domingo, 17 de mayo de 2026

GUIAR


Basta con que la primavera vuelva a despertar la naturaleza, que el sol comience a templar las rocas y los ríos, para que saque de nuevo la cuerda, el neopreno, y regresen a mi mente pensamientos que sé que ya nunca terminarán de irse. Empieza otra vez esa época en la que me gusta perderme entre el agua, la piedra y el silencio (madrugando) de los cañones de le Sierra de Guara.

A menudo la gente me pregunta qué es lo que me mueve a guiar, y reconozco que no es fácil de plasmar en palabras. Esa profunda pasión por compartir no nace de la simple idea de mostrar un camino o un mapa, sino de una visceral necesidad de llevar a los demás (sobre todo a quien quiero) a conectar con mis propios sentimientos y con la esencia de los paisajes que me han marcado. Es un primitivo deseo de empujarlos a vivir una experiencia pura en la naturaleza; algo tan íntimo, inmenso y sobrecogedor que mis palabras se quedan cortas y que solo cobran verdadero sentido cuando se siente en primera persona, en el rio o allí arriba, compartiendo el mismo horizonte.

Concretamente, el descenso de barrancos cambió mi vida de una forma que entonces no fui capaz de comprender del todo. La primera vez con catorce o quince años… Con el tiempo entendí que había sido mucho más que una actividad o una afición: fue mi verdadera escuela en todos los sentidos: Allí aprendí a moverme con respeto por la naturaleza, a tomar decisiones en momentos de incertidumbre, a confiar en los demás y en mí mismo, y a aceptar que la aventura siempre implica cierto grado misterio. Fue el origen de una pasión que no ha dejado de crecer, una forma de entender el mundo desde la curiosidad y el deseo constante de explorar. Desde aquellos primeros descensos, todo lo que vino después (cada viaje, expedición, cada reto, cada nueva experiencia) llevaba de algún modo la huella de ese inicio entre cañones, agua y roca en la Sierra de Guara.

Más de cuarenta años practicando esto. A veces como guía casi profesional, otras como monitor, y muchas otras (ahora todas) simplemente como ese amigo con experiencia al que otros siguen porque confían en él. No solo en los barrancos. También en montañas, senderos, y viajes de aventuras que nos han llevado hasta Tanzania, Nepal, India, Perú, Bolivia o Marruecos. Lugares inmensos que, al final, siempre terminan convirtiéndose en escenarios enormemente generosos.

Con el tiempo he entendido que lo que realmente me llena no es ningún destino concreto ni la actividad en sí. Es la mirada de quien descubre algo por primera vez. Esa silenciosa satisfacción de saber que alguien ha vivido algo auténtico gracias a compartir un trozo de camino conmigo.

Porque guiar, en el fondo, no es mostrar ningún lugar. Es despertar la manera de mirarlo.

Un guía no se define por la cuerda que instala, la montaña que conoce o la técnica que domina. Se define por el sentido que le da a todo eso. Por su capacidad de transformar una experiencia en algo que permanezca dentro de otros mucho después de haber terminado y quizá para toda su vida.

Y para lograrlo hace falta algo más que conocimientos. Hace falta sensibilidad. Humildad. Escuchar mucho. Observar todavía más. Saber leer los silencios, los miedos, las inseguridades o la emoción contenida de quien tienes detrás. Entender que cada persona deposita en ti algo muy valioso: su confianza.

De Pepe Chaverri con el que comencé, aprendí que la verdadera experiencia no necesita exhibirse ni venderse; se nota en la forma de actuar, en la calma, en la capacidad de transmitir seguridad sin imponerse. Al final, sabe más quien comprende lo esencial y sabe compartirlo, que quien acumula historias para ser admirado.

Tal vez por eso siempre he sentido que acompañar a otros es una forma de servicio. Una hermosa responsabilidad. Intentar que alguien disfrute, aprenda, se sienta capaz o incluso venza un pequeño miedo. Y hacerlo sin ocupar el centro.

Porque un buen guía no solo muestra. También educa. Inspira. Protege. Motiva. Y a veces incluso sin darse cuenta transforma.

Y eso exige entrega. Paciencia. Disciplina. Saber dar sin esperar a cambio nada. Aunque, curiosamente, siempre acabas recibiendo muchísimo más de lo que das.

A mí me sigue emocionando compartir caminos, enseñar rincones, contagiar pasión y ayudar a descubrir. Quizá porque otros antes lo hicieron conmigo. Personas que me marcaron sin grandes discursos, simplemente estando ahí.

Y al final, si tuviera que resumir lo que significa guiar, lo diría de una forma muy sencilla: amar

Es mi opinión.






















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