Basta con que la primavera vuelva a despertar la naturaleza, que el sol comience a templar las rocas y los ríos, para que saque de nuevo la cuerda, el neopreno, y regresen a mi mente pensamientos que sé que ya nunca terminarán de irse. Empieza otra vez esa época en la que me gusta perderme entre el agua, la piedra y el silencio (madrugando) de los cañones de le Sierra de Guara.
A menudo la gente me pregunta qué es lo que me mueve a
guiar, y reconozco que no es fácil de plasmar en palabras. Esa profunda pasión
por compartir no nace de la simple idea de mostrar un camino o un mapa, sino de
una visceral necesidad de llevar a los demás (sobre todo a quien quiero) a
conectar con mis propios sentimientos y con la esencia de los paisajes que me
han marcado. Es un primitivo deseo de empujarlos a vivir una experiencia pura
en la naturaleza; algo tan íntimo, inmenso y sobrecogedor que mis palabras se
quedan cortas y que solo cobran verdadero sentido cuando se siente en primera
persona, en el rio o allí arriba, compartiendo el mismo horizonte.
Concretamente, el descenso de barrancos cambió mi vida de
una forma que entonces no fui capaz de comprender del todo. La primera vez con
catorce o quince años… Con el tiempo entendí que había sido mucho más que una
actividad o una afición: fue mi verdadera escuela en todos los sentidos: Allí
aprendí a moverme con respeto por la naturaleza, a tomar decisiones en momentos
de incertidumbre, a confiar en los demás y en mí mismo, y a aceptar que la
aventura siempre implica cierto grado misterio. Fue el origen de una pasión que
no ha dejado de crecer, una forma de entender el mundo desde la curiosidad y el
deseo constante de explorar. Desde aquellos primeros descensos, todo lo que
vino después (cada viaje, expedición, cada reto, cada nueva experiencia) llevaba
de algún modo la huella de ese inicio entre cañones, agua y roca en la Sierra
de Guara.
Más de cuarenta años practicando esto. A veces como guía
casi profesional, otras como monitor, y muchas otras (ahora todas) simplemente
como ese amigo con experiencia al que otros siguen porque confían en él. No
solo en los barrancos. También en montañas, senderos, y viajes de aventuras que
nos han llevado hasta Tanzania, Nepal, India, Perú, Bolivia o Marruecos.
Lugares inmensos que, al final, siempre terminan convirtiéndose en escenarios
enormemente generosos.
Con el tiempo he entendido que lo que realmente me llena
no es ningún destino concreto ni la actividad en sí. Es la mirada de quien
descubre algo por primera vez. Esa silenciosa satisfacción de saber que alguien
ha vivido algo auténtico gracias a compartir un trozo de camino conmigo.
Porque guiar, en el fondo, no es mostrar ningún lugar. Es
despertar la manera de mirarlo.
Un guía no se define por la cuerda que instala, la
montaña que conoce o la técnica que domina. Se define por el sentido que le da
a todo eso. Por su capacidad de transformar una experiencia en algo que
permanezca dentro de otros mucho después de haber terminado y quizá para toda
su vida.
Y para lograrlo hace falta algo más que conocimientos.
Hace falta sensibilidad. Humildad. Escuchar mucho. Observar todavía más. Saber
leer los silencios, los miedos, las inseguridades o la emoción contenida de
quien tienes detrás. Entender que cada persona deposita en ti algo muy valioso:
su confianza.
De Pepe Chaverri con el que comencé, aprendí que la
verdadera experiencia no necesita exhibirse ni venderse; se nota en la forma de
actuar, en la calma, en la capacidad de transmitir seguridad sin imponerse. Al
final, sabe más quien comprende lo esencial y sabe compartirlo, que quien
acumula historias para ser admirado.
Tal vez por eso siempre he sentido que acompañar a otros
es una forma de servicio. Una hermosa responsabilidad. Intentar que alguien
disfrute, aprenda, se sienta capaz o incluso venza un pequeño miedo. Y hacerlo
sin ocupar el centro.
Porque un buen guía no solo muestra. También educa.
Inspira. Protege. Motiva. Y a veces incluso sin darse cuenta transforma.
Y eso exige entrega. Paciencia. Disciplina. Saber dar sin
esperar a cambio nada. Aunque, curiosamente, siempre acabas recibiendo
muchísimo más de lo que das.
A mí me sigue emocionando compartir caminos, enseñar
rincones, contagiar pasión y ayudar a descubrir. Quizá porque otros antes lo
hicieron conmigo. Personas que me marcaron sin grandes discursos, simplemente
estando ahí.
Y al final, si tuviera que resumir lo que significa
guiar, lo diría de una forma muy sencilla: amar
Es mi opinión.

















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