miércoles, 24 de junio de 2026

El día de la conquista (Capitulo 5 y FIN)

 


Jueves, 11 de marzo:

Existen muchas creencias sobrenaturales sobre la suerte y, aunque a menudo somos recelosos ante cuestiones de dioses, doctrinas o fetiches, casi todos creemos en ella, aunque sea de manera callada o algo clandestina.

El viento golpeó vivamente la tienda durante las primeras horas de la noche; después, sobrevino la calma. Pasé la noche pegando cabezadas, preso de esa especie de instinto u olfato de protección que me impide dormir del todo cuando estoy prevenido por algo (siempre me pasa). En ese duermevela, no sé bien si por el ambiente, el frío o alguna excéntrica percepción, sospeché que estaba nevando fuera. Y en una acción instintiva y adiestrada, golpeé de vez en cuando y con energía el techo de la tienda con el puño desde dentro, notando claramente cómo al hacerlo la nieve acumulada se deslizaba por la lona exterior. Estaba nevando en serio. Sabía perfectamente que no podía dormirme ni descuidarme en una circunstancia así.

Aprendí esa lección en mi primera expedición al Aconcagua, allá por el año 95 (ya ha llovido). Una noche en el campo base me desperté medio atontado, confundido y con una gran dificultad para respirar. Tras recapacitar en el saco, medio desmayado, buscando por qué me sentía tan anormalmente exhausto, se me encendió la bombilla: “¿No estaremos enterrados?”. Abrí impetuosamente la cremallera de la tienda y me topé de frente con un compacto tabique de nieve que tuve que cuartear de una patada para dejar entrar aire fresco. La mejoría y el alivio fueron inmediatos, y enseguida alarmé a mi compañero, que se encontraba ya medio grogui. Estábamos enterrados y a punto de perder el conocimiento por efecto del anhídrido carbónico acumulado de nuestra propia respiración. No me volvió a suceder jamás. Aprendí bien la lección y, ante una noche de nevada, sé que hay que mantener la tienda limpia para poder respirar bien y evitar sustos. Lo he hecho muchísimas veces desde entonces, así que no me resultaba nada nuevo. Seguramente Arcadi y Kike, despertados por mis puñetazos contra la lona, pensarían: “¿Qué hace este loco?”. Mañana se lo explicaría.

A las cuatro menos cuarto desperté a mis compañeros. Ayer decidimos dejarlo todo preparado: las cantimploras listas y, de desayuno, únicamente chocolate y alimentos fríos para no encender los hornillos y ganar tiempo. Debíamos plantarnos lo antes posible en la vía del rompehielos. No perdimos ni un segundo. Mientras nos equipábamos en silencio y masticábamos algo, me pidieron explicaciones para entender por qué demonios había estado aporreando la tienda a intervalos durante la noche... jajaja.

Aunque mi pie izquierdo, en la zona donde me rozó la bota, estaba claramente inflamado, me calcé sin dificultad. Esta vez sí aprendí la lección: como sabía que iba a hacer mucho frío, metí en el interior de la caña de la carcasa de las botas las manoplas de plumas hechas una bola para que conservaran el contorno abierto y no formaran pliegues al congelarse durante la noche. Cuando te sientes a gusto dentro de una frágil tienda de campaña en un lugar inhóspito y difícil, tanto como para figurarte guarecido dentro de un fortín, está claro que tu cabeza está fuerte. Porque si lo piensas, ¿de qué puede protegerte la delgada membrana de una minúscula tienda de campaña, más allá del viento o algo del frío? Posiblemente de ti mismo, y de tu propio miedo.

Está nevando un poco y hay poca visibilidad. Son las cuatro y medio de la mañana. Nos abrigamos bien el cuerpo y nos cubrimos el rostro con un tupido buff y las gafas de ventisca, porque hace un frío atroz. A las cinco menos veinte enganchamos las pulkas de nuevo y arrancamos con un paso anómalo, un poco punzante y ya patológico. En un instante, este paisaje de auténtica soledad y nevada oscuridad entre el hielo y el mar se vio perturbado levemente por el rítmico y familiar ruido de los trineos arrastrando su gravada carga. Somos tres siluetas con rumbo fijo, guiadas hoy por una gigantesca motivación.

Arcadi abre huella. La nieve es muy profunda. Tengo muy claro, aunque de momento me lo callo, que probaré a cruzar yo en primer lugar la ruta del rompehielos. Es una especie de discernimiento furtivo o sentido de la responsabilidad, nutrido por qué sé yo... será mi forma de ser. Al poco de marchar, con esa idea ya incrustada en mi terca cabezota, tomo el relevo en vanguardia. Ya no lo dejaré hasta que hayamos cruzado, o no.

Atravesamos poco a poco y no sin esfuerzo la helada planicie hacia un alcor nevado entre pequeñas islas, y nos encontramos ya en el manifiesto pasaje hacia la vaporosa refinería de Röyttä, que se torna fantasmagórica y sin vida, desfigurada por la enfadada niebla. Está sumamente brumoso y no puedo ver mucho más allá, así que durante un buen rato prefiero perderme en esos efímeros estudios mentales de filosofía humana, paciencia y apoyo íntegro, con la mente fija en el cruce y la incertidumbre de si podremos hacerlo. De reojo voy estudiando la costa, la refinería, el muelle y por dónde cruzarlo si fuera estrictamente necesario hacerlo por tierra. Conociendo a Arcadi, seguro que está pensando exactamente lo mismo. Se ven unas apartadas vallas que aparentan cercar todo el recinto; incluso una serie de torretas donde te figuras guardias armados apuntándote si te aproximas... No será fácil. Como nos indicó Lowe, todos los días hemos constatado que esta región del golfo de Botnia está vigilada, ya que es objetivo militar; no en vano, cada jornada nos han sobrevolado estridentes aviones del ejército haciendo varias pasadas.

Hoy la paciencia será nuestra mayor arma. Auto estimulación, recursos y reflexiones para evitar la ansiedad por querer llegar, algo por otra parte inevitable a estas alturas. Nos habría gustado, sin duda, pasar muchos más días atravesando el hielo, pero sabiéndonos tan cercanos a la meta, es inevitable querer cruzar la línea, y más cuando hace cinco días nos parecía un objetivo inalcanzable y casi quimérico.

Abordo con fuerza una planicie con la nieve mucho más profunda donde, por fin, a unos quinientos metros, ya pueden verse las boyas o balizas verdes y rojas que delimitan esta autopista marítima. La zona es un esforzado trayecto entre grandes mazacotes de nieve y hielo. Es increíble, pero parece que caminamos cuesta arriba. Aunque esto no es físicamente posible, ya que estamos sobre la lisa superficie del mar... quizás el pasar continuo de los barcos desplace la masa de hielo, y este relieve amontonado y cubierto por la nieve haga real esta extraña sensación. Acelero con pasos firmes y decididos, pues no quiero que me releven en un tramo en el que cuesta horrores abrir huella y que castiga con saña las articulaciones, obligadas a esforzarse para defender el peso del trineo. Debo tener capacidad de perseverancia. La he tenido estos últimos meses para soportar largas, duras e intensas sesiones de entrenamiento y madrugones, todo para estar aquí, ahora, en las mejores condiciones posibles. Ahora, ante la sola incertidumbre de cruzar este obstáculo, sé que si lo logramos nadie podrá detenernos ya. Una alta capacidad de perseverancia es fundamental. Nunca hay que dar nada por perdido... ni tampoco por ganado.

Voy previendo en mi cabeza cómo asegurar la cuerda con tornillos, cómo ir pasando las pulkas una a una, cómo asegurarme yo con mis compañeros y después a ellos. Llevo estacas, llevo tornillos, cuerda; a nada que haya una mínima posibilidad y solución para poder pasar, intentaremos hacer algo. Qué ansiedad por llegar y verlo con mis propios ojos. Faltan cien metros. Miro atrás y les grito: “¡Según cómo esté, pasaremos primero sin peso y después arrastraremos las pulkas con la cuerda!”.

Inquietud. Los carrillos se entumecen y la nariz se me queda insensible si no expiro mi aliento caliente por el buff hacia ella. Hace muchísimo frío, lo ha hecho toda la noche, y eso es una magnífica señal. Me froto las mejillas, las cejas, las pestañas y la nariz con el dorso de la mano para quitarme el hielo que forman la humedad y la niebla, pero me encuentro cómodo y adaptado. Este universo azulado y blanco de hielo y nieve me resulta ya casi familiar.

Ya estoy en el borde: una carretera de inmensos bolos de hielo superficialmente ensamblados en su base unos con otros por la acción del frío. Parece una materia compacta, densa y apretada. Tan irregular como un yacimiento de pedruscos, pero compacta. Me mentalizo: “Posees recursos, y te vienen dados por la forma en que afrontas todas las cosas”; “vence los impulsos y las prisas”. La serenidad permite actuar con más eficacia en los momentos delicados y ayuda. A, A, A: Autoconfianza, Autocontrol y Autoestima. Es una triturada y gigante masa homogénea de piedras blancas y, debajo de ellas, el mar.

La perspectiva parece buena, así que no me lo pienso demasiado. Estoy en una orilla, junto a un gran pivote de color rojo que cuando haya agua debe ser flotante, y justo al otro lado tenemos otro de color verde, a unos sesenta metros en línea recta. Si llego allí, habré cruzado. Miro a mi espalda y ya está Kike. Le señalo, como si yo fuera el autonombrado jefe de la maniobra: “¡Pasaremos de uno en uno!”. La verdad es que no me replica nada y asiente.

Comienzo a pisar con tiento, bien reclinado con los bastones en el irregular terreno. Mi pulka va bandeando entre los bolos de hielo mientras yo, de vez en cuando, golpeo fuertemente entre ellos con la punta afilada de mis palos para cerciorarme de que están bien sólidos y soldados. Son pisadas inciertas de unos pies agigantados por las raquetas. Pisadas inseguras y grávidas, como si caminara sobre un espejo esperando que en cualquier momento este se chasque sin remedio. Los bloques figuran estar completamente helados y consolidados, pero aun así no quiero fiarme y acabar naufragando; doy cada paso con miramiento y prudencia porque apenas trece o catorce horas atrás vimos triturar este canal a un barco rompehielos. Paso a paso me acerco. Me hallo a una distancia casi segura de la otra orilla y me aventuro a comprobar la solidez del terreno pateando fuertemente sobre él: ni se inmuta, no hay problema.

¡Ya está!, ¡lo conseguí! Estoy al otro lado, en Finlandia. Donde nadie había cruzado aún a pie. “¡Está bien helado!”, les grito. “¡El terreno está estable!”. Cruza Kike normalmente y, después de él, también lo hace Arcadi. Cuando llegan, los tres nos hermanamos en un abrazo tan espontáneo y emocionado como si hubiéramos conseguido categóricamente realizar la travesía completa. Un abrazo de triunfo en la letra, pero un abrazo de amigos y compañeros en la música; todo ello sin tener en cuenta que aún nos queda una buena pateada hasta Kemi... pero hemos pasado por donde nadie lo había hecho y, salvo desastre, lo conseguiremos. Es difícil no sentir agitación por dentro cuando por primera vez se evidencia la consecución de un proyecto que parecía imposible de realizar.

Envío un "OK" a Santi con el dispositivo SPOT, tal y como acordamos. Esta señal está configurada para que varias personas (en Brandön y en Barbastro) reciban un mensaje corto en su móvil con un escueto: “equipo Báltico todo OK”. Pero, no contento con ello y llevado por la euforia, saco el teléfono satélite y lo llamo para decirle de viva voz que hemos logrado cruzar y que nos dirigimos a Kemi a su encuentro. Se alegran muchísimo. Aunque todavía están en Brandön, ya han fijado un punto de encuentro en Kemi y Santi me indica que marchemos derechos hacia allí; me dice que tenemos que alcanzar a ver la costa y la ciudad en la lejanía hacia el este. Le indico que eso es imposible: “¡No vemos una mierda! Está un día muy desapacible, cerrado, y estamos completamente rodeados de niebla. Facilítanos el punto GPS y nos orientaremos con él”. Así lo hacen. Determinan el punto exacto de encuentro en Kemi y nos lo mandan por medio de un mensaje al móvil mientras comemos un poco para recuperar fuerzas. No en vano, nos había costado algo más de dos horas llegar hasta aquí.

El punto que nos señalan se encuentra a 17 kilómetros al este de nuestra posición actual. ¿Tanto? Esperábamos que fueran seis o siete... Si el terreno, como aparenta, va previsiblemente a peor a causa de la profundidad de la nieve arrastrada por el viento del oeste, puede llevarnos cinco o seis horas de caminata sin parar; o quizás más. Pero si todo va bien, aunque sea exhaustos, llegaremos hoy. Allí nos estarán esperando para el reencuentro tras 5 días de larga y dura travesía Santi, Rosa, Rafa, Iván y quizás algún miembro del equipo globero (no creo que muchos, pues no cabremos en la furgoneta que hemos alquilado). Rosa es la mujer de Kike y ha sido nuestra madre y apoyo logístico durante estos días. También, sin ella saberlo, ha sido nuestro pasatiempo (el de Arcadi y el mío) en las empalagosas horas de refugio nocturno, haciéndola presa de nuestras bromas hacia el sufrido Kike: “¿Qué hará Rosa durante tantos días en una cabaña con Santi...? ¿Cenarán a la luz de las velas?... jajaja». Nos disponemos en fila y Arcadi abre huella rumbo a Kemi. Kemi es una ciudad y municipio de la Laponia finlandesa que cuenta con una población aproximada de 23.500 habitantes. Fue fundada en 1869 por Decreto Real y, gracias a la profundidad de su costa, posibilitó la construcción de un gran puerto marítimo. Su principal actividad económica se centra en dos grandes fábricas de papel y en la única mina de cromo que existe en Europa. También cuenta con una universidad politécnica y es mundialmente famosa por albergar el castillo de nieve más grande del mundo, construido cada año con un diseño totalmente distinto.

El ruido de nuestros pies al plantarlos en el suelo, el rumor de las pulkas, la estridencia de los bastones y nuestra respiración se funden en un solo compás. La nieve, como temíamos, es cada vez más profunda y nos cuesta muchísimo avanzar. Kike se hunde demasiado para abrir huella debido a que sus raquetas tienen algo menos de superficie de apoyo que las nuestras, y a Arcadi se le empieza a percibir hoy cierta fatiga en el ritmo. Ayer se encontraba fortísimo y realizó un esfuerzo colosal cuando yo me encontré debilitado, al igual que Kike, y hoy se encuentra más atenuado, posiblemente como consecuencia de ese desgaste. Por suerte, me voy dando cuenta de que hoy me encuentro tremendamente fuerte y recuperado, así que decidido a no dejarla, tomo la cabeza y abro huella con toda la fuerza de la que soy capaz. “Hoy por ti, mañana por mí”. Somos un equipo y es en estas cosas donde debe notarse. Estas actuaciones de equipo, si se hacen bien y con naturalidad, sin egoísmo, son lazos que se van uniendo en nudos imposibles de desatar, pues están hechos con el afecto, el cariño, las noches gélidas, la resignada extenuación y, sobre todo, la amistad. Me siento muy feliz. Lo estamos consiguiendo y esto hace que las sensaciones morales sean más que sobresalientes. Es un año tremendamente señalado para mí, con dos proyectos muy especiales: este en lo deportivo, y otro en lo personal (ser padre) que harán de este año uno de los mejores, si no el mejor, de mi vida. Así que el conseguir esto, que a priori parecía imposible, lo concibo como un vistoso indicio de que el resto irá bien; de que este es mi año. La confianza que se tenga en uno mismo es determinante en el desempeño de lo que te propongas en esta vida.

Voy revisando de reojo que parpadeen las dos lucecitas del SPOT. Seguramente el equipo estará vigilando nuestro avance para calcular la llegada, y desde casa ya estarán viendo que hemos salvado la zona crítica del rompehielos hace unas horas. Durante más o menos dos horas caminamos en silencio en la dirección indicada por el GPS, en medio de un huerto de pequeñas islitas con árboles descoloridos por la niebla, intentando adivinar el camino más favorable en un terreno cada vez más riguroso y penoso. Observamos el vagabundeo de un cielo oscuro y tupido que no termina de despejar, manteniendo unas opacas nubes cargadas de copos de nieve. La sensación de caminar sobre un mar helado no es precisamente común; si lo piensas bien, es excepcional y muy, muy emocionante. La luz del sol parece querer salir apocadamente y atizar los ligeros y boscosos alcores, salpicados de pequeñas, deslucidas y arcaicas cabañas que nos indican, tras cinco días, nuestro indudable retorno a la civilización. Me encuentro bien; muy bien, diría yo. Suele ser normal en mí, por lo que he ido percibiendo estos últimos años, este rendimiento de menos a más en aventuras severas de varios días de duración. Es como si mi cuerpo, tras unas jornadas de ajuste y acomodo, se habilitara por completo para la actividad.

Al poco, a nuestra izquierda y a lo lejos, vemos una moto de nieve abandonada en medio de la nada. ¿Se habrá tragado el mar a su dueño? ¿Se habrá averiado o quedado sin gasolina?... Bromeamos con la posibilidad de acercarnos hasta ella para comprobar si funciona e irnos hasta Kemi montados en ella, pero, es tan severa la marcha por este terreno y nos hundimos tanto, que la sola perspectiva de alterar la ruta rectilínea en tan solo quinientos metros de esfuerzo suplementario hacia el norte no se contempla ni en broma en nuestra ajustada iniciativa de hoy.

Ya cerca del final de esta especie de laguna acotada por islillas, vemos claramente un paso diagonal hacia otro campo abierto camuflado en el paisaje. Son las once y media de la mañana. Quizás hayamos recorrido diez kilómetros y, visto lo visto, nos quedan mínimo dos horas más para cubrir los siete u ocho restantes. En algunos instantes me siento impetuosamente arrebatado, metido en mi mundo interior, marchando todo lo fuerte que puedo. Reconocemos sobre el mapa y dejamos al sur la enorme y alargada isla de Selkäsaari, plagada de enormes molinos eólicos. Una vez sobrepasado este punto, el camino ya es directo hacia la costa de Kemi. Somos afortunados por estar aquí, donde nos gusta, donde queríamos estar.

El día va clareando un poco y alcanzamos a ver al frente una isla pequeña claramente habitada y, tras ella, lo que debe de ser ya la línea de costa de Kemi con innumerables y, desde aquí, minúsculas cabañas. Mientras el esperanzado Kike cree que el punto de llegada está en esta cercana isla, Arcadi y yo, más cautos y menos optimistas, pensamos que será en la lejana costa que vemos al fondo. Una vez alcanzada la isla no sin gran esfuerzo, el GPS nos señala que Kike estaba equivocado: deberemos esforzarnos un rato más. Hace unos quince grados bajo cero, pero no hace viento, lo que permite que se esté bien. Observo el suelo, mis raquetas y, de vez en cuando, miro la estela que voy dejando lo más recta posible para facilitar el paso de mis compañeros.

A lo lejos, en una inflexión del terreno, justo en la orilla donde el mar se reúne con el bosque, distingo lo que me parecen unas personas. ¿Serán ellos? ¿Nuestro equipo de apoyo? ¡Qué subidón! Apresuro aún más el paso y poco a poco voy reconociéndolo todo. No, no son ellos; distingo tan solo a dos personas, lo que parece un niño y un perro. Definitivamente no son ellos... Entreabro los ojos para observar la tierra que se hunde por el este en las curvadas colinas al fondo y sigo acelerando, aunque empiezo a estar muy cansado ya. Me adentro de nuevo en enérgicas planicies de nieve profunda que me obligan a agarrarme bien a los bastones para lograr impulsar mi carga hacia delante. Cada vez aparecen más surcos quebrados de motos de nieve, señal evidente de una desarrollada civilización, que intento seguir mendigando alguna traza buena que relaje el paso. “¡Vamos, tú puedes! ¡Queda poco!”. El cansancio es normal. Llevamos andando más de ocho horas sin parar, sumadas a los cuatro días anteriores desde que salimos de la costa sueca. Estos parajes no son paraísos hechos a escala; son momentos extraordinarios donde te encuentras con tu auténtico yo, prestando más atención a lo que te rodea que a tus propias carencias. Son instantes que, sin duda, graban en el alma esas huellas que serán necesarias para otros episodios futuros.

Estamos cerca de la costa y vemos al fondo un gran puente y la silueta de Kemi. La claridad se ha fundido en una hermosa línea rosada. No hace sol, pero la niebla se ha disipado y la visibilidad ya es buena. Una moto lejana surca la superficie nevada a gran velocidad. ¿Serán Iván o Rafa para filmarnos?, pienso. No se detiene y continúa apartada sin hacer ningún gesto de aproximación... Pues no serán. Proseguimos y la moto retorna a lo lejos hacia la costa, para al poco volver desde allí. Se detiene muy apartada de nuestra posición y distinguimos el perfil de una persona con un trípode y una cámara que se posiciona en la nieve; parece filmarnos desde lejos. Agito mis brazos y grito: “¿Hacia dónde?”. Estamos cerca de un flanco de la costa, pero no sabemos exactamente dónde nos esperan y resulta irritante que te miren y no te digan nada. Estamos agotados... “Debe de ser Iván”, comentamos tras reagruparnos, y de nuevo volvemos a gritar para que nos indique el lugar de encuentro con el resto y hacia dónde dirigirnos. Al final cede, se desenmascara y con un gesto nos señala hacia el norte mientras con la moto se dirige de nuevo hacia allí...

Marchamos más animados y alineados hacia ese punto. Poco a poco la costa se va haciendo más grande y, en ella, vamos distinguiendo un grupo numeroso de personas. Los nervios comienzan a aflorar; los sentimientos. Por un instante, aquí, en medio de este paisaje nevado, estaba sucediendo de nuevo ese milagro del sentir, del compartir epílogos inenarrables, ingredientes perpetuos de tu alma. Un estallido de impresiones y emociones que comienzas a sentir por dentro. Tantos factores se han conjugado esta vez a nuestro favor que no puedo más que mirar al cielo y dar las gracias: preparación, mentalización y, finalmente, suerte.

A lo lejos los vamos reconociendo: nuestros amigos, nuestros ángeles de la guarda. Se deslizan hasta el mar por una rampa desde lo que parece un paseo marítimo y nos esperan justo en el borde. Nos contemplan y gesticulan generosamente con los brazos dándonos la bienvenida, al igual que nosotros a ellos. Conforme nos acercamos, las figuras se clarifican: son Santi, Rosa, Ángel, Miquel, Rafa, Iván y unas cuantas personas más que no reconocemos y parecen simplemente curiosos. Gritos, risas, aplausos. Corren hacia nosotros y nosotros hacia ellos. Rosa a por Kike, Ángel a por Arcadi y Santi a por mí. Nos abrazamos, gritamos... Siento un abrazo generoso e intenso. Lo recibo en silencio pero con la piel erizada, leyendo su euforia con los dedos en su espalda. A nuestro alrededor hacen fotos y nos graban compulsivamente a los tres. Hay que respirar hondo al sentir todas estas emociones; dejar que penetren y nos invadan. Hay momentos que embriagan porque consolidan un encuentro. Dejan en la piel del alma un escalofrío que no se marcha y, como estos, son espontáneos y sinceros. Perpetuo lagrimeo y carne de gallina... La magia de la vida nos es necesaria para vivir, y esa magia está siempre ahí para quien quiera encontrarla. Ha sido magnífico. El ambiente, el respeto. “Solo el que se atreve, puede saber”. De nuevo repito: deberíamos luchar por nuestras metas, pues dentro de nosotros mismos sabemos que valen la pena.

FIN (A Nayra)

PD: Lo que ocurrió después es historia. Sacaron unas enormes latas de cerveza San Miguel para nosotros y brindamos; agitamos una botella de champán congelado. Nos habían preparado allí mismo una improvisada recepción con el dueño del rompehielos y del asombroso castillo de hielo quien, tras felicitarnos, nos subió a su todoterreno y, haciéndonos de chófer, nos trasladó a un hotel (también suyo) para que tomáramos una ducha caliente y una sauna finlandesa, para tras ello llevarnos a comer al Castillo/hotel de nieve con todos nuestros compañeros. ¿Qué más se puede pedir? Estábamos en la ciudad finlandesa de Kemi, en el extremo norte del golfo de Botnia, en la desembocadura del río Kemijoki, y lo habíamos logrado: éramos los primeros en conseguir hacer esta travesía del mar a pie.

No podíamos irnos de Suecia sin realizar un vuelo en globo y, al día siguiente, ya en Brandön, nuestros amigos "globeros" coordinaron un asombroso vuelo de una hora para todos nosotros. ¡Menuda guinda para este pastel!
















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