El objetivo de esta
expedición era tan simple de exponer como extraordinario en su planteamiento:
cruzar a pie la superficie helada del mar Báltico uniendo Suecia y Finlandia,
una distancia entre una orilla y la otra de aproximadamente 150 kilómetros de
mar congelado. Una travesía sobre un mar convertido en invierno en una
extensión sólida, que lejos de ser estable, se convertía en un territorio
cambiante, frágil y extremo.
A ello se sumaba
una dificultad añadida que hacía del intento algo más incierto. Aquella era una
ruta utilizada habitualmente por rompehielos que, en su avance, abrían enormes
e infranqueables surcos y fracturas en la capa congelada, transformando el
recorrido en un paisaje interrumpido, inestable y a menudo impracticable. Esa
circunstancia había provocado que todos los intentos previos de realizar este
cruce a pie hubieran terminado en fracaso.
Al mismo tiempo, y
de forma paralela, se desarrollaba otro intento igualmente singular: atravesar
ese mismo espacio en globo aerostático, una forma de desplazamiento que, hasta
donde sabíamos, tampoco contaba con precedentes sobre aquel helado escenario.
Dos maneras distintas de enfrentarse a un mismo territorio, una sobre su
superficie y otra suspendida sobre ella, ambas guiadas por una misma idea:
explorar los límites de lo posible en uno de los paisajes más hostiles y
fascinantes del norte de Europa.
“Uno siempre sabe, pero se olvida de que sabe”.
Esa, y "Uno es lo que cree que es" son algunas de mis máximas para vivir con sencillez las aventuras y mi propia vida.
Viernes, 5 de
marzo de 2010: La llegada a Lulea
Tras una agotadora jornada de vuelos desde Barcelona,
tocamos tierra en Lulea, Suecia, a las nueve y media de la noche. En la cinta
de equipajes del aeropuerto, el pánico nos erizó la piel: el petate de Arcadi
no aparecía, y un desagradable déjà vu me asaltó al recordar cuando el año
pasado, en Canadá, Salva (mi compañero) y yo nos quedamos igualmente con lo
puesto a -20ºC antes de nuestra participación en la Yukon Arctic Ultra…
Mientras Santi y Arcadi reclamaban en el mostrador,
apareció Lowe, nuestro contacto y asesor sueco, dueño de una empresa de
aventura local que gracias a su esposa ecuatoriana, hablaba el castellano muy
bien. Al verlo llegar, todos murmuramos lo mismo: “¡Vaya pedazo de armario ropero!”.
Medía más de un metro noventa, y bajo su abrigo Grifone, parecía tener unas descomunales
espaldas; aparentaba ser un rudo y joven John Wayne, pero de rostro amable.
Nos aseguraron que el equipaje llegaría al día siguiente (crucial,
pues Arcadi llevaba allí toda su equipación) y subimos a un flamante minibús de
dos pisos rumbo a Brändön, 30 kilómetros al norte. Nuestro plan original era marchar
desde Lulea (Suecia) a Oulu (Finlandia), pero Lowe nos advirtió que semanas
antes se había abierto en el hielo un agujero infranqueable de 50 kilómetros de
ancho, que nos obligaba a cambiar la ruta: saldríamos desde Brändön (Suecia)
hacia Kemi en Finlandia. En el autobús, exhausto, observaba a mis compañeros
mientras bromeábamos para aliviar la procesión interna de Arcadi. A través de
los cristales helados se veían pasar espectrales casitas entre el oscuro arbolado.
Y sentí ese primer revoloteo interior cuando aparece el choque entre lo
imaginado y lo real: estábamos cerca del Círculo Polar Ártico y hacía un frío
tremendo.
Al llegar a Brändön, el autobús paró ante una rampa
helada e iluminada por farolillos de aceite. No eran para nosotros; en una gran
kota (tienda lapona) sobre el mar helado, unos turistas disfrutaban de una tradicional
cena Sami entre animadas risas, creo que motivadas por algo más que buen humor
y agua... Nosotros nos alojamos en unas rústicas pero lujosas cabañas de madera
pegadas a la costa, que costaban 90€ la noche para cuatro personas, con
calefacción, cocina y baño. Nos distribuimos en cuatro cabañas contiguas: dos
para el equipo de tierra (Arcadi, Kike, Rosa, Santi, Iván, Rafa y yo) y dos para
los “globeros” de Kon-Tiki (Ángel, Miquel, Carles, Albert y otros cuyos nombres
mi frágil memoria olvidó), quienes planeaban cruzar en dos globos aerostáticos.
Me instalé en la habitación junto con Arcadi, dejando la otra a Kike y su
esposa Rosa. Acurrucado en la cama, en la oscuridad de ese hermoso paraje
“tosco-chic”, sentí algo parecido a nostalgia. Pasado mañana partiríamos mar
adentro.
Sábado, 6 de
marzo de 2010: Preparativos y el misterio del mar
Tras un sueño reparador, me desperté a las cinco y media
de la mañana. La noche anterior, pese al cansancio, habíamos organizado un improvisado
festín en la cabaña de Santi, Iván y Rafa con productos de nuestra tierra:
jamón, chorizo y longaniza, regados con vino del Somontano que trajo Santi para
celebrar el éxito del viaje. Desde la cama, tras los ventanales, veía el
horizonte blanco y enormes pinos. Me vestí con discreción y salí a caminar
frente al mar helado bajo un sol pajizo de invierno; hacía -10ºC y soplaba un
ligero viento. Conecté el localizador GPS Spot y comprobé que emitía
correctamente la señal. Era el mismo dispositivo que había utilizado ya el año
anterior en la Yukon Arctic; un pequeño equipo que, más allá de su aparente
simplicidad, nos ofrecía una seguridad fundamental en entornos tan extremos
como aquel. Su función era tan sencilla como valiosa: transmitir nuestra
posición de forma puntual para que cualquier persona pudiera seguir en tiempo
real nuestra posición y avance a través de internet, viendo en el mapa nuestro
recorrido sobre el hielo.
En un territorio tan vasto, aislado y cambiante como el
del mar Báltico helado, aquella señal se convertía en un hilo invisible de
conexión con el exterior, una forma de no desaparecer del todo en el absoluto blanco
del paisaje.
Al contemplar el mar desde el viejo embarcadero de
madera, me sobrecogió su energía salvaje. El mar Báltico, en este Golfo de
Botnia, es un gigante mar interior de baja salinidad debido al enorme aporte de
agua dulce de los ríos, lo que facilita que se congele, alcanzando
profundidades de hasta 500 metros y guardando en sus entrañas el mayor depósito
de ámbar del mundo. Es bueno vivir, mejor imaginar, pero lo máximo es despertar
y actuar.
La primera alegría del día fue ver el semblante aliviado
de Arcadi: su petate había llegado. Dedicamos toda la jornada a practicar con
las raquetas, los encordamientos y con las pulkas (los trineos), y a ensayar
técnicas para sortear grietas, mientras nuestros apoyos Rafa e Iván nos
filmaban y fotografiaban para realizar un audiovisual de la travesía. Lowe nos
instruyó sobre cómo sobrevivir a una caída al agua. Llevamos a mano una bolsa
con un cordino de rescate y ropa seca aislada en la pulka para cambiarnos a
toda velocidad antes de que aparezca la hipotermia, mientras los demás montan
la tienda y el saco de plumas. También aprendí a usar los «cuchillos
esquimales»: dos punzones que colgados al cuello sirven para que si caes al
agua, al salir a flote puedas clavarlos en el hielo y salir. Además, contábamos
con trajes secos trilaminados que, aunque no aíslan del frío, impiden que el
agua entre, permitiéndonos cruzar canales flotando o usando la pulka como una
barca. Los globeros, por su parte, volarían enfundados en ellos y con balizas
de salvamento marítimo.
Tras organizar las raciones de comida y el gas en las
tres pulkas, nos reunimos con Lowe para analizar el “parte de hielo”. Es un
mapa cromático, donde blanco es mar abierto, azul es hielo fino (2 a 20 cm),
rojo representa bloques rotos acumulados de hasta diez metros de altura, y
negro es el hielo firme que debíamos buscar. Lowe nos advirtió que había una
gran grieta (blanca) en el centro del golfo y se había ensanchado por los
vientos, obligándonos a variar la ruta hacia el sur, trazando una línea entre
islas para pernoctar la primera noche, antes de acometer la peligrosa zona roja
hacia Kemi. Nos avisó que, en el peor de los casos, cruzaríamos hasta cuatro
vías de barcos rompehielos. Cenamos unos macarrones al horno y chuletas a la
brasa preparados por Rafa. Rafa es puro entusiasmo, el hermano menor parlanchín
que, tras un aparente caos, retrata la realidad con precisión junto a su álter
ego Iván, un tipo tímido y entrañable. Verlos discutir con humor parecía una
comedia matrimonial. Mañana a las siete saldremos nosotros; los globeros
retrasan su viaje al lunes esperando mejor tiempo.
Este relato continuará...









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