
Fue una especie de flashback de mi experiencia pasada en el Cho Oyu (Himalaya Tibetano).
Una imagen de hace dieciocho años, cuando tras descender desde los ocho mil cien metros hasta el campo base de esa montaña,con una hemorragia en el estómago, Fernando Garrido asomó a mi tienda donde me hallaba tumbado con un gotero en el brazo que me había colocado Michel, el médico de una expedición de guardia civil de montaña, y me preguntó: - “¿Tienes miedo?”
Yo lo miré sorprendido, y sonriendo muy seguro de mismo
le contesté: - “Yo, nada” ¿A qué? Este
fue el flashback.
Y era cierto. No tenía ningún miedo, a lo que entendí que
él me preguntaba.
Y ahora, dieciocho años más tarde, con los ojos
cerrados, no sé bien porque ni porque no, recordé ese momento. Y ello me ha llevado
a reflexionar sobre los/mis miedos.
Por mi trayectoria, digamos… “aventurera” (entrecomillado),
la gente me reputa como un valiente unos, o quizás un descerebrado otros
(depende del grado de confianza); De alguna manera me etiquetan.
Incluso habrá algunos que imaginan que no tienes miedo
a nada.
Pues no es cierto; todos tenemos miedos.
Y sí. Es cierto que vences o de forma aleccionada algunos
miedos fundados, pero siendo siempre consciente, que sentir miedo, o por lo
menos respeto, es una muy buena armadura y salvaguarda para ti.
E insisto; Todos tenemos miedos.
Quizás no a algo físico como a lo que me preguntó en
aquella ocasión Fernando, y yo valerosa o irracionalmente le refuté, pero si a
algo más abstracto e irracional como la soledad, el futuro, la dependencia, las
consecuencias, ¡miedo al amor!, o miedo al miedo.
Puesto que, si salimos de nuestra amada y trillada zona
de confort, enseguida experimentamos ese nerviosismo, y preocupación que sentimos
hacia lo nuevo; O, dicho de otro modo, ese “miedo a lo desconocido”.
Ya que nos educamos en la certidumbre de que aquello
que consideramos familiar, próximo a nosotros, análogo, lo que reconocemos como
normal, es seguridad y protección.
Lo que se denomina normal o no salirse de la rutina. Despreocupación,
por hábito y repetición.
Y ya solo por eso, deberíamos admirar a aquellas
personas que no les asusta ser diferentes, y dejar de etiquetarlas o mirarlas
como bichos raros.
Por otra parte, además, como suele ser, sin conocerlas.
Sentenciar a simple vista; somos tan vehementes, que solo
a partir de eso, nos atrevemos a hacer un esquema de cómo es otra persona; equivocándonos
la mayoría de las veces, claro, si no todas.
Incluso en numerosas ocasiones, utilizamos esa primera
impresión, o su apariencia, para suponer que no tenemos nada que ver con esa
persona.
Lo cual es una pena.
Porque puede que, por basarnos en algo tan
superficial, dejemos de conocer a alguien excepcional.
Y esto es un miedo infundado; miedo a lo diferente.
Por el aspecto, pero también en muchas ocasiones, a
los que tienen diferente forma de pensar.
Yo no sabía escuchar. No sé si nos pasa a la mayoría.
Ahora intento escuchar. O estoy en proceso de ello.
Saber escuchar lo que nos quieren decir otras personas
y además tratar de entenderles, creo que es una característica fundamental para
ser una persona feliz.
Y puede que tengan opiniones contrarias respecto a mí,
pero eso no significa que no pueda escucharles, y conocer su opinión.
Escuchar me da la sensación que abre la mente, y asimismo
te da una visión más global de la realidad. Otro miedo a vencer.
El miedo a escuchar, incluso lo que no quieres
escuchar.
Y sigo con los/mis miedos:
¿Qué hay de malo en tener miedo?: Nada.
El miedo nos hace esforzar y ser fuertes para superar aquello
que nos asusta.
Si todo nos pareciera factible y posible, nuestro
nivel de esfuerzo sería nulo ¿no?.
Podemos tener miedo. Y es normal tenerlo.
Si alguien alguna vez me pregunta si me asusta algo, siempre
diré sí.
Pero voy camino de superarlo, para descubrir y sentir
otros miedos desconocidos.
Miedos casi siempre inconscientes e irracionales que
no nos permiten ni brillar, ni ser nosotros mismos.
En resumen: Hemos de aplicar inteligencia en nuestras
acciones, y enfrentarnos a esos miedos internos.
Aceptar que no somos perfectos, pero si capaces de
aceptar nuestras circunstancias, dudas y miedos. Con ello daremos un gran salto
de conciencia que se reflejará de alguna forma en nosotros.
Ahí queda eso… y aquí iría el emoticono ese que grita
con las manos en la boca repetidamente.
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