La vida tiene un
extraño sentido del humor. A veces pasamos años llamando a puertas que nunca se
abren y, otras veces, la puerta se abre de par en par justo cuando estás con las
manos ocupadas…
Todo empezó como
empiezan muchas historias hoy en día, en internet: navegando por páginas de
cine que me gusta ojear, entre noticias, estrenos y curiosidades apareció un
anuncio: “casting de extras para la nueva película de Woody Allen en
Barcelona”.
Como buen
escéptico, rellené el formulario con la misma solemnidad con la que uno compra
un décimo de lotería sabiendo que no le va a conducir a ningún lado. Nombre,
datos, una fotografía... y enviar. Un clic y listo. Cerré la página y, con
ella, también el asunto. Lo olvidé por completo.
Pasaron las
semanas.
Y entonces llegó
aquel viernes.
Salía de trabajar,
serían alrededor de las dos y pico de la tarde, cuando sonó mi teléfono.
Contesté sin sospechar que una llamada cualquiera estaba a punto de convertirse
en una de las mejores anécdotas de mi vida.
—Hola, te llamo del
casting de la nueva película de Woody Allen.
Mi cerebro necesitó
unos segundos para aceptar que aquella frase no era una cámara oculta, y
recordar la anecdótica reseña que rellené por internet.
La persona que me llamaba me confesó algo todavía más
improbable: había reparado en mi ficha porque tenía familia en Monzón y le
había llamado la atención que yo fuera de Barbastro. Aquello convirtió una
llamada profesional en una conversación sorprendentemente cercana. Después
llegó la propuesta.
Si aceptaba, debía estar el lunes a primera hora en
Barcelona. Me dio la dirección, me explicó que fuera vestido con ropa informal,
o como hoy se dice “casual”, de calle, y que se trataba de participar como
figurante en una escena en unas terrazas, sentado en un velador mientras los
protagonistas desarrollaban la secuencia…
Un tiempo después, cuando la película se estrenó, supe
que aquellos protagonistas eran nada menos que Scarlett Johansson, Rebecca Hall
y Javier Bardem, y la película era: Vicky
Cristina Barcelona.
Y entonces, en mi
cabeza apareció de golpe la realidad, siempre tan poco cinematográfica.
Era viernes. Tenía
un trabajo. Si quería estar el lunes en Barcelona había que poner en marcha, de
inmediato, una cadena de pequeñas operaciones: avisar sin margen, justificar la
ausencia, pedir un día de vacaciones, reorganizar, cuadrar, un viaje
improvisado, hacer llamadas de teléfono, esperar respuesta, encajar cada pieza
como si estuviera montando un dominó que podía venirse abajo con lo más mínimo.
En mi cabeza y en segundos, cada solución traía consigo un nuevo trámite, una
nueva conversación, y la posibilidad de que algo saliera mal.
Así, en segundos, mientras
una parte de mi cabeza paseaba ya por un rodaje de Woody Allen, la otra hacía
cálculos con la precisión de un registrador de la propiedad… Y tomé el camino
fácil. Con todo el dolor del mundo y toda la educación posible, respondí que
no.
Les agradecí
enormemente que hubieran pensado en mí, expliqué que era demasiado precipitado
y colgué.
Colgué... y tardé
unos minutos en asimilar que acababa de rechazar participar en una película de
Woody Allen (de extra).
Con el paso de los años he pensado muchas veces en
aquella llamada. Podría haber contado que estuve a punto de salir en Vicky
Cristina Barcelona. Podría haber fantaseado con que, durante medio segundo,
pude compartir plano con Scarlett Johansson, Rebecca Hall y Javier Bardem bajo
las órdenes de Woody Allen. Pero la realidad me parece mucho más divertida.
Yo soy de los que prefieren ver la botella medio
llena.
Así que no cuento que perdí una curiosa oportunidad
para un fanático del cine como yo. Cuento que hubo una vez en la que Woody
Allen me llamó... y le dije que no. Y, ya puestos, también rechacé a Scarlett
Johansson. No todo el mundo puede presumir de semejante lujo.
Y, si lo pienso bien, aquella historia me enseñó algo.
La vida no siempre te da las oportunidades cuando mejor te vienen, sino cuando
le da la gana a ella. A veces dices que no porque no puedes decir otra cosa, y muchos
años después descubres que ese "no" termina convirtiéndose en una
anécdota mucho mejor que el "sí" que imaginabas. Porque, seamos
sinceros, si hubiera aceptado, probablemente hoy sería el figurante número 37
de una terraza barcelonesa, tan desenfocado que ni mi propia madre hubiera sido
capaz de encontrarme en la película. Por el contrario, gracias a haber rechazado
la oferta, puedo contar (con toda la verdad del mundo) que hubo un día en el
que me llamó Woody Allen, Scarlett Johansson me esperaba... y fui yo quien les
dio calabazas.
No está nada mal para alguien que solo rellenó un
formulario por internet sin esperar absolutamente nada…
