martes, 23 de junio de 2026

La víspera del destino (Capitulo 4)

 


Miércoles, 10 de marzo 2010: La víspera del destino

Ya sabemos que algunas personas miran al mundo y dicen: “¿Por qué?” y otras miran al mundo y dicen: “¿Por qué no?”. Pues eso mismo fue lo que nos preguntamos nosotros hace unos meses mientras preparábamos esta expedición... ¿Por qué no?

La noche en la litera fue espantosa. Al dormir en la parte más alta, arrimado al techo de la cabaña, casi no podía respirar debido al aire caliente, el dióxido de carbono y el humo acumulado en la parte más alta. O esa era, al menos, mi incómoda percepción. Tanto me agobié que, en mitad de la noche, me levanté completamente desnudo (vaya estampa) a abrir un poco las puertas para que entrara el aire fresco. Mi cabeza no había dejado de dar vueltas, previendo y ajustando kilómetros y horarios. En un constante duermevela, especulaba tácticamente con las horas que nos costaría llegar si acelerábamos el paso: “¿Y si pudiéramos plantarnos hoy mismo a pie de la vía del rompehielos de Röyttä?”. Nos encontrábamos bien y la pierna de Kike parecía aguantar. Suponiendo que nos quedaran unos cuarenta kilómetros hasta allí, si lográramos mantener una media de cinco kilómetros por hora sin contratiempos, partiendo a las cinco de la madrugada podríamos coronar el objetivo en unas nueve horas, deteniéndonos lo justo para avituallarnos e hidratarnos; o diez, si la media resultaba más baja. Era una jugada decidida por la que había que apostar sí o sí.

A las cuatro toqué diana. Soñolientos, Arcadi y Kike se fueron desperezándose un día más. Hoy nos costaría mucho menos ponernos en marcha gracias al acierto de habernos alojado en esta sencilla pero eficaz cabaña de pescadores. Bastaba con prepararnos, desayunar y disponer las pulkas, sin las apreturas, hielos y embarazos que siempre exige recoger una tienda de campaña. El plan era poner rumbo este hacia Seskaro, cuyo litoral ya vislumbrábamos desde aquí, laureado por unos modernos molinos de viento que, vistos en la distancia, parecían minúsculos sobre un estirado bosque. Desayunamos, nos equipamos cumpliendo un ritual que ya dominábamos y, prácticamente a las cinco de la madrugada, dejábamos la puerta de la cabaña bien sujeta con la gran piedra, tal y como la habíamos encontrado.

Comencé a avanzar ascendiendo por la sutil depresión de nieve que nos dirigía, casi de inmediato, por una pendiente entre árboles hacia el mar abierto. En ese instante, la punzada que sentí en mi tobillo izquierdo a cada paso fue como un mordisco rabioso, un dolor agudo casi insoportable, consecuencia de haber machacado la zona ayer durante tantas horas con el pliegue de la bota congelada. El dolor era tan insufrible que me obligaba a cojear aparatosamente. Si la molestia no menguaba con la marcha, el avance de hoy iba a ser un auténtico calvario. Por ello, preferí quedarme atrás y me fui rezagando mientras Arcadi y Kike se colocaban en vanguardia, perfilando en la nieve y el hielo ese surco recto hacia el horizonte.

El día, igual que mis ojos, amaneció nublado, aunque de momento no nevaba. La temperatura, tal y como nos habían pronosticado, estaba empezando a descender notablemente. El cielo, de un gris plomizo, arrastraba la resaca de la nieve y condensaba el frío ambiente. Un mosaico de tonos blancos, salpicado de ligeros declives de hielo fracturado y marcado por la absoluta ausencia de civilización, procuraba un silencio entre tenso y agradable, solo quebrado por el punzante dolor de mi bota que, paso a paso, parecía aplacarse o, simplemente, amansarse conforme el cuerpo entraba en calor.

Tras casi tres horas de marcha continua sin darnos apenas cuenta, cautivados por el espectáculo del entorno y nuestra propia abstracción, advertimos que estábamos cerca de las costas de Seskaro, hendidas por los formidables molinos de viento. Hicimos un giro en dirección sur para rodear la isla, pasando entre dos islotes repujados con unas humildes cabañas que tenían aspecto de estar habitadas, o al menos mucho más visitadas que el refugio que habíamos dejado atrás de madrugada. La propia curvatura de la isla nos impedía divisar nuestro siguiente propósito al otro lado, lo que nos mantenía en una constante incertidumbre sobre la ubicación real de nuestro destino, obligándonos a consultar el GPS y despertando cada vez más nuestra curiosidad por descifrar la posición exacta en el mapa de este rebaño de islas menudas. La nieve en este tramo se volvió inestable, variable y profunda; el camino se hacía largo y desalentador. ¿Cuándo íbamos a salir a mar abierto de nuevo? El avance era agónico; si la superficie no mejoraba, seríamos incapaces de superar los tres kilómetros por hora.

Arcadi marchaba en silencio abriendo huella. Cuando me tocaba a mí dar el relevo, me notaba muy agotado y gastado por la mala noche que arrastraba, mientras Kike aguantaba como podía un dolor tibial que tangiblemente lo esclavizaba. Paramos a descansar y tomar aliento brevemente. Sin pensarlo mucho, decidí sacar mi perfil de héroe protector, subyugar la inercia que me recordaba que cada paso hacia adelante es un paso menos, e insistí de nuevo a Kike para distribuir parte de su carga. Esta vez, finalmente, accedió. Nos partimos el peso y, en cuanto arranqué de nuevo, me retraje en silencio, avasallado por la pulka, que ahora sentía oronda y pesadísima sobre un ingrato sembrado de nieve rigurosa y profunda. “Intentaré aguantar como sea, a ver si el terreno mejora”, pensé para mis adentros. Mi dolorido estado físico, la fatiga y quizás un punto de ego y fanfarronería me hicieron reciclar los pensamientos: me di cuenta de que tal vez no era el mejor día para hacer favores ni para jugar a ser superhombre cargándome con ese exceso, pues mis propias energías andaban más bien dudosas. Siempre he concebido que la generosidad se recompensa a sí misma casi al instante y que un gesto solidario, de alguna manera moral, te aviva y te hace crecer... ¡pero la pulka pesaba una barbaridad! Menos mal que Arcadi se encontraba pletórico; con un gesto disciplinado, pétreo en su manejo y con la tez encendida por el esfuerzo y el frío, iba rompiendo la nieve por delante.

Tras un par de curvas, por fin advertimos el hielo azul del mar abierto. El espesor de la nieve disminuyó y empezamos a avanzar mucho mejor. La nieve aquí acumulada mostraba un color triste, oscuro, casi negro, igual que las pocas rocas que asomaban entre el hielo cerca del litoral. A la izquierda, el paso se cerraba con un puente lejano que acunaba la singular cala que acabábamos de atravesar. Torcimos más a la derecha, bordeando la orilla; al frente se extendían varias islas bajo un cielo mortecino que se desplomaba sobre el mar.

Las horas seguían pasando y las fuerzas se tambaleaban cada vez más. De pronto, un grito de Kike nos sobresaltó desde atrás: “¡Se ha roto mi pulka!”. Se había partido por completo uno de los brazos o varas de anclaje de su trineo; una de esas perchas rígidas que ensamblan y articulan desde el arnés de la cintura hasta el frontal de la pulka. Kike la venía remolcando sujetándola difícilmente con el brazo para mantenerla vertical y evitar que se ladeara. Al ver la barra partida en dos, pensé en silencio en la tremenda dificultad de ensamblar dos barras de plástico recto y liso (como el palo de una escoba moderna) en mitad de la nada y sin fisuras, pero inmediatamente y sin dar demasiadas explicaciones, pasé a la acción.

La experiencia del pasado me ha enseñado a llevar siempre encima, en cualquier situación, dos elementos básicos de reparación que me han sacado de más de un apuro: cinta americana y una bolsa de bridas. Efectué a cada lado de la fractura, a unos cuatro centímetros de los extremos rotos, dos bolas bien ceñidas dando vueltas con la cinta americana; el objetivo era que hicieran de tope u obstáculo para que las bridas no se deslizaran al tirar de nuevo de la barra y evitar que se volviera a partir. Conecté dos bridas en forma de argolla alrededor de la vara, justo al otro lado de los topes de cinta, y estos dos anillos, aún flojos, los fui enhebrando con bridas horizontales paralelas a la percha, rodeándola por completo. Una vez hecho esto, apreté fuertemente los dos anillos principales, apresando en su interior todo el manojo de bridas horizontales, y una por una las fui cerrando y tensando con los alicates alrededor de la estructura. Cuando quedó bien prieta toda esa artesanal madeja de plástico, la cubrí por completo con abundante cinta americana. “¡Creo que funcionará!”, exclamé. Mientras realizaba la reparación, Arcadi me filmaba en vídeo y Kike, con su cándido interés y su voraz apetito por instruirse, me daba bombo con tanta gracia que convirtió el contratiempo en un rato de relajación y descanso. Me encantan este tipo de recursos de fortuna improvisados.

Aprovechamos esta breve y accidental parada para comer algo, recalcular la ruta y recuperar un poco las fuerzas. Llevábamos casi siete horas y media de marcha continuada y sabíamos que, si hoy echábamos el resto, podríamos llegar a pie de la refinería de Röyttä; justo el lugar hasta donde llegaron las expediciones clásicas que cruzaron con esquís, pero nosotros lo haríamos a pie. Después del breve descanso reiniciamos la marcha. Algo del peso que esta mañana le había quitado a Kike se lo devolví para que lo cargara de nuevo en su pulka. Lo agradecí en el alma; él se encontraba algo mejor y yo hoy no estaba para tirar cohetes ni para correr ningún encierro.

Comenzó el ocaso y nos adentramos por una especie de bahía repleta de depresiones de nieve y hielo, donde un manto grisáceo cubría la superficie de las cosas, tiñendo el ambiente de una sutil tristeza por la ausencia total de sol. Al poco, en una islita que dejamos a nuestra derecha, divisamos una pequeña acumulación de casas de tablones corroídos y descoloridos que mostraban sus decadentes entrañas entre maderos desnudos. Era la viva estampa de un pueblo fantasma, tal y como uno se lo imagina en las historias más remotas. Se mostraba desierto, sin un alma, como si sus habitantes hubiesen huido precipitadamente presos del pánico; o esa fue, al menos, la sensación que a mí me produjo al mirarlo de reojo al pasar. Parecía como si el tiempo se hubiese detenido por completo en ese rincón escondido del Báltico. Resultaba entre turbador y fascinante. Movidos por el instinto y por lo misterioso de ese escenario digno de una película de terror, dejamos poco a poco atrás el decrépito poblado y asomamos el cuerpo entero, arrastrando los trineos, de nuevo a mar abierto, volviendo a escuchar el frío eco de nuestra propia respiración. El paraje era cautivador. Estábamos en un recóndito lugar en mitad del mar y, si te parabas a pensar, resultaba verdaderamente inspirador: “Quien mira hacia afuera sueña, quien mira hacia adentro realmente despierta”.

Tras unas dos horas más de marcha, meditaba en silencio sobre este condenado y bello momento que nos guiaba hoy. Me sentía muy, muy cansado, y el frío no parecía dejar de aumentar conforme acontecían las horas. Al fondo, por fin, se distinguió nuestro objetivo: se veían claramente los humos de la refinería de petróleo y la silueta de la isla de Torne-Furö (declarada Parque Natural), justo en la frontera con Finlandia, donde pretendíamos acampar. Y entonces... ¡mierda! Un enorme barco iba desgarrando el paisaje desde la refinería en dirección sur hacia el mar abierto y, con el paisaje, seguro que estaba mutilando el pavimento congelado del mar... ¡El rompehielos! Bueno, en el fondo era lo que esperábamos, ¿no? Ahora tocaba invocar a la suerte para que esa fuera su última travesía hasta mañana por la mañana y rezar para que esta noche hiciera un frío atroz, de modo que se congelara la ruta y nos permitiera atravesar su estela en nuestro camino definitivo hacia Kemi.

Cerca de la isla tuvimos que salvar zonas de auténtico caos de hielo, con bordes rotos por la fuerte presión y grandes acumulaciones de nieve; superficies en las que se hace sumamente trabajoso avanzar arrastrando las pulkas. Tras un día durísimo en lo físico, alcanzamos el destino previsto para la mejor de las opciones de la etapa, plantándonos en la costa de la isla de Torne-Furö tras haber avanzado unos cuarenta kilómetros en la jornada; sumábamos ya unos cien o ciento diez kilómetros desde que partimos de Brandön hacía cuatro días. El viento comenzó a soplar desde el sur con algo más de fuerza, por lo que la sensación térmica empezó a desplomarse. Me gustan estas sensaciones de supervivencia y soledad; crean un vínculo necesario con mi propia alma y, si estás en verdadera consonancia (como era el caso), también un vínculo indestructible con tus compañeros.

Dispusimos montar el campamento y levantar la tienda directamente sobre unas placas de hielo, en la superficie misma del mar. Para fijarla en un suelo tan duro, yo traía en el equipo unos tornillos de hielo. Mientras íbamos preparando el material, de repente, por detrás de la isla asomaron dos motos de nieve que se dirigían rápidas hacia nosotros. Eran dos policías con vehículos oficiales perfectamente rotulados, luces de emergencia y todo el equipo. Se detuvieron a nuestro lado, pararon los motores y se retiraron los cascos, dejándonos ver sus robustas y sonrosadas caras. ¡Esto sí que era nuevo! Primero nos entró la lógica inquietud de que no nos permitieran acampar en ese punto, que nos llamaran la atención por tratarse de una frontera o, como imaginas inmediatamente en plan de broma, que nos dijeran: “¡A ver! ¡Carné de conducir pulkas, seguro obligatorio y el certificado de la ITV!”. Además, tras el palizón que llevábamos encima, estábamos como para que nos hicieran movernos...

Muy al contrario, tras ese erróneo sobresalto inicial, resultaron ser extremadamente cordiales. Estaban completamente impresionados al hallar en su trillada y despoblada ronda fronteriza (la refinería es un objetivo militar), en medio del mar helado, a tres desequilibrados intentando acampar sobre el hielo a veinte grados bajo cero. Nos interrogaron amigablemente para saber de dónde veníamos y sus rostros reflejaron una absoluta incredulidad tras escuchar nuestras explicaciones. Les relatamos la aventura con nuestro abreviado pero suficiente inglés y les expusimos nuestro propósito de alcanzar Kemi mañana mismo. Los interrogamos de inmediato sobre la posibilidad real de cruzar la vía del rompehielos y su dictamen no fue precisamente tranquilizador: primero nos confirmaron lo que ya habíamos visto (el barco acababa de pasar) y nos puntualizaron que mañana, muy temprano, teniendo muchísimo cuidado y comprobando bien el piso golpeando con fuerza con los bastones, podíamos intentarlo; pero que si no hacía mucho frío durante la noche, lo veían francamente difícil. Nos hicimos una foto con ellos (o ellos con nosotros) y, despidiéndose simpáticamente, se ajustaron los cascos y los guantes, arrancaron los motores y aceleraron casi derrapando sobre la nieve, de la misma manera que cuando de joven querías impresionar a la chica que te gustaba con tu ciclomotor.

Mientras los miraba partir, escuché gritar a Kike: «¡Eeeeeeeeeyyyyyyyyy!». Con su ostentosa maniobra de arranque y el envite de la nieve, a uno de los agentes se le había caído una señal indicadora de STOP de mano, de esas que tienen forma de pala de ping-pong. Se distanciaron dándonos la espalda tan rápidamente y con el bullicio de los motores que no se percataron de los gritos ni de los aspavientos de Kike. Así fue como Kike adquirió una señal de STOP oficial, gentileza del mar Báltico y de unos amables pero despistados policías suecos.

Tras esta inesperada y sorprendente visita, continuamos con el montaje de la tienda y la anclamos en un santiamén al suelo utilizando los tornillos de hielo. Coloqué primero uno para que tanto Arcadi como Kike, que desconocían esta herramienta cilíndrica que normalmente utilizamos para la escalada en hielo, vieran su funcionamiento, su colocación y su elemental modo de anclaje por medio de un mosquetón a los vientos de la tienda. Enseguida se pusieron a practicar y colocaron ellos el resto en los demás vértices. Después se acomodaron dentro y empezaron a recoger nieve en bolsas de plástico para fundir, mientras yo me quedaba fuera cubriendo los faldones de la tienda con las propias pulkas; había empezado a nevar y a moverse algo de viento, y si el aire se introducía por debajo de la estructura, podría desgarrarla y dejarnos literalmente con el culo al aire.

Una vez acomodados, hidratados y cenados, nos permitimos el lujo de comer más de lo habitual. Sabíamos que mañana, de una u otra manera, llegaríamos a destino y no teníamos por qué reservar raciones; ya fuera alcanzando Kemi o, como les ocurrió a las otras expediciones si no podían atravesar el canal abierto, terminando en algún punto cercano de la refinería en este mismo margen de la costa. Embutidos en nuestros sacos de plumas y tratando de sacudirnos el frío, encendimos el teléfono satélite y conectamos con Santi en Brandön. Nos felicitaron por la etapa, pero nos manifestaron el mismo temor: “No va a ser posible atravesar la ruta del rompehielos”. Santi, Iván, Rafa y Rosa (nuestro equipo de apoyo) habían pasado el día en Kemi y, mientras fotografiaban un gran rompehielos en el puerto, casualmente, al observar que los filmaban, les había abordado el dueño del propio buque. Ellos le habían relatado nuestra aventura y el propósito de preparar un documental, y el hombre, entusiasmado, los había invitado a visitar el barco y filmarlo desde dentro. Habían disfrutado de una visita guiada exclusiva por el mismísimo capitán, quien incluso les había mostrado las cartas de navegación de las rutas de la zona. Tras ver los mapas, las previsiones de cruzar a pie eran muy pesimistas: según el capitán, las posibilidades eran “ninguna”, nos confesó Santi.

Aun así, proyectamos con Santi las diferentes alternativas para el día siguiente: el plan principal seguía siendo intentar llegar a Kemi atravesando la gran ruta abierta que circula desde la península de Röyttä hacia el sur, siguiendo la línea imaginaria de la frontera entre Suecia y Finlandia. Para ello debíamos madrugar muchísimo y cruzarla si se mantenía helada, antes de que transitara ningún otro buque. Si esto no fuese posible, Santi me explicó que tendríamos que dar por concluida la aventura en Röyttä, un pueblo situado al noroeste de la refinería. Yo le aclaré (porque así lo habíamos previsto y discutido entre los tres) que si encontrábamos el mar roto, subiríamos por esta orilla en dirección norte para intentar bordear la refinería; y que si era necesario pasar por tierra, lo haríamos aunque fuera cruzando el muelle del propio puerto comercial para regresar de nuevo al mar al otro lado, ya en territorio de Finlandia, y poder llegar a Kemi a primeras horas de la tarde. Santi, tras escucharme, abiertamente y con voz afectuosa me manifestó: “Eso era lo que quería escuchar; tened mucho cuidado y ya me informaréis. Nos vemos en Kemi”. Le precisé que madrugaríamos una barbaridad y que, si lo lográbamos, podrían seguir nuestro rastro en el ordenador por medio del dispositivo satélite SPOT; le aseguré que, de todos modos, les mandaría una señal de "OK" para que lo supieran con total seguridad.

Teníamos que descansar. El futuro no es un regalo, es una conquista. Mañana debíamos conquistarlo.









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