lunes, 23 de marzo de 2009

MI YAU (Capitulo-2)

15-Febrero-2009 Whitehorse (Canadá) 10.30h: Abrirse al mundo para encerrarse y conocerse a sí mismo; de eso se trata: Arrancamos al grito de ¡GOOOO! como fustigadas y apresuradas mulas de carga, mientras algunos espectadores, cámaras de televisión y fotógrafos aplaudían, nos inmortalizaban y gritaban. Quizás piensen que somos especiales, distintos o simplemente que estamos locos. No me siento ni especial ni loco. Los que corremos, escalamos, o perseveramos en estas aventuras, no somos mejores personas que los demás, ni mas fuertes, ni mas inteligentes, ni mas solidarios, ni protegemos el planeta más que otros. Los que corremos estas aventuras somos hombres y mujeres salidos de lo más variado del mundo y hay de todo como en todas partes. Somos gente común quizás en perseveradas circunstancias insólitas, pero cada uno con propósitos desiguales. Ya con cierta ventaja sobre nosotros, diviso a Alan Sheldon, el inglés que participa en bicicleta. Bicicleta excepcional y específica de anchas ruedas, exageradas diría yo, y con el manillar disfrazado bajo unas enormes manoplas donde camuflar las manos para que no se queden heladas. Su vestimenta, es casi como las de los musers de los trineos, y lleva unas grandes alforjas a cada lado y delante como las que tantos cicloturistas empleamos para el equipo durante un largo viaje como el camino de Santiago. Tras él, a pie, los más experimentados y que no era su primera participación. Son los que yo quiero fijar en mi punto de mira, y de los que quiero aprender en sus evoluciones durante esta jornada. El más representativo de ellos, e incluso el más simpático es el italiano Enrico Ghidoni. Tiene 54 años (otro ejemplo de que estamos comenzando y nos queda mucha cuerda y mucho por aprender). Enrico es agudo de cuerpo y tiene el rostro aparentemente curtido en mil batallas, con ribetes de piel oscura tamizados por una concentrada perilla, pero su gesto es simpático y campechano. Sus despiertos ojos parecen más jóvenes que el resto de su expresión, o es que son los ojos de su vigoroso espíritu los que se manifiestan en su rostro. Lleva un chaleco de forro grueso con muchos cuños de sponsors sobre un jersey verde también recio, gafas realzadas sobre el gorro, guantes preñados de lana y unas abultadas mallas térmicas. En su pulka, según he averiguado preguntándole en la salida, diez kilos menos que yo.... veinticinco. Ya en las afueras de Whitehorse, a ambos lados de la travesía, algún pequeño corro de personas nos vitorean. Al pasar a su lado, como vi hacer a los musers el día anterior, levanto mi mano como signo de saludo y les sonrío dándoles las gracias. Caminando lo más rápido que puedo, propulsándome acompasadamente con los bastones y sin parar, mi piel se eriza al pasar ante estas miradas ajenas a mi realidad… Lo miro todo como en un sueño velado que me recuerda que estoy animado y también destinado. El verde y el blanco de los árboles en la vereda del río Yukon, la nieve, los ya escasos edificios construidos en madera, o el humo que sale de sus chimeneas. Un cúmulo de músculos y huesos; órganos con sentimientos, partiendo hacia tierras vírgenes…. gritando ante el mundo sin decir nada. Me emociono pensando en los míos, mientras intento encontrar ritmo y buenas percepciones. El aire nos manda contra los ojos el leve polvillo que levanta la pulka del que te precede. Soy capaz de traspasar los rayos de sol que caen ante mí, y encontrar una vez más las estrellas … esa eterna incertidumbre, y esa sensación de querer escapar… correr y atravesar muros de verdad, destrozar la realidad hasta agotar las fuerzas antes de parar. Mientras intento mantener el equilibrio físico y mental, me descubro ya fuera del pueblo y un brusco giro a la derecha con un pequeño tobogán en la nieve me sitúa sobre el curso de un río helado. Es el famoso Yukón river. Este rio, tiene la increíble longitud de 3.185 km. Tres veces la longitud de España de norte a sur. Sus aguas desembocan en el mar de Bering. La mitad del curso del río transcurre por Alaska (Estados Unidos), y el resto por el Territorio del Yukón, el territorio canadiense al que da nombre y donde estamos. Es el río más largo de Alaska y fue uno de los principales medios de transporte durante la fiebre del oro, entre 1898 y 1899.Estoy “pisando” y profanando un rio histórico, que escalofrío. Precisamente Yukón en un dialecto indio significa gran río. Así que emprendo, emprendemos el camino por encima del hielo con la mayor nobleza histórica posible como una gran caravana de buscadores de oro. La traza de pista nevada se ha ido mudando en kilométrica zanja de a uno. Ahora lo veía bien, era un serpenteante y helado río que se adentraba entre bosques. En estos primeros márgenes, en su orilla era aun visible la huella del hombre con algún cercado de madera o alguna pequeña y abandonada cabaña, pero poco a poco, paso a paso nos alejábamos de la civilización río abajo.Parecía el interior de una esfera de cristal de nieve sin agitar, con todos sus solidificados accesorios blancos, a la espera de una mano que lo agita. Miro mi reloj, y calculo que andando rápido y si el relieve del terreno ahora llano no cambiaba, mi ritmo podría estar en siete kilómetros a la hora, así que previendo seis y multiplicando por siete, conjeturo unas siete horas para llegar a la meta de la maratón y CP-1 en SIR North Ranch. Si es menos, mejor. En mi mente, mientras trazo estas previsiones, brota Marcel Batlle y una frase que tras la penúltima etapa en Sables el pasado año repetía una y otra vez cuando obligado por su lesión de rodilla tuvo que realizar esta etapa maratón andando:-¿sabes lo que es una maratón andando?- decía Marcel al acabarla– Ahora lo sé Marcel- una, dos, tres, cuatro... muchas maratones andando y con un lastre atado a mi cintura. Pasan las horas, la hilera se va dispersando, la triunfal victoria del sol no termina de llegar, y hace mucho frío. Menos veinticinco. Como si tuviera legañas de cristal y diamantes, mis pestañas se solidifican entre ellas. Paso mi guante una y otra vez y por mis cejas para quitarme el hielo que se forma. Procuro coger la rutina de comer algún gel o barrita cada poco rato, y en mi primera intentona por beber me doy cuenta que aun sin haber chupado nada, la manguera del Camelbak está completamente rígida inutilizándolo. Tengo que echar mano de la cantimplora con funda térmica que llevo en el interior de la mochila, y aún dentro de esta, el liquido que llevo con isotónico, se está granizando. No me había pasado nunca. El gel que estoy ingiriendo, lo guardo en el interior de mi camiseta, pegado a mi piel para que no se hiele. Voy parando de vez en cuando a hacer alguna fotografía buscando a lo lejos la silueta de Salva que siempre real o erradamente me parece reconocer. La cámara de fotos también parece protestar por el frío y al hacer dos fotos seguidas se atasca y paraliza. Así que colgada de su correa, que uno mediante un diminuto mosquetón a su pequeña funda, la introduzco por la garganta de mi camiseta para que mi cuerpo la caliente y así espaciadamente hacer las fotos de una en una rescatándola rápidamente tirando hacia arriba de la colgante funda. Que fría está al contactar con mi piel cuando la deslizo por mi cuello como si fuera un recipiente hacia un cálido aljibe . De vez en cuando vamos cruzando sobre el inmovilizado río de una orilla a la otra, y a unos cien metros de nuestra huella en una de estas intersecciones, en un pequeña y alta ladera nevada, distingo la capota de color verde de algo parecido a un autobús abandonado en medio de la nieve. Se me erizan hasta los pelos del cogote. ¿Será el autobús donde falleció Christopher McCandless, al que Sean Penn inmortalizó en la película “Hacia rutas salvajes”?. A comienzos de los años noventa, el joven idealista Chris McCandless abandonó su vida en la civilización, se cambió el nombre por el de Alexander Supertramp, dejó sus posesiones y donó sus 24.000 dólares de ahorros a la caridad, para poner rumbo al salvaje territorio de Yukón, donde esperaba encontrarse con la verdadera naturaleza y con la verdad de su existencia. Allí, dentro de un autobús murió convirtiéndose en un símbolo. En el blog, hace unos meses escribí un post recomendando esta película o el libro de Jon Krakauer en el que está basada, y en un comentario David de San Feliu me dejó escrito: - Si ves el autocar en tu carrera párate un segundo y sonríe por Chris!!!. Así lo hago, paro, sonrío y echo una foto mientras experimento sacudidas de euforia y excitación, y me cuestiono si dejar la pulka y subir hasta allí. Decido no subir, y si al terminar la carrera me corroboran lo que estoy suponiendo, buscaré algún modo de regresar hasta aquí... (Al finalizar la carrera pregunté por este anecdótico encuentro, y me aclararon que no era; que el autobús de Chris se halla en Alaska; mas al norte. Para mi, mis percepciones, mis sentidos en aquel instante, fue como si lo hubiera visto verdaderamente). Durante un buen rato anduve con la emoción de la visión de lo que yo imaginé que era un autobús monumento o símbolo de la libertad en la naturaleza. Paso a paso, metro a metro, kilómetro a kilómetro fue apareciendo una maravillosa atenuación de colores que convertía el cielo en una extensión nacarada que dejaba ver el mundo como una superficie ondulada en tonos blancos de nieve y azulados de hielo. El único pensamiento coherente que le vino a la cabeza en medio de este paisaje fue el de que algo tan enorme no podía ser real... Mientras el sol proyectaba sus rayos en el cielo, las sombras empezaron a fundirse y a disiparse, azul sobre blanco, y la cara helada de las onduladas colinas cercanas resplandeció. La humedad helada de mi respiración cubría mi buf con una fina capa de escarcha, lo solidificaba y todo blanqueaba bajo el aliento cristalizado. De vez en cuando lo rotaba sobre mi cuello para que la parte solidificada se descongelara en mi nuca, y la parte agradable cubriera mi boca y nariz hasta que esta también se escarchara imponiéndome reproducir la maniobra cada media hora. La nuca es una de las partes más calientes del cuerpo y bastaba ese tiempo para descongelar esa porción del buf. Miraba a los demás participantes al adelantarlos y sus barbas y los bigotes estaban helados de un modo sólido; la escarcha se había convertido en hielo que aumentaba con cada exhalación. Una barba de cristal del color y la solidez del ámbar, que crecía constantemente y que si cayera al suelo se rompería en pequeños fragmentos como el cristal. Me aíslo contemplando todo, pero todavía no consigo notarme cómodo en carrera. Es normal, es un factor que yo llamo ajuste y adaptación, cuento con ello y sé que voy a combatir esa sensación los dos primeros días, por eso, tampoco me impaciento haciendo un gran esfuerzo o estrujándome el primer día. Han pasado poco mas de seis horas desde la salida, y por fin, franqueando el rió en un súbito viraje, avisto el CP-1 y meta de la maratón (SIR North Ranch), en lo alto de una loma nevada. Me aproximo por una zona aplastada de nieve virgen que muere en una cuesta resbaladiza y muy pendiente de unos seis metros por donde ascender al campamento. La ladera es muy pronunciada y tengo que traccionar con fuerza de los bastones para evitar resbalar y ser arrastrado por la pulka de nuevo al comienzo de la cuesta. Por un momento mi disposición agregada a mi fatiga es de irritación al cuestionarme el porque nos tenían que hacer subir por este terreno sin el auxilio de una cuerda fija, o sin alguien de la organización que nos asistiera para hacerlo, mientras me pregunto como habrán remontado por aquí las personas mas débiles o torpes. Igual soy yo el más débil y torpe. Mientras subo y clavo mis punteras de una fuerte patada en la pared como si estuviera escalando una cascada de hielo, distingo el rastro indudable de los esfuerzos e incluso fracasos de otros al subir, y me auto indigno por este momento de raquitismo mental. - Estas donde quieres estar y como me diría mi amigo Luis: - La Yukón no es “Bambi”-. Al llegar arriba me detengo a recobrar aliento, disculpándome a mí mismo el descanso y la anemia mental con el pretexto de mirar el paisaje y la gente congregada alrededor del campamento mientras les sonrío estúpidamente. Subiendo me acordé de “La misión”, una de mis películas favoritas y dentro de ella, una de mis escenas favoritas: Cuando Robert de Niro, Rodrigo en la película, sucio, desaliñado y harapiento, arrastra por la selva como penitencia un inútil y pesado fardo con su espada y su armadura pendido de su cintura con una cuerda, y en una pendiente de barro resbaladizo, su carga le arrastra y se escurre cayendo hasta abajo de nuevo. Incluso en mi mente podía oír la mítica y antológica música compuesta por Ennio Morricone y sus coros de indios guaranís. El CP-1 es una pequeña y humeante cabaña de cemento y madera. Tiene una única ventana en la parte izquierda de una menuda puerta, y al lado derecho, colgada en la pared, han dispuesto una pizarra donde van anotando con tiza la llegada de cada participante y la hora. Junto a ella un limitado cercado de madera con una pila de leña y en el suelo, en el interior de dos llantas metálicas de ruedas de camión ensambladas una encima de la otra en forma de práctico y vital brasero o estufa, hay una fogata de llameantes troncos donde se aproxima la gente presentando al fuego su sumisión… y la palma de sus manos con guantes y todo; sus manos, cuerpos y sus iluminados rostros. Son las seis y veinte y está disminuyendo la luz. El ahora intenso frío y la extraña luz domina todo. El hecho se traduce en un frío desagradable, y eso es todo. Estaciono mi pulka en batería junto a otras al otro lado de la cabaña, en un apurado rellano donde caduca una nevada pista que se pierde en el bosque, junto a una mesa ensamblada con bancos de madera, un todo terreno y una moto de nieve. Venciendo la apatía del cansancio, pero sobre todo siendo prudente, saco ropa seca apresuradamente. Ahora el silencio dentro de mí, la pasividad, la indiferencia, el acomodo, el miedo, el cansancio, la resignación en todas sus formas, son el verdadero enemigo a vencer. Ante la estupefacta mirada de otros corredores, me desnudo totalmente de cintura para arriba, y también velozmente me pongo la ropa seca y me cubro. Mis dedos se están congelando por momentos, pero tengo que terminar todo el procedimiento antes de acudir a comer y calentarme. Saco las cantimploras, el termo, el recipiente para comer y mi querida navaja multiusos con cubiertos. La ropa húmeda que he dejado sobre la pulka, en este reducido minuto se ha quedado rígida y petrificada como una tabla; totalmente congelada. Las camisetas las retuerzo como si fueran de papel de aluminio y las guardo dentro de la pulka. Las secaré esta noche en el interior del saco con el calor que irradia mi cuerpo. El forro polar lo acerco a la hoguera y lo cuelgo de uno de mis batones clavado en el suelo como si cocinara un churrasco argentino. Con las mangas casi rígidas y congeladas, parece un suntuoso, descabezado y encarnado espantapájaros. Se han congelado también los tapones de dos de las cantimploras, incluso con fundas térmicas y estando resguardadas dentro de la pulka y no las puedo abrir. Al agitarlas suenan tintineantes con un sonido a líquido adulterado con abundante hielo. No me había pasado nunca de esta manera tan rápida. Intento apalancar uno de los tapones encajando la punta del bastón por el asidero del propio tapón, y parto el arete de plástico sin conseguirlo. Esta radicalmente soldado de frio. Bueno, las dejaré junto al fuego un rato hasta que consiga abrirlas para rellenarlas, o cuando me suministren un poco de agua caliente en el termo, lo verteré sobre los tapones para así calentarlos, abrirlos y poder rellenar también las cantimploras. Aunque solo estamos unas diez personas, (Algunos han partido ya y otros están por llegar) hago cola en la puerta de la cabaña para que los de la organización, dos chicas y Robert, me sirvan un plato de algo cercano a carne con patatas y me rellenen de agua caliente el termo y la congelada bolsa del Camelbak. Se agradece este plato caliente sea de lo que sea... Nos dan una comida caliente (un plato) en cada control. Una comida al día. Esperando fuera, en el gélido contorno de la cabaña, me siento un poco relegado, marginado. Un pequeño termómetro marca menos veintisiete y nadie te insiste para que pases a protegerte dentro, muy por el contrario, cogen tu cuenco y cierran la puerta tras ellos dejándote allí esperando. ¿Los demás se sentirán también así? Manifiestamente, esto no es una ultra maratón normal... Me sacan mi cuenco lleno, lo pillo, me abrigo con la chaqueta de plumas junto al fuego y con otros cuatro participantes, sentado encima de un leño cortado. Estoy bastante cansado. Es el primer día, no estoy adaptado, y han sido seis horas y media sin parar para cubrir estos cuarenta y dos primeros kilómetros de carrera. Me fijo en todos y cada uno examinando sus maniobras, su equipamiento o sus talantes por si hay algo que se me escapa, escudriñando lo que pueda recordar o aprender. Son atajos para que la memoria repase momentos concretos de tus experiencias y si se resisten a la circunstancia presente, hay que forzar la mente observando o aprendiendo alrededor; es experiencia, aprendizaje, inteligencia al fin y al cabo. Ser inteligente es estar con la mente abierta; no creer que lo sepas todo. Siempre hay cosas que se escapan. Como dice un dicho Mongol:”No menosprecies a un cachorro, pues puede convertirse en un tigre feroz” Entre tanto estoy terminando mi plato, y con las cantimploras por fin abiertas y rellenas de agua caliente, llega Salva. Me mira con semblante cansado y de incertidumbre gestionando su mirada interrogándome sin preguntar, para averiguar también su siguiente paso, así que le aclaro donde dejar la pulka, el tema del agua, la comida y le aconsejo, casi ordeno, que se cambie de ropa y se la ponga seca. ¿Es mi percepción, o su semblante refleja nerviosismo y preocupación? Su rostro esta helado, cara frígida por estimulo del frio y le cuesta articular palabras. No es para menos. Cuando yo he llegado y antes de calentarme, cambiarme y comer, seguro que tenía la misma cara o peor. Me voy a buscar unos calcetines y me los cambio junto a la codiciada hoguera, retirándome los cubre botas de expedición, y calzándome las abultadas botas que compré en Whitehorse, en las cuales introduces el pie con zapatilla incluida; parecen botas de descanso tras una jornada de esquí. Funcionan de maravilla pues en pocos minutos tengo los pies aplacados y calientes. Dispongo ya todo para partir, pero no dejo de recapacitar. Hay ocho días por delante, y es el primero. La cara de Salva me ha hecho valorar y recobrar circunstancias pasadas en las que algún montañero más experimentado me aleccionaba y tutelaba. Estamos en un entorno muy inestable, como poco, Salvador no tiene tanta experiencia en este terreno y va a ser una noche horrible. Hace mucho frío, y es la primera. ¿Qué hacer? Pretendo andar dos o tres horas; hasta las diez u once de la noche, para así asegurarme que hago por lo menos esos sesenta kilómetros diarios de media que hay que cubrir. Pero, soy montañero y no he venido a competir con nadie que no sea contra mí mismo. Son pequeñas pero fascinantes piezas de tu propia ficción que tienes que ensamblar tu solo, dentro de ti… Voy a esperar a Salva y pasar con él por lo menos esta primera noche para enseñarle e iniciarle en todo lo que pueda o sepa. Seguir en esta aventura sin desanimarse, sin decaer, sin dejarse vencer, buscar el calor de la aventura misma eliminando la apatía y la depresión. ... el stress mental, cansancio, desatención, evasión, desconexión entre el cuerpo físico, emocional y mental. Así que se lo digo: - Tranquilo Salva, come tranquilo y prepárate, te espero, marcharemos unas dos horas más, y esta noche la pasamos juntos-. No dice nada, pero en su rostro percibo gratitud. El agradecimiento es mutuo. Tampoco me vendrá mal a mí su compañía esta primera noche de evolución. Ahora junto a Salva, determinando el paso delante de él, como cuando guio amigos por los barrancos de Guara, rompemos la noche oscura con los frontales. Necesito un rato en silencio para reencontrarme con mis músculos, mis huesos, mis órganos y mis sentimientos, tragar mi piel al esfuerzo, y levantar de nuevo… Sigo sin estar cómodo. Me siento como cuando te despiertas en una habitación desconocida, oscura, fría, silenciosa donde la mayor sensación de vida la encuentras en tu interior, en tu lenta e irregular respiración, y sientes un escalofrío por tu cuerpo. Te preguntas dónde estás, cómo has llegado hasta allí. No tienes recuerdos, no tienes vida fuera de esas cuatro paredes. En mi pecho descansa una palpitación aguda y continuada. Recuerdo mis experiencias pasadas, mis compañeros y cuando el terror por lo desconocido invadía tu cuerpo y alguien con algo más de experiencia, con un gesto, una palmada o un simple, -no pasa nada-, te confortaba. Saco mis amuletos o sortilegios mentales, mi padre, mis abuelos, Pepe, y poco a poco me acomodo. No quiero pensar en mis seres queridos o amigos; los guardo para más adelante, para días venideros. Una línea oscura balizada con listones de madera con plaquita de plástico luminiscente grapada, marca la ruta. Ahora por un oscuro bosque, el frio extremo, el silencio quebrado por el sonido de nuestras pisadas y ruidosas pulkas, me induce a pensar en la susceptibilidad de los hombres a las bajas temperaturas, la fragilidad general capaz sólo de vivir dentro de unos límites estrechos de frío y de calor, en conjeturas acerca de la inmortalidad o de la función que cumple el ser humano en el universo. Treinta grados bajo cero significan quemadura del hielo que provoca mucho dolor, y hay que protegerse. A un nivel más profundo y sensato aún, intento transmitir un estado de ánimo que es, por imposible que parezca, sosegado y así estimularme al mismo tiempo: me siento completo, en paz, muy agotado pero feliz, mientras camino por este extraño mundo glaciar pero al mismo tiempo hay que recordar dónde estamos y lo que nos jugamos. Está claro que esta noche va a ser una cuestión de supervivencia. De vez en cuando giro mi cabeza y grito: -¿Qué tal vas Salva?. El me contesta:-bien.

15 comentarios:

  1. ¡ACOJONANTE! Pero a mi que no me esperen. Muy bien relatado...quierpo maaaaaaaaaaaaaaassssssssssssssssss

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  2. Era ir leyendo y sentir el frío,uff faltan las palabras para comentar

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  3. PASE POR ACA POR CASUALIDAD, Y NO PUDE IRME,.... EXCELENTES TUS ESCRITOS...HACES CASI HUMANO LO INHUMANO
    LLEGAN AL CORAZON...
    SERA PORQUE AHI NACIERON.
    UN SALUDO. ALFONSO GOY

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  4. Resulta que quería leer un poco para comenza a degustar esta segunda misiva, pero joder maño, no se puede parar... metes tus cosas, tantas, intercalas sentimientos, citas de películas que tambien tanto nos gustan a los demás... QUIEN TIENE HUEVOS DE PARAR DE LEER, a ver. Venga, rehabilita bien, cenemos a relamerse otra vez...

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  5. Espectacular. Dan ganas de estar allí. Lo malo es que yo soy del sur y me suelo mover en el sol. Mi relación con la nieve son las estaciones de esquí y largas caminatas por pistas forestales cuando nieva.

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  6. Me ha encantado el estilo, la redacción, la forma de comunicar sentimientos. Invita a leer todo el blog!
    Precioso.

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  7. Antonio Delgado y familia24 de marzo de 2009, 13:05

    No sabíamos que además de un gran guía, gran deportista y gran persona, eras también un gran escritor. Seguiremos leyendo tus andanzas pues como dice aquí la gente son ¡Acojonantes! En todos los sentidos. Por cierto, he descubierto gracias a estas las de Sablesy las estoy leyendo .

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  8. Admiro a los que admiran, no a los admirados. Los admirados son lo que son gracias a los que los admiran. Con tus escritos demuestras que admiras a mucha gente y que siempre te acuerdas de ellos. Por eso, yo te admiro. Espero como muchos impaciente los siguientes capítulos, y aunque toda historia tiene un final, ojala esta no lo tuviera, porque es un placer leerte.

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  9. Gracias javier por este regalo que nos haces a los profanos de estas aventuras.

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  10. Cuando las polaridades se conviertene en sinergias aparece la totalidad, la unicidad...dando y recibiendo. De todas las vivencias que cuentas quedarte con Salva es...simplemente el espítitu del verdadero ultra.
    Un enorme abrazo hermano
    PD tienes un lugar al sol en esta tierra siempre que quieras, esperaré tu visita...

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  11. Es muy interesante todo lo que escribes, me he dado una vueltecita por tu blog y me ha gustado mucho,tienes mucha pasión y sentimiento,debes ser una persona fantástica.
    Muy bellas las fotografías,he querido hacerme seguidora pero no he podido,lo intentare otro día.
    Un besito y volveré.

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  12. jooooo...pero que bien escribes...me introduzco en el relato y casi siento que estoy ahi!!!siguenos escribiendo, siguenos contanto tus vivencias...siguenos contando, mientras se pueda hacerlo, lo que has aprendido!!!Besazos...

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  13. gran placer leerte y segirte ademas de conocerte.

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  14. Hola campeón. Y parece que fue ayer cuando estábamos pasándolo de coña en el Àrtico, bueno...algunos ratos no, pero lo que cuenta es el total y aqui si que no tengo ninguna duda de que he disfrutado. Tu relato me está inspirando mucho para hacer el mio, ya que voy un poco mas lento, será el peso de la pulca, tienes copyright?, la verdad que no hay color, eres un poeta, espero poder ver pronto la versión cinematográfica y visititarte en Barbastro.
    Cuidate mucho y recupérate ya que el Everest te está esperando.

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