sábado, 20 de junio de 2026

El arte de la adaptación (Capitulo 3)

Martes, 9 de marzo 2010: 

Volvemos a la vida cada día de modo diferente. Y nunca se vuelve a ser el mismo cuando la existencia nos pone ante situaciones que nos sacian por completo. Por más que queramos y lo intentemos, jamás podremos regresar idénticos después de ciertas experiencias. Llevamos ya dos noches sobre el hielo del mar Báltico. Son las cuatro y cuarto de la mañana; la noche ha pasado perezosa, el viento ha cesado y hemos logrado dormir bastante bien. A las cuatro y media decido tocar diana; he observado que a las cinco ya despunta la luz, así que el plan es partir lo antes posible para ganar horas de marcha. El desayuno y la equipación se resuelven hoy con mucha más soltura que el primer día: se nota que empezamos a tener práctica. Vamos bien.

De repente, el silencio se rompe con los reniegos de Kike: no le entra una de sus botas. Se le ha congelado con la caña algo arqueada y le resulta imposible calzarse. Salgo de la tienda a mirar y... ¡mierda!, mis botas están exactamente igual, rígidas como piedras, y no hay forma humana de hacer pasar el pie. Cada noche guardamos el botín interior en lo más profundo del saco junto a nosotros para mantenerlo caliente y secarlo, pero las carcasas exteriores (estas de cuero) las dejamos ordenadas a un lado, entre la puerta y el doble techo de la tienda (tal y como he hecho siempre en otras expediciones), ya que dentro estamos bastante apretados. Para evitar que entrara nieve en el interior, cometí el error de dejar colocadas las polainas de estas dobladas hacia un costado; al congelarse el cuero en esa posición, la caña se curvó por completo. Una auténtica novatada. Siempre he utilizado botas de carcasa plástica, un material donde, evidentemente, este problema no existe. Forcejeo maldiciendo mi suerte, recordando lo muchísimo que cuesta a veces calzarse una bota de esquí de travesía, mientras Kike lucha con lo suyo y Arcadi, que ya está plegando la tienda, nos mira de reojo. Dentro del aprieto del instante, asumo que merezco el escarmiento de esta lección inédita. No me volverá a pasar.

Después de un buen rato y un descomunal esfuerzo, conseguimos embutir los pies y emprender la marcha. En mi bota izquierda noto un pliegue interno que ha quedado tieso, se me clava con saña en el exterior del tobillo. Confío en que, conforme los pasos templen el cuero, este vaya cediendo y deje de atormentarme el resto de la jornada. Durante la primera hora de camino vigilo de reojo mi antigua lesión de psoas, la misma que ayer parecía refunfuñar, pero por fortuna hoy no molesta en absoluto. ¡Bien!

Tomamos rumbo este, hacia una isla llamada Haru que deberemos sobrepasar dejándola a nuestra derecha (al sur), manteniendo a nuestra izquierda (al norte) la gran isla de Seskaro, aunque dudo mucho que hoy logremos llegar hasta allí, pues debe de estar a unos 45 kilómetros. Hace un día increíble, pero nos toca atravesar la zona más extensa de mar abierto y sin islas intermedias de toda la travesía, con el riesgo que eso conlleva. Al noreste divisamos, todavía muy a lo lejos, las fumarolas de las fundiciones, papeleras y serrerías de la región de Ranön. Hay que recordar que la explotación forestal es uno de los mayores recursos de Suecia; la mayor parte de su territorio está cubierta de bosques que proveen de madera a esta potente industria. Además, su subsuelo es riquísimo en mineral de hierro, siendo uno de los máximos productores mundiales, lo que explica la concentración de factorías metalúrgicas y fábricas de pasta de papel en todo este sector del norte.

Durante estas primeras horas es asombroso observar cómo la luz del sol ilumina el hielo de tal forma que, hasta donde alcanza la vista, realmente parece que estás mirando la superficie del mar abierto. Un mar inanimado e inmovilizado. Arcadi, en uno de los relevos para abrir huella, me lo señala deslumbrado: “¡Es increíble!”. El mar y el cielo se funden en uno solo. Se divisan islas lejanas hacia el este y, más al sur, un descarriado faro. En los primeros esbozos de la ruta, Arcadi quería pasar por ese faro, pero Lowe, con el parte de hielo en la mano, nos advirtió que en estos momentos se encontraba en mitad de aguas abiertas y que era totalmente inaccesible.

Vamos escudriñando el horizonte con el anhelo de ver aparecer los globos de nuestros compañeros, conscientes de que paso a paso nos acercamos a la confluencia de nuestra trayectoria con el rumbo marítimo de los barcos rompehielos que dan servicio a las fábricas del norte. Allí es donde, si la fortuna nos da la espalda, nos toparemos con alguna vía de mar abierto abierta por estos imponentes buques. Precisamente nos hemos enterado de que medio centenar de barcos, entre ellos seis grandes transbordadores con miles de personas a bordo, el pasado jueves encallaron a causa del hielo en la zona de Estocolmo, al sur del Báltico, y muchos rompehielos de la zona han tenido que acudir a su rescate. Confiamos en tener suerte y que estas rutas comerciales del norte, al estar menos transitadas estos días por ese imprevisto, se hallen congeladas y cerradas.

De repente, Arcadi nos grita: “¡Por allí van los globos!”. Al principio miro hacia atrás pero no veo nada. “¡Allí!”, insiste señalando. Se ven muy al sur, muy distantes hacia el mar abierto; unos pequeños puntos lejanos. Y no son dos, sino cuatro. ¿Cuatro globos? Más tarde sabríamos que a nuestros compañeros se les habían unido dos pilotos finlandeses conocidos suyos con sus respectivos aparatos. Al enterarse de que los españoles iban a intentar esta travesía inédita, debieron de sentir cierto rubor patrio ante la idea de que los primeros en lograrlo fueran dos globos forasteros, así que se acoplaron a la retaguardia del intento. Qué gozada, lo van a conseguir. ¡Cuánto tienen que estar disfrutando allá arriba!

Nosotros hoy caminamos casi con calor gracias al buen día, a unos cinco o seis grados bajo cero pero sin una pizca de viento. Con rostros silenciosos y expresivos, no sé si tristes o felices, avanzamos en este tercer día aferrados ya al mar; está claro que ya no queremos encontrarnos con el mundo de los hombres. A eso se le llama adaptación y armonía. Kike, sin embargo, arrastra un fuerte dolor en la parte tibial de su pierna derecha; camina con un paso visiblemente desigual y complicado por la dureza del terreno, y se nota que está sufriendo. Como hoy me encuentro muy bien y sobrado de fuerzas, me detengo para proponerle repartir su carga entre Arcadi y yo, pero se niega en redondo. Intento censurarle un poco esa actitud testaruda pero no hay manera... Al fin y al cabo es aragonés. Me da la impresión de que está muy habituado a la competición y lo entiendo, pero aquí las cosas no funcionan así. “Si mañana soy yo el que tiene un problema, espero que tú te ofrezcas para compartir mi carga; hoy por ti, mañana por mí”, le explico. Creo que lo pilla, pero de momento prefiere seguir arrastrando su peso. Intentaremos turnarnos con Arcadi para abrir huella, buscando las zonas aparentemente más benignas, ya que si las raquetas no se hunden tanto en la nieve, parece que la pierna le duele un poco menos.

Sobrepasamos no una, sino dos evidentes rutas de los rompehielos. Son franjas perfectamente indicadas con grandes boyas atrapadas en el hielo a cada orilla, como si fueran los malecones de una carretera cuyo pavimento estuviera armado con vastos bloques congelados. Está claro que si nos topamos con una ruta abierta, sería imposible cruzarla sin esperar a que se congele de nuevo; resultaría una insensatez intentarlo y arriesgarse a caer al agua entre los enormes y pesados pedazos flotantes de hielo grumoso apelotonado: literalmente te aplastarían. El reguero de bloques refundidos por el frío tiene unos sesenta metros de anchura y se pierde en la lejanía rumbo al sur. Sería imposible rodearlo a menos que regresáramos a la costa. En un lugar así recobras de golpe la noción de dónde te encuentras. Es increíble pensar de nuevo que un mar lleno de vida yazca oculto bajo una capa de hielo sobre la que se ha acumulado este manto blanco de ondulaciones suaves. Hasta donde alcanza mi vista, la blancura es total, a excepción de las líneas oscuras que serpentean a lo lejos moldeando el litoral.

Tranquilizados por haber atravesado uno de los puntos críticos de la expedición sin ningún contratiempo, hacemos una breve parada para comer un poco y rehidratarnos. Al poco nos introducimos en una amplia zona de nieve más profunda que ralentiza notablemente nuestra marcha. El sendero no existe, tan solo se dibuja en la mente del que abre huella, pero no hay pérdida. Caminamos unas horas más en silencio, bajo la indecisa luz del atardecer, donde las impetuosas prominencias que forma la nieve en el suelo (como si fueran olas de mar interrumpidas y salpicadas por un sinfín de relucientes losas heladas) moldean un paisaje fiel a lo que esperábamos: ¡alucinante! Me sorprende cómo se incrementa rápidamente la intensidad del frío en cuanto baja el sol un poquito; ya debemos de estar a diez bajo cero. Mientras avanzas en mitad de ese silencio, vas asimilando todo lo visto y vivido, convencido de que estas experiencias contribuirán en buena parte a crear una mejor versión de nosotros mismos.

Más tarde, ya extenuados, divisamos claramente nuestro objetivo de hoy a unos seis kilómetros según el GPS. Nos hacemos alguna foto y Arcadi y Kike se filman recíprocamente con la cámara de vídeo que llevamos. A pesar del cansancio, y Kike con su maltrecha pierna, los dos sacan buena cara; se les ve felices y ya totalmente adaptados. En cabeza, abriendo huella en una nieve algo más profunda por la cercanía de la costa, voy incrementando el ritmo todo lo que puedo con la intención de llegar a buena hora. Hoy completamos aproximadamente unos treinta kilómetros. Nos había comentado Lowe que la mayor distancia que había conseguido cubrir una expedición en un solo día intentando cruzar este mar había sido de treinta kilómetros, y eso utilizando esquís y tirados por unas cometas; por lo tanto, podemos estar muy satisfechos, pues nuestra media en tres días es prácticamente de veinticinco kilómetros diarios, a pie y sin ningún medio de arrastre mecánico.

Mis fuerzas parecen no tener fin. No es por amor propio; es por fuerza, por pura libertad. Todo ha salido rodado hoy y los tres somos puro entusiasmo y sueños. El alma se agita cuando las cosas salen como deseas, pero hay que intentar mantener la serenidad. Yendo todo bien, nos faltan dos o tres días más. El suelo serpentea entre sucesiones de ligeras elevaciones blancas hasta esa pequeña y vaporosa isla. Un poco más al norte, en la lejanía, se distinguen las difusas hileras de pequeños bosques de la costa, que parecen la guirnalda del horizonte.

Llevo muy a mano comida y líquido. Mantengo una pequeña botella de plástico encajada bajo el forro polar, junto a mi tripa para que no se congele, y poder así acceder cómodamente a ella sin detenerme e hidratarme con un sorbo cada poco tiempo; en los bolsillos guardo algunas barritas que voy consumiendo cada quince o veinte minutos. Sigo con un ritmo frenético, apoyándome en los bastones dinámica y técnicamente, como si estuviera haciendo esquí de montaña. ¡Qué espectáculo! Hoy el sol se ha aliado con nosotros disipando todas las nubes, y eso que la previsión nos daba nevadas a partir del mediodía. No puedo evitar sentir escalofríos recurrentes que me nacen de las entrañas; cada vez que me viene a la mente alguna persona querida, me estremezco y abro huella con más y más fuerza, conmoviéndome una y otra vez al descubrirme así. Son imágenes del pasado y, de nuevo, sueños de futuro; fragmentos de mi vida. Hoy viaja en mi pensamiento una nueva armadura que me da alas: en el móvil traje una foto reciente en blanco y negro con aspecto de alubia que contemplo cada noche, y que me hace conmoverme por dentro y regocijarme por fuera. La ecografía de mi hija Nayra. Es una nueva motivación que estreno aquí y que presiento me servirá de estímulo y aliento el resto de mi vida. Si existe la felicidad, debe de ser algo muy parecido a esto... ¿Me estoy volviendo un blando otra vez? Ojalá pudieran percibir y comprender lo que se siente en momentos así. Aquí el paisaje se convierte en un personaje en sí mismo, lleno de espíritu de principio a fin; imágenes desbordantes de poesía en medio de la nada y, en realidad, en medio de todo, donde te fundes con la naturaleza para aprender a escucharte en el silencio.

Conforme me acerco a la diminuta isla, diviso oculta entre los árboles una pequeña cabaña. Alcanzo la orilla y aguardo a que en breve lleguen Arcadi y Kike siguiendo mi trazo. Cuando se reúnen conmigo, les indico lo que he visto y decidimos ir a explorar. ¿Y si está abierta y podemos quedarnos allí a descansar hoy? Nos ahorraríamos la incomodidad de la tienda y esa hora de trabajo extra que exige montar el campamento. Al superar un pequeño declive nevado entre los árboles, la pequeña cabaña encarnada surge ante nuestros ojos justo en el límite con el mar. Llegamos enseguida al refugio, comprensiblemente añejo y algo desvencijada por fuera, con unos ceñidos peldaños de madera ante la puerta. Al empujar un poco la madera, nos damos cuenta de inmediato de que está abierta y nos entusiasmamos. Tan solo está atrancada por la nieve que ha caído delante y una gran piedra sepultada debajo. Sacamos la pala y, al poco de retirar la nieve y la enorme roca, la entrada queda libre. ¿Qué secretos guardará dentro?

Tras el soportal de entrada nos topamos de frente con una ventana que ilumina un pequeñísimo pasillo con una puerta a cada lado. Tras la puerta de la izquierda hay una especie de cuarto trastero o leñera sin ventanas, con leña y algún sobrio aparejo colgado de las paredes: “Nos vendrá de perlas para guarecer las pulkas”, comentamos. En la puerta de la derecha se abre una pequeña habitación con dos ventanas. El interior se encuentra casi vacío: tan solo una achacosa y mugrienta chimenea, una mesa y dos sillas en un estado decadente por el aislamiento, y el bastidor metálico y desdibujado de una litera de dos alturas con dos somieres de espirales. No hay luces, pero el interior se ilumina con la poca claridad del exterior que se filtra a través de los cristales. Para nosotros, hoy, esto es un verdadero lujazo.

Colocamos las pulkas en la leñera y con varios troncos prendemos fuego en la chimenea. Cruzamos una cuerda a modo de tendedero para secar la ropa frente a la llama y nos asignamos los sitios para dormir: Arcadi elige una esquina en el suelo, así que Kike y yo colocamos nuestras esterillas en los somieres de la litera; Kike abajo y yo arriba. El frío ya penetra por las rendijas de las ventanas y se hace notar mientras el fuego templa lentamente la habitación. Empleando un cubo de plástico que hemos descubierto en esta obvia cabaña de pescadores y que hemos llenado de nieve, Arcadi se sienta cómodamente en una silla ante la mesa y, con los hornillos operativos, empieza a derretir nieve, rellenar las cantimploras y preparar la cena.

Mientras tanto, aprovechamos para contactar con el equipo de apoyo para conocer las previsiones y hacerles saber nuestra situación y progresos. Los globeros, nuestros amigos de Kon-Tiki, lo han conseguido: han aterrizado en Finlandia, unos sesenta kilómetros más al sur de lo previsto, y Lowe se encuentra en estos momentos en su busca y rescate. Santi y Rosa nos comentan que se habían acercado en coche hasta la isla de Seskaro con el anhelo de vernos pasar desde la costa, pero ya les explicamos que, aunque ya la tenemos a la vista, no hemos podido llegar tan lejos. Está a unos diez kilómetros hacia el este. Mañana, si todo va bien, la superaremos.

La previsión del tiempo anuncia para mañana nevadas débiles y una bajada de las temperaturas. Mañana será un día clave para las posibilidades de esta travesía, uno de esos días en los que habrá que poner toda la carne en el asador. Deberíamos intentar llegar hasta la isla de Torne-Furö, situada ya muy cerca de la insalvable ruta del rompehielos de la refinería de petróleo de Röyttä, en la frontera con Finlandia; hay una distancia de casi cuarenta kilómetros hasta allí, lo que se traduce en un auténtico palizón. Hasta ese punto llegaron en nueve días las dos únicas expediciones que con esquís lograron cruzar este mar; si lo alcanzamos mañana, lo habríamos conseguido en tan solo cuatro. Si queremos tener alguna posibilidad de sobrepasar ese obstáculo, conviene dormir lo más cerca posible de la refinería e intentar cruzar la ruta hacia Kemi muy temprano. Todo queda supeditado a que no pase ningún barco nocturno y a que haga mucho frío durante la noche para que la ruta se congele en las horas que median entre el previsible barco de la tarde y el que circule por la mañana.

Todos estos planes preñados de voluntad los hacemos al calor del fuego, profetizando y pronosticando con optimismo, pero sin saber realmente si el tiempo, nuestras fuerzas o el terreno nos permitirán progresar tanto mañana. No tenemos derecho a conocer el futuro... pero nada nos impide adelantarnos a él, ¿no? Aun así, gracias a lo bien que ha ido nuestro avance estos tres días, hemos conseguido casi una jornada suplementaria (apurando dos) para intentar llegar hasta Kemi. Estamos a martes y podríamos estirar el plazo hasta el viernes. A mí me gusta pensar que si no intentas grandes cosas, jamás las lograrás.

Al quitarme las botas, descubro que mi pie izquierdo presenta una gran ampolla y está abultado con un amoratado e inflamado bolo en el tobillo, consecuencia directa del roce de la curvatura que hizo el cuero al congelarse. Kike sigue con una gran molestia en su tibia, mientras que Arcadi se encuentra perfectamente. Oscurece por completo y nos metemos dentro del saco, disfrutando del calor como si fuera lo más precioso que existe en el mundo, mostrando una sonrisa satisfecha en nuestros rostros traspuestos. Como decía Machado: “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”. Mañana será otro día.















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