Martes, 9 de marzo 2010:
Volvemos a la vida cada día de modo diferente. Y nunca se vuelve a ser el mismo cuando la existencia nos pone ante situaciones que nos sacian por completo. Por más que queramos y lo intentemos, jamás podremos regresar idénticos después de ciertas experiencias. Llevamos ya dos noches sobre el hielo del mar Báltico. Son las cuatro y cuarto de la mañana; la noche ha pasado perezosa, el viento ha cesado y hemos logrado dormir bastante bien. A las cuatro y media decido tocar diana; he observado que a las cinco ya despunta la luz, así que el plan es partir lo antes posible para ganar horas de marcha. El desayuno y la equipación se resuelven hoy con mucha más soltura que el primer día: se nota que empezamos a tener práctica. Vamos bien.
De repente, el silencio se rompe con los reniegos de
Kike: no le entra una de sus botas. Se le ha congelado con la caña algo
arqueada y le resulta imposible calzarse. Salgo de la tienda a mirar y...
¡mierda!, mis botas están exactamente igual, rígidas como piedras, y no hay
forma humana de hacer pasar el pie. Cada noche guardamos el botín interior en
lo más profundo del saco junto a nosotros para mantenerlo caliente y secarlo,
pero las carcasas exteriores (estas de cuero) las dejamos ordenadas a un lado,
entre la puerta y el doble techo de la tienda (tal y como he hecho siempre en
otras expediciones), ya que dentro estamos bastante apretados. Para evitar que
entrara nieve en el interior, cometí el error de dejar colocadas las polainas de
estas dobladas hacia un costado; al congelarse el cuero en esa posición, la
caña se curvó por completo. Una auténtica novatada. Siempre he utilizado botas
de carcasa plástica, un material donde, evidentemente, este problema no existe.
Forcejeo maldiciendo mi suerte, recordando lo muchísimo que cuesta a veces
calzarse una bota de esquí de travesía, mientras Kike lucha con lo suyo y
Arcadi, que ya está plegando la tienda, nos mira de reojo. Dentro del aprieto
del instante, asumo que merezco el escarmiento de esta lección inédita. No me
volverá a pasar.
Después de un buen rato y un descomunal esfuerzo, conseguimos
embutir los pies y emprender la marcha. En mi bota izquierda noto un pliegue
interno que ha quedado tieso, se me clava con saña en el exterior del tobillo.
Confío en que, conforme los pasos templen el cuero, este vaya cediendo y deje
de atormentarme el resto de la jornada. Durante la primera hora de camino
vigilo de reojo mi antigua lesión de psoas, la misma que ayer parecía
refunfuñar, pero por fortuna hoy no molesta en absoluto. ¡Bien!
Tomamos rumbo este, hacia una isla llamada Haru que
deberemos sobrepasar dejándola a nuestra derecha (al sur), manteniendo a
nuestra izquierda (al norte) la gran isla de Seskaro, aunque dudo mucho que hoy
logremos llegar hasta allí, pues debe de estar a unos 45 kilómetros. Hace un
día increíble, pero nos toca atravesar la zona más extensa de mar abierto y sin
islas intermedias de toda la travesía, con el riesgo que eso conlleva. Al
noreste divisamos, todavía muy a lo lejos, las fumarolas de las fundiciones,
papeleras y serrerías de la región de Ranön. Hay que recordar que la
explotación forestal es uno de los mayores recursos de Suecia; la mayor parte
de su territorio está cubierta de bosques que proveen de madera a esta potente
industria. Además, su subsuelo es riquísimo en mineral de hierro, siendo uno de
los máximos productores mundiales, lo que explica la concentración de factorías
metalúrgicas y fábricas de pasta de papel en todo este sector del norte.
Durante estas primeras horas es asombroso observar cómo
la luz del sol ilumina el hielo de tal forma que, hasta donde alcanza la vista,
realmente parece que estás mirando la superficie del mar abierto. Un mar
inanimado e inmovilizado. Arcadi, en uno de los relevos para abrir huella, me
lo señala deslumbrado: “¡Es increíble!”. El mar y el cielo se funden en uno
solo. Se divisan islas lejanas hacia el este y, más al sur, un descarriado faro.
En los primeros esbozos de la ruta, Arcadi quería pasar por ese faro, pero
Lowe, con el parte de hielo en la mano, nos advirtió que en estos momentos se
encontraba en mitad de aguas abiertas y que era totalmente inaccesible.
Vamos escudriñando el horizonte con el anhelo de ver
aparecer los globos de nuestros compañeros, conscientes de que paso a paso nos
acercamos a la confluencia de nuestra trayectoria con el rumbo marítimo de los
barcos rompehielos que dan servicio a las fábricas del norte. Allí es donde, si
la fortuna nos da la espalda, nos toparemos con alguna vía de mar abierto
abierta por estos imponentes buques. Precisamente nos hemos enterado de que
medio centenar de barcos, entre ellos seis grandes transbordadores con miles de
personas a bordo, el pasado jueves encallaron a causa del hielo en la zona de
Estocolmo, al sur del Báltico, y muchos rompehielos de la zona han tenido que
acudir a su rescate. Confiamos en tener suerte y que estas rutas comerciales
del norte, al estar menos transitadas estos días por ese imprevisto, se hallen congeladas
y cerradas.
De repente, Arcadi nos grita: “¡Por allí van los globos!”.
Al principio miro hacia atrás pero no veo nada. “¡Allí!”, insiste señalando. Se
ven muy al sur, muy distantes hacia el mar abierto; unos pequeños puntos
lejanos. Y no son dos, sino cuatro. ¿Cuatro globos? Más tarde sabríamos que a
nuestros compañeros se les habían unido dos pilotos finlandeses conocidos suyos
con sus respectivos aparatos. Al enterarse de que los españoles iban a intentar
esta travesía inédita, debieron de sentir cierto rubor patrio ante la idea de
que los primeros en lograrlo fueran dos globos forasteros, así que se acoplaron
a la retaguardia del intento. Qué gozada, lo van a conseguir. ¡Cuánto tienen
que estar disfrutando allá arriba!
Nosotros hoy caminamos casi con calor gracias al buen
día, a unos cinco o seis grados bajo cero pero sin una pizca de viento. Con
rostros silenciosos y expresivos, no sé si tristes o felices, avanzamos en este
tercer día aferrados ya al mar; está claro que ya no queremos encontrarnos con
el mundo de los hombres. A eso se le llama adaptación y armonía. Kike, sin
embargo, arrastra un fuerte dolor en la parte tibial de su pierna derecha;
camina con un paso visiblemente desigual y complicado por la dureza del
terreno, y se nota que está sufriendo. Como hoy me encuentro muy bien y sobrado
de fuerzas, me detengo para proponerle repartir su carga entre Arcadi y yo,
pero se niega en redondo. Intento censurarle un poco esa actitud testaruda pero
no hay manera... Al fin y al cabo es aragonés. Me da la impresión de que está
muy habituado a la competición y lo entiendo, pero aquí las cosas no funcionan
así. “Si mañana soy yo el que tiene un problema, espero que tú te ofrezcas para
compartir mi carga; hoy por ti, mañana por mí”, le explico. Creo que lo pilla,
pero de momento prefiere seguir arrastrando su peso. Intentaremos turnarnos con
Arcadi para abrir huella, buscando las zonas aparentemente más benignas, ya que
si las raquetas no se hunden tanto en la nieve, parece que la pierna le duele
un poco menos.
Sobrepasamos no una, sino dos evidentes rutas de los
rompehielos. Son franjas perfectamente indicadas con grandes boyas atrapadas en
el hielo a cada orilla, como si fueran los malecones de una carretera cuyo
pavimento estuviera armado con vastos bloques congelados. Está claro que si nos
topamos con una ruta abierta, sería imposible cruzarla sin esperar a que se
congele de nuevo; resultaría una insensatez intentarlo y arriesgarse a caer al
agua entre los enormes y pesados pedazos flotantes de hielo grumoso
apelotonado: literalmente te aplastarían. El reguero de bloques refundidos por
el frío tiene unos sesenta metros de anchura y se pierde en la lejanía rumbo al
sur. Sería imposible rodearlo a menos que regresáramos a la costa. En un lugar
así recobras de golpe la noción de dónde te encuentras. Es increíble pensar de
nuevo que un mar lleno de vida yazca oculto bajo una capa de hielo sobre la que
se ha acumulado este manto blanco de ondulaciones suaves. Hasta donde alcanza
mi vista, la blancura es total, a excepción de las líneas oscuras que
serpentean a lo lejos moldeando el litoral.
Tranquilizados por haber atravesado uno de los puntos
críticos de la expedición sin ningún contratiempo, hacemos una breve parada
para comer un poco y rehidratarnos. Al poco nos introducimos en una amplia zona
de nieve más profunda que ralentiza notablemente nuestra marcha. El sendero no
existe, tan solo se dibuja en la mente del que abre huella, pero no hay
pérdida. Caminamos unas horas más en silencio, bajo la indecisa luz del
atardecer, donde las impetuosas prominencias que forma la nieve en el suelo (como
si fueran olas de mar interrumpidas y salpicadas por un sinfín de relucientes
losas heladas) moldean un paisaje fiel a lo que esperábamos: ¡alucinante! Me
sorprende cómo se incrementa rápidamente la intensidad del frío en cuanto baja el
sol un poquito; ya debemos de estar a diez bajo cero. Mientras avanzas en mitad
de ese silencio, vas asimilando todo lo visto y vivido, convencido de que estas
experiencias contribuirán en buena parte a crear una mejor versión de nosotros
mismos.
Más tarde, ya extenuados, divisamos claramente nuestro
objetivo de hoy a unos seis kilómetros según el GPS. Nos hacemos alguna foto y
Arcadi y Kike se filman recíprocamente con la cámara de vídeo que llevamos. A
pesar del cansancio, y Kike con su maltrecha pierna, los dos sacan buena cara;
se les ve felices y ya totalmente adaptados. En cabeza, abriendo huella en una
nieve algo más profunda por la cercanía de la costa, voy incrementando el ritmo
todo lo que puedo con la intención de llegar a buena hora. Hoy completamos
aproximadamente unos treinta kilómetros. Nos había comentado Lowe que la mayor
distancia que había conseguido cubrir una expedición en un solo día intentando
cruzar este mar había sido de treinta kilómetros, y eso utilizando esquís y
tirados por unas cometas; por lo tanto, podemos estar muy satisfechos, pues
nuestra media en tres días es prácticamente de veinticinco kilómetros diarios,
a pie y sin ningún medio de arrastre mecánico.
Mis fuerzas parecen no tener fin. No es por amor propio;
es por fuerza, por pura libertad. Todo ha salido rodado hoy y los tres somos
puro entusiasmo y sueños. El alma se agita cuando las cosas salen como deseas,
pero hay que intentar mantener la serenidad. Yendo todo bien, nos faltan dos o
tres días más. El suelo serpentea entre sucesiones de ligeras elevaciones
blancas hasta esa pequeña y vaporosa isla. Un poco más al norte, en la lejanía,
se distinguen las difusas hileras de pequeños bosques de la costa, que parecen
la guirnalda del horizonte.
Llevo muy a mano comida y líquido. Mantengo una pequeña
botella de plástico encajada bajo el forro polar, junto a mi tripa para que no
se congele, y poder así acceder cómodamente a ella sin detenerme e hidratarme
con un sorbo cada poco tiempo; en los bolsillos guardo algunas barritas que voy
consumiendo cada quince o veinte minutos. Sigo con un ritmo frenético,
apoyándome en los bastones dinámica y técnicamente, como si estuviera haciendo
esquí de montaña. ¡Qué espectáculo! Hoy el sol se ha aliado con nosotros
disipando todas las nubes, y eso que la previsión nos daba nevadas a partir del
mediodía. No puedo evitar sentir escalofríos recurrentes que me nacen de las
entrañas; cada vez que me viene a la mente alguna persona querida, me
estremezco y abro huella con más y más fuerza, conmoviéndome una y otra vez al
descubrirme así. Son imágenes del pasado y, de nuevo, sueños de futuro;
fragmentos de mi vida. Hoy viaja en mi pensamiento una nueva armadura que me da
alas: en el móvil traje una foto reciente en blanco y negro con aspecto de
alubia que contemplo cada noche, y que me hace conmoverme por dentro y
regocijarme por fuera. La ecografía de mi hija Nayra. Es una nueva motivación
que estreno aquí y que presiento me servirá de estímulo y aliento el resto de
mi vida. Si existe la felicidad, debe de ser algo muy parecido a esto... ¿Me
estoy volviendo un blando otra vez? Ojalá pudieran percibir y comprender lo que
se siente en momentos así. Aquí el paisaje se convierte en un personaje en sí
mismo, lleno de espíritu de principio a fin; imágenes desbordantes de poesía en
medio de la nada y, en realidad, en medio de todo, donde te fundes con la
naturaleza para aprender a escucharte en el silencio.
Conforme me acerco a la diminuta isla, diviso oculta
entre los árboles una pequeña cabaña. Alcanzo la orilla y aguardo a que en
breve lleguen Arcadi y Kike siguiendo mi trazo. Cuando se reúnen conmigo, les
indico lo que he visto y decidimos ir a explorar. ¿Y si está abierta y podemos
quedarnos allí a descansar hoy? Nos ahorraríamos la incomodidad de la tienda y
esa hora de trabajo extra que exige montar el campamento. Al superar un pequeño
declive nevado entre los árboles, la pequeña cabaña encarnada surge ante
nuestros ojos justo en el límite con el mar. Llegamos enseguida al refugio,
comprensiblemente añejo y algo desvencijada por fuera, con unos ceñidos
peldaños de madera ante la puerta. Al empujar un poco la madera, nos damos
cuenta de inmediato de que está abierta y nos entusiasmamos. Tan solo está
atrancada por la nieve que ha caído delante y una gran piedra sepultada debajo.
Sacamos la pala y, al poco de retirar la nieve y la enorme roca, la entrada
queda libre. ¿Qué secretos guardará dentro?
Tras el soportal de entrada nos topamos de frente con una
ventana que ilumina un pequeñísimo pasillo con una puerta a cada lado. Tras la
puerta de la izquierda hay una especie de cuarto trastero o leñera sin
ventanas, con leña y algún sobrio aparejo colgado de las paredes: “Nos vendrá
de perlas para guarecer las pulkas”, comentamos. En la puerta de la derecha se
abre una pequeña habitación con dos ventanas. El interior se encuentra casi
vacío: tan solo una achacosa y mugrienta chimenea, una mesa y dos sillas en un estado
decadente por el aislamiento, y el bastidor metálico y desdibujado de una
litera de dos alturas con dos somieres de espirales. No hay luces, pero el
interior se ilumina con la poca claridad del exterior que se filtra a través de
los cristales. Para nosotros, hoy, esto es un verdadero lujazo.
Colocamos las pulkas en la leñera y con varios troncos
prendemos fuego en la chimenea. Cruzamos una cuerda a modo de tendedero para
secar la ropa frente a la llama y nos asignamos los sitios para dormir: Arcadi
elige una esquina en el suelo, así que Kike y yo colocamos nuestras esterillas
en los somieres de la litera; Kike abajo y yo arriba. El frío ya penetra por
las rendijas de las ventanas y se hace notar mientras el fuego templa
lentamente la habitación. Empleando un cubo de plástico que hemos descubierto
en esta obvia cabaña de pescadores y que hemos llenado de nieve, Arcadi se
sienta cómodamente en una silla ante la mesa y, con los hornillos operativos,
empieza a derretir nieve, rellenar las cantimploras y preparar la cena.
Mientras tanto, aprovechamos para contactar con el equipo
de apoyo para conocer las previsiones y hacerles saber nuestra situación y
progresos. Los globeros, nuestros amigos de Kon-Tiki, lo han conseguido: han
aterrizado en Finlandia, unos sesenta kilómetros más al sur de lo previsto, y
Lowe se encuentra en estos momentos en su busca y rescate. Santi y Rosa nos
comentan que se habían acercado en coche hasta la isla de Seskaro con el anhelo
de vernos pasar desde la costa, pero ya les explicamos que, aunque ya la
tenemos a la vista, no hemos podido llegar tan lejos. Está a unos diez
kilómetros hacia el este. Mañana, si todo va bien, la superaremos.
La previsión del tiempo anuncia para mañana nevadas
débiles y una bajada de las temperaturas. Mañana será un día clave para las
posibilidades de esta travesía, uno de esos días en los que habrá que poner
toda la carne en el asador. Deberíamos intentar llegar hasta la isla de
Torne-Furö, situada ya muy cerca de la insalvable ruta del rompehielos de la
refinería de petróleo de Röyttä, en la frontera con Finlandia; hay una
distancia de casi cuarenta kilómetros hasta allí, lo que se traduce en un
auténtico palizón. Hasta ese punto llegaron en nueve días las dos únicas
expediciones que con esquís lograron cruzar este mar; si lo alcanzamos mañana,
lo habríamos conseguido en tan solo cuatro. Si queremos tener alguna
posibilidad de sobrepasar ese obstáculo, conviene dormir lo más cerca posible
de la refinería e intentar cruzar la ruta hacia Kemi muy temprano. Todo queda
supeditado a que no pase ningún barco nocturno y a que haga mucho frío durante
la noche para que la ruta se congele en las horas que median entre el
previsible barco de la tarde y el que circule por la mañana.
Todos estos planes preñados de voluntad los hacemos al
calor del fuego, profetizando y pronosticando con optimismo, pero sin saber
realmente si el tiempo, nuestras fuerzas o el terreno nos permitirán progresar
tanto mañana. No tenemos derecho a conocer el futuro... pero nada nos impide adelantarnos
a él, ¿no? Aun así, gracias a lo bien que ha ido nuestro avance estos tres
días, hemos conseguido casi una jornada suplementaria (apurando dos) para
intentar llegar hasta Kemi. Estamos a martes y podríamos estirar el plazo hasta
el viernes. A mí me gusta pensar que si no intentas grandes cosas, jamás las
lograrás.
Al quitarme las botas, descubro que mi pie izquierdo
presenta una gran ampolla y está abultado con un amoratado e inflamado bolo en
el tobillo, consecuencia directa del roce de la curvatura que hizo el cuero al
congelarse. Kike sigue con una gran molestia en su tibia, mientras que Arcadi
se encuentra perfectamente. Oscurece por completo y nos metemos dentro del
saco, disfrutando del calor como si fuera lo más precioso que existe en el mundo,
mostrando una sonrisa satisfecha en nuestros rostros traspuestos. Como decía
Machado: “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo,
despertar”. Mañana será otro día.














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