Durante estos últimos días, cada vez que alguien cercano se
dirigía a mí, ha habido una pregunta que
no ha dejado de repetirse: “Tú que eres montañero, ¿Qué opinas de todo esto de
la cruz del Aneto?”…
Así que, ya que llevo yendo a la montaña más de 40
años... en esa inevitable insistencia me doy por aludido con lo de
montañero, y me siento en la necesidad de escribir estas líneas:
Eso sí, a estas alturas, ni quiero escribir desde la
polémica ni desde la prisa, sino desde, creo que un poco desde la experiencia, y
un mucho de ese vínculo personal que toda mi vida he sentido con la montaña.
Comenzaré mi reseña con la historia de la cruz del Aneto
(3.404 m):
A a lo largo de los años no ha habido una sola cruz, sino
varias versiones, ya que han sucumbido ante el clima extremo de esta montaña, o
a otros extremismos…
La idea original surgió del Centro Excursionista de
Cataluña (CEC) tras la Guerra Civil. En un contexto, (el de entonces), de
fervor religioso, se decidió instalar una cruz en la cima, para conmemorar el
quincuagésimo aniversario de la primera misa celebrada en la cumbre en 1901.
Esa primera, fue forjada en Barcelona, transportada en
piezas, y por lo que he podido recabar, cerca de 300 personas participaron en su
porteo a trozos a lomos de mulos hasta la base, y finalmente a cuestas por el
glaciar y el famoso paso o puente de Mahoma hasta la cumbre donde fue armada. Por
aquel entonces, sin los medios mecánicos modernos de hoy, fue un desafío
descomunal.
Se inauguró el 14 de agosto de 1951. Hace ahora 75 años.
Pero, como la cima del Aneto es un lugar hostil, los
rayos, las tormentas de nieve y el viento, la castigaron durante décadas. Por
consiguiente en 1988, la cruz original estaba tan deteriorada que tuvo que ser
sustituida por una nueva versión más moderna y resistente, manteniendo la
estética de la anterior. Después, en años posteriores, como ya sabemos la cruz
no solo ha sufrido por el clima, sino por actos vandálicos de “montañeros” “¿agresivos?”
(Tanto la cruz como la virgen). Montañeros y agresivos, dos palabras que rara
vez han caminado juntas, ya que quien asciende montes no solo por coleccionismo,
pronto aprende que en la montaña se forjan valores como la humildad, la
prudencia, el compañerismo, la responsabilidad, la paciencia y “el respeto”.
Y desde mi humilde opinión de montañero ya veterano, y espíritu
de alpinista tradicional, me educaron sobre valores muy claros: subir una cima
no era solo un acto deportivo, sino también una forma de entrar en contacto con
quienes la ascendieron antes, de respetar su huella sin borrarla, de comprender
su esfuerzo. En ese sentido, ciertos elementos (aunque no sean naturales) han
acabado adquiriendo un valor simbólico e histórico. No necesariamente por lo
que representan en origen, sino por el paso del tiempo y por su integración en
la cultura montañera.
En 1984 yo pisé esta cima por primera vez. Hace ahora 42
años.
Y aquel día cuando alcancé la cima, como si hubiera
brotado de la propia roca, firme y recortada contra el cielo inmenso, estaba la
cruz. A su lado la Virgen del Pilar. Ambas desafiando el viento y las nieves
perpetuas. Y sinceramente, ni me parecieron un adorno ni un capricho. Bueno, ni
me lo plantee. En aquel instante sentí que allí, inmóviles y luminosas, parecía
esperarme desde siempre. No pude evitar encaramarme a la cruz y hacerme la foto
subido a ella (juventud divino tesoro).
Y claro, ni ese día ni nunca, se me pasó por la cabeza
cuestionar su presencia allí. Formaban parte de la acuarela del paisaje, y de
ese conjunto de elementos que (sin conflicto) uno asume cuando llega por
primera vez a un lugar así. No hubo en mí ninguna sensación de que desentonaran
o que “sobraran”. Simplemente allí estaban, como tantas otras huellas humanas
en las montañas que con el tiempo acaban integrándose en su identidad:
carteles, mojones de piedra levantados por manos anónimas para marcar el
camino, refugios que ofrecen abrigo en medio de la nada, cruces, pilastras o
hitos en otras muchas cumbres, placas conmemorativas, senderos, cuerdas fijas,
clavijas, o incluso alguna oxidada señal que el tiempo no ha logrado borrar del
todo.
Quizá quienes sienten que una cruz “sobra” en una cumbre
deberían perderse alguna vez por las montañas del Himalaya, en Nepal, India o
en el Tíbet, y caminar hallando estupa tras estupa, piedras grabadas con una
delicadeza casi sagrada al borde de los caminos y banderas de oración que el
viento no deja de agitar por todas partes. Todo está impregnado de símbolos, y
sin embargo no se perciben como una intrusión, sino casi como una extensión del
paisaje, como si la montaña hablara también a través de ellos. Lejos de parecerte
una aberración, terminas sintiéndolo como un adorno natural, un silencioso cántico
que acompaña al terreno y a quien lo recorre. Y tal vez, al vivirlo así, uno
comprende que no siempre se trata de quitar o poner, sino de aprender a mirar
con otros ojos.
Se me ocurren como ejemplo muchos objetos que acaban
cargándose de un significado tan profundo que se vuelven inseparables de un
lugar. Símbolos con carga política, religiosa o histórica, como los restos del Muro
de Berlín en Berlín, o en Santiago de Compostela la concha del peregrino, repetida
en señales y detalles urbanos que guían y dan sentido a todo un camino ya sea “espiritual”
o “no”, o las pequeñas cruces de término que salpican caminos y entradas de
pueblos por toda la península…
La lista sería interminable. Y todos tienen algo en común:
“su significado”. Son elementos que con el tiempo se cargan de significado
colectivo y se convierten en memoria compartida, identidad, y algo que
simplemente “tiene que estar ahí”, hasta el punto de que cuesta imaginar el
lugar sin ellos.
Así que hoy, siglo veintiuno, vivimos rodeados de
vestigios que individualmente no nos pertenecen, pero que forman parte de una
memoria colectiva que debemos respetar.
A estas alturas de mi vida (en cien años todos muertos),
me resultan absurdos ciertos rechazos identitarios, que no dejan de ser ecos de ideologías rancias
incapaces de dialogar con la diversidad del presente. Convertir símbolos en
enemigos por lo que representan para otros o esa tentación de destruir o negar,
creo que nace de confundir diferencia con amenaza.
Tal vez no se trate tanto del objeto en sí, sino del
significado que cada cual decide proyectar sobre él, pero me cuesta imaginar
qué pensamiento hay detrás de esa incomodidad.
A veces pienso que los símbolos tienen más paciencia que
nosotros: permanecen ahí, inmóviles, mientras nosotros vamos y venimos
cargándolos de distintos significados según el día, el ánimo o la discusión de
turno. Porque es curioso, como una simple cruz, una piedra o cualquier otro
objeto en lo alto de una cumbre puede terminar siendo casi un espejo donde cada
cual proyecta sus propias certezas… o dudas. Y, visto así, el problema quizá no
es tanto el símbolo como nuestra tendencia a tomarnos todo demasiado en serio,
como si el mundo dependiera de que tenga exactamente el sentido que queremos
darle.
Tal vez un poco más de sentido del humor (incluso hacia
nuestras propias convicciones) nos ayudaría a entender que, al final, esos
símbolos no pesan tanto como las interpretaciones que insistimos en cargar
sobre ellos.
Al final, la cuestión no es únicamente si una cruz debe
estar o no en una cima. La cuestión es cómo decidimos qué permanece y qué
desaparece, y bajo qué principios. Porque el verdadero legado del montañismo no
está en los objetos que dejamos en las cumbres, sino en la forma en que nos
relacionamos con ellas y entre nosotros.
Eliminarla o dañarla no es un gesto imparcial. Es prohibir
unilateralmente un relato colectivo, o borrar una página de una historia
compartida.
Para algunos, la cruz conserva un valor espiritual. Para
otros, no es más que un objeto cultural, o un símbolo heredado que se mira sin
religiosidad. Pero pienso que precisamente esta ambigüedad no es una debilidad,
sino su riqueza. Un mismo objeto pueda ser, simultáneamente, referencia práctica,
memoria histórica, y signo espiritual o cultural.
En la cima del Aneto, donde precisamente todo te invita a
relativizar, esa cruz nos recuerda (sin proponérselo) que el sentido no es algo
fijo ni propiedad de nadie. Quizá, después de todo, la montaña (como la vida), no
nos pide que estemos de acuerdo en todo, sino que aprendamos a convivir con lo
que otros ven distinto sin necesidad de borrarlo. Porque al final, lo que realmente
permanece no es la cruz, ni la Virgen, ni la piedra, ni el símbolo en sí, sino
la forma en que decidimos mirarlos: respeto o rechazo, amplitud de miras o rigor.
Y tal vez ahí esté para mi el aprendizaje más valioso de todos estos años de
montaña: entender que ascender no es solo alcanzar una cima, sino también
ensanchar mi mirada, aceptar la huella ajena y reconocer que, en ese paisaje
compartido, cada uno encuentra su propio sentido sin necesidad de arrebatárselo
a los demás. Es mi opinión.





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