Diciembre de 1994.
Hay viajes que empiezan mucho antes de dar el primer paso, y el nuestro empezó en la imaginación: En las conversaciones, guiando franceses por los barrancos de Guara, en mapas desplegados sobre la mesa, o en las paredes del Pirineo y los Alpes donde soñábamos ya con montañas más altas. Nuestro destino tenía nombre propio: el Aconcagua.
Éramos cuatro amigos, unidos por aquel entonces más por la ilusión que por la experiencia. Javier (Binaced), José y Josan (Monzón) y el que escribe (Barbastro). Meses de preparación, de acopio de material, de una logística, que vista con el tiempo, era casi exagerada. Pero aquel exceso no era más que entusiasmo en estado puro; los nervios de novato que siente que está a punto de hacer algo importante.
La despedida, el 25 de diciembre de 1994, tuvo un sabor agridulce que, años después, por repetidas, supe que acompaña a todas las partidas. Para nosotros, euforia; para quienes se quedaban, una preocupación apenas disimulada.
Nunca me acostumbré a esa sensación: la de que una pasión propia pudiera convertirse en angustia ajena. Como si marcháramos a algo mucho más peligroso que una simple montaña. Quizá, en el fondo, toda despedida encierra un anticipado y pequeño duelo…
Al día siguiente partimos hacia Argentina. El Aconcagua, con sus 6.962 metros, no era solo una cima: era una idea y un mito personal. Elegimos la ruta del glaciar de los Polacos, más exigente que la normal. Ahora, con la perspectiva del tiempo, reconozco que había algo de orgullo juvenil en esa decisión, pero también el deseo de abrir camino donde nadie de los nuestros lo había hecho antes.
Los días de aproximación fueron en sí mismos una aventura. Tuvimos que cruzar varias veces un rio muy caudaloso por el deshielo, cambiando continuamente de punto en busca del lugar más favorable para vadearlo. Aprendimos pronto que había que hacerlo muy temprano, cuando el caudal aún no había crecido con el calor del día. Aun así, cada cruce era una pequeña cruzada: alguien tenía que pasar primero para fijar una cuerda desde la otra orilla que ayudara a cruzar al resto con seguridad. Hubo resbalones, algún inevitable revolcón y momentos en los que el agua te arrastraba hasta que conseguías salir como podías. Quizá nuestra experiencia en barranquismo nos ayudó a manejarnos, pero nada evitaba la sensación brutal de frío al alcanzar la otra orilla, empapados y tiritando. Eran instantes duros, pero también extrañamente vivos; como si la montaña nos exigiera, desde el principio, demostrar que de verdad queríamos y merecíamos estar allí.
Incluso esos días, caminando hacia la montaña, celebramos el cambio de año. Luego llegaron las semanas de aprendizaje: montar campamentos, subir y bajar, aclimatar, escuchar al cuerpo en altura. Poco a poco fuimos ganando terreno, hasta instalar el campo dos a casi 6.000 metros. Nos sentíamos fuertes, preparados, y ya cerca.
Entonces la montaña habló.
Un feroz temporal nos obligó a detenernos en el campo base. Durante dos días, el viento y la nieve impusieron su ley. Otras expediciones, atrapadas más arriba, bajaban con historias duras: congelaciones, ceguera y miedo.
Aquel temporal no solo nos detuvo, también nos enseñó. La nevada fue tan intensa que, durante una noche, la nieve comenzó a cubrir las tiendas hasta sepultarlas por completo. Recuerdo despertarme con una extraña sensación, como si el aire faltara, como si respirar exigiera un esfuerzo que no entendía. Un silencio denso, absoluto, y por un instante tuve la angustiosa sacudida de estar bajo tierra. Al incorporarme, comprendí la realidad: estábamos literalmente enterrados bajo la nieve. Salir de la tienda y abrirse paso se convirtió en una necesidad urgente e instintiva. Aquella noche aprendimos una lección que no olvidé jamás: en la montaña, una tormenta de nieve no te permite dormir. Entendí desde entonces que, cuando nieva con fuerza, hay que mantenerse alerta, patear el techo, levantarse, limpiar la tienda una y otra vez, y vigilar.
Cuando el cielo abrió de nuevo, otras expediciones decidieron abandonar. La montaña se había vuelto peligrosa e imprevisible.
Nosotros no.
Quizá por terquedad, quizá por fe, juventud, inexperiencia, o por esa mezcla difícil de explicar que empuja a seguir cuando lo sensato es detenerse. Subimos hasta el campo dos para ver con nuestros propios ojos lo que nos decían. Y lo vimos: el glaciar estaba cargado, inestable.
Entonces surgió la idea. No atacar directamente el glaciar, sino buscar una línea alternativa por la roca que lo bordeaba. Desde abajo, aunque incierto, parecía posible. Y a veces lo incierto es lo único que queda.
La ascensión fue larga, fría y exigente. Corredores de nieve inclinados, pasos de roca, cuerdas, constantes decisiones. No había camino, lo íbamos inventando. Cada paso era una pregunta sin garantía de respuesta. Finalmente alcanzamos el cuello de botella, a 6.500 metros. La cima estaba cerca, casi al alcance.
Pero también lo estaba el peligro.
Habíamos visto avalanchas caer durante toda la mañana. La hora avanzaba. Y allí, a menos de 400 metros del objetivo, tomamos la decisión más difícil: renunciar. No fue una derrota, aunque lo parecía. Fue un acto de lucidez. Y visto más de treinta años después me reafirmo.
Descendimos por el glaciar, en línea recta, rápido, en silencio, agotados. Al llegar al campamento, unos americanos que estaban allí nos felicitaron. No entendíamos por qué. Luego nos explicaron: lo que habíamos hecho no era un simple intento fallido, sino la apertura de una nueva variante hacia la cumbre. Nadie había subido por donde nosotros lo hicimos.
Así, casi sin buscarlo, sin pretenderlo, dejamos una pequeña huella en aquella montaña: “la Variante Altoaragonesa” en su cara este, que ya reza desde entonces en las reseñas de ascensión a esa montaña.
Y entonces comprendí algo.
Que la vida rara vez te premia exactamente por aquello que persigues. Nosotros queríamos una cima, y obtuvimos otra cosa: un nuevo camino. Queríamos llegar arriba, y terminamos descubriendo hasta dónde sabíamos parar.
Las casualidades, dicen, no existen, y yo añado que son caprichosas. Pero quizá no lo sean tanto. Tal vez la casualidad no sea más que el nombre que damos a un resultado que no habíamos imaginado, pero que, pensado tantos años después, encajaba mejor con quienes estábamos destinados a ser, y con quien somos.
Porque, al final, no siempre se trata de conquistar una montaña, sino de entender cuándo es la montaña la que te define a ti.








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