No sé cuándo
ocurrió. Pero durante los últimos años se ha instalado un discurso (muy cómodo
para algunos) señalando a los trabajadores como los principales responsables de
la desmotivación en las empresas. “Porque ha cambiado la sociedad”… Hablan de
falta de implicación o poca “actitud”. Se repiten estas ideas, y se evita mirar
hacia el otro lado de la ecuación. ¿Quizá la pregunta es también qué les ha
pasado a las empresas?
Porque en
demasiados casos, poco a poco, el mundo laboral ha ido perdiendo algo que era fundamental: la mirada humana. Las empresas
han dejado de ver personas para ver recursos, indicadores, estructuras, u objetivos.
Las personas con
nombre y apellidos hemos pasado a ser “plantillas” o “costes de personal”. Y
detrás de toda esa transformación está la paulatina pérdida de empatía. Y un
trabajador no es solo un puesto de trabajo. Es alguien que tiene vida fuera de
su horario laboral. Tiene familia, hijos, problemas, pérdidas, ilusiones, días
buenos y malos, y una historia que no cabe en una hoja de cálculo. Sin embargo,
actualmente, en muchos entornos laborales, todo eso parece haberse vuelto
irrelevante. Lo más importante es el rendimiento, la disponibilidad, la
productividad, y claro, todo ello sin absentismo. Como si las personas fuéramos
máquinas. Y en ese proceso a lo largo de los años, algo se ha ido perdiendo o rompiendo… Porque, cuando
una persona no se siente vista, cuando su esfuerzo se da por sentado y se
ignora su realidad, cuando su presencia solo importa en la medida que produzca un
resultado, la motivación no desaparece, se erosiona. Lentamente. Hasta que su
trabajo deja de ser (como antaño) un lugar de pertenencia o de equipo, y pasa a
ser solo un sitio de paso para ganarse la vida.
Y claro, aparecen
los juicios rápidos: “La gente ya no quiere esforzarse”, “Actualmente no hay
compromiso”, “Las nuevas generaciones no aguantan nada”… No sé yo… Quizá lo que
no se quiere ver ni reconocer es que el compromiso no se exige, se construye. Y
se construye con y desde el respeto, la humildad, la escucha, y el
reconocimiento de que detrás de cada faena hay una persona.
Todo esto se
traduce en un deterioro del compañerismo, frialdad, o falta de conexión entre
las personas que comparten horas y objetivos, y no es por casualidad. Es el
resultado de años en los que se ha priorizado las cifras sobre las relaciones,
la rentabilidad sobre el familiaridad, y la eficiencia sobre la razón. Y
entonces claro, la gente se desmotiva y en muchos casos incluso se marcha. Y la
gente se va cuando pesa más su entorno que su trabajo. Cuando el esfuerzo deja
de tener relación con el reconocimiento. Cuando el futuro se vuelve
indeterminado o inexistente. O cuando poco a poco, por la suma constante de
pequeñas decepciones se erosiona su confianza.
Y no hay excusas.
Se ve venir. Y creo firmemente, que cuando el esfuerzo deja de traducirse en
buen ambiente laboral, en una vida más digna o en unas expectativas razonables
de mejora, mucho antes que la renuncia empieza eso, la desmotivación y la
desvinculación…Y eso si es un grave problema. Si claro, también esa ruptura nace
de salarios que pierden poder adquisitivo, de costes de vida que crecen más
rápido que los sueldos, o de mercados laborales cada vez más competitivos y
empresas que, por necesidad o por estrategia, trasladan su presión económica a los
trabajadores…
Aun así, siempre he
sido una persona optimista, y quiero creer que todavía hay margen para otra
forma de entender el trabajo. Una en la que la productividad no esté reñida con la empatía. Una en la que liderar no sea controlar, sino cuidar.
Una en la que se vuelva a mirar a las
personas como lo que siempre fueron: personas. Porque quizá el verdadero
problema no es la desmotivación de los trabajadores, sino la deshumanización de
los entornos de trabajo. Es mi opinión.


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