Hace no mucho me escribió un periodista y me pidió mi currículum deportivo. Y lo tengo, claro. Pero pensé que no solo me solicitaba una lista de logros, sino una ventana a mi recorrido, a los esfuerzos y aprendizajes que han marcado cada etapa de mi humilde trayectoria. Así que lo reescribí, y lo que le envié no fue únicamente un compendio de resultados, sino una síntesis honesta de mi camino:
Nací en Barbastro en 1967, una tierra que huele a monte incluso cuando no lo buscas. Allí, entre ríos fríos y cielos amplios, descubrí pronto que había algo en mí que me empujaba siempre hacia adelante, hacia arriba, hacia lo desconocido. A los 10 años entré en los Scouts, a los quince en Montañeros de Aragón Barbastro sin imaginar que aquellos gestos adolescentes serían el hilo conductor de toda mi vida. Tuve amigos, maestros y referentes claro: Pepe, Alfredo, Guillermo, Fernando, Carlos, etc… La montaña fue mi primera maestra. Me enseñó a avanzar despacio cuando el cuerpo grita, a escuchar el crujido del hielo antes de pisarlo, o lo más importante, a saber cuándo seguir y cuándo retirarme. En cada ascensión en los Alpes, en Sudamérica, Pamir , África, o en el Himalaya; en cualquier rincón del mundo donde hubiera una cumbre que llamara mi nombre descubrí no solo paisajes, sino versiones nuevas de mí mismo. Subí montañas como quien abre puertas a otras vidas.Con los años me convertí en monitor, guía, o lo que más me gusta, compañero de muchos que buscaban lo mismo que yo: ese instante en el que el miedo y la belleza se tocan. Y también me adentré en aventuras que pocos entendieron entonces a la primera: correr sobre el desierto ardiente del Sáhara en el Maratón de Sables, cruzar un mar helado como el Báltico a pie, avanzar bajo temperaturas que muerden en la Yukon Arctic Ultra, o dejarme envolver por la selva amazónica en la Jungle Marathon, donde cada kilómetro era una conversación con la naturaleza más salvaje y conmigo mismo. A veces me han llamado valiente y otras, loco. Yo solo sé que nunca he sido un superhombre. Soy una persona normal que encontró en el esfuerzo y en la incertidumbre un lugar donde sentirse vivo. Las medallas, los premios, los reconocimientos… todos ellos han sido sinceras alegrías, sí, pero ninguna se compara a ese segundo en el que descubres que todavía puedes dar un paso más cuando pensabas que ya no quedaba ninguno. Mi historia es sencilla: perseguí caminos que otros evitaban, y en ellos aprendí a escucharme. No buscaba fama ni récords; buscaba paisajes, silencios, compañeros de ruta, y esa pequeña chispa que te dice que estás exactamente donde debes estar. En los últimos años, mi camino ha tomado una nueva dimensión. Comencé a organizar viajes para compartir mis aventuras con amigos, compañeros y viajeros, con la ilusión de que ellos también pudieran vivir lo que yo había experimentado. África, India, Nepal, Perú, Bolivia, Marruecos… cada destino se convirtió en una oportunidad de descubrimiento compartido, donde otros también pudieron sentir la emoción, la incertidumbre y la belleza que tanto me han transformado. Esta etapa, quizá la más humana de todas, me ha enseñado que la aventura es aún más grande cuando se comparte.
Si algo he aprendido es que la aventura no se mide en kilómetros, ni en desniveles, ni en grados bajo cero. Se mide en la forma en que te transforma. Yo solo he sido, todavía soy, un hombre que quiso mirar el mundo desde todos sus límites. Y en cada límite he encontrado una razón para seguir mirando.
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