martes, 16 de junio de 2026

Memoria de un mar helado (Capitulo 1)


Prologo: Desde hace años hay personas que me repiten que debería escribir un libro. Y lo cierto es que, al menos de momento, nunca me ha atraído especialmente la idea de un libro como tal (Físico).Sin embargo, sí me gusta escribir (mucho) y compartir algo de lo que escribo. De hecho escribir forma parte de mi vida desde hace más de veinte años y lo hago casi a diario. Comencé casi por necesidad, en una época especialmente dolorosa y complicada. Recuerdo que acudí a una psicóloga a Huesca y, cuando llegó el momento de explicarle lo que me estaba ocurriendo, descubrí que no era capaz de expresarlo con palabras. Así que se lo escribí. Después de leer mi texto, fue ella quien me animó a que, en las siguientes sesiones, le narrara por escrito todo aquello que necesitara decirle. Yo sin saberlo, estaba abriendo una puerta que ya nunca volvería a cerrar. Y a partir de entonces comencé a escribir con regularidad, primero para entenderme mejor a mí mismo, y después para compartir mis experiencias, reflexiones y a través de mi blog las aventuras que iba viviendo. Con el tiempo me di cuenta de que era capaz de expresar escribiendo cosas que me cuesta transmitir de otras formas. Así que desde entonces, la escritura siempre me ha acompañado: en mis relatos, en los guiones de los audiovisuales y en tantos otros proyectos personales. Sé que es algo que seguiré haciendo, y parte de ello lo seguiré compartiendo (de momento) a través de las redes sociales.
Y con ese espíritu llevo tiempo pensando en recuperar algunas de las aventuras que he tenido la suerte de vivir a lo largo de los años. Muchas de ellas permanecen guardadas en cuadernos, fotografías y recuerdos compartidos con compañeros de viaje. Y aunque en su día ya las relaté, siento que ha llegado el momento de volver sobre ellas, darles nueva forma y narrarlas nuevamente. Quizá porque hay historias que merecen ser recordadas más de una vez. Quizá porque el paso del tiempo me permite observarlas desde otra perspectiva y descubrir detalles que entonces me pasaron desapercibidos. Quizá porque puedan servir a alguien de inspiración. O quizá porque ahora tengo una hija y me gustaría que algún día pudiera releerlas y conocer mejor las andanzas de su padre: los caminos que recorrió, los retos que asumió, las locuras que emprendió y las experiencias que contribuyeron a convertirlo en la persona que ella conoce. Sea cual sea la razón, he decidido abrir de nuevo aquellos cuadernos e ir rescatando aquellas historias para compartirlas una vez más. Y quiero empezar, quizá porque tuvo lugar el año que nació mi hija, por una de las experiencias más singulares: el cruce a pie de un mar Báltico helado entre Suecia y Finlandia. Una travesía que, seguramente más por casualidad que por intención, nos convirtió en las primeras personas de las que (existe constancia fechada) lograron unir ambos países desplazándose caminando sobre la superficie helada de este mar.
Fue una aventura exigente, fascinante y, en muchos momentos, imprevisible. Hubo preparación, incertidumbre, frío extremo y también una buena dosis de improvisación. Con los años, esta historia ha adquirido para mí un significado especial y creo que merece ser contada de nuevo. Espero y deseo que quienes decidáis acompañarme y leerla, disfrutéis de este viaje tanto como nosotros disfrutamos de aquella inolvidable travesía sobre el hielo del mar Báltico.

Memoria de un mar helado

El objetivo de esta expedición era tan simple de exponer como extraordinario en su planteamiento: cruzar a pie la superficie helada del mar Báltico uniendo Suecia y Finlandia, una distancia entre una orilla y la otra de aproximadamente 150 kilómetros de mar congelado. Una travesía sobre un mar convertido en invierno en una extensión sólida, que lejos de ser estable, se convertía en un territorio cambiante, frágil y extremo.

A ello se sumaba una dificultad añadida que hacía del intento algo más incierto. Aquella era una ruta utilizada habitualmente por rompehielos que, en su avance, abrían enormes e infranqueables surcos y fracturas en la capa congelada, transformando el recorrido en un paisaje interrumpido, inestable y a menudo impracticable. Esa circunstancia había provocado que todos los intentos previos de realizar este cruce a pie hubieran terminado en fracaso.

Al mismo tiempo, y de forma paralela, se desarrollaba otro intento igualmente singular: atravesar ese mismo espacio en globo aerostático, una forma de desplazamiento que, hasta donde sabíamos, tampoco contaba con precedentes sobre aquel helado escenario. Dos maneras distintas de enfrentarse a un mismo territorio, una sobre su superficie y otra suspendida sobre ella, ambas guiadas por una misma idea: explorar los límites de lo posible en uno de los paisajes más hostiles y fascinantes del norte de Europa.

 

“Uno siempre sabe, pero se olvida de que sabe”.
Esa, y "Uno es lo que cree que es" son algunas de mis máximas para vivir con sencillez las aventuras y mi propia vida.

Viernes, 5 de marzo de 2010: La llegada a Lulea

Tras una agotadora jornada de vuelos desde Barcelona, tocamos tierra en Lulea, Suecia, a las nueve y media de la noche. En la cinta de equipajes del aeropuerto, el pánico nos erizó la piel: el petate de Arcadi no aparecía, y un desagradable déjà vu me asaltó al recordar cuando el año pasado, en Canadá, Salva (mi compañero) y yo nos quedamos igualmente con lo puesto a -20ºC antes de nuestra participación en la Yukon Arctic Ultra…

Mientras Santi y Arcadi reclamaban en el mostrador, apareció Lowe, nuestro contacto y asesor sueco, dueño de una empresa de aventura local que gracias a su esposa ecuatoriana, hablaba el castellano muy bien. Al verlo llegar, todos murmuramos lo mismo: “¡Vaya pedazo de armario ropero!”. Medía más de un metro noventa, y bajo su abrigo Grifone, parecía tener unas descomunales espaldas; aparentaba ser un rudo y joven John Wayne, pero de rostro amable.

Nos aseguraron que el equipaje llegaría al día siguiente (crucial, pues Arcadi llevaba allí toda su equipación) y subimos a un flamante minibús de dos pisos rumbo a Brändön, 30 kilómetros al norte. Nuestro plan original era marchar desde Lulea (Suecia) a Oulu (Finlandia), pero Lowe nos advirtió que semanas antes se había abierto en el hielo un agujero infranqueable de 50 kilómetros de ancho, que nos obligaba a cambiar la ruta: saldríamos desde Brändön (Suecia) hacia Kemi en Finlandia. En el autobús, exhausto, observaba a mis compañeros mientras bromeábamos para aliviar la procesión interna de Arcadi. A través de los cristales helados se veían pasar espectrales casitas entre el oscuro arbolado. Y sentí ese primer revoloteo interior cuando aparece el choque entre lo imaginado y lo real: estábamos cerca del Círculo Polar Ártico y hacía un frío tremendo.

Al llegar a Brändön, el autobús paró ante una rampa helada e iluminada por farolillos de aceite. No eran para nosotros; en una gran kota (tienda lapona) sobre el mar helado, unos turistas disfrutaban de una tradicional cena Sami entre animadas risas, creo que motivadas por algo más que buen humor y agua... Nosotros nos alojamos en unas rústicas pero lujosas cabañas de madera pegadas a la costa, que costaban 90€ la noche para cuatro personas, con calefacción, cocina y baño. Nos distribuimos en cuatro cabañas contiguas: dos para el equipo de tierra (Arcadi, Kike, Rosa, Santi, Iván, Rafa y yo) y dos para los “globeros” de Kon-Tiki (Ángel, Miquel, Carles, Albert y otros cuyos nombres mi frágil memoria olvidó), quienes planeaban cruzar en dos globos aerostáticos. Me instalé en la habitación junto con Arcadi, dejando la otra a Kike y su esposa Rosa. Acurrucado en la cama, en la oscuridad de ese hermoso paraje “tosco-chic”, sentí algo parecido a nostalgia. Pasado mañana partiríamos mar adentro.

Sábado, 6 de marzo de 2010: Preparativos y el misterio del mar

Tras un sueño reparador, me desperté a las cinco y media de la mañana. La noche anterior, pese al cansancio, habíamos organizado un improvisado festín en la cabaña de Santi, Iván y Rafa con productos de nuestra tierra: jamón, chorizo y longaniza, regados con vino del Somontano que trajo Santi para celebrar el éxito del viaje. Desde la cama, tras los ventanales, veía el horizonte blanco y enormes pinos. Me vestí con discreción y salí a caminar frente al mar helado bajo un sol pajizo de invierno; hacía -10ºC y soplaba un ligero viento. Conecté el localizador GPS Spot y comprobé que emitía correctamente la señal. Era el mismo dispositivo que había utilizado ya el año anterior en la Yukon Arctic; un pequeño equipo que, más allá de su aparente simplicidad, nos ofrecía una seguridad fundamental en entornos tan extremos como aquel. Su función era tan sencilla como valiosa: transmitir nuestra posición de forma puntual para que cualquier persona pudiera seguir en tiempo real nuestra posición y avance a través de internet, viendo en el mapa nuestro recorrido sobre el hielo.

En un territorio tan vasto, aislado y cambiante como el del mar Báltico helado, aquella señal se convertía en un hilo invisible de conexión con el exterior, una forma de no desaparecer del todo en el absoluto blanco del paisaje.

Al contemplar el mar desde el viejo embarcadero de madera, me sobrecogió su energía salvaje. El mar Báltico, en este Golfo de Botnia, es un gigante mar interior de baja salinidad debido al enorme aporte de agua dulce de los ríos, lo que facilita que se congele, alcanzando profundidades de hasta 500 metros y guardando en sus entrañas el mayor depósito de ámbar del mundo. Es bueno vivir, mejor imaginar, pero lo máximo es despertar y actuar.

La primera alegría del día fue ver el semblante aliviado de Arcadi: su petate había llegado. Dedicamos toda la jornada a practicar con las raquetas, los encordamientos y con las pulkas (los trineos), y a ensayar técnicas para sortear grietas, mientras nuestros apoyos Rafa e Iván nos filmaban y fotografiaban para realizar un audiovisual de la travesía. Lowe nos instruyó sobre cómo sobrevivir a una caída al agua. Llevamos a mano una bolsa con un cordino de rescate y ropa seca aislada en la pulka para cambiarnos a toda velocidad antes de que aparezca la hipotermia, mientras los demás montan la tienda y el saco de plumas. También aprendí a usar los «cuchillos esquimales»: dos punzones que colgados al cuello sirven para que si caes al agua, al salir a flote puedas clavarlos en el hielo y salir. Además, contábamos con trajes secos trilaminados que, aunque no aíslan del frío, impiden que el agua entre, permitiéndonos cruzar canales flotando o usando la pulka como una barca. Los globeros, por su parte, volarían enfundados en ellos y con balizas de salvamento marítimo.

Tras organizar las raciones de comida y el gas en las tres pulkas, nos reunimos con Lowe para analizar el “parte de hielo”. Es un mapa cromático, donde blanco es mar abierto, azul es hielo fino (2 a 20 cm), rojo representa bloques rotos acumulados de hasta diez metros de altura, y negro es el hielo firme que debíamos buscar. Lowe nos advirtió que había una gran grieta (blanca) en el centro del golfo y se había ensanchado por los vientos, obligándonos a variar la ruta hacia el sur, trazando una línea entre islas para pernoctar la primera noche, antes de acometer la peligrosa zona roja hacia Kemi. Nos avisó que, en el peor de los casos, cruzaríamos hasta cuatro vías de barcos rompehielos. Cenamos unos macarrones al horno y chuletas a la brasa preparados por Rafa. Rafa es puro entusiasmo, el hermano menor parlanchín que, tras un aparente caos, retrata la realidad con precisión junto a su álter ego Iván, un tipo tímido y entrañable. Verlos discutir con humor parecía una comedia matrimonial. Mañana a las siete saldremos nosotros; los globeros retrasan su viaje al lunes esperando mejor tiempo.

Este relato continuará...










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