domingo, 14 de junio de 2026

La Peonera (Primera de 2026)

 


Hay barrancos que uno recuerda porque fueron los primeros. Otros por difíciles, bellos o salvajes. Y luego en el río Alcanadre, está la Peonera, que en mi memoria ocupa un lugar diferente. No fue mi primer barranco. Tampoco me pareció el más espectacular. Sin embargo, después de más de cuarenta años recorriendo estos cañones, pozas y estrechos, probablemente sea junto con el Vero el que más veces he descendido.

A estas alturas creo, que la verdadera importancia de un lugar no la determina la intensidad de la primera vez, sino la fidelidad con la que volvemos a él.

Y la Peonera ha sido testigo de mi propia evolución. Cuando comencé a realizar este barranco guiando grupos, salíamos desde Morrano y descendíamos únicamente el tramo de los Fornazos. Y un día, a nuestro compañero Alfredo Vives un pastor de Bierge le mostró la senda que hoy todos conocen como la senda de los Caracoles por donde bajaba a pescar, y comenzamos a utilizar ese acceso mucho más directo y lógico para hacer el recorrido completo hasta la presa, que con los años terminó convirtiéndose en el itinerario habitual. Son pequeños detalles que forman parte de la historia no escrita de los barrancos y que quienes llevamos décadas recorriéndolos conservamos con especial cariño.

He regresado a la Peonera verano tras verano, solo, acompañando a amigos, familiares o personas cercanas. Tal vez porque posee esa excepcional condición de ser un barranco profundamente acuático, donde el agua no es un mero elemento del paisaje, sino la esencia del recorrido. O quizá porque es un barranco generoso, capaz de adaptarse a quienes lo visitan. Cada salto ofrece la elección de hacerlo o no; cada obstáculo admite formas distintas de ser vivido. Se puede buscar la adrenalina o solamente contemplación. Saltar desde lo más alto o dejarse simplemente llevar por la corriente. Cada persona encuentra su propia medida en él.

Y, cada vez, mientras avanzo por sus aguas no puedo evitar recordar aquellos tiempos en los que comenzábamos a guiar grupos por la Sierra de Guara junto a Pepe, Alfredo y Jan Marc. Han pasado décadas, pero algunos recuerdos permanecen suspendidos en mi memoria igual que esas gotas que brillan un instante antes de caer al río. Para mi los barrancos tienen una extraña capacidad de conservar fragmentos de mi vida. Cada recodo, cada poza y cada pared guardan conversaciones, risas, esfuerzos y silencios que ya pertenecen a mi pasado, y vuelven a mi cuando regreso.

Como anécdota, una que siempre recuerdo: Cuando con Pepe Chaverri viví una de las jornadas más intensas que recuerdo en este barranco. Fue la vez que más caudal he encontrado en toda mi vida descendiendo cañones. Y llevábamos un grupo de clientes franceses. Éramos jóvenes, quizá demasiado confiados o temerarios, y decidimos afrontar el descenso pese a que el río bajaba enorme. Recuerdo como por desconocimiento, los franceses disfrutaban como niños; para ellos, como era la primera vez, aquello era simplemente una experiencia normal en un barranco. Mientras tanto, Pepe y yo, que sabíamos perfectamente (una vez metidos y sin vuelta atrás) lo que significaba aquel caudal, pasamos la jornada amedrantados (sin que se nos notara) trabajando con toda nuestra atención y fuerzas para conseguir llevar al grupo hasta el final sin incidentes. Hoy lo recuerdo con una mezcla de lección y sonrisa. Eran otros tiempos y nosotros éramos diferentes también…

Ahora sigo volviendo varias veces cada verano. Y procuro madrugar. Y no es solo por una cuestión práctica. Es una forma de proteger mi experiencia y mi memoria. Porque llegar temprano me permite seguir encontrando esos momentos de soledad en un lugar que se ha vuelto cada vez más concurrido. Y con los años he aprendido que el verdadero lujo no es descubrir un rincón remoto, sino poder contemplar esos lugares ya conocidos y que amo sin ruido, sin prisas y sin multitudes.

La masificación ha transformado los paisajes, sí, pero sobre todo ha transformado nuestra manera de vivirlos. Y aunque entiendo perfectamente que la belleza (y su divulgación en las redes sociales) atrae a las personas, confieso que cada vez me cuesta más compartir ciertos espacios con demasiada gente. Hay lugares que me invitan a la abstracción, a la conversación tranquila entre el agua y la roca…

La Peonera también ha sido el barranco de iniciación de mi hija. Fue su primer barranco completo a los 7 años. Y hay algo especialmente emocionante en comprobar cómo pasa el tiempo, cuando un día me encontré guiando al nieto de uno de mis primeros clientes, tras haber hecho lo mismo con sus hijos. Son situaciones que difícilmente podía imaginar cuando lo bajé por primera vez, y que convierten un simple barranco en una especie de hilo conductor que une distintas etapas de mi vida y varias generaciones.

Y eso que me produce cierta tristeza que durante los meses de verano no pueda culminarse como antes con su salto mítico a la presa de Bierge. Era un final que tenía algo de rito, y una despedida (saltaras o no) que cerraba la jornada con una mezcla de emoción y satisfacción. Bueno… las circunstancias cambian y los lugares también... Es una de las lecciones más constantes de la montaña y de los ríos: nada permanece igual.

Sin embargo, el barranco ahí sigue y yo también. Y quizá eso sea lo más importante.

Porque después de más de cuarenta años descendiendo cañones, he comprendido que la felicidad a menudo vive en los lugares a los que regresamos una y otra vez. Lugares que conocemos de memoria y que, aun así, siguen teniendo algo nuevo que decirnos cada vez. Cada verano, cuando vuelvo a entrar en las aguas del Alcanadre, siento que recorro también parte de mi propia vida. Y mientras el agua continúa su camino, yo durante un rato, encuentro la extraña sensación de caminar junto a mi pasado. La Peonera me trae muchos recuerdos. Demasiados para contarlos todos. Recuerdos de juventud, de amistad, de aprendizaje, de oficio y de familia. Recuerdos de quienes estuvieron allí cuando todo empezaba, de quienes ya no están, y de quienes hoy continúan. Por eso sigo regresando. Y mientras pueda hacerlo, seguiré madrugando para encontrarlo en silencio a un viejo amigo.













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