Este hecho me ha evocado la primera vez que yo subí a
esquiar:
Fui por vez primera, hace ahora treinta y cuatro años.
En el verano de 1981, durante las vacaciones escolares,
trabajé en una piscina local para ahorrar dinero, y así poder pagarme mi primer
cursillo de esquí en enero del siguiente año 1982. Ocurría el año en el que se
sucedió el mundial de España de fútbol con Naranjito, la guerra de las
Malvinas, o la primera visita de Juan Pablo II a España.
Por “entonces”, el cursillo organizado por Montañeros de
Aragón Barbastro era de cinco domingos, y recuerdo ese primer día como si fuera
ayer.
Salíamos muy temprano desde Barbastro en un opaco minibús
de color sufrido y olor a rancio,
cargados de entusiasmo, y los novatos de expectación.
A cargo de la cuadrilla, tres leyendas del Club: Manolón,
Turmé y Ramón (El bandido).
Yo me había dispuesto con ropa de montaña, remozada con
unos pantalones de chubasquero prestados, y un equipo de esquí alquilado en la
tienda de deportes/armería “Dos Cañones”. Esta
tienda nos lo alquilaban para los cinco domingos, y podías guardarlo en tu casa
hasta el último día.
Me acuerdo, que mientras subía por vez primera junto con
mi amigo José Mª en la vieja silla biplaza del Molino de Cerler siguiendo sus
indicaciones, (él ya había esquiado), en el segundo ramal sobre la pista verde
que llegaba hasta la cafetería de la cota 2000, miraba para abajo a los que
descendían, y pensaba: -“Esto está chupao”.
Así que dicho y hecho: Al llegar arriba me calcé los
esquís, y sin dudar me precipité por la pequeña pendiente contigua a la
cafetería que en forma de embudo servía de preámbulo a la pista verde.
No tarde casi nada en darme cuenta que esos artilugios
encerados que llevaba en mis pies, no incluían pedal de freno, y que si existía
algún modo de actuación o técnica que permitiera hacer esa maniobra, por
prepotente, expeditivo y torpe, yo no la conocía.
Atravesé la explanada cobrando cada vez más velocidad, y
justo enfrente, en la ladera limítrofe de la pista, me empotré contra unas
enormes piedras haciéndome un corte en la espinilla de la pierna derecha.
¡Menudo estreno!.
Y menos mal que me lancé en esa dirección y no en la
contraria donde el extremo de la pista lo señalaba un barranco protegido por
una etérea red asegurada a unos palitos de madera...
Me saqué los esquís con mi mejor cara por fuera, pero
herido en mi orgullo por dentro, y en ese preciso instante, soy consciente, que
si no hubiera estado inscrito a un curso de cinco domingos, hubiera finalizado
mi trayectoria como esquiador...
Pero bueno... Llegó el cursillo, y poco a poco, en un par
de domingos, junto con Alfredo Vives, que también comenzaba, éramos ya cinturón
negro de cuña, y los “putos amos” de la pista verde.
Subrayo, que la
pista verde por entonces era un estrecho camino forestal con nieve encima, con
lo que ello supone: pendiente, curvas cerradas, pinares y troncos en el flanco
de la montaña y barranco en la parte del valle...
Dominando con tu cuña esta pista verde, podías bajar sin
temor azules e incluso alguna roja.
De aquellos años recuerdo con cariño elementos como la
percha del Cogulla, que al arrancar te levantaba un par de metros en el aire, y
si no tenias bien colocada la “cigarrera” entre las
piernas, tus testículos corrían peligro de abandonar el nido; O la percha del
Ampriú, cuando cruzar al Ampriú era como irte de expedición a un lejano e
indómito lugar.
Había gente que no volvió jamás y nunca mas se supo de
ellos...jajaja.
Aquella percha también era para valientes y para nota:
Si habías conseguido descender hasta el llano del Ampriú,
el regreso era o bien “lait” por medio de una silla biplaza
(ahora bautizada como “la silla del amor”), o los valientes, lo hacíamos en esta insegura percha
que te transportaba por un carril con curvas y algún descenso que te obligaba a
sacar la percha de entre tus piernas, llevarla asida en tu mano y ponértela de
nuevo en cuanto terminaba la pendiente.
La percha discurría por una larga zona virgen e inhóspita.
O al menos así me parecía a mí.
Si tenias la mala suerte de caer, debías descender por
fuera de pistas hasta el inicio... Y como no, mas de una vez me tocó...
Recuerdo la pista de “El tubo”
(el de entonces), totalmente embarrancado y con algún paso que tan apenas te
cabían los dos esquís.
O las pistas vírgenes de las pilonas del telesilla
biplaza para bajar al Molino.
Volviendo a el primer cursillo, el cuarto domingo,
considerándonos autónomos y auto
reconocidos, incluso nos permitíamos picarnoslo e ir por libre, adquiriendo
vicios que después me ha costado pulir años... (somos hombres)...
En tan solo cuatro domingos, hacíamos comentarios arrogantes
como que esquiar con las piernas juntas no era esquiar... jajaja.
Aunque en mi defensa diré que éramos casi adolescentes,
ahora sé que hay que tener mucho cuidado con las máximas de pedantería y el
exceso de vanidad, porque en la vida conoces a tantos idiotas que se creen los
reyes del mambo, que quien me asegura a mí que no soy uno más de ellos...
Bueno, al final, años, algún cursillo más, y que era
totalmente cierto; Si aprendías en Cerler, no tendrías el mejor estilo del
mundo (eso dependía de tú paciencia, dedicación y tus mentores), pero eras
capaz de esquiar en cualquier pista.
Hoy en día, se ha modernizado, se ha suavizado, o más
bien adaptado a los tiempos y una mayor masificación, pero para mí Cerler,
siempre será Cerler.
Mi pista favorita; la que me hace sentir en mi casa.
Con el tiempo, con paciencia y eso sí, humildad, algo mejoré.
Sobre todo haciendo esquí de montaña.
Estoy seguro que mi hija no cometerá esos errores de
principiante adolescente (es chica, y… tiene cinco años) ….jajajajaja ;)
Yo te aseguro que no eres uno de esos idiotas jajaja. Ese tipo de personajes, ni se plantea rían si lo son.
ResponderEliminarMe has traído recuerdos también de aquellas viejas pistas.
Me ha gustado mucho
! que buenos recuerdos y como disfrutamos de ese hobby que lo era de todos los amigos y de los momentos con el R 7 el patrol y demás...
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