión, hasta la más humilde actividad en la naturaleza, tiene posibilidades de hacer complacer al que la práctica, pero también al que la contempla.


jueves, 7 de septiembre de 2017

Barranco de Basender:




El barranco del Basender está situado junto a fuente Lecina, en la cabecera del cañón del río Vero, en el Parque Natural de las Sierras y Cañones de Guara.

Marchamos por la carretera dirección a la localidad de Colungo.
Pasada esta población, atravesamos el llamativo puente de las gargantas, donde confluyen los barrancos del Fornocal, las Palomeras del Fornocal, Sarratanás y Malpaso.
Sobrepasamos un paraje muy popular para los ciclistas de la comarca, el collado de San Caprasio, y serpenteando por una ceñida carretera cobijada de pinares, donde se abren espectaculares vistas de Monte Perdido, llegamos al aparcamiento en la cabecera del cañón del río Vero.

Una vez equipados con el material que vamos a usar, bajamos hacia el río, y atravesamos la estación de aforo del río Vero, donde se mide el caudal a lo largo de todo el año.

Antes de introducirnos en el sendero de ascenso, merece la pena remontar el río unos 100 m y visitar la Fuente de Lecina que da nombre al lugar.
Es un manantial del que manan las aguas subterráneas naturales de las sierras próximas, como la de Sevil, y del que se abastece el río generalmente.

Posteriormente, proseguimos por el marcado sendero ascendente, tomando poco a poco altura.

Durante el breve ascenso, se nos ofrecen unas espectaculares vistas de cañón del Vero, y sus enormes paredes cinceladas por el agua y el discurrir de los años.

Al coronar la loma, el visible sendero evoluciona ya paralelo al Basender, hacía su cabecera;. No tiene perdida.
Pastores, cazadores o vecinos de Lecina, ya recorrían estos viejos y apartados senderos, antes de la llegada del barranquismo.

Por fin, tras unos cómodos y suaves 35 minutos, alcanzamos el cauce seco del barranco, donde comenzaremos su descenso.
Nos ponemos el arnés, y disponemos la cuerda.
Al poco de comenzar, el barranco se cierra y te sorprende encajonándose, y el terreno de roca irregular y pulida, te exige en algún paso tentar con las manos sus tibias paredes.

Posteriormente, tras un vasto resalte, asoma al primer rápel.
Son 11 metros verticales de acceso a un tramo cerrado y espectacular.

Los rápeles del Basender, son muy asequibles, holgados y uniformes; son perfectos para aprender a rapelar junto con alguien experto que te aleccione y te asegure.

Tras el primer rápel, una vez retiremos la cuerda, ya no habrá vuelta atrás.
Avanzamos por un erosionado pasaje repujado de pequeñas plantas muy adaptadas a la sierra y sus alteraciones, como la oreja de oso o la corona de rey, y enseguida asoma el siguiente rápel.

En algunos como este, es posible destrepar y no utilizar cuerda.
La experiencia, la repetición y los años, obran para querer descender los barrancos de una manera mas refleja; de la forma más simple y limpia posible; Como el propio agua que discurre por ellos.
Sentir el estremecimiento de descubrirte acorde en ritmo y cadencia con el medio en el que te desenvuelves; Es en cierta forma, sentirse vivo. 
Eso sí, si conduces a otra gente, siempre hay que rapelar, y auxiliarles convenientemente con una cuerda extra de seguridad.

Del mismo modo, quien no tenga práctica, o ante la menor duda, debe utilizar siempre todos los medios técnicos al alcance para realizarlo de una forma totalmente segura.

El Basender está perfectamente equipado con anclajes dobles en todos sus rápeles y resaltes.

El siguiente rápel tiene 10 metros, y nos introduce en una asombrosa sala de gran belleza abrigada de roca.


Casi junto, enlazado por una desnuda conducción tallada por el agua, aparece una imponente rampa o tobogán entre grades bóvedas de piedra caliza donde para descender deberemos instalar otro rápel.

Sin duda a partir de aquí es el tramo más bonito de este sorprendente barranco, y por el que merece la pena visitarlo.
Se observan perfectamente los caprichos de la erosión, y como el discurrir del agua y los años, han  esculpido con profundas oquedades este recóndito y misterioso lugar. Figura una profunda y casi subterránea llaga en la tierra.

Durante las diferentes horas del día, la lánguida luz que penetra, le da un toque mágico, e incluso sobrenatural.

Tras una limitada travesía por el lecho inerte,  aparece otro rápel que te encauza por un pulido socavón hasta un pasaje también casi subterráneo.
Tras esta igualmente espectacular sala, el barranco se abre por fin, y la vegetación hace acto de presencia.
Otro habilidoso destrepe, y llegamos al último rápel donde ya se escucha abajo el murmullo del río Vero que te da la enhorabuena.
En este rápel, él más largo de unos 15 metros, maniobras bajo unas paredes extra plomadas en forma de medio cono; Un llamativo anfiteatro natural junto al río Vero.

Recogemos la cuerda, nos quitamos el arnés y avanzamos en busca del río Vero, donde desemboca este curioso y entretenido barranco. Muy cerca de aquí, en el Tozal de Mallata, en  1968 se hallaron las primeras pinturas de arte rupestre del Alto Aragón. Pinturas conservadas desde la Prehistoria de estilo Esquemático.

Ahora, nos queda remontar el Vero, que tendremos que vadear hasta dos veces mojándonos los pies, para llegar a las ruinas del antiguo molino de Lecina.

Después del molino, o bien cogemos la senda que remonta y rodea, o nos mojamos de nuevo  cruzando por la pequeña represa que alimentaba este.
En poco tiempo llegamos al puente que nos vio pasar hace un par de horas, y remontamos hasta el parking.

El Basender es un barranco muy recomendable para una sugestiva mañana, o una agradable tarde.
Regresas a casa complacido, y con la sugestiva sensación de haber sido cautivado por un extraordinario lugar.  

martes, 29 de agosto de 2017

COMUNICANDO


Este pasado domingo, descendí la Peonera por segunda vez en dos semanas, guiando a un grupo de buenos y queridos amigos.
Es con diferencia  la actividad que más me vivifica. La que más privilegiado me ha hecho sentir siempre, y me contenta de una manera difícil  de expresar.
Sentir cada vez, una pequeña batalla que creíste perdida y finalmente ganas, y que año tras año se sigue reeditando, como desearías que ocurriera en otros aspectos de tu vida.
Ahora “Madrugando bastante”, disfrutar de esa apacible soledad.
Quizás sea por la manera en que coqueta murmura el agua mientras corretea libre, o por esta amplificación emocionada de naturaleza, o es simple apasionamiento de un lugareño como yo. Pero lo cierto es que para mí, en los cañones y barrancos de Guara habita una quietud y una placidez que hallo difícilmente en cualquier otro lugar. 
Es algo mágico.
Entre sus rocas y sus aguas, allí de pie,  escuchando, sintiendo en toda su magnitud, consigues llevar tus pensamientos a una abstracción casi total.
Cuando contemplé por primera vez la parte oculta de una de estas gargantas de la Sierra, me invadió una combinación de fascinación, asombro, espejismo, desconfianza, ilusión y temor. La razón es que hoy, mas de treinta años después, esa sensación aún me recorre cada vez.
Después está esa necesidad de compartirlo, comunicarlo.
Por ese motivo comencé a guiar grupos de manera explícita allá por el año 1984. Algunos años de manera profesional, y otros de manera fraternal o lúdica, pero siempre de manera  auténtica.
Es bonito sentirlo, pero igualmente intentar transmitirlo y hacer partícipes a los demás.
Porque para mi un barranco es un ambiente "mágico" .
Aclarar, que descender un barranco, no era una batalla que hayas que ganar, si no un placer que hay que saber disfrutar.
Y si de verdad lo sientes, engloba tanto el consciente como el inconsciente.
Y puede conducirte a un estado de fuerza tal, que todo a tu alrededor se someterá a ese estado de ánimo desatando tus emociones.
No es ningún misterio que el contacto con la Naturaleza, posiblemente sea la mejor escuela de vida que existe. Desarrolla algunos valores ya casi extintos y fortalece, pero a la vez sensibiliza.
Cuando guío un grupo, como estas dos semanas, al final del día, cuanto mérito siento en ellos :
Con vértigo o sin él, con miedo o sin él, con torpeza o habilidad, con nula voluntad o con la ambigüedad que da el desconocimiento, siempre acorde a las posibilidades de cada uno, la mayoría, por no decir todos, con tu ayuda o sin ella, consiguen conectar su alma con este mundo de extraños contrastes, de fríos y calores, de miedos paralizantes y alegrías perdurables; de vida y de muerte.
Cuando progresas por el corazón de uno de estos barrancos, te cuestionas a ti mismo, temes.
Pero paso a paso, el temor disminuye, la confianza aumenta y te asalta la embriaguez del entusiasmo, el respeto y la admiración.
Y yo año tras año regreso con mis sentimientos embriagados o mis decepciones. Con mis recientes vergüenzas o viejas pedanterías, y todo ello se descompone al contacto con la primera gélida poza.
Y una vez mas me recorre aquel escalofrío de la primera vez, y emerjo de esas aguas, como más fuerte, más noble, mejor persona.
¿Están los barrancos colmados de esos sentimientos, o los traes tu enterrados y se manifiestan en ese lugar?.
No lo sé. Es un misterio. 
Pero por un día, por unos instantes, te descubres capaz de operar en una frecuencia más alta de conciencia, voluntad, compañerismo e incluso valor.
Si penetras en un barranco con la humildad de sentir, y no con la presunción de vencer, cobrarás un sinfín de emociones nuevas, e incluso algunas que tenías relegadas.
No es sólo esa sombra de serenidad lo que me atrae de los barrancos, sino también ese hechizo que parece envolverlos y hace de estas líneas un texto desierto incapaz de despertar en sus letras este grandioso y magnífico entorno.
Lo que menos miente en este mundo es un paisaje como este.
Es algo tan espontáneo y verdadero, que no tiene ni dobles deducciones, ni anhelos de ser nada que es por si mismo.
Andar, nadar, saltar, rapelar e incluso correr por dentro de estos cañones siempre me hace sentir un ser especial.
Lo siento y lo comparto como una privilegiada manera de dejar atrás este trastornado mundo cargado de complicaciones.
Allí no eres nada. Tan sólo un individuo impulsado por unos pulmones, un corazón, unas piernas y brazos que progresa entre paredes gigantescas. No eres nada, pero te sientes “TODO”. ¿No es eso mágico?
Sigo disfrutando mucho de contagiar, de compartir, de llevar grupos de amigos. Me satisface su satisfacción.
Pero sobre todo me emociona, que sean capaces de captar la magia que encierran. Y siempre saben hacerlo.
Si desciendes un cañón con humildad y respeto, en él hallaras aquello que necesitabas encontrar. Si por el contrario lo haces con soberbia... como decía Quevedo: “La soberbia nunca baja de donde sube, pero siempre cae de donde subió”.

martes, 22 de agosto de 2017

OSCUROS DEL BALCÉS:




Los seres humanos, estamos en constante inventar  y evolucionar. 
Todos nuestros sentidos se implican en la confección de nuestros pensamientos y sobre todo sentimientos. Desde las palabras, las miradas, a cuando tocamos, escuchamos, u olemos…
Y todas las experiencias que tenemos a lo largo de nuestra vida, se van almacenando en nuestra memoria, y al final son las que nos definen a cada un@.
Nadie elegimos vivir todo lo que vives, pero si parte, y finalmente son todas, las escogidas y las circunstanciales, las que moldean tu personalidad.
Por esto, el diálogo más honesto que puedes tener, es contigo mismo en un hermoso lugar. Es allí donde te entiendes, y das rienda suelta a lo que te apasiona.
Cuando hay pasión, hay evolución, y entonces, no hay absolutamente nada que no puedas lograr.
El secreto creo que solo es ese: Disfrutar de tu pasión o pasiones, y no dejarte llevar por la opinión de los demás. Porque la pasión por algo, por cualquier cosa, es uno de los sentimientos más poderosos que la vida nos da.
Asi que yo sigo con mi pasión por los barrancos de Guara.
Los Oscuros del Balcés, es otro de esos lugares mágicos y clásicos entre los barrancos de la Sierra de Guara. Hay muchas reseñas en libros o en la red para llegar a él, y para reconocer su recorrido, es por eso, que junto con la película, yo escribo mas sobre lo que me inspiran.
El Balces es un choque de luces, sombras y colores, fruto del engarce de la luz, la piedra caliza y blanca, y las aguas verdes turquesas de su cauce. El tramo más característico y el que le da nombre, es una prieta cueva por donde converge el cauce, y que se pliega antes de un estirado y sublime pasillo de imponentes y dilatadas paredes que te traspasa, y por el que, por si solo, merece la pena venir hasta aquí.
Este barranco me inspira tregua, esencia y corazón, y como recomiendo en todos, si los desciendes a horas en las que puedas disfrutar a solas de él, es como un bálsamo de fantasía en la tierra.

Pasión y naturaleza en la puerta de casa. Me considero un privilegiado, y es uno de las  pócimas más benéficas que conozco para mi salud emocional.
Es un fuego interno que surge, y da una satisfacción indescriptible.
Si, otras personas te puede dar muchos tipos de placeres, pero la satisfacción y la felicidad de sentirse uno mismo, de disfrutarse, de sentirse cómodo en tu propio pellejo, sólo puedes dártela tú mismo en lugares como este.

Tu valentía (o tu osadía que da igual), cuando un día decidiste bajar ese barranco que tanto miedo te daba, ascender esa montaña que siempre veías en el horizonte soñando que pisabas su cumbre pero te parecía inalcanzable, o cuando por primera vez corriste esa media maratón que te parecía imposible, consigue que sientas palpitar una especie de eco de felicidad, y que a tu alrededor exista un halo de armonía entre lo que quieres y deseas y lo que tienes.
Si objetivamente miramos dentro de nosotros mismos, entenderemos la razón... y la locura.