sábado, 9 de mayo de 2026

EL CORRER COMO ALQUIMIA DEL SER


Es natural que, después de más de cuarenta años dejando huellas sobre el asfalto y sobre todo perdiéndome por caminos, quienes me conocen y empiezan a correr acaben preguntándome algún consejo. Y la verdad es que nunca me he sentido ningún experto ni especialista. Yo empecé como sigo corriendo hoy: “corriendo por correr”. Sin metas, ni cronómetros dictando el sentido de mis zancadas.

Con los años llegaron las carreras, los dorsales, el ímpetu de alguna competición y también la silenciosa intimidad de las largas distancias. Pero fue precisamente el paso del tiempo el que terminó revelándome algo que, en el fondo, ya supe desde aquellas primeras salidas cuando comencé a salir carretera de Fornillos a los 16 años: correr no es algo que hago, es algo que soy.

Porque para mí el movimiento nunca ha sido desgaste, sino una manera de habitar el mundo. Mi forma de ordenar el ruido de fuera, de escucharme, y en muchas ocasiones de reconciliarme conmigo mismo. Correr para mí es una meditación activa donde mi cuerpo se vacía de fuerzas mientras mi alma, curiosamente, vuelve a llenarse.

¿A qué viene esta reflexión?... Pues… la semana pasada un compañero de trabajo me lanzó esa eterna pregunta del que empieza que me han hecho ya más de una vez:

—“¿Qué hago para comenzar a correr… por kilómetros o por tiempo?”

Y sonreí. Porque detrás de esa duda que aparentemente es sencilla, en realidad, se esconde el primer paso de un viaje mucho más profundo de lo que imagina.

Mientras le sugería y explicaba que para mí lo más sabio es hacerlo por tiempo (comenzar con apenas diez o quince minutos y constancia, y con el paso de los días, sin sufrir nada, subir a media hora sin preocuparse por la dictadura de la distancia), comprendí que mis palabras trascendían el entrenamiento. 

Al aconsejarle que no se obsesionara con la distancia, sino que se madurara con el tiempo, me di cuenta de que no le estaba hablando solo de una técnica de carrera que en realidad yo desconozco. Le estaba hablando de la arquitectura de una vida corriendo. Algo que sí sé.  Y que aquella charla era, en esencia, una lección sobre cómo aprender a transitar por el mundo: con paciencia, presencia y la humildad de quien sabe que la recompensa es el camino en sí mismo y no la distancia recorrida y mucho menos la meta. Porque casi todo en nuestra vida se ha convertido en distancia y metas. Cuántos proyectos terminamos. Cuánto dinero ganamos. Cuántos idiomas sabemos. Cuánto avanzamos. Hemos transformado la existencia en una sucesión de metas visibles, cuantificables y sobre todo comparables. Como si vivir consistiera únicamente en llegar antes o más lejos que todos los demás. Qué pena…

Así que algo tan trivial e insignificante como correr por tiempo, al menos al principio, te obliga a reconciliarte con tu propio ritmo y equilibrio. No importa cuánto avances; importa permanecer en movimiento. Y al poco tiempo, tu cuerpo dejará de ser un artefacto de rendimiento para convertirse en un lugar donde se escucha. Diez minutos, media hora o con el tiempo una hora o más, no exige conquistar nada. Solo estar ahí, respirando, aceptando tu cansancio, y dejando que el pensamiento vaya y vuelva como el aire de tus pulmones. Como una meditación. Es una meditación. Quizá por eso me pareció una pequeña metáfora de la vida.

Hay una edad en la que uno descubre que no siempre necesitas saber cómo de lejos has llegado. Que basta con sostener el paso. Seguir saliendo. Volver mañana. Y aprender a habitar ese trayecto sin exigir constantemente una llegada y mucho menos una meta.

Desde hace muchos años, observo a la gente que se inicia en esto de correr, y la distancia los seduce porque les promete una prueba objetiva: tantos kilómetros corridos, equivale a progreso. Por el contrario, el tiempo es ambiguo. Media hora puede ser un día suave y al día siguiente durísima. Y precisamente eso es lo verdadero: Que el valor de las cosas no siempre puede medirse con un reloj inteligente multideporte con GPS. Que hay días que avanzar poco requiere un enorme esfuerzo y una valentía que no se ve, ni se registra en ningún track que se pueda compartir en redes sociales.

Pensé también que quizá el error actual sea ese: mirar demasiado el reloj y el mapa al mismo tiempo. Queremos controlar cuánto falta y cuánto hemos hecho, y terminamos perdiendo la experiencia misma de correr (o caminar). Nuestro cuerpo, sin embargo, entiende otra lógica: la de la humilde repetición. Un pie delante del otro. Sin épica. Sin estadísticas. Solo con constancia.

Así que tal vez diría y aquí escribo, que empezar a correr por tiempo sea una forma discreta de aprender a vivir mejor: De dejar de preguntarte tan a menudo “¿cuánto he hecho?” y empezar a preguntarte “¿he sido capaz de continuar?”. Puesto que, al final, muchas de las cosas más importantes (amar a alguien, sostener una amistad, construir una vida íntegra, o conocerse a sí mismo) no se conquistan por distancia recorrida, sino por tiempo vivido. Es mi opinión.
















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