viernes, 10 de julio de 2026

El día que rechacé a Woody Allen:

 


La vida tiene un extraño sentido del humor. A veces pasamos años llamando a puertas que nunca se abren y, otras veces, la puerta se abre de par en par justo cuando estás con las manos ocupadas…

Todo empezó como empiezan muchas historias hoy en día, en internet: navegando por páginas de cine que me gusta ojear, entre noticias, estrenos y curiosidades apareció un anuncio: “casting de extras para la nueva película de Woody Allen en Barcelona”.

Como buen escéptico, rellené el formulario con la misma solemnidad con la que uno compra un décimo de lotería sabiendo que no le va a conducir a ningún lado. Nombre, datos, una fotografía... y enviar. Un clic y listo. Cerré la página y, con ella, también el asunto. Lo olvidé por completo.

Pasaron las semanas.

Y entonces llegó aquel viernes.

Salía de trabajar, serían alrededor de las dos y pico de la tarde, cuando sonó mi teléfono. Contesté sin sospechar que una llamada cualquiera estaba a punto de convertirse en una de las mejores anécdotas de mi vida.

—Hola, te llamo del casting de la nueva película de Woody Allen.

Mi cerebro necesitó unos segundos para aceptar que aquella frase no era una cámara oculta, y recordar la anecdótica reseña que rellené por internet.

La persona que me llamaba me confesó algo todavía más improbable: había reparado en mi ficha porque tenía familia en Monzón y le había llamado la atención que yo fuera de Barbastro. Aquello convirtió una llamada profesional en una conversación sorprendentemente cercana. Después llegó la propuesta.

Si aceptaba, debía estar el lunes a primera hora en Barcelona. Me dio la dirección, me explicó que fuera vestido con ropa informal, o como hoy se dice “casual”, de calle, y que se trataba de participar como figurante en una escena en unas terrazas, sentado en un velador mientras los protagonistas desarrollaban la secuencia…

Un tiempo después, cuando la película se estrenó, supe que aquellos protagonistas eran nada menos que Scarlett Johansson, Rebecca Hall  y Javier Bardem, y la película era: Vicky Cristina Barcelona.

Y entonces, en mi cabeza apareció de golpe la realidad, siempre tan poco cinematográfica.

Era viernes. Tenía un trabajo. Si quería estar el lunes en Barcelona había que poner en marcha, de inmediato, una cadena de pequeñas operaciones: avisar sin margen, justificar la ausencia, pedir un día de vacaciones, reorganizar, cuadrar, un viaje improvisado, hacer llamadas de teléfono, esperar respuesta, encajar cada pieza como si estuviera montando un dominó que podía venirse abajo con lo más mínimo. En mi cabeza y en segundos, cada solución traía consigo un nuevo trámite, una nueva conversación, y la posibilidad de que algo saliera mal.

Así, en segundos, mientras una parte de mi cabeza paseaba ya por un rodaje de Woody Allen, la otra hacía cálculos con la precisión de un registrador de la propiedad… Y tomé el camino fácil. Con todo el dolor del mundo y toda la educación posible, respondí que no.

Les agradecí enormemente que hubieran pensado en mí, expliqué que era demasiado precipitado y colgué.

Colgué... y tardé unos minutos en asimilar que acababa de rechazar participar en una película de Woody Allen (de extra).

Con el paso de los años he pensado muchas veces en aquella llamada. Podría haber contado que estuve a punto de salir en Vicky Cristina Barcelona. Podría haber fantaseado con que, durante medio segundo, pude compartir plano con Scarlett Johansson, Rebecca Hall y Javier Bardem bajo las órdenes de Woody Allen. Pero la realidad me parece mucho más divertida.

Yo soy de los que prefieren ver la botella medio llena.

Así que no cuento que perdí una curiosa oportunidad para un fanático del cine como yo. Cuento que hubo una vez en la que Woody Allen me llamó... y le dije que no. Y, ya puestos, también rechacé a Scarlett Johansson. No todo el mundo puede presumir de semejante lujo.

Y, si lo pienso bien, aquella historia me enseñó algo. La vida no siempre te da las oportunidades cuando mejor te vienen, sino cuando le da la gana a ella. A veces dices que no porque no puedes decir otra cosa, y muchos años después descubres que ese "no" termina convirtiéndose en una anécdota mucho mejor que el "sí" que imaginabas. Porque, seamos sinceros, si hubiera aceptado, probablemente hoy sería el figurante número 37 de una terraza barcelonesa, tan desenfocado que ni mi propia madre hubiera sido capaz de encontrarme en la película. Por el contrario, gracias a haber rechazado la oferta, puedo contar (con toda la verdad del mundo) que hubo un día en el que me llamó Woody Allen, Scarlett Johansson me esperaba... y fui yo quien les dio calabazas.

No está nada mal para alguien que solo rellenó un formulario por internet sin esperar absolutamente nada…